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‘Cuando Deje de Llover’, o la carga de la herencia genética: una saga

diciembre 17, 2014

La figura del dramaturgo australiano Andrew Bovell no debería ser desconocida para los amantes del teatro en nuestro país. Ya hace un par de años sorprendió a propios y extraños con la puesta en escena de Babel, aquel enredo que usaba novedosas formas de narrar –como la narración polifónica simultánea, la narración fragmentaria y la estructura circular, con la casualidad como hilo conductor de una compleja intriga-. Entonces alabé esa capacidad de sorprender constantemente al espectador, y la manera en que algo que parece no ir a ningún sitio acaba encajando hasta en la última de las piezas de manera casi prodigiosa. Ahora vuelve a ser noticia Bovell, con la presentación de Cuando Deje de Llover, una complejísima función que presenta el mismo equipo que causase sensación hace unos años con obras como El Proyecto Laramie y Los Iluminados; y que mantiene las señas de identidad de la escritura de Bovell: una escritura compleja y fragmentaria, llena de saltos narrativos, que plantea un conflicto enredado como una telaraña, pero que al final acaba revelándose como algo prodigiosamente circular.

Al iniciarse la función estamos en 2039, en lo que parece un entorno pre-apocalíptico. Está cayendo un diluvio y a un hombre le llueve un pez del cielo, al mismo tiempo que una mujer cae desplomada a pocos centímetros de él. Nuestro hombre es Gabriel York que, en una ciudad en la que lleva tiempo diluviando sin cesar, en la que los peces se han extinguido y en la que se rumorea que el fin del mundo podría estar cerca, espera la visita de un hijo al que hace catorce años que no ve. El hijo, Andrew, viene buscando respuestas a sus orígenes. En este punto arranca la historia de una gran saga familiar, que se expande por Europa y Australia entre 1959 y 2039, abarcando cinco generaciones.

El resultado es una compleja trama de abandonos, encuentros y desencuentros, que va llegando al espectador de forma fragmentaria y desordenada, muchas veces con hasta tres tiempos distintos narrándose de forma simultánea. La historia de una familia que se desconoce, pero en la que la herencia genética parece pesar tanto que todas las generaciones parecen destinadas a repetir sin remedio los errores de sus progenitores, como si la carga de la herencia genética fuese tan potente que les incita hacia el drama sin remedio aparente. Un relato lleno de sorpresas, de estructura tremendamente circular –pero que transita por mil y un conflictos antes de que ese círculo se cierre-, que el espectador debe seguir con atención: porque cada detalle cuenta, y cada pieza es necesaria para que el puzzle pueda completarse al final del viaje.  Además de esa tendencia a la repetición de destinos a través de una supuesta herencia genética, hay además varios motivos recurrentes a lo largo de las generaciones: el pescado -casi extinto en ese presente apocalíptico del que habla la función-, la lluvia, la búsqueda, la pérdida o la soledad son cuestiones que sobrevuelan constantemente la función.

No es una función fácil de seguir ni fácil de interpretar, pero su estructura es audaz y es sin duda una de las bazas: cuando al principio no comprendemos nada de lo que vemos nos enganchamos sin remedio, y así vamos encajando significados, trazando círculos concéntricos que se van haciendo más y más grandes, y en el momento en que todo comienza a encajar milagrosamente ya no podemos despegarnos. Creemos que tenemos la historia bajo control, intentamos armar la cronología en nuestra cabeza; pero Bovell siempre sorprende dando una nueva vuelta de tuerca, para que tan solo al final –solo en la última escena- podamos completar la secuencia. Personajes desdoblados en dos etapas del tiempo que conviven en escena, personajes distintos con el mismo nombre –por ejemplo hay dos personajes distintos que se llaman Gabriel, y una Gabrielle que aparece desdoblada en la edad joven y en la edad adulta…-, o personajes con nexos comunes que desconocen –pero que el espectador sospecha…- conviven en una trama compleja, llena de drama y de giros argumentales; que a veces está conscientemente cercana al folletín –secuestros, incestos, desapariciones, muertes inesperadas, rencores, pederastia…-, cosa que quizá le reste algún entero. Y puestos a poner pegas, puede que también el léxico resulte excesivamente rebuscado y falto de naturalidad en algún momento –firma la traducción Jorge Muriel, pero supongo que estará reproduciendo en la medida de lo posible el registro lingüístico que usa Bovell en el original- lo que podría hacer que algunas escenas resultasen más frías.

Lo cierto es que este melodrama engancha desde el principio, reconociendo el género: pero, aún así, queremos saber cómo sigue y nos sorprendemos con cada rocambolesco golpe del destino. Más allá de aportar una panorámica devastadora sobre el ser humano –porque aquí no hay héroes, y todos los personajes tienen una capacidad insospechada para equivocarse y dañarse entre sí-, lo verdaderamente genial es la estructura narrativa que Bovell maneja como pez en el agua, por más que pueda parecer un equilibrio imposible a priori. Un gran melodrama fragmentario para contar que estamos inevitablemente sujetos a nuestro pasado y condenados a perpetuar la desgracia de los que nos dieron a luz: los personajes de Cuando Deje de Llover no pueden escapar ni del destino ni de su herencia genética –por más que la desconozcan-. Insisto: requiere concentración máxima del respetable; pero jugar al juego que propone Bovell es muy estimulante, sin duda alguna. Y saber jugar es una de las muchas claves que hacen de esta propuesta un espectáculo memorable.

No es fácil subir este espectáculo a las tablas, y, sin embargo, la puesta en escena que propone Julián Fuentes Reta roza la genialidad. Sobre un inmenso espacio vacío con público dispuesto a cuatro bandas, va introduciendo contados elementos escénicos –transportados por los propios actores- y se apoya en un juego de luces soberbio –Jesús Almendro- para separar tiempos y espacios. También el trabajo videográfico de Iván Arroyo tiene momentos espectaculares –en la primera escena ves caer una tromba de agua ante tus narices con toda claridad; pero no hay ni una gota en el escenario, no les digo más: han de ver el espectacular efecto. Sobre este sencillo esquema, con un apabullante sentido de la poética del texto y de cómo trasladarla a escena, Fuentes Reta maneja los planos visuales de manera primorosa para lograr el milagro: los personajes se desplazan en el tiempo y en el espacio con la misma circularidad de la trama, creándose imágenes paralelas que evocan en escena esa sensación de repetición de los acontecimientos. Un montaje que consigue el milagro de servir a la narración desde un punto de vista tremendamente estético, sin más elementos que el mero dominio del espacio. Sabe además crear situaciones y planos de índole muy cinematográfico –con la inestimable ayuda de una banda sonora muy fílmica de Iñaki Rubio-. El resultado visual es fascinante, y más aún porque sabe llenar un escenario inmenso sin otros elementos que puntos de luz, los cuerpos de los actores y pequeños objetos de atrezzo. En un momento en que hay en cartelera espectáculos más opulentos pero menos efectivos, esta puesta en escena es una genialidad llena de sentido del teatro que resulta grandiosa pero huye de lo grandilocuente y de lo pretencioso: arriesga y gana. Teatro en estado puro.

Es cierto que el amplio reparto -9 intérpretes- tiene por delante una tarea complicada, por la difícil estructura dramática como por lo complejo de la puesta en escena: a ambos conceptos responden de manera espléndida, creando una labor de conjunto que les hace ser parte de un todo que funciona como un mecanismo de relojería. Si entre el equipo actoral hay altibajos más o menos notables –que, no nos engañemos, los hay- son un mal menor en un espectáculo que atrapa. Brilla con luz propia la desvalida pero llena de dignidad Gabrielle adulta de Susi Sánchez –un mundo por cierto en perfecto contraste con la luminosa y estupenda Gabrielle joven de Ángela Villar– por esa presencia magnética y ese dominio de la mirada como arma expresiva, que hacen que fijemos la vista en ella incluso cuando vaga perdida por el espacio sin ser parte activa de la acción. Junto a ella, el Joe Ryan de Felipe García Vélez parece contagiarse de esa fuerza, y dejan escenas bellísimas entre ambos actores. También Consuelo Trujillo destaca al dibujar muy bien la amargura alcohólica de la Elizabeth adulta –puede que a su contraparte joven, que recae en Pilar Gómez, le falte un punto de naturalidad y le sobre énfasis-. Bien Jorge Muriel –un Gabriel Law que hace buen tándem con Trujillo en las escenas que tienen en común-, testimonial Borja Maestre –un personaje brevísimo pero fundamental- y algo más discretos tanto Pepe Ocio (Henry Law) como Ángel Savín –un Gabriel York de vocalización mejorable por momentos-.

Pero lo cierto es que, por encima de individualismos y pese a algún reproche que se le pueda poner, estamos ante una de las propuestas más interesantes que se hayan visto en Madrid en lo que llevamos de temporada: por la estructura del texto, por la fuerza y el sentido del teatro que desprende la puesta en escena y por esa sensación de labor de conjunto y de servir a la puesta en escena como un todo que desprende el elenco actoral.  Solo una sugerencia: el programa de mano debería incluir el árbol genealógico de personajes, para poder armar la historia convenientemente. He encontrado uno procedente de la producción del Alameida Theatre, que pueden consultar aquí (página 5 del dossier), por si les pica la curiosidad acerca de esta enrevesada trama familiar.

En fin, una función difícil, que pide compromiso de público e intérpretes por igual, ambiciosa, intensa, arriesgada, novedosa y, en definitiva, muy recomendable. No les va a dejar indiferentes, desde luego.

H. A.

Nota: 4 / 5

 

“Cuando Deje de Llover”, de Andrew Bovell. Con: Ángel Savín, Consuelo Trujillo, Ángela Villar, Felipe García Vélez, Susi Sánchez, Pilar Gómez, Jorge Muriel, Pepe Ocio y Borja Maestre. Dirección: Julián Fuentes Reta. Traducción: Jorge Muriel. TEATRO ESPAÑOL.

Naves del Español (Sala 1), 12 de Diciembre de 2014

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5 comentarios leave one →
  1. diciembre 22, 2014 21:06

    He asistido a la última función gracias a la crítica que escribiste. No puede ser más acertada.
    Me quedo con el personaje tan contradictorio de Gabrielle adulta y el momento escénico en el que hace un pacto con Joe Ryan. El reconocimiento de lo que los dos saben no puede ser más cruel.
    Especial mención a la puesta en escena con público en los cuatro márgenes del escenario merced a las salas que el Teatro Español dispone en el Matadero (ojo a los despistados, no vayan a llegar tarde)

    • diciembre 22, 2014 21:32

      Muchísimas gracias por tu mensaje, por leerme y por decidirte a ver un espectáculo a partir de una opinión mía. ¡Es una responsabilidad tremenda! Me alegro de que te haya gustado la función tanto como a mí.
      Sobre el personaje de Gabrielle (visto en su globalidad, primero como joven y después como adulta, porque la Gabrielle adulta es consecuencia directa de lo que le ocurre a la Gabrielle joven, claro) a mí me parece de los pocos personajes de la función que tienen un poco de luz (tanto ella como Joe Ryan). Al menos son personajes que no acaban siendo egoístas… O menos que otros en la obra, yo creo.
      Un abrazo!
      H.

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