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‘Microspectivas dun Marica Milennial’, o la estética y la denuncia

julio 17, 2020

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Espectáculo en lengua gallega

Entiendo que Microspectivas dun Marica Milennial nace ante todo de la necesidad individual y colectiva. Primero, seguramente, de la necesidad de Davide González –intérprete de este solo, impulsor del proyecto- por mostrarse ante la audiencia tal cual es, sin ambages, sin tapujos y mediante un proceso que exige la decosntrucción del yo en escena para llegar a una reconstrucción del yo. Después, de la necesidad colectiva, de la necesidad de un colectivo de gritar, mostrarse y rebelarse. O, más bien, sencillamente significarse. Así es como Microspectivas dun Marica Milennial –el espectáculo de reciente estreno que presenta Incendiaria dentro del Festival USCénica (valiente iniciativa nacida en estos tiempos de completa incertidumbre)- avanza desde lo personal hasta lo colectivo para acabar por erigirse, por encima de todo, en un símbolo de tantas cosas.

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En el espectáculo –que sobrevuela por encima de lo puramente textual y bebe de la más absoluta performance; a veces casi hasta de la instalación- se dan la mano la experiencia personal –la de Davide González, un joven de Mos (Pontevedra) que nos cuenta, de un modo simbólico y poético, su lucha por encontrar e imponer su propio yo-, lo político y social –el hecho de ser gay en un contexto socioeconómico determinado- y la explosión de rebelión colectiva, que termina siendo de algún modo la auténtica razón de ser de la propuesta. Quizá sea por eso –por ese componente de símbolo representativo que acaba por erigirse central- por lo que la dramaturgia prefiere erigirse en una especie de propuesta sensorial y visual que, durante los 55 minutos que dura, plantea bombardear al espectador con estímulos –sonoros, visuales, estéticos, políticos- que se reciben por desde varios puntos. En pocas palabras: una experiencia estética que lleva implícita una denuncia social importante pero nunca mostrada como una proclama, sino más bien como una realidad.

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De entrada, vemos como efectivamente Davide González, efectivamente, se deconstruye en una suerte de performance en la que pasa progresivamente del traje de gala de un músico de orquesta –en este caso, saxofonista- a una estética más decididamente queer. En este juego inicial –que incluye saxo en directo, grabación de loops y un fuerte componente físico, y que quizá se demore demasiado en el tiempo: el inicio es lento hasta la exasperación…- pareciera que González necesita despojarse de los convencionalismos sociales para llegar a ser ese yo verdadero que lleva dentro. Desde luego que el espacio de Carlos Alonso –destartalado, variopinto, sugerente y frecuentemente usado por el actor para generar nuevas imágenes- ayuda a crear un cierto extrañamiento en el espectador. Después de este inicio, González –despojado, nuevo, desnudo- enfrenta, a varias bandas la esfera de lo social: desde la turbulenta relación con su padre –al que llega a entregar su sueldo en prenda de su trabajo hecho, en un claro ejemplo de búsqueda de la aceptación y la dignidad- hasta una especie de mariola irónica en la que una voz en off ultraterrenal enfrenta al actor con toda una serie de cuestiones a las que haya tenido que enfrentarse – o no- por su condición de homosexual a lo largo de su vida, impidiendo o permitiendo avanzar. Aparece aquí de nuevo ese cierto componente irónico –del mismo modo que antes era la irreverencia- en el que el intérprete parece querer reírse con irónica languidez de toda una serie de trabas que todavía hoy, en pleno 2020, siguen acechando a lo que ya debería ser la normalidad pero todavía no lo es –o, a juzgar por lo que se nos muestra en el espectáculo, no del todo-. Tal vez sea por eso que, en una especie de apoteosis final, con González erigido en una suerte de vedette que se impone con su arte interpretando a Bambino, la proyección videográfica –de la que se encarga Lucía Estévez- nos recuerda a modo de letanía visual nombres, fechas y delitos por los que tuvieron que pagar aquellxs que lucharon –y luchan- por unos derechos que, aun hoy, se niegan al menos parcialmente, dejando de algún modo una pregunta de cierre en el aire: ¿hemos llegado a un triunfo o todavía hay mucho por lo que pelear? La experiencia personal de Davide González –que precisa deconstruirse para reconstruirse y lo hace ante nuestros ojos- se eleva entonces a colectiva para hablar de la masa a partir del yo; y el regusto que deja sigue siendo más el de una denuncia que el de un triunfo, por más que la fuerza del protagonista acabe por imponerse, alzarse y contagiar a todos. Sorprende tal vez comprobar cómo pese a la etiqueta milennial del título, González afronta los hechos como algo mucho más universal que puramente generacional, sin que se incida de una forma especial en lo milennial.

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La idea de González y Vanesa Sotelo –que dirige el montaje- prefiere apostar por algo esencialmente visual, en el que tanto el sugerentísimo espacio de Carlos Alonso como las estupendas luces de Laura Iturralde –fundamentales para explorar las posibilidades del espacio y cómo integrar al actor en esas posibilidades- ayudan a dejar un buen puñado de imágenes atractivas y poderosas por igual, que son el mayor atractivo de una propuesta en la que el intérprete realiza un exigente trabajo corporal, alzándose a veces como una especie de Piedad contemporánea que dialoga con el espacio, de modo que la performance –que es, sin duda, el género del espectáculo- avanza a menudo hacia el género de la instalación: porque aquí el espacio –y la convivencia del actor con ese espacio- acaban siendo un espectáculo en sí mismo. Es cierto que, dentro de este gusto por la estética a la que todos juegan el espectáculo –que dura una hora clavada- tiende a gustarse demasiado a sí mismo, con algunos tramos que se prolongan en demasía sin mucha necesidad –sobre todo en el largo sector inicial-; incluso a pesar de que estos alargamientos fomenten potenciar el elemento más puramente estético. También tengo la sensación de que esa acumulación de elementos que forman el conjunto estético hagan que la propuesta se vea más como algo visual que como una herramienta de denuncia LGTBI+ –que es, después de todo, lo que se espera del espectáculo-: bajo mi punto de vista, lo que más se disfruta es la experiencia visual y estética, con todo lo que eso conlleva.

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En fin Microspectivas dun Marica Milennial se aleja conscientemente de lo pretencioso –pese a que el título pueda anticipar erróneamente lo contrario- que muestra, expone pero nunca alecciona –¡cuanto se agradece esto!- para convertirse en una experiencia que permite ver a un intérprete mimetizado con los –muchos- elementos que aparecen en un montaje que acaba disfrutándose más como performance y hasta como instalación. Estéticamente poderoso, qué duda cabe. Hay, además, un claro componente de denuncia que camina de lo individual a lo colectivo que queda bastante claro; incluso si, como yo, algunos puedan pensar que la experiencia estética acaba estando por encima de la denuncia política y social que el espectáculo lleva implícita. De lo que nadie dudará es de que Microspectivas dun Marica Milennial deja un puñado de imágenes poderosas.

H. A.

Nota: 3/5

Microspectivas dun Marica Milennial”. Idea Original: Davide González. Con: Davide González. Voz en off: Eduardo Cunha “Tatán”. Dirección: Vanesa Sotelo. Dramaturgia: Davide González y Vanesa Sotelo. INCENDIARIA / CENTRO DRAMÁTICO GALEGO.

I Festival USCénica. Salón Teatro, 10 de julio de 2020

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