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‘El Cojo de Inishmaan’, o Billy en el país de las mentiras

enero 17, 2014

El dramaturgo angloirlandés Martin McDonagh (1970- ) está de moda. En apenas cuatro años he visto varios montajes de hasta cinco obras suyas distintas, ya sea en producciones nacionales o autonómicas. En esta ocasión, el Teatro Español presenta una El Cojo de Inishmaan, con un reparto estelar y en una versión que ya tiene garantizada su continuidad en la Gran Vía –harán temporada en el Infanta Isabel- una vez que acabe su estancia de un mes en el teatro de la Calle Príncipe. Cuenta Irene Escolar que se emocionó tanto leyendo esta obra que se la pasó a Gerardo Vera empeñada en levantar un montaje en España como fuese. No es de extrañar, y ya solo por  tener esa sensibilidad y ese olfato para las buenas cosas habría que aplaudirle, porque gracias a ella tenemos en cartelera un montaje que es uno de los pelotazos del año.

Años 30 del siglo pasado en un pueblo de la Irlanda profunda. Billy el Cojo, el tullido adolescente del pueblo que se ha criado con dos mujeres que lo acogieron después de la muerte de sus padres en extrañas circunstancias, sueña con poder ser alguien y ganarse el respeto de sus vecinos. Para lograrlo, trama un plan que le permita viajar a Arán donde, según cuenta el correveidile del pueblo, se está realizando un rodaje. Billy decide que saldrá en la película a toda costa, y regresará a su pueblo convertido en toda una estrella del celuloide… Sobre esta anécdota, McDonagh construye un retrato de la Irlanda costumbrista, con unos personajes perdedores, condenados por la propia sociedad en la que viven. Nada importante ocurre en el pequeño Inishmaan, y es por esto que sus habitantes se tienen que agarrar a mentiras, ensoñaciones y humillaciones; para no sentirse derrotados e ir tirando en medio de unas existencias vacías y mediocres de las que no pueden escapar. El cojo que da título a la obra no es tanto víctima de su discapacidad como de la sociedad misma que le ha tocado. Pero todo este retrato social aparece impregnado de esa acidez, esa violencia irónica –por momentos muy cómica y por momentos decididamente trágica- que McDonagh siempre confiere a sus historias, huyendo de cualquier enfoque complaciente: aquí podrá encontrarse algún personaje con algún rasgo de positividad –bastante más que en otras obras del autor-, pero el pesimismo imperante en las obras de este autor se acaba imponiendo de nuevo.

Es difícil decidir en qué género catalogar esta obra: porque tiene mucho de comedia –ácida, negrísima; pero comedia al fin y al cabo- y mucho de tragedia, y las fronteras se cruzan de manera que el espectador ya no sabe qué es lo que está viendo: se pasa de la risa al nudo en la garganta en apenas unos segundos, y eso es lo verdaderamente interesante de este espectáculo. Además, como acostumbra, McDonagh es un gran contador de historias de lo cotidiano: aquí, una historia que empieza siendo una mera anécdota se acaba convirtiendo en un impecable mecanismo de muñecas rusas en el que la realidad se cuestiona una y otra vez, y el espectador recibe la información tal y como la conocen los personajes. Como corresponde a los pequeños pueblos, este está lleno de mentiras y secretos, las cosas no son lo que parecen y las sorpresas se suceden hasta el último segundo. Sin desvelar nada, sí se puede decir que la estructura narrativa se va volviendo más y más compleja conforme avanza el espectáculo; y lo que al principio parecía un mero retrato costumbrista acaba convirtiéndose en algo más. El resultado es una historia sencilla por lo que cuenta, pero compleja en la manera en que pone en jaque el sistema emocional del público. Buen teatro.

Esta es ante todo una obra de personajes bien perfilados: hasta el último de los secundarios tiene definición psicológica, y se necesita un elenco de verdadera raza para que las emociones fluyan en esta historia de lo cotidiano. Sucede contadas veces que en una producción de reparto amplio absolutamente todos los actores estén en su sitio. Aquí se ha obrado el milagro, y hay nueve intérpretes que respiran verdad por los poros, con lo que la temperatura dramática se eleva en un crescendo progresivo. En este elenco está la clave del triunfo de esta representación, y resulta dificilísimo imaginar esta obra con otro reparto. El Billy el Cojo de Ferran Vilajosana no se achanta y pisa el escenario con la fuerza de los grandes: su composición física del tullido es plenamente convincente –no intenten buscar trucos, porque no los hay-, y dice su papel con una franqueza abrumadora y sin victimismo, llenándole de dignidad: es un actor a seguir, y debería hacer grandes cosas de cara al futuro. Junto a él, todo en este reparto es destacable por unas cosas o por otras. La inmensa creación de esa superlativa actriz que es Terele Pávez como la tía Eileen –con una mirada grande, expresiva y penetrante de esas que es difícil olvidar- es tan extraordinaria que casi consigue dejar en segundo plano a toda una Marisa Paredes –Kate, otra de las “tías” del cojo- que, aún estando bien, ha dado con un papel que en principio tiene menos chicha para hacer que destaque: claro que al lado de una bestia como la Pávez no es fácil. Irene Escolar nunca hace un mal trabajo, y a sus 25 años hace ya varios que dejó de ser una promesa: aquí es una Helen –una chica ligera de cascos criada en un mundo de hombres y que perfectamente podría ser uno de ellos- odiosa y repleta de nervio y carácter, que se impone a lo que le pongan por delante con rotundidad. Un gusto verla trabajar siempre. Su hermano Barthley lo sirve con frescura sorprendente un Adam Jezierski que realiza el que probablemente sea su mejor trabajo hasta la fecha: vocalización limpia y comicidad justa en un papel que podría prestarse al histrionismo. Sinceramente, toda una sorpresa.

El correveidile Johnypateenmike que interpreta el siempre genial Enric Benavent – un bombón de personaje: omnipresente y artífice sin quererlo de buena parte del conflicto…- es un verdadero as de la comedia, se mete al público en el bolsillo con razón y se lleva algunos de los mejores momentos del montaje junto a su madre borracha y que se resiste a poner los pies en la tumba –excelente creación de Teresa Lozano, de histrionismo perfectamente controlado, que demuestra que no hay papeles pequeños, sino buenos y malos intérpretes: y ella es buenísima-. En fin, Marcial Álvarez es un pescador que navega cómodo y seguro, a medio camino entre la honradez y la furia de las almas heridas: un tipo que nunca sabes por dónde va a salir, pero Álvarez lo hace de forma siempre creíble –el suyo es sin duda el personaje que más podría asociarse a McDonagh- y el elegante Ricardo Joven un verdadero lujo asiático en el puntual personaje del Doctor.

Óptima la dirección de actores de Gerardo Vera –a partir de otro brillantísimo trabajo de casting que es la clave del éxito, como en casi todos sus montajes-. Solo la irregular puesta en escena –en las antípodas de aquellas superproducciones de Vera en el Centro Dramático Naacional: esta es demasiado esencial, tanto que resulta pobre, con una escenografía de Alejandro Andújar construida sobre telones pintados, muy manejable pero que parece de otros tiempos…- baja algo el nivel de esta propuesta. Entiendo que estamos en crisis, pero un punto más de ambición con la puesta en escena no hubiese estado de más.

Así y todo, es uno de los mejores montajes de la cartelera madrileña en la presente temporada: por el reparto –en verdadero estado de gracia, del primer al último intérprete- y por el texto, que ataca directamente a las emociones de los espectadores. En la función a la que asistí, un sonoro bravo nada más terminar inició la salva de aplausos, y el público fue poniéndose en pie de forma progresiva… Un exitazo, y con razón. Por fortuna estarán varios meses en cartel: no me cabe duda de que volveré dentro de un tiempo –es de esos espectáculos que perfectamente admiten varias visiones-, pero ustedes tampoco deberían perdérselo.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

 

“El Cojo de Inishmaan”, de Martin McDonagh. Con: Ferrán Vilajosana, Irene Escolar, Marisa Paredes, Terele Pávez, Enric Benavent, Marcial Álvarez, Adam Jerzieski, Teresa Lozano y Ricardo Joven. Dirección: Gerardo Vera. TEATRO ESPAÑOL / GREY GARDEN.

Teatro Español, 11 de Enero de 2014

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