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‘Happy End’, o ¿negra o blanca?

diciembre 7, 2016

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Fruto de lo que parece un particular proceso de escritura colectiva -el programa de mano indica que se trata de “una comedia muy negra de Vaivén Producciones a partir de un texto de Borja Ortiz de Gondra”, llegó al coruñés Rosalía de Castro Happy End, un espectáculo que toma un tema muy serio, controvertido y hasta de cierta actualidad para armar una comedia. Una obra que parte de una anécdota brillante que podría haber generado polémica y debate; pero que sin embargo la compañía ha preferido enfocar como una comedia blanca, fácil y sin buscar ni la reflexión ni el peligro de que nadie pueda llegar a ofenderse… y ante lo atrevido de la trama principal es una pena, porque, aunque sea una función que se ve con agrado, es casi imposible que no se le quede a uno la sensación de lo que pudo haber sido y sin embargo no es.

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En un presente más o menos contemporáneo en el que parece que España empieza a salir de la crisis económica; Gabriela observa con horror la quiebra de su negocio después de una época de prosperidad: Happy End, una particular empresa de suicidio asistido que funciona como una especie de cadena de favores en la que cada socio debe ayudar a morir a un socio antes de ser asistido por otro. Cuando comienza la pieza, Ainhoa -una anciana que es una de las clientas- se encuentra ayudando a morir a uno de los socios… pero el problema es que Gabriela no tiene otra persona que ayude a morir a Ainhoa, y da constantes largas hasta la llegada de alguien que no existe, mientras la ancianita empieza a impacientarse. La aparición circunstancial de Martín, un hombre de mediana edad que vive con su madre y viene buscando otra cosa, precipitará los acontecimientos hacia una situación de comedia rocambolesca a medio camino entre el sainete y la comedia blanca; con un eco más o menos claro de ciertos títulos del pasado -¿cómo no pensar en Prohibido Suicidarse en Primavera, de Alejandro Casona, por ejemplo?-.

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No se puede negar que la idea de partida es brillante, y que la primera escena plantea un desarrollo prometedor. Pero nada más lejos de la realidad. Sorprende que se anuncie ‘una comedia muy negra’; y que luego sin embargo el texto tire por una línea completamente blanca, de una ironía casi infantil; que entretiene pero no profundiza en nada ni mueve a la reflexión, ni busca remover conciencias… pero que, sobre todo, tiene poco -o nada- de negra que es lo que promete el programa de mano. La sensación final es de que no han querido -o no se han atrevido- mojarse hacia una reflexión -siempre desde la comedia, claro- que funcionaría mejor desde una escritura más ácida, más afilada y no tan condescendiente. Estos personajes -claros deudores del género del sainete- no tienen ni mala intención, ni dobleces, ni esa acidez que tan bien le iría a esta historia; y la comedia se queda en algo sencillito, cuando se podría haber hecho algo de mayor complejidad sin dejar de hacer comedia… Y esto ya se ve venir a los cinco minutos de arrancar. Hay algún intento de tirar hacia temas más turbios -los motivos de Ainhoa para querer morir-, pero nunca llega a haber un atrevimiento a tirarse a la piscina: prueba de ello es el juego del doble final -ejecutado de manera bastante pobre-, que disipa de un plumazo cualquier intención de negrura que pudiese tener la cosa. Y debo insistir: se ve con agrado; pero del programa de mano se desprende que va a ser otro tipo de espectáculo -esto no es comedia negra, sino comedia blanca sobre un tema muy negro…-; puede que ese -y la sensación de que se podrían haber hecho muchas cosas que no se hacen con el material de partida- sea el gran pero de una propuesta que es honesta en todo lo demás. Hay risotadas aisladas aquí y allá -nunca se llega a la carcajada plena-, pero sin embargo tengo la certeza de que la idea de partida daba para mucho más de sí si se hubiese optado por escribir algo más gamberro, más políticamente incorrecto; y, en definitiva, más negro… A fin de cuentas ¿no es eso lo que se anuncia?

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La cosa está bien montada -la puesta en escena de Iñaki Rikarte insufla vida al texto sin perder de vista que es lo que es, y ya es difícil armar un espectáculo entretenido con este texto que da poco margen, sin embargo Rikarte lo logra; y la escenografía de Ikerne Giménez es útil y está bien planteada-; y los tres actores se vuelcan en dar lo mejor de sí, y esa es una de las claves a la hora de intentar mantener el interés de un texto que acaba resultando más bien discreto. Visiblemente curtidos en este tipo de comedias -y no es fácil dar con el tono para afrontar estos personajes…- Ana Pimenta -que aprovecha muy bien el único conato dramático que permite la trama- y Xabi Donosti -que seguramente tenga el más simpático de los tres personajes, y lo sabe jugar- sirven muy bien los gags, dentro de ese código de humor blanco que rige toda la propuesta. Puede que la intérprete de Gabriela -que, desde luego, no era la que anuncia el programa de mano: ¿por qué no se anuncian estas sustituciones debidamente por megafonía?- no termine de componer su papel al mismo nivel que sus compañeros -hay alguna inseguridad notoria con el texto-. En una búsqueda he encontrado que tal vez fuese Dorleta Urretabizkaia, que parece que alterna el rol con la actriz que anuncia el cartel, pero no lo puedo afirmar con seguridad…-. En cualquier caso, tratándose de una sustitución el que haya cierta distancia -siempre dentro de la honestidad, claro- hay que tomarlo como algo perfectamente comprensible.

Como digo, es complejo valorar este espectáculo. Porque como lo que finalmente es -una comedia en la línea de un Casona con ojos de hoy- funciona; pero sin embargo me quedo con la sensación de que no es lo que promete antes de entrar; y de que en el texto no se ha tratado la idea con el debido riesgo como para cuajar el producto notable que podía tenerse entre manos. De acuerdo que otro enfoque de este tema -sin renunciar a la comedia, porque la comedia no está reñida con la reflexión- tal vez hubiese podido levantar molestas ampollas en un sector del público y generar un polémico debate ¿pero acaso no está el teatro para eso? La puesta en escena y los intérpretes son perfectamente solventes, pero no puedo evitar tener la sensación de que el texto -teniendo mimbres para hacerlo- sencillamente nunca termina de despegar del todo. Y es una pena… Por cierto: eviten ver el trailer, porque reúne los mejores momentos del espectáculo, y la decepción seguramente será aún mayor.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

Happy End”, una comedia de Vaivén Producciones a partir de un texto de Borja Ortiz de Gondra. Con: Ana Pimenta, Xabi Donosti y Dorleta Urretabizkaia. Dirección: Iñaki Rikarte. VAIVÉN PRODUCCIONES.

Teatro Rosalía de Castro, 3 de Diciembre de 2016

‘Tartufo’, o una cuestión de equilibrios

diciembre 6, 2016

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Sucede rara vez que uno se pueda encontrar dos versiones de un mismo clásico en apenas un mes. A finales de Octubre di cuenta en este blog de la versión de Tartufo que firma Carles Alfaro para el Centro Dramático Gallego, y ahora Venezia Teatro presenta otra versión de la obra de Molière en Madrid, con dirección de José Gómez-Friha y dramaturgia de Pedro Víllora. Resulta pues casi imposible no confrontar ambas versiones; que curiosamente encuentran diferencias y similitudes a partes iguales a la hora de revisar el título.

Es cierto que Venezia Teatro, con Gómez-Friha al frente, ha alcanzado últimamente sonados éxitos trayendo diversos clásicos al lenguaje más actual -el más reciente Los Desvaríos del Veraneo, que comenté en el blog el pasado año-. En esta versión de Tartufo -que tiene en su cartelería y su reportaje fotográfico toda una declaración de intenciones ya de partida…- hay muchas de las señas de identidad que tenía aquella: una voluntad clara de acercar la obra al público más joven empleando un lenguaje escénico que trate lo clásico desde un tono contemporáneo; la interacción con el público y la inclusión de recursos -la música en directo, los micrófonos…- cada vez más vistos en funciones teatrales. El resultado es una función entretenida, que sin embargo no acaba de alzar el vuelo como algo memorable; creo que porque, a pesar de sus muchas virtudes, no queda del todo redonda, quizás porque la puesta en escena acaba imponiéndose al resto casi como una condición en la que todo lo demás queda a su servicio. Esto es, creo que a Gómez-Friha se le va un poco la mano en el grado de ‘buenrrollismo’ que toda la propuesta pretende transmitir, y la sensación de que falta equilibrar los sentimientos que ocurren en la historia, enfocados siempre desde una óptica bastante disparada.

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Se apoya esta función en una inteligente versión del texto de Pedro Víllora, que no ha dudado en dejar la trama en lo esencial, podando escenas y personajes para que la trama transcurra con fluidez: es un acierto y la poda es inteligente, beneficiando siempre a la narración. Acaso me sobren algunas morcillas reincidentes que buscan la risotada fácil -sobre todo las que salen por boca de Madame de Perneille-. Hay que señalar que -tal y como ocurría en la versión del Centro Dramático Gallego-, Víllora ha revisado absolutamente el planteamiento del desenlace de la historia, obviando cualquier tipo de moraleja y reservando el triunfo absoluto al villano, en una suerte de metáfora de los desahucios tan en boga a día de hoy: la encuentro una solución ingeniosa, y muy probablemente sea la mejor solución posible para entender la historia desde la actualidad; pero no deja de llamarme la atención que ambas propuestas -esta y la de Alfaro para el CDG- tiren por una vía semejante para resolver la situación.

Quien vea el cartel o algunas de las fotos promocionales seguramente se esté viendo venir una versión polémica o subida de tono; y nada más lejos de la realidad: la cartelería crea una expectativa que nunca llega a cumplirse, o al menos no del todo… La puesta en escena de Gómez-Friha se vale de un espacio casi vacío -tan solo algunos elementos de mobiliario- para armar una propuesta en la que un vestuario de época -gran trabajo de Sara Roma- se da la mano con un lenguaje actual, e incluso con mecanismos meteateatrales: los actores reciben la orden de comienzo desde cabina, y constantemente piden la ayuda de la técnico para echar la función adelante. Lo cierto es que en este caso este recurso metateatral no aporta gran cosa, salvo cuando se sirven de él para integrar al público en la acción -seguro que existen otras formas…-. El Tartufo de Friha es más un mero caradura embaucador que un beato -de hecho, la versión pasa por el tema religioso poco menos que de soslayo; y esto de alguna manera es suprimir o dulcificar toda una parte del sentido de la obra, sin mucha necesidad a primera vista…-, en una decisión que resulta clave en todo el desarrollo de la función. Además, la propuesta ha incorporado canciones -Elmira canta por ejemplo “All the things you are” en su falsa escena de seducción a Tartufo-, que aunque no estorban tampoco suman especialmente.

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Puede que lo más destacable del montaje sea esa sensación de premura, de rapidez, que transmite el todo. Encuentro que Gómez-Friha ha pretendido dirigir una comedia alocada, y por ello gran parte de la acción transcurre a velocidad vertiginosa, incluso a veces demasiado: el inicio viene marcado por gritos, y réplicas pisadas que no siempre permiten el correcto seguimiento del texto. Sólo desde la entrada de Tartufo -que es cuando además empiezan a suceder las escenas más íntimas, de menos personajes- la cosa parece relajarse, y la propuesta entra en un tono mucho más interesante que en su primera parte. Esto es, creo que a base de buscar la frescura en el tono se ha perdido parte de la homogeneidad de la puesta en escena: de hecho -debo insistir- son las escenas más relajadas las que mejor funcionan, las que resultan con mayor encanto. A fin de cuentas, la propuesta tiene cierto encanto, pero no termina de ser redonda por recurrir a opciones que ya se han visto en otras puestas en escena -varias de las soluciones de este montaje recuerdan, por ejemplo, a la versión de Las Amistades Peligrosas que firmase Metatarso hace un par de años; aunque allí daban mejor resultado que aquí…- y porque el atolondramiento inicial desequilibra un poco el cómputo global.

El reparto está bien escogido y todos dan lo mejor de sí. Me gustó mucho el Tartufo de Rubén Ochandiano, uno de esos actores con personalidad como para llenar el escenario; y para llenar de sentido a un personaje que podría haberse enfocado desde lo histriónico, pero que sin embargo el actor sabe manejar con mucho encanto. También la Elmira de Marián Aguilera resulta adecuadamente elegante, sobre todo desde que el tono se relaja -y sale muy airosa de su número musical-. El Orgón de Vicente León -que da también vida a Madame de Perneille- tiene la solidez de un actor que siempre destaca; y esta no es la excepción, afrontando con gran convicción todo cuanto hace -y eso que el enfoque de Madame de Perneille es, como poco, discutible-, acertando al acentuar la dignidad de Orgón como un personaje cuyo único error es ser incapaz de ver más allá de sus propias narices; pero eludiendo siempre el camino de la parodia. Y, en fin, Esther Isla arrasa como la lenguaraz criada Dorina, no dejando pasar ni una oportunidad de destacar: toda la primera parte de la obra es suya por derecho propio; y aquí hay una actriz a la que me encantará ver en nuevos trabajos, porque tiene mucho que decir y muestra un potencial brutal. La pareja de enamorados, Mariana y Valerio, –Nüll García e Ignacio Jiménez– queda algo en segundo plano, y es la más perjudicada por el asunto del atolondramiento de la primera parte del que hablaba al principio, seguramente porque los papeles no tengan demasiada entidad tampoco en la versión en sí misma.

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En este Tartufo, el espectador encontrará una versión interesante, con buenas interpretaciones, un buen acercamiento a la obra y algunos momentos de interés; a la que sin embargo le falta un equilibrio de enfoque global, y que seguramente ganaría si se relajasen algunos pasajes. Es una pena, porque los mimbres son buenos pero siento que no termina de resultar una versión redonda. Una curiosidad final: el programa afirma que la función dura 85 minutos, y la que yo vi duró aproximadamente 110… Incluso una curiosidad final: resulta casi imposible encontrar material fotográfico que dé una idea de lo que es esta función -apenas hay fotos de escena…- a pesar de que el reportaje de Ochandiano ligero de ropa -¿para captar público?- es amplio y generoso

H. A.

Nota: 3/5

Tartufo (El Impostor)”, de Molière. Versión: Pedro Víllora. Con: Rubén Ochandiano, Marián Aguilera, Vicente León, Esther Isla, Nüll García e Ignacio Jiménez. Dirección: José Gómez-Friha. VENEZIA TEATRO.

Teatro Fernán-Gómez (Sala Jardiel Poncela), 28 de Noviembre de 2016

‘La Celestina’, o miniatura de orfebrería

diciembre 3, 2016

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La Celestina es sin duda alguna un texto recurrente en los escenarios españoles, ya sea en su versión íntegra -últimamente se ha visto una versión de Atalaya y otra del Teatro de la Abadía– o en montajes híbridos, que toman la obra de Fernando de Rojas o a su personaje central para crear un nuevo todo inspirado en el clásico. Eso era por ejemplo Ojos de Agua; y eso es esta particular versión unipersonal que lleva bastante tiempo en la carretera; pero que no había podido ver hasta ahora: una revisión de la obra original, a modo de monólogo en el que se integran títeres y marionetas; en una versión reducida del clásico que resulta un trabajo de orfebrería. Pero, sobre todo, algo que va más allá de la obra de Fernando de Rojas para acabar poniendo en el centro de la acción un homenaje a la narración, a una forma muy particular de narrar.

Se presenta ante nosotros una juglaresa que representa la Tragicomedia de Calisto y Melibea, para aportarla al público a modo de enseñanza. Desde este punto, la actriz-juglaresa asume además el doble rol de narradora/Celestina, valiéndose de una serie de marionetas -dos títeres, uno para Calisto y otro para Melibea; más una marioneta de mano que representa a Pármeno y Sempronio- para recorrer la Tragicomedia desde una perspectiva abreviada, que pone el foco en la trama amorosa -y que elude elegantemente toda la parte más carnal de la obra, dejando las intervenciones de las prostitutas, por ejemplo, en lo más básico- seguramente para acercar su significado a una amplia masa de público. En la hora y diez que dura la obra hay fragmentos tomados textualmente de la obra de Fernando de Rojas, fragmentos parafraseados y fragmentos nuevos, en los que la narradora trata de emitir enseñanzas para el público sobre los hechos que van transcurriendo. Desde este momento, vemos que la tradición juglar de lo oral va a tener un papel primordial en esta versión; y ahí está la que yo creo que es una de las mayores virtudes del espectáculo.

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Lo más atractivo de este espectáculo -que es de esas propuestas que piden proximidad a gritos- es observar el detalle de la puesta en escena; en el que Carolina Calema se lanza sin red a un trabajo durísimo tanto a nivel vocal como a nivel físico; en el que es a la vez actriz -creadora de personajes con su voz y su cuerpo- y manipuladora. Un trabajo que no esconde la voluntad de ser teatro de títeres; pero a la vez tampoco esconde la voluntad de ser teatro de actriz, y un trabajo que toma en definitiva elementos de todas estas disciplinas para crear un curioso todo híbrido. Así, Calema ha de pasar -o ha de alternar, mejor dicho- de mera actriz a manipuladora, e incluso combinar ambas facetas en una propuesta atractiva por lo bien realizada que está a todos los niveles -el ritmo nunca es precipitado y la actriz, aquejada además en la función que nos ocupa por un molesto resfriado que supo integrar en la función, demuestra pleno control de la situación-, en una función de corte visiblemente artesano que tiene una de sus grandes virtudes en el hecho de que nunca pretende esconder la magia del teatro. Calema se vale para llevarlo adelante de muchas disciplinas distintas; pero todas ellas aparecen con claridad a la vista del espectador. Esto es, la propuesta no rehuye ni mostrar a la actriz como titiritera, ni hace que olvidemos que la intérprete convive con los títeres; ni siquiera esconde todo un halo de commedia dell’arte bien apreciable en la gestualidad que emplea Calema para expresarse. Dicho todo esto, hay que valorar muy positivamente el trabajo global de Carolina Calema, en una propuesta que sin ser exactamente ni mero teatro de títeres ni mero teatro de actriz la obliga a dominar ambas facetas para salir a bien del reto; cosa que afortunadamente ocurre.

Se puede decir, en resumidas cuentas que la propuesta es, por encima de todo, un homenaje al universo del juglar; y la puesta en escena de Darío Galo pone de manifiesto y en primer término toda esa tradición juglaresca como eje para armar su función. Es en ese espíritu -podría ser, perfectamente, una propuesta de calle- en el que hay que situarnos; y en ese sentido el objetivo está plenamente logrado. En otro orden de cosas, los títeres que ha diseñado Elena Colmenar son una belleza, como lo es la caracterización de la actriz. Quizá encuentre que la música -de Renato di Prinzio- sea demasiada, y quizá gane dosificándose un poco. La iluminación de David Amandi consigue momentos muy sugerentes.

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El texto de Darío Galo sencillamente va más allá de ser una mera versión de La Celestina y acaba tomando otra dirección. Parte de la obra de Fernando de Rojas -acaso excesivamente recortada y excesivamente dulcificada en la manera de narrar y en la selección de los fragmentos: faltan partes importantes, y siento que algo del sentido global de la obra se pierde, en favor de que el espectáculo pueda llegar a todos los públicos-, para escribir algo que es más un homenaje al espíritu del juglar; e incluso a la tradición de esa oralidad que defiende la juglaría. Es ahí, desde ese punto de vista, desde donde se debe valorar la escritura de Galo. Creo sinceramente que la manera en la que consigue transmitir ese espíritu supera incluso a su adaptación del texto de Rojas; y que el espectáculo gana si se lee y se ve más como un homenaje a la juglaría que como una versión del clásico: quiero decir, se ha tomado La Celestina como base, pero perfectamente podrían haber sido muchas otras obras y la propuesta seguiría funcionando por su fuerza expresiva.

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En esta Celestina tenemos pues un hermoso trabajo de orfebrería, que bebe de muchas técnicas y es, a fin de cuentas, un gran y bello homenaje al universo de la tradición oral del juglar. Creo -insisto- que el montaje gana si se lee de esta forma que si se lee como una revisión de la obra de Fernando de Rojas, porque gran parte de su valor está en recuperar una forma de contar y de narrar cada vez más perdida. Ignoro si ya se ha hecho, pero por formato, creo que es un espectáculo que en ferias medievales -al aire libre y al amparo de lo simbólico de lo juglar- podría causar auténtica sensación.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

La Celestina”, versión libre de Darío Galo sobre la obra de Fernando de Rojas. Con: Carolina Calema. Dirección: Darío Galo. CTC PRODUCCIONES.

Teatro del Arte, 26 de Noviembre de 2016

‘Mármol’, o entre tu deseo y el mío

noviembre 30, 2016

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Presenta el Centro Dramático Nacional dentro de su temporada una de las primeras producciones españolas de un texto de Marina Carr (Irlanda, 1964), una de las voces jóvenes más reseñables del panorama teatral actual. Autora prolífica y variopinta, capaz de explorar con igual acierto el absurdo -en Woman and Scarecrow– o la revisión de la tragedia griega -en By the Bog of Cats-; traza en MarbleMármol, la obra objeto de esta reseña- un complejo drama humano que explora el mundo de los deseos incumplidos, el subconsciente y el sueño como herramienta de liberación hacia la vida que se desea.

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Ben y Art son dos hombres en la primera madurez, amigos desde hace años y compañeros de trabajo, que tienen todo lo que se puede desear en la vida: un trabajo estable, una familia modelo y un sueldo de categoría. Dos triunfadores. Un día, Art le confiesa a Ben que ha tenido un sueño erótico con Catherine -la esposa de su amigo- en el que mantenían sexo salvaje en una habitación cubierta de mármol. En un principio Ben le resta importancia al asunto hasta que llega a su casa y descubre estupefacto que su esposa Catherine ha tenido exactamente el mismo sueño con Art. La rocambolesca anécdota se complica aún más cuando Catherine y Art continúan teniendo sueños eróticos de sexo salvaje el uno con el otro cada noche y durante semanas sin poder controlarlo. Mientras Art -felizmente casado con Anne- intenta tomarlo como algo meramente anecdótico, Catherine empieza a obsesionarse de forma enfermiza con estos sueños que constituyen para ella una verdadera vía de liberación, quién sabe si un escape hacia una ensoñación mejor que la realidad en la que vive. Así las cosas, esta situación amenaza con dinamitar no sólo el matrimonio entre Ben y Catherine -puesto que ella cada vez se evade más de la realidad, y sólo espera dormirse para soñar con Art…-, sino también la amistad entre Art y Ben; e incluso la estabilidad del matrimonio entre Art y Anne, una vez que Catherine decide dar un paso adelante en su lucha por hacer realidad ese sueño salvador para su existencia. De esta manera, lo que comienza siendo una comedia de salón enseguida deriva en algo más turbio, que escarba en la necesidad humana de materializar una fantasía para evadirse de una vida gris y monótona; y que se plantea cuál es el precio para tratar de alcanzar la posibilidad -que no la certeza- de la felicidad, en un entorno en el que realidad y sueño se confunden no sólo para el público, sino también para los propios personajes, que muchas veces no alcanzan a comprender en qué esfera están.

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A primera vista uno podría pensar que Mármol es una comedia de parejas sobre sexo; y sin embargo el sexo es sólo el punto de partida que emplea Marina Carr para hablar de cuestiones mucho más complejas. Mármol se ubica a medio camino entre la ensoñación de Realidad de Tom Stoppard y la metáfora del pasado de Viejos Tiempos de Harold Pinter -no en vano hay una referencia más o menos clara y muy oportuna en el texto a que una de las parejas asistirá a ver precisamente esta última obra-; e incluso del naturalismo de Cena con Amigos de Donald Margulies. Se inicia como una comedia ácida, pero acaba derivando casi en un thriller psicológico bastante simbólico que profundiza en la miseria de las relaciones humanas, y que a menudo vale más por lo que calla que por lo que dice: vemos a las dos parejas asomarse constantemente al abismo, intuimos su autodestrucción sin que podamos calibrar las consecuencias. Y, además, esa atmósfera en la que realidad y sueño se entrecruzan; hace que el público se entregue a una honda reflexión sobre la catarsis existencialista que atraviesan estos personajes, que tienen la felicidad al alcance de la mano aunque tengan que pagar un precio para tratar de alcanzarlo. A fin de cuentas, los sueños eróticos que precipitan la trama son solo una anécdota para ver cómo dos matrimonios se van al garete sin remedio: porque Anne se ha instalado en la comodidad del matrimonio con Art dejando la pasión en segundo plano; a la vez que Catherine está exhausta de la monotonía de su matrimonio con Ben… Pero ¿cómo alcanzar la felicidad desde una mera ensoñación que acaba ocupando el primer plano de la acción? Marina Carr acierta al plantear preguntas al espectador, y eludir aportar más respuestas que las que el propio espectador quiera plantearse; desde un lenguaje ácido, incisivo, de fuerte carga simbólica y metafórica -la habitación de mármol en la que Art y Catherine sueñan sus hipotéticos encuentros se compara en un momento con el mármol de las lápidas mortuorias- y que nunca renuncia a una fina y oscura ironía que mantiene la sonrisa en un público que asiste sin embargo a una caída al vacío de cuatro seres humanos que luchan contra sus propias insatisfacciones.

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Una de las mayores dificultades de este texto es sin duda encontrar el equilibrio en el tono entre la comedia que parece y el thriller oscuro que en esencia es. La puesta en escena de Antonio C. Guijosa se basa en una escenografía de corte neutro en varias alturas -firmada por Mónica Teijeiro-, para evocar los diferentes espacios en los que transcurre la acción. Es ágil e inteligente la forma de encadenar las escenas y los espacios -en continuidad-; aunque tal vez en los momentos de corte más decididamente oníricos se haya caído en soluciones demasiado obvias -cuarto montaje que veo este mes en el que caen cosas del cielo…-. Así y todo, el ritmo es óptimo y la progresión desde la comedia hasta ese estamento más oscuro que acaba por imponerse en la trama está bien dibujado. Así y todo, en un texto que es más de arrojar preguntas que de dar respuestas, intuyo que Guijosa sugiere un desenlace en el que cabe la luz mediante un guiño poético final. Personalmente, hubiese preferido un desenlace más neutro -que es lo que el texto mismo parece sugerir-, más acorde con el tono de la historia.

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Hay no obstante cierta distancia entre el enfoque de los cuatro actores -vi la segunda función en Madrid, y estoy seguro de que la cosa aún crecerá y se fijará-. En líneas generales, se puede decir que los dos hombres -el sólido Art de Pepe Viyuela, que dibuja muy bien el arco de un personaje que transita del hombre bonachón al que se ve acorralado sin comerlo ni beberlo, con una versatilidad y una humanidad que se agradecen mucho; y el rotundo Ben de ese actor siempre seguro que es José Luis Alcobendas, en un personaje que vale más por lo que traga y aguanta que por lo que expresa, aspecto bien dibujado por el actor, acaso algo titubeante con el texto en la función que presencié- actúan en un tono más naturalista que las dos mujeres, que tiran más por la vena de lo poético. De acuerdo que el personaje de Catherine se mueve en esa delgada línea entre cordura y locura, entre sueño y realidad, y esto dificulta encontrar el equilibrio; pero creo que el personaje funcionaría mejor desde un tono más frío y crudo que el del deje hasta cierto punto poético que Elena González -una actriz que siempre destaca- parece querer insuflarle; es sin duda una opción de enfoque y lectura del personaje, pero creo luciría mejor desde un punto más turbio y realista, sobre todo por una cuestión de equilibrio con respecto a los personajes masculinos: en su descargo hay que decir que mejora conforme avanza la representación. En fin, Susana Hernández saca adelante un rol ingrato, porque -a pesar de su importancia- es un mero retazo con respecto al resto hasta bien avanzada la trama. Hay una escena -capital- en la que ambas mujeres se confrontan; e insisto en que me quedo con la sensación de que la diferencia en el tono de ellas con respecto al de ellos es bastante notoria y tal vez debería equilibrarse. No me atrevo a pronunciarme sobre si esta diferencia se debe a alguna elección de dirección; porque es una cuestión compleja.

Con todo, hay que saludar la incorporación de Mármol como la llegada a España de una autora fundamental como es Marina Carr, y por un texto interesante, sugestivo e inteligente que plantea cuestiones interesantes, deudor claro de algunos grandes clásicos del teatro contemporáneo. La propuesta es honesta, aunque quizás aún podría redondearse en algunos aspectos -que, en muchos casos, seguramente llegarán con algo más de rodaje-.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Mármol”, de Marina Carr. Con: Pepe Viyuela, Elena González, José Luis Alcobendas y Susana Hernández. Dirección: Antonio C. Guijosa. EL VODEVIL / IRIA PRODUCCIONES / SERENA PRODUCCIONES / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL

Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 26 de Noviembre de 2016

‘La Cocina’, o retazos de vida a fuego lento

noviembre 29, 2016

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En el punto de mira de todos -y con todo vendido desde apenas unos días después de su estreno- se encuentra la presente superproducción de La Cocina, de Arnold Wesker -voz fundamental de los llamados angry young men-; sin duda el montaje más complejo que haya presentado el Centro Dramático Nacional en varias temporadas. Un elenco que incluye la friolera de 26 actores -con varios nombres de peso…- y una escenografía compleja que ha obligado a levantar la sala grande del teatro Valle-Inclán, como hacía tiempo que no se veía; para un espectáculo que recupera un texto complejo de 1957, que pretende trazar una panorámica social muy ligada al momento de su estreno a través de un enfoque de corte realista que muestra a una gran masa social enfrentada al día a día en una situación de presión laboral.

Un día completo en la cocina de un restaurante londinense que sirve más de 1000 menús diarios. A lo largo de dos horas y media, el espectador asiste a la progresiva incorporación del personal, a sus relaciones personales -servidas en píldoras y a velocidad de crucero- y a cómo un ambiente de camaradería y tranquilidad se va convirtiendo progresivamente en un infierno de trabajo y sobre-explotación. Se reciben comandas, se cocina, se sirven los menús… mientras el ritmo va en intensidad creciente y las relaciones personales se entremezclan con la locura de un día de trabajo. El entorno multirracial y multicultural de los personajes -tan marcado en el momento político de la época- va formando una barrera -un muro, como dice uno de los personajes en un momento de la representación- insalvable, que resulta decisiva a la hora de armar sus relaciones personales. El racismo, la pobreza, la necesidad de trabajo, las diferencias sociales, el orgullo de raza… y, a fin de cuentas, la miseria de estos personajes que trabajan en lo único a lo que pueden aspirar expuestos a unas jornadas extenuantes y seguramente por unos salarios. En este contexto de desencanto, transcurren una serie de anécdotas personajes -relaciones amorosas, amistad, odio, rencores-, que no son sino retazos que quedan vagamente apuntados por el autor, que plantea un sinfín de perfiles -la actual versión cuenta con 28 personajes, pero el original supera la treintena- para configurar un mosaico social propio de una época. Un entorno desesperanzado en el que no pasa aparentemente nada; pero que a su vez es como una gran olla a presión a punto de estallar.

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No dudo que en el momento de su estreno, La Cocina de Arnold Wesker -un clásico que no conocía y que me parece un texto muy de su tiempo, con todo lo que ello conlleva- causara gran revuelo, tanto a nivel formal -por su complejidad, casi irrepresentable- como a nivel social. Visto hoy, sin embargo, encuentro que es un texto que se puede entender bien -fíjense qué cosas, el Brexit hace que la premisa del odio británico a los foráneos que rige esta obra se vuelva de plena actualidad-; aunque no evita tampoco caer en ciertos tópicos sociales e imágenes preconcebidas que quiero pensar que empiezan a estar superadas por cualquier persona con un poco de sensibilidad y cultura a fecha de hoy, 2016 -y quien no las tenga superadas, seguramente no lo vaya a hacer viendo una obra de teatro…-. Apenas dos o tres historias -la de Peter y Monique, que es central en la función; la de Kevin, por lo simbólica que resulta al ser el recién llegado; y las de Mangolis, Paul y Ramone, por la carga poética y simbólica que conllevan- llegan a tener recorrido. El resto -y son 28 personajes…- son apuntes, retazos, bocetos que sirven para colorear el conjunto aquí y allá. Hay que señalar de nuevo que la revisión del texto -que firma Sergio Peris-Mencheta- ya ha podado el número de personajes; y aún así creo que siguen siendo demasiados porque algunos no tienen peso -un ejemplo claro: hay demasiadas camareras, y algunas son mera comparsa…-. Además, personalmente, reconozco que me pasé gran parte de la función esperando una resolución potente -¿quién sabe si algo de carácter simbólico?- que sin embargo nunca llega.

Todos esto -la presencia de algunos tópicos, la falta de definición de algunas historias y personajes y la falta de un verdadero clímax final- hacen que veamos el texto de Wesker -a menos desde el presente- como una maniobra dramática compleja que supone un reto para cualquier director que quiera levantar un montaje más que como un texto de entidad en sí mismo. En otras palabras, sin que el texto sea malo -es entretenido, pero tengo la sensación de que ha envejecido mal en algunas cuestiones- encuentro que se vuelve casi una excusa para levantar un montaje complejo, ágil y que deslumbre al público. Y, no nos engañemos, el CDN presenta un montaje ciertamente vistoso que es la razón de ser del espectáculo; pero que termina quedando muy por encima del texto. Y aquí llega la pregunta obvia: levantar este espectáculo requiere una grandísima inversión a todos los niveles -seguramente una inversión que sólo un ente público como el CDN se pueda permitir-; para algo condenado no sólo a no girar -porque ya saben que lamentablemente cada vez menos propuestas del CDN giran fuera de Madrid; pero girar esto es tarea imposible por sus dimensiones…- sino también casi condenado a morir después de un puñado de representaciones -porque me parece improbable que se cuadren 26 agendas para una reposición-; ante esta perspectiva ¿merece la pena el esfuerzo? Será algo a lo que cada uno tendrá que responder; pero creo que es una pena que un esfuerzo de este calibre esté destinado a ser visto por tan poca gente…

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No es sencillo dar ritmo y equilibrio a un texto que obliga a jugar con tantos actores a un tiempo, con unos diálogos trepidantes -muchas veces mero bocadillo- y una orfebrería que obliga casi a recurrir a una frenética coreografía. Lo cierto es que Sergio Peris-Mencheta no se amilana ante el reto, y arma un montaje verdaderamente admirable en lo visual, en un espectáculo que no da respiro y nunca cae de ritmo a lo largo de las casi dos horas y media que dura. La compleja escenografía rectangular de Curt Allen Wilmer dispone al público a 4 bandas y deja ante nuestros ojos una completa cocina a tamaño real de corte realista reproducida con todo lujo de detalles, bien secundada por la iluminación de Valentín Álvarez. La caracterización de todos los personajes -fantástico trabajo de Elda Noriega en el vestuario- es espléndida, con los actores muchas veces directamente irreconocibles.

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Ante este complejo panorama, el resultado podría haber sido un caos de auténtica impresión si no se contase con una mano capaz de darle un sentido a todo esto; y sin embargo Perís-Mencheta -que me parece un director extraordinario que siempre deja montajes impecables- demuestra buena mano con los fogones, cocinando su montaje a fuego lento, logrando armar un espectáculo de precisión milimétrica, trepidante y vistoso; en el que hay varias disciplinas perfectamente integradas -el baile, los números musicales…- y en el que sin embargo el público nunca se encuentra abrumado por la marabunta. Hay mil acciones paralelas y distintos hechos transcurriendo a un tiempo en varios planos; pero Peris-Mencheta ha sabido siempre subrayar dónde está lo importante, y no es poca virtud. Asimismo, la sensación de caos que se respira en muchas de las escenas queda perfectamente natural -y a la vez denota que debe estar absolutamente organizado, aunque no lo parezca-. A fin de cuentas, el espectáculo es visualmente deslumbrante -y deja claro que si ha podido levantar esto con esta eficacia, es capaz de dirigir con brillantez cualquier cosa-. Ritmo implacable, organización casi increíble, y coreografías constantes que, o están perfectamente integradas en el conjunto; o directamente no lo parecen. Y todo esto, claro, es un elogio enorme cuando se trata de trabajar con un elenco de 26 actores -se nota la mano de Chevy Muraday- Hay que tener mucha visión, mucha mano, mucha sangre fría y mucha inteligencia para levantar esto; y queda claro que el director madrileño las tiene.

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Dejando de lado el asunto de la microfonía -evidentemente es imposible llevar adelante una función de estas características sin micrófonos, y a veces resultan descompensados, sobre todo según la distancia que tenga cada espectador respecto a algunos actores- muchas de las cuestiones de esta compleja puesta en escena giran en torno al universo de la convención, tan importante en el mundo del teatro. Veamos: hay una cocina, se cocina todo el tiempo de manera frenética… pero no vemos ni un solo alimento en escena; sin embargo, sí percibimos toda una gama de olores de todo lo que se cocina, en un gran efecto de puro teatro que es uno de los mayores aciertos del montaje -por cierto, nadie firma este trabajo con los olores en el programa de mano-. Otra cuestión importante -en la que también entra el universo de la convención- es la de los acentos. En esta obra -que transcurre en Londres- hay personajes ingleses, chipriotas, franceses, italianos, alemanes, irlandeses y griegos conviviendo en armonía. En su montaje, Peris-Mencheta opta por despojar de cualquier tipo de acento a los personajes que se asume que usan el inglés como lengua madre -los locales más Kevin, el irlandés-; y hacer que todo el resto de personajes trabajen en un castellano marcado por distintos acentos: es una decisión compleja -y no siempre lograda, porque los acentos les quedan a unos mejor que a otros; y juegan alguna mala pasada en algún caso concreto…- que creo que no aporta nada si decidimos movernos en el universo de convención. De la misma manera que no aparecen alimentos en escena y asumimos que se está cocinando -vemos una chuleta y un rodaballo donde no los hay-; creo que también se puede asumir la convención de las distintas nacionalidades sin ningún tipo de acento, solo a través del texto mismo -y esto hubiese ayudado a que se luciesen más algunos intérpretes..-. De la misma manera, las ‘cámaras lentas’ -varias- se convierten en una opción discutible, una vez que queda claro que no conducen a un lugar concreto -me pasé buena parte de la función convencido de que conectarían con algún hecho del desenlace, pero no es así…-. Todas estas cuestiones -que muchas veces responden a gustos- no empañan en absoluto el trabajo de orfebrería que ha logrado cuajar Peris-Mencheta con este montaje que deslumbrará a cualquier espectador que lo vea. Hay que ser muy talentoso para levantar algo así.

Ya he dicho más arriba que los personajes son, en líneas generales, meros retazos; con lo cual no hay muchas posibilidades para que el elenco pueda lucirse. Vaya por delante mi aplauso a los 26 intérpretes, que se entregan a una propuesta escénica absolutamente agotadora. No hay espacio para mencionarlos a todos, pero todos se llevan su porción de la tarta. Diría que -salvo un par de excepciones- los papeles masculinos tienen, en mi opinión, más chicha que los femeninos. Entre ellos, los mejores momentos se los llevan Xabier Murua -estupendo en el personaje de mayor recorrido-, Javivi -que alcanza un gran momento de intensidad en su monólogo, muy alejado de cualquier estereotipo que tengan de él-, Mario Tardón -estupendo por presencia y acento en el repostero italiano-, Víctor Duplá -estupendo en su intensidad-, Ricardo Gómez -que hace un trabajo extenso, duro e impecable en un personaje muy alejado de su icónico rol televisivo: aquí hay un actor preparado, y me ha supuesto una sorpresa mayúscula-, Javier Tolosa, Aitor Beltrán y Pepe Lorente -tres actores que no dejan pasar ni una oportunidad de destacar-, Alejo Sauras -muy en su sitio como el novato irlandés-, el siempre carismático Luis Zahera, que se roba la atención en cada aparición en su doblete o la rotundidad de Roberto ÁlvarezPatxi Freytez en sus respectivos roles. Entre ellas, hay que destacar el acierto de cast que resulta Paloma Porcel, el partidazo que le saca Marta Solaz a su número musical en el que por un momento parece una suerte de Ute Lemper patria-, o lo bien que administra sus réplicas Natalia Mateo. Pero ya digo que -con la salvedad de un par de acentos que suenan muy forzados y empañan el resultado global- todos suman para que la cosa llegue a buen puerto, en un montaje que exige un gran esfuerzo de todos, y por eso vaya otra vez a todos mi aplauso.

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Teatro lleno para un espectáculo apabullante por impecable su puesta en escena, que consolida a Peris-Mencheta como un hombre capaz de dirigir cualquier cosa, y que da probada muestra de la entrega de todo el elenco para levantar un espectáculo que es lo más complejo que haya puesto en escena esta institución en años -puede que desde Pelo de Tormenta o La Visita de la Vieja Dama en tiempos de Juan Carlos Pérez de la Fuente-. Me quedo con la sensación de que el texto sirve a la puesta en escena más que la puesta en escena al texto; pero eso no debe hacer que perdamos de vista lo grandioso y lo complejo de esta propuesta que tiene un buen puñado de cosas que admirar, incluso a pesar de que el texto en sí mismo pueda interesar más o menos.

H. A.

Nota: 4 / 5

La Cocina”, de Arnold Wesker. Con: Ricardo Gómez, Paloma Porcel, Javier Tolosa, Ignacio Rengel, Óscar Martínez, Javivi Gil Valle, Mario Tardón, Fátima Baeza, Xenia Reguant, Carmen del Valle, Almudena Cid, Marta Solaz, Natalia Mateo, Diana Palazón, Aitor Beltrán, Pepe Lorente, Silvia Abascal, Patxi Freytez, Romans Suárez-Pazos, Nacho Rubio, Víctor Duplá, Alejo Sauras, Xabier Murua, Roberto Álvarez, Luis Zahera y José Emilio Giménez. Director: Sergio Peris-Mencheta. CENTRO DRAMÁTIICO NACIONAL / BARCO PIRATA / FACYRE

Teatro Valle-Inclán, 25 de Noviembre de 2016

‘Todo el Tiempo del Mundo’, o donde habite el olvido

noviembre 25, 2016

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“Mi tiempo tiembla entre la memoria del pasado y la inquietud del futuro” (Todo el Tiempo del Mundo, Pablo Messiez).

Máxima expectación en el Teatro Palacio Valdés de Avilés para el estreno del último texto del director y dramaturgo argentino Pablo Messiez, que en pocos años se ha ganado por derecho propio un puesto de oro en el teatro contemporáneo de habla hispana. Todo el Tiempo del Mundo es un cuento poético que reflexiona sobre la construcción de la memoria, la necesidad de recordar, el peligro de olvidar y la posibilidad de construir una historia a través de la memoria, tal vez no como la recordamos, sino tal y como nos la han contado; valiéndose de premisas del más puro realismo mágico para armar una historia que araña y acaricia por lo entrañable que resulta, por la belleza de la palabra y por las cuestiones que arroja al aire.

Flores, un zapatero de señoras que regenta su negocio con la ayuda de la dependienta Nené, empieza a recibir cada noche visitas de extrañas personas que conocen detalles de su pasado, de su presente o de lo que le deparará el futuro. En un primer momento, el zapatero le resta importancia al asunto; pero comienza a inquietarse cuando se da cuenta de que la procesión de personas es cada vez más amplia, de que saben algunos datos que ni siquiera él recuerda y de que Nené jamás se cruza con ellos. La dependienta insiste a Flores en que debe, simplemente, descansar; pero el zapatero pronto se dará cuenta de que todo parece formar parte de una extraña paradoja temporal que ni él mismo acierta a explicarse: algo extraño ocurre con el tiempo en esa zapatería… Las progresivas conversaciones con todos los personajes que van desfilando por el establecimiento -un borracho que se resguarda de la lluvia, una mujer embarazada, una pareja de novios vestidos para su enlace y una joven hippie- ayudarán al señor Flores a entender quién fue, quién pudo ser y quién es; y a tomar conciencia de algunos episodios que, misteriosamente, había olvidado. A (re)plantearse cosas. Tal vez sea una oportunidad de saldar cuentas pendientes, tal vez una ocasión de asomarse a su propio abismo; e incluso tal vez para empezar de cero, en una suerte de hipotético renacer.

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A fin de cuentas, esta historia es un cuento de caricia que podría tornarse como un caramelo envenenado. Inicialmente hay en ella muchos aspectos deudores del Cuento de Navidad, de Dickens; pero pronto comprenderemos que Messiez nos quiere llevar por otro lado, en una historia poética y onírica que es, sobre todo, un gran canto al amor -el amor que todo lo salva, el amor de la familia, el amor de los que perdonan-, a la capacidad del amor como antídoto todopoderoso para salvar los recuerdos y al mundo del recuerdo y la necesidad de recordar a través de los nuestros; esos que en algún momento de nuestra vida nos han querido.

Pablo Messiez -que ha inspirado a su protagonista en la figura de su abuelo, sin que esta obra sea ni mucho menos autobiográfica- ha obrado el milagro de construir una historia tierna, cercana y descarnada; de esas que mueven de la risa al nudo en la garganta en un santiamén y que consiguen acariciar las emociones del espectador por lo cercanas que resultan. Seguramente sea su texto más directo, en el sentido de que todos nos entregamos sin remedio a esa extraña paradoja, a las revelaciones y hasta al posible renacimiento de Flores, porque la problemática que toca a estos personajes desde este cuento entrañable con toda seguridad nos toque a todos y cada uno de nosotros, moviéndonos en esferas de lo personal que nos llevarán a lugares muy hondos de nuestro ser. Las relaciones entre los personajes están perfectamente construidas -todos tienen su historia, y todas las historias son cercanas, humanas y perfectamente reconocibles-; y la palabra -como siempre ocurre con Messiez- pero encuentro que aquí especialmente es de una belleza poética que pocas voces pueden alcanzar a día de hoy. Creo que el argentino cuaja aquí uno de sus textos más redondos, por el equilibrio entre belleza del lenguaje, originalidad en el tratamiento del tema y ternura de la historia.

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La historia avanza imparable hacia lo entrañable; y de ahí hacia lo directamente emocionante, dejando un buen ramillete de instantes ante los que es difícil permanecer impasible. Hay mucho amor en Todo el Tiempo del Mundo, y muchos tipos de amor; pero todos esos amores nos acaban acariciando el corazoncito: desde la peculiar relación de esa pareja de novios -marcada por un hecho que es mejor no desvelar…- hasta escuchar la manera en que la historia de la mujer embarazada entronca con la de la joven hippie en la cara de Flores no puede sino estremecer; de la misma manera que el monólogo de Nené a Flores -una de las más bellas declaraciones de amor incondicional que haya visto en bastante tiempo- nos pone inmediatamente un nudo en la garganta. Por no hablar del espectacular momento que Messiez regala al zapatero casi al final de la pieza, en un soliloquio donde el uso del lenguaje se torna capital para expresar el punto de conocimiento al que el zapatero cree haber llegado, casi como en una especie de revelación cósmica: una belleza, redondeada además con un espectacular efecto de iluminación -Paloma Parra- de gran fuerza poética. Sólo una sugerencia: creo que el espectáculo podría y debería terminar directamente ahí, en punta absoluta -no en vano el teatro estalló en ovación en el estreno-; el epílogo que sigue a este monólogo de alguna manera siento que relaja toda la emoción creada hasta ese momento, cuando ya conocemos todo lo importante; además, “Mañana nazco” me parece una frase de una contundencia insuperable como cierre de función.

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La puesta en escena -que dirige el propio Messiez- está cuidada al detalle; tanto en la ambientación de época -la escenografía y sobre todo el vestuario de Elisa Sanz son verdaderamente minuciosos-, como en la administración del silencio -fundamental en una obra donde los personajes se escuchan constantemente los unos a los otros- y en el uso de ciertos detalles de gran belleza estética -Flores en el regazo de la mujer embarazada- y carga poética -atención al simbolismo del uso los zapatos y lo que implica..- que nunca pierden de vista el componente onírico y de cuento que destila toda esta propuesta. Incluso la oportuna selección musical -que nadie firma, así que imagino que corresponderá al propio Messiez- es idónea para llevar esta propuesta al terreno de la delicatessen.

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El reparto además está en estado de gracia, y ternura es la palabra que mejor define al conjunto. Conectar más con unos o con otros seguramente venga más ligado a lo que nos remuevan sus propias historias que a la calidad de todo el reparto en sí, porque todos trabajan desde una verdad y emoción contenidas que son muy de agradecer: aquí no hay lugar para el aspaviento y todo transcurre como una caricia. El zapatero Flores de Íñigo Rodríguez-Claro -un personaje larguísimo sobre el que gira toda la trama- es pura ternura de lo campechano que resulta; por el viaje que emprende desde la incredulidad inicial hasta el progresivo interés, y su estallido liberador del monólogo final: espectacular trabajo de actor. Todos los demás son una especie de cameos recurrentes -todos con su escena, todos con su momento-; y todos dan en la diana. La Nené de María Morales saca oro de una escena bellísima dicha desde una sinceridad que apabulla -aún me estoy desatando el nudo que me hizo en la garganta…-. Duro e intenso trabajo de Carlota Gaviño, que sale airosa con comodidad de un personaje peligroso con una particularidad muy exigente a la hora de expresar sus emociones de la cual no se debe hablar en detalle para evitar spoilers. Le da justa réplica José Juan Rodríguez, siendo su alma y sus palabras; en otro personaje que es mejor que descubran por ustedes mismos viendo la función: ambos están en perfecta simbiosis y arman una hermosura llena de emoción. Me gustó mucho la dulce energía positiva que destila Mikele Urroz en el personaje más joven -¡cuánta verdad en un simple abrazo!-, y tanto Rebeca Hernando -seguramente la más enfática del elenco- como Javier Lara -que tiene la papeleta nada sencilla de hacer quizás el personaje más ‘cómico’ en esta historia tan tierna; rol difícil pero creo que también algo desagradecido por contenido en comparación con los demás- cumplen sobradamente con sus cometidos. Pero encontrar un reparto tan amplio rindiendo a este nivel no es tarea fácil en los escenarios españoles ahora mismo…

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En Todo el Tiempo del Mundo el espectador encontrará un texto realmente hermoso, pellizco de pura emoción, que seguramente hurgue en la memoria de cada uno a través de la memoria de estos personajes tan tiernos, tan humanos y cercanos. Un cuento que arroja preguntas que nos llevamos a casa; y un canto a esa necesidad de amor que todos tenemos. Una obra que conmueve sin remedio, que da qué pensar e invita a buscar esa luz con la que llegar al final del túnel: el texto es casi redondo -me sobra, ya digo, el epílogo-; y las interpretaciones son de alto voltaje.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Todo el Tiempo del Mundo”, de Pablo Messiez. Con: Íñigo Rodríguez-Claro, María Morales, Rebeca Hernando, Carlota Gaviño, José Juan Rodríguez, Mikele Urroz y Javier Lara. Dirección: Pablo Messiez. BUXMAN PRODUCCIONES / KAMIKAZE PRODUCCIONES

Teatro Palacio Valdés (Avilés), 18 de Noviembre de 2016

‘Las Princesas del Pacífico’, o siempre con una sonrisa

noviembre 23, 2016

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Después de una amplia estancia en diversos espacios de Madrid, por fin he podido ver Las Princesas del Pacífico, una pequeña pieza creada a tres bandas por José Troncoso, Alicia Rodríguez y Sara Romero a medio camino entre la comedia dramática, el esperpento y el teatro social; que aborda cuestiones espinosas bajo la falsa apariencia de la comedia de brocha gorda. La obra aborda las peripecias de dos personajes que pueden parecer arquetipos exagerados y deformados por el espejo del esperpento; pero que son, a fin de cuentas, una metáfora de la miseria humana de tantas y tantas personas. Así, Las Princesas del Pacífico es, claro, una comedia; pero tiene el acierto de hacer que no perdamos de vista ni el dolor de unos personajes que intentan salir a flote con una sonrisa aunque sean dos náufragas en vida y al mismo tiempo incidir en ese componente de miseria del que -como en las buenas comedias, construidas a partir de una tragedia- nos estamos riendo.

Agustina y Lidia, tía y sobrina, son dos mujeres que viven aisladas del resto del mundo en su casa, con la televisión como única ventana al exterior. Dos mujeres extrañas, como de otro planeta, ausentes del mundo en el que viven y por lo tanto felices a su manera. Dos mujeres, también, más solas que la una -sólo se tienen la una a la otra, y lo saben sin duda alguna: han activado un mecanismo de protección mutua que es de vital ayuda para su supervivencia en un mundo que las trata a patadas…-; aunque nunca terminemos de saber cómo han llegado a esto. Un buen día, en vísperas de Navidad, a estas dos estrambóticas mujeres -¿cómo no pensar observándolas, por ejemplo, en una versión cañí de las dos Marías de Santiago de Compostela, que por cierto este año también han encontrado voz en otra función como Voaxa e Carmín?- les toca un crucero en un concurso de la televisión… Así, Agustina y Lidia tendrán que salir a comerse el mundo; o a evitar que el mundo se las coma a ellas en un choque de trenes que hará que estas dos mujeres que vivían felices en su desconocimiento de la realidad tengan que darse cuenta de su propia miseria como una bofetada en la cara; y decidir qué van a hacer con sus vidas en este mundo que les es hostil por desconocido.

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A nivel textual, Las Princesas del Pacífico es un material complejo, no solo por estar escrito a tres bandas -con todo lo que ello conlleva-, sino por ese juego atrevido que plantea, presentando a dos personajes extremos, que bien podrían haber formado parte de un programa de sketches por todo su exceso; pero enfocados con toda su humanidad. Hay mucho humor en la función por lo esperpénticas que llegan a resultar estas dos mujeres; pero también hay mucho cariño en la escritura, mucho respeto hacia lo que nos están contando: entre risa y risa, entre carcajada y carcajada, los autores han conseguido que nunca perdamos de vista la tragedia que oculta la existencia de estas dos mujeres, a veces solo mediante pinceladas que sugieren más que confirman. La carcajada se vuelve entonces un tanto amarga, y creo que ese es uno de los grandes aciertos de una función sencilla en su planteamiento; pero que no se ha limitado a hacer una comedia absurda. Hay un trasfondo claro social claro -el de la lucha del diferente, el del camino del marginado y del outsider por salir a flote- y del alguna manera estas dos mujeres -alzadas, de alguna forma, como heroínas de lo común- acaban convirtiéndose en un reflejo de la doble moral de esa sociedad: en Lidia y Agustina vemos, a fin de cuentas, tanto la miseria que escondemos como la miseria que provocamos; siempre desde una comicidad que esconde no sólo mucho dolor, sino también un halo de misterio que por momentos sitúa esta historia en la línea de una comedia macabra.

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Por lo particular de los personajes que maneja esta función, existe un peligro que se ha salvado en el montaje. Lo fácil hubiese sido reducir a tía y sobrina a la mera astracanada; y sin embargo director y actrices han sabido localizar y matizar el lado más humano de estas dos protagonistas. Es esto lo que hace que nos encariñemos con estos personajes, que nunca pierden la sonrisa; estas mujeres que están dispuestas a comerse el mundo a pesar de la que se les está viniendo encima -que no es otro monstruo que la sociedad misma-. Alicia Rodríguez y Belén Ponce de León obran el milagro de clavar el tono de los personajes, enfrentándose a esta comedia dificilísima -porque si se hubiesen pasado de rosca el asunto pierde toda la gracia…- en el punto exacto de esperpento, pero subrayando el cariño por los personajes. Gracias a ellas -y a la dirección de José Troncoso, que intuyo que habrá tenido que trabajar hilando muy fino para evitar que el asunto se desparrame…- somos capaces de ver todo lo que hay detrás de esta comedia; que desata la carcajada constante por el tono costumbrista de los personajes, pero también dibuja mucha miseria bajo la comedia. El acierto de que todo esto funcione como lo hace intuyo que está en el respeto desde el que está tratada la caricatura -y en la facilidad cómica para hacer serio lo costumbrista que tienen ambas actrices, claro-.

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Es un teatro de personajes y de actrices; y por lo tanto todo en la puesta en escena queda supeditado al texto y al trabajo actoral. Intuyo que el escenario del Teatro Galileo es demasiado grande para la propuesta -que seguramente lucirá mejor en espacios más pequeños-. Hay que destacar, sin embargo, tanto el formidable trabajo de caracterización de los personajes -no aparece por ningún lado un nombre en los créditos…- como el buen juego que saca la iluminación de Juanan Morales a esta propuesta, con apenas un par de detalles que dibujan la comedia con trazos de misterio que por momentos se torna casi como un cuento de terror, tan propio del esperpento en el que se mueve la propuesta.

Una propuesta que triunfa y se mete al público en el bolsillo, porque se mueve en varios niveles de lectura perfectamente válidos; y sólo cada público deberá decidir hasta cuál quiere rascar: en Las Princesas del Pacífico hay una comedia esperpéntica que desatará la carcajada del gran público; pero también un gran drama social encubierto que, si nos atrevemos a meter la cabeza, nos permitirá ver la función en toda su extensión. Pero, por encima de todo, Las Princesas del Pacífico incluye un trabajo actoral de muchos quilates: seguramente esta sea una de las claves de que esta función -que lleva más de 100 representaciones a sus espaldas- se haya convertido en algo más que la comedia de brocha gorda que parece a simple vista.

H. A.

Nota: 4/5

Las Princesas del Pacífico”, creado por José Troncoso, Alicia Rodríguez y Sara Romero. Con: Alicia Rodríguez y Belén Ponce de León. Dirección: José Troncoso. LA ESTAMPIDA / PADAM TEATRO

Teatro Galileo, 13 de Noviembre de 2016