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7 años de Butaca en Anfiteatro

agosto 10, 2017

7 años

Hoy, 10 de Agosto de 2017, Butaca en Anfiteatro cumple nada más y nada menos que 7 años en la web. Una vez más, tanto el volumen de espectáculos que he podido cubrir -unos 120 en la última temporada- como el volumen de visitantes -que se acerca a las 195.000 visitas- ha crecido de forma considerable durante este año con respecto a los anteriores, demostrando que está más vivo que nunca.

A la vista de las estadísticas crecientes; y con la ilusión por mantener esta bitácora informativa teatro más viva que nunca, no puedo más que dar las gracias a cada una de las personas que durante este último año ha empleado su tiempo en leer los contenidos del blog, en comentar o en hacerme llegar cualquier tipo de feedback, convirtiendo este blog en el gran foro de debate que me gusta que sea. También a todos los teatros, compañías y departamentos de prensa que tienen en cuenta Butaca en Anfiteatro y, con su colaboración, hacen mi labor mucho más fácil. Sin unos -los que leen- y otros -los que facilitan la información- Butaca en Anfiteatro no sería posible. La familia que forma Butaca en Anfiteatro es cada vez más y más grande. ¡Gracias!

De cara a esta octava temporada que ahora empieza, seguiré intentando divulgar el mundo del teatro en la medida de lo posible; con la misma ilusión y con la misma pasión. Espero que todos -cada uno de los que forma parte de un espectáculo teatral que me provoque cualquier tipo de emoción y cada uno de los que lee estas páginas- sigáis estando ahí. Porque, a fin de cuentas, este blog es algo que construimos entre todos.

Una vez más, muchas gracias por leerme. Por vuestra fidelidad y por hacer que este pequeño proyecto que es mi blog cobre pleno sentido gracias a la respuesta que recibe. Vamos a por otro año, y brindo con vosotros para que la temporada 2017-2018 que está a punto de comenzar nos deje grandes momentos teatrales que pueda compartir con todos y cada uno de vosotros a través de esta bitácora que es vuestra casa.

Muchísimas gracias por estos 7 años.

Nos vemos en el teatro.

Hugo Álvarez

‘Bado Meistras [El Artista del Hambre]’, o un teatro de sensaciones

julio 28, 2017

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Espectáculo en lituano

No dejó indiferente a nadie la visita a la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia de la compañía lituana MenoFortas, capitaneada por el director Eimuntas Nekrosius, donde ofrecieron su particular acercamiento al cuento corto de Franz Kafka Un Artista del Hambre, una historia sobre el apogeo y caída de un ayunador profesional -primero como atracción itinerante por los pueblos, luego como parte de un circo; y finalmente en el olvido, desde donde reclama su dignidad de artista- que los lituanos emplean como mero punto de partida para crear un espectáculo impecable en la realización, complejo, sugerente y repleto de imágenes que llevan directamente a sensaciones. Toda una experiencia teatral en el más amplio sentido de la palabra, que cautivará a algunos y distanciará a otros; pero que muy difícilmente dejará frío a nadie.

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Un tapiz representa una habitación burguesa. En escena, apenas unas sillas dispuestas como si ese tapiz del fondo fuese a cobrar vida sobre el escenario. Llega una mujer vestida de sobrio negro. Inspecciona la estancia. Anuncia por tres veces ‘hambre’ en unas pizarras el Menú del Día e insiste repetidas veces en que “La Cena está Servida”. Primero como aseveración, luego visiblemente nerviosa y finalmente directa hacia una neurosis en la que rebusca una respuesta inexistente en el público, como reclamando su atención. Parece que nadie acudirá a esta extraña cena, así que la mujer opta por servirse a sí misma en una bandeja de plata. Con la llegada de tres hombres maquillados, con sombrero y gabardina, la mujer da comienzo a la lectura del relato de Kafka El Ayunador; mientras que los hombres empiezan a ejercer como extraños servidores de escena. De partida todo es sobrio, todo es distante; y la mujer se afana en avanzar en el relato como si la vida le fuese en ello, desde un lugar tan íntimo como elocuente. Los tres hombres interrumpen el relato para dar una especie de estrafalaria conferencia sobre los intestinos y los procesos de digestión: es la primera pausa en el trabajo de la mujer; que a partir de aquí deberá enfrentarse a la influencia de estos tres hombres: a veces la ayudan a seguir y a veces dificultan su entendimiento; lanzando a nuestra narradora a un reto físico, emocional y expresivo de primer orden, hasta límites poco imaginables…

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Tiene esta propuesta de Nekrosius mucho de extraño; y seguramente esa extrañeza que produce sea una de las claves de lo fascinante que resulta. Porque, el relato de Kafka parece casi una excusa, un punto de partida para ofrecernos una experiencia física, gestual y sensorial de primera magnitud; con una cantidad de imágenes fascinantes creadas desde un potencial imaginativo que ataca directamente a los sentidos por lo sugerente que llega a resultar. Casi se podría decir que es un espectáculo en el que conviene dejarse llevar por la entrega del elenco -en la fuerza de Viktoryja Kuoditè tenemos a una de las más formidables actrices que haya visto esta temporada- y por lo sugerente de todo lo -mucho- que ocurre en escena. Y con ello basta para que este espectáculo nos deje marcada huella. El relato de Kafka -apenas un puñado de páginas- cae en la reiteración con frecuencia, y una vez que hemos entendido cuál será el devenir de su personaje principal, casi se puede dejar de leer los subtítulos y centrarse en lo que las imágenes que vemos en escena nos sugieran en un espectáculo que cuestiona por una parte la cuestión de la oralidad y sus dificultades; pero que a la vez deja gran espacio en sus imágenes para el humor, lo circense y lo complejo del oficio de artista: todo ello a una velocidad implacable; que hace que sea casi imposible observar todo cuanto ocurre en escena, pero que a la vez deja sin aliento por la cantidad de sensores que lo que vemos activa en nuestra mente, y por la ejecución impecable de un trabajo exigente en lo físico y en lo expresivo.

Digo en el párrafo anterior que solo ver el espectáculo como ejercicio actoral ya le aporta un interés incuestionable. Pero, una vez que hemos abandonado el teatro, siempre podemos hacernos preguntas acerca de cuál es el mensaje que Nekrosius y su equipo nos han querido transmitir con esta adaptación. En el relato de Kafka se tocan temas como el sensacionalismo mediático, o la lucha por el honor del artista; pero también se traza una metáfora de la cárcel que puede suponer el éxito para un artista, ese deberse al público, esa necesidad de aplauso y de éxito como espiral de la que ni puede ni quiere escapar. Se dice en el cuento de Kafka que el ayunador pasa gran parte de su tiempo en una jaula; y aquí la narradora-personaje se pasea libremente por la estancia. Más allá de la idea de reconvertir al hombre mujer; sí que hay que hacer hincapié en la idea de esa mujer libre -pero al mismo tiempo presa- en esta habitación burguesa: aparece de alguna manera sometida a la influencia de sus tres ayudantes de escena, que a veces completan su trabajo; pero otras tantas obstruyen la narración. Y, al contrario que ellos tres -que entran y salen del escenario, bajan a la platea y se dirigen al público…- la mujer nunca puede abandonar la habitación, y parece casi forzada a continuar el relato, a acabar con él y a ser casi ‘herramienta de juego’ de los tres hombres. Además, nunca llegamos a saber qué es esa cena -que jamás se sirve…-; pero el hecho de que la mujer entre en escena proclamando que “la cena está servida” deja claro desde un primer momento un cierto estado de sumisión, que se verá reforzado a lo largo de la representación. Todas estas circunstancias -y los ecos entre expresionistas y surrealistas que aparecen en esta puesta en escena-, llevan a pensar directamente en el espíritu del mensaje de El Ángel Exterminador de Buñuel -con el que esta propuesta tiene no pocas similitudes si se analiza un poco más en profundidad-. También parece haber sido intención de Nekrosius trazar una parábola -como la que se sugiere en el relato de Kafka- acerca de lo ingrato del oficio del artista, puesto que los tres hombres no sólo no parecen apreciar el sobrehumano esfuerzo de la mujer por terminar el relato; sino que además llegan a parodiar en primera línea de platea ciertos comportamientos recurrentes de esos espectadores que tienden a incordiar las representaciones; sólo otro más de los obstáculos que parecen ‘proponer’ a la narradora. Así, podríamos decir que en esta propuesta también se reflexiona sobre lo difícil que resulta para un artista captar la atención del espectador. En cualquier caso, son sólo interpretaciones acerca de un espectáculo que, como comento, resulta críptico, sugerente y más pensado para sentir que para comprender en toda su extensión.

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Con muy pocos elementos; y con una implicación extrema de su elenco, Eimuntas Nekrosius levanta un espectáculo impecable; que va directo a golpear los sentidos y la recepción de quien lo observa. Es una propuesta que no da un segundo de respiro. La capacidad del creador lituano para generar imágenes a través del cuerpo y la expresión de los actores es casi se diría infinita; como lo es ese poder de hermanar sobriedad con absurdo y expresionismo con humor ácido. Porque en este Ayunador hay mucho espacio para la ironía; y casi se diría que Nekrosius observa esta difícil situación del artista sobre la que habla Kafka desde una ironía casi melancólica y dolorosa que mueve a la risa: la degradación del artista para que el espectáculo continúe. No es fácil contar todo lo que sucede en escena, pero podemos afirmar que estamos ante una propuesta escénica que requiere de sus cuatro intérpretes un trabajo físico y gestual casi alocado, por momentos excesivo en la expresión, por momentos minucioso y atento al detalle. Un trabajo que podría tener algo de posdrama, ligado al mismo tiempo a la mejor escuela alemana actual en la manera de montar y expresar. Hay imágenes e ideas absolutamente brillantes -la del taxi, la del reloj que se escurre simulando la delgadez extrema del personaje, la lucha con la ceguera, el número circense con la escalera y la cuerda son pura emoción en sí mismas…-.

Es, a fin de cuentas, un teatro lleno de riesgo en fondo y formas, un teatro de sensaciones, un teatro para dejarse llevar. Y un teatro extremo, pero ejecutado con una limpieza, una seguridad y una precisión difíciles de encontrar en un escenario: en esta propuesta todo parece caminar en la cuerda floja; pero nada falla y todo está perfectamente calculado. La suma del riesgo y la tensión con la seguridad que aporta observar un trabajo tan limpio y tan minucioso, es seguramente una de las grandes armas de este espectáculo.

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Tiene Nekrosius un conjunto de colaboradores impagables en ese elenco que se entrega hasta las últimas consecuencias. El extenuante trabajo de Viktoryja Kuoditè es, sin exagerar, de los más intensos que haya visto en bastante tiempo: transita desde la sobriedad expresiva del comienzo -en el que se va desmebrando hasta alcanzar casi la locura- hasta unos niveles físicos y emocionales difíciles de explicar -la van a ver comer velas que escupe sin pudor, formar parte de un número circense o enfrentarse a la pérdida de la visión en una escena plena de neurosis…- sin perder nunca esa capacidad de narradora, esa expresión capaz de cautivar al auditorio que hace que no podamos apartar la vista de ella, teniendo lugar una simpática ironía: de la misma forma que sus compañeros parecen no prestar atención a su cuento; nosotros no podemos apartar la vista de ella, por nada ni por nadie y sin importar lo que tenga alrededor. Encontrar a una intérprete dispuesta a enfrentar cara a cara este tour de force nunca es fácil; pero lo que más fascina de su trabajo seguramente sea el hecho de comprobar cómo aquí tenemos a una actriz completa, integral: impecable en lo físico, pero también -y esto es casi lo más importante- en su capacidad narrativa, en transmitir el mensaje sin descuidar nunca la expresión, con todo lo que se le viene encima… Admirable: sólo por verla ya merece la pena asistir a este espectáculo. Junto a ella, el trío que forman Vigandas Vadeisa, Vaidas Vilius y Genadij Virkoski -que son una extraña mezcla entre la comicidad de unos Hermanos Marx redivivos con un toque de sugerente perversión- son el complemento perfecto para un espectáculo en el que sobrepasan con mucho la idea de un mero complemento: porque son una presencia constante que se lanza al vacío tanto como la de la actriz principal, y realizan con limpieza esa difícil tarea de obstruir a la narración, aportando al mismo tiempo.

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De ver Bado Meistras se sale admirado ante la perfección técnica, la entrega del equipo y lo sugestivo de algunas imágenes. También lleno de preguntas que seguramente no tengan respuesta. Ni la barrera del idioma ni el hecho de que la estructura del montaje impidiese la lectura de los sobretítulos durante buena parte de la segunda mitad de la representación impidieron que me dejase llevar por la potencia indudable de lo que estaba teniendo lugar ante mis ojos, y creo que esta es una de las principales razones que justifican el éxito. Porque observar este delirio tan bien realizado cautiva, atrapa y hace imposible apartar la vista: puede que incluso se lo trague todo -el texto de Kafka, el seguimiento de la trama…-; pero quien se deje llevar por la fuerza de las imágenes emprenderá un viaje que quedará clavado en sus retinas por una larga temporada. Una propuesta compleja, con seguridad más para sentir que para entender… pero un trabajo fascinante en su exposición e impecable en su concepción: la clave está en dejarse llevar… Un teatro de sensaciones; y, por lo tanto, un teatro sensacional, en toda la extensión del término. Viendo el repertorio que esta compañía tiene ahora mismo en programa –Hamlet, Divina Comedia…- sólo cabe esperar que esta sea  la primera colaboración de la Mostra Internacional de Ribadavia con este equipo, que nos ha regalado una estimulante experiencia.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Bado Meistras [Un Artista del Hambre], sobre el cuento de Franz Kafka. Con: Viktoryja Kuoditè, Vigandas Vadeisa, Vaidas Vilius y Genadij Virkoski. Dirección: Eimuntas Nekrosius. MENO FORTAS.

XXXIII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo), 22 de Julio de 2017

‘A Galiña Azul’, o lo infantil desde el rigor y el respeto

julio 24, 2017

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Espectáculo en lengua gallega

El género del teatro infantil -uno de los que más y mejor se exportan en la actualidad- es de los más complejos que existen. No sólo porque el público infantil seguramente sea el más implacable y sincero -o mantienes su atención o no la mantienes…-, sino porque además hay muchos ‘infantiles’ que se escudan en esa etiqueta para generar algo sólo dirigido a los niños, a lo que tal vez se le pueda exigir -erróneamente…- menor calidad o menor ambición a que una función para adultos: de esto último se han visto varios casos. De hecho, seguramente, el buen teatro infantil sea ese que hace justicia a la famosa etiqueta ‘para todos los públicos’: un teatro que llegue al público infantil; pero que tenga a su vez la calidad suficiente para atraer también al público adulto como producto teatral. Y es ahí donde hay que ubicar esta versión de A Galiña Azul -célebre cuento del añorado escritor y periodista Carlos Casares, autor homenajeado en las Letras Gallegas 2017-, a cargo de Tanxarina Títeres. Un espectáculo destinado a público infantil, pero con una factura lo suficientemente sólida y cuidada como para interesar a otros públicos, por su voluntad de ser ante todo buen teatro.

El cuento de Casares -la historia de un niño que tiene por mascota a una gallina azul que pone huevos de colores; perseguida y condenada por el alcalde del pueblo por el mero hecho de ser azul; y las argucias del chaval para zafar a su gallinita de la condena impuesta- aparece aquí contada con claridad, en un montaje que alterna muñecos de las más diversas índoles -el concepto del títere en una acepción muy extensa- con teatro de actores, consiguiendo un equilibrio que va muy a favor del resultado final.

En la versión, clara y concisa, que firma Cándido Pazó, conviven lo narrativo con el diálogo; y los tres intérpretes son alternativamente narradores/actores -que dialogan con las marionetas- o manipuladores. Teatralmente hay diversos juegos interesantes -tanto para los cambios de escenografía, varios (bonitos diseños con muchos elementos del día a día de Pablo Giráldez); como para los cambios de código de la narrativa al diálogo, resueltos aquí con un pequeño símbolo que denota la mano de un hombre de teatro como es Pazó-. Hay, además, bastante de retranca en el retrato de este pueblo entero que acaba apareciendo sobre el escenario, desde ese viejecito que vive entre el sueño y la realidad dormitando en su mecedora, hasta el tonto del pueblo que acaba sacando las castañas del fuego o un acertado retrato de la política corrupta, ya sea por medio de ese alcalde tirano o de esa pareja de policías que sueñan respectivamente con medrar o jubilarse; pero que bordean constantemente la más insolente incompetencia, indispensable para que se genere la comedia. E incluso hay en la versión de Pazó varios signos de crítica social a ese mundo de lo diferente que denuncia el cuento; con un guiño que liga ciertamente la trama al público adulto: el alcalde de la localidad -un corrupto- el que quiere expulsar a la gallina, mandarla fuera por diferente, tiene un parecido asombroso con Donald Trump; en un juego que es la prueba más tangible de que este espectáculo trasciende la etiqueta de ‘teatro familiar’, de forma completamente consciente.

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A lo largo de A Galiña Azul se observa, como digo, un gran mimo y cuidado por la manera de hacer las cosas. Puede que visualmente sea menos compleja que, por ejemplo, Trogloditas; pero hay una atención incuestionable por el detalle, por lo minucioso: tanto en la puesta en escena cuidada -por lo variado y funcional de la escenografía, por la cuidada iluminación- como en la variedad de muñecos que acompañan a los tres actores -de un atractivo y una simpatía inmediatos-, y en esa voluntad de hacer un teatro de títeres que trascienda con mucho el género del guiñol, por la variedad de las formas y técnicas de manipulación de los distintos muñecos -que dan mucha agilidad visual a la pieza- y por la voluntad de hacer teatro, un teatro que cuente cosas y que tenga cuidado con el texto, a pesar de ser infantil -o precisamente por ello-: aquí hay una dramaturgia sólida, tal vez para niños; pero que habla a los niños de tú a tú, de igual a igual y no como si fuesen tontos… -y no siempre se puede decir lo mismo de otros infantiles-; y que, por supuesto, habla también al público adulto. La función acaba, por cierto, con un tema que se vuelve tremendamente pegadizo; en el mejor sentido de la sencillez que impregna este tipo de músicas del teatro infantil.

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Algunas de las simpáticas marionetas que aparecen en la función

En este montaje los muñecos no se vuelven un elemento que obligue a esconder la naturaleza teatral ni actoral del espectáculo; sino que aportan, suman y conviven en perfecta armonía -casi se diría que al más auténtico estilo de una suerte de Barrio Sésamo en miniatura: es un elogio, claro- con los actores -sobre el escenario Miguel Borines, Andrés Giráldez y “Tatán”, tres intérpretes de dilatada experiencia no sólo en el mundo del títere, sino también en el mundo del texto, cosa que se nota sobremanera- que transitan por los diferentes planos narrativos con fluidez, y se mueven con soltura en las distintas técnicas de manejo de los muñecos. La sensación final es, desde luego, la de miniatura de orfebrería hecha con rigor y gusto.

Puede que no todos los pequeños que había en la sala entrasen al juego como nos gustaría -siempre es difícil poner un límite o una edad adecuada a partir de la que se pueda disfrutar del espectáculo-; pero sin embargo un buen número de ellos fueron bien cómplices con gusto y se lo pasaron pipa. Y, desde la óptica del adulto, se siente que estamos viendo un espectáculo riguroso, elegante, bien planteado y concienzudo de idea, realización y ejecución. Debería ser la tónica de los infantiles, pero cada vez es más difícil verlos de esta calidad.

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La función se encajó en la Mostra Internacional de Ribadavia con doble pertinencia: como homenaje a Carlos Casares dentro del marco de las Letras Gallegas 2017; y como recuerdo póstumo y emocionado al titiritero Miquel Gallardo, alma de la compañía Pèlmanec, premio del público el pasado año en la Mostra Internacional de Ribadavia 2016 con Don Juan: Memoria Amarga de Mí,  y que aparece en ‘Mis Funciones Memorables de 2016 con su versión de El Avaro -miren qué coincidencia: otro espectáculo infantil que, como ocurre con este, trascendía con mucho esa etiqueta- y fallecido desgraciadamente de forma prematura e inesperada el pasado Junio, mientras preparaba El Traidor un espectáculo de títeres para adultos que debía haberse estrenado este mismo día en la MIT Ribadavia. Estoy seguro de que a Gallardo -que tenía una forma plural de entender el mundo del  bastante cercana al espíritu de Tanxarina- le hubiese gustado este espectáculo, y con eso creo que está todo dicho.

Felicidades a Tanxarina por tratar el teatro infantil con este rigor y por atreverse a innovar en el mundo de los títeres, dándole al público infantil justo lo que merece: un producto de gran calidad.

No quisiera terminar este escrito sin sumarme al homenaje con mi recuerdo cariñoso a Miquel Gallardo, sin duda la más añorada presencia en las calles de Ribadavia en el transcurso de este Festival en el que, aún sin estar ya entre nosotros, estuvo bien presente en la memoria de quienes le conocimos y admiramos su trabajo: Descanse en Paz.

H. A.

Nota: 3/5

A Galiña Azul”, de Carlos Casares. Adaptación teatral y supervisión escénica: Cándido Pazó. Con: Miguel Borines, Andrés Giráldez y Eduardo R. Cunha “Tatán”. TANXARINA TÍTERES.

XXXIII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio Manuel María da Casa da Cultura), 22 de Julio de 2017

‘Soño dunha Noite de Verán’, o fiesta de lo sensual y lo sensorial

julio 23, 2017

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Espectáculo en lengua gallega (con fragmentos en castellano e inglés)

Shakespeare y los distintos acercamientos a su obra -de forma directa o indirecta- han sido uno de los ejes vertebradores de la XXXIII edición de la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia. En este encuadre acogió producciones de La Ternura, Sueño, Conto de Inverno y ahora este Soño dunha Noite de Verán que -para festejar su décimo aniversario- la compañía gallega Voadora coproduce -junto a Iberescena, Marco Layera (Chile), Malverde Produçoes (Brasil), el Festival de Almada (Portugal) y la propia Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia-. Un espectáculo con personalidad propia que parte de la base del clásico de William Shakespeare para incidir en su vertiente más erótica, onírica y relativa al mundo de la identidad personal y sexual; el derecho a elegir -a elegir un amante, a elegir un marido, a elegir un sexo…- y la manera en que los humanos tendemos a juzgar aquello que vemos sin pararnos a pensar en su relatividad.

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Respetando el eje argumental de la obra del bardo, el espectáculo pivota sobre una versión libre del chileno Marco Layera, que ha potenciado aquellos aspectos que más le interesaban, y ha optado por presentar tal vez la cara más descarnada del mundo onírico. De entre las múltiples tramas que presenta la obra de Shakespeare, Layera se centra en la que se ocupa de las dos parejas de amantes -Hermia y Lisandro y Helena y Demetrio- y la errática venganza de Oberón a través de Puck, refundiendo o directamente eliminando el resto de tramas. Así, en esta versión es Egeo -padre de Hermia- quien está a punto de casarse al comenzar la obra, y pone trabas al romance de su hija con Lisandro, que en esta versión pasa a ser un personaje transgénero, algo que Egeo no puede encajar. Dispuesta a vivir su amor por encima de todo, Hermia se fuga con su amado al bosque, hasta donde les sigue Demetrio, el macho alfa escogido por Egeo como esposo de su hija; que no puede entender que la joven prefiera a ese ser ambiguo que es aquí Lisandro antes que a él, un “hombre de verdad”. Por su parte, Helena sigue a su esposo Demetrio al bosque, después de que él la haya repudiado tras no encontrarla atractiva después del parto de su hijo, una carga que ha dinamitado el matrimonio y de la que Helena -que no duda en rebajarse y humillarse lo necesario- llega a estar dispuesta a deshacerse. Sobre esta premisa argumental -fiel a Shakespeare incluso en el texto y en las intenciones- Layera arma una propuesta más agresiva, más centrada en el mundo de lo sensual; y que incluye por ejemplo a una reina Titania lujuriosa, a un paso de la depravación. De esta forma, Layera llama a una reflexión más honda de la que puede contener a simple vista esta obra; sin perder de vista la voluntad de comedia, pero extremando los sentimientos de los personajes, tensando la cuerda al extremo y lanzando al aire preguntas a buen seguro tan universales como las que planteaba el bardo; pero traídas a hoy, a lo actual. Es cierto que el resto de las tramas quedan diluidas en favor de la que más ha interesado a Layera -toda la trama de los cómicos, por ejemplo, queda reducida a poco menos que un sketch ofrecido a modo de entremés-; pero sin embargo siento que el conjunto ha logrado una temperatura muy sugerente, que revela que, efectivamente, otro Sueño de una Noche de Verano es posible.

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Sin perder de vista gran parte de la estética pop y gamberra que es seña identitaria de la compañía, Marta Pazos ha levantado un espectáculo que destaca por su dominio del espacio y de las imágenes -muchas muy bellas en lo estético-, e incluso por una cierta sobriedad estética y formal para lo que acostumbran a ser sus trabajos; que sin emabrgo acaba convirtiendo a esta propuesta en una de las más elegantes y mejor acabadas de cuantas haya visto de Voadora. Todo transcurre ante un telón translúcido que distorsiona de manera tenue la visión del espectador; y en torno a un tul rosáceo que envuelve toda la escena. Sobre este sencillo espacio escénico -iluminación soberbia de Rui Montero, estilismo de Fanny Bello y atrezzo de Olalla Tesouro- Pazos va introduciendo progresivamente los elementos necesarios para cada escena -nunca más de los necesarios-. Por el escenario desfilan desde un cortejo de novias de ambos sexos, hasta un cantante con aires de Sinatra que nos da la bienvenida a esa boda festiva que ya ha arrancado antes de comenzar la función -suenan “My Way” o “Fly me to the Moon” entre otras- hasta un Puck que se pasea completamente desnudo o dos pares de ojos de corte irónico y pop que espían a los amantes en sus escenas más íntimas, casi como voyeurs de la intimidad ajena. El cuidado estético viene dado por un montaje de indudable belleza plástica y visual, en el que se nota que la directora maneja con maestría la generación de atmósferas y el sentido del ritmo: el aspecto plástico es de gran hermosura y el espectáculo se desarrolla con una fluidez casi coreográfica. Ni siquiera un recinto al aire libre como es este -que seguramente resta impacto a algunos efectos visuales- nos distancia del acierto estético del montaje. Como es costumbre en la compañía, la música tiene una importancia esencial, en una miscelánea en la que caben desde temas propios específicamente creados para el espectáculo hasta clásicos del mundo de los crooners o fragmentos de la consabida suite de Felix Mendelsohn para la pieza shakesperiana -este último un recurso bastante manido cuando de montar el Sueño… se trata-.

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Podemos decir sin temor a equivocarnos que se trata de un acercamiento a la obra de carácter inclusivo, no sólo por las particulares disciplinas que engloba su reparto -desde bailarinas profesionales hasta actores, actrices e incluso una intérprete amateur transgénero- como por la diversidad lingüística presente en una versión en la que los personajes hablan en gallego, castellano y hasta inglés; y todos llegan al entendimiento sin problemas. En la apuesta de Pazos, muy centrada en el mundo de lo sensual -no olvidemos que las pulsiones pasionales son uno de los motores que mueven los impulsos de todos estos personajes- y hasta de lo sensorial -la vista, el tacto, el gusto están potenciados en la narración- Pero también tiene también gran relevancia el mundo interior de los personajes, el subconsciente; evocado ya sea a través de la danza como forma de expresión de lo que no se puede decir con palabras o mediante una luz que a veces tiende a distorsionar conscientemente las imágenes que suceden en escena -en un paralelismo claro con ese mundo de la confusión que aparece en la obra de Shakespeare-. En otro orden de cosas, puede que haya un notorio contraste entre la dureza de la versión del texto de Layera y el ambiente pop, irónico y a veces casi festivo de corte naif que propone Pazos en su puesta en escena: escenas enfocadas hacia lo irónico -Demetrio follándose literalmente el suelo en su frenesí sexual, o un parón musical con una canción de corte pop setentero cuyo estribillo reza algo así como “nuestras hormonas son muy cabronas”, el enfrentamiento final entre las dos mujeres, alzado aquí en un ring de boxeo, y no digamos ya toda la escena de Titania- producen un choque de trenes que, curiosamente, acaba beneficiando a la propuesta en sus dos vertientes, la textual y la visual; porque ninguna de las dos va en contra de la otra, por más que emprendan caminos bien diferentes.

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Para el final de su función, la dupla Pazos-Layera reserva un golpe de efecto esperado e inesperado al tiempo; una escena de gran carga emocional y social, que opta por dar un último puñetazo al público. Se nos dice que hay una actriz transgénero; pero no se nos aclara el rol a interpretar: con el devenir de la representación, una parte de los espectadores entrarán seguro en una obvia suposición que acaba resultando falsa; y que encierra otra gran moraleja de esta función: cada uno de nosotros como espectadores ha prejuzgado -al igual que los personajes-; y, como los personajes, de algún modo y casi como en una metáfora, hemos visto la realidad filtrada sin ser conscientes de ello. Así, la función acaba en una gran moraleja; en un alegato que deja la representación en punta, pero que a la vez conduce la trama de Sueño de una Noche de Verano a un final abrupto y abierto, que podrá desconcertar a más de uno. El golpe final -y más en una función festiva y gozosa como esta- es brillante; pero convendría haber cerrado de una forma más sólida las tramas shakesperianas abiertas, para darle a la propuesta una mayor cohesión general. Quizá esta decisión -que encuentro francamente discutible- sea el punto más débil de toda la idea general, porque creo que dejar todas esas tramas abiertas no suma especialmente… -más bien al contrario-.

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Puede que, como casi siempre me ocurre con Voadora, sienta que el amplio elenco -que hermana a un nutrido número de profesionales de distintas nacionalidades y disciplinas- esté más al servicio de lo estético que a potenciar la fuerza dramática del texto. Hay que decir en su favor que, por más que el nivel al decir el texto sea por momentos irregular, esta carencia queda suplida con otros alicientes y todos parecen firmemente convencidos de lo que están defendiendo, y lo juegan con entrega y seguridad apabullantes. A todos se les exige desdoblarse, y rendir en distintas disciplinas en un espectáculo tremendamente dinámico. Así y todo, me parecieron de alto voltaje los trabajos actorales del sugerente Lisandro de una muy expresiva Andrea Quintana, que se mueve muy bien en la ambigüedad de su rol; la encendida Helena de Anaël Snoek -que se expresa en castellano, pero imprime a su rol un enorme pulso dramático- e incluso el latido -y nunca mejor dicho- que imprime Janet Novás a su Helena, tan bien en lo danzado como en lo actoral. Areta Bolado defiende con tremenda dignidad su escena central como Titania, que pide de ella unos niveles de entrega que no son nada fáciles de aportar y que aquí están; y lo mismo se puede decir del Puck de Hugo Torres, llevado adelante -literalmente- con un par, en una situación que tal vez no sea cómoda para muchos actores; pero que aquí enseguida se vuelve anecdótica por lo bien controlada que resulta. Diego Anido -muy entonado en esa escena musical previa al comienzo- aún crecería dando a su personaje principal un punto extra de patetismo; Borja Fernández ofrece un sólido Oberón que contrasta adecuadamente con la particular imagen de Puck que ofrece esta propuesta y José Díaz aprovecha un número musical estelar que termina siendo uno de los mejores del montaje. A la debutante en el teatro Paris Lakryma, por su parte, se le reserva una escena demoledora; casi en forma de pequeña píldora que está expuesta en el punto justo de sinceridad y emoción; y que deja curiosidad ante futuros trabajos que Voadora: bravo por su generosidad al exponerse de esa forma.

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Este particular acercamiento a esta obra tantas veces montada destaca, en pocas palabras, por lo potente que resulta su relectura a la hora de abrir nuevos caminos en torno a una obra aparentemente inofensiva; y por un aspecto estético cuidadísimo que resulta de atractivo incuestionable. Darle un final más cerrado a las tramas, e incluso ampliar la función alargando la trama de los cómicos -aquí casi un instante…- acabaría de redondear una propuesta que mantiene muy el equilibrio entre el respeto a Shakespeare y su sello personal de identidad; pero del que tal vez se salga con la sensación de que esto bien podría haber durado 20 minutos más; sin perder ni una sola de las intenciones pero escogiendo cerrar ciertos caminos que quedan abiertos y que con total seguridad llevarán a confusión a quienes no conozcan la obra original. Con todo, es una versión que merece la pena ver por ese sello que tan bien luce y por un buen puñado de imágenes ciertamente sugerentes en lo estético.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Soño dunha Noite de Verán”, a partir de la obra de William Shakespeare en versión de Marco Layera. Traducción: Manolo Cortés. Con: Diego Anido, Areta Bolado, José Díaz, Borja Fernández, Paris Lakryma, Janet Novás, Andrea Quintana, Anäel Snoek y Hugo Torres. Dirección: Marta Pazos. VOADORA / MOSTRA INTERNACIONAL DE TEATRO DE RIBADAVIA / MARCO LAYERA /IBERESCENA / MALVERDE PRODUÇOES / FESTIVAL DE ALMADA

XXXIII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo), 21 de Julio de 2017

‘Ultranoite no País dos Ananos’, o Galicia… quo vadis?

julio 22, 2017

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Espectáculo en lengua gallega

Tiene mucho sentido que para rematar los festejos de su 30 Aniversario la compañía gallega Chévere haya optado por presentar Ultranoite no País dos Ananos en una sesión gratuita en la compostelana Plaza de la Quintana. Primero porque este espectáculo revisa en versión de largo formato el concepto de Ultranoite -veladas con sketches cómico-satíricos a modo de cabaret que, desde 1993 se ofrecen primero en la Sala Nasa y ahora en el local que la compañía tiene en A Ramallosa-, y son por un tipo de espectáculo que define a la perfección el espíritu de la compañía. Segundo porque esta suerte de versión teatral ‘alargada’ permite encajar el espíritu de la Ultranoite en un espacio tan amplio como es esta plaza sin que el espíritu de la propuesta se resienta. Y, tercero, porque el emplazamiento ayuda de manera decisiva a ampliar la comicidad de uno de los sketches. Por todo ello, esta función -abarrotada- se saldó con grandísimo éxito y puso el adecuado broche de oro a el cumpleaños de la compañía galardonada con el Premio Nacional de Teatro en 2014.

Ultranoite no país dos Ananos es una función estrenada en 2014 que respeta el espíritu de Ultranoite -sketches cómicos con mucho de cabaret-; pero que esta vez usa un hilo conductor: Galicia y su actualidad socio-política, pasada aquí por el filtro de la sátira cargadísima de retranca gallega -bordeando por momentos el más puro esperpento- en un momento especialmente convulso para la Comunidad. Por los sketches que articulan este ‘país de los enanos’ desfilan temas como el declive de la sanidad pública -aquí reconvertido en un servicio de asistencia telefónica 24 horas: TeleSalud-, unos cargos políticos convocados mediante un rocambolesco concurso oposición -pero concurso de pruebas, claro-, o el mismísimo Apóstol Santiago dispuesto a juzgar -y castigar- a una serie de personas relevantes socialmente que en los últimos años han puesto en serio peligro a Galicia -desfilan ante el Apóstol el maquinista del Alvia accidentado, el patrón del Prestige, la enfermera autoinfectada de ébola o el electricista de la catedral-. A través de estas y otras escenas, Chévere -en clave hilarante- parece hacerse dos preguntas claras: ¿cómo Galicia ha llegado a esto? Y aún peor ¿hasta dónde puede llegar todavía? Este viaje -en el que se ponen sobre la mesa dudas como si , a fin de cuentas, tenemos el país que nos merecemos..- aparece trufado de audios memorables de personalidades relevantes de la política gallega -Fraga, Conde Roa…- y canciones que enlazan los diferentes sketches; todo ello para retratar de forma mordaz y tan ácida como certera las más de las veces la situación gallega: puede que parezca que en tono de queja; pero a su vez también puede leerse como un grito, un toque de atención que afirma que lo peor aún podría estar por venir.

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Puede leerse esta Ultranoite… como un mero divertimento, y de hecho tiene mucho de divertimento; pero detrás de todo lo que muestra Chévere, detrás de todo de lo que se ríen y nos hacen reír, aparece también una fuerte carga de denuncia política y social que es una de las señas de la compañía: en esa capacidad para enlazarla de esta forma tan brillante con el mundo de la risa y hacerla parecer -pero sólo hacerla parecer…- inofensiva está una de las grandes virtudes de este trabajo. Porque en su estructura -sencilla pero ocurrente- tiene esa capacidad de dejar un gran poso para la reflexión, sin perder nunca su voluntad de arma de retranca, que es lo que es en primera instancia. Equilibrar ambas cosas -para que los mensajes de los sketches adquieran una entidad más allá del mero divertimento- no estaba fácil; pero ese equilibrio aparece aquí muy logrado. Lo que sí es cierto y evidente es que esta Ultranoite no País dos Ananos es un espectáculo pensado por y para Galicia -mucho menos universal que otras propuestas de Chévere y en la línea por ejemplo de As Fillas Bravas-: cualquiera puede entrar en su comicidad, pero hay que manejar toda una serie de referencias muy locales para captar la crítica y la sátira que propone el espectáculo en todo su esplendor. Siendo este un detalle sobre el que me interesa incidir, no resta ni valor ni calidad a la propuesta -aunque seguramente no esté destinada a girar fuera de Galicia como sí han hecho otros espectáculos de la compañía-.

La puesta en escena -sencilla pero eficaz; e incluso con alguna solución muy efectiva (el juego con los pies en la escena final)- se basa en un juego de ropero casi a modo de mercadillo expuesto a la vista mantiene el espíritu del concepto de Ultranoite -un ritmo cabaretesco que huye de los grandes alardes visuales- y sirve a la comedia con perfecto pulso y bastante buen sentido del ritmo. Puede que no todos los números musicales que enlazan los sketches tengan la misma pertinencia; e incluso es evidente que no todos funcionan con la misma fuerza -esto en un espectáculo de casi dos horas es natural-. Pero hay instantes y sketches que son verdaderamente memorables -los mejores, el del concurso oposición: desternillante, muy ocurrente y con los actores en su punto justo; y el de la ceremonia de juicio del Apóstol Santiago, que cobra pleno sentido en este entorno, en las inmediaciones de la Catedral de Santiago, casi como si esa aparición del Apóstol fuese toda una epifanía. Los hay menos logrados en el conjunto; pero creo que ya sólo por estos dos la cosa merecería mucho la pena, porque tienen todo el espíritu de la más auténtica y genuina comedia de Chévere.

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Propuesta coral y multidisciplinar cuenta con la gran mayoría de los pesos pesados del elenco estable de Chévere. Todos trabajan con la comodidad requerida y se nota soltura y seguridad en cuanto hacen. Del amplio elenco -que incluye a Miguel de Lira, Patricia de Lorenzo, Xesús Ron, César Goldi, Manolo Cortés, Mónica García y Arantza Vilar, con la música en directo de Xacobe Martínez Antelo, Manuel Cebrián y Max Gómez- aún teniendo en cuenta que todos aportan su granito de arena, seguramente sean esta vez Goldi, Ron, de Lorenzo y de Lira los que encuentren las mayores ocasiones de lucimiento personal. Ocasiones que por cierto saben bien como aprovechar. Pero, en cualquier caso, esa Ultranoite no País dos Ananos es un engranaje bien engrasado, en el que todos saben con certeza en qué dirección reman. Y esa seguridad -que regala además alguna improvisación muy inspirada ante algún imprevisto propio de una función al aire libre- se traduce en una frescura en el devenir de las escenas que es otra de las claves del éxito de la propuesta.

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Grandísimo éxito de público -con una complicidad más que evidente- para un espectáculo que consigue engrandecer un formato camerístico sin que pierda ni un ápice de su esencia. No todos los sketches funcionan al mismo nivel; pero el nivel medio es notable -con picos de sobresaliente en los arriba mencionados- y es un cierre de festejos que no podía ser más adecuado: porque abre el más auténtico espíritu de la esencia de Chévere a todo el público. Es Chévere al alcance de todos y esta antología es un buen muestrario. Felicidades y a por 30 años más de buen teatro.

H. A.

Nota: 3.75/5

Ultranoite no País dos Ananos”, una creación de Chévere. Con: Patricia de Lorenzo, Miguel de Lira, Xesús Ron, César Goldi, Manolo Cortés, Mónica García, Arantza Vilar, Xacobe Martínez Antelo, Manel Cebrián y Max Gómez. Dirección: Xron. CHÉVERE.

Plaza de la Quintana (Santiago de Compostela), 19 de Julio de 2017

‘Clean City’, o ¿hacia la tierra prometida?

julio 21, 2017

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Espectáculo en griego (con fragmentos en otras lenguas)

Siguiendo la premisa de que lo personal es político, los jóvenes creadores griegos Anestis Azas y Prodromos Tsinikoris -en una coproducción del Onasis Cultural Center y el Goethe Institut- presentaron en la XXXIII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia Clean City, un espectáculo de teatro-documento que giran por todo el mundo; en el que se valen de los testimonios reales de cinco mujeres extranjeras que han vivido en Grecia durante más de 30 años, como mujeres de la limpieza. Una propuesta fresca en la que, a modo de confesionario, las actrices-personajes revisan no sólo su situación social como foráneas ‘marcadas’, sino también toda la evolución de la sociedad griega en los últimos 30 años. Un país al que nuestras protagonistas acudían ante la falta de expectativas, llenas de sueños, casi como si de una nueva tierra prometida se tratase; pero que sin embargo se convirtió en un reto, en una lucha constante por encontrar su dignidad, mantener a sus familias, e incluso salvar sus propias vidas, en un momento en que el partido neonazi Amanecer Dorado marcó como apestados a todos los extranjeros que vivían en Gecia… Por más que llevasen años viviendo en ella. El Amanecer Dorado promulgaba la consigna de “limpiar Grecia”; y fue precisamente esta consigna la que llevó a Azas y Tsikinoris a dar con la idea de la pieza: dotar de voz a limpiadoras, a señoras de la limpieza de diversa raza, edad y condición; para preguntarse quién limpia Grecia realmente. No es la clase política, sino estas mujeres anónimas a las que ahora el teatro da voz.

Bajo las miradas de una búlgara, una albanesa una moldava, una filipina y una sudafricana; cuya primera intención era buscarse la vida en Grecia y que suman ya media vida en el país, Clean City se apoya en un estilo de teatro-documento que es sencillo, directo y fresco. Una revisión a la parte más turbia de las reglas de respeto y convivencia del diferente en una sociedad que posiblemente prefiere mirar para otro lado antes que integrar. Una reflexión lúcida, franca y despojada de todo artificio que explora un país a la deriva, encorsetado en las convenciones; y que da la espalda sin el menor pudor. Por el universo de la obra desfilan historias de abusos sexuales y policiales por el mero hecho de ser emigrantes, discriminación, problemas flagrantes para conseguir unos papeles o una nacionalidad, desencanto ante una esperanza que poco tiene que ver con la realidad que estas cinco mujeres se encuentran allí. También el miedo, el marcaje; e incluso los conatos terroristas. Y, en definitiva, la lucha por salir adelante en unas condiciones de inferioridad casi deplorable de cinco mujeres que nunca pierden la sonrisa, las ganas de luchar ni la esperanza por un futuro mejor -en Grecia o regresando a sus países de origen- que tal vez nunca llegue; porque en un principio parecen tenerlo todo de espalda: mujeres que, casi sin comerlo ni beberlo, han encontrado en una extraña oportunidad en el teatro una bolsa de oxígeno al menos momentánea que les da una oportunidad imprevista: la de recorrer el mundo entero contando su historia; para que su historia se conozca y, quién sabe si para que, tomando conciencia, el público -aquí, mejor dicho, el ciudadano- consigue que algo cambie no sólo para estas mujeres, sino en la sociedad general… En cualquier caso, mujeres con derecho a no rendirse. Mujeres valientes para las que volver atrás no es una opción.

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Hay dos grandes virtudes en esta propuesta. La primera, esa capacidad de revisar lo político desde lo personal, desde lo social; desde los testimonios en primera persona que bien podrían ser, sin embargo, los de toda una sociedad. Estas cinco mujeres se erigen en portavoces de su propia realidad, de la realidad del que ya debería ser su país -aunque, de algún modo, les haya dado la espalda- y nos dan a todos una lección. Esto es, claro, teatro político; pero también es un teatro humano, de personas y para personas, que nos hace llevar la reflexión de lo humano hacia lo político, pero que pone el foco en pequeñas historias: la denuncia viene integrada, pero nunca impuesta ni encorsetada en un discurso que nunca pierde su humanidad. Es un acierto. La segunda gran virtud radica en emplear mujeres reales, que cuentan sus historias reales; en vez de actrices que ponen en escena testimonios de investigación -se ha hecho teatro-documento social con actrices -en Galicia, sin ir muy lejos, tenemos un ejemplo claro en As do Peixe-, bastante más que con mujeres reales hablando de sí mismas-. Creo que no hay comparación posible: el tener a las mujeres reales, hablando de su propia problemática, permite un grado de sinceridad, de franqueza y de honestidad en el discurso que difícilmente podrán alcanzar intérpretes de teatro. Estas cinco mujeres hablan sin tapujos, sin regordearse en el dolor, y con una verdad que apabulla. Desde el coraje, desde lo irónico, desde una capacidad admirable de reírse de sí mismas e ironizar sobre la deriva a la que va el país que ahora habitan.

Ellas son Rositsa Pandalieva, Fredalyn Resurrection, Drita Shehi, Valentina Ursache y Lauretta Macauley. En en esa verdad que aportan, en esa sinceridad y en ese mirar directamente al público radica gran parte del valor y el atractivo de una propuesta que, como digo, ha preferido luchar desde la ironía -la ironía, arma poderosísima de denuncia siempre- que desde un dramatismo que se ve y se intuye en el contexto; pero nunca aparece en escena más que sugerido por la dureza de los testimonios. El tener a estas mujeres reales sobre el escenario puede poner en tela de juicio parte de la ‘teatralidad’ del discurso; pero a cambio nos da algo que conecta con cada espectador como una bomba por su verdad y franqueza. Estas mujeres golpeadas cantan, ríen y hablan de su problemática con la inusitada acidez de las que ya están de vuelta de todo: es seguramente, el mecanismo de defensa de las débiles, de las que están solas, de las que deben hacer piña para salir adelante y quizá desconectar -si quiera un momento…- de su desgracia callada para seguir luchando. El tono es un hallazgo.

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Tampoco el discurso feminista que, por fuerza, impregna esta propuesta se come a otros aspectos más centrales. Lo hay, evidentemente; y el ser mujeres es un rasgo fundamental en la historia de estas cinco voces; pero -de la misma manera que la función nunca pretende resultar dolorosa directamente- sus discursos aparecen llenos de dignidad femenina; pero despojados con acierto de cualquier rasgo de lo que se podría definir como una corriente feminista-panfletaria que tanto gusta a veces en este tipo de propuestas. Nada de ello hay aquí, porque estas mujeres nos hablan, ante todo, como verdaderas supervivientes. Esto puede parecer a primera vista una obviedad; pero iempre es un gusto dar con un espectáculo que mantenga su conciencia feminista -curiosa mezcla: testimonios de mujeres, ordenados y armados por dos hombres- sin tener por ello que cargar las tintas.

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La dramaturgia de Margarita Tsomou ha ideado una estructura de monólogos polifónicos, intercala en el discurso desde canciones -cabe música típica griega, como también suena con toda la fuerza “She works hard for the money”, de Donna Summer; en una versión jaleada por el público- hasta anuncios comerciales griegos que dan una idea del rol de la mujer en Grecia en los últimos años -la esposa amantísima, la madre ejemplar, la mujer que limpia: estereotipos que se han visto hace ya décadas en España y que empiezan a estar más que superados; pero que, por el mensaje que nos lanzan los autores, en Grecia parece seguir a la orden del día-. Estas proyecciones -muchas veces de fuerte carácter irónico- complementan bien los discursos las más de las veces; si bien tal vez a la dramaturgia le falte un punto extra de dinamismo -se sustenta sobre unas estructuras dramáticas con tendencia a repetirse-. La puesta en escena -que firman los propios autores-, mostrando muchas posibilidades; seguramente pueda ser más redonda. Y, en este sentido de fomentar lo teatral, creo que a la escenografía de Eleni Stroulia -un diseño interesante y con posibilidades- no se le saca todo el partido que se podría, precisamente por esa cierta tendencia al estatismo de la que pega el montaje algunas veces. Señalar que las canciones están bastante bien integradas, y que consiguen de largo esa conexión con el público que se proponen.

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Más allá de que mueva a la reflexión -lo hace- lo mejor de esta propuesta es la honestidad que desprenden los discursos. Ver teatro-documento que hable de tú a tú, desde la verdad y por la verdad, como ocurre aquí es muy poco frecuente; y en el hecho de que ocurra radica lo que hace de Clean City una apuesta interesante. Se le pueden poner pegas a la puesta en escena, incluso a la estructura de la dramaturgia; pero lo que logra esta función -que miremos embobados a estas cinco mujeres que nos hablan con el corazón en la boca- es algo que va más allá de eso. Sólo el tiempo nos dirá si Grecia puede llegar a convertirse en esa tierra prometida que soñaban estas mujeres… Habrá quien prefiera un formato de teatro-documento más ‘teatral’; pero este espectáculo sin actrices profesionales juega, en este sentido, en una liga mucho más alta. Interesantísimo, directo, sincero y fresco.

H. A.

Nota: 3.75/5

Clean City”, una idea de Anestis Azas y Prodromos Tsinikoris. Con: Rositsa Pandalieva, Fredalyn Resurrection, Drita Shehi, Valentina Ursache y Lauretta Macauley. Dirección: Anestis Azas y Prodromos Tsinikoris. OASIS CULTURAL CENTER / GOETHE INSTITUT / PROYECTO EUROPOLY

XXXIII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo), 17 de Julio de 2017

‘Annus Horríbilis’, o hija de su tiempo

julio 18, 2017

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Espectáculo en lengua gallega

La segunda recuperación de Chévere para los festejos de su 30 Aniversario fue Annus Horríbilis, un montaje estrenado en 1994 bajo el subtítulo de piccola opera portabile que, en su momento, fue un grandísimo éxito nacional e internacional para la compañía. Una función en la que los gallegos toman como punto de partida los escándalos -entonces recientes- de la monarquía británica; para imaginar toda una serie de luchas de poder en dinastías gallegas y encajarlas en el seno de una ópera de cámara, para cinco intérpretes y un piano. En fin, una especie de parodia del concepto de ópera no exenta a su vez de una importante carga de crítica política.

Galicia. Reina la dinastía de los Tamara -sí, como la legendaria banda de pop gallego-; pero los Cúnters acechan atentos para poder ascender al trono al menor descuido… Lucas Tamara, príncipe heredero del trono, sale un día en busca de nuevas emociones y conoce por casualidad a Obdulia, una mujer casada que sueña con medrar en la sociedad… Inmediatamente surge el romance -amor a primera vista por parte de él; pero amor interesado por parte de ella- y una logia filtra la exclusiva buscando generar el escándalo dinástico. Así, el Rey -padre de Lucas-, en un primer momento encantado con que su hijo haya encontrado el amor, ha de hacer frente a un golpe que le puede costar el trono; de la misma manera que el marido -engañado e ignorante de la situación- de Obdulia clama venganza cuando descubre el engaño de su mujer… Esta es la trama que emplea Chévere para armar una ópera -parodiada- en dos actos que se prolonga por más de dos horas.

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De la misma manera que decía hace poco que Río Bravo mantiene toda su esencia, casi tres décadas después; creo que Annus Horríbilis es una obra mucho más hija de su tiempo, que debe ser observada y valorada desde ahí: desde el punto en el que fue concebida. Tanto por la trama política que aborda indirectamente -las crisis sentimentales, dimes y diretes que azotaron a la monarquía británica en 1992, año considerado por Isabel II como “horribilis”– tanto por el formato en sí mismo: resulta original que en 1994 una compañía gallega se lanzase a esta suerte de loca parodia de ópera; pero a día de hoy ya hemos visto ejemplos similares más redondos, sin que esto quiera decir que la propuesta carezca de interés. En Annus Horríbilis se valoran las intenciones, y se valora la osadía de abordar este tipo de apuesta en ese momento; pero hoy, 23 años después -que se dice pronto…- la idea y el concepto necesitarían de un lavado de cara para brillar en todo su esplendor. También, de la misma manera que Río Bravo anticipaba -casi sin quererlo- las señas de identidad de la compañía, cuesta mucho más encajar este Annus Horríbilis en el devenir de lo que es Chévere a día de hoy, más allá de una sátira política que aparece aquí mucho más velada que en otros montajes posteriores -y por eso quizás no vea una necesidad real de recuperarla, más allá del componente nostálgico que pueda tener-.

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Sobre un texto de Pepe Sendón, con una muy estimable partitura de Fran Pérez ‘Narf’ -que, musicalmente, parodia con acierto algunos de los tópicos musicales y libretísticos del género: desde la figura del da capo, hasta la sobrecarga de ornamentación; pasando por unos libretos que las más de las veces tienden a perderse en símiles poéticos que hacen caer las tramas operísticas al borde del ridículo- la sencilla puesta en escena bebe sin esconderlo del universo de Les Luthiers. El propio director de la compañía, Xesús Ron, nos habla al comienzo de cada acto para hacernos una simpática génesis del espectáculo, y regalar una falsa clase erudita sobre los principios de la ópera al público que ha venido a verla -¿y cómo no pensar en los monólogos de Marcos Mundstock, que abrían los sketches del incomparable grupo argentino?: es, claro, un piropo; pero no hay que olvidar que Les Luthiers llegaron antes como grupo…-. Tras esta introducción, la ópera avanza entre números musicales y sketches cómico-cantados que funcionan con fortuna irregular. Curiosamente, algunos de los más logrados -el de la conspiración del bufón de la corte (el guiño a Rigoletto es más que evidente…), con unos efectos de luces que dejan alguna imagen muy sugerente, la nostálgica mención al hoy caído en desgracia Compostela Club de Fútbol; y la larga secuencia de de los globos, sin duda el más hilarante instante de la propuesta- son de los que menos hacen avanzar la trama como tal; y creo que aquí radica una de las debilidades del montaje: la trama se acaba convirtiendo casi en una excusa para generar la ópera, cuando debería ocurrir al revés… Y, en consonancia con esto, siento que a fin de cuentas la duración -sobrepasa las dos horas con el lastre de un intermedio- es excesiva para lo que se nos quiere contar: con apenas una hora y cuarto bastaba. En otro orden de cosas, siento que la compañía no ha sacado todo el jugo a las posibilidades que da el hecho de parodiar el código particularísimo de la ópera -esa gestualidad siempre excesiva, esos tópicos romanticoides, esas repeticiones interminables…-; y en este sentido sí que hay varios montajes -e incluso sketches- que les llevan gran ventaja: sin perder de vista a Les Luthiers, hay no uno sino dos sketches icónicos que han parodiado la ópera –La Hija de Escipión- y la zarzuela –Las Majas del Bergantín- con mayor coherencia que este Annus Horríbilis: y aquí vuelvo al tema de la duración; mientras que ninguno de estos sketches llega a la media hora, la ópera de Chévere supera las dos horas con generosidad…

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No nos engañemos: Annus Horríbilis resulta entretenida -más allá de su exceso de metraje- y hay momentos francamente divertidos; pero puede que sea la propuesta menos original, la menos sorprendente, de cuantas haya visto de Chévere -y he visto unas cuantas-, sobre todo porque este mismo formato se ha abordado otras veces. En la puesta en escena -que se sirve de un piano y el vacío escénico como únicos elementos, hay momentos muy logrados -algunos los he citado más arriba-; pero también caídas de ritmo que seguramente se solucionen con una revisión del material -que bien podría llevar a condensar todo en apenas una hora y media…-. A día de hoy, el desequilibrio de la trama es evidente -y doy un nuevo dato: dos horas y media de metraje; pero, sin embargo, el final es precipitadísimo…-.

Seguramente los dos monólogos de Xesús Ron que abren cada acto sean -junto con la interesante partitura de Narf-, que acierta al reírse de los tópicos musicales del género, e incluso integra bien en los códigos operísticos toda una miscelánea que va desde la muiñeira gallega hasta la salsa- lo más interesante de una función que se eleva gracias a la entrega incuestionable del equipo actoral, que une actores clásicos del equipo de Chévere a algunos más recientes que se incorporan para esta reposición. Todos aparecen razonablemente dotados para el canto, sin perder de vista que lo que se busca es la parodia; y hacen gala de una capacidad gestual ciertamente portentosa. Con toda seguridad, Patricia de Lorenzo y César Goldi -que no dejan pasar ni una oportunidad de destacar a la hora de manejar sus roles- son los mejor preparados vocalmente; pero he de confesar que las notorias limitaciones de Borja Fernández en la franja aguda me resultaron cruciales y pertinentes para poner de manifiesto esa voluntad de comedia que maneja el espectáculo: está perfectamente consciente de cuál es el género y cómo lo tiene que hacer, las da todas y acierta en la mayoría. Miguel de Lira descolla por su reconocido carisma natural; al tiempo que Manolo Cortés cumple adecuadamente en sus breves intervenciones. Suso Alonso al piano maneja con destreza una tarea que acaba resultando mucho más compleja de lo que pueda parecer a primera vista -interpretar una partitura de más de dos horas solo, buscar la comodidad en los actores-cantantes e integrarse en el componente paródico de la propuesta: de las tres sale victorioso-.

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Un inciso que no quisiera pasar por alto: este espectáculo nació para la pequeña sala Nasa, y ahora se presentó en el Auditorio de Galicia compostelano: la amplificación no fue todo lo limpia que sería deseable -al menos en la función que presencié-; y la excesiva presencia del piano tendía a dificultar la correcta comprensión del texto, perdiéndose parte de los mensajes. Algo con lo que el propio Xesús Ron ironizaba al comienzo del espectáculo como parte de la esencia de la ópera -esa barrera lingüística entre castellano y otros idiomas (italiano, francés, alemán), que para ellos es la clave de que una ópera en gallego triunfase fuera de Galicia; pero que aquí, esta noche, acabó convirtiéndose sin quererlo en un problema tan puntual como real.

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A fin de cuentas, siento que Annus Horríbilis es una obra hija de su tiempo; interesante como idea pero que necesitaría una revisión -o reescritura- para dar de sí hoy todo lo que podría. Momentos entretenidos los hay, también interpretaciones entregadas; pero no creo que sea ni de lejos lo más logrado en estos 30 años de historia del grupo. Hay que mirarla desde su tiempo y considerarla una curiosa recuperación -casi diría una exhumación- que quizás ayude a dar una panorámica más amplia del recorrido de la compañía. Pero creo que Annus Horríbilis impactaría y sorprendería mucho más en 1994 de lo que lo hace hoy en 2017, donde no pasa de un mero divertimento puntual. Que se deja ver, cierto; pero hace tiempo que a Chévere se le puede exigir mucho más que eso, porque sencillamente sabemos que nos lo puede dar.

*Ante la dificultad de encontrar imágenes de la reposición actual, he tomado prestadas las del archivo de la función que tuvo lugar en la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia, dos días después que la que aquí se reseña; porque creo que dan una idea más clara del montaje que las que corresponden a su estreno en 1994.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

Annus Horríbilis”, piccola ópera portabile con texto de Pepe Sendón y música de Fran Pérez Narf. Con: Patricia de Lorenzo, Borja Fernández, Miguel de Lira, César Goldi, Manolo Cortés y Xesús Ron. Pianista: Suso Alonso. CHÉVERE.

Auditorio de Galicia, 14 de Julio de 2017