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‘Algún Día Todo Esto Será Tuyo’, o negocios de familia

septiembre 26, 2018

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Cierra Club Caníbal su llamada Trilogía Ibérica –tras las memorables Desde Aquí Veo Sucia la Plaza y Herederos del Ocaso- con Algún Día Todo Esto Será Tuyo, una suerte de sátira sobre el apogeo y caída –o viceversa- de Ramón Areces, segundo presidente de El Corte Inglés, que literalmente, con un pie en la tumba, manda buscar a una de sus antiguas empleadas para que le ayude a definir su esencia para una entrevista que ha de conceder. Este es el punto de partida de una historia que retrocede tanto a los inicios del icónico comercio –fundado por César Rodríguez, a la sazón tío de Areces- sino a la vida de varias generaciones de la familia, a través de las cuales vemos el nacimiento del negocio con César Rodríguez a la cabeza –a caballo entre Cuba y España- y la posterior expansión que emprendió su sobrino Areces, de la misma manera que observamos cómo el gigante le come todo el terreno – en principio casi accidentalmente- a la marca previa que tenía todas las de triunfar: Galerías Preciados, que había fundado un primo de César Rodríguez.

La biografía –siempre anacrónica, incluso en la vida real- de Areces, contada casi desde un punto de vista ácido e irónico, casi como una suerte de culebrón de negocios de familia permite no solo asistir a los tejes y manejes familiares; sino también trazar una radiografía crítica y bufa de esa España cañí de varias generaciones –caben la emigración, la Dictadura franquista e incluso la Transición Española-, como acostumbra Club Caníbal, a la manera de un esperpento contemporáneo –vuelve a haber ecos claros de Berlanga o García Sánchez- que nos recuerda el camino que hemos tenido que seguir para llegar a lo que somos hoy. Así pues, del mismo modo que Club Caníbal ponía patas arriba el mundo de lo rural en Desde Aquí Veo Sucia la Plaza ahora les toca el turno a las clases más altas; pero las de aquellos nuevos ricos que lo consiguieron todo con el sudor de su frente; y por lo tanto, bajo esa apariencia de altos empresarios mantienen esa pátina de lo que fueron en el pasado: es ahí, en ese contraste del que ni Rodríguez ni Areces pueden escapar, donde reside el mayor atractivo de la propuesta, tanto a nivel de crítica –porque aquí nos estamos riendo del retrato, tan reconocible de tiburón, de nuevo rico- como a nivel humorístico, porque la narrativa bidireccional permite constantemente jugar con el pasado más pobre, el pasado más rico y el presente decrépito – por unas cosas o por otras- de todos los personajes, armando así una sátira de primer orden, como ocurría en los espectáculos anteriores de la compañía. La sátira aquí es la de un conjunto de hombres que, para levantar un emporio familiar, han tenido que degradarse, sin darse cuenta, hasta renunciar a su propia naturaleza; de la misma manera que el concepto de Corte Inglés puede degradar al país entero como emporio de consumo. Una guerra de leones, al fin y al cabo – no hay que olvidar que el espectáculo toma su título de la icónica escena en la que Mufasa presenta a su heredero, Simba, todo el territorio que le corresponderá cuando sea rey en El Rey León: el paralelismo Simba-Mufasa/Areces-Rodríguez es claro, y es otra seña de identidad de hasta dónde llega la sátira en este montaje-.

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Aun con el sello humorístico infalible de Club Caníbal –y momentos de irresistible comicidad- seguramente sea esta la pieza menos redonda de la trilogía, tal vez por esa falta de factor sorpresa que nos atacaba sin compasión en las entregas anteriores. Podemos señalar, por ejemplo, que, aun atendiendo a un estrato social más alto – el de los empresarios que han medrado desde abajo- Algún Día Todo Esto Será Tuyo recuerda en no pocas ocasiones al espíritu de Desde Aquí…, con toda su ocurrencia cómica; pero sin esa sorpresa inicial. Señalado esto – que seguramente sea lo que más juega en contra del espectáculo- hay que decir que la propuesta se disfruta en su aliento cómico, cuenta con una estructura de sketches que mantiene el espíritu de la compañía y encontramos momentos verdaderamente hilarantes –el retrato de las dependientas, las megafonías, e incluso el retrato de Franco y Carmen Polo (el momento de la llamada telefónica es sensacional)- y los toques de esperpento contemporáneo en los que se apoya el montaje están equilibrados con audacia. Seguramente sorprenda a los que tengan con este montaje su primera experiencia con la compañía; pero a los seguidores de esta compañía seguramente nos falte esta vez un plus que redondee un espectáculo cómico y agradable de ver.

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Una vez más, podemos decir que Chiqui Carabante –encargado de dramaturgia y dirección- no teme ni a desbarrar en el código esperpéntico con todas sus consecuencias en busca de una comicidad que las más de las veces llega ni a dibujar a sus personajes en unas líneas corrosivas –muchas veces próximas a la caricatura- en favor de ese esperpento marca de la casa que tan bien les funciona. Cuenta para ello con actores que dominan el código, saben a lo que se enfrentan y transitan bien en esa frontera entre el esperpento y el clown en la que se mueve la propuesta. El peso de la propuesta recae esta vez sobre Vito Sanz -decididamente mejor en lo físico y gestual, con una caricatura grotesca muy bien ejecutada; que a nivel de texto, con el que tuvo algún que otro desliz, al menos en la función que presencié. En torno a su Ramón Areces, Font García y Juan Vinuesa divierten y se divierten dando vida a toda una pléyade de personajes que les permiten dar rienda suelta a una vis cómica de la que sabemos que van sobrados, para deleite del respetable. Ataviada en un traje de dependienta, Laura Nadal se encarga por su parte de toda la banda sonora de la pieza, que incluye no solamente música, sino también toda una serie de efectos que crean el espacio sonoro.

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Así pues, Algún Día Todo Esto Será Tuyo cierra la trilogía de una compañía que, en apenas tres años, ha conseguido algo más difícil que el reconocimiento que ya tiene: crear un sello, madurarlo; y cincelar una forma tan particular como perfectamente reconocible de hacer humor satírico; y es un humor ligado con claridad a la gran tradición satírica del pasado que puede mirarse a la cara con ella sin palidecer. Puede que a muchos ya no nos coja por sorpresa; pero lo que tampoco podemos negar es que este espectáculo ofrece justamente lo que se espera de él, y eso siempre es algo que se agradece.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

“Algún Día Todo Esto Será Tuyo”, dramaturgia y dirección: Chiqui Carabante. Con: Vito Sanz, Font García. Juan Vinuesa y Laura Nadal. CLUB CANÍBAL.

Teatro de la Abadía, 14 de Septiembre de 2018

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‘Un Enemigo del Pueblo (Ágora)’, o los límites de la ética y la libertad de expresión

septiembre 24, 2018

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Ética.   f. Conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida.

f. Parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores.

Arriesgada y abierta – ya desde su creación, pues uno de los actores anunciados, ni más ni menos que Guillermo Toledo, desapareció del elenco s y el montaje se mantuvo con un intérprete menos sin que el resultado parezca resentirse en lo más mínimo- propuesta de Álex Rigola, que toma las bases temáticas del clásico de Ibsen, tantas veces revisitado, para plantear sin embargo una especie de espectáculo básicamente performativo que termina resultando en una suerte de experimento en torno a los límites de la ética, la necesidad de la democracia y sobre todo la libertad de expresión, decisión y voto de los individuos, si es que tal  cosa existe en realidad. Porque, a través de este Enemigo del Pueblo –oportunamente rebautizado aquí como Ágora– Rigola cuestiona ante todo no solamente la capacidad de los individuos de manipular y ser manipulados por la opinión pública –o, por extensión, por las fuerzas políticas-, sino también la verdadera libertad que tenemos para decidir. ¿Son las decisiones que tomamos verdaderamente nuestras o están impulsadas por corrientes subterráneas? ¿Decidimos por el bien común o por el bien propio? Son algunas de las cuestiones que subyacen del mensaje de la representación.

Al entrar en sala, nos reciben los intérpretes distribuidos entre el escenario y el patio de butacas, manipulando una serie de globos gigantes que contienen las letras de la palabra ēthikḗ. Antes, junto con el programa de mano, se nos han entregado papeletas con SÍ o NO que serán fundamentales para el devenir de la representación. Pronto se nos anuncia que el comienzo de la función no es más que un juego en el que el espectador deberá decidir, mediante el voto, sobre cuestiones como si creemos en la Democracia o si los responsables del Pavón Teatro Kamikaze deben y pueden expresar libremente aquello que piensan aunque esto les suponga tal vez perder ciertas ayudas en caso de ser contrarios al poder pensante. Una tercera votación propone una protesta pública que podría detener la representación en este mismo punto –apenas transcurridos 10 minutos desde el comienzo-, como sucedió la noche del estreno. Las respuestas a las dos primeras cuestiones consiguen mayorías aplastantes; pero –en caso de que el espectador decida continuar con la representación- se presenta la primera gran contradicción: defendemos una serie de valores pero, a la hora de la verdad, nos negamos a hacer lo coherente con estos valores –que sería detener el espectáculo- por el mero hecho de haber pagado nuestras entradas.

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Lo que sigue es una breve exposición de la trama que plantea Ibsen en el Enemigo… en la que los actores – con sus mismos nombres, como acostumbra a suceder últimamente en las propuestas de Rigola- asumen los roles de la trama, resumida a su mínima expresión. Así, se nos explica que en el pueblo hay un balneario del que todos se lucran de una u otra manera y que Isra – médico, y a la sazón hermano de Irene, la alcaldesa- va a presentar un informe al periódico Public Enemy sobre lo dudoso que es abrir el recinto en la temporada de bañistas. El furor que genera el polémico artículo entre el personal del periódico –encarnados aquí por Óscar de la Fuente, Nao Albet y Francisco Reyes- contrasta con la verdadera problemática que ve la alcaldesa: el cierre del balneario podría llevar al pueblo a la ruina. La polémica –en la que el médico Isra pasa en un momento de ser un honesto salvador del pueblo a un hombre en los límites de defender los principios fascistas, renegando incluso del sufragio universal- pasa enseguida del escenario al patio de butacas, provocando que el público pueda y deba intervenir en un debate entre la alcaldesa y su hermano del que se acabará decidiendo no sólo qué hacer con el informe, sino también qué hacer con el Enemigo del Pueblo: ¿salvación o linchamiento público? Nuevamente será el público quien decida, después de poder poner en común con los personajes tantas cuestiones como sean necesarias.

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Hay que decir que la versión que plantea Rigola – que, por cierto, conserva muchas más líneas del original de Ibsen de las que uno podría pensar en un primer momento; y por tanto está cercana al espíritu de la obra- funciona quizás mejor como experimento performativo que nos hace reflexionar sobre hasta qué punto los hechos pueden manipular nuestros puntos de vista –no en vano, las cuestiones sobre las que se nos pide el voto están a menudo planteadas desde un lugar pretendidamente ambiguo que hace casi imposible saber qué es lo correcto (si es que tal cosa existe)- que como espectáculo teatral en sí mismo. E incluso, podríamos tener en cuenta que aquel espectador de acuda al teatro esperando ver una versión al uso de la obra de Ibsen podría sentirse decepcionado a primera vista con el tipo del espectáculo que se ofrece. Pero nada más lejos de la realidad: tal vez Rigola esté renunciando a contar la fábula de Ibsen – al menos a contarla en profundidad, porque se queda en la base y elimina todas aquellas tramas que sean superfluas o secundarias-; pero sin embargo arma un estupendo espectáculo de teatro político que toma todos los núcleos temáticos de la obra de Ibsen – y es que, a fin de cuentas ¿de qué habla el autor noruego sino del enfrentamiento entre el bien común y el bien individual?- y que – en su carácter performativo y experimental- genera debate y reflexión, hasta el punto de que difícilmente podremos encontrarnos con dos funciones iguales. Casi sin que nos demos cuenta, lo que plantea Rigola en su versión es partir de Ibsen para ir varios pasos más allá y convertir la vigencia de la obra en un verdadero ejercicio de estilo. Y, sin embargo, dentro de este experimento, no renuncia tampoco Rigola a aportar detalles dramatúgicos de fuerza expresiva: si el mensaje final es que el antihéroe podrá ser el más poderoso; pero sin embargo también es el más solo y castigado; el director encuentra una hermosa metáfora musical para cerrar el montaje, en la que tal vez solo amar y ser amados nos salve de ser –o, mejor dicho, sentirnos- señalados por la masa.

Puede que esta particular estructura tenga algunos puntos más flacos. Por un lado – y partiendo de que no va a haber dos noches iguales- se requiere un público activo y participativo para que la función llegue al mayor nivel de interés posible: en aquellas plazas o aquellas noches en las que el público no entre al juego; sin lugar a dudas el espectáculo decaerá. Y, puestos a hablar de manipulación como lo hace, creo que se pierde la oportunidad de profundizar en el uso del lenguaje como herramienta base de manipulación. Por otro, tal vez se pueda decir que –en el falso juego de confundir la frontera entre actor y personaje lo más posible-, los actores se vean privados de verdadero lucimiento personal en favor de prestarse al juego de la democracia que les plantea Rigola. En este sentido, son Israel Elejalde –que sabe dibujar bien la caída al abismo de un personaje con el que en un principio estamos todos de acuerdo, pero se desliza hacia el totalitarismo de manera casi inconsciente por defender su verdad; y a su vez se muestra bien resolutivo a la hora de enfrentar las embestidas del público en el debate final- e Irene Escolar –a la que este tipo de teatro en el que tal vez no sea tan necesario ‘construir’ un personaje que se distancie de ella misma, beneficia- quienes llevan el mayor peso del texto: no estaría de más tal vez elevar la tensión entre ambos en el tira y afloja que acometen; resaltando tal vez el vínculo familiar. Alrededor de estos dos pilares planean Óscar de la Fuente, Francisco Reyes y Nao Albet, aquí reducidos a azuzadores tanto del público como del conflicto que se desenvuelve en escena; para que el juego planteado llegue a buen puerto. Tal vez pueda parecer que están algo desaprovechados, pero es de ley reconocer su generosidad al entregarse al conjunto. Es de ley señalar que Albet se lleva con justicia un breve pero hermoso momento de lucimiento personal, entonando una lograda versión de Creep, en uno de los momentos teatralmente más felices del montaje.

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A fin de cuentas, puede que este Enemigo del Pueblo performativo y experimental no sea nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, no se pueden negar ni que respeta escrupulosamente el espíritu de Ibsen ni que el resultado resulta atractivo y remueve conciencias: aspectos que han importado al director más incluso que mantener una teatralidad verdaderamente poderosa. Es, desde luego, un teatro rabiosamente político y rabiosamente contemporáneo.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“Un Enemigo del Pueblo (Ágora)”, de Henrik Ibsen. Con: Nao Albet, Israel Elejalde Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes. Versión libre y dirección: Àlex Rigola. EL PAVÓN TEATRO KAMIKAZE.

El Pavón Teatro Kamikaze, 13 de Septiembre de 2018

8 años de Butaca en Anfiteatro

agosto 10, 2018

8 AÑOS

Hoy, 10 de Agosto, Butaca en Anfiteatro cumple nada menos que 8 años en la red. Después de 660 posts y casi 250.000 visitas – y con un volumen claramente creciente año tras año, tanto por la cantidad de publicaciones como por el número de visitas como por la repercusión que recibo- es un orgullo poder hablar de Butaca en Anfiteatro como un medio cada vez ma´s consolidado, que cada vez se encuentra más presente y llega a más gente.

Como siempre que llega esta fecha he de decir que, más allá del orgullo que supone ver crecer esta iniciativa propia y personal, Butaca en Anfiteatro lo hacemos todos: tanto cada una de las personas que lee el blog cada día, que comparte y da difusión a las publicaciones y que me hace llegar sus comentarios acerca de las opiniones que vierto en el blog. Porque Butaca en Anfiteatro pretende no sólo visibilizar el hecho teatral en todas sus vertientes, sino también –y sobre todo- constituirse como elemento informativo y foro de debate; y para eso se necesita a cada lector. También hay que agradecer a los departamentos de prensa y comunicación de teatros, festivales y compañías que, a diario, me hacen llegar información acerca de las propuestas que forman las carteleras. Gracias a unos y a otros, Butaca en Anfiteatro puede cubrir cada vez más cantidad –y variedad- de propuestas; y ofrecer una visión más amplia de la realidad teatral en la que vivimos. En definitiva, crecer. Y, por supuesto, gracias a cada una de las personas que levantan proyectos para ayudar a que la oferta, la variedad y la pluralidad del teatro que vemos sea cada vez mayor. Después de todo, el teatro es el principal fin que mueve este blog.

Durante este último año, Butaca en Anfiteatro ha establecido además como medio también una serie de interesantes colaboraciones con otros medios –la revista Primer Acto, la Asociación de Directores de Escena de España, Tragycom, otros medios en red…- que han ayudado de forma decisiva tanto a ampliar la visibilidad del medio como a ampliar los puntos de vista desde los que se mueve el blog: es, desde luego, otro de los objetivos que se busca, y creo que este año se ha cumplido como nunca antes. Vaya desde aquí mi más profundo agradecimiento a todos los que me han invitado a colaborar con ellos; y espero que esas vías de colaboración puedan ser igual de fructíferas de cara al futuro.

De nuevo, muchísimas gracias a todos por seguirme, leerme y darle sentido a este blog. Espero poder seguir contando con todos vosotros de cara a la próxima temporada, y que unos y otros podamos seguir creciendo juntos.

Hugo Álvarez Domínguez

‘Macbeth’, o más clásico que arriesgado

agosto 1, 2018

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Procedente del Festival de Teatro Clásico de Almagro se pudo ver en el Centro Niemeyer de Avilés el acercamiento al Macbeth shakesperiano que presentan en coproducción el Teatro Colón de Bogotá y La Compañía Estable, dos de las máximas fuerzas del teatro colombiano actual. Se trata de un montaje dirigido por Pedro Salazar que se presenta en una versión de Joe Broderick, y en formato “depurado” en gira respecto a la propuesta original; manteniendo sin embargo un copioso elenco. La idea, según afirma el director, bascula entre el respeto al original y una cierta tendencia de adaptación a la realidad colombiana; algo que sin duda, y a la vista del espectáculo, podrá sorprender a más de uno. A fin de cuentas, lo que se presenta aquí es una versión minimalista y atemporal de Macbeth, concentrada en el trabajo del actor pero despojada de artificios –y también, por extensión, de cualquier elemento netamente ligado a Colombia, al menos a simple vista más allá del aspecto lingüístico-.

Macbeth es sin duda uno de los títulos de Shakespeare que suben con mayor recurrencia a los escenarios; e incluso podemos señalar que hemos visto propuestas notables latinoamericanas basadas de notable impronta localista – la más reciente y evidente Mendoza, de Los Colochos, que reimaginaba la tragedia en el marco de la revolución mexicana-. Tal vez sea por eso que sorprende el rigor formal que presenta esta propuesta colombiana, limpia hasta lo impecable en su desnudez formal; pero a la vez despojada de verdadero riesgo –y también de esa impronta netamente colombiana que promete el montaje-. El resultado es, como digo, una digna versión del Macbeth shakesperiano, centrada en el trabajo actoral y apoyada en la desnudez escenográfica casi total, sí; pero también exenta de verdadero riesgo y mucho más clásica en fondo y formas de lo que uno puede pensar a primera vista.

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Al margen de no saber en qué consiste la “depuración” del montaje que se anuncia en el programa de mano –esto es, qué elementos de la puesta en escena no habrán viajado en gira- podemos comentar que la propuesta escénica de Pedro Salazar transcurre enmarcada en arcadas metálicas que encierran un vacío escénico casi total –a excepción del trono del rey Duncan o la mesa para el convite del matrimonio Macbeth- envuelto en brumas, que seguramente busquen subrayar el componente más onírico de la pieza-. Será este espacio – tan funcional como impersonal- el que encuadre la tragedia de ambición de los Macbeth, en un entorno en el que las faldas escocesas y los ropajes nobles de época – para los personajes nobles masculinos- contrastan con algunas prendas estampadas de cuero –Lady Macbeth, que aparece con una estética diferente al resto sin que haya una lógica aparente en esta decisión- o los pelajes animales que lucen las tres brujas – una de ellas un actor travestido, un recurso que tampoco es novedad-. Al margen de estos asuntos, tanto la versión del texto que firma Joe Broderick –fiel al original y bastante extensa, superando las dos horas y que, afortunadamente abre muchas escenas que habitualmente se cortan: escuchar un Macbeth tan completo seguramente sea uno de los mayores atractivos de esta versión- como el gusto por lo estético que muestra la puesta en escena de Salazar son dignos de admirar; pero el resultado se acerca mucho más un montaje de corte clásico minimalista que a algo verdaderamente rompedor o innovador: de hecho, las pocas innovaciones que presenta el montaje – más centradas al universo de lo estético- parecen ocurrencias que no siempre tienen una justificación clara en el concepto escénico; por más que el resultado sea en algunos momentos visualmente atractivo. Hay instantes más logrados –el convite con la aparición del espectro de Banquo, sin duda el momento visualmente más reseñable de la representación- junto a escenas inicialmente prometedoras pero no del todo bien resueltas en su conjunto –el asesinato de Banquo genera ambiente; pero la fuga de Fleance resulta sin embargo bastante torpe- en un montaje clásico en su sencillez al que seguramente le falten riesgo y concepto -teniendo en cuenta además que hemos visto muchos y muy variados Macbeths en los últimos tiempos-. Por otro lado, aunque el montaje cuenta con un reparto muy numeroso – una opción cada vez más infrecuente- creo que la propuesta escénica no siempre saca todo el partido posible –sobre todo a nivel de montar cuadros- a la cantidad de actores con los que cuenta: pudiendo hacerse, hay pocas escenas de masas. La iluminación tiende a ser válida para crear atmósferas, pero no escapa ni de algunas obviedades –el rojo que inunda las escenas de muerte- ni de golpes de modernidad de dudoso gusto –neones en algunos momentos en la estructura que enmarca el escenario-.

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Más reseñable –siempre dentro de una estética clásica- el trabajo actoral, homogéneo y en el que destacan sobre todo los sólidos trabajos del Macbeth de Christian Ballesteros –elegante y alejado de excesos- el rotundo Banquo de Felipe Botero, el particular acercamiento a Duncan que ofrece Diego León Hoyos –en una escena con un punto de caricaturesco, que habitualmente se corta- o el muy bien aprovechado Portero de Matías Maldonado, que se lleva en su monólogo previo al descubrimiento del cadáver de Duncan uno de los mejores momentos de la representación. Correcta en líneas generales –tal vez algo falta de esa malicia sibilina que debe caracterizar al personaje- la Lady Macbeth de Diana Alfonso; bien las tres brujas – Brunilda Zapata, Natalia Ramírez y un Jimmy Rangel que juega el travestismo con seria habilidad- y tal vez algo pasados de revoluciones por momentos tanto el Macduff de Iván Carvajal como el Ross de Andrés Estrada y el Malcom de Fabio Espinosa. El resto del nutrido elenco – muchos de ellos doblando y triplicando roles- cumple con corrección en sus respectivos cometidos, en un acercamiento al texto que opta por resaltar en el tono el aspecto más épico de la pieza.

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Gran éxito en el Niemeyer para una propuesta que se ve con agrado y que ofrece una versión muy completa de la obra; pero que acaba siendo un acercamiento mucho clásico y hasta conservador – en la línea quizá de algunos trabajos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en España, por buscar una cierta equivalencia- de lo que se anuncia a primera vista. Se disfruta, sin duda, y hace justicia a Shakespeare; pero no estaría de más mayor riesgo – y una apuesta estética más clara- cuando estamos abordando una obra que ha subido tantas veces a los escenarios. Quienes busquen un Macbeth de corte más clásico que no traicione las premisas del original disfrutarán tanto con la versión como con el notable nivel actoral; pero los enfoques arriesgados implican otras cosas. Si tenemos en cuenta que estamos ante un montaje extranjero, tal vez hubiera que pedir algo más de riesgo o de novedad, por más que este sea un Macbeth clásico muy válido y disfrutable.

H. A.

Nota: 3.25/5

Macbeth”, de William Shakespeare. Versión: Joe Broderick. Con: Christian Ballesteros, Diana Alfonso, Felipe Botero, Iván Carvajal, Andrés Estrada, Fabio Espinosa, Diego León Hoyos, Natalia Ramírez, Brunilda Zapata, Jimmy Rangel, Matías Maldonado, Carlos Gutiérrez, Alexis Rojas, Felipe Correa y Andrés Gaitán. Dirección: Pedro Salazar. TEATRO COLÓN DE BOGOTÁ / LA COMPAÑÍA ESTABLE.

Centro Niemeyer (Avilés), 24 de Julio de 2018

‘Elisa e Marcela’, o de comedias e historias de amor por contar

julio 31, 2018

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Espectáculo en lengua gallega (con fragmentos en castellano y portugués)

Precedida de un grandísimo éxito que ya la aclama como uno de los montajes teatrales más destacables del año en Galicia – triunfador en la pasada edición de los Premios María Casares, con 4 galardones- llegó a la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia – donde obtuvo el Premio del Público- Elisa e Marcela, espectáculo de la todavía joven pero ya asentada compañía gallega A Panadaría – Premio de la Crítica 2015- en torno a la historia de Elisa y Marcela: dos mujeres que, en La Coruña de 1901 – después de conocerse y superar la distancia y el rechazo de las familias- decidieron casarse; para lo cual Elisa debió vestirse de hombre y registrarse como Mario, constituyéndose así como el primer matrimonio homosexual de la historia. Lo que siguió fue un periplo de ocultaciones, denuncias, cárcel y fuga para dos mujeres pioneras que, después de todo, lucharon por amarse contra todos los obstáculos que encontraron en el camino. Condenadas por los medios y la opinión pública, perseguidas y convertidas en un icono para muchos, Elisa y Marcela vuelven a enfrentarse a la distancia y a la huida, hasta que consiguen llegar juntas a Buenos Aires, donde se les pierde la pista. Historia que ha llamado la atención de muchos, Isabel Coixet acaba de filmar estos días una cinta centrada en Elisa y Marcela que se verá próximamente; mientras que este espectáculo de A Panadaría se convierte por tanto en el primer acercamiento dramático a la historia.

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Y lo cierto es que no se puede negar el grandísimo éxito que Elisa e Marcela alcanza allá por donde va, como tampoco puede negarse que estamos ante un espectáculo entretenido y que se ve con agrado. Sin embargo, uno puede quedarse con la sensación de que la historia de Elisa y Marcela podrían no ser más que un punto de partida, un pistoletazo de salida para algo que poco a poco va convirtiéndose en otra cosa, de manera que conocemos retazos de la historia principal, sin profundizar en ella más de la cuenta; en favor de dar vida a una comedia vitalista, irónica y gozosa, centrada en lo gestual y lo corporal: es sin duda un camino – y, como tal, funciona con el público y es comprensible que así sea- pero uno sale del teatro no sólo queriendo saber más sobre Elisa y Marcela, sino con la sensación de que falta entre tanta catarsis cómica algún atisbo de profundidad que dibuje, por ejemplo, la historia de amor y la tensión dramática que implica un periplo como el que vivieron estas mujeres.

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Probablemente la gran diferencia que tenga Elisa e Marcela con respecto a los anteriores espectáculos de la compañía – Pan!Pan! y Panamericana, que desgraciadamente no pude llegar a ver- sea que mientras aquellos parten de ideas más generales, este se apoya en al responsabilidad de contar una historia muy concreta. Anuncia A Panadaría una “reconstrucción irreverente” de la historia, que se apoya en el vacío escénico casi total – apenas un telar que servirá para juegos de sombras- para crear un espectáculo esencialmente cómico, que bebe de distintas disciplinas –lo corporal, el teatro físico, el clown, el teatro de sombras, lo musical y hasta el cabaret- para ir deconstruyendo progresivamente la historia central de Elisa y Marcela, tanto en la forma de contarla –desde voces de diversos narradores, no siempre fiables y muchas veces hasta contradictorios- como en los planteamientos estéticos. Asistimos, desde el momento de la boda con que arranca la función, a flashbacks y flashforwards que nos pasean por el pasado –su primer encuentro, las voces de sus compañeras de residencia…- y el futuro –su huida, su estadía en prisión a partir de un encuentro de apoyo en un local lisboeta…- de manera que conocemos la historia de Elisa y Marcela condensada mediante retazos que deberemos completar como espectadores si queremos hacernos una idea más sólida de lo que supuso la historia de las mujeres. Y es que la narración se realiza no sólo desde las actrices – que entran y salen de los personajes que interpretan, e incluso se contradicen sobre la realidad de los acontecimientos- sino desde personajes alegóricos, reales o no –desde fantasmas de las compañeras de pensión en Madrid, hasta fadistas, cantaores flamencos, puros que se fuma el cochero que traslada a Elisa y Marcela o bombillas que intentan sobrevivir a bordo de un barco…-: todos ellos tienen algo que decir, todos ellos aportan su punto de vista y es a partir de todos ellos que se construye una historia en la que los personajes y elementos externos acaban adquiriendo casi más importancia que las propias Elisa y Marcela dentro del todo.

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Más de uno se sorprenderá al comprobar que, efectivamente, con su espíritu crítico y su canto al amor libre, Elisa e Marcela es y pretende ser una comedia disparatada, desenfrenada y entretenida, que busca a menudo reírse del exceso para provocar la hilaridad de un respetable que entra sin miedo y goza con el juego. La dramaturgia –que firma la directora Gena Baamonde al alimón con las tres integrantes de la compañía, Areta Bolado, Ailén Kendelman y Noelia Castro- fragmentaria tiene, sí, algún hallazgo – la escena de los fantasmas de las alumnas burgalesas y la de los puros son de una comicidad incuestionable, y grandes aciertos de fondo y forma en la manera de contar y en la realización- pero también cae con frecuencia en un humor que empieza funcionando pero también bordea – y a menudo cae- en la brocha gorda: la única escena de sexo que se muestra entre Elisa y Marcela; por ejemplo se presenta desde una búsqueda premeditada de la parodia que me resulta bastante discutible, porque debería haberse mostrado lo hermoso del amor entre ambas mujeres. Es cierto que el público entra a la comedia constantemente, y que podemos reconocer el tipo de comedia al que nos estamos enfrentado; pero apostar por este tipo de comedia para armar un espectáculo libre y gozoso puede ser un arma de doble filo: por un lado arrastrará a buena parte del público en su frenesí cómico, pero por otro tal vez distancie a aquellos que queramos profundizar más en la historia de Elisa y Marcela. Y tal vez este sea el gran pero que le encuentro a la dramaturgia, con la que reconozco que no terminé de conectar: apenas conocemos un breve resumen de la historia y –sobre todo- no hay ni un atisbo de profundidad dramática, como si hubiese miedo a perder la comedia por mostrar – si quiera por un momento- la verdadera profundidad de la relación de las dos mujeres. Sabemos que hay una relación de amor madura, honesta, intensa y sincera; pero, además, queremos verla reflejada en el escenario. Me quedo con ganas de entrar en su intimidad, me quedo con ganas de ver una historia de amor valiente, profunda y bonita y, sobre todo, me quedo con ganas de profundizar en Elisa y Marcela y su verdadera problemática, en algunos momentos aquí al borde de quedar algo banalizada por tanta -tantísima- comedia. En otras palabras, siento que la dramaturgia escogida –con aciertos simpáticos de ritmo e ideas- sirve bien al tipo de espectáculo que han querido hacer –y, en este sentido, el equipo de A Panadaría ha sido valiente al apostar por una idea y llevarla a sus últimas consecuencias-; pero que el tipo de espectáculo no termina de hacer justicia – o, al menos, no la suficiente- a la historia de Elisa y Marcela; ni a Elisa y Marcela como personajes. El público entra en furor a la comedia, sí; pero por debajo de la comedia debería haber otra cosa: una profundidad que nunca aparece. Enfocar como comedia un material no debería implicar dejar de lado su parte más profunda, más aún teniendo en cuenta que estamos ante una historia de amor. En este sentido, hay que decir que si bien se entiende el enfoque de parodia por el que se apuesta -con punto de vista crítico, aquí se denuncian ciertos tópicos y lugares comunes extendidos a través de la risa; y es un camino válido- parece que se ha perdido la oportunidad de contar una historia de amor.

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Nada que objetar ni al trabajo de las tres actrices –Areta Bolado, Ailén Kendelman y Noelia Castro– que se dejan la piel en un espectáculo que exige de ellas un trabajo físico, vocal y gestual extenuante, y son capaces de llenar el espacio vacío con la expresividad de sus cuerpos: en este sentido, su trabajo de composición es verdaderamente estimable, y estamos ante actrices perfectamente preparadas y el ritmo que les marca la propuesta obliga a un esfuerzo del que salen airosas de forma notable y que es muy de agradecer. Tampoco a la dirección de Gena Baamonde, que ha armado un espectáculo alocado y trepidante sin miedo de lanzarse a la piscina – de la misma manera que creo que la dramaturgia crecería abriendo la puerta al drama; también siento que la propuesta crecería relajando algunos momentos; pero montar un espectáculo con este sentido del ritmo que trabaja desde el espacio vacío no es fácil-. El espectáculo no da tregua al espectador ni por el tono de comedia alocada –en muchos momentos casi de verdadero vodevil- ni por la concatenación de situaciones, a menudo enfocadas a lo disparatado. Quien guste de este género –o quien acuda despojado de la expectativa de saber más sobre Elisa y Marcela- seguramente disfrutará de un espectáculo con puntos álgidos y ritmo trepidante. No quisiera dejar de señalar que seguramente una propuesta íntima como esta luzca mejor en espacios más pequeños que el enorme Auditorio del Castillo, que a veces se quedó demasiado grande para el formato del espectáculo.

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Enorme éxito en la Mit Ribadavia – no en vano se alzaron con el premio del público- para un espectáculo que funciona mejor si lo vemos como una comedia gozosa, desenfadada y disparatada que como una verdadera reconstrucción de la historia de Elisa y Marcela: el cómo se cuenta no siempre encaja de la mejor manera con el qué se cuenta; y aún así –asumiendo el tipo de espectáculo- ese cómo se cuenta amarrará con fuerza a gran parte del respetable. Como propuesta cómica desenfadada, Elisa e Marcela es una fiesta perfectamente válida; pero dado el tema que se está tratando, lo cierto es que me quedo con ganas de conocer la historia de Elisa e Marcela con mayor profundidad de la que obtiene aquí, tanto en el contenido como en la voluntad de mostrar la belleza y sinceridad de una historia de amor como esta. Así y todo, es de ley volver a reconocer el grandísimo éxito de público – con aplausos a escena abierta, carcajadas sonoras y ovación final en pie- que obtuvo el espectáculo. Yo, esta vez, no terminé de entrar en la propuesta.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

Elisa e Marcela”. Creación colectiva de Areta Bolado, Ailén Kendelman, Noelia Castro y Gena Baamonde. Con: Areta Bolado, Ailén Kendelman y Noelia Castro. A PANADARÍA / CENTRO DRAMÁTICO GALEGO / CONCELLO DE A CORUÑA / CONCELLO DE VIMIANZO / CONCELLO DE RIANXO.

XXXIV Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia. Auditorio do Castelo, 21 de Julio de 2018