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‘Quitamiedos’, o la burocracia de morir

febrero 3, 2020

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Desde luego que Kulunka Teatro se ha convertido en apenas una década en una de las compañías más importantes de España gracias a sus espectáculos de máscaras –¿cómo olvidar André y Dorine o Solitudes?- que giraron con gran éxito por todo el mundo. Y, sin embargo, con bastante buen criterio, la compañía no ha querido encasillarse en el género de la máscara, presentando además espectáculos de teatro de texto francamente interesantes. Hace unos años gustó mucho Edith Piaf: Taxidermia de un Gorrión, sobre texto de Ozkar Galán; y ahora apuestan nuevamente por el teatro de texto con Quitamiedos, una de esas comedias de caricia escrita por Iñaki Rikarte que, bebiendo quizá de algunos clásicos del humor, se ocupa de la vida después de la muerte; o, mejor dicho, de un episodio más concreto: del que se da entre el momento de la muerte y el momento en el que el cuerpo se enfría definitivamente. En ese tiempo de tránsito, Quitamiedos plantea un improbable encuentro entre el más allá: tal vez una historia de amor imposible que tendrá, claro, consecuencias.

Estamos en una curva de alguna carretera comarcal. Ante nosotros, un hombre entre arreglado y desastrado escucha You’re the Devil in Disguise de Elvis Presley. Canturrea. De pronto, un frenazo. Bruma espesa y un quitamiedos roto. Nuestro hombre intenta levantarse, con una notable brecha en la cabeza; y pronto se encuentra con un sujeto que se alegra de conocerle y le pone en antecedentes de lo que acaba de ocurrir: ha muerto en un accidente de tráfico a los 39 años; y él es su ángel custodio, su ángel de la guarda que lleva a su lado desde el momento de su nacimiento y conoce su vida al dedillo, porque la ha visto desde la distancia. Ahora, mientras el cuerpo del accidentado se enfría para morir definitivamente, el Ángel deberá cubrir con él alguna documentación relativa a su vida; al mismo tiempo que le advierte que debe prepararse para ser ángel de la guarda de un bebé por nacer. Para aprender su nuevo oficio, nuestro hombre accidentado tan solo tendrá el tiempo que su cuerpo tarde en enfriarse… pero está en las mejores manos para aprender. Sin embargo, tras la perplejidad inicial por su nueva situación, el accidentado empezará a bucear en su vida de la mano de su ángel custodio para descubrir algo como mínimo curioso: su vida no es como el la sentía; o al menos su ángel custodio –que, claro, ha velado por él todo este tiempo- no la cuenta de la misma manera. ¿A qué se deben estas contradicciones? Y, lo más importante: si el accidentado tiene un ángel custodio ¿cómo ha podido ocurrir esta muerte accidental? ¿No se supone que el ángel debería cuidar de él? Todas estas cuestiones complicarán una conversación que, en esencia, sólo iba a ser una iniciación al universo del cielo; pero acaba por convertirse en un thriller de amor.

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La frontera entre la vida y la muerte vista desde una esfera de comedia no es, ni mucho menos, novedad en el mundo del teatro –ahí están Un Espíritu Burlón, Un Marido de Ida y Vuelta, Tal Vez Soñar… y tantas otras-. Con todo, no cabe duda de que, en su sencillez, la comedia que ha escrito Iñaki Rikarte es ingeniosa en el planteamiento de sus situaciones y en la manera de trabajar un humor de situación, fundamentalmente blanco, que evoca de algún modo las sombras del lenguaje de Jardiel Poncela o Mihura, salvando las distancias. En este sentido, el acierto del texto de Rikarte es haber sabido construir un universo accesible a cualquier público, que mira a la muerte con normalidad y que no se ríe de ella, sino de ese universo entre amable y disparatado con el que se imagina el más allá. Un más allá en el que hay ángeles que cargan alas que pesan, toda una serie de elementos para que los custodios puedan medir las ganas de vivir –y las líneas de la vida- de sus custodiados, e incluso complejas gráficas que ayudan a contar lo que ha sido la vida de los que se van de este mundo. Un más allá, en suma, en el que existe la burocracia, como en el más acá; y donde los custodios no parecen ser más que funcionarios, eso sí, bien entregados a la causa de seguir de cerca la vida de sus custodiados.

La mirada del mundo real desde el más allá –del que no estamos tan alejados como parece en un principio- permite a Rikarte mantener un texto tan sencillo como útil para sus propósitos, por lo simpático de sus chistes y por el hábil retrato de los dos personajes: el accidentado, que empieza perplejo ante una situación que le supera y se acaba enfrentando a lo que parece una existencia de pobre diablo –con un matrimonio fallido, episodios de depresión y demás…-, siempre manejado por ese ángel custodio tan metódico, tan de alta comedia, con un hermetismo, y una lucha para evitar cierta torpeza a la hora de seguir sus métodos, que resulta bastante atrayente: el personaje del ángel custodio es todo un acierto de personalidad y escritura. El contraste entre ambos personajes resulta atractivo y fomenta ese ambiente de comedia blanca en el que se mueve con bastante acierto el conjunto. Al mismo tiempo, en su mirada a la vida del accidentado, el autor sabe ser entrañable sin caer nunca en la cursilería ni en el exceso lacrimógeno: esa mirada – un punto melancólica- a la vida del accidentado se agradece, y va muy bien en el espíritu del conjunto. También es cierto que, por una serie de cuestiones que quedan bastante a la vista –paralelismos físicos, de vestuario…- esperamos un giro, un golpe que nos haga cuestionarnos la verdadera naturaleza de lo que estamos viendo. Si bien es cierto que el giro llega, se aleja deliberadamente de opciones que hubiera podido esperar; y quizá sea el punto más flojo del conjunto: cuesta asumir ese giro –máxime cuando estamos en una obra sobrenatural, en la que por tanto cualquier cosa podría haber pasado…- y siento que ese desenlace, algo más oscuro que el resto, no está del todo en consonancia con el conjunto de la propuesta que podría haberse abierto a opciones más interesantes; porque aquí se pierde un poco ese aroma blanco para tirar más a la comedia negra de pronto, pero parece improbable ese comportamiento en base a lo que hemos visto antes. A pesar de todo, no podemos negar que la función es muy agradable de ver y está bastante bien escrita, con un tono que llegará a casi cualquier tipo de público y que acierta a la hora de mirar a ciertos clásicos del pasado desde el hoy, el aquí y el ahora. En este sentido, es entretenida, nada pretenciosa; y su humor funciona bien con el público.

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Sobre una sencilla escenografía de Ikerne Giménez –la cuerva polvorienta con el quitamiedos roto- y con una música muy bien puesta –es de ley reconocerlo- compuesta por Luis Miguel Cobo, los dos actores rinden a gran altura, complementándose a la perfección para dar un gran espectáculo. Desde luego que a Jesús Barranco –uno de esos actores que nunca fallan- se le regala un personaje a su medida del que hace una verdadera creación: su ángel custodio es al mismo tiempo pintoresco, apocado, entrañable, incisivo y redicho; como si estuviéramos ante una mezcla del marido muerto de Un Marido de Ida y Vuelta y el Don Sacramento de Tres Sombreros de Copa. Barranco hace una verdadera construcción, casi como si estuviésemos ante una cuidada viñeta que se ha escapado de un comic, y sabe dibujar bien una importante dualidad: podrá parecer un tipo entrañable; pero es el que conoce las reglas del juego, luego tiene la sartén por el mango. Ante tan buen trabajo, el Accidentado de Luis Moreno podría haber quedado en segundo plano; pero, afortunadamente, el actor encuentra el perfecto equilibrio para servir otro gran personaje de alta comedia, que se mueve bien desde la perplejidad inicial y la posterior melancolía del recuerdo hasta las discusiones finales con el ángel cuando los puntos de vista difieran. Moreno no se amilana, y planta cara a Barranco con otra gran interpretación, cargada de matices y sabiendo con qué suavidad debe jugarse este tipo de comedia. Desde luego que el reparto –que dirige el propio autor consciente de la importancia actoral de la función- es uno de los mayores aciertos de Quitamiedos; y ambos actores saben cómo brillar y aportar peso a la propuesta.

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En esencia, Quitamiedos es una comedia blanca y amable, con un puntito de ironía, en la que Rikarte sabe sacar adecuado juego del desarrollo de su anécdota para escribir una pieza tan sencilla como accesible a cualquier público; que, sin embargo, no termina de redondear un desenlace que se aleja de ese espíritu. En escena, dos actores implicados de esos que garantizan una gran tarde de teatro. Sin que sea especialmente compleja, se pasa un rato estupendo.

H. A.

Nota: 3.35 / 5

Quitamiedos”, de Iñaki Rikarte. Con: Luis Moreno y Jesús Barranco. Dirección: Iñaki Rikarte. KULUNKA TEATRO.

Madferia 2020. Naves de Matadero, 24 de enero de 2020

‘La Gran Ofensa’, o ¿existen los límites del humor?

enero 31, 2020

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Como mínimo curiosa la propuesta que se presenta en horario nocturno en el Teatro Lara. La Gran Ofensa es una comedia de Dani Amor, Oriol Pérez, Serapi Soler y Cristian Valencia –que coproducen El Terrat y La Bendita Compañía- que reflexiona sobre temas de máxima actualidad: ¿Existen límites en el humor? ¿Se puede imputar a alguien por un chiste? ¿Debemos tratar a los espectadores como material sensible? ¿Quién decide dónde están los límites que no se deben traspasar? Desde luego son asuntos que todos hemos visto recientemente o en las noticias –varios cómicos han sido denunciados o despedidos últimamente por su humor: ahí están Dani Mateo, David Suárez o Carlos Santiago, por citar algunos casos- o incluso en las marquesinas de la mayoría de los teatros cuando nos advierten de que “el espectáculo contiene desnudos, lenguaje obsceno e imágenes que pueden herir la sensibilidad del espectador”–advertencia cada vez más frecuente en nuestros teatros, un asunto sobre el nos invitó a reflexionar en su día Amanda H.C. en Proyecto Dúas-.

El equipo que presenta La Gran Ofensa aprovecha la fórmula de la comedia para reflexionar sobre todos estos límites; en una propuesta de corte comercial pero no exenta de cierto interés: no hay más que ver lo que le cuesta a parte del público reírse ante algunos de los chistes que contiene la función. Y es que ¿Dónde están los límites? En este juicio sumarísimo solo el espectador decidirá si nuestros protagonistas son culpables o inocentes, al mismo tiempo que cada uno deberá decidir cuáles son sus límites ante lo que acaba de ver.

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Sergio y Bernat son un equipo artístico que se debate entre mantenerse en el circuito off teatral o dar el gran salto a la televisión comercial. En medio del precario panorama del teatro alternativo, les surge una gran oportunidad: van a presentar uno de sus monólogos –escrito por uno e interpretado por el otro- en el Late Motiv de Movistar +. Llega el ansiado día y vemos el monólogo, que incluye una retahíla de chistes de sentido del humor digamos incisivo: xenofobia, enfermos de cáncer, discapacitados… Nada de salva del humor de la pareja. La punta del iceberg la pone un chiste que compara los sanfermines con los brutales atentados de Cataluña en 2017. Y, a pesar de todo, todo es jolgorio para Sergio y Bernat, que saborean las mieles del triunfo tras su aparición televisiva. Hasta que descubren que Mateu –que pertenece a una asociación de afectados por los atentados, en los que se ha quedado paralítico- les ha denunciado precisamente por ese chiste final. Será entonces cuando contraten a María Pilar –una abogada visiblemente enganchada a sustancias poco recomendables- para que les defienda de la denuncia que les podría llevar a la cárcel por un chiste… pero por un chiste de los que no hacen ninguna gracia. ¿O tal vez sí? ¿Qué estrategia deben seguir? ¿Cómo liberarse de la cárcel? ¿Quién tiene la razón? ¿De parte de quién está la opinión pública ante un asunto que tiene todas las papeletas para mediatizarse en redes sociales? ¿Es Mateu, el denunciante, realmente una víctima o puede tener tanta mala leche como ellos? Solo los espectadores decidirán el futuro de la pareja.

Desde luego que lo que plantea La Gran Ofensa es interesante; por más que podamos pensar que la pieza –que se apoya en la comedia para pegarle un buen repaso a la sociedad- acaba siendo más blanca de lo incisiva que pretende ser. Si bien es cierto que durante la representación se ironiza con toda una serie de cuestiones incómodas y políticamente incorrectas –mediante una estructura que busca el poder del gag-, también se ha evitado –seguramente de forma consciente- ironizar sobre algunos colectivos que actualmente puedan resultar más sensibles, al menos en la actualidad; por más que eso no quite para que la función dispare sin cortarse sobre algunos temas. Pero, sin embargo, desde mi punto de vista, nunca llega a incomodar ni busca incomodar, al menos al gran público. Es, en esencia, una comedia sobre los límites del humor que busca más que el espectador reflexiones sobre dónde están para él sus límites antes de hacer que se sienta revuelto en la butaca por el tipo de chistes que contiene. Al menos desde mi punto de vista; porque no se puede negar que, hacia el principio de la representación, se nota una cierta tensión en el patio de butacas: al respetable le cuesta reírse de los primeros chistes –es cierto que al principio el bombardeo es especialmente pronunciado- hasta que la tensión se relaja y asumimos a qué estamos jugando. Una vez que esto ocurre, la gente se relaja, se ríe; y sale a la luz la verdadera naturaleza de esta comedia.

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En otro orden de cosas, se agradece que en el dibujo de los personajes surjan perfiles que nos hagan dudar sobre el juego de buenos y malos. De partida podríamos juzgar a Sergio y Bernat por su particular sentido del humor, aunque quizá su mayor defecto sea lo pagados de sí mismos que están –esa pátina de artistas incomprendidos que arrastran para justificar a toda costa su falta de éxito y convertir su denuncia en una plataforma propagandística: ¿a cuántos artistas así nos habremos encontrado?-; pero pronto veremos que María Pilar –la abogada, la ley- tiene adicciones; y que Mateu –la víctima del atentado terrorista que pone la denuncia- tiene unas marcadas convicciones nacionalistas que podrían no ser del agrado de todos. Ante ese panorama ¿de parte de quién ponerse? Difícil considerarlo. Pero, además, el texto de Dani Amor, Oriol Pérez, Serapi Soler y Cristian Valencia se ríe de una serie de tópicos bienintencionados que, efectivamente, están patentes en la sociedad en la que vivimos –la falta de accesibilidad, la forma en la que la gente se dirige hacia una persona con discapacidad, sea esta cual sea…- que nos demuestra que, efectivamente, esto es más amplio que los límites del humor. O tal vez no, porque la parodia de los tópicos crea también humor en sí mismo. En cualquier caso, la pieza se ve con agrado y, desde luego, no busca incomodar sino reírse de esa incomodidad manifiesta. Desde mi punto de vista podría haber sido aun más incisiva; pero entiendo tanto el tipo de producto que maneja como el debate que plantea, y no se puede negar que logra una incomodidad palpable de inicio en parte del público. Desde luego, siendo una comedia de corte comercial –no pretende ser otra cosa- consigue abrir un debate: ya es una virtud.

La puesta en escena –de Oriol Pérez y Serapi Soler– se vale de todas las herramientas propias de este tipo de comedias, con escenografía sencilla, y montaje apoyado ante todo en la rapidez de los diálogos y el peso del gag y del actor; además, integra la platea en el desarrollo de la función, algo que siempre es muy del gusto del público que asiste a este tipo de funciones. Como tal, funciona bien; y el cuarteto actoral –que forman Dani Amor, Artur Busquets, Betsy Túrnez y Cristian Valencia- sabe cómo manejar el código –montando las caricaturas justas; sin pasarse del tiesto para que la parodia funcione como tal- sacando el mejor rendimiento de la comedia: no hay que olvidar que no por ligero es un género sencillo de hacer; y aquí el género está bien hecho por unos actores que saben cómo se hace. No cualquiera sirve para esto.

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No podemos negar que el montaje establece una marcada complicidad con el público, más difícil aun si se tiene en cuenta que partimos de una variante particular de extrañamiento: la de la incomodidad. Se vence esa incomodidad, se entra a la risa y se acaba empatizando con lo que hay en el escenario, si bien está bastante clara la conclusión a la que se quiere que el público llegue – no, no debería haber límites ni en el humor ni en la ficción-. Sin perder de vista que es bastante más compleja que otras comedias hermanas por el tipo de género –dado todo lo que conlleva- también hay que señalar que prefiere mover a la reflexión que a la incomodidad y que, aun poniendo sobre la mesa cuestiones espinosas para hacer humor sobre ellas, también evita otras ante las que gran parte del público quizá hubiera puesto –más- el grito en el cielo. En cualquier caso, es bastante entretenida.

H. A.

Nota: 3/5

La Gran Ofensa”, de Dani Amor, Oriol Pérez, Serapi Soler y Cristian Valencia. Con: Dani Amor, Artur Busquets, Betsy Túrnez y Cristian Valencia. Dirección: Oriol Pérez y Serapi Soler. EL TERRAT / LA BENDITA COMPAÑÍA.

Teatro Lara, 23 de enero de 2020

‘Atentado’, o reconstruir los relatos según el punto de vista

enero 30, 2020

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El Teatro Español presenta en la sala Margarita Xirgu una producción de Atentado, un texto de Félix Estaire que, disfrazado de thriller, indaga sin embargo en cuestiones como si la gente de a pie puede realmente acceder a la verdad, o los grandes medios de comunicación son capaces de maquillar, falsear y vender una realidad falsa a base de tergiversar el punto de vista. ¿En qué consiste realmente comunicar? ¿Es importante manipular el mensaje para crear así una sociedad de borregos que crean lo que conviene a una esfera de poder? ¿Es eso mentir o simplemente cambiar el punto de vista de la noticia? Estas cuestiones –que van aflorando a lo largo de la pieza- acaban constituyendo el mayor punto de interés de un texto que se presenta como una fábula sobre el terrorismo y, sin embargo, acaba ocupándose de otras cuestiones.

Durante un viaje de vacaciones, Helen –la jefa de comunicación entendemos que del gobierno- se encuentra de visita en un museo cuando se produce un atentado. Con la intención de salvar su vida, Marc –un desconocido que, aparentemente, trabaja en el museo- no duda en rescatarla y encerrarse con ella en un cuarto de la limpieza antes de que las consecuencias sean mayores. Recluidos en ese pequeño espacio tendrán que decidir cómo abandonar el lugar sin ser acribillados… al mismo tiempo que tendrán tiempo para mantener una conversación. En paralelo, la historia avanza mediante flashbacks y flashforwards para que conozcamos a Natalie, una periodista de las noticias locales que, de entrada, prepara un acto de homenaje a las víctimas de este atentado terrorista un año después de los hechos. La emoción no le permite terminar el discurso, y acaba deteniéndose en un cuadro sobre Judith decapitando a Holofernes: ¿quién es la víctima en ese cuadro? Depende del punto de vista desde el que lo observemos. Sabemos además que, antes de los hechos, Natalie trabajaba a las órdenes de Helen, quien le enseñó a toda costa la necesidad de cambiar el punto de vista de los mensajes para favorecer al gobierno; algo a lo que la periodista parece en un inicio reticente, porque para ella favorecer unos intereses puede que no sea la forma más ética de comunicar… Así, la trama avanza entre careos de Helen y Marc –encerrados en el museo-, careos previos de Helen y Natalie –discutiendo sobre la verdadera función de la comunicación- y los esfuerzos de Natalie por rematar un discurso de homenaje que parece escrito a conciencia. ¿Qué hay de verdad en la fachada de ejecutiva prepotente de Helen cuando tenga que jugarse la vida? ¿Será capaz de actuar con la misma frialdad? ¿Dónde queda la ética impoluta de Natalie?

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Desde luego que el punto de partida de Atentado –ir más allá del terrorismo para reflexionar sobre los límites de la comunicación y la necesidad o no de tergiversar los puntos de vista- tiene interés y resulta prometedor. Incluso el inicio –con Natalie sentando las bases de lo que vamos a ver con la comparativa del cuadro con la realidad- tiene puntos de interés que podrían crecer con otro desarrollo. Y es que, sobre una premisa muy interesante, Atentado comete el error de enredarse sobre sí misma con un discurso grandilocuente que se empeña en repetir recursos e información, como si hubiese que rellenar a toda costa una duración determinada. Incluso con la construcción narrativa – que alterna presente y pasado-, tenemos la sensación de que hay excesivas repeticiones para cerrar el círculo, de forma que lo que en un principio tiene cierto interés –la premisa, insisto, es buena- puede acabar aburriendo; sobre todo cuando parece que el texto termina dirigiendo al espectador sobre en qué dirección es correcto pensar. Por otro lado, la trama del atentado –que lleva, por supuesto, una sorpresa implícita que se ve venir a kilómetros- no deja escapar ciertos tópicos tan ligados al universo del terrorismo: la imagen de Oriente enfrentada a la imagen de Occidente, con dos personajes que acaban teniendo puntos de vista enfrentados –claro- sobre una cuestión que sigue sin resolver, y que tampoco va a resolverse aquí. Incluso asumiendo que estamos ante un texto de corte bastante dialéctico –se da mucha más importancia al mensaje que a la construcción de los personajes-, no es ese el mayor de los problemas; sino más bien la sensación de tener que rellenar metraje con material que repite información o es menos interesante que la premisa. Y, sin embargo, tengo la sensación de que acortando considerablemente su duración –dura unos 75 minutos y podría contar lo que pretende en 45- y eliminando algunos tópicos de la trama terrorista, Atentado tiene algunos elementos como para haber sido algo mucho más interesante de lo que resulta al final: nos invade la sensación de una pieza de cámara alargada; que quizá debería haber dibujado personajes algo menos arquetípicos.

La estilizada puesta en escena –de Alessio Meloni- reproduce con todo lujo de detalles una sala de un museo, llena de desasosegantes cuadros, con una oportuna iluminación de Lola Barroso que contribuye a crear el efecto –es obligado señalar que hay alguna errata gramatical en los textos de las paredes por cierto-, en una escenografía que genera una muy oportuna sensación de amplitud en una sala pequeña; y que además puede, de algún modo, girar sobre sí misma para evocar el paso de unos espacios a otros. Desde luego que el juego escenográfico es vistoso –sobre todo si consideramos que estamos en una sala de estas características- ayudando decisivamente a apoyar un texto que, algunas veces, no da más de sí por lo estirado. Respecto a la puesta en escena –que firman el propio Félix Estaire y Xus de la Cruz- no siempre escapa de cierto estatismo –que, de algún modo, viene implícito en el texto-; por más que haya un intento de cuidar el aspecto del movimiento corporal del elenco, a veces sin que tenga una función dramática clara. En cualquier caso, queda claro que no se ha escatimado en medios para levantar un montaje de categoría.

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Cuenta Atentado con un reparto de altos vuelos, que se esfuerza en dar lo mejor de sí mismos, partiendo de la base de que los personajes pueden llegar a resultar algo acartonados, por más que el elenco les insufle algo de vida. La Helen de María Morales transita bien entre la seguridad de la jefe de comunicación sin escrúpulo alguno con tal de conseguir sus objetivos y la mujer desesperada que, de algún modo, debe jugar una partida de ajedrez para intentar salvar el pellejo. Junto a ella, Ángel Ruiz maneja un personaje complejo por la escritura; porque debe emprender un giro bastante drástico en su caracterización. Tiene, además, una escena a público bastante compleja –aquella en la que instruye a su hija sobre lo que debe hacer- que puede que sea uno de los momentos más interesantes de la función, al menos a nivel de ejecución actoral. Junto a ellos, Eva Rufo realiza un interesante trabajo de contención expresiva dando vida a Natalie, la dubitativa presentadora de informativos. Si hay que considerar que –como ocurre con el montaje- los actores acaban estando bastante por encima del texto; también es imposible no recordar que a los tres los hemos visto recientemente en empresas de mayor fuste: Morales en la inolvidable Shock: El Cóndor y el Puma, Rufo en la memorable Espejo de Víctima y Ruiz sentando cátedra en Miguel de Molina al Desnudo. Desde luego que son tres ases de la actuación; pero este espectáculo ni se acerca a la repercusión que tenían aquellos.

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No se ha escatimado en medios para ofrecer un producto de calidad a la hora de subir Atentado a escena: el montaje es vistoso y los actores de fuste; y probablemente la suma de ambas cosas sea lo que más ayude a mantener la atención. Sin embargo, es imposible no quedarse con la sensación de que el texto, teniendo una premisa interesante que apuntaba posibilidades, acaba lastrado por un exceso de duración que tampoco evita algunos lugares comunes; como si se hubiese tenido que convertir a toda costa un texto breve en uno de duración media. Es una pena; porque los elementos de interés están ahí, e interpretaciones y montaje son muy sólidos. El conjunto tiene más opciones de las que finalmente se ponen en la mesa.

H. A.

Nota: 2.5 / 5

Atentado”, de Félix Estaire. Con: Ángel Ruiz María Morales y Eva Rufo. Dirección: Félix Estaire y Xus de la Cruz. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español (Sala Margarita Xirgu), 23 de enero de 2020

‘La Medida Exacta del Universo’, o ¿basta con querer para poder?

enero 28, 2020

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Hace apenas un par de temporadas, Juan Jiménez Estepa llamó poderosamente la atención de todos con su pieza Los Hombres Tristes que, a pesar de que quizá no tuviese toda la exhibición que se merecía en el circuito off –yo mismo me la perdí, por ejemplo-, sí que cosechó un triunfo unánime de público y crítica: alguien debería reponerla. Ahora presenta un nuevo texto, La Medida Exacta del Universo, que está realizando temporada en Nave 73, llenando la sala cada domingo y, de nuevo, llamando la atención de todos. En esta ocasión, Jiménez Estepa nos presenta una pieza a caballo entre la comedia romántica y el drama existencial, que revisa el horizonte de expectativas de dos de esos jóvenes que, ante la falta de oportunidades en España, han tenido que irse a Londres a buscarse el pan para comprobar al mismo tiempo si aquel futuro que soñaban se materializó o no; en un entorno en el que cualquier tiempo pasado nos parece mejor y en el que tal vez no baste con querer para poder.

Lucas y Zoe se conocen de forma fortuita en una de las pausas del lugar donde trabajan en Londres. Ambos son españoles. No sabemos si por lo solos que están o por que la casualidad lo quiere así, pronto acaban quedando para tomar algo, tirándose los trastos y entablando una de esas relaciones amorosas en las que todo parece color de rosa; pero que, al mismo tiempo, tiene como fecha de caducidad lo que dure su estancia en Londres. En sus expectativas de futuro, parece que Zoe se empeña en vivir el momento; mientras que Lucas fantasea con poder dedicarse algún día a la física cuántica que le apasiona. ¿Qué porvenir real tiene su relación? ¿En qué se habrán convertido en el futuro los sueños que tenían de jóvenes? Pronto lo sabremos; porque la función nos presenta también las vidas de Lucas y Zoe 17 años después de conocerse. Pareciera que siguen unidos pro alguna especie de hilo invisible –porque se dejaron, se reencontraron más tarde en Madrid, volvieron a enamorarse y ahora tienen un hijo en común y una crisis matrimonial de las que parecen insalvables-; pero, efectivamente, sus vidas distan de tener ese color de rosa con el que soñaron cuando eran jóvenes. Y, en plena crisis, el recuerdo de una promesa hará que quizá Lucas tenga que sumergirse de lleno en su pasado para entender qué está pasando con sus vidas, volviendo al lugar donde todo empezó. ¿Todavía se puede dar marcha atrás? ¿Existen las segundas oportunidades? ¿Cómo se puede seguir adelante cuando los sueños que uno tenía se han roto en mil pedazos? La Medida Exacta del Universo se adentra en todas estas preguntas a través de personajes que enfrentan su presente mientras miran a su pasado con nostalgia.

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En apenas 80 minutos, Jiménez Estepa encuentra tiempo para plantear tanto una comedia romántica de manual como –y sobre todo- un drama existencial y generacional. Porque La Medida Exacta del Universo se ocupa tanto de lo dramático que puede ser que los horizontes de expectativas no se parezcan en nada a los que uno tenía; como de la dificultad para comunicarse entre personas de distintas generaciones: ahí está, pegada al teléfono móvil, esa madre de Lucas empeñada en estar a la última y hacer una vida de señora moderna, pero incapaz de mostrar empatía alguna por su hijo. Desde luego que Jiménez Estepa es hábil a la hora de organizar su relato; e incluso de usar ciertos tópicos que funcionan con el público para metérselo en el bolsillo –será difícil ver la función y no pensar de inmediato con qué parte irresoluta de nuestro pasado nos conecta-. Funciona a la hora de trenzar pasado y presente, e incluso cuando emplea goteos de realismo mágico permitiendo que el ‘yo’ de ahora se encuentre con el ‘yo’ del pasado, para ver si entre ambos aún pueden solucionar algo de lo que viene y es honesta en su sencillez: no se va por las ramas y sabe justo qué historia quiere contar, por sencilla que parezca.

Es cierto que, para asumir que esta historia pasa como nos la cuentan, hay que comprar una serie de improbables casualidades más propias de cierto tipo de cine –hay algo que llama inevitablemente al Medem de Los Amantes del Círculo Polar, sin la pátina trágica que tenía aquella; y, por supuesto, la sombra de Love Actually es alargada, como en casi todas las historias de amor que se nos cuentan últimamente-. Pero, desde luego, no se puede negar que el autor sabe cómo tocar según qué resortes para garantizar que el público conecte de inmediato con esta realidad que está salpicada de detalles de –aquí oportuna- ficción. ¿Hubieran podido darse las cosas así en el mundo real? Parece improbable; pero lo compramos, porque a veces la labor de la ficción ha de ser la de ayudar a la realidad a construirse. En otras palabras: Jiménez Estepa apuesta por escribir una historia de corte y tintes realistas, con un –o unos cuantos- empujoncito(s) de fantasía. A juzgar por la cálida respuesta del público, el asunto da resultado; y hay que insistir en la honestidad de una pieza a la que quizá solo le pese un inicio quizás demasiado explicativo de quiénes y cómo son/eran los personajes que creo que no se necesita –porque se sobrentiende de lo que viene más adelante-; y unas intervenciones telefónicas en off de la madre de Lucas que acaban robando foco cada vez que aparecen –no sé si demasiado foco para ser un off-. Más allá de eso –y de lo inevitable que resulta pensar en la ausencia de cualquier mención al Brexit en el tiempo presente: está claro que está escrita antes de que todo esto pasase- la función es honesta y sabe qué quiere contar y qué herramientas utilizar para conectar con el público: podrá tener trucos –los tiene- pero están bien empleados.

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Con muy pocos elementos, el autor arma una puesta en escena perfectamente válida, ordenada y que deja claros los tiempos y los espacios, apoyada en un tono esencialmente oscuro; que además construye paralelismos que no por obvios dejan de ser de agradecer –el Lucas joven y el adulto han copiado, muy oportunamente, tics y movimientos; algo menos que la Zoe joven y la adulta, que apenas llegan a cruzarse en escena-. Desde luego que es muy de valorar la capacidad de Jiménez Estepa para contar con claridad y con pocos elementos una historia que, por cómo está escrita, podría haber provocado problemas de continuidad –ya saben: Madrid/Londres, presente/pasado- que aquí siempre se resuelven bien, encadenando escenas y haciendo que la trama fluya sin descanso.

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Es, ante todo, una función de actores; y, en este punto, el conjunto respira absoluta honestidad. Carlos Algaba y Carlos Guerrero se reparten a Lucas –adulto y joven respectivamente- y, más allá de la solidez que ambos demuestran en escena; es muy de agradecer el hecho de que parezcan trabajan constantemente en paralelo, conscientes de que, efectivamente, son el mismo personaje a la hora de plantear la construcción: nunca lo pierden de vista, como debe ser. Guerrero tiene, además, una química más que palpable con Teresa Mencía (notablemente resolutiva como Zoe joven) logrando entre ambos que sus escarceos amorosos londinenses no resulten demasiado azucarados –y, enfocándolos de otra manera, se podría haber caído ahí: bien por ambos por haberlo evitado-. En fin, Elisa Berriozabal se encarga de Zoe adulta –un personaje superado por sus propias circunstancias-, un personaje difícil: porque el personaje tiene menos peso en comparación a los otros tres –por estructura- y porque, efectivamente, en esta ocasión no puede parecerse tan claramente a la Zoe joven –la adulta no es ni la sombra de aquella…-: puede parecer algo apagada respecto al resto; pero creo que es lo que pide el personaje, al menos hasta cierto punto. Ahora bien, todavía debe manejar mejor su emoción – bastante excesiva para el tono de la pieza- en una peliaguda escena que el autor le coloca hacia el final. La voz en off de Pilar Gómez como la madre de Lucas –hay unas cuantas llamadas telefónicas- se roba la atención del respetable en cada intervención, por la naturalidad con la que expone los momentos más cómicos y costumbristas de la función. Pero hay que dejar claro que el conjunto actoral tiene los suficientes aciertos como para sacar adelante la función con las debidas garantías.

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No es de extrañar que La Medida Exacta del Universo esté gustando tanto; porque el autor ha tenido la habilidad de saber qué teclas pulsar para conectar emocionalmente con el público y asumir que cuenta una historia directa y sencilla, que emplea sin embargo algunos trucos propios del universo de ficción que aquí cumplen con su cometido. Además, la sencilla puesta en escena cuenta bien la historia y los actores están en su punto justo. Será una función sencilla, pero no se le puede negar su honestidad.

H. A.

Nota: 3.25/5

La Medida Exacta del Universo”, de Juan Jiménez Estepa. Con: Carlos Algaba, Carlos Guerrero, Teresa Mencía y Elisa Berriozabal. Voz en off: Pilar Gómez. Dirección: Juan Jiménez Estepa. LA TEATRA / ESTINGA PRODUCCIONES.

Nave 73, 12 de enero de 2020

‘La Función que Sale Mal’, o elogio del desastre

enero 25, 2020

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Desde su estreno en Londres en 2012 The Play that Goes Wrong –es decir, La Función que Sale Mal, que firman Henry Lewis, Jonathan Slayer y Henry Shields- se ha convertido en un clásico contemporáneo indiscutible y en un taquillazo. Algo por lo que todo buen espectador de teatro debería pasar al menos una vez en la vida, y una función que eleva el mero divertimento a categoría de arte: una de esas comedias tan sencillas en su recepción –porque tronchan de risa por igual a niños y mayores- como complejas en su ejecución; y ahí radica algo muy importante que puede pasar inadvertido. Es por ello que hay que celebrar la llegada a España –se estrenó el pasado septiembre en el teatro La Latina- en una producción que funciona como un tiro de esta obra que llena el teatro de carcajadas durante las más de dos horas que dura; al tiempo que se nos revela como una verdadera obra de orfebrería: porque este elogio del desastre es más complejo de sacar adelante de lo que uno pueda pensar.

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Así empieza la escenografía…

Cuando accedemos a la sala parece que a la compañía se le ha echado el tiempo encima y está terminando de preparar todo… pero no todo está donde debe: por lo pronto, se les ha perdido un perrito al que buscan sin descanso por la platea… Pronto se nos presentará el líder de la troupe y descubriremos que estamos ante una compañía amateur que ha recibido una beca para representar un policial inglés de misterio: aunque saben y confiesan que sus carencias han echado por tierra producciones anteriores –montaron títulos como La Fea y la Bestia, Cat o Dos Hermanas, entre otros…- creen que ahora lo tienen todo listo para capturar nuestra atención; esta les va a salir bien. Sin más dilación comienza la representación, con todos los tópicos imaginables de una pieza británica de misterio: hay un asesinato por resolver en una mansión, un detective que llega en el momento preciso, un hermético mayordomo, y relaciones prohibidas que podrían justificar el asesinato… Hasta que, efectivamente, como sugiere el título de la pieza, todo lo que puede fallar comienza a fallar: los actores demuestran una sobreactuación preocupante, al técnico de sonido no le entran las pistas a tiempo, la escenografía empieza a descoyuntarse y los accidentes se suceden para delirio del respetable que se troncha. Pero, como el show siempre debe continuar, la esforzada compañía se afana en terminar el asunto como sea… aunque lo peor está por venir; porque, cuando crean que nada más puede fallar, efectivamente pasará alguna nueva catástrofe. ¿Sobrevivirá la escenografía al desenlace? ¿Llegarán los actores vivos al final de la función? ¿Cómo se escenifica una pieza de misterio mientras las carcajadas del público inundan la sala? Solo viendo La Función que Sale Mal podrán saber las auténticas proporciones de este elogio del desastre; al tiempo que –se lo garantizo- se van a reír a mandíbula batiente.

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La Función que Sale Mal es, ante todo, un divertimento para todos los públicos. Pero, además, es un elogio del desastre que explora todo lo malo que puede ocurrir cuando se produce una función de teatro; al mismo tiempo que parodia un género perfectamente reconocible para el público –la pieza que se intenta representar es, con claridad, una revisión de La Ratonera, de Agatha Christie-. Cualquiera se reirá asistiendo a esta sucesión de imprevistos, desastres y accidentes; y a la desesperada carrera de estos pobres actores por salvar la situación e intentar quitar hierro a un panorama que va siendo más y más desalentador. Pero La Función que Sale Mal será sin duda especialmente divertida para aquellas personas que sepan qué se esconde tras una función de teatro, porque ahí se verá la verdadera dimensión de la parodia: desde los códigos altisonantes del elenco – lo que he dado en llamar el síndrome del primer actor-, hasta el desastre que puede suponer dar mal un pie de texto –hay una escena en bucle absolutamente gloriosa-, contar con covers de última hora –porque alguno de los actores titulares se accidentará gravemente a lo largo de la representación, claro y su suplente resulta ser una nulidad- absolutamente incapaces ya no de dar valor dramático a un texto sino de leer un texto teatral… y, por supuesto, toda una serie de portazos, golpes, caídas desafortunadas, elementos de atrezzo que pueden causar serios problemas – porque en la botella de whiskey, de la que todos deben beber de acuerdo al texto una y otra vez, hay aguarrás…-, pistolas que disparan a destiempo, muertos que caen en posiciones poco cómodas y deben ‘revivir’ momentáneamente para ‘acomodarse’, mutis problemáticos que se traducen en mamporrazos, entradas antes o después de lo previsto, o desequilibrios en la escenografía que empiezan como una mera anécdota y acaban suponiendo un verdadero riesgo físico para los actores. Y, a pesar de todo, ante la desesperación del elenco –y las carcajadas constantes y cada vez más sonoras del público- el show debe llegar al final.

Hay, por lo tanto varios tipos de gags en la función: los que surgen de la incapacidad actoral o de las dificultades para decir el texto, los que surgen de la precariedad propia de una compañía amateur – que ha de solventar con lo que sea todo lo que falte- y los accidentes fortuitos –escenográficos o técnicos- que se producen a lo largo de la función. En suma, cuando pasadas más de dos horas haya acabado la función, el público habrá asistido a un verdadero catálogo de todo –¡pero todo!- lo malo que puede ocurrir cuando se levanta una función: no queda un desastre por pasar. Hay también, por lo tanto, varios niveles de risa posibles: habrá quienes se rían por el cúmulo de despropósitos que se van sucediendo –como si estuviésemos asistiendo a una payasada, a una astracanada- y esto es accesible absolutamente a cualquier público; y habrá quienes se rían por reconocer el desastre en la técnica teatral, quién sabe si incluso por reconocer desastres en funciones serias reales –les aseguro que me ocurrió un par de veces el poder emparejar una catástrofe ficticia con alguna real que me haya encontrado por los escenarios adelante…-. En cualquier caso, lo que no se puede negar es que la función es un goce, un festival de la risa que vuela muy alto e invade de alegría a todos los espectadores. Solo el intermedio –entiendo que hay que respetar la estructura en dos actos propia del tipo de pieza que se está parodiando; pero una pausa relaja la temperatura en un momento en el que el público ya está volcado con la pieza, y esa temperatura ha de volver a recuperarse- me parece un error a la hora de mantener el ritmo de la comedia. Del tirón hubiese sido irresistible. En cualquier caso, el teatro ríe a carcajadas, aplaudiendo gags a escena abierta, e incluso impidiendo el correcto seguimiento del texto por el volumen de las carcajadas. Rara vez pasa eso como ocurre con esta función.

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Podemos pensar que estamos ante una payasada circense, una astracanada farsística y un juguete para todos los públicos. Y, sin embargo, la ejecución técnica y actoral de esta función es de una dificultad extrema, que podría pasar desapercibida –erróneamente- por la apariencia blanca de la función. Todo, cada mínima cosa en La Función que Sale Mal, ha de estar medido a la perfección, con una coreografía milimétrica que haga que cada accidente parezca natural, al mismo tiempo que mantenga intacta –lo más intacta posible- la integridad física de los actores. Si algo falla en la puesta en escena de Mark Bell –respuesta para España por Sean Turner- no solo se perdería la ilusión de desastre, sino que además con toda seguridad el elenco podría recibir algún mamporrazo no deseado. Si todo sale como debe salir es, en parte, gracias al equipo técnico del teatro –no me quiero imaginar lo que debe ser la labor de regiduría de esta función…- y a una coordinación milimétrica de los actores para que todo esté en su sitio. Pocas funciones se habrán visto, de hecho, que tengan este nivel de riesgo y exigencia en la ejecución, máxime cuando se trata de un espectáculo extenso y con un reparto bastante más numeroso de lo que es habitual. Todo lo que uno puede decir cuando ve lo bien que marcha todo en La Función que Sale Mal es que este tipo de espectáculos dignifican el tan a menudo menospreciado género de la comedia vodevilesca: porque ofrecen un divertimento garantizado al alcance de cualquier público, ocultando bajo la apariencia de desastre algo que requiere muchísimo esfuerzo por parte de todos para provocar algo tan necesario como es la risa.

Del elenco lo primero que hay que señalar, más allá de la ya comentada dificultad física que exige a todos la función, es la capacidad de fingir ser mal actor. Pocas cosas más complejas hay en el mundo de la actuación que aparentar ser un perfecto inútil. La mayoría de las actuaciones de esta función, efectivamente, parecen un desastre, porque están salpicadas de tics de diversas índoles: falta o exceso de intención en el decir, vocalizaciones deficientes o soniquetes cantarines que restan cualquier tipo de credibilidad a la acción –y la cosa se vuelve más ridícula al tratarse de un drama- están a la orden del día; y todos hacen el payaso con una seriedad encomiable, que es la única manera de enfrentarse a algo así. No falla ni uno. Desde el detective/director de la compañía que se marca Héctor Carballo –que, en el papel de líder, debe aguantar el tipo ante el desastre; y quizá sea el que esté obligado a interpretar más en serio su papel, ocasionando un exceso en el tono que mueve de inmediato a la hilaridad-. Junto a él, Carlos de Austria –en su papel de sospechoso número uno- protagoniza uno de los momentos más celebrados de la pieza, cuando ambos luchan por no matarse en el piso de arriba al desplomarse una de las columnas: un tándem de muchos quilates. Alejandro Vera se marca un mayordomo de manual; con todos los tópicos gloriosos del mayordomo británico, envarado y hermético, del mismo modo que David Ávila construye un jardinero –que se ve envuelto en el fregado por contar lo que no debe- desternillante en grandilocuencia, mientras que Carla Postigo y Noelia Marló se reparten el mismo personaje por un desafortunado accidente; y acaban convirtiéndose en dos divas empeñadas en triunfar y quitarle el trabajo a la otra: las peleas por retomar las cosas como empezaron provocan momentos verdaderamente desternillantes. A César Camino le toca ser el técnico de sonido que intenta –inútilmente, claro- mantener el control; y Felipe Ansola se encarga de ser el asesinado…. lo que sería un papel sencillo, si no fuese por el cúmulo de problemas que suceden a lo largo de la función: se lleva unos buenos mamporrazos, claro. La función funciona como un reloj y cada miembro del reparto se entrega, tanto en los excesivos códigos actorales como en las exigencias físicas. Una especie de ballet de cachiporra ejecutado con maestría. Todos se merecen fuerte aplauso en una función que, bajo la apariencia de comedia, posee una exigencia y una dificultad extremas.

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Sábado por la noche, teatro hasta la bandera, público de todas las clases –desde niños hasta tercera edad- y carcajadas constantes. Dos horas y cuarto –que se dice pronto- que pasan en un suspiro para una función de extraordinaria exigencia técnica y actoral que podría pasarse por alto en su apariencia de comedia. Tiene pinta de larga estadía en los escenarios madrileños –no sería sorprendente teniendo en cuenta que así ha sido en cada país en el que se ha estrenado la función- porque este elogio del desastre –al que sólo el intermedio le pesa- dignifica el arte de hacer comedia.

H. A.

Nota: 4/5

La Función que Sale Mal”, de Henry Lewis, Jonathan Slayer y Henry Shields. Versión libre: Zenón Recalde. Con: Héctor Carballo, Carlos de Austria, Carla Postigo, Alejandro Vera, Noelia Marló, César Camino, David Ávila y Felipe Ansola. Dirección versión original: Mark Bell. Reposición para España: Sean Turner. SOM PRODUCE / NEARCO PRODUCCIONES / COBRE PRODUCCIONES / OLYMPIA METROPOLITANA.

Teatro La Latina, 11 de enero de 2020

‘La Fiesta del Chivo’, o el peso de unas buenas interpretaciones

enero 23, 2020

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Nada menos que veinte años han pasado desde que Mario Vargas Llosa publicase su novela La Fiesta del Chivo, mezcla de ficción histórica y ficción pura para dibujar un retrato del auge y caída del dictador Rafael Trujillo (1891-1961) durante sus años de toma del poder en República Dominicana. En ella, el autor parte de un complejo entramado en el que se vale de un personaje puramente ficcional –la abogada Urania Cabral, hija de Cerebrito Cabral, que regresa a su país de origen tras años de ausencia para asistir de algún modo a la definitiva caída del tirano que marcó su vida y la de su padre- para abordar al menos dos grandes vertientes: una sociopolítica –dibujando un retrato de la corrupción que impuso Trujillo y las consecuencias en la población- y otra de ficción, planteando una serie de conflictos entre el dictador y su entorno –esa necesidad de bailarle el agua al tirano o pagar las consecuencias…- y de la propia Urania con su padre –al que, de algún modo, culpa de su desgracia-, consigo misma –por la contradicción que le supone volver a un lugar más podrido de lo que estaba cuando lo dejó- y con el propio Trujillo. Vargas Llosa se vale para ello de toda una serie de “libros” entrelazados que aportan desde diferentes puntos de vista hasta distinto peso a las diversas historias que habitan el relato. Ahora –después de probar suerte nada menos que con El Coronel No Tiene Quien Le Escriba, de García Márquez, que se representó la pasada temporada (y que no alcancé a ver)-, Natalio Grueso asume la ardua tarea de adaptar al teatro la inabarcable novela de Vargas Llosa en una puesta en escena que firma –de nuevo- el cineasta Carlos Saura que, a su avanzada edad, cada vez coquetea más con el mundo teatral y operístico. Para llevar el proyecto a buen puerto, Grueso y Saura cuentan con un sólido elenco encabezado por Juan Echanove; elenco que acaba siendo el punto más atractivo de un montaje que no esconde algunos atibajos.

Si siempre es complejo adaptar una novela al teatro, cuánto más ha de ser hacerlo con una novela tan extensa y compleja –por la cantidad de puntos de vista, la cantidad de material y la extensión en sí misma- como esta. No hay que olvida que, en su tiempo al frente del Teatro Español, Natalio Grueso apostó con decisión –y con resultados dispares- por sacar a la luz la producción teatral de Vargas Llosa –a todas luces inferior, en cantidad y calidad, a su obra narrativa-, por lo que no resulta extraño que ahora se anime a adaptar al teatro una de sus novelas. De entrada, la única forma de condensar todo el material de La Fiesta del Chivo en una duración más o menos normal –la función ronda los 100 minutos- es decidir qué contar y de qué prescindir; y, de algún modo, la versión de Grueso parece optar por considerar que todo el público sabe más o menos bien qué significó Trujillo para República Dominicana, prefiriendo por lo tanto centrarse en las psicologías y relaciones entre los personajes que en mostrar un trasfondo histórico y social que, aun estando, aquí es más una sugerencia. Grueso no se anda por las ramas y se centra en los dos protagonistas – Trujillo y Urania-, haciendo que el resto de los personajes sean satélites que pululan a su alrededor complementando la acción. Si bien es cierto que todo lo fundamental de la historia está presente –y quien no conozca la novela entenderá la base del conflicto sin problema alguno-, tal vez podríamos pedir un poco más de profundización en algunas tramas; pero, sobre todo, una caracterización más oscura de las consecuencias sociales que supuso la Dictadura de Trujillo: que ese miedo, ese terror que aquí solo se sugieren estuviesen más a la vista, tal vez mostrando algunos episodios más violentos con mayor claridad. Si hay fragmentos del relato que faltan, sin embargo, entiendo que es porque Grueso trabaja buscando una duración estándar –recordemos que otras adaptaciones de novelas al teatro, y pienso en Los Hermanos Karamazov, superaban ampliamente las tres horas (dejándose aun así mucho material en el tintero) predeterminada. Así pues, la adaptación de Grueso resulta solvente en tanto que cuenta con claridad lo esencial, colocando en diálogo una estructura esencialmente narrativa sin que chirríe.

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Asunto bien distinto y sobre el que conviene detenerse es la puesta en escena, máxime si viene firmada por un nombre del peso y el prestigio que posee uno de los cineastas vivos más importantes del país. De los anteriores acercamientos al teatro de Carlos Saura no pude ver en su momento ni El Gran Teatro del Mundo ni El Coronel No Tiene Quien Le Escriba; pero sí vi sin embargo el pobre – muy pobre- montaje de Don Giovanni que estrenó el pasado año en A Coruña, con resultados muy por debajo de lo esperado. En aquel, dos pantallas –de tamaño mucho menor al indicado y con nulo uso de la perspectiva- proyectaban bocetos –ojo, bocetos- diseñados por el propio Saura, con problemas para llenar el escenario y mover a las masas en las escenas de conjunto. Desde luego que la ópera maneja códigos diferentes a los del teatro; y lo que en aquel Don Giovanni de infausto recuerdo se hundía sin remedio aquí peca de cierto estatismo, pero resulta más aceptable. Nuevamente recurre Saura a mantener las proyecciones en pantalla como base de su puesta en escena, jugando como únicos elementos escénicos con una suerte de trono, alguna mesa y una silla. También –como ocurría en Don Giovanni– un espejo cuya funcionalidad real no acabé de entender. Si algo ha mejorado aquí con respecto a la ópera, seguramente sea la relación entre el tamaño de la pantalla y el tamaño del escenario – aquí la proporción es más adecuada-, e incluso la posición de la pantalla que, de algún modo, cae sobre los actores, dando una cierta sensación de amplitud, aspectos que en la ópera no ocurrían. Además, Saura intercala esta vez sus bocetos –a los que hay que acostumbrarse…- con momentos de material real –periódicos, fotografías, vídeos…-, dando algo más de agilidad a la propuesta. Desde luego que el concepto de videoescena –como reza el programa de mano- a día de hoy implica algo mucho más complejo que lo que se muestra aquí; pero de algún modo, lo que en una ópera no tenía ni un pase, aquí funciona por momentos, por más que el cineasta siga teniendo algún problema a la hora de ejecutar entradas, salidas y cambios de tiempo. Elegante el vestuario que firma también el propio director.

¿Estamos ante una puesta en escena excesivamente esquemática –nunca mejor dicho- que por momentos favorece el estatismo y que puede resultar algo anticuada en las formas? No cabe duda. Del mismo modo, podríamos justificar que esa sencillez escénica queda suplida por el más que notable trabajo actoral – sobre el que profundizaremos como se merece más adelante-, y aceptar que no se ha optado por una puesta en escena ni compleja ni lujosa. El problema aquí –como sucedía en aquel Don Giovanni– seguramente sea que esto lleva la firma de todo un Carlos Saura, cuya carrera gloriosa en el cine no vamos a entrar a valorar ahora –porque es evidente que la tiene-; pero que no terminamos de ver claro hasta qué punto se adapta bien al lenguaje teatral. ¿Qué aporta en este caso la mano de un cineasta a este montaje teatral con respecto a lo que podría haber aportado un director de teatro experimentado? `Hay que decir que poca cosa, francamente y quizá por eso no podamos esconder cierta decepción ante una propuesta convencional si se apuesta por ofrecérselo a un cineasta: queda claro que el terreno natural de Saura es –sigue siendo- el cine, y que el teatro –de texto o musical- exige ciertas técnicas que Saura no siempre consigue dominar. Desde luego que aquí la puesta en escena es el elemento más discutible de un montaje que contiene notable nivel actoral y más que digna adaptación.

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Desde luego que el nivel actoral es más que notable, y las construcciones de personajes –creíbles incluso en ese páramo escénico- ayudan a mantener la atención y el interés. No vamos a descubrir ahora la versatilidad y el compromiso del que siempre hace gala Juan Echanove, que aporta a su General Trujillo rotundidad, babosería y repulsividad a partes iguales. El actor dibuja con mimo esa figura que sabe que tiene la sartén por el mango constantemente pero rehúsa emplear de manera activa la violencia sencillamente porque sabe que le basta con chiscar los dedos para que se cumplan sus órdenes y se encuentra demasiado ocupado atendiendo empresas de dudosa calaña: en ese aire de pachorra constante – en el que hay que reír sus babosadas para evitar sorpresas- está la verdadera peligrosidad del personaje, y Echanove lo sabe bien y lo juega con comodidad. No en vano, llega a resultar repulsivo –que de eso se trata- cuando en las escenas finales se revela como una verdadera bestia ante la pequeña Urania. En este sentido, es un acierto haber construido un villano no tan evidente; y por ello más peligroso si cabe: porque nunca se sabe por dónde puede estallar, a pesar de ser plenamente consciente del dominio de su poder. Arrestos le echa Lucía Quintana a su Urania Cabral, en un papel largo y expuesto que, además, tiene el peligro de tener que transitar en dos edades muy determinadas –los 14 del pasado y los primeros 40 del presente-, siendo la decisión de dirección no obligar a la actriz a actuar una niña, sino dejar que sea el espectador quien visualice a la niña por contexto en los momentos en los que la trama así lo exija. Es una decisión de riesgo, sin duda, sobre todo porque por esa niña pasa una de las escenas más complejas del espectáculo: si ver a Trujillo/Echanove devorando literalmente a Urania/Quintana puede resultar contradictorio –porque ante nuestros ojos hay dos adultos que podrían enfrentarse-, sí que hay que reconocer que Quintana –que hasta este momento se maneja en un buen tour de force de contención en los monólogos frente su padre: se agradece ver cómo la procesión va por dentro- echa el resto y da todo lo que tiene para dar cuerpo y alma a la emoción aterrada de la pequeña Urania. No sé si no hubiera sido conveniente desdoblar el personaje en según qué momentos para hacer la situación más creíble; pero lo que no se puede negar es que Quinatana le pone las suficientes agallas al asunto para que la convención teatral sea lo más creíble posible.

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Como digo algo más arriba, el peso de la adaptación transita sobre todo en Urania y Trujillo –en este orden- y el resto del reparto ha de verse como satélites que complementan estos dos mundos antagónicos. Sin embargo, sería injusto no destacar la solidez del equipo de secundarios: desde el Jonnhy Abbes de Manuel Morón –un matón con todas las de la ley que también hace gala de contención pese a su deseo de aplicar sus drásticos méritos- hasta el Cabral de Gabriel Garbisu – que deja claro la clase de pelele marioneta que fue el cerebrito en tiempos mejores-, el Manuel Alfonso de Eduardo Velasco –el mítico perfil que se arrima al sol que más calienta- y el Balaguer de David Pinilla –que brilla adecuadamente en su discurso de loa al Generalísimo-. Desde luego que es un equipo de secundarios muy sólido –de esos que cualquiera firmaría gustoso- y ayuda a que las interpretaciones brillen a gran altura.

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Con el teatro lleno hasta la bandera y el público aplaudiendo en pie, no cabe duda de que La Fiesta del Chivo está siendo un éxito de taquilla. Desde luego, asistimos a un montaje capaz de reducir una novela compleja y extensa a lo esencial –no había otra opción- y en el que las interpretaciones, todas, brillan a gran altura. Con una puesta en escena mejor acabada, estaríamos hablando de un montaje muy interesante; pero con el esquemático montaje de Carlos Saura hay que agarrarse con fuerza a todo lo demás: este estupendo equipo hubiera merecido una mejor puesta en escena.

H. A.

Nota: 3/5

La Fiesta del Chivo”, de Mario Vargas Llosa. Versión libre: Natalio Grueso. Con: Juan Echanove, Lucía Quintana, Manuel Morón, Eduardo Velasco, Gabriel Garbisu y David Pinilla. Dirección: Carlos Saura. OKAPI.

Teatro Infanta Isabel, 11 de enero de 2020

‘Que Nadie se Mueva’, o sentir los colores de la(s) bandera(s)

enero 22, 2020

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Se ha reestrenado este mismo mes en los Teatros Luchana Que Nadie se Mueva, una comedia coescrita por Jon Plazaola y Esteban Roel que unos años atrás –concretamente en 2013- se había presentado en el Teatro Galileo – quédense con este dato, porque la cosa tiene su miga- y que ahora vuelve convenientemente revisada e interpretada por el propio Jon Plazaola junto a Agustín Jiménez, Elena Lombao y Sara Gómez. De algún modo, se podría decir que estamos ante una comedia de gags –muy en la línea del humor televisivo-, que parte de una trama policial negra para convertirse pronto no sólo en una guerra interesestatal sino en una puesta a punto de la situación de un país cada vez más corrupto y fragmentado. En apariencia, podríamos pensar que venimos a ver una comedia blanca de risotadas aquí y allá; y, sin embargo, la actualidad misma convierte Que Nadie se Mueva en un título más corrosivo que nunca, que conviene recuperar ahora precisamente porque la realidad empieza a superar peligrosamente a esta ficción delirante y esa es una de sus virtudes. Y es que, no lo olviden, si Que Nadie se Mueva se estrenó en 2013 quiere decir que lleva escrita ya unos cuantos años; por más que la trama parezca sugerir que estamos ante una pieza nacida de la actualidad política actual: ¿cómo es esto posible? Pues porque, efectivamente, pareciera que la realidad se ha convertido en algo más delirante que la propia ficción. Desde luego que Que Nadie se Mueva –manejada por un elenco que controla bien el tipo de producto que tiene entre manos- cumple sobradamente con la función de entretener, conectar con el público y provocar las carcajadas por medio de unos diálogos pensados para ello; pero lo que hace unos años podría parecer una comedia surrealista de corte berlanguiano amenaza con convertirse en una comedia de corte cada vez más realista, como si los autores se hubiesen anticipado a ciertas cosas que están ocurriendo.

La obra que se iba a representar en los Teatros Luchana –Miedo y Asco en Las Ventas- se cancela por la aparición de un cadáver en la sala. Nadie puede salir del teatro, todos somos sospechosos. A investigar el crimen acude, claro, una agente de la Policía Nacional, que comienza las pesquisas… pero, al poco tiempo, irrumpen –también convocados- un agente de la Ertzaina y un Mosso d’Escuadra, que quieren solucionar el asunto a su manera. Incapaces de ponerse de acuerdo con la Policía Nacional, surge del patio de butacas una agente de la Guardia Civil, dispuesta a tomar el mando abochornada por la incompetencia de lo que está viendo. Pero ¿a quién le corresponde el muerto? ¿De cuál de los cuatro cuerpos es competencia? ¿Por qué todos quieren colgarse la medalla de resolver el caso torpedeando el trabajo de sus compañeros? Será el inicio de una investigación delirante en la que todos querrán imponer su ley; y de la que, por supuesto, cualquiera de ellos podría ser culpable. Y, a la hora de resolver el caso… ¿Cuántos métodos son posibles? ¿Cuántos países son posibles? ¿En qué se está convirtiendo verdaderamente España?

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El texto que escriben Jon Plazaola y Esteban Roel viene a ser, en primera instancia, una comedia que se agarra a una sucesión de gags basados en ciertos estereotipos de personajes antagónicos –la lucha entre el nacionalista vasco, el nacionalista catalán y la patriota da muchos momentos de risa asegurada; como aquel en que cada uno acota los perímetros como si fueran pequeñas ‘naciones’ de las que deben ocuparse- que harán las delicias de un cierto tipo de público. Además, efectivamente, los distintos tópicos de cada tipo de nacionalismo –ese sentir los colores- se usarán como recursos cómicos. Sumemos a esto intrigas, equívocos y pistolas que se disparan para terminar de complicar más las cosas y enrevesar la comedia para deleite del respetable; y sazonémoslo con una complicidad buscada con las butacas de interactuación constante y tendrán el éxito de público que está siendo. No debería extrañar a nadie. En este sentido, su estructura tiene mucho de sitcom televisiva, con ritmo trepidante y diálogos picados que buscan la carcajada inmediata y la consiguen. Hasta aquí habría que decir que estamos ante un producto que sabe lo que está ofreciendo y sabe a qué público busca; y que es normal que el público –al que además se le regala un reconocido reparto televisivo-. Y con esto ya estaría, ya tendríamos un producto lo suficientemente honesto como para entretener al respetable honestamente interpretado por un equipo que sabe cómo bregar con este tipo de comedias para hacer que los chistes de textos rápidos fluyan en todo su esplendor.

Digo que, efectivamente, Que Nadie se Mueva ya habría cumplido su función de haber sido una comedia blanca de gags de corte televisivo – que es a lo que se asemeja-. Sin embargo, hay que tener muy en cuenta una serie de factores. El primero: puede que leyendo la sinopsis uno piense en que esto es algún tipo de refrito de Cuerpo de Élite –exitosa película de 2016, de la que también se hizo una serie en 2018-; pero, de acuerdo a las fechas, Que Nadie se Mueva adelanta la anécdota siendo anterior a ambas. Hay que tenerlo en cuenta y valorarlo positivamente, porque Roel y Plazaola anticipan de algún modo aquí un formato que años más tarde ha demostrado ser un taquillazo, cuando el país ya estaba más convulso. Además, el paso del tiempo ha jugado a favor de que esta trama ya no resulte tan blanca –no sé hasta qué punto esto se podrá montar en todos los territorios del Estado sin levantar ampollas aquí o allá… y es bueno levantar ampollas en teatro- precisamente porque la pieza tiene la osadía –¿o deberíamos decir mejor el acierto?- de reírse de ciertos temas candentes en las políticas nacionalistas y territoriales –más ahora que en el momento de escribirse: qué feliz coincidencia-. Así, lo que en apariencia nació como un conjunto de chistes blancos – entonces más alejados de la realidad de nuestro país- ahora, en muchos momentos, es una verdadera bomba de relojería; que provoca la carcajada no por el chiste en sí mismo, sino por esa sensación – irónica, extraña, también divertida…- de que esa ficción delirante pronto estará sobrepasada por la realidad; porque la realidad no está tan alejada de algunas de las cosas que plantea la función. Inconscientemente, Que Nadie se Mueva –que, a buen seguro, no pretendía ser otra cosa que lo que es- se ha convertido en antecesora de una saga y de comedia blanca ha evolucionado a sátira con momentos de material inflamable: razones más que de peso para recuperarla ahora; sin perder de vista que, además, tiene todos los ingredientes para encantar a un público de corte más comercial.

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En escena, Jon Plazaola, Agustín Jiménez, Elena Lombao y Sara Gómez trabajan en equipo en un espectáculo fundamentalmente coral y se mueven a placer en un tipo de género que dominan perfectamente, aprovechando el ritmo y los tiempos de cada gag para sacarle el mayor rendimiento posible; y creciéndose en los progresivos enfrentamientos que contiene la función, moviéndose además con agilidad en la interacción con el público. Desde luego que este tipo de comedias piden un estilo muy concreto, y tienen el peligro de que los actores puedan o quedarse cortos o pasarse de rosca: en ambos extremos el efecto se perdería; y, sin embargo, aquí el efecto se mantiene siempre. Hay momentos –de esos políticamente incorrectos que comentaba antes- expuestos con una pachorra envidiable, y el público no solamente ríe a mandíbula batiente, sino que aplaude a escena abierta varios de los gags. Con todo lo denostado que está para cierto público este género, hay que decir que cuando la sala está llena y el risómetro funciona, poco más se le puede pedir. En otro orden de cosas, puesto que vimos el estreno oficial, a buen seguro los actores todavía crecerán con el rodaje que aporten las funciones.

Podemos ver Que Nadie se Mueva como una comedia de gags de espíritu televisivo –sin olvidar que es anterior a aquellos ejemplos que, de inmediato, se nos vengan a la mente-, o como una farsa corrosiva que ha sido capaz de anticiparse a ciertos acontecimientos que han tenido lugar en España últimamente y que podrían verse como una comedia en sí mismos: cada uno decidirá hasta dónde llegar con la pieza; pero de ambas vertientes bebe. Y lo que no se puede negar es que la sala está llena y el público se lo pasa en grande; que, a fin de cuentas, es a lo que ha ido al teatro al escoger esta función. Ni más ni menos.

H. A.

Nota: 3/5

Que Nadie se Mueva”, de Jon Plazaola y Esteban Roel. Con: Jon Plazaola, Agustín Jiménez, Elena Lombao y Sara Gómez. Dirección: Jon Plazaola y Esteban Roel. PROMOTORA 600’NS / LA MANDANGA.

Teatros Luchana, 10 de enero de 2020