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‘Es mi Hombre’, o quitarle el polvo al cuplé

septiembre 25, 2017

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Cualquier proyecto que se distinga por tener un sello de identidad propio ya se merece como mínimo un respeto. Es Mi Hombre -la propuesta que presentan las Livianas Provincianas en horario de sábado por la noche en El Umbral de la Primavera- da, en primera instancia, una especie de vuelta de tuerca al concepto -cada vez más olvidado- de café-concierto. Pero, además, va más allá al volver a traer a primera línea de la cartelera un género como es el cuplé sicalíptico -el cuplé picante, picarón; un clásico en España durante la primera mitad del siglo XX, con unas músicas y unas letras que combatían la tristeza de una España deprimida y azotada por los coletazos de la guerra y que a día de hoy han pasado, de alguna manera, de generación en generación- en un formato que se apoya en las formas tradicionales; sin dejar por ello de aportar un toque actual, fresco y directo. Casi como si se riesen de forma amable de unos tópicos de esa tradición que, seguramente, hoy sólo puedan verse desde ahí: desde la risa que en ningún momento nos hace perder de vista el papel histórico que han tenido todas estas canciones en su contexto y en su tiempo.

Ya desde antes de entrar al ambigú del Umbral de la Primavera -porque la función, con mucho de site-specific, transcurre en un ambigú, a modo de café, tal y como hubiese pasado en aquellos tiempos- nos reciben la Berta y la Reme, dos costureras que tienen su taller en el número 17 de la Plazuela del Tribulete -sí, como en el celebérrimo cuplé- y que ejercen de modistillas de día y cupletistas de noche. Para ganarse la vida, nos ofrecen individualmente sus servicios de costura antes de que tomemos asiento, lo mismo para un roto que para un descosido.

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Una vez que nos situamos, descubrimos que Es mi Hombre no es tanto un espectáculo de cuplé, sino el último grito desesperado de la Berta y la Reme para vendernos sus servicios, casi a modo de teletienda. Desde ajustes en ropa hasta trajes de novia, trajes de baño o incluso un pulverizador marca de la casa. Es el punto de arranque para entrar en confianza con estas dos mujeres que, apoyadas en una sencilla pero eficaz dramaturgia de Sergio Adillo Rufo que sirve para hilar los temas, van desgranando todo un ramillete de éxitos del repertorio cupletístico -aparecen por supuesto “Es mi Hombre” o “La Chica del 17”; pero también “La Regadera”, “El Pulverizador”, “La Vaselina”, “Ven y ven”y toda una serie de clásicos que no pasan por alto ni los “Cuplés de las Viudas” de La Corte de Faraón -zarzuela con mucho de revista-. En un ambiente de complicidad con el público, con el que no dudan en interactuar, la Berta y la Reme van dibujando retazos del papel de la mujer en aquel tiempo, ya sea a través de sus propias historias o a través de las voces de los pueblos que habitaban antes de llegar al Madrid castizo del que se han escapado ahora para venir a parar a este ambigú. Así pues, Es mi Hombre tiene el acierto pleno de ir más allá de un mero concierto, al haber cincelado tanto una trama -sencilla, pero directa y eficaz- y, sobre todo, crear unos personajes con personalidad propia, que permiten desde luego esa complicidad con el público que es base de la propuesta. Siempre se queda algún título fuera de programa -la escena de los bañadores pierde por ejemplo la oportunidad de traer a colación cierto hit del género-; pero lo cierto es que se ha levantado un espectáculo cercano a los 90 minutos que, con mínimos elementos, consigue mantener una teatralidad verdaderamente ejemplar.

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La puesta en escena que firma Carlos Tuñón asume bien esa voluntad de experiencia y de site-specific que parece ser la clave de la propuesta. Juega bien con cada rincón del espacio -y, en ese sentido, puede que ver este espectáculo en otro emplazamiento obligue a cambiar muchas cosas- e integra al espectador no sólo en el espacio -que comparte con las actrices y el pianista sin ninguna clase de barrera de por medio- sino también en el devenir de la trama. Así, el público es constantemente interpelado e invitado -pero no obligado- a participar; y esa capacidad de respuesta del respetable ayudará a crear un clima -que posiblemente sea variable en cada función- capital en el devenir de la representación. En cualquier caso, este componente de complicidad mutua es una de las bases de ese género de café-concierto revistero; y en ese sentido la idea de Tuñón para este montaje en el que unos y otros se entremezclan es, claramente, la de recuperar el espíritu del género; si acaso mirándolo desde el ahora y el aquí. Tanto por el ambiente íntimo que se crea como por la complicidad inmediata del público, ese objetivo queda perfectamente logrado: uno podrá pensar que la propuesta es sencilla en apariencia; pero pocas cosas más complicadas hay en teatro que conseguir un ambiente distendido entre los intérpretes y el público, como el que se consigue aquí.

Queda por comentar el trabajo de las dos actrices, Irene Domínguez y Paloma García-Consuegra. Lo primero que hay que destacar es que nos encontramos ante intérpretes completas; que no son ni actrices que cantan ni cantantes que actúan, sino profesionales perfectamente preparadas tanto para una vertiente como para la otra, ambas en perfecto equilibrio. Resulta infrecuente encontrar intérpretes tan jóvenes pero de una formación integral tan sólida, porque el canto es de calidad como lo es su capacidad expresiva en escena. A todo esto hay que sumar la vertiente de la improvisación -constante en este espectáculo- que muestra en Domínguez y García-Consuegra a dos actrices resolutivas, y con todos los recursos necesarios para sacarse de la chistera ante cualquier imprevisto. Como las buenas cupleteras, estas dos actrices desconocen el concepto de vergüenza a la hora de enfrentarse en el cara a cara y en el tú a tú con el espectador; y haber afrontado este espectáculo -en apariencia tan sencillo, pero a la vez tan complicado por ese carácter de inmediatez que implica- con garantías demuestra que ya están preparadas para cualquier cosa. Acompaña al piano Juando Martínez Montiel desde una posición que no siempre facilita la comunicación visual con las actrices, pero sin que haya descuadres especialmente notorios en el tempo. Quizá, eso sí, por una cuestión historicista convendría contar con un tipo de piano más apto a este repertorio -pero a la vez comprendo que el carácter ‘portátil’ de la propuesta obliga a utilizar asimismo un instrumento portátil-.

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Pero son muchas, en suma, las virtudes que acumula Es mi Hombre. Porque es distendida y establece bien ese contacto con el público, porque cuenta con unas intérpretes capacitadas para este tipo de reto; pero sobre todo porque recupera un tipo de teatro cada vez menos recurrente -el del café-teatro- y un género olvidado, infrecuente y difícil -algunos todavía no olvidamos ciertos patinazos recientes en cuestiones de estilo del Teatro de la Zarzuela con el género de la revista…- con unas garantías que no siempre se dan. Resulta interesante encontrar a un equipo joven pero ya sobradamente preparado recuperando este tradicional género, mirándolo además desde hoy, con una visión amable y entrañable que no por ello hace perder de vista la verdadera naturaleza del género. Recomendable para amantes del género, para curiosos, y para los que quieran ver una apuesta distinta.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

Es mi Hombre”, de Livianas Provincianas. Sobre una dramaturgia de Sergio Adillo. Con: Irene Domínguez y Paloma García-Consuegra. Piano: Juando Martínez Montiel. Dirección: Carlos Tuñón. LIVIANAS PROVINCIANAS.

El Umbral de la Primavera (Ambigú), 16 de Septiembre de 2017

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‘Don Gil de las Calzas Verdes’, o un Tirso con guía de lectura

septiembre 24, 2017

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Regresa a los escenarios el clásico de Tirso de Molina, en una versión que dirige Hugo Nieto apoyada en una dramaturgia de Alberto Gálvez que opta por actualizar la obra para acercarla a la sensibilidad del público de hoy. Propuesta que, a decir verdad, está cosechando un éxito importante allá donde va y que ahora hace por fin parada en Madrid, con una pequeña temporada en los Teatros Luchana. Y lo cierto es que, aún cuando hay que agradecer la agilidad del planteamiento, la frescura del enfoque y -sobre todo- lo atinado de todo el elenco actoral; tengo la sensación de que el resultado final queda de alguna manera lastrado por una cierta acumulación de morcillas y explicaciones -a mi modo de ver innecesarias- que terminan por dejar en segundo plano el lenguaje de Tirso, que debería ser más que suficiente -y más aún con un elenco tan inspirado como el aquí se reúne- para generar la comedia por sí sola.

La dramaturgia de Alberto Gálvez apuesta por una poda a lo esencial de la trama y una suerte de actualización que creo que se acaba yendo un poco de madre. Para ello, se plantea una especie de coro a ambos lados del espacio escénico que comenta constantemente con morcillas todos aquellos aspectos del enredo que podría parecer que el público de hoy no va a captar en una primera lectura. Desde los emplazamientos –”esto ahora sería el barrio de Chueca”- hasta una gran cantidad de morcillas que sirven como apoyo ya sea para enfatizar gags que, a juicio del dramaturgista podrían pasar desapercibidos para el público de hoy -y así incorporan toda una serie de referencias actuales a qué serían a día de hoy situaciones o elementos que aparecen en el texto de Tirso, como si hubiese dar explicaciones a un público que, al menos para el versionador, corre el riesgo de perderse- o para limar ciertos aspectos del original que, para Gálvez, parece que no son lo demasiado políticamente correctos como para mantenerse. Al margen de que personalmente crea que un público inteligente puede seguir sin problemas el enredo tal cual está concebido; y de que la comedia en esta obra en buena parte debe surgir a raíz no sólo de las situaciones, sino también del ingenio del lenguaje, creo que esta opción de las morcillas -constantes- acaba por desvirtuar la esencia del clásico, porque obliga al espectador a entrar y salir constantemente del devenir de la trama y en la rítmica del verso. Creo, en definitiva, que todos estos añadidos -casi a modo de edición crítica moderna- pueden incluso llegar a confundir y desviar la atención de la propia trama a quien no la conozca previamente. Incluso a mí -que conozco el original- llegó a parecerme que la narración se tornaba un poco confusa en algunos momentos.

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La propuesta escénica de Hugo Nieto, sin embargo, tiene el acierto de la sencillez. Con el verde como lógico motivo conductor -y respetando la vestimenta de época, que hace que la versión del texto pese más- Nieto acota el espacio central en forma de tablao sostenido por cajas y sitúa al coro a ambos laterales, ya sea para aguardar su turno, comentar el texto con las morcillas antes mencionadas o crear en directo todo el espacio sonoro -no sólo canciones, sino también todo lo necesario para generar ambientes -en este sentido, toda la partitura de Miguel Magdalena (de clara inspiración en la naturaleza de Ron Lalá por ejemplo) está bien jugada y bien integrada en el conjunto-. Con muy pocos elementos, como digo, Nieto plantea una puesta en escena limpia, que sabe jugar bien tanto a la farsa de la comedia de enredos, capa y espada; como a la agilidad que requieren este tipo de propuestas. Puede que las últimas escenas -en las que confluyen todos los personajes para llegar a la cima del enredo- no queden en este particular espacio todo lo lucidas que deben quedar en escenarios más íntimos; e incluso que los subrayados de las imágenes sobren -aunque esto ya va más en consonancia con la versión del texto-, pero lo cierto es que este enfoque de corte minimalista -este sí- va bastante en la línea de lo que parece demandar un Tirso, y en este sentido debe aplaudirse su labor.

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Insisto en que no acabé de entrar en la esencia ni la idea de la versión presentada; y es que cuando se cuenta con un reparto en el que todos sus integrantes tienen esa rara capacidad de saber decir bien el verso como aquí sucede, todo añadido que se salga del verso mismo me parece superfluo. Y es una pena, porque todos y cada uno de los integrantes de este elenco están entonados, conocen los códigos gestuales de este tipo de comedias y se manejan con comodidad en el arte de hablar del Siglo de Oro. Desde la Doña Juana de Sara Moraleda -más suelta aquí que en otras funciones que le haya visto-, que con acierto nunca rehúsa a jugar su feminidad en este falso rol en travesti; hasta la candorosa y al tiempo arrebatada Doña Inés de María Besant, que impone sin miedo su carácter; bien contrastada con la Doña Clara de Natalia Erice -que acaso se luzca más, a nivel expresivo, en su doble cometido como Quintana-. De Samuel Viyuela -todavía joven pero ya asentado por méritos propios- hay que aplaudir su manejo de la expresividad vocal y corporal ante los diferentes roles que acomete, con unas formas que recuerdan indudablemente la familia de la que proviene: esto es, claro, un elogio. Rafa Maza equilibra muy bien las dos facetas de Don Martín: la de galán y la de pelele indeterminado, en una composición atractiva. Y, en fin, Jorge Muñoz -un Caramanchel al que la versión convierte además muchas veces en narrador e hilo conductor de la trama- opta, en una opción inteligente, por no cargar las tintas del gracioso más de la cuenta. Los seis intérpretes -lo repito porque es algo más infrecuente de lo que pueda uno pensar- dicen el verso con claridad, buena cadencia rítmica y sentido de la métrica: es por ello que me hubiese gustado ver a este elenco en una versión más centrada en la palabra de Tirso que en ese afán actualizador.

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A decir verdad, la mayoría del público parece pasarlo en grande; puede que incluso más con el festival de morcillas que incluye la versión que con la trama y el lenguaje de Tirso en sí mismos. Habrá quien lo prefiera así, pero personalmente creo que en esta versión se tenían los mimbres necesarios para haber hecho toda justicia a la palabra de Tirso, que en estas manos no hubiera perdido nada de la frescura que conserva. Pero, sinceramente, las características de la versión -demasiado explicativa para mi paladar- acabaron por sacarme de la función en más de un momento. Y es una pena, porque el elenco está muy inspirado y la propuesta escénica hace virtud de la sencillez; pero creo que la diversión debe llegar del original, sin necesidad de apuntalar nada más de la cuenta. Pese a todo, mi sensación final fue de haberme quedado a medias, reconociendo que esto tenía todos los mimbres para haber sido una gran, gran función de teatro clásico; y se queda en menos por una versión que, pretendiendo ayudar, creo que termina restando.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

Don Gil de las Calzas Verdes”, de Tirso de Molina. Versión de Miguel Gálvez. Con: Sara Moraleda, María Besant, Jorge Muñoz, Samuel Viyuela, Natalia Erice y Rafa Maza. Dirección: Hugo Nieto. COMPAÑÍA ENSAMBLE BUFO.

Teatros Luchana, 16 de Septiembre de 2017

‘HOME: el Español con las Refugiadas’, o polifonía por la igualdad

septiembre 22, 2017

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Abrió temporada el Teatro Español con dos únicas funciones benéficas -cuya recaudación fue a parar a Alianza por la Solidaridad- consistentes en una serie de monólogos para dar voz y concienciar acerca de la problemática de la integración social y los abusos de diversas índoles hacia la población refugiada siria, que ya asciende a más de 60000 personas; con especial hincapié en las mujeres. Refugiadas de guerra, marcadas y repudiadas por una sociedad que no permiten, muchas veces víctimas de abusos sexuales. Para ofrecer una panorámica de la situación, el teatro planteó una extensa velada en la que se ofrecieron 16 monólogos a cargo de 17 dramaturgos españoles dirigidos por 16 directores y con 17 actores, formando todos parte del proyecto de manera altruista. Puesto que se trata de un proyecto colectivo, el presente escrito no pretende en absoluto convertirse en una crítica; sino más bien en una semblanza, en una crónica panorámica de lo que sucedió en la primera de las dos sesiones.

Con la problemática de las refugiadas como hilo conductor, la velada se caracterizó básicamente por la gran diversidad, tanto de temáticas de los monólogos -el tema se abordó en primera o tercera persona, desde puntos de vista internos o externos según el caso; e incluso algunas historias emplearon un cierto sentido del humor como herramienta crítica de denuncia- como en los tipos de escritura -aún tratándose de textos más o menos breves, reunir 16 voces de la dramaturgia española actual en una misma noche da sin duda una idea de la diversidad estilística por la que atraviesa nuestro teatro a día de hoy-, e incluso en el tipo de escenificaciones por el que se optó: algunas meras lecturas dramatizadas; pero muchas de ellas erigidas en pequeños espectáculos de teatro con gran implicación por parte de los actores y buenas ideas con pocos elementos por parte de los directores. En cualquier caso, todo este gran mosaico fue una audaz forma no sólo de concienciar y exponer los casos sin caer nunca en lo repetitivo; sino también una larga y variada noche de teatro por su diversidad. Las piezas contaron con el apoyo de los audiovisuales de Arnau Oriol; y para crear ambientes, amenizar el extenso espectáculo y realizar las transiciones entre monólogos Laura Abril puso la música en directo.

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Detalle del programa completo de HOME.

Aunque sobre el papel se anunciaban monólogos de ‘cinco minutos’; lo cierto es que las 16 piezas oscilaron entre los 10 y los 20. Esto provocó que la duración anunciada -90 minutos- se fuera un poco de madre -la primera sesión, a la que asistí, se prolongó por más de tres horas-; la extensión de las piezas permitió acceder a textos e historias que tal vez fuesen breves; pero que sin embargo en todos los casos tuvieron la suficiente entidad como para convertirse casi en relatos cortos que siempre mantuvieron la atención del espectador. Por el escenario desfilaron historias de alumnos reaccionarios, de mujeres injustamente encarceladas por querer ayudar, de mercenarios que intentan hacer justicia para ayudar a los refugiados en campos, periodistas de guerra que intentan justificar la necesidad de tomar una foto poco ética, mujeres ultrajadas que luchan por recuperar la dignidad perdida, falsas células terroristas, padres y madres que defienden la dignidad de sus hijos a alto precio, hijas que buscan la manera de hablar con madres muertas a las que nunca llegaron a conocer, o incluso turistas que deciden qué postura tomar cuando se conciencian de la situación. 16 historias variadas en forma, contenido y duración: que sin embargo sí forman un amplio mosaico de la situación, y que navegan desde la rabia o la denuncia hasta la ironía o la ternura. Historias diversas, contadas de forma diversa, que permiten apuntar hacia diversos lugares para que el espectador pueda emitir diversas conclusiones, como en una especie de gran puzzle que cada uno de nosotros deberá montar al llegar a su casa para obtener esa visión grupal y global de la gravedad del asunto que nos ocupa. Y a fin de cuentas, un gran grito polifónico por la igualdad.

La apabullante nómina de autores -suponemos que convocada de forma privada por el teatro, por nada se aclara acerca de la selección de autores- incluyó nada menos que a Pedro Víllora, Itziar Pascual, Amaranta Ossorio, Almudena Rodríguez-Pantanella, Paco Bezerra, José Padilla, Alfredo Sanzol, María Velasco, Antonio Rojano, Denise Despeyroux, Lucía Carballal, José Manuel Mora, Carolina África, Nando López, Lola Blasco, Carolina Román y Félix Estaire. Desde luego, todos los que están son; y aunque seguramente alguien podrá echar algún nombre en falta, no podemos cuestionar que rara vez se tiene la oportunidad de escuchar creaciones de todos estos nombres que juegan, no hay duda en la primera división de la dramaturgia actual. Además, la lista prueba que el Español ha apostado para este proyecto por la igualdad: las voces masculinas y femeninas se encuentran a la par, algo que cada vez es más infrecuente y es por lo tanto un hecho a aplaudir. No menos asombrosa es la nómina de intérpretes que formaron parte del proyecto, en el que algunos de los más grandes intérpretes de nuestra escena de varias generaciones se dieron la mano con jóvenes promesas de carrera incipiente. Sobre el escenario estuvieron Nacho Sánchez, Aitana Sánchez-Gijón, Gabriela Flores, José Sacristán, Sergio Peris Mencheta, Nuria Mencía, Roberto Enríquez, Clara Sanchis, Macarena Sanz, Blanca Portillo -que en la función siguiente se intercambió con Ana Wagener-, Irene Escolar, Mario Gas, Teresa Lozano, Javier Gutiérrez, Pepe Viyuela -en mi función en vídeo, y en directo en la segunda sesión- y Juan Echanove bajo la dirección de María Ruiz, Víctor Sánchez, Carlota Ferrer, Rubén Cano, Helena Pimenta, Luis Luque, Miguel del Arco, Fernando Soto, Julián Fuentes Reta, Víctor Velasco, Salva Bolta, Aitana Galán, Yolanda García Serrano, Pepa Gamboa, Carme Portaceli y Judith Pujol en propuestas que, como ya he dicho algo más arriba, transitaron desde las lecturas dramatizadas a escenificaciones con sólida entidad propia.

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Es evidente que -dentro de una media notable- unos resultados fueron más felices que otros -y desde luego que no se trata de entrar aquí en este tipo de consideraciones, dado el carácter del espectáculo-; pero hay que agradecer de partida la disponibilidad de tan envidiable plantel no sólo para solidairizarse con la causa; sino también para armar un espectáculo dramático fragmentario pero al mismo tiempo sólido, que se constituyó como un grito diverso, pero al mismo tiempo conjunto, contra la barbarie del maltrato al ser humano. Ignorando las particularidades de encaje y montaje de un espectáculo tan amplio; tal vez sí habría sido deseable contar con una guía dentro del propio teatro que unificase de alguna manera criterios de estilo -sobre todo en el sentido de quedarse en lecturas dramatizadas o ir más allá- y duración de los monólogos; pero a pesar de todo el resultado final fue, en líneas generales, felicísimo; y permitió que el espectador -sin duda alguna, todos concienciados con la labor social que allí nos reunía- disfrutase además de una hermoso paisaje a vista de pájaro sobre el estado de nuestra dramaturgia y nuestros intérpretes. Rara vez el destino permite disfrutar de un espectáculo que cumple sobradamente su función en sus dos planos.

Enhorabuena al Teatro Español y a Alianza por la Solidaridad por su apuesta por este proyecto; y gracias a todos los profesionales que formaron parte de él, por haber escrito en este inicio de temporada una página que será sin duda un hito del presente curso.

H. A.

Home: el Español con las Refugiadas”, textos cortos de Pedro Vílllora, Itzar Pascual, Amaranta Ossorio, Almudena Rodríguez-Pantanella, Paco Bezerra, José Padilla, Alfredo Sanzol, María Velasco, Antonio Rojano, Denise Despeyroux, Lucía Carballal, José Manuel Mora, Carolina África, Nando López, Lola Blasco, Carolina Román y Félix Estaire. Interpretados por: Nacho Sánchez, Aitana Sánchez-Gijón, Gabriela Flores, José Sacristán, Sergio Peris Mencheta, Nuria Mencía, Roberto Enríquez, Clara Sanchis, Macarena Sanz, Blanca Portillo, Ana Wagener, Irene Escolar, Mario Gas, Teresa Lozano, Javier Gutiérrez, Pepe Viyuela y Juan Echanove. Dirigidos por María Ruiz, Víctor Sánchez, Carlota Ferrer, Rubén Cano, Helena Pimenta, Luis Luque, Miguel del Arco, Fernando Soto, Julián Fuentes Reta, Víctor Velasco, Salva Bolta, Aitana Galán, Yolanda García Serrano, Pepa Gamboa, Carme Portaceli y Judith Pujol Música en directo: Laura Abril. Audiovisuales: Oriol Vila.

Teatro Español, 15 de Septiembre de 2017

‘¿Hamlet… es Nombre o Apellido?’, o a rey muerto, rey puesto

septiembre 21, 2017

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Ya he dicho en anteriores entradas de este blog que el Hamlet de Shakespeare es uno de los textos más recurrentes que se representan actualmente; y que es difícil encontrar una lectura del clásico que aporte algo verdaderamente novedoso. Y en estas llega ¿Hamlet… es Nombre o Apellido?, un texto original de Ozkar Galán que toma como punto de partida el clásico de Shakespeare para crear una mordaz farsa que, de paso, aprovecha para recordarnos que toda historia cambia según quién nos la cuente. Dicen que toda buena comedia nace a partir de una gran tragedia, y eso es más o menos lo que se nos ofrece aquí: el Hamlet de Shakespeare convertido ahora en comedia por obra y gracia de Claudio, un buen hombre en una corte enajenada, que se mete sin comerlo ni beberlo en una espiral de crímenes que ni él mismo sabe cómo gestionar… porque después de todo, el bueno de Claudio sólo hizo lo mejor para Dinamarca y no tenía otra opción ¿verdad? Claudio… ¿salvador de la patria o inconsciente caudillo sanguinario?

Después del discurso de abdicación de Juan Carlos I reproducido en bucle mientras aguardamos el inicio del espectáculo en sala -toda una declaración de intenciones de lo que veremos- se presenta ante nosotros Yorick, el bufón convertido en la célebre calavera del “Ser o no Ser”, pero esta vez vivo y coleando. Nos anuncia que, pese al título, no vamos a ver Hamlet, porque uno de los personajes le ha pagado una generosa suma para poder contarnos la historia desde su punto de vista. Irrumpe entonces Claudio, para hacernos partícipes de una desgracia que se torna en parodia. Un buen hombre que ha de enfrentarse a la manipulación de su cuñada – como si de una Lady Macbeth rediviva se tratase, aquí es Gertrudis quien le aconseja callar el asesinato de su esposo, cuando él se quiere entregar- y a la carga de un Hamlet erigido en una especie de gangster sin oficio ni beneficio, que no parece muy convencido de ocupar el trono que su tío le ofrece sin duda alguna porque tiene otros intereses. Ante este panorama, debemos entender que Claudio se ha convertido en uno de los más célebres villanos de la literatura dramática universal poco menos que por la fuerza. Él no quería, pero todos hemos visto cómo Gertrudis le coacciona y cómo el príncipe heredero no estaba preparado para asumir el cargo. Y, ante este panorama ¿toma Claudio la mejor decisión para la prosperidad de Dinamarca? Eso defiende él hasta el final ante Yorick, que -ofendido por el papel mínimo al que le relegó Shakespeare- se convierte aquí en narrador y maestro de ceremonias de una especie de gran reality-show en el que el público deberá juzgar si la historia es realmente como nos la contaron.

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Sobre la base de un texto suyo anterior –Claudio, Tío de Hamlet– Ozkar Galán no pierde en absoluto la esencia de la tragedia shakesperiana, para reconvertirla aquí en una original comedia de morcillas, canciones y crítica social, que se cuestiona no sólo la veracidad de los hechos contados por el bardo, sino también la validez de los sistemas de reinado actuales que, tristemente, se pueden entender y ver en un texto de hace 400 años. En el universo que imagina Galán, Claudio parece el único ciudadano regio y honesto de entre toda una troupe de personajes más o menos pervertidos, corruptos y codiciosos, que parecen no dejarle al tío de Hamlet otra opción que la de actuar. “Maté a un estadista queriendo estabilizar al Reino (…) libré al pueblo del tirano” dice sobre el asesinato de su hermano; a lo que alguien le responde “sois tan caudillo como lo fue aquel”. Así, Galán nos demuestra que optar por la comedia como fórmula para recontar esta historia no es un mero ejercicio de autocomplacencia con el público; sino una crítica mordaz que va mucho más allá como pronto veremos. No en vano, la función está narrada desde un lenguaje circense, en ocasiones cercano al clown; que permite plantearse algunas cuestiones que van más allá del mero divertimento y nos demuestran no sólo que hay mucho que rascar en esta historia, sino su absoluta vigencia.

Toda esta trama -una comedia que pone patas arriba una de las más célebres tragedias del teatro universal- sirve al dramaturgo vasco para escribir algo que, más allá de parodiar Hamlet, sirve también como una mordaz sátira de la política actual: la política como circo, como ese circo que dirige el bufón Yorick -que termina siendo el más franco de los personajes- y en por el que deambulan el resto de los implicados sin otra opción que entretener al respetable. Estado, pan y circo a fin de cuentas, el pan nuestro de cada día. Así las cosas el tono ácido, en ocasiones casi corrosivo que emplea Galán en unos diálogos aquí rebajados hasta parecer una comedia amable, deja claro que el espíritu del Hamlet shakesperiano no es más que un mero vehículo conductor para tratar cuestiones políticas que permanecen tristemente de plena vigencia en la España actual. No solamente el “a Rey Muerto, Rey Puesto” que se plantea en Hamlet y con el que juega Galán no sólo tiene plena vigencia en los procesos monárquicos españoles recientes; sino que incluso la guerra latente entre Dinamarca y Noruega bien puede recordar a algún proceso convulso que está teniendo lugar en España en tiempo presente: felices casualidades, la sátira de Galán se torna, como digo, de plena actualidad casi sin pretenderlo.

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Más allá del imaginario del dramaturgo -que permite incluso incluir la técnica del guignol para cubrir la ausencia de Ofelia, o una cita musical de El Rey León con total naturalidad- puede que la gran virtud de este texto sea la de contener pequeñas dosis de ironía en sus réplicas que cada puesta en escena ha de saber cómo gestionar. Una diferencia de enfoque sobre el mismo texto -recordemos que este texto se ofreció años atrás como tragedia- puede mover de la sonrisa a la carcajada según el tono escogido. Pocas propuestas presentan esa capacidad de versatilidad, y ese carácter casi poliédrico -extensivo al contenido de lo que se cuenta, que va creciendo y creciendo como una matrioshka- pone de manifiesto el acierto principal de una propuesta que es comedia -pero podría ser drama-, es una relectura de un clásico -pero podría ser puro teatro contemporáneo de crítica política- y es un ajuste de cuentas no sólo con Shakespeare, sino con la sociedad en la que vivimos. Todas esas capas caben en el texto y será cada espectador quien decida hasta cuál quiere llegar, con cuál prefiere quedarse.

De entre los caminos que el texto propone, opta esta versión que firma Gorka Martín por el de la carcajada, exponiendo unos personajes muchas veces cercanos al grand-guignol, y huyendo de cuanto de realista pueda tener la trama. Es un camino perfectamente válido y da como resultado muchos momentos francamente divertidos; pero tengo la sensación de que la apuesta ganaría enteros si se terminase de exagerar el código cómico hasta sus últimas consecuencias, o incluso si se jugase sobre el equilibrio que sugiere el texto mismo: esto es, el texto como tal, permite romper con escenas serias el ambiente cómico, y creo que esto podría dar lugar a una mezcla verdaderamente explosiva que aún se puede explorar en favor de sacar todo el jugo a la obra. Así y todo, Gorka Martín ha apostado por una propuesta escénica ágil -en escena apenas un trono gigante y una H luminosa de grandes proporciones-, que apuesta por lo cómico y no rehuye lo coreográfico; pero sin embargo sí evita sobremanera caer en el esperpento o en una caricatura que creo que, dada la naturaleza de la apuesta, presiento que le irían como anillo al dedo. No quiere decir que el camino escogido esté mal; pero sí que -en consonancia con la duplicidad de todos los aspectos del texto- jugar esa duplicidad ayudará a hacer que el resultado final crezca -tenemos un ejemplo de esto en la cartelera madrileña con el particular código que jugaba Los Atroces, de Vanessa Martínez-. Así y todo, en la propuesta de Gorka Martín hay que aplaudir el sentido del ritmo, la agilidad e incluso su pulso cómico como valores muy a tener en cuenta en una propuesta que apuesta por la comedia y es justo eso lo que ofrece.

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Cuatro actores se reparten diversos personajes, siendo los principales Claudio, Hamlet, Gertrudis y Yorick. Laura García-Marín se encarga de dar vida al bufón, maestro de ceremonias, narrador y presencia casi constante; y debo decir que realiza un trabajo admirable tanto en el manejo del código -puro clown- como en una parte física ciertamente exigente que resuelve con aparente comodidad incluso estando lesionada: su trabajo es digno de aplaudir. También a Eva Bedmar le queda simpática esa Gertrudis que aquí es casi una parodia de la villana de culebrón de sobremesa -de esas mujeres que, de aburridas que están, casi las matan callando por obligación sin que nadie se dé cuenta-: es un tono acertado -nunca pierde de vista la parodia- y la actriz lo juega bien. Como el Hamlet -aquí erigido en héroe casi por accidente- de Ricardo Cristóbal, que irrumpe casi como un mafioso malote de segunda fila; pero enseguida deja traslucir a un inútil despreocupado de la vida. Nos queda, en fin, el Claudio de Antonio Nieves, que sale a bien de la ardua tarea de reconvertir al villano en un hombre que, a fuerza de querer mantener su dignidad, acaba convertido poco menos que en un pelele sin que ni él mismo sepa cómo: Nieves -salvando alguna intervención un punto dubitativa con el texto- se las ingenia para suavizar el tono paródico de su personaje en favor de convertirle en lo que es: la víctima, no el hombre corrupto sino el hombre obligado a corromperse. Un acierto.

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La propuesta tiene interés indudable, porque se vale de la comedia para revisar el clásico; pero también -y puede que eso sea lo más interesante- para realizar una mordaz crítica a la actualidad que cogerá quien sepa cómo coger… Pero, sin duda, es una comedia de fuerte voluntad política que va muy bien a los tiempos que corren. Distorsionar conscientemente los tonos del texto en la propuesta escénica -tanto por arriba como por abajo- seguramente terminará de sacarle todo el jugo al texto en un montaje que, para ser off, tiene la suficiente entidad como para ser visto. Un último apunte: no es necesario conocer Hamlet para gozar de la trama y entender la dimensión de la parodia; pero sin embargo creo que sí es conveniente. El público de mi función la celebró con sonoras carcajadas y generosos aplausos.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

¿Hamlet…es Nombre o Apellido?”, de Ozkar Galán. Con: Antonio Nieves, Ricardo Cristóbal, Eva Bedmar y Laura García-Marín. Dirección: Gorka Martín. TARAMBANA ESPECTÁCULOS.

Sala Tarambana, 14 de Septiembre de 2017

‘Venus’, o tiempo de cuentas pendientes

septiembre 20, 2017

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Presenta el ambigú del Pavón Teatro Kamikaze -un espacio íntimo y agradecidísimo en el que se han visto algunas de las propuestas más sugerentes de la pasada temporada- Venus, la primera obra como autor del director Víctor Conde. Una función sencilla en el fondo, que se agarra con fuerza a una posible distopía -o tal vez sencillamente a algunas reglas de realismo mágico- para dejar que toda una serie de personajes que pertenecen a diferentes generaciones; pero que están interrelacionados entre sí puedan ajustar algunas cuentas pendientes que se han dejado en el camino y que todavía hoy -desde el más allá o el más acá- les pesan como una losa.

Transcurre toda la acción en un pub que resiste el paso del tiempo. El pub en el que Venus, grupo pop nacido a mediados de los 70, con la generación adolescente de la Transición Española, da ahora su último concierto antes de que el destino de Paula -la joven, liberal y liberada cantante de la banda, que ha encontrado no sólo una ocasión para cantar, sino también las dos caras del amor en un triángulo amoroso de difícil resolución junto a Mario y Jaime- quede tal vez sellado para siempre. Pero también el pub en el que Jorge y Alicia se conocen y se enamoran siendo jóvenes; y en el que se reencuentran por una casualidad fortuita ya en la treintena, con sus vidas rehechas -¿o quizás deshechas?- pero también con muchas cosas que se quedaron en el tintero y que aún deben decirse ahora que él regresa a la ciudad para enterrar a un padre con el que nunca tuvo una relación precisamente fluida. Así, estos cinco personajes pertenecientes a dos tiempos distintos, pueden confluir en tiempo y espacio en el pub. Personas cuyos destinos ya están escritos -aunque ellos no lo sepan- y que, ignorantes del hilo que les une, conviven al calor de cervezas, canciones de gramola y acordes de guitarra, intentando hacer un esfuerzo por reconocerse… Será finalmente Jorge -hilo vertebrador de todas las tramas- quien descubra que algo extraño ocurre con el tiempo en ese lugar: algo que hace que tiempo y espacio se congelen, y algo que sirve a los cinco personajes como una suerte de instante libertador para descargar ante los otros todo su peso sentimental. Diálogos imposibles, tal vez improbables; que aquí sirven sin embargo para que todos los personajes puedan cerrar sus cuentas pendientes con su pasado, desahogarse, explicarse, pedir perdón o justificarse, en una especie pausa temporal que actúa casi como una redención sanadora, aunque el pasado ya no se pueda cambiar.

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Para poner a Jorge, su protagonista, cara a cara con toda su vida y hacer que la entienda, como si se mirase en un espejo, Víctor Conde se apoya en algunas premisas narrativas muy en boga en los últimos tiempos en diversos géneros de ficción -en la particular línea narrativa que plantea Venus hay ecos más o menos claros de El Ministerio del Tiempo, o incluso de Todo el Tiempo del Mundo, de Pablo Messiez-. Puede que no logre por ello la sorpresa que pretende una vez que se nos desvela el meollo de la cuestión -nos lo vemos venir a leguas-, pero sin embargo sí acierta al perfilar a unos personajes frescos y cercanos, apoyados en unos diálogos que fluyen y son ágiles las más de las veces. Esta cualidad -y el hecho de saber insertar bastante bien la música en la narración- hace que sigamos la trama con el suficiente interés como para que nos resulte agradable pasar un rato en ese pub, rodeados de esos personajes. Hay en el texto de Conde dos tipos de escenas claramente diferenciadas: aquellas que hacen avanzar la narración y aquellas en las que los personajes desnudan su alma ante los otros y ante el público. En un universo lleno de figuras icónicas propias de varias épocas son las primeras -las meramente narrativas- las que mejor funcionan, porque la escritura resulta fresca y directa, sin artificio. Sin embargo, cuando los personajes buscan esos instantes de intimidad con el público y con los otros -para revelar sus secretos, sus miedos, sus ansias, su manera de ver el mundo…- el discurso se vuelve por momentos algo más ampuloso, hacia un camino más poética no siempre del todo logrado, que creo que tampoco hace falta, porque los personajes podrían habernos contado lo mismo manteniendo el tono más coloquial de la mayoría del relato, que es a fin de cuentas el que mejor funciona; y la emoción y la complicidad con el espectador surgen más de las situaciones que del texto mismo. En otro orden de cosas, parece como si debido a la compleja línea temporal que plantea la historia, Conde quisiera incidir en una serie de cuestiones que se ven duplicadas o sobre las que se hace especial hincapié para que el público no se pierda y asuma todas las conexiones -las llamadas telefónicas de Paula y Alicia son ejemplos claros-: no se necesita, porque la historia se sigue con la suficiente claridad como para no tener que poner el foco sobre nada. Además, si Conde tiene el acierto de dejar preguntas centrales en el aire -la más obvia ¿qué está sucediendo realmente?, que muy acertadamente nunca se aclara- creo que no hay por qué insistir en según qué cosas de la línea temporal.

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Pero, a fin de cuentas, hay que aplaudir en esta obra novel que Conde haya sabido diseñar una historia sencilla, con la capacidad de dejar atrás lo que parece una trama adolescente para adentrarse en temas más trascendentales sin perder nunca de vista el camino al que se dirige. La premisa no será novedad, y seguramente la historia aún puede equilibrarse -el tiempo que el autor emplea en ciertas repeticiones lo podría emplear sin embargo en contarnos más cosas de algunos personajes que quedan más desdibujados-; pero nadie duda de que con esta sencilla comedia dramático-fantástica se pasa un rato agradable -que, por otra parte, parece justo lo que su autor pretende-.

La puesta en escena que firma el dramaturgo novel se aprovecha de forma muy oportuna de situar en un bar el espacio en el que transcurre la acción. El espacio del ambigú ayuda decisivamente a crear una puesta de inmersión casi total, capaz de crear ambientes con muy pocos elementos escénicos que propone Ana Garay, que se lleva sin embargo la palma en un diseño de vestuario muy variado -recordemos que la historia transita por tres décadas- que tiene su punto más fuerte en los pintorescos diseños que luce el personaje de Paula. Sencilla -por momentos puede que demasiado- la iluminación de un Juanjo Llorens que seguramente habría podido jugar con puntos de luz para separar espacios y tiempos. El movimiento escénico que plantea Conde para su puesta en escena tiene la requerida agilidad que exige el hecho de tener que jugar en un espacio tan reducido y con el público a tres bandas, procurando que los espectadores nunca pierdan visión -de hecho intuyo que el espectáculo se verá con mejor perspectiva desde las bandas laterales que desde la banda central-.

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El elenco actoral está bastante entonado. De los cinco personajes que pueblan esta obra, son claramente tres -Jorge, Alicia y Paula- quienes cargan con el peso de la trama, quedando tal vez los de Jaime y Mario algo menos perfilados en la escritura misma. Antonio Hortelano es cada día un actor más sólido, sea en comedia y en drama, y se está reinventando con mucha inteligencia: la versatilidad de registros con que dibuja a este Jorge, sin excederse en el lado más bufonesco ni en el más serio es buena prueba de ello. Frente a él, puede que la Alicia de Ariana Bruguera resulte un poco más apagada e impersonal, pero esto también puede interpretarse como una prueba de que no sabemos hasta qué punto los hechos del pasado han sentenciado su vida: la proyección de la voz, en una sala pequeña como esta, es solamente justa y es un aspecto que debe revisar. Arropada por una gran capacidad para el canto -le caen en suerte Forever Young y Time After Time-, y un diseño de vestuario que permite que se luzca, Nuria Herrero saca todo el jugo de su Paula, llevándose algunos de los mejores momentos de la función -la escena de su casting es de un lucimiento personal incuestionable-. En fin, Carlos Serrano-Clark y Diego Garrido -los dos amores del personaje de Paula- sirven sin problemas unos personajes que siento que seguramente no tengan todo el recorrido que sería deseable.

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El ambigú del Pavón estaba prácticamente lleno en la función -de jueves por la tarde- que presencié; y el público dio muestras de disfrutar de una función que tiene la gran virtud de saber exactamente a dónde quiere llegar: la estructura seguramente aún pueda redondearse; pero la historia tiene la suficiente honestidad como para generar algo tan difícil como es esa complicidad emocional con el público: no es poca cosa para un primer texto.

H. A.

Nota: 3/5

Venus”, de Víctor Conde. Con: Antonio Hortelano, Ariana Bruguera, Nuria Herrero, Carlos Serrano-Clark y Diego Garrido. Dirección: Víctor Conde. VANIA PRODUCCIONS.

El Pavón Teatro Kamikaze (Ambigú), 14 de Septiembre de 2017

‘El Cíclope y otras Rarezas de Amor’, o cruces de escasa profundidad

agosto 28, 2017

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El autor, actor y cantante Ignasi Vidal nos sorprendió a casi todos hace no mucho tiempo -primero en La Pensión de las Pulgas y después en El Pavón Teatro Kamikaze, que fue donde tuve oportunidad de verla- con El Plan, una función redonda y sin fisuras que comenzaba como una comedia casi costumbrista para avanzar al terreno del thriller y acabar revelando una espeluznante comedia dramática que arrojaba además un polémico dilema moral final puesto en manos del espectador. Me fascinó aquella función por lo perfecto de la escritura -no había un solo cabo suelto-, por lo logrado del tono y por el mensaje final. Es por ello que me acerqué, con mucha curiosidad, hasta Avilés, para presenciar el estreno absoluto de El Cíclope y otras Rarezas del Amor, nuevo texto de Vidal. Igualar los resultados de su anterior propuesta estaba complicado; pero a pesar de todo no puedo evitar sentir cierta decepción ante esta obra. Porque en El Cíclope Ignasi Vidal parte del texto del capítulo 7 de Rayuela de Cortázar -que se lee en off al comienzo de la función- para armar una historia que bascula entre la comedia y el drama -sin decidirse nunca por ninguna de las dos cosas…- y que aprovecha un esquema tal vez manido pero que podría haber dado juego -las historias cruzadas de amor- pero termina quedándose en eso: en un intento; en una obra inofensiva de enredo que se deja ver pero queda muy lejos de la genialidad que Vidal ya ha demostrado que puede alcanzar y que no aparece exenta de alguna laguna e incongruencia narrativa.

Pedro y Amanda han sido pareja pero lo dejaron hace años y ahora se reencuentran en un bar tras mucho tiempo sin verse. Aunque nunca ha conseguido olvidar a Amanda y reconoce sin pudor que ha sido la mujer de su vida, ahora Pedro está anclado en un matrimonio en crisis y tiene una hija con Marta -que trabaja en una inmobiliaria junto a Paz, una joven con pareja que vivirá un extraño flechazo mientras enseña un piso a Sergio, un hombre que le dobla la edad-. Estos puntos de partida trazarán una historia de vidas cruzadas en la que los cinco personajes tratarán de emprender una especie de huida hacia delante que no todos lograrán, y que para algunos de ellos podría tener un alto precio.

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Como digo algo más arriba, Vidal escribe un enredo de vidas cruzadas con lo improbable e imprevisible del mundo del amor como núcleo temático, en el que en general el espectador siempre tiene más información que algunos de los personajes. Las premisas tal vez estén ya muy vistas -ante este planteamiento me es inevitable no pensar en Closer, de Patrick Marber-; pero, con un buen desenlace, puede que la trama hubiese dado juego. Y, sin embargo, tengo la sensación de que el autor intenta contar demasiadas, sin llegar a profundizar realmente en ninguna: el precio a pagar es el de unos personajes que rara vez escapan del cliché -el matrimonio de Marta y Pedro es una honrada excepción- y una trama en la que hay que asumir demasiadas cosas improbables, para desembocar en un final que resulta precipitado, con un golpe de efecto algo sacado de una chistera -porque, a diferencia de lo que sucedía en El Plan (donde había datos encubiertos casi desde la primera frase, aunque no cobrasen sentido hasta conocer el desenlace) aquí no hay pista alguna que sugiera o justifique el acontecimiento final- y que tengo la sensación de que no golpea a los personajes lo suficiente -hay supuesta conmoción en un primer momento, pero parece que enseguida pueden pasar página; y esto no deja de ser un poco chirriante…-. Quiero insistir en una cuestión que me parece importante: con un desarrollo diferente, este planteamiento hubiese tenido muchas posibilidades -he hablado de un cierto aroma a Closer; ¡y vaya si Closer se redondeaba!-. Pero para cuando llegamos al desenlace nos quedamos con la sensación de que es demasiado camino para llegar solamente ahí, de que tal vez falta evaluar la profundidad de las consecuencias de un acontecimiento grave en los personajes, mostrar una cierta etapa de reflexión antes de que sigan con sus vidas; por más que la trama posea una circularidad casi perfecta que demuestra que eso y justo eso es lo que Ignasi Vidal ha querido contarnos.

Al margen de esa sensación de cierta precipitación, creo que Vidal no ha acertado del todo esta vez en el tono de los diálogos, que se mueven entre lo cotidiano y lo poético. El tono costumbrista y tan de verdad que se respiraba en su anterior obra sólo aparece aquí en algunas ocasiones -un conato de discusión entre Marta y Pedro que seguramente sea la escena mejor escrita- para dejar paso a unos diálogos que pretenden alcanzar un aroma de trascendencia que no siempre procede y no siempre se corresponde al tipo de personajes que hablan, lo que -al menos en mi caso- me produce un cierto distanciamiento, una falta de empatía hacia ellos; tal vez también señal de que no están todo lo perfilados que sería deseable.

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Por otro lado, hay en la historia situaciones que sencillamente no resultan del todo creíbles. Veamos alguna sin hacer spoilers: sabemos que Pedro y Amanda han tenido una relación sólida de años, pero sin embargo en un momento de la función él parece desconocer que ella tiene un hermano -¿pero no es la mujer de su vida?-; Sergio busca un nuevo local para restablecer su negocio después de separarse -entendemos que la separación es reciente…-, pero sin embargo más adelante afirma que se ha separado hace varios meses; la escena de Sergio y Paz está escrita desde un tono tan pretendidamente azucarado que le quita toda credibilidad… El resultado es, efectivamente, una historia inofensiva, con sus agujeros; pero de la pluma de Ignasi Vidal cabría esperar algo más ambicioso, porque ya ha demostrado que lo puede hacer.

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Firma el propio autor la puesta en escena, y hay que decir que es bastante ingeniosa en su sencillez. Para cubrir los múltiples espacios por los que transita la trama, Vidal ha ideado un dispositivo en de tizas y pizarras sobre un suelo que evoca un tablero de la rayuela. Los propios actores -como actores no como personajes, puesto que además a menudo esperan su turno en las esquinas del escenario- van modificando los nombres de los lugares donde transcurre cada escena en las pizarras, quedando la escenografía reducida a lo mínimo y un espejo refleja la acción, creando un efecto de profundidad y perspectiva bastante interesante a nivel visual. Es una buena idea la escenografía de Curt Allen Wilmer; e incluso encuentro acertada la música incidental; pero a la vez creo que se pierde demasiado tiempo en las transiciones, lo que perjudica sobremanera la continuidad de la trama: la vi en estreno, pero el ritmo de las transiciones todavía debe ajustarse.

Partiendo de que los personajes no siempre escapan de ciertos estereotipos, encontré sin embargo bastante entonado al elenco. Que los que más se luzcan sean el matrimonio que forman Eva Isanta y Manuel Baqueiro probablemente obedezca también a que son los personajes mejor construidos. Así y todo, Sara Rivero se ve perfectamente consciente de lo cargante que debe resultar su personaje, y juega muy bien sus armas para resultar adecuadamente empalagosa: y no estaba la cosa fácil. Daniel Freire consigue aportar cierta dignidad en un personaje difícil por cómo está escrito -algunas de sus escenas son complicadas de defender…- y Celia Vioque está mucho más entonada en esta Amanda que en otras funciones que le haya visto. En resumen, el reparto es sólido y bien escogido por más que algunos personajes resulten a veces demasiado superficiales.

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No nos engañemos: El Cíclope no es una mala función y convencerá a más de uno. Es un texto que se promete ambicioso; pero que acaba prometiendo más de lo que realmente da. Inofensiva, fácil; de esas propuestas que pretenden llegar a cualquier tipo de público. Hemos visto -y seguiremos viendo- muchas funciones así. Pero después del golpe en la mesa que supuso El Plan, la verdad esperaba bastante más de Ignasi Vidal, esperaba otra experiencia impactante. Pero no es eso lo que pretende El Cíclope, una obra menor defendida con aplomo por su reparto. Una y otra son dos tipos de texto diferentes -seguramente ambos válidos, pero dirigidos a distintas audiencias-: yo, personalmente, me quedo de largo con aquella; pero gran parte de los no pocos que se sintieron molestos viendo El Plan encontrarán en la sencillez de El Cíclope -de corte decididamente comercial- algo casi balsámico. Para gustos…

Un último apunte. Al día siguiente de los terribles atentados de Barcelona y Cambrils; mientras en muchas ciudades de España se suspendían diversos actos lúdicos, esta compañía decidió sin embargo levantar el telón tras guardar un respetuoso minuto de silencio: aplaudo su seriedad y su valentía, puesto que creo que seguir adelante es la forma más indicada de sobrellevar la tragedia, sin tener por ello que perderla de vista. Bravo por ellos.

H. A.

Nota: 2.5 / 5

El Cíclope y otras Rarezas de Amor”, de Ignasi Vidal. Con: Manu Baqueiro, Celia Vioque, Daniel Freire, Sara Rivero y Eva Isanta. Dirección: Ignasi Vidal. OLYMPIA METROPOLITANA S.A. / EMILIA YAGÜE PRODUCCIONES / UNAHORAMENOS PRODUCCIONES.

Centro Niemeyer (Avilés), 18 de Agosto de 2017

‘Rien à Dire’, o el clown convertido en arte

agosto 27, 2017

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Dentro de la XVII edición del Festival Manicómicos -que englobó, al aire libre y de forma gratuita diversas actuaciones de pequeño, mediano y gran formato en torno al mundo del circo, siendo este su plato fuerte y su propuesta más exitosa- el clown Leandre Ribera presentó en la coruñesa Plaza de las Bárbaras su espectáculo Rien à dire, una reflexión en clave de comedia acerca de la soledad, la necesidad de compañía y el poder de la imaginación para paliar esa soledad.

Arrastrado por el viento hacia el lugar, como si portase una gran carga sobre sus hombros un hombre visiblemente cansado, hastiado, espera en una casa destartalada. Hay una mesa que cojea, un armario que pareciera tener vida propia, toda una serie de bombillas que desobedecen y hasta lavadora. Y ahí, en ese espacio, el hombre -el payaso- lucha contra su propia rutina. Una rutina que le condena a la más estricta soledad; una soledad que sólo consigue tapar desde la imaginación, desde el sueño… y una soledad que, a fin de cuentas, sólo puede curarse saliendo de ese espacio que atenaza al clown hacia la rutina. Porque nuestro payaso -que recibe cartas de improvisados carteros que intenta retener en la casa lo más posible- parece no tener quien le visite; y lucha contra el tedio, contra la rutina y hasta contra esa necesidad de escapar.

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Leandre Ribera -uno de los clowns más reconocidos del panorama nacional- tiene el acierto de hablar, desde la comedia, de temas muy serios; y de basarse para su propuesta en las reglas más clásicas del mundo del clown, sin renunciar por ello a contar una historia que avanza, con una trama que va desde un inicio hasta un desenlace cerrado. Así, Rien à Dire puede leerse bien desde la comedia de gags más pura -con salidas tan clásicas como bien encajadas y perfectamente ejecutadas- o bien desde ese poso fundamentalmente dramático que esta historia de soledad irresoluta parece esconder. Este doble fondo -sin perder nunca de vista la comedia- es una importantísima virtud del trabajo del clown catalán, que consigue ir más allá del mero payaso, tanto a nivel narrativo como a nivel de contenido y ejecución. Hay, en cualquier caso, una firme voluntad de hacer teatro sin palabras: buen teatro.

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Además, Leandre ha levantado un espectáculo vistoso que aprovecha mil y un recovecos técnicos para que jueguen a favor de la sorpresa. Todo el dispositivo escénico de Xesca Salvà -muy sencillo en apariencia, pero del que pronto descubrimos que esconde sin duda una serie de juegos que requieren mucho trabajo- está puesto al servicio de ser una atracción más en Rien à Dire, de manera que el espectáculo va mucho más allá del soliloquio: ir descubriendo las sorpresas que encierra la escenografía -ese armario parece no tener fondo, y aún no he entendido el secreto a día de hoy…- es un plus en el juego que encierra todo este espectáculo. Un juego que se ve sin duda realzado por el hecho de que esta vez, Rien à Dire se ofrece al aire libre: una opción que deja al descubierto algunos aspectos -sobre todo sonoros-; pero que, en mi opinión, potencia la teatralidad de la función, al mismo tiempo que hace que nos planteemos cómo una función como esta -que tiene una dificultad técnica indudable- puede sacarse adelante con esta soltura. Como sucede muchas veces en este tipo de espectáculos planteados en espacios no pensados originalmente para el teatro, puede que Rien à Dire siga funcionando en un teatro al uso; pero en esta ocasión el particular entorno añadió incuestionable encanto.

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Y, a fin de cuentas, Leandre Ribera demuestra con Rien à Dire por qué es uno de los grandes en su género. Por recurrir a lo más clásico, al hombre, al payaso con la cara lavada, al payaso que no necesita más que su propio gesto para hacer reír. Pero también por la sutil administración de lo físico -siempre expresivo, pero sin perder nunca la elegancia ni caer en el exceso gratuito-. Leandre trabaja con soltura no sólo la idea de su espectáculo; sino también la interacción con el público -fundamental- y -sobre todo- una capacidad para la improvisación que no deja pasar ni una sola oportunidad de brillar. Al margen de su dominio indudable de la técnica del clown, cautiva comprobar cómo cualquier imprevisto -y ya se imaginarán que en una función al aire libre surgen cientos de cosas…- es aprovechado por el payaso para que juegue a favor del resultado final. Así, esta tarde vimos a Leandre dialogar con perros que ladraban, con bebés que lloraban, con risas escandalosamente sonoras e incluso convertir la accidentada entrada de un espectador en escena en un nuevo gag perfectamente integrado. Todo para fomentar ese humor auténticamente absurdo -en el buen sentido, claro- que es la base de la idea que plantea Rien à Dire: el absurdo del hombre contra los elementos, el absurdo del hombre contra su propia existencia, una gran tragedia para construir una desternillante comedia gestual. Y ese es otro de los grandes valores de esta propuesta: la capacidad de Leandre como clown de primera categoría está fuera de toda duda, y bastan apenas unos minutos para que reluzca; pero el hecho de hacer crecer la función con cualquier cosa que suceda va mas allá de cualquier técnica, y creo que es aquí donde reluce el verdadero artista con mayúsculas.

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Siempre es un gusto asistir a espectáculos de clown de esta categoría, que no pierden de vista su cualidad de género teatral -esto pretende desde el primer momento ser y es mucho más que una mera serie de payasadas- y que descollan por su elegancia en la concepción y el dominio técnico que demuestran. Espectáculos como este dignifican el género el clown, llegando a convertirlo en un verdadero arte al alcance de unos pocos: Leandre Ribera es sin duda uno de ellos. La plaza -llena hasta los topes de público de todas las edades- disfrutó, rió, colaboró gustoso, celebró los gags con aplausos y acabó ovacionando al clown en pie. Un lujo y un éxito.

H. A.

Nota: 4/5

Rien à Dire”, de Leandre Ribera. Interpretado y dirigido por Leandre Ribera. Escenografía: Xesca Salvà. INSTITUT RAMÓN LLULL / AGNÉS FORN.

XVII Festival Manicómicos. Plazuela de las Bárbaras (A Coruña), 12 de Agosto de 2017