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‘Sueño’, o miscelánea por cuajar

junio 11, 2017

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Segunda parte de esta edición de Teatro de la Ciudad -tras la celebradísima La Ternura- es este Sueño, que escribe y dirige Andrés Lima. Un proyecto que el propio director confiesa que tiene tintes autobiográficos, y que injerta fragmentos de Sueño de una Noche de Verano de Shakespeare en una trama principal que mira, desde la distancia, la muerte del padre del autor. Lima la define como “una comedia muy trágica” y dice haber empleado la fórmula “tragedia + tiempo = comedia”. Pero lo cierto es que una vez visto el espectáculo, surgen dudas acerca de lo que creo que es una propuesta muy potente en lo estético -con las señas indiscutibles de Lima, para bien y para mal-; pero con una dramaturgia confusa, que se afana en contar demasiadas cosas sin profundizar realmente en ninguna, y a la que muchas veces se le ha ido la mano en la parodia -en principio sin mucha necesidad: o tal vez lo que falle es que la historia no ofrece la suficiente cohesión como para que entendamos el porqué de algunas cosas que se nos cuentan- quedando a un centímetro del mal gusto, intuyo que de forma bastante consciente. En pocas palabras: un intento en el que se han mezclado demasiados elementos, no siempre bien batidos; que tiene cierto interés por la estética y por las entregadísimas interpretaciones del reparto, pero se queda en la epidermis de lo que tendría que haber sido y no es…

Faustino es un anciano que aguarda sus últimos momentos de vida en un sanatorio en el que el tedio se ha apoderado de todo. Su hijo le visita, y comenta con el público a modo de recuerdo su memoria sobre ese final, que según dice hoy puede mirar desde la distancia, con un sentido del humor que esconde el dolor de una relación que seguramente no fuese todo lo fluida que a él le gustaría. Con el vino como última salida, Faustino se agarra a menudo unas cogorzas del quince que le sumergen en una suerte de realidad paralela, de ensoñación estroboscópica, que le remite al recuerdo de su primer amor a la vez que se entrelaza con la trama de los amantes de la obra de Shakespare; personificados aquí en los empleados del hospital. Cada vez que el anciano vuelva de la cogorza a la realidad, su estado de salud se irá debilitando más y más, como si a estas alturas de su vida lo único que le quedase fuese entregarse al placer y a la fantasía. Enmarcada en esta historia, el hijo añade alguna de las últimas peripecias del padre antes de su ingreso; al tiempo que una loca -el texto se refiere a ella como “loca” varias veces; pero el personaje está enfocado como una discapacitada que bordea lo grotesco…- recita para el anciano en el sanatorio, no sin cierta dificultad. Y en este ambiente transcurren las últimas horas de Faustino, que -en una retrato casi propio de una película del destape- se afana en manosear a las enfermeras y enseñar el culo; antes de abandonarse por fin al mundo del sueño, el de la fantasía, el del más allá… el de una muerte libertadora que le desconecta de toda realidad. La idea, tal y como se la cuento, tiene indudablemente cierto interés; pero la forma de llevarla a cabo plantea más dudas, preguntas y cuestiones discutibles que verdaderamente acertadas.

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Andrés Lima es un creador siempre interesante por lo personal, que se ha ganado a pulso una de las plazas entre los más reputados directores del presente. He aplaudido sus trabajos muchas veces, desde el encanto críptico de Penumbra hasta su personalísima y bestial versión de Medea -con muchos momentos memorables-, aquella sorprendente y fresca miniatura que fue ¡Ay, Carmela!: Musical, o la vida que insufló a una función de texto como era El Jurado. Incluso encontré elementos de interés en sus anteriores acercamientos a Shakespeare -su bestial temperamento le iba que ni pintado a Falstaff, y Los Mácbez tenía cierto encanto, aún siendo un desparrame consciente-. Todos estos ejemplos tienen en común que se trata de montajes de Lima, pero textos ajenos -y muchas veces, junto a Shakespeare, figuran los nombres de Mayorga o Cavestany: poca broma-. Con este Sueño, Lima firma un texto propio -porque, como ocurría en La Ternura, de Alfredo Sanzol, esto es un texto propio e independiente de Shakespare-; y creo que el componente autobiográfico irrumpe con tanta fuerza que al creador madrileño se le ha ido un poco la mano en contenido y resultados. Hay demasiadas historias paralelas, secuencias a menudo inconexas -se ha incrustado la trama de Sueño de una Noche de Verano bastante cogida por alfileres, casi como podría haber sido la de cualquier otra obra de Shakespeare, porque no aporta nada a la historia principal…-, y el resultado es una confusión en la que prima el exceso casi esperpéntico con que Lima impregna todo. Este exceso generalizado aleja la trama del realismo -porque la realidad aparece deformada, exagerada y hasta parodiada para realzar su componente más abyecto- y la coloca en un tono de comedia casi macabra, que se antoja excesiva, bordeando en ocasiones el mal gusto -y no me refiero sólo al vocabulario, sino a ciertos lugares comunes desde los que se abordan algunos temas-. Visto lo visto, uno duda francamente de que estemos ante una comedia ni por la temática ni por el tono desde el que se aborda. En medio de todo esto, cuando el asunto consigue relajarse; aparecen también momentos muy conseguidos, que despiertan la sonrisa y hasta la carcajada, como muestra de que se puede hacer parodia estilizada sin renunciar a la ironía: toda la secuencia del viaje del hijo a Gijón para separar al padre de las garras de una prostituta desdentada y de risa nerviosa funciona como un tiro a nivel cómico; es la mejor escena del montaje y -miren por dónde-, también la más relajada, casi se diría que la más naïve en fondo y formas. Esta escena -muy lograda- me lleva a pensar que si todo o casi todo hubiese ido en este código, ahora estaríamos hablando de otro tipo de espectáculo… pero Lima ha preferido otro camino.

Como digo, todo está tratado aquí desde la óptica de lo macro, desde un exceso que despoja a situaciones muy serias de toda realidad para convertirlas en grotescas -el retrato del padre como un viejo verde, el retrato de las enfermeras como entregadas a la depravación, o ese personaje pegoteado de la Loca, sobre el que volveré en un rato son algunos ejemplos…-. El resultado, más que divertir a menudo lo que consigue es incomodar: supongo que será exactamente lo que se busca.

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Quedan todavía algunas dudas no resueltas que se plantean cuando uno ve la función: ¿era necesario realmente emplear ciertos tópicos ya muy vistos? (la parodia del gallego, lo escatológico, el retrato del viejo verde…) ¿por qué ligar esta trama sórdida a una comedia como Sueño de una Noche de Verano? ¿por qué hablar de una comedia transgénero cuando lo único que tiene de ello es que los actores interpretan personajes de uno y otro sexo indistintamente, pero sin caer nunca en el aspecto específico de lo trans-? -curiosamente los gallegos Voadora tienen en cartel actualmente una versión libérrima de Sueño de una Noche de Verano en la que SÍ se aborda lo “trans-” desde una perspectiva más clara: se lo cuento en unos días-. ¿Qué es ese personaje de la Loca y qué relación tiene con la trama? ¿Qué aporta? Pero sobre todo: puesto que la conexión de este personaje con la(s) trama(s) no está del todo clara: ¿cuál es la verdadera necesidad de ligar ‘locura’ y ‘discapacidad’ -no tienen por qué ser la misma cosa- en una construcción al borde de lo bufonesco que estuvo al borde de resultarme irritante, por todo lo que implica? Son algunas de las preguntas sin respuesta que me surgen ante una dramaturgia que, aunque apunta cuestiones interesantes y a la que se le reconocen sus momentos, creo que no acaba de cuajar como un todo, porque creo que precisamente mantener todo tan arriba constantemente le resta fuerza a la narración.

Dicho esto, la puesta en escena tiene la fuerza indudable de la personalidad de Lima, que siempre ha sido un director imaginativo y aquí levanta un espectáculo muy vistoso: sencilla escenografía que, bien apoyada en una potente iluminación de Valentín Álvarez -bastante pasada de luz estroboscópica- genera imágenes sugerentes. Todo envuelto en una poética visual marca de la casa que hace que sigamos el espectáculo con interés, aunque tal vez nos vayamos desconectando más y más progresivamente de la trama, porque aquí la poderosa estética se acaba imponiendo; por más que haya ideas que ya hemos visto en otros espectáculos -esa cabaña que cae de lo alto al final (y que por cierto permanece todo el tiempo bien visible en lo alto cuando debería estar oculta) es un recurso que ya usó Darío Facal para su Burlador de Sevilla. Muy buena la caracterización -Chema Adeva está irreconocible en Faustino-. Hablaba de que este espectáculo junta demasiadas cosas sin relación aparente: si les digo que en la banda sonora entran  los cuartetos de cuerda de Beethoven -por cierto, la música de cámara no lleva director: no sé de dónde se han sacado eso de la versión de Frühbeck de Burgos…-, Gloria Estefan y Kate Bush en armonía, les dará una idea de la variedad casi alocada a la que nos estamos enfrentando.

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Exige el director a sus actores una brutal entrega, que todos y cada uno acometen con una entereza que se agradece como espectador. Quienes mejor parados salen son la siempre extraordinaria Nathalie Poza -enfundada aquí en los pantalones del hijo,  con momentos de amargado lirismo e importante fuerza dramática en el personaje más árido, y además consigue encajar una personal versión de “Wuthering Heights”, de Kate Bush que mejora con claridad la original (y eso que la canción es machacona como pocas…)- y Chema Adeva, que se lleva de calle al auditorio en su encarnación de Faustino: hay que ser muy bueno para hacer este personaje tan pasado. Ainhoa Santamaría encuentra su mejor momento en la encarnación de la prostituta desdentada -ya en La Estupidez apuntaba maneras como actriz de carácter, y creo que estos diez minutos terminan de reafirmarla como tal- y cuando recita los fragmentos de Shakespeare junto a Poza: incluso en este tono y rodeadas de estrobos, se nota que son dos actrices de carácter. A María Vázquez le toca lidiar con un personaje que está enfocado hacia la parodia del gallego, y todo lo que se puede decir es que lo lidia con una dignidad difícil de alcanzar. Y, en fin, la Loca de Laura Galán -excelente actriz física, que estaba inolvidable en Medea- está construida aquí en base a ciertos tics a los que se les ve el truco con demasiada claridad: me imagino que eso es lo que le han pedido; pero actriz y director podrían haber dado más de sí a la hora de construir este perfil.

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La reacción del público, muy dispar: desde gente que abandonaba la sala, hasta el aplauso final en pie; pasando por un espectador -uno, singular- que reía a carcajadas casi molestas, en un espectáculo que tiene personalidad incuestionable y medios para llevarse a cabo; pero que acaba resultando muy confuso en términos de dramaturgia. Y, sobre todo, en un proyecto centrado en Shakespeare y en la comedia, resulta bastante discutible que esto sea una comedia, e incluso que tenga una relación más o menos directa con Shakespeare -porque su nexo con Sueño de una Noche de Verano roza el dogma de fe en el espectador-. El resultado es una miscelánea de muchas cosas, que no siempre terminan de cuajar en un todo. Puedo comprender, a pesar de todo, que este espectáculo esté generando bastante controversia: y eso, no nos olvidemos, no tiene por qué ser mala señal.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

Sueño”, de Andrés Lima. Con: Chema Adeva, Laura Galán, Nathalie Poza, Ainhoa Santamaría y María Vázquez. Dirección: Andrés Lima. TEATRO DE LA ABADÍA / TEATRO DE LA CIUDAD.

Teatro de la Abadía, 4 de Junio de 2017

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