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‘La Calma Mágica’, o los hongos de la felicidad

octubre 28, 2014

Nuevo texto de Alfredo Sanzol, autor español que, sobre todo en los últimos ocho años, se ha ganado por derecho propio un lugar de excepción en la nueva dramaturgia española; con sus espectáculos personalísimos, que en el pasado dibujaban sketches a medio camino entre lo castizo y el patetismo de una situación cotidiana para buscar la comedia. Si hace unos meses ya demostró con Aventura! que ahora se mueve por otros derroteros, con La Calma Mágica ha creado un espectáculo donde humor, onirismo y poesía se dan la mano, a medio camino entre el Sanzol de antes y lo que podríamos llamar el “nuevo Sanzol”. Oliver es un tipo normal haciendo la enésima entrevista para un trabajo que no parece interesarle mucho. Él quiere dedicarse al teatro. En un momento dado, Olga su posible futura jefa –también harta del trabajo- invita a Oliver a probar unos hongos alucinógenos a los que se ha vuelto aficionada. Inmediatamente, Oliver verá cómo se queda dormido delante del ordenador de su trabajo, y cómo Martín, un cliente de esos graciosillos, le graba en un vídeo con el móvil y comienza a difundirlo. Oliver intentará desesperadamente que Martín se deshaga del vídeo, y Martín por supuesto no querrá. Se inicia así un combate entre los dos hombres que rozará la obsesión enfermiza en la búsqueda de Oliver por recuperar su dignidad. Un combate en el que, con la excusa de los hongos alucinógenos –que acabarán probando todos los personajes: unos hongos que les llevarán, las más de las veces, a rozar con las yemas de los dedos sus deseos más sinceros…-, las fronteras entre realidad e imaginación se volverán constantemente difusas, dando lugar a un enredo surrealista que alcanzará su punto culminante nada menos que en el África negra…. Sobre este esquema, Sanzol ha sabido construir un pastiche de humor directo, eficaz, inteligente; con personajes en los que podemos reconocernos, que mantiene al espectador en constante jaque, porque nunca sabemos si las alocadas situaciones –cazas con escopetas que se disparan, elefantes rosas, conejos parlantes, dobles realidades…- transcurren en la realidad o en la imaginación, y esto hace que sea cada espectador quien vaya configurando su propia secuencia argumental, dando lugar a diversas lecturas que solo confluirán en la escena final, en la que el todo toma –una- posible coherencia. Por momentos, parece que un juego paralelo entre realidad y ficción a varios niveles que refuerza esta idea de posible “duplicidad” presente en toda la obra, y le aporta un carácter marcadamente simbólico –véase como ejemplo el caso de Martín, obsesionado con la caza mayor, y con la idea de “cazar” a Oliver en el vídeo, o incluso las parejas duplicadas que forman Martín-Olivia, Olivia-Oliver, Olga-Martín, Olga-Oliver, o incluso la duplicidad en los nombres de Oliver y Olivia, como si fueran dos caras de una misma moneda- y este juego resulta muy atractivo, ya no solo por la comicidad intrínseca de las situaciones –que la hay y mucha-, sino también por esa sensación de surrealismo que desprende todo: uno nunca sabe por dónde va a salir la cosa, cualquier cosa puede ocurrir, y eso es precisamente lo más atractivo de este frenético y alocado relato. Y sobre esta anécdota, y escondido en este aire de historia borderline, lo que hace Sanzol es dibujar una radiografía de las relaciones humanas, en el que caben la traición, el engaño, el cariño… y toda una serie de sentimientos que aparecen siempre puestos al límite por lo excesivo de las situaciones. Y, sobre todo, por debajo del enredo cómico, La Calma Mágica parece querer hablar de miedos y deseos incumplidos, de lo que las personas querrían haber sido y no son, y de qué les aporta la posibilidad de conseguir realizar aquellos sueños frustrados, o decir aquellas cosas no dichas. Como digo, realidad, imaginación y sueño se dan la mano y se solapan constantemente. En un momento dado, cuando creemos que ya hemos entrado en el juego y conocemos perfectamente los códigos -“ah, esto se lo está(n) imaginando”-, Sanzol decide alejarse de ese surrealismo en el que parecía estar trabajando; y nos muestra que lo que parecía surrealista puede llegar a ser sencilla y llanamente real, volviendo a descolocar al espectador una vez más. Es un camino perfectamente válido, pero me hubiera gustado más que trazase caminos completamente abiertos, que no respondiese algunas cuestiones que responde, y que se dejase llevar por ese aire alocado que recuerda a aquellas primeras comedias suyas –y que es lo más atractivo de este texto-. Para el final, cuando por fin creemos saber a qué juego estamos jugando, Sanzol tiene reservada una carambola poética, emocional, e incluso hasta emocionante, que sin embargo –por emocionante que sea-, poco o nada tiene que ver con el desarrollo de todo lo anterior, y con el tono del relato hasta el momento. Es una manera personalísima de echar el cierre –y no en vano el autor afirma que toda la escritura de la obra se justifica en la última escena, que es ahí donde quería ir-, pero creo que mi mente quería un final a la altura del surrealismo desarrollado en la propuesta, y que por más que el escogido me haya tocado la fibra sensible –y es que a quién no, después de todo…-, no me termina de encajar en el conjunto. Sobre una escenografía diáfana de Alejandro Andújar el propio Sanzol dirige un montaje que, aunque es trepidante, creo que aún podría sacarle más partido a algunas situaciones, tal vez enfatizando –más, todavía más- los elementos que de surrealismo tiene la pieza. Hay un último detalle: el arranque de la escena inicial –Olga con las botellas de agua, antes de que comience el texto- me resulta un poco encorsetado, y no aporta gran cosa; encontraría más eficaz comenzar el espectáculo directamente desde el inicio del diálogo. Muy buenos tanto la iluminación -Xabier Lozano-  como el variado vestuario -Ana Turrillas-. También los personajes son fronterizos: parecen cosas que no son, tienen dobleces, viven al límite, aciertan y se equivocan, en esta parábola de las relaciones humanas. Esto hace que se genere una empatía del público hacia lo que está viendo, que es sin duda otro de los ganchos de la historia que se nos cuenta.

Entregadísimo a la causa el reparto, con soberbios trabajos de la pareja principal: la lucha entre Iñaki Rikarte –un Oliver vivaracho con algo de Peter Pan, capaz de pasar de la sensatez al desquiciamiento en cuestión de segundos con total convicción- y Aitor Mazo –que crea magistralmente un personaje perfectamente reconocible: el del tío que se cree muy gracioso, se le va el asunto de las manos y entonces es entonces cuando pierde los nervios; bravo por él, seguramente el mejor del conjunto, precisamente por lo reconocible que resulta esa ambigüedad- es formidable, con dos actores que creen firmemente en lo que hacen, que se nota que disfrutan y nos hacen disfrutar. También perfilan bien el contraste entre sus personajes la luminosa Olivia de Sandra Ferrús –en principio la novia que todos querrían tener- y la áspera y mustia Olga de Mireia Gabilondo –una de esas mujeres que parece estar de vuelta de todo, y en el fondo esconde graves carencias-; dos mujeres antagónicas que ayudan a completar el puzzle. En fin, a Aitziber Garmnendia le ha tocado un papel tan breve como agradecido: apenas dos escenas, pero interviene en una de las más emblemáticas de la función –la del conejo parlante en la fuente-, y sabe sacarle partido. Es sin duda una propuesta estimulante, porque divierte, tiene ingenio y vuelven a asomar retazos de lo que yo llamo “el Sanzol que a mí me gusta” –el de Sí, pero no lo Soy y Días Estupendos-. Quizá una apuesta más decidida por el surrealismo –y menos por la poesía- hubiese convertido esta recomendable Calma Mágica en un espectáculo tal vez menos personal –es personalísimo-, pero en mi opinión –aún- más eficaz. Con todo, es una bocanada de aire fresco en la realidad teatral.

H. A.

Nota: 3.75/5   “La Calma Mágica”, de Alfredo Sanzol. Con: Iñaki Rikarte, Aitor Mazo, Sandra Ferrús, Mireia Gabilondo y Aitziber Garmendia. Dirección: Alfredo Sanzol. TANTTAKA TEATROA / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 23 de Octubre de 2014

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