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‘O Empapelado Amarelo’, o la elegancia de evocar lo gótico

julio 20, 2020

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Espectáculo en lengua gallega

A pesar de que ya ha pasado algo más de un año desde su estreno, todavía tenía pendiente O Empapelado Amarelo, primer espectáculo de la compañía gallega A Quinta do Cuadrante que lleva a escena el icónico relato corto de Charlotte Perkins Gilman (The Yellow Wallpaper, 1892) interpretado por Melania Cruz en una versión de cámara a medio camino entre el terror gótico y la teoría literaria; que se vale de muy pocos elementos para armar una experiencia francamente satisfactoria.

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Sorprende comprobar cómo más de un siglo después de escribirse, el relato de Perkins Gilman presenta no solo total vigencia –incluso más allá de una mirada puramente feminista- sino que además, vista a día de hoy, permite alzar una reflexión mucho más amplia. La pesadilla de la mujer protagonista –enfrentada a sí misma y a su propio entorno- progresivamente obsesionada con la baja renta de la nueva casa en la que su marido pretende que ella repose, con el amarillo de la pared y con una presencia que parece querer abrazarla y llevarla con ella más allá con la que acaba manteniendo un enloquecido cuerpo a cuerpo para liberarse de su yugo; mientras su marido pretende cuidarla cercenando su libertad creadora y amándola de verdad –o al menos eso cree él- pero sin ningún tipo de empatía real hacia ella nos deja, al margen de la obvia lectura psicoanalítica que subyace de partida una ventana clara a las relaciones tóxicas, al amor mal entendido; e incluso a cómo esa fantasía terrorífica que en forma de obsesión se convierte en el pensamiento único de la protagonista puede convertirse al mismo tiempo en una vía de escape necesaria y libertadora para ella. En efecto, más allá de lo gótico y lo psicológico, se debe señalar cómo las palabras de Perkins Gilman inciden especialmente en que, pese a todo, no existe un final feliz mientras la protagonista no sea capaz de pisar firme y tomar sus propias decisiones –la última frase es devastadora en este aspecto-. En cualquier caso, puede que el mayor interés de este relato visto a día de hoy sea precisamente ése: ha trascendido con mucho las etiquetas de literatura gótica –que lo es-, literatura feminista – que lo es- y hasta de literatura psicoanalítica –que también lo es-; lo que verdaderamente produce terror hoy de este relato es comprobar cómo se mantiene centrado en la esfera de las relaciones personales como motor trágico: ¿Cuáles son las consecuencias de la incomunicación en la vida de pareja? ¿Hasta qué punto un hombre que cree estar haciendo lo correcto puede arrastrar a su esposa a la locura más absoluta sin pretenderlo? ¿Cuál es el precio a pagar por mantenerse en la esfera de lo que nos dicta la sociedad cuando la sociedad no nos escucha? Inconscientemente, Perkins Gilman parece lanzarnos estas preguntas desde 1892 para que las repensemos en 2020.

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Teniendo en cuenta que estamos ante una propuesta de cámara y que la base del relato es de siempre el terror gótico, existen diversas formas de acercarse a una dramaturgia para convertir el texto en un material teatral. En su puesta en escena Tito Asorey huye de lo evidente y nos invita a presenciar lo que podríamos dar en llamar la construcción del relato, armando la ficción ante nuestras narices. Así, la narradora entra y sale de la ficción constantemente para interpelar al público, dialogar directamente con él –por ello, entre otras cosas, la propuesta funcionará mejor cuanto más cercano y más cerrado sea el espacio en el que se represente- e incidir en algunos de los aspectos que más llamaron la atención de Melania Cruz en el momento de leer el relato: aquellos aspectos que impulsaron que O Empapelado Amarelo sea el espectáculo que es hoy. Se aleja además la propuesta de lo realista para apoyarse en lo simbólico, tanto desde las espectaculares luces de Laura Iturralde –claroscuros presidios por una constante humareda que acaba por erigirse en un personaje más, en un trabajo verdaderamente espléndido: estas luces son un arte y uno no se hace a la idea de cuánto puede conseguirse con tan poco hasta que no lo ve- como desde los pocos elementos escénicos –el más importante, ese libro que se convierte en pequeña maqueta plegable de la casa- que la propia actriz traslada a escena de forma muchas veces incorpórea, con apenas tiza y su propio cuerpo, en un juego francamente interesante y bien resuelto. Desde luego que la propuesta escénica acierta de pleno al trabajar sobre una atmósfera como elemento central, sin sobrecargar el aspecto terrorífico que, en efecto, aquí es más atmosférico –porque el verdadero terror está en la cabeza-. También es adecuadamente sutil el espacio sonoro que evita, con buen criterio, caer en los estereotipos del género de terror. Lo cierto es que –más allá de que lo que podríamos llamar los momentos de comentario de texto no terminen de funcionarme del todo; porque, de algún modo, relajan la tensión y, por ejemplo, no se cierran porque se apuesta, como es lógico, por cerrar la función en punta- con pocos elementos O Empapelado Amarelo se convierte en un espectáculo sutil y elegante, que va armando la ilusión de forma progresiva con una orfebrería bien inteligente.

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Puede que la máxima dificultad del trabajo de Melania Cruz en este monólogo –que inicia en la grada, dirigiéndose a los espectadores con la consabida mascarilla, en la que quizá sea la primera muestra teatral real de la nueva normalidad- esté en dos aspectos. El primero, esa obligada capacidad de transfigurarse cada vez que entra y sale de la narración –siempre sucede, claro, en puntos culminantes-; y el segundo, lograr adentrarse en una narración tan compleja sin cargar las tintas ni agarrarse a clichés que podrían ser tan dados en este género. A poca distancia del espectador, la voz es íntima –porque así lo pide la propuesta- y el gesto huye deliberadamente de la mueca para concentrarse en el detalle. Sin titubear, durante la hora en la que el montaje lo deja todo en sus manos, Cruz –seguramente en una de las mejores interpretaciones femeninas que se van a ver este año en la esfera del teatro gallego- hace gala de su acostumbrada elegancia para transitar los diferentes estados anímicos que atraviesa no solo el personaje –ya en Xardín Suspenso dio sobradas muestras de lo bien que se maneja en personajes extremos- sino también la actriz como narradora. Dado el material que se trabaja, quizá lo fácil y lo obvio hubiese sido tirar por el camino de la grandilocuencia buscando epatar gratuitamente; y, sin embargo, el trabajo de Cruz –sereno, cincelado, progresivo- rezuma esa elegancia que, a fin de cuentas, es la palabra que mejor define este montaje.

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Lo cierto es que uno sale de ver O Empapelado Amarelo con la sensación de haber vivido una experiencia elegante y evocadora en la que, con muy pocos elementos y una actriz francamente afinada, se consigue la magia del teatro. Es, eso sí, una función que necesita abrazar –nunca mejor dicho- al espectador: necesita de la inmediatez y de la cercanía para envolver como es debido. Afortundamente la sala de teatro Roberto Vidal Bolaño de la Universidade de Santiago de Compostela es un espacio especialmente propicio a esa cercanía que es tan necesaria aquí. Muy recomendable.

H. A.

Nota: 4/5

O Empapelado Amarelo”, de Charlotte Perkins Gilman. Versión libre: Tito Asorey y Melania Cruz. Con: Melania Cruz. Dirección: Tito Asorey. A QUINTA DO CUADRANTE.

I Festival USCénica. Sala de Teatro Roberto Vidal Bolaño (Santiago de Compostela), 15 de julio de 2020

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