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6 años de Butaca en Anfiteatro

agosto 10, 2016
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Hoy cumple 6 años Butaca en Anfiteatro, que ha llegado a convertirse poco a poco en un proyecto cada vez más consolidado. Con casi 140.000 visitas y unas 420 entradas publicadas -unas 120 sólo durante la última temporada-; hay que decir que el blog avanza siempre adelante, y está, creo, en su mejor momento ante el tráfico recibido y el apoyo de tanta gente que me lee día tras día.

Gracias a todos los que compartís esta aventura bloggera conmigo de una manera u otra, desde la cercanía o desde la distancia. Gracias por vuestro feedback, y por vuestra capacidad de diálogo ante mis opiniones, ya sea para compartirlas o para rebatirlas; y gracias a los que contribuís a que tenga mayor posicionamiento en la red cada día. Gracias, en definitiva, por los apoyos recibidos durante estos años de una forma u otra. Es la suma de todo ello lo que hace que el blog tenga un sentido; y a fin de cuentas la idea de este blog es crear un foro de debate donde lo más importante sea ese amor por el teatro que estoy seguro que todos los implicados en que este blog tenga un sentido -los que crean los espectáculos y nos hacen disfrutar, los que simplemente emplean un momento de su tiempo en leer y yo, que os aseguro que intento escribir desde la mayor honestidad posible- tenemos. Diálogo constructivo y amor por el teatro deberían ser siempre los pilares básicos sobre los que se sustente el espíritu de esta publicación.

Butaca en Anfiteatro es de todos y para todos. Gracias a todos y cada uno de vosotros por estos seis años tan bonitos.

¡Seguiremos!

Hugo Álvarez

 

 

‘Lavar, Marcar y Enterrar’, o una cuestión de confianza

agosto 6, 2016

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Lavar, Marcar y Enterrar es una de tantas funciones que nació en ese Madrid que cada vez respira más al calor de los espacios no convencionales ligados al mundo del teatro. Esta vez, el germen fue una peluquería, en la que la obra se estrenó utilizando todos sus espacios. El éxito incuestionable de la propuesta hizo que inmediatamente saltase a un pequeño teatro de la Gran Vía, para asentarse después en el Off del Teatro Lara, donde permanece en cartel. Pero las cosas han ido más allá, porque ya tiene estrenada -nuevamente con gran éxito- su secuela –No Hay Mejor Defensa que un Buen Tinte-. Así pues, de alguna manera Lavar, Marcar y Enterrar -con más de 120 funciones a sus espaldas- ya se ha convertido en un clásico de la cartelera madrileña; y ahora aprovecha las fechas estivales para realizar una pequeña gira por España.

Al iniciarse la función, Gabriela y su ayudante Fer están retenidos en la peluquería que ella regenta en el barrio de Malasaña, mientras dos raterillos de poca monta -Lucas y Verónica- intentan cavar un túnel en el sótano que les permita acceder al chino de al lado, para robar un botín de 120.000 euros. Nadie tiene por qué salir ileso, la cosa en principio es muy sencilla: cavan el túnel, cogen el dinero y se van… se conocen hace tiempo y confían en el uno en la otra… ¿O tal vez no? Pero Gabriela no está dispuesta a permitir que se destroce así su peluquería, esa en la que lleva trabajando más de 20 años y que es todo para ella; y no parece muy dispuesta a cooperar. Sin embargo, los torpes asaltantes pronto descubrirán que en el sótano se esconde algo más que polvo, y que seguramente su plan no sea tan sencillo como ellos se pensaban, porque los sótanos los carga el diablo… dando así comienzo una larga noche en la que los cuatro personajes tendrán que confiar los unos en los otros y escarbar en el pasado para entender los hechos del presente. Fer, el ayudante gay y con los nervios a flor de piel, estará muy seguro de ponerse de parte de Gabriela y contra los secuestradores… porque él lo sabe todo sobre ella y confía en ella ¿verdad?. Así, salir con vida de la peluquería acaba por convertirse, ante todo, en una cuestión de confianza entre unos personajes que no parecen muy dispuestos a confiar… provocando, claro, que la trama se enrede hasta límites insospechados a priori.

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JuanMa Pina ha escrito una comedia que bebe directa o indirectamente de muchos referentes, desde las primeras películas de Almodovar o la icónica Perdona, Bonita; pero Lucas me quería a mí (Ayuso y Sabroso, 1996) hasta la parodia del género noir pasando por la revisión de lo que bien podría ser un sainete arnichesco traído a la actualidad. Todo ello metido en una coctelera, agitado y aderezado con una estética que pone en primer término la movida madrileña de los 80; y con una estructura narrativa decididamente cinematográfica que juga constantemente con técnicas como los flashbacks o pares de escenas gemelas, así como con metareferencias muy claras tanto a series de televisión icónicas de distintas épocas -desde Se ha escrito un Crimen hasta Breaking Bad– como al propio barrio de Malasaña en el que transcurre la función -conviene no olvidar que nació para escenificarse en una peluquería real-. Considerando que es una comedia sin otra pretensión que la de entretener y ‘desengrasar’ -qué necesarias son de tanto en tanto…-, sí hay que aplaudir en la escritura de Pina tanto la originalidad formal para contar la historia como lo bien dialogada que está en general; así como lo ocurrentes que resultan algunas situaciones disparatadas encadenadas, que sin embargo encajan muy bien en una historia que se nota que el autor tiene perfectamente controlada. También el dibujo de los personajes -sobre todo los dos principales, Gabriela y Fer- es muy acertado, y más teniendo en cuenta el tipo de comedia en el que nos movemos. Estamos pues ante una revisión de la comedia clásica pasada por muchos filtros; que por cierto elude -y esto es un valor- el situarse en la mera sitcom, para ir varios pasos más allá. Tiene el ritmo esperado, conecta con el espectador a través de una comedia -porque conectamos con los personajes, aunque sean diferentes a nosotros- y deja alguna frase para el recuerdo -ese momento en que la peluquera toma el control de la situación y advierte a la secuestradora que no puede salir huyendo de sus problemas en busca de nuevos problemas…-. Acaso el final me resulte un poco precipitado -más si tenemos en cuenta la capacidad de Pina para haber enredado la trama una y otra vez- y hubiese requerido mayor desarrollo; pero como comedia es original por forma y planteamiento, y haberla situado en las coordenadas espacio-temporales en que está me parece un acierto que casi convierte la comedia en una suerte de placer culpable.

En cuanto a la puesta en escena, supongo que no será fácil adaptar a un espacio tan grande como el Teatro Colón algo que nace en esencia para una peluquería; y más adelante al Off del Lara, lugares mucho más recogidos. Pina dirige su propio texto con ritmo, aprovechando el espacio al máximo -ha trasladado varias escenas a la platea-, y consciente de que la cosa tiene que tener ritmo trepidante, como la comedia que es. Quizás siento que algunas escenas -en particular las que transcurren en el sótano- darán más juego en cualquiera de los espacios originales que en un teatro al uso; pero es algo con lo que no se puede pelear a la hora de plantear la adaptación. Me gustó mucho el vestuario -que incluye toda una pléyade de pelucones, plataformas y toda una serie de elementos decididamente ochenteros, muy acordes con la situación y que despiertan la hilaridad de inmediato-; y lo bien hilados que están los cambios de vestuario y tiempo de los personajes, bien meditados pero sin que el ritmo de la trama se resienta nunca.

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Cuatro actores se reparten varios personajes -o el mismo personaje con saltos en el tiempo-. Resulta hasta cierto punto sorprendente encontrar a Miriam Díaz-Aroca encarnado a la peluquera Gabriela; primero porque Lavar, Marcar y Enterrar no es el tipo de comedia de gag al que nos tiene acostumbrados -este personaje es más árido y más negro dentro de lo cómico-, y me alegra que esté explorando nuevos territorios. Como cuando la vi hace un tiempo en Cien Metros Cuadrados, me sigue pareciendo una actriz que conoce bien los mecanismos de la comedia, los tempos, sabe cómo servir las réplicas sin caer en el chiste fácil, y construyendo el personaje desde la convicción -porque el personaje esta vez no va por ahí- y, sobre todo, es tremendamente resolutiva y conecta muy bien con el público. Creo que este tipo de papeles le convienen especialmente, porque le permiten explorar registros más amplios dentro de esa comedia en la que ya se mueve como la veterana del género que es. Pero quizá sea el Fer de Mario Alberto Díez el que se robe la atención, porque sabe atacar un personaje que es una curiosa mezcla entre la contención del hombre neurótico superado por las circunstancias y toda una colección de tics: haber enfocado a Fer desde el cliché de ‘la locaza’ hubiese sido lo más sencillo; pero abordarlo desde este enfoque todo contención resulta mucho más útil para provocar la comedia, sobre todo cuando -como es el caso- se cuenta con un actor que se maneja tan bien en este particular código del ‘todo para dentro’; aborda además un segundo personaje episódico muy diferente al del peluquero, que seguramente sea el que marca el puntal cómico de la representación, con otra composición física para enmarcar. Juan Caballero y Rebeca Plaza se encargan de la pareja de atracadores y saben integrarse en el delirio; y resuelven bien el hecho de tener que abordar muchas réplicas desde interno -desde el sótano-. También ellos tendrán ocasión de desdoblarse en personajes que nada tienen que ver con los principales.

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Manejar una comedia tan alocada como esta sin hacer que caiga en la mera astracanada -nunca cae- no es tarea fácil, aunque pueda parecerlo. Creo que esa es una de las mayores virtudes de una función de la que el público sale visiblemente feliz: el haber sabido tomarse la comedia en serio. Reconociendo el tipo de producto que es, hay que valorar muy positivamente tanto la factura, como el ritmo y el ingenio de la estructura y los diálogos; si bien sostengo que seguramente esta función resulte aún mejor en distancias más cortas y más íntimas -aquellas para las que se concibió inicialmente- que en la inmensidad de un teatro como el Colón. Con todo, como en la trama, todo se reduce a una cuestión de confianza: se nota que todos creen mucho en lo que están haciendo, y eso se refleja tanto en el buen resultado como en la conexión con el público. Hay comedia para rato.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Lavar, Marcar y Enterrar”, de JuanMa Pina. Con: Miriam Díaz-Aroca, Mario Alberto Díez, Juan Caballero y Rebeca Plaza. Dirección: JuanMa Pina. MONTGOMERY ENTERTAINMENT.

Teatro Colón, 4 de Agosto de 2016

‘El Cuello de la Jirafa’, o ¿hacia dónde mirar?

julio 29, 2016

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Cuando una compañía ha conseguido mantenerse durante tres décadas y tener una presencia fuera de Galicia y en el extranjero, algo debe tener. Matarile Teatro cumple 30 años de existencia, y tiene una importancia capital en la producción, promoción y difusión de las artes contemporáneas en Galicia, y pioneros gallegos en el mundo del posdrama. Todo ello está fuera de duda, y por eso tiene coherencia que la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia les haya dedicado un pequeño ciclo conmemorativo en su programación. En resumen, Matarile Teatro ha escrito una página del teatro gallego; una página que va más allá de lo puramente artístico.

Una vez admitido esto, y ante su último espectáculo El Cuello de la Jirafa, cabe sin embargo hacerse algunas preguntas hacia la particular forma de posdrama que trabaja Matarile. Un posdrama de carácter intelectual que podrá haber tenido interés hace años -no olvidemos que la compañía lleva tres décadas funcionando- pero que seguramente empiece a estar algo demodé a día de hoy, por más que el espectáculo mantenga algunas imágenes sugerentes -que las tiene-. Imágenes sugerentes, sí ¿pero qué hay más allá de esas imágenes que van y vienen?

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En el exterior de la iglesia, nos recibe un hombre que nos incita a reflexionar acerca de la relatividad de lo que vemos, y de las constelaciones; al mismo tiempo que una muchacha con una caperuza roja y claros signos de demencia recorre el espacio y se mezcla con nosotros. Avanzamos entonces a la iglesia. Una mesa en la que se sienta el público acota el espacio en forma de U, completado por una grada frontal. Durante casi dos horas, asistimos a un conjunto de citas y reflexiones sobre cartas astrales, el recuerdo, la memoria, la repetición de las cosas, la locura y la cordura, salpicadas por acciones performativas de diversas índoles… sin que todas estas cosas nos lleven en una dirección más o menos concreta que nos mueva a una reflexión. Quizá estos dos sean los mayores inconvenientes que le veo a este espectáculo de Matarile: por un lado, nunca sabemos hacia dónde mirar, cuál es la reflexión que quieren transmitirnos; y por otra parte es un tipo de teatro -incluso dentro del mundo del posdrama- que ya está muy visto, superado… hasta podríamos decir que anticuado. Ni engancha, ni sorprende, ni consigue conducirnos hacia una línea concreta de reflexión… y uno abandona el espectáculo con la sensación de haber asistido a una extraña miscelánea que no se sabe a dónde va ni de dónde viene.

Lo mejor de El Cuello de la Jirafa, más allá de momentos aislados de atractivo acierto estético, es la valía incuestionable de gran parte de su elenco -destaquemos tres presencias: la naturalidad casi campechana con la que Enrique Gavilán se dirige al público -ese profesor de universidad integrado en la propuesta y tan volcado en lo que hace tiene hasta algo de entrañable…-; la fuerte expresividad de María Roja, capaz de intimidar a los espectadores en un tú a tú en las distancias cortas con una mirada poderosa, y el espléndido trabajo expresivo-corporal de Mónica García-; y algunos momentos performativos que dejan alguna imagen interesante… incluso alguna ráfaga de ironía rescatable, por más que nunca mueva a la carcajada -seguramente tampoco lo busque-. Pero regresa una vez más la manía de introducir citas y citas de propios y extraños –Ana Vallés, en su línea…- que por momentos hacen que la línea entre ‘alta cultura’ y ‘pedantería’ se vuelva muy estrecha, algo que parece tener una cierta voluntad de instruir al público; y que personalmente a mí me distancia del conjunto.

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Por otro lado, dentro de la línea de integración del público de este teatro posdramático, Matarile mete la gamba de pleno al increpar como conejillos de indias a personas más o menos públicas -actores que asisten como público, colaboradores de la compañía…-; personas que saben que van a entrarles al trapo de lo que buscan. Esto hace que ese factor sorpresa desaparezca, que el espectáculo pierda enteros y que algo de la originalidad se difumine… Quiero decir: si la interacción y el factor cercanía con el público ha de ser una de las bazas de la propuesta; tiene poco sentido que el propio espectador vea con tanta claridad que los espectadores ‘confidentes’ están tan cuidadosamente seleccionados -posiblemente seleccionados sobre la marcha, sí; pero seleccionados al fin y al cabo-.

Diría también que dos horas es demasiado tiempo para un conjunto que se vuelve repetitivo -¿saben eso que digo siempre de lo bien que le va a algunas cosas durar una hora justa? Pues esta es sin duda una de esas veces-; y, para ser honestos, no creo que la una de la madrugada sea el momento más adecuado para programar este espectáculo, que requiere una concentración especial para su correcto seguimiento.

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A fin de cuentas, tras ver El Cuello de la Jirafa me quedo con la misma sensación de casi siempre que veo algo de Matarile: a nivel actoral, estético y de realización el espectáculo es interesante; pero los contenidos no enganchan -casi entraría en una valoración absolutamente personal y diría que no me interesan…- y creo que este tipo de posdrama ‘culto’ empieza a estar ya bastante superado, incluso a nivel de posdrama. Pero lo más importante: ¿hacia dónde quiere Matarile conducir la reflexión del espectador? ¿hacia dónde debemos mirar? ¿cuál es la temática base de la que parte el espectáculo? O algo más sencillo que decía una espectadora al abandonar el espectáculo y que da una idea del desconcierto: ¿por qué se titula El Cuello de la Jirafa? Hay imágenes, sí; y el talento que todos ponen al servicio del resultado está fuera de toda duda… pero personalmente no me transmite emoción de ningún tipo.

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Termino esta reseña como la empecé. No dudo y valoro muy positivamente el rol de Matarile Teatro en el sistema teatral gallego en todos estos años; pero creo que lo que hacen ya está de vuelta. Que es un teatro dirigido quizá a una minoría instruida muy concreta -porque la respuesta del público fue muy cálida-; pero que harían bien en renovarse con los tiempos. Porque lo que hacen moderno, lo que se dice moderno, ya no es; y el posdrama es algo que hace tiempo que no tiene por qué estar ligado a la ‘alta cultura’. No está de más evolucionar con los tiempos, sobre todo si se pretende la modernidad…

H. A.

Nota: 2/5

El Cuello de la Jirafa”. Dirección y creación: Ana Vallés. Con: Ana Vallés, Óscar Codesido, Enrique Gavilán, Baltasar Patiño, Mónica García y María Roja. MATARILE TEATRO.

XXXII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Igrexa da Magdalena), 24 de Julio de 2016

‘Eroski Paraíso’, o regreso al hogar

julio 27, 2016

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Espectáculo bilingüe (castellano/galllego)

Regresa Chévere a las tablas dos años después de recibir el Premio Nacional de Teatro, y lo hace con Eroski Paraíso una curiosa función de teatro documental, que nos habla de una memoria histórica particular y personal para revisar la memoria histórica de toda una generación; jugando además a un teatro ‘audiovisual’ enfocado sin embargo a un punto de vista que potencia lo puramente teatral y deja que sea el espectador quien integre la idea de nuevas tecnologías en un espectáculo de puro teatro. Más allá de la importancia de la compañía Chévere para el sistema teatral gallego, tiene una doble coherencia incluir Eroski Paraíso en la programación de la MIT de Ribadavia: porque explora otro prisma de memoria histórica -que es uno de los ejes de programación de este año- y porque, de alguna manera, hay en ella toda una temática de teatro audiovisual mirada desde la teatralidad más específica.

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Alexandra, 25 años y con un Master en Comunicación Audiovisual recién terminado en Barcelona, regresa a su casa en Muros para grabar un documental sobre cómo la Sala de fiestas Paraíso se acabó convirtiendo en un Eroski. En la sala Paraíso se conocieron sus padres Antonio y Eva, allá por 1989, y fruto de esa noche loca en la sala de fiestas nació Álex y se formó la familia. Hoy, 25 años después, la familia ha dejado atrás una vida en la emigración en Canarias. Eva -la madre- regresa a Muros para trabajar como pescadera en el Eroski que ahora se levanta en la antigua sala Paraíso mientras cuida de su padre, enfermo de Alzheimer; Antonio -el padre- vuelve para participar del documental; y Álex, en fin, regresa de Barcelona para grabar su documental, que es un homenaje a la memoria histórica de sus padres y una visión panorámica de toda una generación de gallegos, para entender la suya propia: una forma de reconstruir el pasado para entender el presente. La función muestra algunas de las jornadas de rodaje del documental de Álex -en un plató que reproduce el Eroski- con la inestimable colaboración de su familia: una ficción sobre la realidad de su pasado.

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El texto de esta propuesta nace a partir de un proceso documental con testimonios reales de toda esa generación de muradanos y muradanas que vivieron su juventud en esa sala de fiestas en los años 70 y 80. La memoria histórica de toda una generación de un pueblo configura los personajes de Antonio y Eva; que deben entenderse como un homenaje a todo un conjunto, a un pueblo. Es un espectáculo que aporta una mirada melancólica a un pasado más o menos reciente, a partir de dos personajes perfectamente reconocibles. Ocurre en Muros, pero podría ocurrir en tantos otros lugares, no solo de Galicia -esta historia encaja perfectamente en cualquier lugar con un puerto de mar, o con dos lenguas co-oficiales-. El texto de Manolo Cortés -resultante de un proceso de investigación en el que interviene toda la compañía- rehuye esta vez esa cierta comercialidad que tenían Citizen y Eurozone para realizar un ejercicio más camerístico, más íntimo y hasta diría que con mayor conciencia social. Un espectáculo puede que menos complejo en las formas; pero sin duda más arriesgado y comprometido de lo que eran aquellos. Tiene el acierto de construir una comedia en dos planos: por un lado una comedia local -porque explora prototipos de personajes muy reconocibles de la vida gallega, personas de la calle; de esos de los que todos conocemos un puñado…-; y por otro una comedia universal en la que entra la figura de la hija, que ayuda a leer el espectáculo no solo como una configuración de la memoria histórica de un pueblo -y a la necesidad de recurrir a la ficción para reproducir la realidad-, sino como un homenaje al sentido de la familia, al núcleo familiar. Es desde aquí desde donde se puede universalizar aquello de lo que nos habla Eroski Paraíso, porque siento que el homenaje a la unión de la familia tiene el mismo peso en la trama que la memoria histórica de un pueblo.

El espectáculo se apoya en un humor directo, de diálogos ágiles, rápidos y naturales; tal vez en ocasiones demasiado localistas, pero también aporta una mirada de melancolía amable hacia esa juventud ochentera, con números como el de Dirty Dancing -que se llevará de calle a cualquier público-. Pero la gran baza del espectáculo es la cercanía y lo vivos que están unos personajes que respiran, son auténticos, cercanos y naturales: quizá sea también por ello por lo que todos los espectadores conectan con esta familia, porque nos resultan seres ‘de casa’. Eva -la madre- representa a un prototipo de gallega que resulta inmediatamente reconocible, como esa matriarca esforzada que ha sacado a su familia adelante a base de esfuerzo, y que esconde dolor tras esa sonrisa cargada de supuesta ingenuidad; de la misma manera que Antonio es la perfecta figura del pater familias. A esto hay que sumar el factor emocional, representado tanto por el interés que suscita en la hija esa necesidad de buscar, entender y homenajear; como en la figura del abuelo, que incluso ahora que vaga en su mundo sigue siendo el motor en torno al cual gira toda la vida familiar. Así pues, desde la comicidad más directa y retranqueira, Cortés no renuncia -y esto es un acierto- a introducir aquí y allá pellizquitos de emoción que ayudan a entender toda la verdadera dimensión de lo que se nos está contando: un homenaje a la memoria y a la familia a través de la comedia.

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Partiendo de que la obra narra la grabación de un documental, podemos decir que la puesta en escena de Xesús Ron tiene dos grandes aciertos, más allá de la esperada agilidad que ya es marca de la casa. No esconde esa voluntad de grabación de documental -en escena vemos las cámaras, los micrófonos y todos los enseres de realización-, pero no usa el audiovisual: esto es, nunca vemos lo que se graba ni el resultado en imágenes del documental. En un tiempo en el que integrar lo audiovisual está tan en boga en el mundo del teatro, creo que esta técnica de ‘esconder’ o sugerir lo audiovisual cuando la trama habla tan claramente de ello es un acierto, porque potencia y pone de completo manifiesto el carácter teatral de la propuesta: aquí, lo audiovisual es sólo un hilo conductor; pero lo que nos importa es ante todo el sentido del teatro; lo fácil hubiese sido proyectar las imágenes, sugerir la grabación es, en este aspecto, casi una audacia. En este aspecto, también está muy bien plasmada la necesidad de recreación de realidad -Álex nunca esconde que necesita la ficción, que no sirve que sus padres sean ellos mismos, sino que quiere ‘que lo actúen’-: esta situación está usada de forma muy inteligente para potenciar la comedia; a la vez que ayuda decisivamente al público a entender la dimensión de los códigos en los que nos estamos moviendo. Otro acierto. Hay, a su vez, un cuidado extremo en la construcción y creación de los personajes principales que es una baza capital, algo con lo que supongo que Ron tendrá también mucho que ver. Acaso habría que revisar un epílogo -o, mejor dicho, un apéndice-, introducido una vez que ha concluido la representación, en un recurso de participación muy propio de los Chévere; pero que no termina de funcionarme donde está situado ahora… Debería reubicarse de alguna manera antes del desenlace.

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El elenco actoral es -como siempre en Chévere- otro de los motivos de que el espectáculo funcione como un mecanismo perfecto. Todos saben que están haciendo comedia, pero no parodia; y la hacen desde la ternura, desde el respeto, desde el amor hacia lo que (re)conocen, en el punto justo para no cargar las tintas. Comedia de personajes vivos, de verdad. En este sentido, la recreación de esa Eva tierna e ingenua de Patricia de Lorenzo se roba el espectáculo: es la reencarnación exacta de tantas y tantas mujeres que nos hemos cruzado en esta vida, y la transmutación -no puedo colocar otra palabra- de la actriz en personaje es el mejor homenaje que se les puede hacer a todas estas mujeres luchadoras. Cuesta contar en palabras la conversión que alcanza la actriz para encarnar lo cotidiano. Se mueve en la comedia, pero sabe sacar oro de un puntual momento dramático -que creo que debería estar más desarrollado- que sirve para entender el personaje en toda su dimensión. Su comunión con Miguel de Lira -con toda seguridad el mejor actor gallego de comedia del momento- es absoluta, la química de la pareja es evidente y ambos dejan escenas de verdadero realismo costumbrista que se meten al público en el bolsillo: porque actúan desde la verdad sabiendo quedarse a un centímetro de la parodia… Si se hubiesen tirado hacia la parodia, la catástrofe podría mascarse; pero como saben de qué están hablando, por fortuna no lo hacen. En fin, Cristina Iglesias se integra perfectamente en el conjunto en un papel de doble dificultad: porque Álex es el motor que impulsa la acción, y porque ella debe llevar el contrapunto más serio, y hasta podríamos decir que más ‘realista’ en una función que parte fundamentalmente de la comedia; en Iglesias vemos no solamente una perfecta capacidad de adaptación a las técnicas de una compañía ya constituida y consolidada, sino también una frescura en la exposición del personaje que anuncia sin duda grandes cosas de cara al futuro. También la figura del abuelo -silente, pero con la papeleta de tener que ‘recibir’ cuanto sucede a su alrededor- está perfectamente integrada en la trama, y es una presencia fundamental para captar la dimensión de la historia en toda su extensión.

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En fin, una historia radicalmente distinta a otros proyectos de Chévere; seguramente más sencilla en las formas pero creo que más ambiciosa en contenido que sus antecesoras. Una obra que parte de lo local hacia lo universal, y de lo histórico a lo familiar; y, por tanto, una obra que se puede leer y entender desde muchos prismas. A fin de cuentas, es una función en la que todos regresan al hogar: no solamente los personajes, sino también la propia compañía; que recupera con esta propuesta gran parte del sabor de construcción de la identidad histórica que ya estaba presente en sus obras de hace unos años. Volver aquí ahora que han alcanzado el éxito nacional es una decisión quizás difícil; pero también creo que es una decisión valiente.

H. A.

Nota: 4/5

Eroski Paraíso”, creación colectiva de Chévere. Con: Patricia de Lorenzo, Miguel de Lira, Cristina Iglesias, Fidel Vázquez y Luis Martínez. Texto: Manolo Cortés. Dirección: Xesús Ron. CHÉVERE.

XXXII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo), 24 de Julio de 2016

‘La Gaviota’, o de la energía y el margen de error

julio 26, 2016

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Espectáculo en lituano

Cuando en Octubre de 2015 esta Gaviota que dirige Oskaras Korsunovas se presentó en el festival Una Mirada al Mundo del Centro Dramático Nacional en Madrid se encendió la polémica debido a problemas técnicos de sonido que obligaron a detener la representación. No la pude ver entonces, pero ahora la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia ha recuperado este espectáculo del Teatro Municipal de Vilna. Curiosamente esta vez no hubo de detenerse la función; pero hay que reconocer que ocurrieron algunas -muchas- cosas inesperadas, en una representación marcada por una lectura que rebosa energía por los poros y que se saldó con un éxito importantísimo de público. Pero pasaron cosas ‘fuera de guion’, y surge entonces mi primera gran duda ¿hay alguna representación de esta Gaviota en la que no ocurra algo que haga saltar los pilotos automáticos?

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La Gaviota es uno de los textos más representados de la historia del teatro universal. Creo que no hay temporada en la que no vea una versión de la obra, y he visto acercamientos de todas clases: desde clásicos -que sitúan la obra en el seno de esa burguesía decadente y decimonónica que planteaba Chéjov- hasta plenamente contemporáneos -que optan por universalizar el conflicto y extremar los sentimientos de los personajes-. Pocas cosas nuevas se pueden hacer ya con La Gaviota que no se hayan visto anteriormente. Además, los dos grandes ejes que articulan la trama argumental -el de las pasiones no correspondidas de todos los personajes hacia otros, como un círculo vicioso por una parte; y la lucha entre la literatura clásica de Trigorin y las nuevas formas que busca Treplev por otra- hacen que a menudo haya que tomar decisiones para equilibrar el que será el núcleo central de la pieza. Quizá sea esta decisión la que más vaya influir en la idea de un montaje; pero, en cualquier caso, apoyarse en los presupuestos estéticos de ‘lo que buscaba Chéjov’ es algo que ya está perfectamente superado: defender que algo es ‘muy chéjoviano’ o ‘poco chéjoviano’ carece de toda importancia; porque Chéjov -tanto en La Gaviota como en otras obras- habla de afectos y sentimientos totalmente extrapolables y universales.

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Oskaras Korsunovas -en una producción que nace en 2014 a modo de laboratorio- sitúa a los personajes en un espacio atemporal, diáfano y cerrado; observando la acción sentados en sillas laterales, observando la acción en aquellas escenas en las que no aparecen, y reaccionando activamente a estas escenas: esto es, los personajes no sólo esperan su turno, sino que son parte activa -aunque sea indirectamente- en toda la representación. En el centro, con apenas unos pocos elementos dispuestos a modo de escenografía, la acción transcurre con una intensidad creciente, a veces casi desaforada. Encontrar un elenco de diez actores que trabaje en estos niveles de verdad casi excesiva -piensen, por ejemplo, en un montaje de Daniel Veronese, multipliquen esa energía por 20 y tendrán la energía que se desprende aquí- es indudablemente atractivo al menos a primera vista. Todo en este montaje desprende una energía contagiosa y arrolladora; y el montaje tiene algunas ideas interesantes: la obra de Treplev -planteada como un ejercicio de posdrama- queda visualmente atractiva, y ayuda a entender la perplejidad que causan esas ‘nuevas formas’ en el resto de los personajes; Treplev dispara a una gaviota de papel ante Nina en la escena troncal de la función -recordemos que habitualmente Treplev se presenta ante Nina con la gaviota ya muerta-; de la misma manera que la pataleta de Arkadina para evitar perder a Trigorin está instalada en unos modos teatrales impostados, muy de primera actriz y muy propios por tanto a la naturaleza del personaje. También el hecho de que los personajes rompan la cuarta pared varias veces para dirigirse directamente al público a modo de confidente puede tener un valor dramatúrgicamente interesante, por más que no sea la primera vez que veo tal opción en esta obra.

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Ahora bien. Por un lado, no hay prácticamente nada en la Gaviota de Korsunovas que no haya visto antes en otras Gaviotas -la disposición de los personajes en sillas, o el dirigirse al público ya estaban, por ejemplo, en la versión de Adan Black en su escuela, el pasado año en Madrid-; y, por otro, siento que Korsunovas pone toda esta energía del montaje sobre el escenario, a flor de piel, con el corazón en la boca… pero sin dirigirla a ningún lugar concreto, sin ningún fin. Pierde Korsunovas hermosas oportunidades de subrayar especialmente las relaciones emocionales entre los personajes -y es que todo está siempre tan arriba, incluso en los momentos de mayor intimidad…-, de la misma manera que el montaje va más dirigido al conjunto que al detalle: no es fácil que los actores mantengan esa energía durante las tres horas del espectáculo; pero algún momento de relax, de contención, de calma, hubiera venido bien tanto a un espectador que puede terminar saturado como a una obra cuyas intenciones a veces quedan apenas subrayadas, en favor de un diseño de personajes sufrientes que siempre expresan su sufrimiento a través de lo desaforado: se puede llorar sin lloriquear, se puede gritar de desesperación sin que se caiga la baba… El gusto por el detalle no tiene por qué ser menos expresivo que la grandeza de unos sentimientos que constantemente explotan. En este aspecto, la mayoría de las pasiones amorosas que fluyen entre los personajes quedan apenas esbozadas: cuando Nina regresa y Treplev le pide literalmente a gritos que no se vaya, uno no es capaz de entender de dónde nace esa pasión; porque siento que la relación no está lo suficientemente construida sobre el escenario…

Esta falta de atención al detalle -sobre todo a todo lo que no es lo actoral- se pone patente en dos aspectos que emborronan la puesta en escena: la iluminación parte de un juego de luces que manipulan los propios actores y cuyo significado dramatúrgico nunca conseguí entender -atractivo desde luego no es…- e incluye unas proyecciones bastante feas que se proyectan sin ton ni son en una pantalla trasera: tiene gracia durante la obra de Treplev, pero el juego de rojos que surge en la escena en la que Treplev mata la gaviota es un símbolo tan evidente -el disparo, la muerte, la sangre, el rojo…- que sobra a todas luces. Tampoco la música aleatoria -y no me refiero a la que retumbaba en el castillo, procedente de las fiestas del pueblo de al lado- ayuda demasiado al resultado, básicamente porque no aporta nada.

Llegados a este punto, me gustaría puntualizar algo: vi la función en primera fila, y en esta posición todo este exceso se magnifica hasta llegar a estresar. Además, de la misma manera que en Madrid hubo problemas técnicos; en Ribadavia la compañía también tuvo que enfrentarse a imprevistos inesperados no siempre solventados que a veces fueron en contra del sentido mismo del drama, al menos en una distancia tan corta como en la que yo me medía con ellos: objetos que caen del escenario fuera de control -una botella estallada saltó y llegó a golpearme en el pie; pero además hubo periódicos y otros objetos que acabaron fuera del espacio escénico dentro de ataques de ira de los personajes, la punta del zapato de Trigorin abierta en un momento de seducción a Nina…- fueron la tónica de la representación. Pero entonces llegó el cuarto acto, y una serie de catastróficas desdichas se fue sucediendo a la vez que el drama avanzaba inexorable hacia su final: un sofá colocado en primer término se venció cuando Medevenko trataba de sentarse: entonces la actriz que interpretaba a Masha intentó montarlo de nuevo… pero fue en vano, porque al ir a tumbar a Sorin el sofá terminó de desplomarse, dejando una imagen entre cómica y grotesca en primer término del escenario- Gajes del oficio, la magia del directo… Con esta imagen del sofá hecho pedazos ocurriría el desenlace… Pero la situación acabó de desmadrarse cuando a Nina, que llega de su ausencia para pronunciar su capital monólogo se le rompió el tacón, potenciando lo grotesco del momento en el que, sinceramente, a mí me resultó complicado centrarme en el drama ante esa sensación de que ya nada más podía pasar… Es una pena decirlo, pero a pesar de que es una de mis escenas favoritas del repertorio teatral, toda esta serie de imprevistos me alejaron emocionalmente sin poder evitarlo: y miren que me gusta esta escena.

Y aquí repito mi duda existencial sobre este montaje: ¿ocurren cosas fuera de lo previsto en todas las funciones de esta Gaviota? ¿Esta sensación de energía fuera de control -que, desde luego, a mí no me funciona- es algo buscado por Korsunovas? ¿quieren descolocar al público en este ambiente o simplemente son descuidos los que producen toda esta serie de errores de brocha gorda? Probablemente nunca lo sabremos, pero me resulta imposible abstraerme de todo lo que vi fuera de control -sumando el caos que sé que hubo en Madrid- para emitir un juicio sobre este montaje que, como mínimo, descoloca. De acuerdo que esta producción nació como un proceso de laboratorio, pero ha transcurrido el suficiente tiempo desde su estreno como para que las cosas se estabilicen. ¿Es Korsunovas un genio de la provocación consciente o un creador que no atiende al detalle, provocando pequeños accidentes cada noche? Posiblemente, la respuesta que cada uno encuentre a estas preguntas sea clave para decidir el grado de conexión con esta propuesta.

Los actores, situados en esta línea de energía, hacen un trabajo extenuante, y muy a valorar. El Treplev de Martynkas Nedzinskas es una olla a presión a punto deestallar constantemente: hay que valorar el esfuerzo del actor, un puro derroche de energía y en este sentido es un actor mayúsuclo; pero el personaje pierde fuerza si ya parte de este grado de intensidad. Cuesta valorar debidamente a la Nina de Gelminé Glemzaite, fundamentalmente porque enfrentó su escena final capital en una atmósfera en la que, como ya he dicho, me estaba resultando imposible concentrarme en el drama…  Seguramente los mejores del elenco sean la Arkadina de Nelé Savicenko , con el punto de neurosis del personaje muy bien medido y algunos de los momentos más estimulantes del montaje -en sus encuentros con Trigorin y Treplev está para enmarcar-; el Trigorin -aquí un ídolo gafapasta, muy oportuno- de Darius Gumauskas, por el equilibrio que alcanza entre el gafapasta pedante y el ser pusilánime que es; la Masha de Rasa Samuolyte, por la atención al detalle que hay en su actuación, por ser la que más y mejor expone momentos de contención -ojalá todos transitasen por la senda por la que camina ella-, y, por supuesto, por el aplomo a la hora de intentar arreglar la situación cuando el sofá decidió despedazarse, aunque no lo consiguiese…; e incluso la Polina de Airida Guintautaute, que aprovecha cada momento que el montaje le deja para destacar. Todos los demás están bien -el elenco actoral me parece notable-, una vez que asumimos los códigos en los que están trabajando: unos códigos que se podrán compartir más o menos.

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Exitazo incuestionable de público para un montaje que desprende energía desbordante por los poros, con algunos momentos de buen teatro y un reparto poderoso; pero que creo que deja pasar una oportunidad de oro para centrarse en el detalle, sin tener por ello que perder esa intensidad que es -según parece- marca de la casa. Y, personalmente, creo que peca de ser un montaje algo sucio en la realización, con un ‘margen de error’ demasiado abierto, como muestran los incidentes inesperados que ocurrieron aquí y en otras funciones… Qué quieren que les diga: el teatro es y debe ser algo vivo; pero tener las emociones, los hechos y las situaciones que suceden en escena bajo control me parece también algo importante. Cuando uno piensa más en qué va a ser lo siguiente que va a fallar que en otras cosas -sobre todo cuando esas otras cosas son el capital monólogo de Nina- quizá es que algo no está yendo del todo bien.

H. A.

Nota: 3/5

La Gaviota”, de Anton Chéjov. Con: Martynas Nedzinskas, Gelminė Glemžaitė, Nelė Savičenko, Rasa Samuolytė, Airida Gintautaitė, Darius Meškauskas, Vytautas Anužis, Dainius Gavenonis y Giedrius Savickas. Dirección: Oskaras Korsunovas. OKT / VILNIAUS MIESTO TEATRAS.

XXXII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo), 23 de Julio de 2016

‘Don Quixote: Unha Comedia Gastronómica’, o recursos naturales

julio 25, 2016

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Espectáculo en gallego

Mereció la pena acercarse a San Cristovo un sábado por la mañana para ver una función que lleva años y años en la carretera sita esta vez en un entorno particularísimo y probablemente irrepetible: teatro en medio de un monte, con el río al fondo, en plena naturaleza y sin otra iluminación que la del sol. Cuando uno llega al espacio lo primero que se le pasa la cabeza es: “¿Pero esto va a ser aquí? Pues sí, efectivamente, lo crean o no, fue ahí, en plena naturaleza gallega donde se ofreció Don Quixote: unha Comedia Gastronómica, un pequeño divertimento de 55 minutos de duración adaptable a diversos espacios y con diversos formatos, que además incluye cocina en directo. Y, esta vez; como digo, todo tuvo lugar en un entorno incomparable -y hasta podríamos decir que delicisosamente antiteatral… o no-: el medio y medio del monte -lo que nosotros los gallegos llamaríamos una corredoira– en plenos recursos naturales… Unos recursos naturales tan seguros como los que demostró Fran Núñez.

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Alonso, cocinero, prepara en directo un plato fundamental en la línea argumental del Quijote: el potaje de vigilia. Ya saben, con sus garbanzos, su cebolla, sus espinacas, su tomate… y, en fin, todo lo que lleva un buen potaje. Mientras prepara el plato, va intercalando historias sacadas del Quijote ofrecidas al público en un tú a tú desde la comicidad, sin otros elementos para recrear las historias que los propios enseres de cocina. Así, el Caballero de la Triste Figura está figurado con cubertería, un pan representa a Sancho Panza y un repollo a Aldonza/Dulcinea. A través de estos elementos, recorremos conquistas, batalllas, victorias, quimeras y desengaños de Alonso Quijano en algunos de los episodios más célebres de la novela cervantina, pasados por el filtro de lo cómico-culinario.

En un espectáculo ágil y de estructura abierta -con varias versiones adaptables a públicos y situaciones-, Fran Núñez hace gala no sólo de dotes culinarias, sino también de recursos para dar y tomar en una propuesta que tiene en esa capacidad de improvisación constante -no olvidemos que se trata de un todo abierto y modificable- una de sus principales señas de identidad; y que lleva por bandera la comunicación directa con el público.

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En un sencillo espacio de cocina, Fran Núñez supo rizar el rizo y demostrar una tranquilidad a prueba de bombas: calor, puro monte, una pequeña cocina y hasta una abeja que decidió ejercer de estrella invitada de la representación, revoloteando constantemente los fogones del actor sin que el espectáculo jamás se detuviese. Núñez hubo de tirar de sus recursos naturales para sacar adelante esta función que tiraba de recursos naturales para construir un entorno. Fue este entorno el encargado de constituir un verdadero plus para esta función irrepetible, tan sencilla como llena de encanto; y en la que pasaron cosas únicas provocadas por el entorno. Cosas seguramente no previstas por la dirección de Nuria Guillón, ni por la dramaturgia original de Sergio Macías; pero cosas capaces de mostrar que Fran Núñez es un actor con un completo dominio de la narrativa oral y el humor cocinado en directo; así como un tipo con esa capacidad de saber cómo tirar del carro con naturalidad -o naturaleza- total pase lo que pase. Además de un estupendo chef.

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Una propuesta distinta, distendida, entretenida como debe ser todo divertimento; y que se ofreció esta vez en un entorno tan impropio del teatro como para fascinante para hacer que todos los que estuvimos ahí, en el medio de la nada entre el río y los matorrales jugando con este breve juguete cómico recordemos esta función como algo especial, en lo que podemos considerar una doble cuestión de recursos naturales: del entorno -seguramente irrepetible e impensable- y del actor.

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Seguramente esto también funcione en un teatro -es el típico espectáculo del que es imposible que salgan dos funciones iguales-; pero no me negarán que verlo en el medo del campo, con la colaboración especial de una simpática avispita tiene un plus que juega a favor de algo que se vuelve -aún más- original, y hace del todo algo de un exotismo francamente irrepetible. Creo que la disfruté más en este entorno de lo que lo hubiera hecho en un espacio convencional.

H. A.

Nota: 3/5

Don Quixote, unha comedia gastronómica”, de Sergio Macías a partir del Quijote de Miguel de Cervantes. Con: Fran Núñez. Dirección: Nuria Guillón y Fran Núñez. LIMIAR TEATRO,

XXXII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Campo da Festa de San Cristovo), 23 de Julio de 2016

‘Don Juan (Memoria Amarga de Mí)’, o burlados por la magia del teatro

julio 24, 2016

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Manteniendo su particular gusto por mostrar siempre nuevos lenguajes teatrales, la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia presentó Don Juan (Memoria Amarga de Mí), un espectáculo unipersonal de la compañía catalana Pelmànec que lleva varios años girando con éxito en el que el actor no sólo aborda un personaje dentro de la narración, sino que además comparte espacio con tres títeres de tamaño natural que dialogan directamente con él también como personajes; y que él mismo manipula. Así pues, una propuesta que va más allá del mero teatro de títeres para mostrar a títere y actor como personajes, dialogando y moviéndose en el mismo código.

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Fray Luis acoge en su convento a un Don Juan Tenorio en sus últimos días, decrépito y lejos de su esplendor. Encarga su cuidado a Jacobo, un monje de la congregación que acepta pese a la reticencia inicial: ante la vida disoluta de Don Juan le parece impropio dejar que tal monstruo entre en el convento. A través de sucesivas conversaciones con Don Juan, Jacobo empezará a ver cómo sus principios se tambalean; a la vez que el Tenorio debe enfrentarse a los fantasmas de las mujeres que burló. Así, durante un tiempo uno y otro han de enfrentar sus miedos, sus fantasmas y ver que tal vez estén más cerca de lo que ellos pensaban. Además, la presencia de Don Juan en el convento en sus últimos días, dista de ser casual…

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El texto de Paco Bernal y Miquel Gallardo parte de datos y momentos de casi todos los mitos de Don Juan que existen -con especial atención a los de Molière, Zorrilla y Tirso de Molina, muy presentes-, para crear un todo nuevo, que examine sobre todo la figura global del Tenorio y su contexto desde una situación de ficción. Seguramente, revisar el Tenorio a través de un texto nuevo no se nada que no se haya hecho antes -ahí está por ejemplo La Sombra del Tenorio, de Sanchis Sinisterra-; y en este sentido el texto mismo es la principal debilidad del espectáculo. Porque tarda un mundo en arrancar, y porque rara vez pasa de lo anecdótico; alcanzando de hecho sus más emocionantes momentos cuando resuenan los versos de Zorrilla-. Es cierto que el texto va in crescendo; como también es cierto que no deja de ser una excusa para el espectáculo mismo, y que no aporta nada nuevo sobre el mito del Don Juan: se deja ver, se deja escuchar y arranca alguna carcajada aquí y allá, pero en términos dramatúrgicos me parece en general endeble, siempre a pesar de que termina mejor de lo que empieza.

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Pero el verdadero espectáculo, ese que justifica la visión de Don Juan (Memoria Amarga de Mí) es el descomunal tour de force que se marca Miquel Gallardo en su doble función de personaje y manipulador de las tres marionetas que se entrelazan con Jacobo. Su trabajo -durísimo desde el punto de vista actoral e impecable en técnica- es descomunal: porque consigue dotar de personalidad propia a cada una de las marionetas -su dominio del arte del ventrílocuo es excelente-, integrarse perfectamente con ellas en la acción como actor y conseguir que olvidemos que esas tres marionetas que hay en escena dependen de él. Una vez que hemos reparado en la dificultad extrema de lo que hace -y esto apenas nos lleva unos minutos- se produce el milagro: ya solamente vemos personajes y solo le vemos como Jacobo, olvidando que él es el encargado de dar vida y voz a todos sus compañeros títeres. Uno sólo mira a Jacobo personaje y a la marioneta que se interrelaciona con él, olvidando al Miquel Gallardo manipulador. Vamos, que de algún modo conseguimos creer que las marionetas son también actores con vida propia, como Gallardo. Sucede la magia del teatro -incluso llegamos a pensar que las marionetas nos miran, que gesticulan, cuando en realidad su expresión nunca cambia…- y esa es la gran clave de esta función: en cuanto vemos a todos los personajes -actores y títeres- en una única dimensión, en el mismo rumbo; y olvidamos de cuajo que todo lo que sucede en escena depende solamente de Gallardo, nos damos cuenta de que estamos viendo un ejercicio de gran teatro. El formidable trabajo de Gallardo -que no sólo tiene la valentía de afrontar él solo un montaje de carácter multidiscplinar que le exige ser sobresaliente en todo- se pone aún más de manifiesto cuando no pensamos en ello mientras vemos la función, sino solo al salir de ella. La sola idea de conseguir entrar en el juego de integración de dos disciplinas -el teatro de actor y los títeres- es ya un triunfo, y admirar el trabajo de Miquel Gallardo ya convierte la propuesta en algo de peso, en un espectáculo teatral que hay que ver. Porque de alguna manera, lo que logra Gallardo nos burla, nos engaña y nos seduce cual si de conquista de Don Juan se tratase, haciendo que entremos sin problema alguno en la magia del teatro hace su efecto.

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Por si todo lo que consigue no fuese suficiente añadamos la dificultad añadida -y solventada- de presentar un espectáculo de títeres a tamaño real en un auditorio al aire libre, y en una de las jornadas más ventosas de la semana -casi diría que en la única-. Doble carambola pues.

La puesta en escena es de María Castillo en general sencilla, para ayudar a que la presencia de los títeres luzcan lo mejor posible. Tal vez sea cierto que en algunos elementos se empiece a notar que esto lleva ya muchos años en la carretera, pero cumple perfectamente con su función. Dentro de todo, sí quisiera señalar un acierto especialmente logrado -ese conejo que Jacobo mata para comer y que deja un reguero de sangre a la vista del público, en un gran efecto de teatro- y algo que no me termina de funcionar -las proyecciones de las caras de las amantes de Don Juan, creo que proyectarlas es, hasta cierto punto, redundante-. A pesar de todo, creo que la puesta cumple con su objetivo primordial, que es el de facilitar las cosas a Gallardo -que ya bastante complicado lo tiene- y hacer que su trabajo brille debidamente.

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En fin, un unipersonal muy bien realizado; que consigue crear la magia de la ilusión y posiblemente sea uno de los espectáculos mejor ejecutados que haya visto en su género. El texto es casi una excusa -si, además de todo, el tuviese un calado por sí solo, podríamos estar hablando de algo muy importante…- pero el espectáculo teatral y el despliegue técnico de Miquel Gallardo es de los de primer nivel. Muy agradable de ver, y teatro en estado puro.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Don Juan (Memoria Amarga de Mí)”, de Paco Bernal y Miquel Gallardo. Dirección: María Castillo. COMPANYA PELMÀNEC.

XXXII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Auditorio do Castelo), 22 de Julio de 2016

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