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‘Luces de Bohemia’, o espejo en el espejo

abril 16, 2011

Conmemorando el 75 aniversario de la muerte de Valle-Inclán, llega a A Coruña una nueva versión de su obra dramática cumbre Luces de Bohemia. Un acierto, porque es un texto que apenas sube a los escenarios por sus innumerables complicaciones, tanto a nivel de espacios como a nivel de personajes. Eso por no hablar de un texto que, a pesar de ciertas reflexiones perfectamente aplicables a la España actual, posee una densidad temática, referencial y literaria que están fuera de cualquier discusión. Teatro modernista, teatro del culto para el culto, pero también del culto para el pueblo. Teatro complejo, en dos palabras.

Dice Max Estrella en su definición del esperpento, que es algo así como ver el mundo reflejado en un espejo cóncavo que todo lo deforma, como el cristal del culo de un vaso. Curiosamente, el compositor Arvo Pärt (Estonia, 1935) tiene una obra titulada Spiegel im Spiegel (Espejo en el Espejo), que, a pesar de no estar lejana en su título a la definición de esperpento, es una música minimalista y delicadísima, bastante alejada en apariencia del espíritu esperpéntico. O no, porque, en el fondo, tras la crítica esperpéntica de Valle, debería de haber una segunda capa, una segunda lectura que asoma a veces, mucho más tierna y amable, pero siempre tan enigmática como la música de Pärt.

Dicho todo esto para ponernos un poco en materia, hay que reseñar que Teatro del Temple tiene su versión ya muy rodada, y ha sabido afrontar la puesta en escena casi desde el único prisma posible: desde el minimalismo escénico y actoral, pero siempre manteniendo un ritmo implacable. Y, en general, el asunto les funciona.

Bastan unas plataformas giratorias llenas de espejos (constantemente giradas por los propios actores), alguna mesa y alguna silla para crear casi 20 espacios escénicos distintos. En la escenografía de Tomás Ruata debe trabajar también la imaginación del espectador, aunque también hace mucho por el resultado final el soberbio trabajo de iluminación de Brucho Cariñena, que hasta se permite el lujo de jugar con los reflejos de los espejos. Lo crean o no, lo cierto es que la propuesta tiene un dinamismo indiscutible. Está muy bien puesta, y es adecuadamente variada, la música de Miguel Ángel Remiro, acorde con la moderna lectura de esta versión.

También economía actoral: solo ocho actores para dar vida a nada menos que 56 personajes (dos doblan, así que seis actores se reparten la friolera de 52 papeles…). Lo esencialísimo (aunque ciertamente funcional) del vestuario de Beatriz Fdez. Barahona permite que reconozcamos siempre al actor, teniendo que trabajar nuevamente la imaginación del público para asumir el cambio de personaje. Sin problemas para un público mínimamente inteligente.

Elenco versatilísimo, casi siempre convincente y siempre funcional, donde se lleva la palma un Rafael Rebollo que compone un Latino de Hispalis joven y cañí, con mucho de cómico, algo de reivindicativo y trepidante en las réplicas: una vez asumido que es un perfil muy diferente al habitual, lo cierto es que funciona muy bien como personaje, y se gana la simpatía del público. Ensombrece un poco al Max Estrella de Ricardo Joven, que huye de las exageraciones gratuitas y dice el texto con claridad, aún cuando en su físico se pueda echar en falta algo de la monstruosa rotundidad con la que se suele identificar a este personaje en el ideario colectivo. Pero esto no le quita méritos como actor.

Todos los demás actores encuentran su momento de brillo, en alguno de los múltiples personajes que interpretan: así, Gabriel Latorre se luce como el ministro Don Paco; Francisco Fraguas y Javier Aranda brillan como la pareja de modernistas (y también como el preso catalán y Rubén Darío); Rosa Lasierra pasea con versátil acierto por toda la multitud de personajes que interpreta; Gema Cruz encuentra su momento particular como Romualda con su niño muerto y Félix Martín cubre sin fallar papeles menores.

Arriesgada es la dirección escénica de Carlos Martín, porque acerca su propuesta a tiempos actuales, desde el minimalismo escénico y lo más bien contemporáneo del vestuario. Esto se contradice muchas veces con las referencias del texto (el gobierno de Maura y Alfonso XIII, la revolución rusa, el modernismo como movimiento literario reciente, la moneda…), algo que puede crear cierta confusión hasta que se asume mentalmente el juego entre lo que se ve y lo que se dice. Viendo las fotos se puede esperar una política de la provocación gratuita por parte de este montaje, pero nada mas allá de la realidad: se busca actualizar sin provocar ni actualizar el texto. Tal vez sea este el punto que más cojea en un montaje dinámico, donde el director ha trabajado los personajes con los actores, y ha sabido enfrentarse al minimalismo acertando. Casi nada. ¿Qué hubiera pasado de haber cambiado alguna referencia del texto?

Conclusión: dos horas y diez de espectáculo que crece y crece y crece conforme avanza la función, con el regreso de un clásico español servido con medios e ingenio. Merece la pena verla.

Nota: 3.75/5

“Luces de Bohemia”, de Ramón María del Valle-Inclán. Con: Ricardo Joven, Pedro Rebollo, Gabriel Latorre, Francisco Fraguas, Rosa Lasierra, Javier Aranda, Gema Cruz y Félix Martín. Dirección: Carlos Martín. TEATRO DEL TEMPLE. 

Teatro Rosalía de Castro, 15 de Abril de 2011

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