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‘Sueños y Visiones del Rey Ricardo III’, o el efecto de la maldición de Margarita

diciembre 16, 2014

De un tiempo a esta parte, con William Shakespeare se ha hecho de todo menos dar los textos completos y tal como fueron concebidos. Eso ya no es novedad y aquí tenemos otro ejemplo. Desde su mismo título, Sueños y Visiones del Rey Ricardo III: La Noche que Precedió a la Infausta Batalla de Bosworth –curiosamente siguen manteniendo a William Shakespeare como autor, a pesar de este cambio de título de una de sus tragedias históricas más conocidas, y de anunciar una dramaturgia de José Sanchis Sinisterra- este espectáculo era una incógnita en sí mismo. Con un amplísimo reparto lleno de primerísimos nombres de varias generaciones españolas del teatro y el cine la incógnita era de qué se trataba la cosa… Conociendo la particular querencia de Sanchis Sinisterra a jugar con los clásicos más que a versionarlos –recuérdense funciones como Éramos Tres Hermanas o Próspero Sueña Julieta (y viceversa)– ¿Sería otra versión del Ricardo III? ¿Tal vez una versión libre? El reparto –poderoso y copioso- presagiaba ya el éxito que está siendo: el teatro lleno –lo está cada noche durante el mes y medio que la función va a permanecer en cartel-; pero opiniones para todos los gustos.

Y se despejó la incógnita: lo que se presenta es una dramaturgia de José Sanchís Sinisterra, que sigue bastante fielmente la compleja tragedia shakesperiana, si bien la somete a un trabajo de reordenación de los pasajes, poda y condensación del material tomando como punto de partida la tercera escena del quinto acto –la que contiene el célebre pasaje: “Mañana en la batalla piensa en mí / y caiga tu espada sin filo. / ¡Desespera y muere!”-. La idea es pues que Ricardo III, después de su sanguinario historial de ascenso al trono y antes de la batalla que acabará con su vida recuerde a modo de flashbacks toda la trama que le ha llevado hasta este punto. Podría haber sido una opción perfectamente válida, pero encuentro que no está lo suficientemente desarrollada como tal: dividir la escena en dos planos y alejar a Ricardo en algunos momentos del núcleo de la acción –porque la idea de los flashbacks no está desarrollada mucho más allá de ahí…- no basta como para justificar este cambio de título en una dramaturgia que –insisto, bastante fiel a Shakespeare- no es en el fondo más una versión reordenada y resumida de la tragedia shakesperiana. Aquí ha ganado la partida Shakespeare, y la capacidad de Sanchis Sinisterra para jugar es menor que el respeto por el clásico: quien conozca el texto, reconocerá los pasajes más destacables –la función dura dos horas y diez minutos sin pausa- sin problemas; y quien no lo conozca, posiblemente se pierda en la maraña de personajes, parentescos y relaciones que presenta esta obra; un aspecto sobre el que creo que una dramaturgia debería operar de algún modo, cosa que sin embargo no sucede en la presente producción, y es una lástima, porque ya de manipular no está de más ayudar al seguimiento de la acción. Pero, por encima de todo, está Shakespeare: en su respeto por el bardo de Stanford, Sanchis Sinisterra ha sabido esta vez quedarse en segundo plano –sabia decisión-, si bien creo que no era necesario rebautizar la obra como aquí sucede: se trata, nada más y nada menos, de una versión –más fiel que libre- de ese magno texto que es el Ricardo III de Shakespeare.

Dirige la función Carlos Martín -del que recuerdo una ingeniosa versión de Luces de Bohemia con Teatro del Temple- que parece consciente de que aquí lo importante es la palabra shakesperiana: su escenario apenas presenta un juego de cortinajes para separar tiempos narrativos, una escalinata, un trono y una mesa con una silla –firman la escenografía Dino Ibáñez y Miguel Ángel Llonovoy-; así como un juego de proyecciones audiovisuales –de David Bernués con iluminación de Pedro Yagüe– que aporta algún momento vistoso –sobre todo al principio y al final, con dos momentos aislados de fuerte impacto visual-; pero que se queda desnudo y pobre durante la mayor parte del espectáculo. Buen vestuario de Ana Rodrigo. Peca la propuesta de un excesivo estatismo: es curioso que manejando un reparto con la friolera de doce actores dé la sensación de que no ha sabido muy bien qué hacer con ellos más allá de hacerles entrar y salir, y situarles en un punto fijo a decir su texto… El resultado es, como digo, pobre en general pese a algunos momentos aislados impregnados de cierta espectacularidad. Y tampoco Martín ha sabido ni explotar el juego de los dos planos -¿qué aportan realmente los cortinajes a nivel meramente dramático y más allá de lo estético si la idea del doble plano narrativo no termina de desarrollarse?- ni aclarar la maraña relacional de esta obra al respetable… Es una lástima, porque creo que este concepto hubiera podido dar mucho de sí de haber contado con un director que supiese jugar con puntos de luz y demás –pienso, por ejemplo, en el trabajo de Carles Alfaro en otras dramaturgias de clásicos como MacbethLadyMacbeth o Éramos Tres Hermanas, que funcionaban como un reloj con lo visual puesto al servicio de lo narrativo-, pero da la impresión de que Martín se ha visto superado por la idea, por el material o por el propio Shakespeare no sabiendo muy bien cómo sacarlo adelante.

El reparto, salvo en algunas excepciones, adolece de esa falta de definición de los personajes en la dirección escénica y de ese estatismo que parece haberles dejado algo perdidos a su suerte con el texto shakesperiano a sus espaldas. Al Ricardo III de Juan Diego le han obligado a enfatizar al máximo los rasgos grotescos del personaje, convirtiendo a un villano abyecto y deforme casi en un bufón de la corte: lo más grave es que le obligan –porque a Juan Diego todos le hemos visto hacer teatro y sabemos que no habla así…- a vocalizar mal para hacer aún más abyecto a Ricardo, cosa que, además de ser discutible –porque por deforme y tartamudo que sea, Ricardo es el villano de la historia, y no debería mover a la risa del respetable, como sucede en un par de ocasiones…- no aporta más que el problema de que gran parte del texto se pierda sencillamente porque al actor no se le entiende. Insisto, parece una opción de dirección; que en cualquier caso me parece muy desacertada: si vamos a fundamentar la propuesta en el uso de la palabra –que parece que es lo que se quiere aquí- no podemos poner lastres que impidan su correcta recepción, por más que sean para caracterizar a un personaje. Y si en Ricardo III falla Ricardo III -sea culpa de quien sea-, pues ya se pueden imaginar que la cosa se tambalea peligrosamente…

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Entre los personajes de más peso de este equipo estelar, Carlos Álvarez-Novoa sirve a Norfolk con la honestidad acostumbrada; la Isabel de Ana Torrent aparece quizás hierática en exceso, pero elegante y con momentos de delicada firmeza; Terele Pávez está inesperadamente contenida como la Duquesa de York –en un registro completamente nuevo para ella-, demuestra que la que sabe, sabe, pero ya en El Cojo de Inishmaan demostró que puede dar mucho más de sí cuando le ofrecen personajes a su medida: en esta ocasión, no puedo evitar pensar que está algo desaprovechada en general; Lara Grube construye una Lady Ana capaz de encontrar su hueco en este reparto estelar, y José Hervás deja momentos intensos como Clarence, cumpliendo todos los demás –Juan Carlos Sánchez, Jorge Muñoz, Aníbal Soto, Óscar Nieto y José Luis Santos– con corrección en sus múltiples cometidos.

Pero si hay una razón de ser para ver este montaje es el impresionante trabajo que se marca la sin par Asunción Balaguer –espléndida a sus 89 años- como la Reina Margarita. Demuestra ante todo que se puede brillar con un personaje secundario, y que las grandes son grandes. Porque en este montaje descafeinado, hay un momento mágico: cuando aparece en escena para pronunciar su monólogo, que culminará en la maldición a Ricardo III, que será el origen del inicio de su ascenso y caída. Apenas 10 minutos de monólogo, ¡pero qué espléndidos 10 minutos! Magia. Por un momento, capta la atención del respetable con una interpretación magnética, llena de ira y de fuerza, con dicción perfecta. En la función que presencié, al retirarse resonó un bravo espontáneo, al que siguió una ovación merecidísima a escena abierta –creo que es la primera vez que veo interrumpirse una representación de teatro de texto con una ovación…-. Y es que Balaguer dicta una breve clase magistral de teatro, eleva el montaje y le da razón de ser: por mucho que fallen muchas cosas, habría que ir a ver la función solo por este espléndido monólogo de apenas 10 minutos. Olviden esos papeles de ancianita entrañable que encarna frecuentemente, porque esto es absolutamente otra cosa: y creo que es su mejor trabajo en los últimos tiempos.

En fin, creo que sobre este montaje ha caído, como sobre Ricardo III, la maldición de Margarita: porque aquí casi todo lo que no es la Reina Margarita no termina de convencer como debería, y se mueve entre lo descafeinado y lo directamente errático. Y es que, como ya he dicho, esta maldición de Margarita es aquí tan poderosa que acaba por contagiar a todo cuanto le rodea. Pese a todo, aunque solo sea por ver la impresionante creación de Asunción Balaguer, dense una vuelta por el teatro; aún cuando –casi- todo lo demás no acabe de funcionar como sería deseable, por ella merece la pena. A pesar de todo, el público celebró la función con fuertes aplausos al final.

H. A.

Nota: 2.25 / 5

 

“Sueños y Visiones del Rey Ricardo III (La Noche que Precedió a la Infausta Batalla de Bosworth)”, dramaturgia de José Sanchis Sinisterra, a partir de “Ricardo III”, de William Shakespeare. Con: Juan Diego, Ana Torrent, Lara Grube, Carlos Álvarez-Novoa, Terele Pávez, Asunción Balaguer, Aníbal Soto, José Hervás, Juan Carlos Sánchez, Óscar Nieto San José, José Luis Santos y Jorge Muñoz. Dirección: Carlos Martín. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español, 11 de Diciembre de 2014

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One Comment leave one →
  1. tu si que estás maldito permalink
    diciembre 17, 2014 04:27

    “A pesar de todo el público celebró con fuertes aplausos el final” porque el público a pesar de todo es idiota y yo el iluminado blogero Hugo Álvarez Domínguez soy un bocazas y un listillo,que horror tener que leer a estos opinionistas del tres al cuarto pontificando sobre sus malditos gustos personales y que tristeza que estas publicaciones sirvan para esto.

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