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‘Yogur| Piano’, o vaciarse

septiembre 23, 2016

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Y  aunque tú te olvides de mi, aunque no le des importancia a esto que ves, yo te voy a

seguir recordando, porque yo ya te he soñado. Yo ya te había visto realmente. Y tú, ahora

que me has visto, ¿qué imagen tienes de mi?”

***

Desde su estreno en Marzo del presente año en el pequeño Espacio Labruc, Yogur|Piano se ha convertido en una de las sensaciones del año en el Off madrileño, con constantes prórrogas y entradas agotadas cada semana. Muchos la definen como una experiencia más que como una obra teatral en sí misma; pero creo que sencillamente una cosa no está reñida con la otra: en Yogur|Piano encontramos una interesante propuesta que aúna diversos lenguajes y que tiene ese algo especial para poder llegar a convertirse en una experiencia personal, que confrontará y removerá individualmente a cada espectador. Y, sobre todo, un espectáculo realizado desde la honestidad, que tiene la virtud -tan infrecuente como importante- de lograr que cada uno de los espectadores salgamos sintiéndonos más especiales y más individuales que cuando entramos. Fortalecidos después de ser invitados por los personajes/actores a vaciarnos de nuestras cargas, tal y como ellos se vacían de las suyas.

Yogur|Piano es una propuesta de corte decididamente experimental, que nace a partir de una dramaturgia del también actor Gon Ramos generada durante el proceso de ensayos. Entiendo por tanto que todos los actores habrán intervenido decisivamente en su creación. Y ahí radica una de las claves del éxito de esta obra: sin renunciar a contenido filosófico más o menos encubierto, Yogur|Piano pone sobre la mesa de una manera poética problemáticas de lo cotidiano, problemáticas del día a día, de lo cercano; nos hace enfrentarnos con sensaciones y situaciones en las que nos hemos visto, hemos vivido o vamos a vivir. Yogur|Piano emplea un lenguaje narrativo circular, fragmentario, onírico y lisérgico como única salida para enfrentar lo normal. Habla de ellos pero también de todos nosotros, de la necesidad de pertenencia a un grupo, de la necesidad de aceptación, de la búsqueda desesperada de una identidad que nos defina como seres humanos. Y de esa sensación de vacío a la que todos nos enfrentamos alguna que otra vez en la vida. Yogur|Piano propone al espectador una fiesta de los sentidos y las sensaciones en la que dejar nuestras cargas en el teatro, y salir de él vaciados, renovados para enfrentar un nuevo ciclo de vida; como si se tratase de hurgar en nuestra oscuridad para viajar hacia nuestra luz.

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Una fiesta de cumpleaños en una discoteca. Diversos invitados van llegando -algunos no saben muy bien por qué están allí ni recuerdan bien de qué conocen al homenajeado- mientras que el anfitrión no termina de aparecer. En la oscuridad de la discoteca y ante el ruido del musicón, los invitados intentan fingirse felices, desinhibirse, integrarse en la masa. Parecer normales, sentir que pertenecen a algo. Entre conversaciones entrecortadas y aparentemente -solo aparentemente- banales, nuestros personajes intentan a duras penas socializar, sin llegar verdaderamente a conseguirlo, porque hay algo -casi como una fuerza superior- que impide no sólo la comunicación entre ellos, sino también el entendimiento; pero algo nos recuerda que la imagen que proyectan al exterior poco tiene que ver con lo que ocurre dentro de ellos realmente: sus voces interiores nos demuestran que cada uno de ellos tiene su propio drama, y que todos están realmente muy lejos de ese ambiente festivo y desinhibido que quieren aparentar. Aunque todos se esfuerzan por esconder esa ansiedad interna, esta acaba por salir sin remedio -esa chica que grita desesperada como si no pudiese más pidiendo silencio en medio de la discoteca…-; y, de alguna manera, recordamos que todo lo que sube baja, que la coraza no nos protege por mucho tiempo. Y mientras esto sucede, mientras la comunicación útil no se producen, mientras los personajes luchan por ganar en el mundo de la apariencia, y mientras el público observa sin ser visto en la grada, el anfitrión que los personajes esperan sigue sin aparecer…

Sucede entonces un salto en la esfera narrativa: los acordes del Dido’s Lament dan paso a un nuevo mundo, un universo decididamente poético y con mucho de onírico en el que el público ve, ellos nos ven; y en el que por un momento cada personaje va vaciando ante nosotros sus verdaderos miedos, sus verdaderos huecos emocionales, sus vacíos… en una suerte de sesión terapéutica donde cada uno de ellos nos entrega lo más íntimo de su ser; invitándonos a implicarnos, a reflexionar con ellos, y a extrapolar su experiencia con las nuestras propias, desde nuestra esfera de intimidad silente. Es ahí cuando estalla la catarsis. Como todo es circular en esta obra, la función termina con una escena circular en el que el grado de intimidad público-actor se estrecha de manera individual, como si cada uno de nosotros fuésemos invitados a vaciarnos con ellos después de haber escuchado sus miedos, sus sueños y sus anhelos. Y, después, la nada… O tal vez un nuevo comienzo. Quizás la oportunidad de empezar de cero sin todo lo que nos hemos dejado ahí dentro, desprendidos de la carga que nos sobraba.

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Tiene Yogur|Piano algo mágico, algo de sensorial, algo de experiencia individual que -sin que el público tenga que participar activamente- seguramente moverá esferas muy íntimas de cada espectador. Y esa es sin duda una virtud; puede que su gran virtud. La dramaturgia de Gon Ramos seguramente no habrá descubierto la pólvora -vamos, que esto no es novedoso ni seguramente lo pretende-; pero sin embargo sí ha sido capaz de hablar de temas densos desde lo cercano, sin caer nunca en la pedantería ni en lo pretencioso -es difícil integrar lo filosófico y lo teórico en lo cotidiano, y aquí está plenamente conseguido-; y sobre todo encontrar un hermoso equilibrio entre lo poético y lo cotidiano. Hay además imágenes y mensajes muy potentes -esa madre intentando aligerar mediante el boxeo la tensión por la enfermedad de su bebé, que de alguna manera llama directamente al recuerdo de Liberto, de Gemma Brió; esa chica desesperada porque la miremos, por significar algo para alguien, y por encontrar la razón de su existencia; o la secuencia final, tour de force de intensidad para actores y público que culmina con la interpretación por parte de todos los actores en un único piano del tema “Yogur Piano”, de Sigur Ros, mientras nos recuperamos de la intensa escena anterior -créanme que se necesita-.

Entre todas esas virtudes -que no son pocas-, también encuentro no obstante algún aspecto susceptible de mejora. La inclusión del “When I am laid in Earth”, de Dido&Aeneas como paso de un mundo al otro, no termina de funcionarme: primero porque es un tema recurrente que ha sonado en tantas y tantas obras de teatro; y después porque si contamos con un contratenor para interpretarla -Jos Ronda- la elección es musicológicamente incorrecta -no olvidemos que Purcell escribe esta ópera para un colegio de señoritas…-. Dado el mensaje que se quiere transmitir, me atrevería a sugerir cambiar este momento musical por alguno de los ayres de John Dowland –”In darkness let me dwell”, por ejemplo: el mensaje es en mismo, pero se gana en originalidad y rigor musicológico-. En otro orden de cosas, creo que la escena de la confrontación con el público comienza como una experiencia intensísima, pero -en este caso concreto- siento que la repetición le resta intensidad: a riesgo de perder la circularidad de la escena -y aún siendo lo circular algo tan importante en esta obra- encuentro que la escena ganaría si el ‘tú a tú’ sólo se produjese una vez con cada espectador.

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La puesta en escena que firma Gon Ramos ha sabido sacar partido a un espacio como el de Labruc que puede resultar ingrato a primera vista, y convertir la cercanía casi impúdica con el público en algo fundamental para la propuesta: integrar al público sin resultar invasivo también me parece un gancho fundamental en el éxito incuestionable de la propuesta. No quiero pasar por alto un detalle: podríamos tachar erróneamente a esta obra de ‘teatro moderno’. Que lo sea o no es casi lo de menos; lo que honra a esta puesta en escena es que navega y mantiene la esencia misma del teatro. Podrá ser compleja en lo formal y lo narrativo y tiene un exigente y amplio componente físico; pero rehuye decididamente algunos lugares comunes que aparecen hasta la saciedad en este tipo de propuestas: aquí no hay ni micrófonos -cada vez más frecuentes en el teatro- ni desnudos que no significan nada, ni bucles de relleno para hacer ‘bonito’ ni otras cosas trillada que uno podría esperar encontrar en este tipo de teatro. Se nota -y se agradece- la voluntad clara de hacer teatro de hoy y para hoy, pero escapando del artificio; y esta es una de las grandes bazas de la puesta en escena. 

Nada que objetar a la entrega absoluta del elenco artístico. Se revelan como artistas multidisciplinares, y realizan un trabajo sincero; sin miedo como digo a trabajar con todos y cada uno de los asistentes. Son Itziar Cabello -muy logrado su estallido en la discoteca- Marta Matute -que se encarga de uno de los momentos más escalofriantes del montaje con los guantes de boxeo- Nora Gehring -que me arañó hasta el dolor con su monólogo; y fue la primera en encargarse de mí en esa secuencia final individual, regalándome una larga mirada en silencio casi terapéutico que me ayudó sin saberlo a crecer como persona- Daniel Jumillas -magnético en uno de los momentos de mayor pulsión poética del montaje- Gon Ramos -que además de escribir y dirigir ha tenido la capacidad de integrarse- y Jos Ronda -que se encarga de la parte musical- todos absolutamente volcados en la tarea de arrastrarnos con ellos a este mundo de onirismo, de liberación y de sanación a través de un viaje que nos haga desprendernos de la mochila del dolor. Rara vez se ve a una compañía tan entregada y tan compenetrada para transmitir un mensaje.

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Decir que es algo novedoso o nunca visto antes por el formato del espectáculo seguramente sería mentir; pero, sin embargo, se comprende que Yogur|Piano esté llamando la atención. Porque ataca desde la cercanía temática, rezuma honestidad y resulta una experiencia íntima, intensa y curativa. Porque difícilmente saldrá uno indiferente de esta experiencia -les va a tocar alguna fibra, por un lado o por otro-, y porque seguramente -a nada que nos entreguemos un poco- todos saldremos un poco más limpios y más liberados de lo que entramos. Y, sobre todo, está presente esa voluntad de hacer buen teatro.

H. A.

Nota: 4/5

Yogur|Piano”. Dramaturgia y dirección: Gon Ramos. Con: Itziar Cabello, Marta Matute, Nora Gehrig, Daniel Jumillas, Jos Ronda y Gon Ramos. COMPAÑÍA YOGUR|PIANO / ESPACIO LABRUC

Espacio Labruc, 17 de Septiembre (21.30 horas)

‘El Pequeño Poni’, o la grieta

septiembre 21, 2016

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Paco Bezerra se está convirtiendo en un verdadero maestro a la hora de retratar conflictos extremos de personas normales, que nos pueden tocar muy de cerca a todos. Si revisó el acoso a menores por Internet en Grooming y la discriminación racial en El Señor Ye Ama los Dragones, ahora con El Pequeño Poni Paco Bezerra toma como punto de partida dos casos reales de acoso escolar que tuvieron lugar en Estados Unidos en 2014 para crear una obra que toma la polémica sobre el acoso escolar como la mera punta del iceberg de un drama familiar que funciona como una grieta que se va abriendo más y más progresivamente para arrojar problemáticas e incógnitas personales que van mucho más allá de la lacra del acoso escolar.

Jaime e Irene, un matrimonio en la primera madurez, descubren que a Luismi, su hijo de diez años, sus compañeros le están haciendo bullying en el colegio por llevar una mochila con motivos de la serie Mi Pequeño Poni. Los padres deben decidir cómo enfrentar el problema, a la vez que el acoso a Luismi en clase se va haciendo más y más grande: todo el colegio le ataca, e incluso la dirección del centro -consciente de la problemática existente- no parece querer mojarse en exceso. De partida, Jaime e Irene tienen diferencias irreconciliables acerca de cómo tratar el problema de su hijo: el padre opta por denunciar y tomarse la justicia por su mano; mientras que para la madre todo se reduce a que Luismi cambie su mochila con los ponis por una con otro tipo de motivos… de Batman, por ejemplo. Esta diversidad de opiniones abre una polémica entre los padres -incapaces de llegar a un punto de acuerdo que les permita unirse para atajar el problema- mientras el problema de Luismi se va haciendo más y más grande ante una situación donde la masa acosa abiertamente al que consideran ‘diferente’. Pero ¿cuál es aquí el verdadero problema? ¿hasta dónde puede llegar todo esto?

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En prácticamente todas las publicidades que he leído sobre esta obra se cita que El Pequeño Poni es “una obra sobre el acoso escolar”. Claro que un teatro social como este es necesario, y claro que el acoso escolar hacia lo que se considera diferente aparece como tema central de la obra; pero creo que uno de los mayores aciertos de este texto -el más redondo en forma y contenido de cuantos conozco de Bezerra- es haber sabido convertirse en algo que es mucho más que eso. Está presente el acoso como telón de fondo dolorosísimo con toda su crudeza; pero lo que verdaderamente sobrecoge de este texto es ver la grieta que se abre entre un matrimonio que se quiere, que quiere a su hijo y que sin embargo es incapaz de unirse para hallar una solución, sin medir las fatales consecuencias que podría tener esa incapacidad para comunicarse, para unirse, para ponerse de acuerdo y remar en la misma dirección para vencer lo verdaderamente importante. Hay mucho dolor en El Pequeño Poni: el del invisible pero omnipresente Luismi ante la situación en su colegio, el de ese padre coraje que cree que todo puede solucionarse con un puñetazo en la mesa -”si humillar al diferente es ser normal, yo no sé si quiero que mi hijo sea normal”-, el de esa madre que cae en la desesperación más absoluta porque se siente incapaz de querer a su propio hijo y culpable por ello, y sobre todo por el dolor que provoca ver cómo ese núcleo familiar se va resquebrajando sin remedio sin que ni Jaime ni Irene se den cuenta. Así, Luismi se convierte no sólo en una víctima del sistema -y, por tanto, en una víctima de la sociedad-, sino también hasta cierto punto en una víctima de sus propios progenitores: Bezerra lo sabe bien, lo expresa bien; y construye un texto que golpea al público como una bofetada constante que sobrecoge y hace seguir la función en sepulcral silencio, con el corazón encogido mientras la bola de nieve se va haciendo más y más grande ante la incapacidad de comunicarse, de escucharse y de unirse ante la adversidad que tienen nuestros dos protagonistas: una incapacidad inconsciente que duele.

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A nivel de concepción del texto, creo que Bezerra acierta de pleno al no juzgar a los personajes, al limitarse a mostrarnos sus razones y sus miedos -tan válidos en uno como en otro caso, por más que nos cueste entenderlo así en un principio-, y cómo no son conscientes de las consecuencias que tienen sus actos sobre terceros -en este caso, sobre Luismi-, porque no ven ni escuchan. El ritmo del conflicto es progresivo e imparable, y pronto Bezerra -que, como ya he dicho, acierta al ir varios pasos más allá del acoso a menores- sitúa la acción en una atmósfera oscura y dura, a medio camino entre el thriller y el drama de personajes, mediante una escritura que atrapa sin remedio porque -lo diré una vez más- sobrecoge por su crudeza y dureza. Otro acierto de la escritura de Bezerra es salpicar el drama con una suerte de fábula con tintes oníricos -no diremos cómo para no contar más de lo que se debe…-, que sugiere que a veces sólo la fantasía nos puede liberar de la realidad hostil; un mensaje tan escalofriante como lo es casi todo en este texto. Hay en El Pequeño Poni ecos claros de Málaga, de Lukas Bärfuss -curiosamente en ambas funciones en España estuvo Roberto Enríquez- o de los grandes textos de Eduard Albee; y esto nos da una idea del nivel de calidad ante el que nos encontramos. Por su crudeza árida, por su ritmo implacable y por su capacidad de remover y conmover al espectador partiendo de un tema central para apuntar conflictos ocultos de mucho más complicada solución, creo no exagerar si digo que estamos no sólo ante el más redondo texto de Paco Bezerra, sino ante uno de los textos que más me hayan impactado este año. Sólo un detalle mínimo creo que podría ser pendiente de revisión: ¿es creíble la falta de implicación absoluta de la comunidad escolar, que deja a los padres con una mano delante y otra detrás, ante un caso tan claro o es de algún modo una excusa para provocar la situación?

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Por si todo esto no fuera suficiente, Celestino Aranda ha armado un espectáculo impecable en el que todo está en su sitio y que cuenta con todos los colaboradores habituales del teatro reciente de Bezerra. La puesta en escena de Luis Luque apuesta por un teatro de personajes, despojado de cualquier atisbo de lo superfluo. Y es que nada es baladí en la puesta en escena: ni la parca y fría escenografía de Mónica Boromello -que tan bien se adapta al tipo de drama que están contando-, ni el juego de sombras que presenta la iluminación de Cornejo, ni mucho menos la videoescena de Álvaro Luna -que empieza por parecer un mero adorno, pero acabará adquiriendo una importancia capital en la narración: sólo se puede decir que no está ahí por azar-, ni siquiera la música de Luis Miguel Cobo -que subraya en los cambios de escena cómo la historia se va oscureciendo más y más. En esta puesta en escena, llena de detalles que sólo se apreciarán debidamente al término de la representación -o en un segundo visionado- todo está ahí por algo; y todo está en su justa medida: Luis Luque vuelve a demostrar una vez más que es capaz de hacer mucho con muy poco, y que en sus puestas en escena el cuidado por el detalle a la hora de narrar es marca de la casa. Estamos, sin duda alguna, ante uno de los directores más sólidos y más honestos del panorama teatral español.

Roberto Enríquez y María Adánez se enfrentan a una función llena de complicaciones, tanto por el nivel de exigencia emocional de toda la representación como por correr el riesgo de desparramarse emocionalmente ante un texto que obliga a los actores a mantener todo el tiempo una intensidad brutal. No sucede, y ambos salen airosos de un escollo difícil que permite que el espectador pueda vislumbrar las luces y las sombras de ambos personajes con credibilidad. Los entendemos, sufrimos con ellos, entendemos sus equivocaciones y entramos de lleno en el conflicto. A estas alturas Enríquez -uno de los mejores actores de su generación- ya ha demostrado que está bien en lo que le echen, en cualquier formato y así es una vez más aquí; pero María Adánez -que ha de enfrentar un monólogo de mensaje escalofriante en el que se derrumba emocionalmente ella a la vez que nos derrumba a nosotros- sorprende positivamente mostrando una vena absolutamente dramática que va a dejar a cuadros a más de uno, en el que puede ser uno de los mejores trabajos de toda su carrera. Ambos trabajan en la misma dirección, con compenetración evidente; y por ello el resultado no puede ser más redondo.

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El público sigue la acción en sepulcral silencio, a medio camino entre el nudo en la garganta y la emoción de los que rompen a llorar sin poder evitarlo. Al final, sucede la catarsis: el teatro estaba apenas mediado en mi función de sábado por la tarde; pero el público braveó en pie a unos actores que tuvieron que salir a saludar más de cinco veces. Una obra imprescindible que va más allá de ser una herramienta de denuncia de una lacra social para convertirse en un soberbio espectáculo de teatro en todas sus vertientes.

H. A.

Nota: 4.5 / 5

El Pequeño Poni”, de Paco Bezerra. Con: Roberto Enríquez y María Adánez. Dirección: Luis Luque. PRODUCCIONES FARAUTE

Teatro Bellas Artes, 17 de Septiembre de 2016 (19.00 horas)

‘Perra Vida’, o el novio de la muerte

septiembre 20, 2016

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Después de una corta pero exitosísima vida en gira -con una pequeña parada veraniega en Madrid- aterrizó finalmente para hacer temporada en el Ambigú del Pavón Kamikaze Perra Vida, el último texto de Jose Padilla que se apoya en una novela ejemplar de Miguel de Cervantes –El Casamiento Engañoso– para crear algo que más que una versión libre o una reescritura es una obra con vida propia que parte de la anécdota de la novela ejemplar de Cervantes para ir por derroteros más o menos distintos.

Un tugurio de alguna carretera secundaria en la actualidad. Peralta, un correcaminos contemporáneo de ocupación poco clara y que conoce como la palma de su mano todos los antros de perdición habidos y por haber, se encuentra con Campuzano, un antiguo compañero de la legión. Pero le cuesta reconocerlo: Campuzano se ha convertido en un despojo, un mendigo que no tiene dónde caerse muerto, que duerme a la puerta del garito cada noche y que sostiene que puede entender el lenguaje de los perros. Ante tal panorama, Peralta se apiada de su amigo -que rechaza en un principio su caridad- y le pide que le cuente cómo acabó en ese estado lamentable. Paralelamente, unos años atrás, Lorenzo -joven propietario de ese garito de carretera- contrata a Estefanía como camarera. Automáticamente, Lorenzo pierde la cabeza por la joven, que aparentemente opone resistencia porque no le parece decoroso tener una relación con su jefe… aunque parece que finalmente el amor se impone por las dos partes. Pero las cosas no son tan de color de rosa, y Lorenzo se verá envuelto en una maraña incontrolable, de esas en las que el ojo por ojo está al orden del día: una de esas historias en las que todos pierden y las fronteras entre víctimas y verdugos están bastante difusas. Como ya adivinarán, ambas historias están directamente relacionadas. El viento silba, los perros ladran y el Himno de la Legión resuena como un eco en las cabezas de los personajes, en un espacio en el que nada invita a quedarse y donde sucede la tragedia.

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Como comentaba más arriba, creo que Jose Padilla ha escrito algo que tiene vida propia más allá del Casamiento Engañoso cervantino; y acierta de pleno al traer a la actualidad un conflicto de entonces que se entiende y encaja perfectamente en la actualidad -amor, traición, venganza, honor…-. Además, el hecho de desplazar la acción a un lugar tan sórdido como un bareto de carretera de dudosa reputación ayuda a acentuar la bajeza de los personajes, y su necesidad de apostarlo todo a una sola carta para salir adelante en un entorno hostil. Por otra parte, el hecho de reconvertir a Peralta y Campuzano en legionarios retirados es una inteligente idea para buscar un paralelismo a la hora de encontrar personajes que tengan el sentido del honor ‘desmedido’ como algo fundamental en sus vidas -y los ecos del Novio de la Muerte no dejan indiferente a nadie…-. Los diálogos -como siempre con Padilla- fluyen cercanos, directos y naturales -cosa que deja gran parte del trabajo hecho de antemano en este tipo de funciones-; y si bien la relación entre ambas historias se ve venir de inmediato, la trama se sigue con incuestionable interés; y la adaptación es inteligente. Las transiciones temporales -resueltas casi siempre dentro de una misma escena- resultan a veces algo bruscas; y, sobre todo, siento que son muchas para lo que se tiene que contar.

Esta función se ha representado en diversos escenarios; pero el hecho de que ahora llegue al ambigú del Teatro Pavón Kamikaze -que viene a ser un bar, con su barra y todo- ayuda decisivamente a que entendamos que estamos en un bar -no en vano los personajes entran a la barra en un par de ocasiones, muy oportunamente-: pocas veces un espacio no convencional como este habrá ayudado tanto a crear un ambiente. En un espacio diminuto pero muy bien aprovechado, la escenografía de Eduardo Moreno -suelo de serrín, una mesa y un par de sillas- es un acierto para crear un ambiente. Las luces de Pau Fullana, sin embargo, todavía deben adaptarse a este nuevo espacio -no olvidemos que se ha representado en disposiciones muy diversas- porque -al menos desde mi posición- llegan a cegar perjudicando la visión en un par de momentos: pero esto seguramente sea una cuestión más del espacio que del diseño de luces en sí mismo. En su puesta en escena -recurso inteligente- Padilla no renuncia ni a usar sin miedo todo el espacio del que dispone -llegando a confrontar directamente a los actores con el público si es necesario- ni a imprimir al relato un ritmo veloz y enérgico, casi cinematográfico, que ayuda decisivamente a la trama.

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Pero no nos engañemos: esta es una función de texto y de actores; y si decíamos que el texto era fresco, lo cierto es que el cuarteto actoral ofrece unas interpretaciones de altísimo voltaje a apenas un palmo del espectador. Ya hace aproximadamente un año Samuel Viyuela me llamó poderosamente la atención en una función que no era redonda. Esta vez, en un entorno mucho más favorable, Viyuela se confirma como un actor a seguir muy de cerca. En su Lorenzo hay a partes iguales la distancia inicial del hombre ante la desconocida, la torpeza del joven enamorado que no sabe cómo acercarse a la loba -aquí, y es un elogio, aparece claramente la figura maestra de su padre a la hora de colocar algunos gags-, la sinceridad del que imagina un futuro en común y la rabia del hombre traicionado. En Samuel Viyuela todo está presente, todo en su justa medida y todo expresado con intensidad: hay un actor entregado y versátil. Los legionarios de Diego Toucedo -al que se le concede un hermoso momento perruno que el actor resuelve con toda convicción- y Nerea Moreno también lo clavan: si alguien -como yo en un primer momento tiene reticencias a la hora de dar un papel como el de Peralta a una mujer, sólo esperen a ver la rotundidad salvaje con la que expone su último monólogo -el de “no tienes cojones de hacer lo que hay que hacer”- y verán cómo se les pasan las reticencias: rotunda; resuelven además muy bien los dos secundarios que les tocan en suerte. En fin, Elisabet Altube sabe darle también a su femme fatale la pertinente humanidad, que nos deja claro que tal vez sea una mujer presionada y utilizada para hacer lo que hace; sin quedarse en el prototipo de la chica guapa.

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En fin, una función muy disfrutable, que acierta de pleno al ir más allá de una mera relectura de Cervantes para tener vida propia por sí misma. Podrá haber alguna cuestión que revisar en la puesta en escena, pero seguramente sea debido al nuevo espacio; espacio -el ambigú del teatro- que por cierto resulta acogedor y muy agradecido para funciones de cercanía.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Perra Vida”, de José Padilla a partir de “El Casamiento Engañoso” de Miguel de Cervantes. Con: Samuel Viyuela, Elisabet Altube, Nerea Moreno y Diego Toucedo. Dirección: Jose Padilla. ÁNGEL VERDE PRODUCCIONES.

El Pavón Teatro Kamikaze (Ambigú), 16 de Septiembre de 2016

‘Idiota’, o nos miran

septiembre 16, 2016

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“Un hombre tarda una hora en cavar un agujero y dos hombres tardan dos horas en cavar dos agujeros. ¿Cuánto tardará un hombre en cavar medio agujero?” (Idiota, Jordi Casanovas)

Prácticamente desde su aparición, Kamikaze Producciones está revolucionando el teatro español. Primero con sus montajes -prácticamente un pelotazo detrás de otro-, y ahora al tomar las riendas del Teatro Pavón -antigua sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico mientras el Teatro de la Comedia permaneció en reformas- para convertirlo no sólo en un teatro de repertorio a la manera de los teatros alemanes -porque durante esta primera temporada volverán éxitos de la casa como La Función por Hacer, La Clausura del Amor, Juicio a una Zorra o Hamlet-, sino también en un teatro que da cabida a la novedad; y que sobre todo parece apostar -¡qué necesario!- por los autores españoles contemporáneos. Para su apertura estrenan Idiota, un texto de Jordi Casanovas; pero en estos mismos días desfilarán por sus dos salas propuestas de nombres como Jose Padilla o Ignasi Vidal. Todo ello debe verse como una verdadera declaración de intenciones, que insufla una nueva vida al teatro madrileño. Un teatro con propuestas de calidad, un teatro de gente de teatro, un teatro cercano y un teatro donde se respira ambiente de teatro: todo esto puede parecer una obviedad, pero todos sabemos que no es lo más frecuente.

Idiota de Jordi Casanovas es un texto para dos personajes que lleva indudablemente el sello de su autor. Como sucedía en la sorprendente Un Hombre con Gafas de Pasta, con Idiota Casanovas construye un relato que comienza siendo una comdedia ácida, casi una sátira; pero que enseguida se mueve hacia el thriller psicológico más inquietante. Es importante reírse, claro; pero aún lo es más saber de qué nos reímos; y puede que ahí resida una de las claves de este texto, que esconde más de un par de sorpresas.

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Carlos Varela es un ciudadano medio que, al verse ahogado por la crisis -el karaoke que regenta no va bien, y está en peligro de perder su casa- ha aceptado prestarse a un extraño experimento con una empresa no sabemos muy bien de qué índole a cambio de una importante suma de dinero que podría solucionar todos sus problemas. Ha firmado un contrato con la empresa, pero por supuesto no se lo ha leído… Aparentemente nada fuera de lo común: Varela deberá contestar a una serie de preguntas de test de inteligencia que la Dra. Edel le irá formulando en una habitación aséptica y cerrada a cal y canto. El “sujeto de estudio” -como es denominado por la Doctora-, no parece tener muchas luces y falla los primeros acertijos sin romperse demasiado la sesera; la verdad es que a él tampoco le importa mucho, porque sólo tiene que acabar la prueba y llevarse el dinero… Pero pronto verá que las cosas no son tan fáciles como parecían: fallar tiene un precio -y no precisamente económico…-, no puede abandonar la prueba por contrato y se verá envuelto en una extraña tela de araña morbosa que pondrá su dignidad contra las cuerdas: su inteligencia es ya casi lo de menos; ahora se trata de salvarse de algo que no sabe si es una pesadilla o una broma macabra.

No se puede contar mucho más de lo que encierra Idiota para no destripar la sorpresa; pero podemos decir que Jordi Casanovas construye un juego macabro que introduce al espectador a través de la carcajada que provoca ese personaje a medio camino entre el necio y el ignorante; para pronto tensar las cuerdas hacia algo que es otra cosa… aunque no sabemos bien hasta dónde puede llegar. El crescendo progresivo tiene un interés incuestionable, y atrapa; y casi diría que cualquier opción sobre qué está ocurriendo realmente que pueda generarse en la mente del espectador -¿es todo esto una broma? ¿una alucinación? ¿tal vez una distopía?- se ve ampliamente superada por una realidad inteligente, brusca y rotunda que termina por imponerse: porque a veces la realidad es mucho peor que cualquier cosa que podamos imaginarnos. Casanovas ya había demostrado antes que se las sabe todas en la construcción del thriller, y esta no es la excepción: si el retrato del personaje principal -que a fin de cuentas termina por ser casi el retrato de una sociedad; no en vano reivindica en un momento su derecho a ser y decidir ser idiota- es de una complejidad que se convierte casi en un verdadero ejercicio de virtuosismo; no lo es menos el rol hermético de esa doctora que parece que es quien mantiene el control de la situación, pero que en cualquier momento podría volverse vulnerable.

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Entre toda la montaña rusa que supone esta función, quizás lo más duro sea la reflexión que uno se lleva a su casa al conocer el desenlace. Rotundo, contundente -y por eso seguramente inesperado-; quizá también algo difícil de encajar como ‘real’; pero que deja muchas preguntas interesantes en el aire para mascar después de la función. A fin de cuentas, Casanovas habla desde el thriller de individuos, de nuestro derecho a pensar libremente, a ser individuos libres y no dejarnos manipular… o tal vez de todo lo contrario a eso, de qué ocurre cuando nos sentimos controlados y observados sin poder dominarlo; en una fábula que perfectamente admite una doble lectura. Como se dice en las notas al programa -aportando una de las claves de la función-: ¿somos realmente libres?

No es una función sencilla, porque hay que saber calibrar la tensión progresiva que es la base de su estructura. Y la presente producción no ha escatimado en medios para dar en la diana. Israel Elejalde -que esta vez dirige- se vale de una escenografía francamente atractiva -de Eduardo Moreno- y una iluminación que subraya muy bien la posible (ir)realidad del relato -Juanjo Llorens-; pero tiene claro que esta es una función de actores y ha construido toda la tensión a través de los dos intérpretes: así, los tonos fríos de la escenografía contrastan vivamente con la elevada temperatura dramática que se alcanza en el escenario en el combate cuerpo a cuerpo que libran ambos actores. Un combate que Elejalde ha sabido cocinar a fuego lento, sin prisa pero sin pausa; pero sin caer nunca en exhibicionismos baratos. Puede que acaso me sobren los títulos de crédito iniciales -una opción que nunca me ha convencido y que, sin embargo, cada vez es más frecuente encontrar en teatro-; pero por el resto creo que ha sido un acierto confiar en el trabajo de los actores como peso principal para mantener la casa –por más que venga con un buen envoltorio, como es el caso-.

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Y es que lo que hacen Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert es de altos vuelos. Creo que Gonzalo de Castro está en un momento de su carrera especialmente dulce, encadenando personajes que son todo lo contrario a cualquier imagen preconcebida que pudiésemos tener de él. El viaje que realiza aquí desde el patán payasesco del que nos reímos hasta el hombre en una lucha encarnizada por salvar su dignidad está lleno de matices; y revela sobre todo a un grandísimo actor dramático: el papel -por poliédico- tiene todas las dificultades imaginables; y todas están salvadas con habilidad… y eso que el reto no era fácil. Y uno puede pensar que ese todoterreno que es Elisabet Gelabert tiene un personaje menos agradecido -porque la doctora ha de permanecer en un plano mucho más seco y hermético- pero nada más lejos de la realidad; primero porque es ahí, en esa frialdad hermética -que no sabemos si esconde algo- donde reside la máxima dificultad del reto que la actriz salva de manera admirable, y después porque aquí nada es lo que parece: dejen avanzar un poco la función y verán cómo saltan chispas entre ambos y cómo el texto deja por  fin que Gelabert muestre la actriz de raza que es. Dos actores excelentes en un cuerpo a cuerpo que mantiene la tensión durante toda la función.

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Hay que calificar pues esta función como un éxito: por suponer el arranque con buen pie de un proyecto ilusionante para los que amamos el teatro, por el interés del texto -incluso a pesar de que el desenlace pueda llegar a poner nuestra credibilidad en los límites…- y por un montaje que roza lo impecable. Una gran noche de teatro, seguro que la primera de muchas que vendrán en el Pavón Teatro Kamikaze.

H. A.

Nota: 4/5

Idiota”, de Jordi Casanovas. Con: Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert. Dirección: Israel Elejalde. BUXMAN PRODUCCIONES / KAMIKAZE PRODUCCIONES / HAUSE & RICHMAN STAGE PRODUCCIONES.

El Pavón Teatro Kamikaze, 15 de Septiembre de 2016

6 años de Butaca en Anfiteatro

agosto 10, 2016
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Hoy cumple 6 años Butaca en Anfiteatro, que ha llegado a convertirse poco a poco en un proyecto cada vez más consolidado. Con casi 140.000 visitas y unas 420 entradas publicadas -unas 120 sólo durante la última temporada-; hay que decir que el blog avanza siempre adelante, y está, creo, en su mejor momento ante el tráfico recibido y el apoyo de tanta gente que me lee día tras día.

Gracias a todos los que compartís esta aventura bloggera conmigo de una manera u otra, desde la cercanía o desde la distancia. Gracias por vuestro feedback, y por vuestra capacidad de diálogo ante mis opiniones, ya sea para compartirlas o para rebatirlas; y gracias a los que contribuís a que tenga mayor posicionamiento en la red cada día. Gracias, en definitiva, por los apoyos recibidos durante estos años de una forma u otra. Es la suma de todo ello lo que hace que el blog tenga un sentido; y a fin de cuentas la idea de este blog es crear un foro de debate donde lo más importante sea ese amor por el teatro que estoy seguro que todos los implicados en que este blog tenga un sentido -los que crean los espectáculos y nos hacen disfrutar, los que simplemente emplean un momento de su tiempo en leer y yo, que os aseguro que intento escribir desde la mayor honestidad posible- tenemos. Diálogo constructivo y amor por el teatro deberían ser siempre los pilares básicos sobre los que se sustente el espíritu de esta publicación.

Butaca en Anfiteatro es de todos y para todos. Gracias a todos y cada uno de vosotros por estos seis años tan bonitos.

¡Seguiremos!

Hugo Álvarez

 

 

‘Lavar, Marcar y Enterrar’, o una cuestión de confianza

agosto 6, 2016

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Lavar, Marcar y Enterrar es una de tantas funciones que nació en ese Madrid que cada vez respira más al calor de los espacios no convencionales ligados al mundo del teatro. Esta vez, el germen fue una peluquería, en la que la obra se estrenó utilizando todos sus espacios. El éxito incuestionable de la propuesta hizo que inmediatamente saltase a un pequeño teatro de la Gran Vía, para asentarse después en el Off del Teatro Lara, donde permanece en cartel. Pero las cosas han ido más allá, porque ya tiene estrenada -nuevamente con gran éxito- su secuela –No Hay Mejor Defensa que un Buen Tinte-. Así pues, de alguna manera Lavar, Marcar y Enterrar -con más de 120 funciones a sus espaldas- ya se ha convertido en un clásico de la cartelera madrileña; y ahora aprovecha las fechas estivales para realizar una pequeña gira por España.

Al iniciarse la función, Gabriela y su ayudante Fer están retenidos en la peluquería que ella regenta en el barrio de Malasaña, mientras dos raterillos de poca monta -Lucas y Verónica- intentan cavar un túnel en el sótano que les permita acceder al chino de al lado, para robar un botín de 120.000 euros. Nadie tiene por qué salir ileso, la cosa en principio es muy sencilla: cavan el túnel, cogen el dinero y se van… se conocen hace tiempo y confían en el uno en la otra… ¿O tal vez no? Pero Gabriela no está dispuesta a permitir que se destroce así su peluquería, esa en la que lleva trabajando más de 20 años y que es todo para ella; y no parece muy dispuesta a cooperar. Sin embargo, los torpes asaltantes pronto descubrirán que en el sótano se esconde algo más que polvo, y que seguramente su plan no sea tan sencillo como ellos se pensaban, porque los sótanos los carga el diablo… dando así comienzo una larga noche en la que los cuatro personajes tendrán que confiar los unos en los otros y escarbar en el pasado para entender los hechos del presente. Fer, el ayudante gay y con los nervios a flor de piel, estará muy seguro de ponerse de parte de Gabriela y contra los secuestradores… porque él lo sabe todo sobre ella y confía en ella ¿verdad?. Así, salir con vida de la peluquería acaba por convertirse, ante todo, en una cuestión de confianza entre unos personajes que no parecen muy dispuestos a confiar… provocando, claro, que la trama se enrede hasta límites insospechados a priori.

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JuanMa Pina ha escrito una comedia que bebe directa o indirectamente de muchos referentes, desde las primeras películas de Almodovar o la icónica Perdona, Bonita; pero Lucas me quería a mí (Ayuso y Sabroso, 1996) hasta la parodia del género noir pasando por la revisión de lo que bien podría ser un sainete arnichesco traído a la actualidad. Todo ello metido en una coctelera, agitado y aderezado con una estética que pone en primer término la movida madrileña de los 80; y con una estructura narrativa decididamente cinematográfica que juga constantemente con técnicas como los flashbacks o pares de escenas gemelas, así como con metareferencias muy claras tanto a series de televisión icónicas de distintas épocas -desde Se ha escrito un Crimen hasta Breaking Bad– como al propio barrio de Malasaña en el que transcurre la función -conviene no olvidar que nació para escenificarse en una peluquería real-. Considerando que es una comedia sin otra pretensión que la de entretener y ‘desengrasar’ -qué necesarias son de tanto en tanto…-, sí hay que aplaudir en la escritura de Pina tanto la originalidad formal para contar la historia como lo bien dialogada que está en general; así como lo ocurrentes que resultan algunas situaciones disparatadas encadenadas, que sin embargo encajan muy bien en una historia que se nota que el autor tiene perfectamente controlada. También el dibujo de los personajes -sobre todo los dos principales, Gabriela y Fer- es muy acertado, y más teniendo en cuenta el tipo de comedia en el que nos movemos. Estamos pues ante una revisión de la comedia clásica pasada por muchos filtros; que por cierto elude -y esto es un valor- el situarse en la mera sitcom, para ir varios pasos más allá. Tiene el ritmo esperado, conecta con el espectador a través de una comedia -porque conectamos con los personajes, aunque sean diferentes a nosotros- y deja alguna frase para el recuerdo -ese momento en que la peluquera toma el control de la situación y advierte a la secuestradora que no puede salir huyendo de sus problemas en busca de nuevos problemas…-. Acaso el final me resulte un poco precipitado -más si tenemos en cuenta la capacidad de Pina para haber enredado la trama una y otra vez- y hubiese requerido mayor desarrollo; pero como comedia es original por forma y planteamiento, y haberla situado en las coordenadas espacio-temporales en que está me parece un acierto que casi convierte la comedia en una suerte de placer culpable.

En cuanto a la puesta en escena, supongo que no será fácil adaptar a un espacio tan grande como el Teatro Colón algo que nace en esencia para una peluquería; y más adelante al Off del Lara, lugares mucho más recogidos. Pina dirige su propio texto con ritmo, aprovechando el espacio al máximo -ha trasladado varias escenas a la platea-, y consciente de que la cosa tiene que tener ritmo trepidante, como la comedia que es. Quizás siento que algunas escenas -en particular las que transcurren en el sótano- darán más juego en cualquiera de los espacios originales que en un teatro al uso; pero es algo con lo que no se puede pelear a la hora de plantear la adaptación. Me gustó mucho el vestuario -que incluye toda una pléyade de pelucones, plataformas y toda una serie de elementos decididamente ochenteros, muy acordes con la situación y que despiertan la hilaridad de inmediato-; y lo bien hilados que están los cambios de vestuario y tiempo de los personajes, bien meditados pero sin que el ritmo de la trama se resienta nunca.

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Cuatro actores se reparten varios personajes -o el mismo personaje con saltos en el tiempo-. Resulta hasta cierto punto sorprendente encontrar a Miriam Díaz-Aroca encarnado a la peluquera Gabriela; primero porque Lavar, Marcar y Enterrar no es el tipo de comedia de gag al que nos tiene acostumbrados -este personaje es más árido y más negro dentro de lo cómico-, y me alegra que esté explorando nuevos territorios. Como cuando la vi hace un tiempo en Cien Metros Cuadrados, me sigue pareciendo una actriz que conoce bien los mecanismos de la comedia, los tempos, sabe cómo servir las réplicas sin caer en el chiste fácil, y construyendo el personaje desde la convicción -porque el personaje esta vez no va por ahí- y, sobre todo, es tremendamente resolutiva y conecta muy bien con el público. Creo que este tipo de papeles le convienen especialmente, porque le permiten explorar registros más amplios dentro de esa comedia en la que ya se mueve como la veterana del género que es. Pero quizá sea el Fer de Mario Alberto Díez el que se robe la atención, porque sabe atacar un personaje que es una curiosa mezcla entre la contención del hombre neurótico superado por las circunstancias y toda una colección de tics: haber enfocado a Fer desde el cliché de ‘la locaza’ hubiese sido lo más sencillo; pero abordarlo desde este enfoque todo contención resulta mucho más útil para provocar la comedia, sobre todo cuando -como es el caso- se cuenta con un actor que se maneja tan bien en este particular código del ‘todo para dentro’; aborda además un segundo personaje episódico muy diferente al del peluquero, que seguramente sea el que marca el puntal cómico de la representación, con otra composición física para enmarcar. Juan Caballero y Rebeca Plaza se encargan de la pareja de atracadores y saben integrarse en el delirio; y resuelven bien el hecho de tener que abordar muchas réplicas desde interno -desde el sótano-. También ellos tendrán ocasión de desdoblarse en personajes que nada tienen que ver con los principales.

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Manejar una comedia tan alocada como esta sin hacer que caiga en la mera astracanada -nunca cae- no es tarea fácil, aunque pueda parecerlo. Creo que esa es una de las mayores virtudes de una función de la que el público sale visiblemente feliz: el haber sabido tomarse la comedia en serio. Reconociendo el tipo de producto que es, hay que valorar muy positivamente tanto la factura, como el ritmo y el ingenio de la estructura y los diálogos; si bien sostengo que seguramente esta función resulte aún mejor en distancias más cortas y más íntimas -aquellas para las que se concibió inicialmente- que en la inmensidad de un teatro como el Colón. Con todo, como en la trama, todo se reduce a una cuestión de confianza: se nota que todos creen mucho en lo que están haciendo, y eso se refleja tanto en el buen resultado como en la conexión con el público. Hay comedia para rato.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Lavar, Marcar y Enterrar”, de JuanMa Pina. Con: Miriam Díaz-Aroca, Mario Alberto Díez, Juan Caballero y Rebeca Plaza. Dirección: JuanMa Pina. MONTGOMERY ENTERTAINMENT.

Teatro Colón, 4 de Agosto de 2016

‘El Cuello de la Jirafa’, o ¿hacia dónde mirar?

julio 29, 2016

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Cuando una compañía ha conseguido mantenerse durante tres décadas y tener una presencia fuera de Galicia y en el extranjero, algo debe tener. Matarile Teatro cumple 30 años de existencia, y tiene una importancia capital en la producción, promoción y difusión de las artes contemporáneas en Galicia, y pioneros gallegos en el mundo del posdrama. Todo ello está fuera de duda, y por eso tiene coherencia que la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia les haya dedicado un pequeño ciclo conmemorativo en su programación. En resumen, Matarile Teatro ha escrito una página del teatro gallego; una página que va más allá de lo puramente artístico.

Una vez admitido esto, y ante su último espectáculo El Cuello de la Jirafa, cabe sin embargo hacerse algunas preguntas hacia la particular forma de posdrama que trabaja Matarile. Un posdrama de carácter intelectual que podrá haber tenido interés hace años -no olvidemos que la compañía lleva tres décadas funcionando- pero que seguramente empiece a estar algo demodé a día de hoy, por más que el espectáculo mantenga algunas imágenes sugerentes -que las tiene-. Imágenes sugerentes, sí ¿pero qué hay más allá de esas imágenes que van y vienen?

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En el exterior de la iglesia, nos recibe un hombre que nos incita a reflexionar acerca de la relatividad de lo que vemos, y de las constelaciones; al mismo tiempo que una muchacha con una caperuza roja y claros signos de demencia recorre el espacio y se mezcla con nosotros. Avanzamos entonces a la iglesia. Una mesa en la que se sienta el público acota el espacio en forma de U, completado por una grada frontal. Durante casi dos horas, asistimos a un conjunto de citas y reflexiones sobre cartas astrales, el recuerdo, la memoria, la repetición de las cosas, la locura y la cordura, salpicadas por acciones performativas de diversas índoles… sin que todas estas cosas nos lleven en una dirección más o menos concreta que nos mueva a una reflexión. Quizá estos dos sean los mayores inconvenientes que le veo a este espectáculo de Matarile: por un lado, nunca sabemos hacia dónde mirar, cuál es la reflexión que quieren transmitirnos; y por otra parte es un tipo de teatro -incluso dentro del mundo del posdrama- que ya está muy visto, superado… hasta podríamos decir que anticuado. Ni engancha, ni sorprende, ni consigue conducirnos hacia una línea concreta de reflexión… y uno abandona el espectáculo con la sensación de haber asistido a una extraña miscelánea que no se sabe a dónde va ni de dónde viene.

Lo mejor de El Cuello de la Jirafa, más allá de momentos aislados de atractivo acierto estético, es la valía incuestionable de gran parte de su elenco -destaquemos tres presencias: la naturalidad casi campechana con la que Enrique Gavilán se dirige al público -ese profesor de universidad integrado en la propuesta y tan volcado en lo que hace tiene hasta algo de entrañable…-; la fuerte expresividad de María Roja, capaz de intimidar a los espectadores en un tú a tú en las distancias cortas con una mirada poderosa, y el espléndido trabajo expresivo-corporal de Mónica García-; y algunos momentos performativos que dejan alguna imagen interesante… incluso alguna ráfaga de ironía rescatable, por más que nunca mueva a la carcajada -seguramente tampoco lo busque-. Pero regresa una vez más la manía de introducir citas y citas de propios y extraños –Ana Vallés, en su línea…- que por momentos hacen que la línea entre ‘alta cultura’ y ‘pedantería’ se vuelva muy estrecha, algo que parece tener una cierta voluntad de instruir al público; y que personalmente a mí me distancia del conjunto.

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Por otro lado, dentro de la línea de integración del público de este teatro posdramático, Matarile mete la gamba de pleno al increpar como conejillos de indias a personas más o menos públicas -actores que asisten como público, colaboradores de la compañía…-; personas que saben que van a entrarles al trapo de lo que buscan. Esto hace que ese factor sorpresa desaparezca, que el espectáculo pierda enteros y que algo de la originalidad se difumine… Quiero decir: si la interacción y el factor cercanía con el público ha de ser una de las bazas de la propuesta; tiene poco sentido que el propio espectador vea con tanta claridad que los espectadores ‘confidentes’ están tan cuidadosamente seleccionados -posiblemente seleccionados sobre la marcha, sí; pero seleccionados al fin y al cabo-.

Diría también que dos horas es demasiado tiempo para un conjunto que se vuelve repetitivo -¿saben eso que digo siempre de lo bien que le va a algunas cosas durar una hora justa? Pues esta es sin duda una de esas veces-; y, para ser honestos, no creo que la una de la madrugada sea el momento más adecuado para programar este espectáculo, que requiere una concentración especial para su correcto seguimiento.

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A fin de cuentas, tras ver El Cuello de la Jirafa me quedo con la misma sensación de casi siempre que veo algo de Matarile: a nivel actoral, estético y de realización el espectáculo es interesante; pero los contenidos no enganchan -casi entraría en una valoración absolutamente personal y diría que no me interesan…- y creo que este tipo de posdrama ‘culto’ empieza a estar ya bastante superado, incluso a nivel de posdrama. Pero lo más importante: ¿hacia dónde quiere Matarile conducir la reflexión del espectador? ¿hacia dónde debemos mirar? ¿cuál es la temática base de la que parte el espectáculo? O algo más sencillo que decía una espectadora al abandonar el espectáculo y que da una idea del desconcierto: ¿por qué se titula El Cuello de la Jirafa? Hay imágenes, sí; y el talento que todos ponen al servicio del resultado está fuera de toda duda… pero personalmente no me transmite emoción de ningún tipo.

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Termino esta reseña como la empecé. No dudo y valoro muy positivamente el rol de Matarile Teatro en el sistema teatral gallego en todos estos años; pero creo que lo que hacen ya está de vuelta. Que es un teatro dirigido quizá a una minoría instruida muy concreta -porque la respuesta del público fue muy cálida-; pero que harían bien en renovarse con los tiempos. Porque lo que hacen moderno, lo que se dice moderno, ya no es; y el posdrama es algo que hace tiempo que no tiene por qué estar ligado a la ‘alta cultura’. No está de más evolucionar con los tiempos, sobre todo si se pretende la modernidad…

H. A.

Nota: 2/5

El Cuello de la Jirafa”. Dirección y creación: Ana Vallés. Con: Ana Vallés, Óscar Codesido, Enrique Gavilán, Baltasar Patiño, Mónica García y María Roja. MATARILE TEATRO.

XXXII Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia (Igrexa da Magdalena), 24 de Julio de 2016