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‘La Ternura’, o hasta a Shakespeare le habría gustado

mayo 26, 2017

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Dos años después de su primera edición –en la que se revisaba la tragedia griega a través de versiones de Edipo, Antígona y Medea regresa a la Abadía el Teatro de la Ciudad; esta vez para revisar la comedia a través de dos propuestas de nueva creación, más o menos centradas en la figura de William Shakespeare –La Ternura, escrita y dirigida por Alfredo Sanzol y Sueño, escrita y dirigida por Andrés Lima-. Corresponde esta reseña a la primera de ellas, una comedia en la que Alfredo Sanzol revisa algunos conceptos de la comedia isabelina en una alocada trama propia, para crear uno de los espectáculos más inspirados, redondos y divertidos que se hayan visto en los últimos tiempos. Una comedia que no es Shakespeare pero probablemente sea lo que Shakespeare hubiese escrito de estar vivo hoy.

Harta de los hombres y viajando con sus hijas en un navío de la Armada Invencible que las lleva hacia matrimonios de conveniencia, la Reina Esmeralda trama un plan que hará que ella y las Princesas Salmón y Rubí puedan vivir en una isla que, según dice la Reina, lleva desierta hace años… Una isla sin hombres, en la que las mujeres podrán dar rienda suelta a su ser, sin ataduras ni esquemas preconcebidos. Lo que la Reina y sus hijas ignoran es que en la isla viven desde hace 20 años un padre y sus dos hijos, tres leñadores que se han habituado a vivir sin mujeres. Cuando las féminas descubran con terror que no están solas en la isla, decidirán hacerse pasar por hombres para así asegurar su supervivencia; iniciando así toda una serie de equívocos y enredos que harán que unas y otros tengan que hacer frente a aquello de lo que huían: los hombres o las mujeres; pero, después de todo, la necesidad del otro y la necesidad de amor para sentirse plenos.

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En un momento de inventiva especialmente inspirada, Sanzol escribe una comedia fantástica, en el doble sentido del término. Fantástica porque se vale de la fantasía y fantástica porque es un juguete desternillante, sin fisuras. Por el universo de la isla van pasando tempestades, volcanes que amenazan con entrar en erupción, animales, capas que desplazan en el tiempo, flores que curan enfermedades mortales, conjuros que permiten parecer lo que no se es y hasta conflictos ya no de identidad, sino también de sexualidad de unos personajes que intentan remar a contracorriente y luchar contra lo inevitable. A medio camino entre el absurdo y la comedia de carcajada, Sanzol ha acertado a escribir una función que mantiene el espíritu de todas aquellas obras de Shakespeare –en esta trama no hay calcos, pero sí ecos de Sueño de una Noche de Verano, La Tempestad, Noche de Reyes, Medida por Medida y muchas otras-, pero que tiene entidad propia, trama propia y el sello indudable de su autor a la hora de encadenar situaciones rocambolescas y ocurrentes siempre a favor de la carcajada más sincera.

Si las comedias de Shakespeare se caracterizaban por el uso del ‘ingenio’ en estructura y lenguaje; nadie negará que esta nueva creación de Sanzol de ‘ingeniosa’ tiene un rato en ambas vertientes. Como ya ocurría en La Calma Mágica o La Respiración –y a la vez sin que La Ternura Sanzol escribe una comedia llena de giros improbables sin perder de vista nunca la humanidad de sus personajes, ni su necesidad de cariño, construyendo unos personajes con los que el espectador conecta de inmediato, aún cuando les vea inmersos en esa catarsis de locura sin final en una trama que se va enmarañando más y más cada momento, con sorpresa tras sorpresa, conflicto tras conflicto y giro tras giro: un rasgo que ya empieza a ser marca de la casa. Además, ha cuidado –casi a la manera de Shakespeare- un lenguaje que aquí está muy bien elaborado –e incluye constantes juegos de palabras con títulos de las obras del bardo-. Al margen de que estemos ante una comedia redonda, irresistible en sus juegos de ingenio, puede que el mayor acierto de Sanzol –al margen de haber dado en el clavo en cada idea a la hora de desplegar toda su inventiva- sea el de escribir una comedia propia y de hoy, que sin embargo bien podría haber estado escrita en tiempos de Shakespeare. El juego de Sanzol respeta casi todos los códigos de la comedia isabelina puestos al servicio de unos personajes de entonces pero que sienten, laten y se expresan como si fueran seres de hoy: cercanos, humanos, con sus miedos y su necesidad de encontrar su lugar.

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Más allá de lo acertado del desternillante texto, lo cierto es que Sanzol cuaja aquí también una de sus puestas en escena más logradas –el Sanzol autor siempre me había parecido muy superior al Sanzol director-. Porque, para levantar toda esta historia llena de elementos fantásticos, la propuesta escénica se vale del vacío más absoluto –apenas unos troncos cortados y la fundamental capa de la Reina- para crear un espectáculo que echa mano de la imaginación para crear un mundo que el espectador deberá completar. Así y todo, la propuesta está pagada de soluciones sencillas, pero siempre al servicio de potenciar una comedia que –si bien fluye por sí sola a través del propio texto- acaba redondeándose precisamente por la inventiva del montaje a la hora de añadir todo aquello que falta, requiriendo de los actores un código de comedia extrema –en ocasiones con gestualidades cercanas al clown- que hace las delicias del respetable: el resultado pone una vez más de manifiesto el dicho de que ‘menos es más’, cuajando una propuesta escénica tan sencilla como ingeniosa y tremendamente efectiva en términos de comedia –hay muchas, pero quedémonos con tres: el intercambio de los postizos, la subida y bajada a la montaña en la que se fragua toda la tensión sexual y la ‘conversión’ de la Reina Esmeralda en el Leñador Verdemar-. Son muy de aplaudir los diseños de vestuario de Andújar -con un toque naif que favorece mucho a una trama con guiños al cuento de hadas-, y casi olvido la inspirada música de Fernando Velázquez, concisa pero perfectamente en estilo.

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El reparto –todos viejos conocidos de Sanzol- está en estado de gracia, sin excepción, afrontando en serio las situaciones más cómicas e hilarantes que uno se pueda imaginar. La sola idea de asumir la convención de que Lumbreras pueda ser padre de Déniz y Lara y González madre de Trancón y Hernández ya es una auténtica declaración de intenciones de por dónde van a ir los tiros, en una propuesta que huye decisivamente del realismo. Pero es que, además, cada interpretación está sembrada. Como padres respectivamente castradores, la manera en que se complementan Juan Antonio Lumbreras –en un trabajo desternillante, lleno de intención payasística y luminosidad, provocando la carcajada en cada aparición- y Elena González –muy cómoda en lo que se podría decir el prototipo de la comedia desde la más absoluta seriedad: como si fuera el payaso serio que, queriendo imponer cordura, termina desbaratando más las situaciones: tiene un momento hilarante con Paco Déniz-: el equilibrio de esta pareja –sobre la que pivota toda la acción- está verdaderamente logrado. Serían muchas las cosas a destacar, desde la formidable creación de los animales de Javier Lara –que también se luce en esas escenas de ingenuidad ante el despertar amoroso-, la naturalidad intrínseca con que coloca Natalia Hernández cada gag, sea del tipo que sea; el desparpajo marca de la casa de Eva Trancón y la cantidad de momentos inolvidables que regala un inspiradísimo Paco Déniz –tiene escenas hacia el final con Lumbreras y González en un enredo en las que están para enmarcar los tres-. Entregadísimos tanto a nivel individual como vistos en forma de equipo, saben exactamente lo que hacen, confían a muerte en ello y se lo toman muy en serio… El resultado de esta seriedad pese a lo ridículo y absurdo de las situaciones e incluso el sincero aliento romántico que todos añaden a según qué situaciones son definitivamente, clave para que las carcajadas del público inunden el teatro; y parece improbable que otro elenco pudiese hacer brillar esta obra así.

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El teatro hasta la bandera y carcajadas constantes para una función gozosa, de la que uno sale feliz. Es, sin duda, una de las comedias más brillantes de este año –y, una de las más conseguidas de toda la producción de Sanzol-: por el equilibrio entre presente y pasado a modo de homenaje, por la inventiva de la escritura, por la eficacia de la puesta en escena y por el punto justo de inspiración en que se encuentra el elenco. Pero, sobre todo, por la risa; y por esa sensación de habérnoslo pasado en grande que se respira cuando uno sale del teatro: una sensación que rara vez se experimenta. Un espectáculo redondo y sin fisuras que hubiese aplaudido hasta el mismísimo Shakespeare.

  1. A.

Nota: 5/5

 

“La Ternura”, de Alfredo Sanzol. Con: Juan Antonio Lumbreras, Elena González, Paco Déniz, Javier Lara, Eva Trancón y Natalia Hernández. Dirección: Alfredo Sanzol. TEATRO DE LA CIUDAD / TEATRO DE LA ABADÍA

Teatro de la Abadía, 13 de Mayo de 2017   

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