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‘Pink Unicorns’, o el conflicto generacional como herramienta de juego

agosto 3, 2020

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Presentar un espectáculo de sala en un espacio al aire libre como es la Alameda de Ribadavia –que, durante los festivales, suele acoger espectáculos de pequeño formato de gesto, circo y danza; a veces en versiones reducidas, y otras veces repensados para adaptarse al espacio- tiene siempre la dificultad añadida de considerar que tal vez estemos viendo el espectáculo no en su integridad –en este caso, por ejemplo, sin iluminación- y ha de tomarse, simplemente, como un acercamiento al espectáculo. Por eso mismo a veces no cubro como tal los espectáculos que tienen lugar en este espacio. Y, sin embargo, me parecería deshonesto no dedicar al menos unas líneas a destacar cómo la llegada de Pink Unicorns –última creación de la compañía de danza La Macana, en colaboración con Samir Akika, que lleva ya un par de años en cartel con notable éxito- consiguió una comunión absoluta con un público de lo más variopinto, que celebró con aplausos constantes durante la hora y algo de función el devenir de la función. Desde luego que ha de considerarse este recibimiento como un éxito rotundo, razón por la cual se merece que al menos le dediquemos algunas líneas.

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La mayor particularidad que presenta este espectáculo de danza-teatro –esto es, alterna fragmentos de texto con un importante trabajo físico y coreográfico es el hecho de tratar las diferencias generacionales partiendo del hecho real de mostrar en escena a Alexis Fernández con su hijo adolescente, Paulo Fernández, que realiza aquí su primer trabajo escénico. El hecho de explorar –siempre desde un punto de vista amable, juguetón, festivo y humorístico- las diferencias entre un padre y un hijo que, pese a la barrera generacional, están condenados a entenderse con un padre y un hijo reales aporta desde luego un plus de frescura, de camaradería y hasta de ternura a un espectáculo sencillo pero directo; que, a través de la complicidad visible entre padre e hijo consigue además crear una complicidad con un público al que se mete enseguida en el bolsillo –con razón-.

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Pink Unicorns –que toma su título del fondo de pantalla del ordenador del hijo- nos sitúa en ese momento en que, ante el paso de la pubertad a la primera adolescencia, el hijo se decide, de algún modo, a cortar el cordón umbilical y buscar su propio lugar y su propia identidad al margen de la imagen de un padre que, al menos hasta ese momento, fue un referente –de ahí, por ejemplo, el recuerdo del padre intentando resolver los problemas matemáticos del joven-. Ahora, el encuentro entre padre e hijo se convierte del algún modo en una confrontación verbal y, sobre todo, física; en la que padre e hijo se provocan, se estimulan y ponen sobre la mesa su fortaleza, mental y física como si de una especie de juego de quién da más se tratase. Todo ello, claro, visto desde una perspectiva de juego estimulatorio que permite que Alexis y Paulo Fernández nunca pierdan de vista esa sensación de fiesta –que tiene mucho de la frescura cubana que denota los orígenes del padre- que acaba por invadirlo todo. No en vano la propia escenografía –una serie de estructuras hinchables gigantes que aguardan su turno y acaban siendo elementos fundamentales en esta liza de juego a la que se lanzan padre e hijo; con una idea que seguramente nos retrotrae a esas estructuras de las ferias en las que todos habremos saltado alguna vez de niños- nos sugiere el espíritu juguetón de una pieza en la que padre e hijo se nos revelan como una especie de gladiadores metafóricos de parque de atracciones. El uso de estos particulares elementos escénicos –que podrían verse como una metáfora de que, a pesar del paso de los años y el sano enfrentamiento generacional, después de todo padre e hijo siguen jugando como niños- es la mayor declaración de intenciones de un espectáculo que apuesta, en todo momento, por un humor blanco, bufo y hasta circense que permite que la propuesta pueda conectar con cualquier tipo de público por igual.

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En una serie de episodios breves –más un prólogo y un epílogo- Pink Unicorns pone sobre la mesa una serie de conflictos –a veces concretos, otras veces generales- en los que, a fin de cuentas, se nos muestra el deseo del padre por estimular al hijo –mediante pruebas físicas que debe igualar o superar-, seguramente para que llegue a convertirse en una suerte de cachorro mejor que él dentro de la manada; al mismo tiempo que vemos cómo, aunque el hijo luche por separarse de la imagen del padre y formar su propia identidad; siempre va a mantener ese vínculo, como un reflejo en el espejo que le recuerde que es, a fin de cuentas, cachorro de esa manada. A fin de cuentas, aunque el conflicto generacional –visto aquí en forma de juego- esté presente, el mensaje final parece claro: el hijo es una clara prolongación del padre y ambos se complementan y retroalimentan pese a quien pese –aunque, en el fondo, no pesa tanto-.

El trabajo coreográfico que firman Caterina Varela, Alexis Fernández y Samir Akika no está exento ni de ritmo –la influencia del ritmo cubano es muy marcada en las coreografías- ni de un buen puñado de imágenes singulares que nos demuestran la dificultad de un trabajo que, en escena –o, mejor dicho, a pie de suelo; que es como se ofreció aquí la representación- afrontan de manera impecable –y con una complicidad visible- afrontan Alexis y Paulo Fernández. Y, sin embargo, nada ni nadie –ni la idea del espectáculo, ni las actuaciones ni las coreografías- ha perdido de vista ese ambiente festivo y guasón que transmite toda la propuesta, que es sin duda uno de sus puntos más fuertes: evidentemente, ambos intérpretes se exponen a un esfuerzo visible; y, sin embargo, transmiten en todo momento la sensación de juego, de estarlo pasando en grande.

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El público, en clara complicidad con los intérpretes, ríe constantemente y aplaude durante el espectáculo en una propuesta sencilla y fresca; que tiene la honestidad de mostrarse como un juego, y la particularidad de mostrar el encuentro real de padre e hijo, cuerpo a cuerpo –nunca mejor dicho-. Tal vez de la versión vista en la Alameda no podemos hacernos una idea global de la estética del espectáculo; y, sin embargo, sí merece la pena señalar cómo La Macana ha conseguido levantar una propuesta divertida, inmediata y hasta entrañable que hace cómplice al público del juego en el que se convierte la confrontación –festiva- de un padre y un hijo. Solo por eso, merecen estas líneas en este blog.

H. A.

Pink Unicorns”. Con: Alexis Fernández y Paulo Fernández. Dirección y coreografía: Caterina Varela, Alexis Fernández y Samir Akika. LA MACANA / CENTRO COREOGRÁFICO GALEGO / THEATER IM PUMPENHAUS / THEATER BREMEN.

XXXVI Festival Internacional de Teatro de Ribadavia. Alameda de Ribadavia, 24 de julio de 2020

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