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‘¿Quién es el Señor Schmitt?’, o lo que somos en esencia

marzo 28, 2019

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De un tiempo a esta parte, Sergio Peris-Mencheta se ha convertido en uno de los directores más imaginativos, resolutivos y buscados de nuestro país. Acierta en todo lo que hace: la intimidad de Un Trozo Invisible de Este Mundo, los ejercicios de creatividad desbordantes de medios y a prueba de relojería suiza que fueron La Cocina o Lehman Trilogy, engrandecer textos más bien pequeños como La Puerta de al Lado son algunos de sus triunfos más recientes. Un nuevo montaje suyo siempre genera expectación, y ahora apuesta por ¿Quién es el Señor Schmitt?, un texto del francés Sebástien Thiéry (1970-), estrenado hace diez años y que llega por primera vez a nuestro país en un montaje que protagonizan los gallegos Javier Gutiérrez y Cristina Castaño. En plena gira, el Teatro Rosalía Castro coruñés se desbordó hasta los topes para asistir a la representación de esta pieza, a medio camino entre la comedia absurda y el drama existencialista. Un texto interesante pero que tal vez no será nada nuevo bajo el sol, que recuerda a grandes clásicos del teatro y arroja algunas preguntas interesantes; montado por Peris-Mencheta y su equipo con un mimo que tal vez quede por encima del texto mismo.

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Un matrimonio de clase media, los Carnero, se sienta a comer dispuesto a enfrentar otra acción de rutina. No parece que haya mucha conversación, y sólo el constante tic-tac de un reloj corta el silencio. Suena un teléfono, pero ellos no tienen teléfono en casa… A base de buscar, sin embargo, acaba apareciendo un teléfono que nunca estuvo ahí pero ahora está. Al otro lado de la línea, preguntan por un tal señor Schmitt al que el matrimonio no parece conocer. La cosa se pondrá peor cuando la esposa descubra que los libros de la estantería no son sus libros, ni los cuadros son sus cuadros, ni la ropa que hay en su armario es su ropa… y que están encerrados por dentro: no pueden salir porque la llave no funciona. La llegada de la policía en su auxilio sólo servirá para empeorar las cosas: sin saber bien cómo, parece que los Carnero ahora habitan en el domicilio de los Schmitt, y que incluso poseen su documentación. Ante esta inexplicable situación, Juan Andrés y Margarita Carnero deberán decidir si insisten en ser los Carnero, o asumen ser los Schmitt, ahorrándose así un montón de problemas. Mientras el matrimonio se desespera por saber qué ocurre y cómo les pueden atribuir unas identidades que no son las suyas, por la casa irán apareciendo un psiquiatra empeñado en analizar al Señor Schmitt o un supuesto hijo del matrimonio Schmitt cuya existencia los Carnero desconocen. Así las cosas ¿qué es real y qué es imaginación en esta pesadilla? ¿dónde están los límites entre cordura y locura? ¿Podrán los Carnero recuperar su identidad? ¿Son acaso los Schmitt? ¿Se han apropiado otros de su vida o ellos de la vida de otros? ¿Por qué no pueden salir de esa casa? El matrimonio deberá luchar a brazo partido por poner las cosas en su sitio, y mientras la mujer parece resignarse a asimilar su nueva vida, Juan Andrés Carnero –¿o es acaso el Señor Schmitt?- se empeña en descubrir la verdad de lo que pasa. Una verdad absurda que, sin embargo, podría explotarle en la cara.

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Como digo, tal vez ¿Quién es el Señor Schmitt? no sea estrictamente una novedad. De entrada, parece comedia de salón; pero el planteamiento nos hace pensar de inmediato en algo a medio camino entre La Cantante Calva de Ionesco –el absurdo- y A Puerta Cerrada de Sartre –el drama existencialista-. En esencia, lo que Thiéry construye con esta pieza es algo a medio camino entre ambas: una falsa comedia absurda que crece y crece en su sucesión de diálogos y situaciones delirantes; pero que nos mantiene alerta porque, de tanto crecer, claramente puede estallar en cualquier momento… y nos invade la certeza de que el drama se apoderará de la situación cuando el asunto estalle. En el fondo, la trama encierra una gran metáfora sobre si somos aquello que realmente somos o lo que aparentamos ser, y hasta qué punto puede ser peligroso olvidar nuestra verdadera esencia, esa que siempre está ahí. La mayor habilidad del texto seguramente sea la de encontrar el equilibrio entre absurdo y drama, sin que nunca sepamos con certeza hacia qué lado terminará por inclinarse la balanza. Entre el cúmulo de situaciones aparentemente absurdas aparecen aquí y allá temas de mayor enjundia –el psicoanálisis, Freud, el racismo…- que aparecen siempre tamizadas por ese absurdo que lucha por imponerse. Y, al final, un golpe –no puede ser de otro modo- que, dentro de que puede caer en cualquier dirección –y eso es lo más atractivo del texto- tal vez caiga del lado más esperado… aunque, sí, deja regusto de amargura y abre debate sobre toda la simbología que encierra la pieza. Seguramente esas sean las mayores virtudes de un texto que no busca estrictamente la sorpresa –y que llama directamente a la puerta de dos clásicos- pero, sin embargo, está bien desarrollado y tiene la inteligencia suficiente como para dar sólo algunas respuestas, dejando que otras las asuma el público.

¿Comedia de salón de corte realista o comedia absurda disparatada? De ambas cosas tiene influencias, y posiblemente sea esta una de las mayores dificultades a la hora de inclinarse por una cosa u otra a la hora de decidir cómo dirigirla. La puesta en escena de Sergio Peris-Mencheta –apoyada en una escenografía hiperrealista de Curt Allen Wilmer, que incluye un par de guiños de corte mágico muy marca de la casa Barco Pirata- parece inclinarse a toda costa –incluso a la hora de la elección del reparto- por un tipo de comedia más clásica, burguesa, de esas que buscan la carcajada y la encuentran. Sin embargo, parece que el texto pide acercarse más al absurdo, aún a costa de alejarse de ese gran público que aquí entra como un tiro al juego. De algún modo – a través del absurdo-, hay que potenciar esa cierta sensación de extrañamiento, de que algo oscuro ocurre, para que las últimas escenas –capitales- resulten cortantes como un cuchillo. Y algo de eso falta en la puesta en escena de Peris-Mencheta, que apuesta con fuerza por la comedia, en la que estamos tan metidos que tal vez una escena reveladora –el monólogo final del hijo- se diluya bañada en comedia, cuando debería provocar un ambiente irrespirable… El ambiente irrespirable que nos conducirá al final. Entiendo la apuesta de Peris-Mencheta por la comedia, entiendo que ha querido potenciar esos aspectos del texto que más le convienen – y es un triunfo, a juzgar por las carcajadas del público-; pero siento que algo de la fuerza del final se queda por el camino en favor de todo ese viaje cómico. Funciona con el grueso del público, pero creo que el texto tiene más chicha de la que parece y daba para más. Así y todo, asumido el tono escogido, hay que reconocer que por ritmo y pulso, el trabajo de Peris-Mencheta y sus actores es impecable.

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La pieza gira en torno a su protagonista, que realiza un viaje complicadísimo desde el absurdo cómico hasta lo más oscuro de su ser, sin que ni él ni el espectador se den cuenta. Javier Gutiérrez lo clava. Nos reímos con él –nunca de él- y nos divierte verle superado por una situación que se afana en controlar; tal vez precisamente por la caída sea mucho más dura y la reflexión a la que nos incita mucho más interesante. Desde luego, dibuja la caída con una sutilidad pasmosa y convierte a un bufón de Ionesco en un antihéroe trágico de Arthur Miller sin que nos demos ni cuenta: hay que tener mucha habilidad para eso. Cristina Castaño –básicamente en un registro cómico que ha explorado mucho y le conviene especialmente, tamizado aquí por un extraño pero oportuno poso de amargura de ama de casa ahogada por el tedio- es un sólido complemento de apoyo para Gutiérrez en el rol de su esposa, personaje tal vez susceptible de mayor desarrollo. Quique Fernández se desenvuelve bien en su doble cometido –brilla especialmente como psicoanalista-, Armando Buika, en un personaje breve pero difícil e importante, triunfa más en el impacto puramente absurdo de su aparición que en sacar todo lo que tiene ese monólogo final tan importante –y al que creo que la dirección no ha dado el peso que merece: ese monólogo ya no es en absoluto comedia, y debe decirse desde el desprecio más absoluto…- y Xabier Murua completa el conjunto con sus puntuales apariciones.

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¿Quién es el Señor Schmitt? es desde luego un espectáculo interesante, que funciona como un tiro con el público – por más que para ello parezca que el director ha optado por la vía más fácil de abordarlo- y que sin duda tendrá larga vida en la cartelera. Parece una comedia fácil, pero deja un poso de reflexión que sorprenderá a los espectadores más neófitos e interesará a los habituales; por más que la sombra de las obras en las que claramente se apoya sea más o menos alargada, y pueda dar inoportunas pistas sobre lo que va a ir sucediendo. Pero el pelotazo está garantizado.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

“¿Quién es el Señor Schmitt?”, de Sebástien Thiérry. Con: Javier Gutiérrez, Cristina Castaño, Quique Fernández, Armando Buika y Xabier Murua. Dirección: Sergio Peris-Mencheta. BARCO PIRATA.

Teatro Rosalía Castro, 23 de Marzo de 2019

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‘El Idiota’, o lo trágico de Dostoievski

marzo 26, 2019

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Después del razonable éxito de su ambiciosa versión de Los Hermanos Karamazov, Gerardo Vera insiste en revisitar Dostoievski y apuesta por una versión de El Idiota – una de las más celebradas novelas del autor ruso- en el año que se cumple el 150 aniversario de su publicación. No es de extrañar que si Vera y José Luis Collado –que vuelve a encargarse aquí de la versión- salieron más o menos victoriosos de una gesta en principio imposible como era contar Karamazov –entonces en tres horas y media- el resultado de este acercamiento a El Idiota –novela igualmente intensa, pero tal vez menos compleja en número de personajes y tramas- también sea acertado. Esta vez, en apenas dos horas, Vera y Collado consiguen contar la historia con claridad, sin grandes elipsis ni grandes cortes, prescindiendo de lo superfluo y ciñéndose a lo esencial; que aquí vienen a ser a fin de cuentas el retrato de una época y la perversión de las relaciones humanas. Todo ello está en este montaje sobrio pero vistoso al tiempo; que tal vez tienda en demasía al melodrama y se precipite en su tramo final sin mucha necesidad –como si se hubiese hecho un esfuerzo para que la cosa dure dos horas justas-. Puede que tal vez el reparto sea algo irregular; pero las ganas de gustar y conseguirlo están ahí, y, desde luego, la historia se entiende perfectamente: teniendo en cuenta el material del que se partía, no son pocas virtudes.

Abandonado y recluido en un sanatorio desde niño, aquejado de una extraña enfermedad –hoy sabemos que epilepsia, la misma que aquejaba al autor- el príncipe Mishkin viaja a San Petersburgo para reunirse con Yepanchina, la esposa del General Yepanchin y supuesta pariente suya. La llegada de Mishkin –que no tiene maldad quizá por qué ha vivido ajeno al mundo hasta ahora- a la vida burguesa de San Petersburgo y a la casa del General provocará un cataclismo sin vuelta atrás, que terminará por arrasarlo todo a su paso. La bondad e ingenuidad del protagonista causan escarnio en toda una pléyade de personajes más o menos pervertidos por su propia hipocresía y las convenciones sociales, esa capacidad innata de hacer el bien – culminada en su obsesión por salvar del abismo a Nastasia, cortesana caída en desgracia, deseada y manoseada por unos y otros que, en su contradicción, ejerce en Mishkin una fascinación casi tan incontrolable como la que él ejerce sobre ella- acabará por poner patas arriba tanto la rutina como la naturaleza de todos los que pueblan esta obra. Mishkin acabará fascinando –y poniendo contra las cuerdas- al rudo Ragozhin –con el que tiene un pacto de amistad sellado en un vagón de tren que podría romperse cuando hayan de enfrentarse por la misma mujer-, a los Generales Yepanchines, a la hija de estos, Aglaya –pretendida a su vez por Gavrila y que se empeñará en comprender al incomprendido Mishkin-, e incluso a la caída Nastasia, que tal vez pueda afrontar ahora que otra vida es posible. El resultado es un verdadero cóctel molotov emocional –en la línea de este tipo de literatura- del que casi nadie podrá salir indemne.

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Seguramente lo más interesante de El Idiota –puede que por encima del conflicto dramático en sí mismo- sea el retrato social que hace Dostoievski de la época y los convencionalismos sociales; así como el contraste entre el retrato de Mishkin y el de todos aquellos que le rodean –unos y otros, todos más o menos sucios-. Podemos decir que la atmósfera es un personaje más; y que Dostoievski deja retazos de fino humor esparcidos aquí y allá entre el tremebundo drama que nos quiere contar. Sin embargo, la versión de José Luis Collado –que ha podado personajes, recortado situaciones y aligerado tiempos y espacios; pero consigue contar lo esencial de la trama con claridad en las dos horas que dura la función- parece apostar decididamente por separarse de lo atmosférico, del retratar una época y una atmósfera. para centrarse en el drama de los personajes, en sus pulsiones amorosas con todo lo que ello conlleva. A favor, hay que señalar que la versión de Collado es de líneas claras, ha sabido bien qué contar y de qué prescindir para que la esencia del conflicto se entienda, y no se afana en querer terminar pronto; salvo quizá en ese tramo final en el que se cuenta qué pasó con cada personaje en apenas cinco minutos, como si el tiempo se agotase. En contra, haberse centrado en contar el drama de El Idiota, reduciendo la esencia a algo que se antoja por momentos demasiado melodramático y renunciando a hacer un retrato social que sí está en la novela, incluso a través de un humor que aquí ni está ni se espera: Collado se ha centrado en lo dramático –es un camino y como tal funciona porque llega a puerto-, pero se diría que, de algún modo, sólo se está contando una parte de todo lo que encierra el original. La parte más pasional, por lo tanto la parte más lánguida y oscura; con lo que la novela posee un equilibrio de tonos que aquí cae inevitablemente balanceado hacia el drama. Puede que dar mayor peso al retrato de la sociedad –y al impacto real que provoca Mishkin en esa sociedad que ahora habita- hubiese ayudado más a capturar la esencia del relato original, aún a riesgo de convertir la adaptación en algo que se prolongase en exceso. Pero, hay que insistir, la historia se entiende y lo esencial de la trama está ahí.

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Con pocos elementos escenográficos –proyecciones, paneles móviles, videoescena…- Vera se las apaña bien para crear todos los emplazamientos en los que transcurre la acción. De hecho, podríamos decir que la puesta en escena crea, de algún modo, una falsa sensación de grandiosidad, porque está bien vestida por las luces de Cornejo y por la videoescena –a veces superflua- de Álvaro Luna; pero la idea original es la de obtener mucho resultado con pocos elementos, en una puesta en escena básicamente funcional. Tampoco renuncia el director a emplear todo el espacio de la platea, integrándola en la acción sin tener que romper por ello la cuarta pared, ni a una cierta mirada hacia la contemporaneidad en esta puesta en escena clásica y preciosista desde el espacio sonoro atemporal que plantea Alberto Granados. Muy vistoso el vestuario de Alejandro Andújar, sobre todo el de los personajes nobles femeninos. El resultado es una puesta eficaz, que sabe cómo optimizar los recursos de que dispone, que apuesta por un enfoque clásico sin renunciar a ciertos toques contemporáneos y que consigue ser vistosa… ¿Demasiado clásica tal vez en su concepción para los cánones a los que estamos acostumbrados ahora mismo? Puede, pero válida para contar la historia y para complacer tanto al tipo de público que frecuenta ahora el María Guerrero como a aquellos que, prefiriendo tal vez un enfoque más rompedor, tengamos que reconocer la sobria elegancia de la propuesta.

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El reparto es irregular, a veces por cuestiones de enfoque de dirección y otras por tema de casting mismo. Es difícil dilucidar qué le falta al Mishkin de Fernando Gil para que todo pivote en torno a él, cosa que no sucede: quizá el enfoque sea demasiado torturado, y se eche en falta un punto más de ingenuidad, de esa bondad que realmente le impide al príncipe captar todo lo que tiene a su alrededor: el Mishkin de Gil se acerca más al héroe trágico, con todo lo que eso significa. Es un enfoque que funciona, pero algo de la esencia del personaje se queda por el camino. Corramos un tupido velo sobre el tratamiento de la epilepsia –esto sí, cuestión de dirección-, más que discutible. La Nastasia de Marta Poveda despliega toda su habitual intensidad en este personaje de caída en desgracia; y, nuevamente, podrá causar impacto, pero se echa de menos mayor profundización psicológica en los aspectos más íntimos del personaje. Bien el Ragozhin de Jorge Kent en su cabalgata enfermiza hacia la obsesión incontrolable; pero quizá no estaría de más subir su ira un par de peldañitos más en según qué momentos, para subrayar el peligro que entraña el personaje cuando está fuera de sí. Al margen de que haya que hacer casi un dogma de fe para asimilar las calabazas que se come el personaje, por figura, tono y lo bien que dibuja el viaje emocional que enfrenta puede que la más completa del elenco sea la Aglaya noble y elegante de Vicky Luengo, que pasa en apenas dos horas de jovencita prepotente y altisonante a comprensiva desengañada y leona luchadora con todas las de perder: todo está en su sitio y ella se luce… Un acierto pleno y el mejor trabajo de cuantos le he visto hasta la fecha. La Yepanchina de Yolanda Ulloa es todo un rayo de luz, y tal vez sea el personaje que mejor muestre el equilibrio entre costumbrismo y drama que ha de encerrar esta obra. Todos los demás están en su sitio en un amplio reparto que incluye al solemne Yepanchin de Ricardo Joven, el chispeante correveidile Kolia de Fernando Sainz de la Maza –que, además, sale a bien de esa escena inicial en la que ha de poner al público en antecedentes, y ya saben que estas papeletas nunca son sencillas-, la furia controlada que destila el Gavrila de Alejandro Chaparro o el lujo que es tener a todo un valor seguro como Abel Vitón en Afanasi, un papel breve pero importante en el devenir de la trama. En líneas generales – ajustando aquí y allá- el grueso del reparto funciona.

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Desde luego que este acercamiento a El Idiota acierta al ofrecer un espectáculo de formato elegante que cuenta con claridad la trama del original. Mayor riesgo en el tono –para tratar la parte más cómica, más descriptiva y ponerla en equilibrio con el inmenso drama que aquí es protagonista- y algunos ajustes en el enfoque de personajes tal vez hubiesen redondeado un trabajo que tiene, pese a todo, bastantes virtudes; como la de haber contado una historia de esta extensión yendo al meollo de la cuestión.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“El Idiota”, de Fiódor Dostoievski. Versión: José Luis Collado. Con: Fernando Gil, Marta Poveda, Jorge Kent, Vicky Luengo, Yolanda Ulloa, Ricardo Joven, Fernando Sainz de la Maza, Alejandro Chaparro y Abel Vitón. Dirección: Gerardo Vera. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero, 19 de Marzo de 2019  

‘Be God Is’, o el híbrido de la alegría

marzo 24, 2019

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Precedido de un grandísimo éxito allá por donde va, con larguísima gira –y ya casi convertido en un pequeño clásico en sí mismo- llegó al Teatro del Barrio Be God Is, un inclasificable espectáculo de la compañía catalana Espai Dual – formada por Oriol Pla, Blai Juanet y Marc Sastre– que bebe del espíritu del cabaret, el circo, el clown, el humor blanco e incluso la tradición del cine mudo para crear lo que en esencia es un gran divertimento cómico-musical, de apenas una hora de duración en el que los tres intérpretes –multidisciplinares y volcados en una propuesta que, pese a su aparente sencillez, requiere un importante esfuerzo técnico e interpretativo por parte de los tres intérpretes-.

En la línea de lo que podrían ser los espectáculos de conjuntos tan diferente en apariencia como pueden ser Tricicle, el género payasístico de Pepe Viyuela o The Swingle Singers- el espectáculo nos presenta a tres gentlemen –con bigotes y sombreros- en espacio vacío dispuestos a iniciar lo que se nos antoja una suerte de concierto. Hasta que uno de ellos sufre un golpe fatal y parece que la vida se le escapase… El intento de resurrección por parte de sus dos compañeros – y su nueva supervivencia en lo que podríamos definir como un cuerpo a medio camino entre el zombie y el muñeco andante- será el punto de arranque de un delirio cómico en el que los tres intérpretes conjugan toda una suerte de técnicas –de la música al mimo, del clown al absurdo, del circo al cabaret- en las que se mueven como peces en el agua para crear un conjunto formado por sketches llenos de gags que buscan y consiguen algo tan sencillo y tan difícil como el mero divertimento. Tres payasos sin nariz roja; pero con la misma capacidad para divertirnos con su torpeza a la hora de intentar buscar disparatadas soluciones a las situaciones que se les van presentando, al mismo tiempo que nos dejan un ramillete de canciones muy bien interpretadas. Ni más ni menos que eso es lo que pretende Be God Is –cuyo título indescifrable surge de la sonoridad de la palabra ‘bigotes’ en catalán-, una suerte de nueva vuelta de tuerca a un género híbrido que siempre ha estado y siempre estará; pero que, sin embargo, se ve aquí desde un equipo joven pero ya perfectamente preparado.

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Desde luego que hay mucho que aplaudir en este pequeño espectáculo –dura una hora de reloj, justo lo que debe durar para no acabar cargando- que acaba erigiéndose en una gran fiesta colectiva. Desde el ritmo implacable de esa sucesión de gags que configuran el espectáculo –y su capacidad de encadenar géneros bien diversos en un todo que encaja y no chirría- hasta la virtud de revisar lo que podríamos llamar el género circense dándole una vuelta de tuerca tan elegante como desenfadada. No hay, desde luego, un hilo argumental claro; y pronto todo queda reducido a la esfera de juego; pero no podemos negar que, en su condición de juguete cómico, Be God Is transmite una alegría de vivir verdaderamente contagiosa, y engloba en su amor a los públicos más diversos que uno pueda imaginar. Todos acabamos entregados a la fiesta cómica que es Be God Is, con lo que no se necesita más.

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Los tres intérpretes aparecen preparados para todos los elementos que el espectáculo engloba. Si lo más atractivo de la propuesta es de largo admirar el dominio gestual y corporal que demuestra Oriol Pla – uno de esos actores que ya lo tienen todo para triunfar pese a su escandalosa juventud- a lo largo de toda la representación –se deja la piel y la carne en el asador; y por momentos parece un verdadero autómata sin límite, casi como si estuviésemos viendo a un verdadero dibujo animado de carne y hueso, retorciéndose y doblándose hasta el paroxismo: no ha de ser fácil tener ese autocontrol sobre su propio cuerpo- tampoco se quedan atrás ni  Marc Sastre ni Blai Juanet, encargados de la parte más musical y circense propiamente dicha. La parte musical –importantísima, y que enlaza toda una suerte de números que incluyen golpes, caídas y demás recursos del humor absurdo ejecutados con gran limpieza- guiña al pasado, con un buen ramillete de clásicos de géneros como el crooner muy bien ejecutados por el trío, en una propuesta de nivel musical incuestionable. El resultado es un espectáculo que, desde luego, aúpa a los tres intérpretes – inevitablemente con la mirada especialmente clavada en el recital que se marca Pla- totales, globales y que dignifican un género tan complejo –por inclasificable- como difícil de ejecutar. En otras manos, Be God Is se hubiera quedado en una mera anécdota, en un divertimento pasajero; en manos del equipo de Espai Dual, sin embargo, estamos ante una proeza de concepción y ejecución que permite que podamos divertirnos sin perder de vista tanto la complejidad como la limpieza de la ejecución. Es ahí, en hacer de lo pequeño y de lo sencillo algo grande, donde radica una de las mayores virtudes que hacen de Be God Is aquello que es.

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A estas alturas puede que se estén preguntando qué es Be God Is. No es fácil ponerle una etiqueta, y seguramente no sea etiquetarse lo que busca. Podrá ser algo inclasificable –incluso complejo de poner en palabras-, pero tiene sin duda muchas virtudes. Es fresca y directa, nunca resulta pretenciosa ni busca algo que vaya más allá de la mera diversión –y eso es justo lo que consigue-; dura exactamente lo que tiene que durar – evitando volverse reiterativa-, contagia alegría, demuestra que hay un trabajo muy serio tras lo que podría parecer un juguete, y arrastra a público de todas las edades. Al final, una verdadera fiesta colectiva en función de sábado por la noche, para un formato que por su sencillez encajará en muchos lugares no convencionales. Desde luego, uno sale más feliz de lo que entró.

H. A.

Nota: 3.75/5

 

“Be God Is”, creación colectiva. Con: Blai Juanet Sanagustín, Oriol Pla y Marc Sastre. Dirección: Espai Dual. ESPAI DUAL

Teatro del Barrio, 16 de Marzo de 2019

‘Lacura’, o exorcizarnos para reprogramarnos

marzo 22, 2019

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Tras algunos años en la carretera –y algunos bolos puntuales en Madrid- llegó para hacer temporada en el Fernán Gómez Lacura, espectáculo unipersonal en el que la artista plural canaria Bibiana Monje en el que, a modo de autoficción, levanta una reflexión sobre el derecho y la libertad de los humanos de construir nuestro propio universo y luchar por mantener nuestra esencia, ser aquello que somos y queremos ser; todo ello visto a través de la herida que puede dejar la infancia y la adolescencia si nos encontramos con un entorno en el que no terminamos de encajar, sencillamente porque el mundo no lo hemos inventado nosotros. Monje propone entonces una suerte de viaje hacia el autoconocimiento en el que se desplaza desde lo particular – su experiencia- hasta lo más general –el concepto de formación de personalidad que nos abarca a todos- para que el público pueda no sólo participar de la experiencia, sino también sacar su propia enseñanza del relato, extrapolarlo a su propia realidad y convertirse en parte de esa comunidad de soledad en la que, como dice Monje hacia el final de la función, estamos todos.

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Así, en Lacura –término híbrido entre ‘la cura’ y ‘locura’- Bibiana Monje nos invita a acompañarla a un viaje a los recuerdos de su infancia, al entorno de esa casa canaria, con su pintoresca madre, esa abuela anclada siempre en la misma edad y ese colegio… En otras palabras, ese microcosmos isleño en el que la pequeña Bibi –una niña aunque sus padres siempre quisieron un niño, primera nota discordante en su periplo vital- tal vez no terminaba de encajar, porque no se acomodaba a la imagen que se esperaba de ella. En un prólogo, un epílogo y tres actos – etiquetados en forma de ‘enfermedades’ sociales, viendo quizás al entorno como enfermedad misma- Monje revisa, en clave de humor, la propia tragedia del no pertenecer, de su lucha de joven por convertirse en eso que es hoy, aun teniéndolo tal vez todo de espalda en primera instancia. Porque en un entorno pequeño en el que algo lleve la marca de distinto, puede que esas cosas se paguen por mero desconocimiento… Ahora bien, el relato de su deslocalización –geográfica, sexual, familiar, social…- está abordado desde un humor fino y directo; un humor irónico y sanador que tal vez sea la única manera de abordar esos recuerdos –porque, hoy por hoy, ya solo son eso: recuerdos- que, de algún modo e inevitablemente, han armado su psique. Hoy Monje echa la vista atrás con nosotros y no guarda rencor: a veces mira con ternura –la figura de su abuela-, otras con ácida ironía – la madre- y otras con los ojos de una adulta que conserva mucho de la niña que fue; la que quiso entender su entorno y a veces sólo encontró formas de rebelión como respuesta. No en vano, Monje llega a emplear – con mucho acierto- la metáfora de los ordenadores, presentándose ante el respetable como una mera “proyección de la actriz que han venido a ver” y mostrando a los seres humanos como seres con capacidad para programarse, desprogramarse y reprogramarse. Meros discos duros que se pueden resetear. Y es que ¿no hay algo de eso en las relaciones personales y en la forma de agrupar nuestro bagaje vital? La analogía no puede ser más acertada; como si la autora hubiese tenido que reconstruirse para construirse, liberándose de aquellas cosas que le pesaban –pero que venían con ella de fábrica- y rearmar para ser lo que es hoy.

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A lo largo del relato, se intuyen mucho dolor y mucha lucha para haber llegado a armar su propia personalidad; pero se intuyen porque la autora ha tenido el acierto de mirar al dolor –un dolor que tal vez ni ella misma podía comprender- desde una ternura que invita a una suerte de exorcismo colectivo. Así, entramos con ella en el relato desde su pachorra, desde la carcajada, desde esa naturaleza tan natural –valga la redundancia- y deslenguada que emplea para expresarse; y conforme va avanzando el relato –y la actriz coge confianza con el público, con el que llega a confesarse de primera mano-; pero enseguida comprendemos la dimensión de estar en paz consigo misma y de feliz reconciliación que lleva implícita este espectáculo, esa necesidad de contar, de desnudarse emocionalmente ante nosotros y de lanzar una mirada cariñosa al dolor; porque el dolor, como sugiere el título de la función, puede curar. Lacura promulga el derecho y la necesidad de querernos tal y como somos sin tener que amoldarnos a lo que otros esperan de nosotros; porque sólo siendo tal y como somos nos podremos querer nosotros, y sólo así llegaremos a alcanzar el amor verdadero del exterior. Esa –y la idea de unirnos en nuestra soledad común- es otra de las grandes enseñanzas que arroja Lacura.

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Más allá de un monólogo unipersonal, la pieza tiene un formato hijo de su tiempo en el que conviven la estética tecnológica –la figura del ordenador como máquina humana es un hilo conductor importante-, la microfonía como elemento expresivo, el uso de loops como recurso que va más allá de crear una mera banda sonora; e incluso la expresión corporal –y tintes de posdrama- para terminar de alcanzar aquellos rescoldos donde tal vez no pueda llegar la palabra. En Lacura Monje se erige entonces no sólo como una narradora honesta –porque el formato tiene mucho del story-telling, de la tradición de la narración oral-, que lo es; y una actriz con la capacidad de evocar con pocos elementos, muchas veces de mero carácter simbólico a todos los personajes que aparecen en el relato, sino también como una verdadera performer, artista total. Todo al alcance de un espectáculo bien planteado en su formato, que utiliza gran amplitud de recursos –mucho más allá de la palabra misma- todos puestos al servicio de la propuesta. Esto es, todo lo que se emplea en la puesta en escena –que la actriz codirige con Enrique Pardo- tiene un valor expresivo claro y no está empleado para adornar el relato. Lacura es, después de todo, la suma del conjunto de todos los elementos que en ella aparecen.

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A fin de cuentas, de Lacura hay que valorar la honestidad de la narración, la capacidad de la artista para trascender lo personal y universalizarlo y el hecho de haber armado un montaje tan tecnológico en el que los recursos estén puestos al servicio del resultado final. Tal vez lo narrativo tienda a veces a dar demasiadas vueltas sobre sí mismo – ahora mismo el montaje unos 100 minutos, y siento que el metraje tal vez podría recortarse-; pero no cabe duda de que, en la sincera sencillez de su discurso tan lleno de pachorra, en esa capacidad de reírse de sí misma, Bibiana Monje y Lacura nos acaban ganando; sin que perdamos de vista la esfera íntima que rodea al relato y el montaje: es ahí donde está su mayor honestidad, y la honestidad seguramente sea la gran virtud de la propuesta.

 H. A.

Nota: 3.5 / 5

“Lacura”, de Bibiana Monje. Con: Bibiana Monje. Dirección: Bibiana Monje y Enrique Pardo. IMPULSO.

Teatro Fernán Gómez (Sala Jardiel Poncela), 16 de Marzo de 2019

‘Top Girls’, o volver sobre un texto hijo de su tiempo

marzo 20, 2019

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Fuerte apuesta del Centro Dramático Nacional al ofrecer una producción con todo lujo de detalles y sin escatimar en medios –elenco de relumbrón, escenografía aparatosa…- de Top Girls, la icónica comedia dramática feminista que Caryl Churchill estrenase allá por 1982, al amparo del auge del thatcherismo. A medio camino entre lo histórico y el drama realista, Churchill revisa en este texto –que se ha convertido en parte indiscutible del canon de la dramaturgia feminista contemporánea- revisa los periplos de 16 mujeres de distintas épocas que o bien han conseguido hacerse un hueco en un mundo de hombres, o bien luchan a brazo partido para lograrlo; a pesar de que el precio a pagar pueda ser el de desestabilizar su propia vida familiar. Ahora bien, a pesar del esfuerzo y el lugar indiscutible que ocupa la obra, resulta complicado no pensar que hoy, 37 años después de su estreno, tal vez Top Girls –hija indiscutible de su tiempo- no haya envejecido del todo bien; y tengamos otros ejemplos más recientes para abordar este tema en los escenarios. Por supuesto que al feminismo le queda mucho camino por recorrer para alcanzar definitivamente esa igualdad que busca; pero también hay que señalar que ha recorrido mucho camino desde la fecha de estreno de esta obra, que además se prolonga por más de dos horas y media –metraje a todas luces excesivo para lo que tiene que contarnos-. A pesar de todo, el esfuerzo por vestir esta producción lo mejor posible está más que conseguido; y la apuesta del CDN por la obra es firme y clara.

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La función se divide en dos partes que bien podrían ser dos obras independientes. La primera –de algo menos de una hora- nos presenta a Marlene celebrando su ascenso laboral en una cena alegórica en un restaurante. Las invitadas, son diversas mujeres de todas las etapas históricas –reales y de ficción- que han conseguido abrirse camino, pasar a la historia o dejar escrita una página con su nombre. Por la cena desfilan la victoriana Isabella Bird, la papisa Juana, Lady Ninjo – cortesana japonesa que abrazó la fe budista-, Dull Gret – extraída de un cuadro de Brueguel- y la Griselda de los relatos de Chaucer. Todas ellas, junto a Marlene –y ante la atenta mirada de una camarera contemporánea que sirve la cena y toca el violín sin abrir la boca- contextualizan sus logros, su posición en la Historia y se conocen las unas a las otras –puesto que todas proceden de épocas bien distintas-. Como corresponde a una cena de esa índole, las réplicas a menudo se pisan; y todas hacen esfuerzos por imponer su relato frente a los del resto… El resultado, sin embargo, es un batiburrillo que llega confuso a un espectador que puede acabar por exasperarse, porque en el fondo los diálogos rara vez llegan con claridad, por más que el elenco actoral se esfuerza en imprimir ritmo a la secuencia. Algo menos de una hora y a la pausa; tras una larga –se hace larguísima- escena que es difícil tanto de seguir como de montar y que, desde la dirección, parecen haber querido llevar lo más rápido posible, como para quitársela de encima. No funciona y hasta sobra tal y como está concebida, porque el problema es que una anécdota alegórica que daría para 25 minutos se prolonga hasta la hora de duración… De hecho, se diría que se puede ver solamente la segunda parte de la función –de unos 80 minutos y mucho más interesante- y no nos habríamos perdido casi nada.

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Cuando casi hemos tirado la toalla, la cosa mejora considerablemente en la segunda parte; que explora la vida de Marlene en su lugar de trabajo –la agencia de colocación Top Girls, de la que conocemos brevemente su funcionamiento- incluyendo un enfrentamiento con la apocada esposa del hombre al que supuestamente le ha pisado el ascenso, y en el entorno de su familia. Un entorno en el que ha tenido que abandonar a una hija preadolescente, dejándola al cargo de su hermana, para poder lanzarse a crecer en el mercado laboral… Una hija que, efectivamente, la cree su tía; aunque vive inquieta porque las fechas no cuadran, y con la que mantiene una relación cariñosa. El reencuentro de las dos hermanas –Marlene y Joyce- al calor del alcohol, hará que las cosas salten definitivamente por los aires, en una escena digna del mejor realismo americano de la época que seguramente sea lo mejor de una función que acaba en punta. La segunda parte de la función, de hecho, es mucho más interesante –y creo que se sostiene por sí sola con independencia de la primera- y permite que tanto las actrices –aquí sí, todas encuentran su momento- como la dirección brillen más.

Pero no podemos negar que, a pesar de todo, la función se hace excesivamente larga y no siempre consigue mantener el interés. La primera parte pesa como una losa; e incluso la reflexión sobre la lucha de la mujer para conseguir ser una triunfadora se nos antoja un poco anticuada; porque, por fortuna, hoy por hoy la mujer ya está bastante más integrada en el mercado laboral, cada vez con mayor normalidad; por más que aún quede camino por recorrer –que, claro, queda-. Así pues, seguramente haya que ver Top Girls como una obra contextualizada en el momento en que fue escrita, que pierde potencia –y algo de vigencia- si la traemos al hoy, al aquí y ahora. No se le discute su importancia histórica en su momento, ni siquiera el interés de las escenas que se agrupan en la segunda parte del espectáculo. Pero… ¿por qué apostar con esta decisión por esta obra que no ha envejecido todo lo bien que podría esperarse? Y, aún más, ¿por qué no ofrecer una versión del texto que potencie las virtudes del texto –las tiene- y pase lo más rápido posible por aquellos pasajes que, vistos a día de hoy resultan más farragosos, máxime si la duración es tan excesiva? Aquí está la clave… De hecho, creo que el hecho de renunciar a hacer una versión y ofrecer el texto casi íntegro probablemente sea el mayor escollo que debe intentar salvar la representación.

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No se puede negar el esfuerzo del director, Juanfra Rodríguez, por vestir la función lo mejor posible. Todo apabulla. Desde la mastodóntica escenografía que firma Alicia Blas, en varias alturas, con neones y proyecciones que contextualizan la trama en su tiempo –que es vistosa en un primer vistazo al entrar; pero acaba resultando demasiado para esta sala (necesita un espacio más grande para respirar) y, lo peor de todo, no siempre se le da uso… ¿de verdad era necesario levantar todo esto para contar esta historia?- hasta el elegante y variopinto vestuario – recordemos que ya no es que haya que vestir a casi 20 personajes; sino que además vienen de varias épocas- de Guadalupe Valero, este sí, muy cuidado y entre lo mejor de la propuesta. Pero la sensación global es esa: la de que se ha intentado vestir la función para entretener al público, para que siempre tenga algo que ver y no se distraiga más de la cuenta, como si el texto mismo –y ese elenco sobresaliente que hay- no bastante para sostener la representación.  En términos de dirección, desde luego que la segunda parte ha quedado mucho más matizada, equilibrando humor y tensión dramática, que una primera parte que se le ha escapado a Rodríguez entre los dedos; porque pocas veces se encuentran el orden y el tono. A todos los niveles, parece que estamos ante dos funciones: la segunda –lo que viene tras el descanso- más interesante y mejor ejecutada que la primera; por más que esta primera sea más compleja.

Irreprochable el trabajo del elenco de actrices que a menudo se desdobla en varios personajes. Es muy de destacar cómo la volcada papisa Juana de Miriam Montilla, la elegante Griselda de Paula Iwasaki y la Lady Ninjao de una Huichi Chiu muy en estilo dentro de su misticismo logran imponerse y sobreponerse con pies firmes al caos en que se convierte muchas veces la primera parte: dice mucho bueno de ellas como actrices. Las demás –Manuela Paso, Rosa Savioni, Macarena Sanz y una Camila Viyuela a la que ni texto le han dejado en este largo primer acto- intentan salvar la papeleta de este primer acto con más oficio que verdaderos resultados. Si uno relee los nombres, pronto se dará cuenta de que aquí hay un agujero de dirección; porque, desde luego, el elenco es de postín. Todo mejorará en la segunda parte, que deja enfrentamientos memorables. Macarena Sanz y Camila Viyuela están perfectos en esos primeros escarceos amorosos preadolescentes entre Angie y Kitty – de entre los mejores momentos del montaje-; especialmente Sanz en los arrebatos de alocada ira contenida de Angie, que presagian sin duda el agujero emocional del personaje. También la Marlene de Manuela Paso alza el vuelo de cara al enfrentamiento final con su hermana, con un duelo de rompe y rasga frente a una Rosa Savioni que tal vez logre su mejor momento cuando intenta vigilar las salidas de su sobrina/hija. Son estas cuatro actrices quienes cargan con el peso de la segunda parte, mientras Montilla, Huichi Chiu e Iwasaki sirven esta vez de apoyo y complemento en diversas escenas. En cualquier caso, hay un buen trabajo actoral –sobre todo en aquellos momentos en que la dirección es más eficaz- y si seguimos la función es, en buena parte, por el talento de las actrices.

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A pesar de todo –y sin negar que la producción levantada tiene medios más que suficientes y un puñado de buenas interpretaciones- no termino de ver la necesidad real de volver ahora sobre este texto, que resulta por momentos largo en exceso y hasta farragoso. Ahora bien, no cometan el error de abandonar en el descanso; porque lo mejor de la función empieza, a todos los niveles, en la segunda parte.

H. A.

Nota: 2.5 / 5

 

“Top Girls”, de Caryl Churchill. Con: Manuela Paso, Rosa Savioni, Macarena Sanz, Miriam Montilla, Camila Viyuela, Paula Iwasaki y Huichi Chiu. Dirección: Juanfra Rodríguez. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 15 de Marzo de 2019

‘Putas Rancheras’, o desmontar los tópicos de un género

marzo 18, 2019

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Nos pongamos como nos pongamos, queda mucho camino por recorrer para que el género musical en España se iguale al nivel de los grandes circuitos internacionales, básicamente por la ausencia de grandes figuras dedicadas al género en nuestro país. Quizá sea por eso que, con la Gran Vía rebosante de musicales comerciales, a veces hay que buscar nuevos formatos, nuevas ideas y reoxigenarse en lo que podríamos llamar el off-off del musical; dar un paso más allá y explorar y reivindicar el cabaret como género vivo y propio, dándole tal vez una vuelta de tuerca hacia el aquí y el ahora. Eso es lo que ofrece Putas Rancheras, un producto inclasificable que se ofrece a modo de sesión golfa en el Bar El Intruso en el que Gloria Albalate, a modo de show-woman de primer nivel, revisa un buen ramillete de rancheras, intercaladas con monólogos que, a modo de cabaret, revisan –y desmontan- el mito machista de la ranchera como género, y el asunto de la prostitución como lugar común en la cultura mexicana – y no sólo…-, entiendo que a partir de casos y testimonios reales.

Lo primero que hay que destacar de Putas Rancheras más allá de su frescura es su marca de espectáculo único en su género ahora mismo dentro de la cartelera madrileña. Puede que estemos ante la única propuesta dedicada al mundo de la ranchera –tan conocida por todos; pero nunca lo suficientemente en primer término como merece- que podemos ver en Madrid; pero, además, Albalate y su equipo han tenido la capacidad y la inteligencia de armar un espectáculo que, dentro de su espíritu canalla –no en vano tiene lugar en un bar en horario nocturno, parte incuestionable del encanto de la función- bebe del espíritu de los cafés-concierto, y del estilo cabaretero que tanto gusta al público –pero que sin embargo cada vez es más infrecuente encontrar en la cartelera-. En un tú a tú con el público, Albalate va desgranando un buen número de éxitos del género –no nos engañemos, se las saben todas y van a poder cantar a coro a placer…- al tiempo que va integrando en su concierto dramatizado – o en su pieza de teatro cantado, llámenla como quieran- pequeños monólogos, reivindicativos pero desde la esfera de lo irreverente, que ponen de manifiesto tanto el tópico – iba a decir extendido, pero mejor decir real- de la explotación femenina por medio de la prostitución como algo más o menos normalizado en la sociedad mexicana –por duro que parezca decir normalizado- incluso como posibilidad laboral. A modo de confesionario con el público, Albalate va desgranando una serie de historias que ponen de vuelta y media la degradación sexual de esa sociedad, sin perder de vista ese punto de ironía ácida y cabaretera que este tipo de espectáculos siempre deben tener –así, llegamos por ejemplo a ser cómplices del programa “Prostitutas por el Mundo”, en el que se nos ofrecen testimonios de diversas trabajadoras del sexo-.

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Al tiempo que enlazan estas pequeñas historietas, Albalate y su equipo aprovechan para revisar la hipersexualización –y la masculinización sistemática- del género de la ranchera, a través de sus letras. Letras en cuyos contenidos tal vez nunca hayamos llegado a profundizar lo suficiente; pero que pronto empiezan a cortocircuitar, confrontadas con las historias que trenzan este espectáculo.  Con mucho humor, Albalate se lanza a desmontar los mitos machistas que encierra este repertorio; e incluso a reivindicar el cuerpo y el sexo como propiedad y derecho de los seres humanos a través de la farsa que permite el cabaret, mediante esa crítica velada y picarona tan propia del género.

A primera vista uno puede pensar que esto no es más que un mero concierto dramatizado; y sin embargo los textos, las temáticas y la elección y posición del repertorio aparecen a menudo escogidos a conciencia para armar un todo que nos lleva a una reflexión clara: el cuerpo y el derecho al sexo, esa capacidad de decisión y libertad, son –y siempre deberían ser- propiedad de cada individuo; y toda mercantilización de ellos es forma de prostitución. Y, nosotros, como público, no debemos juzgar, pues “quien esté libre de pecado que tire la primera rosa”, como dice el espectáculo. A estas conclusiones – a través del debate distendido- nos lleva el espectáculo en el que van cayendo además un puñado de clásicos del género –desde “Paloma Negra” hasta “Tres Veces te Engañé”; de “La Llorona” a “Volver, volver”; de “El Rey” a “No me Amenaces” y un largo etcétera. Desde luego es absolutamente meritorio engarzar esta música –puesta en primer término por una vez- en el seno de una aparente comedia cabaretera que, sin embargo, deja un amplio poso de crítica social de cara a la reflexión en su tono aparentemente desenfadado. Para que todo este cóctel funcione como lo hace –y vaya que si lo hace- hay que ser muy hábil, tanto para seleccionar el material como para lograr que todo encaje en su sitio. En este sentido, la dirección, a cargo de Jorge Gonzalo – de esas que no se ven, aunque incuestionablemente están- tendrá sin duda mucho que ver. El resultado son 90 minutos de café-concierto, cabaret, teatro y crítica social –todo cabe- que se disfrutan de forma distendida y se pasan en un suspiro. Un triunfo.

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De Gloria Albalate, aupada aquí a show-woman de primer nivel, uno no sabe si admirar más su capacidad de speaker, comunicadora y actriz capaz de meterse al público en el bolsillo desde el espíritu del cabaret; o sus dotes vocales, perfectamente acordes al estilo de la ranchera. El canto de Albalate –a veces cálido, otras veces roto; pero siempre expresivo, rasgado y lleno de acento dramático, jugando con los colores de voz…- pone de manifiesto toda la grandeza del género, hecho justo como debe hacerse. Puede que no sea el suyo un instrumento especialmente memorable; pero ni falta que le hace porque sabe dotar al repertorio de la necesaria intención dramática sin la que no se puede plantear la ranchera, y que aquí… De esto van las rancheras al fin y al cabo. Es infrecuente escuchar este género a una artista no mexicana que se acerque a él con esta adecuación estilística. Si a esto le sumamos su soltura interpretativa, y su capacidad de conectar con el público – fundamental en el género del cabaret-, el resultado es un triunfo por la idea, por lo distendido del espectáculo y por ofrecer ranchera mexicana auténtica integrada en un todo difícil de etiquetar y catalogar. Junto a ella, Melina Liapi al piano y Álex Tatnell a la trompeta y la guitarra, dan el perfecto acompañamiento, integrándose ocasionalmente en la acción dramática.

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Desde luego que el que sepa encajar Putas Rancheras como lo que es disfrutará de lo lindo. Una propuesta nocturna, gamberra, canalla; que hace dialogar el cabaret y el café-concierto con el espíritu de la crítica social y que pone en primer término de la cartelera – incluso si es la cartelera más off- un género legendario como es el de la ranchera, muy bien servido. Una pequeña gran fiesta única en su género en la cartelera madrileña actual, indispensable para fans del repertorio y el estilo.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Putas Rancheras”, de Gloria Albalate. Con: Gloria Albalate, Melina Liapi y Álex Tatnell. Dirección: Jorge Gonzalo.

Bar El Intruso, 14 de Marzo de 2019

‘Kingdom’ o auge y caída del plátano macho

marzo 17, 2019

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Desde que me encontrase casi de improviso con aquella virguería que era A House in Asia, allá por 2015, vengo siguiendo con interés la trayectoria de Agrupación Señor Serrano, compañía catalana multipremiada en el extranjero –y seguramente no todo lo presente ni considerada que debiera en España- que apuesta siempre por el diálogo de lenguajes –maquetas, personajes en miniatura, videocreación, imagen en directo, vídeo preparado…- para armar espectáculos que suelen abordar temáticas de máxima actualidad social, pasadas siempre por el filtro de una crítica corrosiva que convierte sus propuestas en comedias tan ácidas e irónicas como inesperadas. Así eran A House in Asia – donde el 11S y la caza y captura de Bin Laden se daban la mano con un inesperado spaghetti western de indios y vaqueros o el universo de los videojuegos- y Birdie –que hermanaba el drama de la inmigración ante la valla de Melilla nada menos que con la película Los Pájaros de Hitchcock-.

Ahora, con Kingdom, Señor Serrano pretende trazar una crítica al capitalismo voraz que todo lo corrompe y se lo traga, a través de líneas argumentales como la aparición, proliferación y caída del plátano como la fruta más barata y demandada del mercado, los viajes de exploradores, la masculinidad exacerbada –en este sentido la ligazón con la simbología del plátano se pasa de evidente- y la figura de King Kong, tanto como supuesto rey de la selva como como supuesto rey de las ventas cinematográficas. Para ello, la compañía catalana ha armado el que seguramente sea su espectáculo más ambicioso en lo formal –atreviéndose incluso a incorporar elementos nunca antes empleados, como los performers, el texto en directo durante todo el espectáculo o una banda sonora también constantemente en directo-.  Kingdom es, en pocas palabras, un espectáculo de factura impecable – eso no se le niega-que tal vez se quede algo corto de duración –dura una hora clavada- y en el que el discurso –otras veces tan ácido y ocurrente- se queda demasiado en la anécdota anticapitalista, encadenando gags –unos mejor traídos que otros…- que no terminan de profundizar en la crítica que el espectáculo pretende. Y todo ello, lástima, en el espectáculo que probablemente tenga mejor acabado formal de cuantos he visto de la compañía. Pero, esta vez, el continente se come al contenido con claridad.

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Estética kitsch en los cinco performers que nos esperan en escena –curiosamente esta vez ni Álex Serrano ni Pau Palacios actúan en el espectáculo-. A modo de narrador inicial, Pablo Rosal incide, casi a modo de letanía, en la idea de que estamos bien a pesar de todo y de todos, porque somos unos seres decididamente marcados por el progreso, como una suerte de sociedad que –a pesar del capitalismo imperante, o quizá precisamente por él si nos ponemos un poco más irónicos- ha sabido andar hacia delante. La idea se repite una y otra vez, a veces enérgica, a veces pesimista, las más de las veces irónica, incluso en varios idiomas… Estamos bien. ¿Estamos bien? Es el punto de arranque de un espectáculo al que sigue un rap –a cargo de Wang Ping-Hsiang– liga la idea del plátano a la masculinidad y a lo prohibido, ya desde los tiempos del Génesis bíblico, incluyendo una delirante y simpática videocreación que constituye, en su conjunto, el que seguramente sea el momento más logrado y auténticamente serranesco del montaje. Empezamos bien, no cabe duda… Nos colocamos ante una premisa que se promete interesante, y enseguida hacen su aparición los montajes videográficos marca de la casa. Incluso los primeros momentos de Diego Anido transmutado en un explorador que busca, entre la niebla selvática, algo que dé sentido a su vida – nuevamente la videocreación, embalsamada esta vez con la figura de un actor en directo, da sus frutos y nos ofrece imágenes sugerentes- que se topará con el mismísimo King Kong nos promete, como mínimo, un divertimento feliz. Seguimos bien… A partir de aquí – con un elenco que completan el músico Nico Roig, y David Muñiz, encargado de la manipulación de buena parte del aparato tecnológico fundamental en esta propuesta-, se sucede una cantidad de elementos referenciales –imágenes, postales, referentes cinematográficos, montajes…- en torno a la figura del plátano –su auge y caída como fruta mercantilizada industrialmente como ninguna otra, su simbología fálica ligada al mundo de la masculinidad- se entrelazan con elementos que nos llevan a revisar las diferentes etapas del capitalismo industrial, fundamentalmente a través del transporte de plátanos para comerciar con ellos. El auge y la caída del plátano a todos los niveles –con algunos momentos descacharrantes-, como aquellos en los que los actores se integran en delirantes composiciones de vídeos de Youtube, otro momento logrado- se da la mano con diversas apariciones superpuestas del mito de King Kong, básicamente en el cine, seguramente como metáfora de la amenaza de la virilidad. Hasta aquí, bien pequeñas piezas que parecen el punto de partida para llevarnos a un todo que nos sorprenda y nos haga ver con claridad el alcance de la crítica que plantea la compañía… Pero no. Con cierto aire circular – con la idea de que, a pesar de todo lo que acabamos de ver, a pesar de que hemos visto caer un sistema ante nuestros ojos, estamos bien- el montaje acaba con la reafirmación – más irónica que nunca, si cabe- de que estamos bien. Para el epílogo, se guarda Señor Serrano algo a medio camino entre una pequeña rave y una haka –cómo no recordar, por ejemplo, los ecos de Mount Olympus, que planteó un delirio semejante a gran escala- con la que se cierra el espectáculo. Analogía clara y simbólica del machirulismo, el poder fálico, lo tribal e incluso metáfora del poder selvático masculino, todo ello un punto exacerbado para llevar conscientemente a la parodia. Bien. Pero, tal y como está presentada, se me sigue quedando como algo muy evidente. Y entonces… fin.

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Y así transcurre la función. Una hora de reloj. La ejecución, insisto, es impecable pero sorprendentemente – y digo sorprendentemente porque hemos visto lo bien que lo pueden hacer varias veces- la reflexión y el desarrollo narrativo se nos quedan demasiado obvios y poco desarrollados, cosa que nunca antes le había pasado a Señor Serrano; al menos no en otros espectáculos que les hubiese visto. ¿Por qué esta vez Serrano y Palacios – curiosamente ausentes del escenario por esta vez- han decidido parar aquí, cuando parece que sólo nos habían presentado las fichas con las que jugar? ¿Cómo es posible que una compañía que ha demostrado tantas veces su inventiva para crear parodias críticas haya decidido quedarse esta vez aquí, poco menos que en la presentación del caso? Son preguntas que tal vez no tengan respuesta, pero que constituyen el punto más flaco de una propuesta por lo demás bien armada en lo formal, pero que se queda escasa en el desarrollo de la dramaturgia. ¿No daba para más el tema? Lo dudo. ¿No daba para más la inventiva de la compañía? Es imposible pensar algo así. Entonces ¿por qué no hay un giro, un desarrollo brillante como otras veces? Buena pregunta para la que, honestamente, no tengo respuesta.

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No nos engañemos. Me gusta el lenguaje teatral de Señor Serrano, me interesan sus propuestas y me parece un camino interesante que el teatro debe tomar. Pero aquí, una vez admirado el despliegue técnico, y considerando que manejan más elementos y técnicas que otras veces, poco más nos queda. Es extraño –y, para ser honestos, mi función acabó con buena parte del público en pie, aunque yo me quedé bastante frío- que teniendo a su alcance más medios y más técnicas que otras veces –teniendo en cuenta que saben sobradamente cómo emplearlos- esta creación se haya quedado en algo que muestra más un despliegue de medios que un contenido interesante real. Y lo cierto es que todo cuanto aparece en escena está bien empleado –la música, con ecos tal vez de la estética de Metatarso, es pertinente; la figura del performer-speaker central está bien planteada, las imágenes dejan momentos ocurrentes aquí y allá, y el aparato técnico que tiene que cuadrar –y cuadra maravillosamente- la compañía está a la vista y fuera de toda duda. Y, sin embargo, es el contenido el que no consigue una profundidad ni una pertinencia que sí se alcanzaban otras veces. ¿Por qué? Difícil dilucidarlo. Tal vez no nos moleste ni nos defraude hasta límites insoportables; pero quien conozca el trabajo de Señor Serrano estará acostumbrado a volar mucho más alto de lo que se logra aquí; aún cuando podemos y debemos aplaudir su ambición formal y la capacidad de integrar nuevos elementos en su discurso. Pero ni la temática ni su desarrollo nos seducen como otras veces.

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Bastante público y reacción bastante cálida para un espectáculo que interesa más por ver cómo evoluciona la manera de contar de Señor Serrano –que, claramente, ha evolucionado hacia un paso de gigante con este espectáculo- que por lo que nos cuenta esta vez… Así y todo, sabiendo que Señor Serrano dialoga ahora con más herramientas, siempre queda la curiosidad de ver cómo las podrán aplicar en el futuro a empresas narrativas de mayor calado que esta. Pueden, saben y lo harán: no me cabe duda.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

“Kingdom”, de Agrupación Señor Serrano. Creación: Álex Serrano, Pau Palacios y Ferran Dordal. Con: Diego Anido, Pablo Rosal, Wang Ping-Hsiang, David Muñiz y Nico Roig. AGRUPACIÓN SEÑOR SERRANO / GREC 2018 Festival de Barcelona / Teatre Lliure (Barcelona) / Home Theatre (Manchester) /  Théâtre National Wallonie-Bruxelles / Grand Theatre (Groningen) /  La Triennale di Milano / Teatro dell’Arte / CSS Teatro Stabile di Innovazione del Friuli / Venezia Giulia / Teatro Stabile del Veneto / Teatro Nazionale, / Festival Romaeuropa / Teatros del Canal.

Teatros del Canal (Sala Verde), 9 de Marzo de 2019