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Mi 2019 en 12 funciones inolvidables

diciembre 28, 2019

Estamos a punto de terminar 2019, un año que ha sido especialmente prolífico para Butaca en Anfiteatro en cuanto a la oferta a la que he podido acceder. Con 124 espectáculos reseñados, es el momento de recordar, echar la vista atrás, y seleccionar aquellos que más poso han dejado en mi recuerdo a lo largo de todos estos meses. Es una lista en la que se incluyen aquellos espectáculos que he visto a lo largo de 2019 por primera vez –sin que necesariamente hayan sido estrenados este año- y en la que conviven toda una serie de espacios teatros y festivales a los que he asistido a lo largo de 2019. Además, creo que la lista da una buena muestra de la riqueza estilística, de géneros y de códigos que ha transitado el blog a lo largo de este año. Como todas las listas, esta podrá ser injusta o incompleta, y quedarán en el tintero muchos otros espectáculos que me marcaron; pero, a su vez, considero justo reseñar al menos un puñado de propuestas que, en ocasiones muchos meses después de vistas, permanecen todavía en mi recuerdo, por unas cosas o por otras.

Por estricto orden cronológico de aparición en el blog, estas son mis 12 funciones memorables de 2019:

SAIGON

SAIGONCARTEL

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MDLSX

MDLSXCARTEL

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CLAUDIA

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ESPEJO DE VÍCTIMA

ESPEJODEVICTIMACARTEL

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SHOCK (EL CÓNDOR Y EL PUMA)

SHOCKCARTEL

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A.K.A. (ALSO KNOWN AS)

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RICARDO III

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TERRENAL (PEQUEÑO MISTERIO ÁCRATA)

TERRENALCARTEL

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PAISAJES PARA NO COLOREAR

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LAS COSAS QUE SÉ QUE SON VERDAD

LASCOSASQUESÉQUESONVERDADCARTEL.jpg

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LA CANTINA

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DOÑA ROSITA, ANOTADA

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Como siempre digo, gracias a cada uno de los integrantes de todas las funciones que he visto este año –aparezcan o no en este ranking- por los momentos y las emociones compartidas. Gracias también a todas las personas que, a lo largo de este año, se han tomado el tiempo de leerme, comentar o compartir los contenidos del blog. Quiero enviar desde aquí mis mejores deseos de cara al 2020 que estamos a punto de empezar –en el que el blog cumplirá una década-. Feliz 2020 a todos, nos vemos en el teatro el año que viene.

Hugo Álvarez Domínguez

‘Se Fosen Turistas Levarían Gafas de Sol’, o la fiesta de la nostalgia

diciembre 27, 2019

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Espectáculo en gallego, castellano y portugués

Fruto de una amplia coproducción entre compañías gallegas, portuguesas, argentinas y uruguayas nace Se Fosen Turistas Levarían Gafas de Sol, una función de corte autoficcional que se vale de una serie de anécdotas reales de Fran Núñez –dramaturgo, director e impulsor de la idea del espectáculo- y Brais Iriarte para indagar en la inmensidad del asunto de la emigración, en la repercusión brutal que tuvo para varias generaciones pasadas, en cómo repercute en las generaciones presentes e incluso en el hermanamiento –o emigración de carácter retroactivo- que se puede formar entre diferentes países y culturas inevitablemente marcados por este fenómeno. Para ello, Fran Núñez se sube al escenario junto con actores profesionales e intérpretes amateurs procedentes de Galicia, Uruguay, Argentina y Portugal para que todos puedan contar, en primera persona y de modo dramatizado, cuáles son sus pasados, sus raíces, o el peso de sus maletas no tanto físicas, sino emocionales y familiares; pero siempre poniendo el foco en una cierta cualidad luminosa y festiva en torno al asunto de la emigración: puede que ahí esté el gran elemento diferenciador de esta propuesta.

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El espectáculo comienza en una taberna en las fiestas de Matamá allá por los años 50; pero también en tiempo presente en el teatro en el que se esté desarrollando la función –en este caso, el coruñés Rosalía Castro-. La epopeya familiar de Fran Núñez arranca muchos años atrás, en el puerto de Vigo, cuando Pacita, de 18 años, tuvo que despedirse de su hermana Chelo, de 20, que se marchaba a Uruguay; porque en el barco solamente había plaza para una de las dos. Este viaje es el inicio no solo de una separación que marcaría el árbol familiar –y que tendrá feliz reencuentro muchos años después-, sino también de la historia de la que se encarga Se Fosen Turistas Levarían Gafas de Sol, que parte de lo particular para elevarse a lo general. Hoy en día, los Núñez son los nietos de Pacita, y son por ello los encargados de contar esta historia armada a partir de recuerdos: los recuerdos que dejan las fotos; pero también los recuerdos que dejan los sabores –los huevos fritos con azúcar, que sirven aquí de hilo conductor- e incluso la reconstrucción de vidas condenadas a reencontrarse. La de Chelo y Pacita –la que ocupa a Fran Núñez y su primo Brais Iriarte- es la historia central de la pieza, pero no la única; porque todos los invitados a formar parte de la función encuentran su momento para contar sus herencias familiares o cómo están ligados a otras culturas y otros países por obra y gracia de la emigración. Así, se cruzan en escena pequeñas historias personales –desde dos familiares directas de Chelo y Pacita, que se convertirán en ellas de jóvenes en un momento de la función hasta la rocambolesca historia de uno de los actores portugueses invitados, que tiene como uno de sus antepasados a uno de los asesinos más buscados y sanguinarios de su tiempo en Portugal; o una familia marcada a lo largo de los años por la dicotomía entre plegarse a los señoritos poderosos o mantener la dignidad, e incluso una rencilla futbolística interfamiliar que se prolonga durante años y que acabará en un sentido homenaje de un padre golpeado por la tragedia. Todas estas pequeñas historias, entre otras, componen en Se Fosen Turistas Levarían Gafas de Sol una especie de crisol, de collage autoficcional que, sin embargo, pretende derrocar de una vez el estigma social que supone el concepto de migrante –sin prefijos de ninguna clase-. Tal vez sea por eso que la función se plantee como una fiesta, un homenaje tabernáculo que procura recordarnos que, después de todo, todos tenemos algún tipo de pasado –directo o indirecto- relacionado con la emigración, y por ello no solo no hay de qué avergonzarse, sino que es algo por lo que brindar. El recuerdo y la melancolía sobrevuelan, indudablemente, el universo de Se Fosen Turistas Levarían Gafas de Sol –en varios momentos se recurre a lo puramente emocional-; y, sin embargo, el ambiente festivo y de hermandad se acaba imponiendo en el conjunto. ¿Se puede hacer una fiesta partiendo de la nostalgia? A juzgar por lo que plantea la representación, la respuesta es un rotundo sí.

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Fran Núñez arma una dramaturgia abierta –aún teniendo como denominador común la multiculturalidad, los elencos han ido variando ligeramente en cada país en que se ha presentado la función, con las consiguientes alteraciones en su contenido- que se vale tanto de técnicas de narración oral – la máxima de contar para no olvidar-, como de escenas teatralizadas –todos los intérpretes tienen oportunidad de contar su historia; del mismo modo que todos ayudan a armar las dramatizaciones de las historias de todos-, apoyando el conjunto por la omnipresente e importante música interpretada en directo –muchas veces, de alto valor simbólico relacionado con el universo de la memoria- e incluso imágenes y documentos reales proyectados en directo. Asímismo, los juegos de iluminación –sencillos pero bien planteados- ayudan a armar algunas imágenes sugestivas –como el momento en el que se proyectan en el cuerpo de un migrante toda una serie de conceptos que se llevan grabados a fuego en el cuerpo- que completan el conjunto. No es baladí tampoco que la escenografía esté formada, esencialmente, por maletas, cajas y baúles que los intérpretes usan para sentarse, dando esa idea de desplazamiento y (des)arraigo constante sobre la que bascula todo en el montaje; o que el fondo de la escena esté presidido por una especie de mural impregnado de imágenes y fotografías que, seguramente, ayuden a armar y evocar todos los pasados y todos los árboles genealógicos que arman el conjunto de la propuesta.

Siguiendo la línea de la autoficción documental –hemos visto algunas propuestas francamente interesantes en esa línea esta temporada, ocupándose de distintos hechos- Se Fosen Turistas Levarían Gafas de Sol se apoya en esencia en la narración oral como forma de transmisión de las historias que forman la pieza. En escena, Fran Núñez, Brais Iriarte, Luis Filipe Silva, Manuel Coelho, Iván Solarich, Magdalena Fernández y Martina Fernández procuran transmitir una naturalidad que acerque más el resultado a una reunión entre amigos que a un hecho teatral en sí mismo; por más que el cuidado por la estética en los pequeños detalles nos recuerde que, seguramente, todo lo que vemos resulte menos improvisado de lo que parece. En ese ambiente esencialmente festivo, conviven en armonía idiomas –qué bien que existan este tipo de propuestas en las que un grupo de personas es capaz de entenderse en distintas lenguas sin que supongan una barrera- y registros lingüísticos. Quizá la dramaturgia pueda resultar a veces confusa, en el sentido de que no siempre se conectan las historias con la misma claridad, quedando a veces dispersas entre todo ese ambiente festivo que rezuma la pieza: tal vez sea por eso por lo que terminamos con la idea de que algunas historias tienen mayor presencia –y hasta mayor fuerza teatral- que otras, que quedan algo descompensadas en el conjunto. Así y todo, hay que señalar que, los 90 minutos que dura se siguen con agrado; quizá porque la función es honesta al no pretender ir más allá de armar un crisol que llame a la memoria y nos transporte a una fiesta de la nostalgia. Uno podrá entrar más o menos en la estructura de la función –puede que más centrada en la narratividad que en la teatralidad en sí misma-; pero no se puede dudar que Se Fosen Turistas Levarían Gafas de Sol consigue justo lo que se propone.

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Desde luego que el asunto de la emigración es una realidad palpable en todos los territorios que se implican en esta coproducción, y quizás por ello podamos tener la sensación de que hemos visto otras propuestas más o menos semejantes antes. Y, sin embargo, el resultado de esta equilibra bien entre lo festivo, lo melancólico y la ficción documental, los tres grandes ejes en los que se mueve esta pieza. Tal vez se podría replantear de algún modo el peso de las historias, para que todas tengan aproximadamente el mismo –y se sigan con la misma claridad-; pero el resultado final se ve con agrado y, por una vez, logra lanzar un mensaje festivo en torno a una cuestión que casi siempre aparece ligada, sencillamente, a la mera melancolía: estas personas –que ahora son personajes- han sabido asumir el peso de sus pasados, integrarlo y seguir viviendo con él. Y eso es bueno: ese es otro de los mensajes que lanza una pieza que, pese la dureza de los temas que toda, transmite positividad.

H. A.

Nota: 3/5

Se Fosen Turistas Levarían Gafas de Sol”, dramaturgia de Fran Núñez. Con: Brais Iriarte, Fran Núñez, Luis Filipe Silva, Manuel Coelho, Iván Solarich, Magdalena Fernández y Martina Fernández. Dirección: Fran Núñez. LIMIAR TEATRO / CRÉMILO / CENTRO DRAMÁTICO GALEGO / TEATRO NACIONAL DONA MARÍA II (LISBOA) / COMPAÑÍA NACIONAL DE FÓSFOROS DE BUENOS AIRES / EL MURA DE MONTEVIDEO / COMEDIAS DO MINHO.

Teatro Rosalía Castro, 22 de diciembre de 2019

‘Doña Rosita, anotada’, o cuando Remón reinventó a García Lorca

diciembre 26, 2019

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Cerrar una temporada en la que el teatro de Federico García Lorca ha estado tan presente en la cartelera madrileña con funciones tan diferentes entre sí con un acercamiento como Doña Rosita, anotada –el más reciente estreno de Pablo Remón- es una verdadera inyección de adrenalina. Primero, porque estamos ante una propuesta potente y llena de personalidad; segundo, porque explora una vía tan lícita como infrecuente de acercarse al teatro lorquiano; y tercero porque demuestra que Pablo Remón es un dramaturgo en plena forma, un autor que tiene siempre buenas ideas y sabe cómo llevarlas a cabo. Porque ¿qué es Doña Rosita, anotada? Considerarlo una mera versión, revisión o reescritura de Doña Rosita la Soltera sería, más que quedarse corto, mentir. Aquí tenemos un nuevo texto propio de Pablo Remón que se sirve de motivos, ideas y textos de la obra de Lorca para crear un todo nuevo, con entidad propia. Una pieza que intenta de algún modo explicar la trama de Doña Rosita la Soltera, pero que al mismo tiempo la evalúa desde aquí y desde ahora, conectándola con dos motivos universales muy presentes en el original: el paso del tiempo, el recuerdo y la memoria; y cómo ese tiempo puede incidir en el recuerdo. Y, por encima de todo, una gran pregunta que flota en el ambiente: ¿cómo acercarse a Doña Rosita… hoy? Un enigma que Remón trata de resolver y que nos da como resultado un montaje fresco e inmediato; que –por una vez- mira a García Lorca sin miedo, de tú a tú y con un punto de irreverencia que le sienta como un guante. Pero, más que una versión de García Lorca, Doña Rosita, anotada podría definirse como un texto original de Pablo Remón con paratextos de García Lorca. Y, desde luego, como una de las más agradables sorpresas de la temporada: Pablo Remón se la juega, arriesga y da en la diana de nuevo.

La función comienza con el Anotador –alter ego del autor- confesando al público cómo nació lo que están a punto de ver. Recibe un encargo del teatro para versionar Doña Rosita la Soltera y, al hincar el diente al texto, se ve asaltado por las dudas: le resulta farragoso, ve un abismo entre Rosita y la forma de expresarse y relacionarse de la actualidad, no sabe cómo abordarlo y, sobre todo, no está seguro de poder crear algo que interese al público de hoy; incluso su mujer –filóloga de profesión- le sugiere “meter a Rosita en Tinder” como un modo de abordar la pieza. En cualquier caso, el Anotador confiesa que comenzó rechazando el encargo hasta que, mientras fríe croquetas, recibe la providencial llamada de sus tías del pueblo pidiéndole que haga una Rosita, porque ellas fueron Rositas… Una casualidad que estaría bien si no fuera porque sus tías, efectivamente, llevan varios años muertas. Y, sin embargo, este toque de realismo mágico le da al Anotador la clave para abordar la pieza: Doña Rosita… trata del recuerdo y de cómo el tiempo distorsiona nuestros recuerdos. Así que el Anotador se decide a acercarse a la pieza desde sus recuerdos y desde su tiempo; en una versión en la que estarán presentes sus tías –las dos condensadas en una, aquí como tía de Rosita- y hasta una criada rumana que sirve en la casa y que, aunque se aleja de la imagen de Florinda Chico en Cría Cuervos que el personaje original le sugería al Anotador, resulta mucho más práctica y realista para sus propósitos. Y así, el Anotador comienza a contar una Rosita ambientada entre 1988 y 2008, ordenada a la inversa –se empieza por el tercer acto y se acaba por el primero- e impregnada de sus recuerdos de infancia y familiares, al tiempo que apuntala el todo con alguna nota al pie de algún estudioso. Y todo ello, con solo dos actrices y un actor. Es entonces cuando empieza un juego en el que se mantienen la historia, los motivos y algunos textos de García Lorca para crear una obra nueva en la que Pablo Remón da rienda suelta a sus recursos, juega como un niño curioso y convierte el clásico de Lorca en un homenaje al recuerdo: saldrán sabiendo perfectamente cómo funciona Doña Rosita la Soltera –y habiendo escuchado el gran monólogo del tercer acto, por supuesto- pero lo que hay aquí va mucho más allá y bordea la genialidad en no pocas ocasiones. Porque, en apariencia, estamos ante una pieza de cámara que va a revisar un clásico lorquiano… pero pronto entendemos que el autor tiene intenciones mucho más ambiciosas y acierta de pleno a la hora de materializarlas.

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Uno no sabe qué admirar más a la hora de afrontar esta función. Si la valentía de Pablo Remón a la hora de no tenerle a García Lorca más respeto del debido –sabiendo que probablemente los puristas pondrán el grito en el cielo-, la capacidad para condensar la esencia de Doña Rosita… en apenas 85 minutos o el acierto de armar una función propia, casi se diría que paralela, a la que injertarle los elementos convenientes de la obra de Federico. Porque Doña Rosita, anotada es ante todo teatro en estado puro, por la economía de medios desde la que está realizada, por los juegos que establece y por el gran número de pactos que pide al espectador, en este trabajo que es mucho más que una mera deconstrucción de la obra de Lorca. A estas alturas, ya todos conocemos el particular estilo narrativo de Remón, que aúna con frecuencia técnicas teatrales y cinematográficas; aquí, además, logra ensamblar un híbrido de géneros que van desde el metateatro hasta casi la edición crítica, armando una historia con tanto de Doña Rosita como de nueva historia propia, que además demuestra –nuevamente, y en esto, de algún modo, podríamos llegar a emparentarla con El Tratamiento– el gusto de su autor por escarbar en sus raíces para armar una historia. Así, Remón impregna todo su relato de una serie de guiños que mueven a la nostalgia –la misma nostalgia que está tan presente en Lorca- colectiva desde lo personal; e invita al público a realizar a jugar con él: porque, lo sabemos, el teatro puede que sea el único lugar donde poder conjurar a nuestros fantasmas. Remón llama a la memoria a sus tías, a su madre, a las tradiciones de su pueblo – invitando a Doña Rosita a formar parte de una fiesta popular que, a buen seguro, reside en la memoria del autor- y, en definitiva, sus recuerdos. Como si, de alguna manera, estuviese regalando sus recuerdos al espíritu de García Lorca para armar algo a medio camino entre el original y aquello que el propio Remón tiene la necesidad de contar. En Doña Rosita, anotada –más allá de la bendición que supone atreverse a jugar con Lorca sin que tiemble el pulso,por una vez- hay ecos de todas las técnicas que han ido construyendo el teatro de Remón a lo largo de estos años; y quizá por eso –más allá de la aparente sencillez de su realización- estemos ante uno de sus trabajos más complejos y ambiciosos. Y, lo cierto, es que a Rosita le sientan bien las croquetas, los porros, los puros, las motocicletas y la melancolía de la música brasileña –porque de todo eso hay aquí-: casi se diría que mejor que las coplillas tradicionales. Pablo Remón ha sabido rejuvenecer a Rosita, y a Rosita le sienta la mar de bien sentirse joven: es la misma melancolía de la espera desde otro momento y desde otro lugar.

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El montaje dirigido por el propio Pablo Remón –en ese constante juego de diálogo con el espectador para recordarnos el pacto- es de una factura impecable en su sencillez. Desde la sorprendente escenografía de Mónica Boromello –una especie de sets de cine que se despliegan (literalmente) a la vista del espectador-, sin duda uno de los hallazgos del montaje; hasta el uso de ese equipo de música con tocadiscos que va reproduciendo en directo toda una serie de canciones que sirven de apoyo a la propuesta. Desde lo pequeño, desde el detalle, todo es puro juego teatral en este montaje que demuestra lo mucho que su autor y director puede hacer con los pocos elementos con los que cuenta. Porque, como acostumbran, Remón y sus personajes invitan al público a soñar, a imaginar, a completar; e incluso a observar fijamente elementos corpóreos e imaginarios que ayudan a que, entre todos, completemos la ilusión del teatro; esa ilusión en la que se sostiene gran parte del espíritu de esta propuesta. No se necesita más.

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Pero, sobre todo, el espectáculo lo sostiene un formidable trío actoral que, desde sus propios cuerpos, van construyendo y reconvirtiéndose en toda una serie de personajes lorquianos y remonianos. Puede que estemos –y esto es mucho decir- ante uno de los más cincelados trabajos que nos haya dejado Fernanda Orazi en España: ella es Doña Rosita –con ese monólogo final, aquí expuesto casi al comienzo e impregnado de una melancolía casi naturalista-, pero también su tía –memorable creación histriónica fumando en el sofá mientras juega al bingo-, e incluso una de las tías del Anotador –en una escena impresionante, recién salida de las mejores comedias teatrales de los años 50, en la que alcanza cotas de perfección bien secundada por Manuela Paso-. Hay, además, una hermosa contradicción: la de mantener su acento argentino para un personaje que espera a ese primo que está, efectivamente, en Argentina; dándole al conjunto un toque de absurdo que va muy bien a la pieza; del mismo modo que, hacia la mitad de la pieza, tiene una escena de poética intensa cuando se topa con el hijo de una amiga –un hijo a medio travestir, que intenta ocultar su vergüenza ante la máscara-. Es mucho y muy variado lo que Orazi tiene que hacer en este montaje; y en todo se muestra ciertamente impecable. No vamos a descubrirla a estas alturas, ni mucho menos; pero lo de esta función es de premio. Por su parte, el siempre sólido Francesco Carril es el Anotador, con lo que mantiene un gran peso textual y establece las bases del pacto con el público; pero también es el primo de Rosita, la tía de Rosita –en aquellas escenas en las que Rosita intervenga-, un pretendiente, o el hijo travestido de una antigua amiga de la protagonista: quedémonos con este último momento, que tiene una dificultad directamente comparable a la naturalidad con la que el actor lo acomete. Podría parecer que Manuela Paso es un mero comodín; y, sin embargo, arranca la función en lo alto, haciendo dúo con Orazi como las fantasmagóricas tías del Anotador, en la que seguramente sea la escena más memorable del espectáculo: ¡cómo están ambas en este momento de puro sainete! Pero además, se aleja con sabiduría de la parodia para encarnar a Petra, esa criada rumana que carga con el peso de la casa; y cierra el espectáculo como la Madre del Anotador en un bello momento de emoción contenida muy bien gestionado. Desde luego, el nivel actoral que tiene esta función es de altos vuelos: ¡sólo tres actores sí; pero qué tres actores brillantes!

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Pocos peros se le pueden poner a este espectáculo –quizá el desenlace se precipite en demasía, dejando algunas cuestiones abiertas; por más que la escena final sea toda una declaración de intenciones- en el que Remón se ha atrevido a servirse de Lorca para armar un todo nuevo y personal. Y, a juzgar por el resultado, la fórmula le sale bien: hay que ser muy inteligente para reconvertir la idea original en algo tan fresco, tan juguetón y tan inmediato. Desde luego que este tipo de operaciones se llevan haciendo años y años con todos los grandes autores; pero, el día de mi función, entre los muchos entusiastas todavía se podía localizar algún purista escandalizado ante la osadía de Remón al intentar “apoderarse” de la obra de Lorca. ¿Se imaginan tales afirmaciones si esto se hace con Chéjov, Shakespeare o Valle-Inclán? Posiblemente no tan furibundas: mientras este tipo de público siga existiendo, este tipo de montajes serán necesarios. Porque –el programa no engaña- esto es Doña Rosita, anotada de Pablo Remón. Una obra original de Remón con ideas y paratextos de García Lorca. Ni más ni menos. Y, ante todo, una más que agradable sorpresa que confirma a Pablo Remón como uno de los autores españoles  más interesantes de su tiempo. Gran teatro, qué duda cabe.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Doña Rosita, anotada”, de Pablo Remón. Con: Fernanda Orazi, Francesco Carril y Manuela Paso. Dirección: Pablo Remón. COMUNIDAD DE MADRID / BUXMAN PRODUCCIONES / LA_ ABDUCCIÓN.

Teatros del Canal (Sala Negra), 17 de diciembre de 2019

‘La Cantina’, o gracias a la vida (un tránsito)

diciembre 22, 2019

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“No dudo, ni me arrepiento, ni lo dejo para otro momento. ¡Salud!” (La Cantina).

Teatro en el Aire es una compañía con base en Madrid que lleva ya algunos años trabajando no ya sobre el teatro experiencial, sino más bien sobre lo que podríamos llamar teatro sensorial. Esto es, un teatro pensado para recibirse con los cinco sentidos, un teatro que invita al público a ir más allá de mirar: un teatro que se siente en el cuerpo, se palpa, se huele y convierte, de algún modo, una experiencia colectiva –para un grupo reducido de espectadores, en este caso 44- en una experiencia individual, íntima y personal. Desde luego que la fórmula de esta compañía llega sobradamente testada –ahí están La Cama, Bailando Tus Huesos, Sueños en el Arrozal o La Piel del Agua, propuestas que llevan años en circulación con gran éxito- pero asomarse al trabajo de esta compañía es siempre sinónimo de estar dispuesto a recibir estímulos, jugar y llevar la mente abierta. Ahora, con La Cantina –estrenada en 2016- han reinventado el formato de su exitosísima propuesta Bailando Tus Huesos –estrenada en 2012-, ampliándolo, puliéndolo y haciéndolo algo más grande; pero sin que el impacto del espectáculo haya perdido ni un ápice de su sinceridad. La Cantina invita a los espectadores a una experiencia ligada al tránsito, con una fiesta en una cantina mexicana en la que celebrar la vida a través de la muerte; o, mejor dicho, celebrar que estamos vivos –porque, a fin de cuentas, sabemos que vamos a morir- al tiempo que honramos a nuestros muertos. Y, desde luego, si he de ser franco, pocas veces se me disparó la emoción –véase emoción como un concepto amplio- como viendo este espectáculo tan auténtico, del que todo el mundo debería participar al menos una vez. Porque pocas veces antes he recorrido como espectador un arco emocional tan sincero e intenso como el que se me planteó experimentando La Cantina.

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Puesto que estamos ante un espectáculo experiencial y sensorial, no se trata de desvelar más de la cuenta. Digamos, simplemente, que los 44 espectadores formamos parte de una especie de ritual conducido por cuatro Catrinas mexicanas –son La Pelona, La Flaca, La Llorona y La Calaca- que, de partida, nos susurran al oído la idea de tránsito y transformación; al tiempo que nos conducen al interior de una cantina mexicana en la que, aunque las anfitrionas están muertas, todo lo demás rezuma vida a nuestro alrededor. Cada uno de nosotros está invitado a una verdadera y alocada fiesta para gozar el carpe diem. Se nos insiste en la idea de la originalidad e individualidad del ser y se nos invita a vivir ahora que podemos y dejar el mejor legado posible, ya que el recuerdo de lo que dejemos es, después de todo, lo único que va a quedar de nosotros en la tierra. Porque, lo sabemos, la muerte acecha –y más, claro, en este ámbito con anfitrionas del más allá-. Durante más de dos horas, las Catrinas nos toman medidas para diseñar el ataúd de lo que será nuestro viaje final, se cantan rancheras, se bebe tequila, se comen nachos con guacamole; y asistimos a pequeños relatos de muerte que implican a las propias anfitrionas –“a todos nos va a llegar la muerte y esta es la historia de cómo me llegó a mí” apunta una de ellas en un momento del espectáculo-, o bien a toda una serie de estrambóticos personajes que seguramente las Catrinas hayan conocido y que ahora no son más que huesos bailongos. Y, en la penumbra ocasional que une las escenas, nos rodean sonidos de ultratumba, sudores fríos que nos recuerdan que la muerte acecha y nos hemos metido de lleno en un mundo que no es el nuestro o cuentas de reloj que nos recuerdan que, inevitablemente, el tiempo se acaba. Se nos invita, además, a tocarnos, a sentir, a tocar a las personas que nos rodean y a recordar que estamos celebrando la suerte de estar vivos… ya llegará la muerte, porque siempre lo hace. Según avanza la experiencia, el alcohol corre, los espectadores nos dejamos llevar cada vez más y la fiesta se convierte casi en lo que podíamos llamar un gran círculo de seguridad. Es entonces cuando quizá estemos preparados para afrontar, por fin, aquello a lo que hemos venido hoy aquí: el recuerdo, el tributo, el homenaje; y, de nuevo, el tránsito. Ese tránsito con el que todo comenzó y con el que todo debe terminar, que nuevamente nos une a todos con un lazo imborrable.

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No se trata de que sepan mucho más de lo que sucede dentro de la cantina, porque esta experiencia es, fundamentalmente, sensorial; por lo tanto depende en gran medida de cómo la reciba cada espectador, de que cada uno decida hasta qué profundos lugares le apetece transitar. Sí hay que tener en cuenta que, durante la experiencia, hay una mezcla de humor, música, teatro de objetos, teatro de cerca, experiencia degustativa –se come y se bebe- y, efectivamente, teatro sensorial – táctil, olfativa, auditiva, visual e incluso emocional- en el que se produce una comunión física entre los espectadores y entre espectadores y actrices. Casi sin movernos de nuestro asiento alrededor de la mesa dispuesta en la cantina, recibimos estímulos de todo tipo, y debemos dejarnos llevar por esos estímulos. Además, en el transcurso de la velada –es una idea original de Lidia Rodríguez con dramaturgia de Rocío Herrera y la propia Lidia Rodríguez el conjunto alcanza un fortísimo valor simbólico que ayuda a que los espectadores nos dejemos llevar por ese mundo mágico en el que estamos inmersos. La escenografía, el vestuario, los elementos escénicos que van surgiendo – vajillas, muñecos, cajas…-, la omnipresente música interpretada en directo… ayudan a construir un ambiente en el que se respira México; al mismo tiempo que un cierto aire de extrañamiento por ese convivir del mundo de los muertos y los vivos que tal vez nos haga mantenernos alerta ante lo que pueda ser el devenir del espectáculo. Y, sin embargo, con la frescura que derrochan las cuatro actrices –en escena, sobre la mesa, a nuestro alrededor, con luz y a oscuras pululan Laura de Casas, Rocío Herrera, Lidia Rodríguez y Guadalupe Marcote– a la hora de hacer avanzar el espectáculo, dialogar con el público y servirse de sus reacciones, consiguen que nos relajemos y que nos dejemos llevar por ese aire de fiesta mexicana que tal vez nos haga olvidar la presencia constante de la muerte como elemento central de la propuesta. Porque ¿es acaso esta muerte tan burlona como nuestras anfitrionas? ¿Hay que temer realmente a la muerte? A juzgar por la pachorra que se gastan en este espectáculo, no parece: se debe estar bastante bien en el más allá… Más de dos horas de fiesta, de sorpresa tras sorpresa, de llegar a olvidar que estamos viendo teatro y de invitarnos a jugar como niños. Pero también más de dos horas que exigen una compenetración absoluta entre las cuatro actrices para que todo suceda cuándo, cómo y dónde debe; sin que el público que asiste a la experiencia sea consciente de esa complejidad milimétrica en la realización que seguro posee. En este sentido, además, es de ley reconocer que La Cantina está plagada de pequeñas imágenes –deudoras en este caso del teatro de objetos- de una belleza plástica innegable en su sencillez, otra muestra del enorme trabajo que a buen seguro habrá detrás de todo esto.

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Todo en La Cantina es material sensible. Desde los pequeños objetos que aparecen en la mesa a lo largo de la función, hasta los suaves estímulos que recibimos –muchas veces sin poder dilucidar de dónde o en forma de qué nos llegan- pasando por las pequeñas historias que forman el espectáculo o la manera de relacionarse que se establece entre las actrices y los espectadores. Pero incluso el viaje de cada persona del público ante la función será individual y tremendamente sensible, como una especie de oda catártica a la ausencia y a la pérdida –recordemos que hay muchos tipos de pérdida y de ausencia- que cada uno de nosotros deberá saber cómo gestionar. Esta sensibilidad que sobrevuela todo el espectáculo hace de algún modo mucho más complicado el trabajo actoral; que debe jugar sobre la comodidad del espectador –es de ley reconocer que todos los que estuvimos en mi pase nos sentimos cómodos con la dinámica y cómplices del desarrollo- en una propuesta que obliga por fuerza a confrontarse directamente con los espectadores en el tú a tú. Si cualquier tipo de diálogo entre actor y espectador –y con diálogo no me refiero tanto al habla como a una relación comunicativa entre ambos, sea de la índole que sea- es siempre compleja, imagínense cuánto más lo será en una propuesta de estas características: así pues, al talento actoral de las actrices hay que sumar su habilidad para jugar, hacer sentir y hacer partícipe al público de su fiesta, de su homenaje y hasta de sus propias catarsis personales. Que todo en La Cantina fluya con la suavidad con que lo hace y que se respire un profundo respeto por el otro en todo momento son dos cuestiones más que hacen de esta propuesta algo tan especial, y desde luego que el tacto –metafórico, pero también físico- de las intérpretes tiene mucho que ver con ello, y es algo que debemos valorar muy positivamente. En ningún momento se obliga al espectador a adentrarse donde no quiera y cada uno de nosotros debe decidir qué hacer con los estímulos que nos llegan –e incluso con nuestros propios fantasmas, porque también se nos aparecen- y, sin embargo, todos realizaremos un viaje tan semejante como personal. No es fácil conseguir algo así y en esto tienen mucho que ver las intérpretes.

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Poco más se puede desarrollar de un espectáculo que debe sentirse, experimentarse, y que excede las dos horas de duración. Tengan en cuenta que van a formar parte de un tránsito, un ritual, un aquelarre, una celebración festiva donde se respira México por los poros y donde las fronteras entre lo vivo y lo muerto –al menos durante un rato- son bastante dispersas. Tengan en cuenta, además, que van a afrontar un viaje interno y personal que puede convertirse en una especie de gran catarsis sanadora: una oportunidad para recordar, para sentir y para homenajear. Tengan en cuenta que, sin moverse de su asiento, van a recibir el espectáculo desde todos los lugares posibles. Pero, sobre todo, quédense con que –al menos en el viaje que realicé yo- pocas cosas que experimenten en un teatro les van a llevar a lugares tan íntimos y personales de ustedes mismos con la generosidad de dejar que sean ustedes quienes decidan cómo transitar esas emociones. Si gustan, claro, beberán tequila, comerán guacamole y cantarán rancheras… pero en La Cantina hay mucho, pero que mucho, más.

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Desde luego, pasar por La Cantina marca por el ambiente festivo, la suavidad de la realización y la sinceridad de la emoción que nos ocurre. Pocas veces me había pasado algo así en una función de teatro. Hay que agradecer haber pasado por la experiencia, recomendar pasar por la experiencia y congratularse de que aun se haga teatro que sirva para cosas así. Adéntrense en La Cantina, transiten, adéntrense en los agujeros negros más íntimos de ustedes mismos. Imprescindible.

H. A.

Nota: 4.5 / 5

La Cantina”, una idea original de Lidia Rodríguez con dramaturgia de Rocío Herrera y Lidia Rodríguez. Con: Laura de Casas, Rocío Herrera, Lidia Rodríguez y Guadalupe Marcote. Dirección: Lidia Rodríguez. TEATRO EN EL AIRE.

La Juan Gallery, 16 de diciembre de 2019

‘Inquilino (Numancia 9, 2ºA)’, o 38 metros cuadrados (un pequeño acto de resistencia)

diciembre 21, 2019

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A la pequeña Sala de la Princesa del teatro María Guerrero llega Inquilino (Numancia 9, 2ºA), un monólogo de autoficción escrito e interpretado por Paco Gámez, que se alzó con el Premio Calderón de la Barca 2018 y en el que el autor –e intérprete- narra la peripecia de su propio proceso de desahucio del primer piso en el que vivió en Madrid, una vivienda de 38m² a partir de una comedia ácida, negra, absurda  e irónica; demostrando que, a veces, la única solución para asimilar la desgracia –y un desahucio es, por supuesto, un drama contemporáneo de máxima actualidad- está en luchar contra ella o en reírse de ella. Y en Inquilino hay de ambas cosas.

El inquilino. Nuestro hombre. Un hombre de provincias que se ha mudado a Madrid hace ya algún tiempo, que sobrevive dando clases de inglés –porque con esto del teatro ya se sabe…- y que al fin ha logrado mimetizarse con su vivienda alquilada de 38m² que posee en el céntrico barrio de Chamberí. Pongamos que está en la calle Numancia, pero el nombre de la calle es tan hipotético como el resto de los nombres que aparecen en la narración –para preservar la intimidad y para aumentar la convención teatral-. Un día de finales de mayo, recibe un e-mail alertándole de una subida en el alquiler de casi un 75%, a aplicarse en poco más de un mes. Pero sólo es un e-mail, así que nuestro hombre, incrédulo, decide dejarlo ahí y seguir con su rutina de piscina, gimnasio y clases… Hasta que comprende que, efectivamente, debe plantar cara a la situación y ponerse en contacto con la inmobiliaria, si es que lo consigue. Además, seguro que es un error…. Pero ¿Y si finalmente consiguiese que alguien que no sea la voz de Pavarotti le atienda al otro lado del teléfono y sus peores temores se confirmasen? ¿Cómo se las ingeniará nuestro hombre para hacer frente a la crisis del ladrillo? ¿Dónde debe dejar su dignidad? ¿Quiénes están verdaderamente dispuestos a ayudarle? La cuenta atrás para salir de lo que ya son sus 38m² ha comenzado y tal vez nuestro protagonista deba decidir entre celebrar su propia desgracia o asumir un acto de resistencia –de ahí que la acción se sitúe en la calle Numancia, simpático hallazgo del texto-. ¿O acaso una celebración podría ser un acto de resistencia en sí mismo? Será cuando Francisco Gámez tenga que empaquetar su vida en imprevisibles lotes, a punto de tirar la toalla, cuando el inquilino prepare una última –y, en principio, disparatada- salida.

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Desde luego, la mejor baza de Inquilino seguramente sea el retrato humorístico que el autor e intérprete logra armar a partir de una situación en esencia dramática. En apenas una hora de función, Gámez consigue contar una historia de lo cotidiano, de lo pequeño; que muchas veces también incluye una suerte de microretrato social de un Madrid plenamente reconocible. Es una historia pequeña que engloba una gran tragedia; pero que, por lo tanto, hace bien en detenerse en las pequeñas cosas, ocupándose de las personas que le rodean –y su relación con ellas- y mirándose a sí mismo desde un lugar a medio camino entre lo que podríamos llamar un sainete de corrala contemporáneo y el esperpento mismo. El Gámez autor se ríe de sí mismo y de su entorno sin miedo, y por tanto nosotros nos reímos con él –pero nuca de él-. Porque a veces, efectivamente, no queda otro camino que la risa. ¿Cómo logra el autor convertir lo que bien podría ser un drama generacional en una comedia sainetística, absurda y esperpéntica? Lo consigue a través del tono del relato –salpicado de inteligente acidez- y del retrato de toda una serie de personajes que aparecen o bien en la narración o bien como voces en off, cuyo conjunto dibuja perfiles fácilmente reconocibles: desde la madre que habla desde el pueblo –y que quiere para su hijo una vida más estable, aunque esto implique regresar a la casa familiar-, hasta esa pareja que se cansa de ser un clavo ardiendo al que agarrarse, o la variopinta vecindad que rodea al protagonista –con perro ladrador incluido- o toda esa serie de voces mecánicas de teleoperadores que van cogiendo las llamadas –insisto, cuando no es la voz de Pavarotti la que responde-, Inquilino presenta perfiles y situaciones con los que todos habremos tenido que bregar alguna vez. Eso la hace tan divertida, tan real; y al tiempo tan dramática. Además, Gámez juega con habilidad en su relato ciertas convenciones teatrales, rehusando a dar referentes reales para mantener anonimatos, pero dándolos al mismo tiempo en una nueva carambola que muestra su capacidad de reírse de la situación. Y, mientras tanto, por supuesto, la situación –real, no lo olvidemos- aumenta implacable en su viaje hacia el surrealismo, para rematar en una especie de hecatombe final que agrupa a todos los estratos de la sociedad, y en la que el grito parece lanzar un mensaje claro: fiesta contra la injusticia, fiesta contra el desastre.

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Inquilino tiene, en su sencillez, un buen número de virtudes. Dura lo que debe durar –poco más de una hora-, de manera que entra ligera y nunca se vuelve reiterativa, y consigue ser una comedia consistente sobre un tema social de primer orden, porque está escrita desde la sinceridad; de manera que el tono –que en un principio puede dejar perplejo por su irreverencia- acaba funcionando muy bien, y dando con la clave para que el público conecte con el relato, con el autor y con el personaje. Además, siendo teatro autoficcional –con todos los problemas que pueden surgir- consigue no caer en lo que podríamos llamar esa pornografía emocional que con tanta facilidad podría llegar a adueñarse de este tipo de ficciones y no perder de vista que está haciendo una comedia pensada por y para el público, honesta e inmediata; por más que el hecho de escribir Inquilino haya podido nacer de la necesidad existencial de su autor. Se pasa un rato estupendo, sin duda alguna.

Respetando la máxima fundamental de la buena autoficción, es el propio Paco Gámez quien se mete en la piel de ese inquilino que aquí es personaje –pero que, por supuesto, no es otro que él mismo-, en un montaje que además codirige a seis manos junto a Judith Pujol y Eva Redondo. Dice mucho en su favor haber querido contar con una visión externa para armar un espectáculo que es tan personal, pero que aquí consigue no contaminarse de esa visión personalista que habría podido tener la puesta de haber quedado exclusivamente en manos de su autor. Aquí, sin embargo, se ha armado un montaje dinámico que, sobre un espacio en plano ligeramente inclinado y lleno de recovecos agujereados –Xesca Salvá-, bien iluminado por David Picazo, que permite unos cuantos hallazgos dramáticos a nivel expresivo; empleando además recursos audiovisuales y de teatro físico para contar una historia sencilla que, sin embargo, sabe cómo mantener ritmo e interés.

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Y, en el centro de todo esto, el Paco Gámez actor, con esa capacidad de conectar con el respetable contando la historia desde la sincera incredulidad que confiere al personaje un aire más cómico que patético, mostrando cómo la tragedia se convierte en el fondo en una comedia de corte surrealista; en una de esas historias en las que cuanto más superado se ve el héroe por las circunstancias, más disfruta ese público al que el personaje habla directamente. En el estilo directo, lleno de pachorra cómica y sincero que ha encontrado Gámez para contar su historia está otra de las virtudes de un espectáculo breve que, sin embargo, se ve con mucho gusto.

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Por su justa duración, por su inteligente forma de mirar con humor una tragedia personal y contemporánea y por la cómica honestidad de la interpretación Inquilino (Numancia 9, 2ªA) es un espectáculo que se disfruta como la experiencia camerística que es. Además, tiene la voluntad de trascender una historia tan personal para convertirla en un acto de teatro capaz de acercarse a todo el público: no todos los espectáculos de autoficción lo logran: Inquilino (Numancia, 9 2ªA) pasa sobradamente esta y otras pruebas.

H. A.

Nota: 3.35 / 5

Inquilino (Numancia 9, 2º A)”, de Paco Gámez. Con: Paco Gámez. Voces en off: Trinidad Blázquez, Fernando Epelde, Lucía Martínez Iglesias, Judith Pujol, Miquel Ángel Raió, Eva Redondo y Mikele Urroz. Dirección: Paco Gámez, Judith Pujol y Eva Redondo. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 15 de diciembre de 2019

‘Firmado Lejárraga’, o saldando cuentas pendientes

diciembre 20, 2019

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Después de su éxito durante la pasada temporada en la pequeña sala El Mirlo Blanco, el Centro Dramático Nacional repone en estos días en su sala grande Firmado Lejárraga, el texto de Vanessa Montfort que, a medio camino entre el teatro documental y la comedia de fantasmas, revisa el legado de María de la O Lejárraga (1874-1974) esposa de Gregorio Martínez Sierra (1881-1947) y autora a la sombra de su marido, lanzando al aire una pregunta: ¿Escribió realmente María Lejárraga –o María de Martínez Sierra- gran parte de la producción literaria del autor de Canción de Cuna? Es el punto de partida de un montaje que indaga en una figura que ha permanecido en segundo plano durante largo tiempo. Ahora es su momento.

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Cuando accedemos a la sala, María Lejárraga se mueve con libertad por el espacio escénico. Pero pronto entendemos que no estamos ante la verdadera María Lejárraga, sino ante su fantasma que, años después de su muerte, supervisa –en la sombra, como siempre- una investigación en la que cuatro profesionales están a punto de dilucidar si, realmente, la autora ha sido algo más que una mera mujer a la sombra y podría estar detrás de toda la copiosa producción de Gregorio Martínez Sierra. Así, asistimos a dos planos de acción: el del presente, en el que los investigadores avanzan en sus pesquisas; y el del pasado, en el que conocemos de primera mano la relación de María Lejárraga con su esposo y con grandes personalidades de su tiempo con los que mantuvo estrecha amistad, a saber, Manuel de Falla –con quien habría cooperado en la creación de El Amor Brujo o Noches en los Jardines de España-, Joaquín Turina –para el que habría escrito el libreto de su ópera Margot-, Juan Ramón Jiménez –que se habría convertido en uno de sus mayores confidentes- o Federico García Lorca –a quien el matrimonio Martínez Sierra habría dado su primera gran oportunidad, impulsando el estreno de El Maleficio de la Mariposa-. Entre documentación real –convenientemente proyectada en el espacio escénico- y escenas de ficción, Vanessa Montfort propone un viaje al mismo tiempo personal e histórico, en el que podemos comprobar cómo el matrimonio que formaron Martínez Sierra y Lejárraga empezó siendo una dupla sólida y funcional –siempre impulsada por el ímpetu de María Lejárraga, que propició relaciones laborales con Cándido Lara o Jacinto Benavente, sin las que el nombre de Gregorio Martínez Sierra no hubiese llegado a ser lo que fue-. Un matrimonio útil y equilibrado, tal vez hasta que Martínez Sierra empezó a ser consciente de esa cierta autonomía que estaba adquiriendo su esposa en sus –plural, claro- creaciones literarias, precipitando el fin del matrimonio; del mismo modo que observamos ese abnegado segundo plano que la Lejárraga creadora asumió de buen grado, como si su rol fuese el de una buena esposa que tuviese que quitarse importancia ante los éxitos de su marido, sin poder evitar por ello la extraña fascinación que María ejercía en aquellos hombres que la rodearon. Al mismo tiempo, los investigadores discuten, se contradicen, aumentan datos e información y están resueltos a llegar al final de la cuestión: ¿Se limitó la Lejárraga a impulsar la carrera de su esposo o estamos ante un verdadero genio a la sombra por voluntad propia? En cualquier caso, el mensaje que nos lanza Firmado Lejárraga parece bastante claro: el legado mismo que ha dejado Lejárraga va más allá de su propia producción literaria; y se expande hasta la huella imborrable que dejó en aquellas personalidades que la rodearon.

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La pieza de Vanessa Montfort ofrece respuestas clarividentes, al mismo tiempo que recorre la vida cultural de una España marcada por la nostalgia y el exilio, dibuja todo el viaje de una verdadera adelantada a su tiempo y, en fin, revisa el periplo de un nombre clave de las letras españolas, que tal vez nunca ha tenido el reconocimiento que –verdaderamente- merecía. Podríamos decir, por lo tanto, que ante todo Firmado Lejárraga es un acto de justicia; pero, al mismo tiempo, se agradecen dos esfuerzos que la autora ha logrado con buena nota: por un lado, el de traer a primer término la historia de una mujer que merece ser contada –porque la función nos revela en María Lejárraga a una personalidad realmente fascinante- y por otro el haber armado una pieza de teatro armada de forma ingeniosa y agradable de ver más allá del mero documental, porque Vanessa Montfort sabe armar una dramaturgia tan sencilla como efectiva, que equilibra con inteligencia lo instructivo y la progresión dramática, conjugando el mundo de los vivos, el mundo de los muertos, el presente –el tiempo que corresponde a la investigación- y el pasado –la realidad del tiempo de María Lejárraga- sobrevolado siempre por la técnica de la presencia del fantasma, un recurso tan utilizado en el mundo del teatro como práctico para los fines que Vanessa Montfort quiere conseguir. Así, podemos decir que en Firmado Lejárraga la autora del texto no aspira nunca a quedar por encima del mensaje del legado que tiene que transmitir –parece consciente de que la verdadera protagonista es y ha de ser Lejárraga-, pero tampoco renuncia a armar un interesante juguete cómico. Como resultado, efectivamente, la función se ve con agrado.

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El montaje –que seguramente habrá crecido en su traslado a la sala grande desde el pequeño espacio de la Mirlo Blanco, por más que el escenario se haya adelantado aquí por encima de las primeras filas- no ha escatimado en lujos. La escenografía de Isis de Coura es hiperrealista en la reproducción de los diferentes espacios por los que transita la acción –biblioteca, escritorio, jardín con terraza, salón…- reproducidos en un todo sólido con todo lujo de detalles –pocas de esta envergadura se han visto en el Centro Dramático Nacional este año, es de ley señalarlo-, con la iluminación de Rodrigo Ortega ayudando a definir con claridad espacios y tiempos, y un buen número de adecuado vestuario de época que también firma Isis de Coura. Desde luego, no se puede negar que la factura del montaje es muy atractiva.

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La puesta en escena de Miguel Ángel Lamata apuesta de algún modo por un tono fundamentalmente clásico, que de algún modo podría ser deudor de lo que hubiesen sido las obras de la dupla Lejárraga/Martínez Sierra en su tiempo; pero enfocado siempre desde la sabiduría y la elegancia: en otras palabras, se siente como teatro clásico, pero nunca como teatro antiguo. Es, desde luego, una opción inteligente y coherente con todo el espíritu de la propuesta; puesto que el aroma de Lejárraga también se adueña del montaje. Cuenta además Lamata con un afinado elenco – desdoblados todos en presente y pasado, de una u otra manera- que ayuda a hacer de la propuesta algo verdaderamente interesante en su contexto. La doble María Lejárraga –real y espíritu- de Cristina Gallego lleva gran parte del peso de la propuesta y, en un hermoso trabajo, adopta una expresión poética, cálida y sosegada, atravesada en ocasiones por la nostalgia de ese pasado que mira desde el más allá; personificando bien la lucha interna que nace entre la creadora inquebrantable y la mujer de su tiempo, transmitida en una especie de luz contenida que desprende su mirada franca y que amenaza con salir a borbotones en cualquier momento: desde luego, es un trabajo muy sólido. A su alrededor, la elegante contención que aporta Miguel Ángel Muñoz a Gregorio Martínez Sierra da un enfoque poliédrico del escritor, dibujando a la perfección la imagen de ese hombre dispuesto a dar alas a su esposa, pero siempre y cuando a él le convenga: Muñoz no llega a dar vida a un villano, pero siempre hay algo adecuadamente impostado en su bonhomía que da muchas de las claves del rol; también gran trabajo. A Jorge Usón, por su parte, le corresponde personificar a Manuel de Falla, exacerbando lo suficiente una personalidad excéntrica de la que, sin embargo, renuncia con buen criterio a hacer caricatura. Alfredo Noval aporta humor contenido a su Juan Ramón Jiménez –y encuentra su mejor momento en su definitivo encuentro con María Lejárraga-, mientras que Gerald B. Filmore se desdobla entre el compositor Joaquín Turina y el poeta García Lorca, ofreciendo de este último una composición tan atrayente como arriesgada por lo inesperada que resulta, sacando juego a su marcada vis cómica. En cualquier caso, hay que señalar que todo el elenco se ve bien compenetrado, remando siempre a favor de un espectáculo que llega a buen puerto, entre otras cosas, por la convicción que demuestran todos ellos hacia lo que hacen.

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La función que presencié se saldó con un grandísimo éxito de público. Y no es para menos, porque Firmado Lejárraga es un espectáculo tan sencillo como bien ejecutado, con lujosos mimbres y la capacidad de poner en primer término una historia que merece ser contada por justicia, al tiempo que consigue armar espectáculo de teatro tan sencillo como perfectamente válido y bien presentado. Son, desde luego, elementos más que suficientes para justificar su visión; al tiempo que esta propuesta salda una cuenta pendiente desde hace mucho tiempo con la figura de María Lejárraga.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Firmado Lejárraga”, de Vanessa Montfort. Con: Cristina Gallego, Miguel Ángel Muñoz, Jorge Usón, Alfredo Noval y Gerald B. Filmore. Dirección: Miguel Ángel Lamata. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 14 de diciembre de 2019

‘Man Up’, o continente y contenido

diciembre 19, 2019

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Hace ya algunos años que Teatro en Vilo –la compañía que codirigen Andrea Jiménez y Noemi Fernández, flamantes vencedoras del Premio El Ojo Crítico de RNE en este 2019- llamó la atención de todos con aquella propuesta imponente de teatro físico y de objetos que era Interrupted. Después de tan personal debut, presentaron la simpática pero menos compleja Generación Why, mostrando una nueva línea de trabajo que, sin dejar de lado el teatro físico se movía más en el terreno de la autoficción; de manera que uno podría preguntarse hacia dónde iría la naturaleza del grupo. Tras esto, dos nuevos espectáculos –Locos de Amor y Miss Mara, que no pude ver- parecían indicar que, efectivamente, Teatro en Vilo empezaba a dejar atrás aquel germen de su primera propuesta para lanzarse a un teatro más abierto, bioficcional o autoficcional, siempre con lo corporal como gran elemento expresivo. Ahora, ya consolidadas como una de las grandes compañías jóvenes del panorama nacional, presentan un mes en la Sala Francisco Nieva del Centro Dramático Nacional Man Up, un espectáculo que –en clave de farsa- reflexiona sobre el género, y particularmente la masculinidad, preguntándose cómo se construye y hacia dónde evoluciona la identidad de género masculino. Para ello, las dos directoras han invitado a cinco actores y han planteado una serie de encuesta por whatsapp preguntando a gente qué les gustaría ver hacer a hombres en un escenario. Del resultado de estas encuestas nace Man Up, una función que bebe de lo autoficcional, lo performativo y hasta el carnaval kitsch. La pieza parte de un prometedor arranque para irse deshinchando progresivamente hacia una propuesta más convencional en la que la factura visual se acaba imponiendo claramente a una capacidad crítica que acaba siendo demasiado epidérmica y amable, como si las autoras y directoras no pretendiesen ofender ni asustar a nadie, tratando como están tratando un tema espinoso. Y, a la vista, de la espléndida escena inicial, cabría esperar un desarrollo más crítico, que nunca termina de llegar en una función que no es precisamente corta.

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El espectáculo se abre ante una improbable jungla artificial presidida por un cuadro de una catarata –estupenda recreación surrealista de Mireia Vila Soriano- y con Andrea Jiménez embutida en una especie de traje de Barbarella rosa, erigida en maestra de ceremonias, explicando que, efectivamente vamos a hablar de masculinidades trasnochadas y la reformulación del concepto de lo masculino; mientras los cinco actores la rodean y representan a algunos iconos de la masculinidad contemporánea –aparecen McEnroe, John Wayne, Humphrey Bogart, Batman, un astronauta y hasta un oso polar barbudo tras el que se escondela siempre camaleónica Noemí Rodríguez-: son esos iconos de lo masculino con los que hay que terminar, el rol de hombre como símbolo. Tras esto, la maestra de ceremonias plantea una serie de preguntas a los concursantes –porque el conjunto tiene un aire de concurso televisivo americano ante el que es imposible no reírse- sobre tópicos de la masculinidad para que se agrupen conforme estén muy de acuerdo, algo de acuerdo o nada de acuerdo. Hasta aquí, bien, el todo tiene un tono delirante, socarrón e irónico que es lo mejor del espectáculo y que, desde luego, nos plantea una alta expectativa, porque como comienzo es verdaderamente poderoso. Con ese inicio, uno espera que Teatro en Vilo saque toda la artillería para, efectivamente, poner los tópicos de vuelta y media… y, sin embargo, esa crítica acidísima del comienzo se diluye al poco de empezar. Es una lástima, porque si todo hubiese transitado en esta línea, el resultado hubiese sido otra cosa.

Entonces entra en juego la verdadera naturaleza del montaje: se ha pedido a una serie de personas que digan qué quieren ver hacer a hombres sobre un escenario; y estos hombres estarán dispuestos a hacer lo que se les pida, en favor del espectáculo. Se nos muestran, efectivamente, grabaciones, de gente sugiriendo que quiere ver a los hombres pedir perdón por aquello que representan, ejecutar una coreografía de cheerleaders o ver a un hombre bañando a otro hombre… y todas esas imágenes van tomando forma en escena con mayor o menor fortuna; bien para dar al hombre roles que no son los que socialmente se supone que les correspondan o bien para hacer cierto escarnio –ahí vemos, por ejemplo, a Juan Paños, tras perder una competición que es algo así como un pulso de masculinidad, someterse al delirio de un público que le tira manzanas mientras él aguanta estoicamente en pelota picada…-. Son una serie de sketches que, desde luego, pierden mucha fuerza con respecto al arranque porque, efectivamente, esa crítica –que se esperaba corrosiva- casi nunca logra pasar del lugar común, de una mascarada buenrollista que nunca busca hacer sangre. ¿Con qué quedarse de toda esta sección central? Tal vez con las imágenes, e incluso con un movimiento coreografiado bien planteado, en un espectáculo que tiene momentos visualmente atractivos, pero en el que lo plástico se acaba tragando el mensaje de la dramaturgia.

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Hay todavía una tercera sección en la que los cinco hombres se enfrentan a sus miedos, a sus carencias, a aquellos agujeros negros de sus personas que no deberían mostrar en público por ser hombres… con lo que el espectáculo entra más de lleno en el terreno de la autoficción. Vemos entonces a Alberto Jo Lee abrirse en canal mientras rememora la relación con su padre –se expresa en coreano y a través de las artes marciales; y, con todo, es el momento de emoción más sincera de la propuesta-, o a Fernando Delgado-Hierro cagarse en la autoficción, de la que afirma estar harto –curioso, solo unos meses después de haber hecho la estupenda Los Remedios-, abandonando la sala de un portazo –había un momento semejante en Generación Why- mientras hace un esfuerzo descomunal para decirle –¡por fin!- por teléfono a su hermana que la quiere. Baldo Ruiz conjura a sus demonios y los expulsa expresándose a través de la danza; mientras que Pablo G. Boutou consigue transmitir en su relato un aire de ternura que genera una conexión inmediata con el público. Y, para el final de la función, Noemi Rodríguez –que ha ido ejerciendo de comentarista socarrona aquí y allá, en otros de los mejores momentos de la pieza- entona un mea culpa de agradecimiento; porque, efectivamente, ha visto – como hemos visto todos- que hay algo más allá del concepto de hombre machirulo, que queda esperanza y que hay hombres buenos a los que se puede querer. La pieza termina, nuevamente –recuperando algo a lo que ya se había recurrido en Generación Why– con una declaración de amor entre Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez, que aquí resulta más sucinta y menos emocionante –¿quizá porque ya la habíamos visto antes?- de lo que resonaba en la función anterior. Con todo, cabe decir que este derroche emocional de esta tercera sección tiene algo de impostado que va a lo más fácil –personalmente, solo Alberto Jo Lee me transmitió emoción verdadera: desde luego, aplauso para él-.

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Llegados a este punto –después de una función de una hora y cincuenta minutos que acaba resultando muy larga para lo que nos tiene que decir- uno se pregunta dónde ha quedado la crítica que se prometía en aquel prólogo. Porque cuando, hacia el inicio, Rodríguez y Fernández nos pedían perdón por abordar esta temática, uno piensa que es parte de esa ironía que va a derrochar el montaje y que luego solo llega con cuentagotas. La sensación es que, desde luego, se ha querido hacer un montaje divertido –lo es por momentos-, bonito –la estética es su mayor baza- y que no hiera sensibilidades más de la cuenta, igual precisamente porque –como insisten en varias ocasiones- estamos en el Centro Dramático Nacional. El caso es que uno se queda con la sensación de que la cosa va a medio gas; y que podría haber dado más de sí si realmente se hubiese apostado por un tono más farsístico irreverente, como prometía el prólogo. Pero no ocurre: se apela a lugares comunes, se apela a la emotividad del espectador mediante discursos que a veces resultan bastante facilones y nunca se entra de lleno en el que debería ser el quid de la cuestión, ni en una moraleja que vaya más allá de que, efectivamente y contra todo pronóstico, existen los hombres buenos y sensibles, aunque parezca que está mal visto. ¿Dónde se empieza a tambalear un montaje que recupera el pulso en la tercera parte? ¿No ha funcionado bien la técnica de las encuestas por whatsapp a la hora de crear material verdaderamente interesante? Puede, porque es esa parte central la que encuentro más innecesariamente larga; y creo que el montaje ganaría en una agilidad que ahora es necesaria si esta sección se recortase; incluso más allá de que las tesis que se defienden me parezcan demasiado sencillas porque, efectivamente, la parte final autoficcional, recupera el pulso – por más que emplee un par de recursos que ya hemos visto antes en Generación Why-.

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En favor de  Teatro en Vilo –cuyo talento está sobradamente demostrado y fuera de toda duda- hay que decir que la factura formal del montaje –escenografía de Mireia Vila, vestuario de Yaiza Pinillos, iluminación de Miguel Ruz Velasco, dominio de los elementos para crear una plástica atractiva, trabajo corporal con los intérpretes…- es impecable, y sin duda se erige en el máximo atractivo de una propuesta que también gana a la hora de comprobar la comunicación clara y directa que las directoras establecen con el público, metiéndoselo en el bolsillo y haciendo que sea cómplice y partícipe de cuanto sucede en escena. Es de ley reconocerlo, y posiblemente lo más interesante del espectáculo resida precisamente ahí: en la organización de un puñado de buenas imágenes y en la inmediatez con la que se dialoga con el público, dos virtudes que aportan esa frescura marca de la casa.

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Así y todo –incluso más allá de que parezca que la línea de trabajo que iniciaron con Interrupted queda cada vez más lejos…- considero que en este Man Up el buen continente acaba devorando a un contenido que se pretendía ácido y no puede evitar caer en algunos lugares comunes en vez de rascar más profundamente. Hay que reconocer que gran parte del público se volcó con la propuesta y disfrutó de lo lindo. Yo, por mi parte, encontré momentos frescos junto a otros caídos de tensión, casi a partes iguales. Y si pedimos más a Teatro en Vilo es porque sabemos que nos lo puede dar. Desde luego, que este sea –en mi opinión- su trabajo menos redondo en absoluto me hace perder la curiosidad hacia futuras propuestas, deseando – eso sí- que la senda de Interrupted vuelva a asomar pronto.

H. A.

Nota: 2.25/5

Man Up”, dramaturgia de Noemi Fernández y Andrea Jiménez, a partir de improvisaciones con los intérpretes. Con: Andrea Jiménez, Noemi Fernández, Fernando Delgado-Hierro, Pablo Gallego Boutou, Alberto Jo Lee y Baldo Ruiz. Dirección: Andrea Jiménez y Noemí Rodríguez. TEATRO EN VILO / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 14 de diciembre de 2019