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‘Las Cosas que Sé que Son Verdad’, o de padres e hijos

diciembre 10, 2019

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Después del éxito que alcanzó hace unos años con Cuando Deje de Llover, el director Julián Fuentes Reta insiste en la figura del dramaturgo australiano Andrew Bovell (1962-) presentando su último texto Las Cosas que Sé Que Son Verdad, con Verónica Forqué capitaneando un elenco en el que repiten buena parte de los actores de su último montaje sobre Bovell. Las Cosas que Sé que Son Verdad se ha estrenado en el seno del Festival de Otoño, para hacer después breve temporada en los Teatros del Canal, a lo que seguirá una larga gira. El resultado es un hondo drama familiar, quizá más focalizado de lo que era Cuando Deje de Llover, pero igualmente complejo en el sentido de que logra poner sobre la mesa muchos temas de enjundia, extrapolándolos a lo universal. En este sentido, la familia que protagoniza Las Cosas que Sé que Son Verdad podrá vivir en Australia, lejos de nosotros; pero a la vez plantea toda una serie de conflictos que podrían ocurrir en cualquier lugar y en cualquier familia. A través de una única familia, Bovell ha conseguido condensar todas nuestras familias, de modo que podemos ser partícipes de los problemas de estos personajes y comprender y compadecer aquello que les ocurre. Por eso, la pieza resulta tan emocionante; y es en esa emoción sincera que enseguida aflora donde radica la mayor virtud de una función que, por encima de todo, conmueve.

A estas alturas todo buen aficionado al teatro debería saber de la habilidad de Andrew Bovell para trenzar historias complejas en fondo y forma –Babel, que presentó al autor en España unos años atrás, tenía una estructura formal curiosa y una trama que se abría como un abanico; y Cuando Deje de Llover recorría casi un siglo de tiempo en una saga familiar casi inabarcable- que tienen la facilidad de conectar con el público: las relaciones de pareja –en Babel-, el peso de la carga genética y el destino –en Cuando Deje de Llover– y ahora, en Las Cosas que Sé que Son Verdad, la complejidad de las relaciones familiares, lo imprevisto del destino y el amor a pesar de todo. En las tres piezas, Bovell introduce –casi de manera accidental- toda una serie de subtramas que se ocupan directamente del mundo contemporáneo. Puede que, a simple vista, Las Cosas que Sé que Son Verdad parezca la menos compleja por estructura; y, sin embargo, este drama familiar abre al mismo tiempo un profundo componente de teatro social que pone sobre la mesa un buen número de problemas del mundo contemporáneo; al mismo tiempo que conecta a cada espectador con el asunto de la familia como núcleo universal. El resultado es una obra extensa –puede que en algunos momentos se prolongue en demasía-, pero escrita de modo inteligente y con muchas más capas de conflicto de las que pueda resultar a primera vista; pero sobre todo una pieza que suena cercana  que sabe cómo emocionar.

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Un año en la vida de una familia australiana de lo que podríamos llamar la pequeña burguesía, los Price. Fran –la matriarca- trabaja como enfermera en un hospital, mientras que su esposo Bob –que se ha jubilado anticipadamente- se afana en cuidar las rosas de su jardín. En el plazo de ese año, por distintas circunstancias, regresan a la casa familiar los tres hijos: Ben –que trabaja como economista en un banco y parece llevar una vida por encima de sus posibilidades-, Mark –que es científico-, Pip –una funcionaria del Ministerio de Educación casada y con hijos, que se niega a renunciar a realizarse- y la pequeña Rosie –que regresa desencantada de un viaje por el extranjero durante un año sabático que se está tomando antes de decidir qué quiere hacer con su vida-. La entrada de los hijos en la casa pondrá ante el espectador una serie de conflictos, no solo individuales –porque cada uno de ellos tiene su mochila y debe decidir cómo gestionarla- sino familiares; porque los padres tendrán que mirar de frente a en qué se ha convertido esa familia que han creado. ¿No lo han hecho bien? ¿Saben comunicarse con sus hijos? ¿Cómo gestionar tantas crisis una tras otra? ¿Cómo se encuentra el equilibrio para la comunicación en el entorno de la familia? Son algunas de las preguntas que sobrevuelan un drama que, además, arranca presagiando una tragedia a modo de llamada telefónica, tras lo cual el autor retrocede en el tiempo para mostrarnos los entresijos de una familia en la que hay desavenencias –¿ y en qué familia no las hay?- pero también, a su modo, hay amor. Un amor torpe, a veces mal gestionado, parco en palabras; pero que siempre está ahí. Y, como en toda familia, insultos, reproches, palabras lanzadas al aire con crudeza que no esconden ni el sacrificio ni esa necesidad imperiosa de escucharse y entenderse. Amor y dolor trenzan las historias individuales de esta familia, al tiempo que arman la gran historia nuclear de la familia como ente. Y, de fondo, lo imprevisto, esa amenaza de destino trágico de la que, inconscientemente, no pueden escapar.

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Desde siempre, las historias familiares son un filón interminable para la ficción. Por eso, a primera vista parece que Las Cosas que Sé que Son Verdad tal vez no sea nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, Bovell parte del esquema de la familia desestructurada para introducir pequeños asuntos – el rol de la mujer en la sociedad contemporánea, la identidad personal, la ambición, la falta de expectativas, o las expectativas frustradas…- que dan a la pieza un aire poliédrico que convierte un drama familiar en una tragedia contemporánea. Además, Bovell dibuja personajes complejos, humanos en sus contradicciones que resultan muy atractivos para el espectador: ahí está, por ejemplo, esa matriarca, que ha sacado adelante la familia y parece dispuesta a todo por el bienestar de sus hijos pero resulta torpe a la hora de establecer una comunicación fluida con ellos más allá del reproche; o ese padre impregnado por la melancolía y la desidia que ha permanecido –puede que como todo y todos en esa casa- a la sombra de su mujer; o esa necesidad de los hijos de huir de la casa antes de que sea demasiado tarde. Parece que el domicilio Price podría saltar por los aires en cualquier momento; y, sin embargo, la madre mantiene la casa a flote como una suerte de fortaleza a la que –efectivamente- todos acaban regresando. Puede que lo que más conmueva de la obra de Bovell sea precisamente eso: obliga a unos padres a mirar en qué se han convertido –o se están convirtiendo- sus hijos, y les reta a enfrentar conflictos que no siempre sepan cómo afrontar; porque las vidas de sus hijos ya no son sus vidas. Hay mucho para celebrar en el desarrollo de la pieza, porque en muchos momentos está escrita con una sensibilidad y una franqueza que derrumban de modo inevitable. También es cierto que se abren demasiados conflictos –para que se hagan una idea, a cada hijo corresponde una estación del año; con el pico correspondiente de su problemática personal- y que no todos están igual de bien desarrollados, a pesar de que la pieza, de unos 130 minutos de duración, no es precisamente breve: en este sentido, el retrato de las dos hijas –Pip y Rosie- parece más redondo que el de los dos hijos –Ben, y sobre todo Mark, que abre una problemática muy interesante de la que se da, desgraciadamente, un punto de vista muy general-. Y, a pesar de todo, emociona ver a unos padres mirando –con desesperación contenida- cómo las vidas de sus hijos no son aquello que ellos habían soñado; de tal modo que se han quedado sin tiempo para arreglar los problemas de su relación matrimonial, en lo que podemos ver como una historia de sacrificio. También la evolución del personaje de Rosie –la hija pequeña, que ejerce de algún modo de narradora y ofrece su punto de vista al espectador- conmueve porque no es lo que parece a primera vista. Y, por encima de todo, la sensación de que esa familia es todas nuestras familias; y esa madre todas nuestras madres. E, incluso, el texto de Bovell está plagado de símbolos –ese jardín que el padre cuida con mimo, ese árbol suspendido en el aire, como el tiempo parece suspendido en esa casa…- que acentúan aspectos del conflicto. En cualquier caso, la capacidad de conexión con el espectador que alcanza Las Cosas que Sé que Son Verdad es una de las claves para que la función sea todo lo emocionante que es. Durante la función se escuchan con claridad sollozos, y varias escenas colocan un nudo en la garganta: con razón.

Para su puesta en escena, Julián Fuentes Reta apuesta de nuevo –como ya hiciese con Cuando Deje de Llover– por un escenario a cuatro bandas –con el público rodeando el espacio escénico- y pocos elementos escénicos, muchas veces de carácter simbólico: el espacio lo configura el jardín de la casa, y un tronco en el aire que alcanzará gran valor simbólico; así como ciertos elementos – mesas, sillas..- que entran y salen del espacio. Debo reconocer que, esta vez, no termino de ver claro qué aporta la disposición a cuatro bandas –en gira se escenificará a la italiana- más allá de acotar un espacio muy grande para una puesta en escena más íntima. Sin embargo, hay que decir en favor de Fuentes Reta que la propuesta deja imágenes de una plasticidad muy potente –la escena de Fran leyendo la capital carta de Pip, o un momento del desenlace del que no se puede hablar pero deja una imagen apabullante que desmonta por fuerza-, y la pieza –en la que el tiempo corre implacable-tiene el suficiente brío. Muy bien puesto el espacio sonoro –de Ana Villa y Juanjo Valmorisco-, certero pero no demasiado invasivo, de esos que aportan, aunque quizá convendría recortar alguna canción; y atinada la iluminación de Irene Cantero. Se nota que Fuentes Reta domina bien su espacio, pero al mismo tiempo siento que la disposición a cuatro bandas –que obliga, por supuesto, al uso de microfonía- provoca alguna ruidosa suciedad en entradas y salidas; que seguramente se solvente una vez que se replantee la pieza a la italiana. En otro orden de cosas, hay alguna cuestión de la traducción –que firma Jorge Muriel- que todavía podría revisarse, sobre todo a nivel de equivalencias –si mantenemos la acción en Australia, es improbable que se estudie “bachillerato” o se coma “ensalada campera”-, algo que en absoluto invalida el potencial de la propuesta.

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Por encima de todo, Las Cosas que Sé que Son Verdad es una función de texto y de actores, y todo el reparto brilla, incluso asumiendo que algunos diálogos pisados todavía deben fijarse –no no olvidemos que el texto es largo y complicado, y la función crecerá con seguridad con el rodaje-. Sorprende no poco encontrar a Verónica Forqué resplandeciente en un papel muy alejado de los perfiles a los que nos tiene acostumbrados: porque Fran, esta madre, es un personaje peligroso en el que costumbrismo, vitalismo y crudeza deben aparecer a partes iguales; y Forqué le tiene bien cogido el punto. Por momentos tierna, a veces autoritaria, y siempre llevando el bastón de mando; deja un buen número de escenas para el recuerdo entre las que podemos citar dos: la lectura de la carta de Pip y una dolorosísima conversación con su marido, en la que queda claro que Fran no es consciente del dolor que puede llegar a provocar con sus palabras. Desde luego, brilla. Y, frente a este ciclón, la contención que demuestra el Bill de Julio Vélez tiene momentos abrumadores: porque debe personificarse como un hombre a la sombra, dolido, pequeño; pero que termina estallando en desesperación cuando recibe terribles noticias –como presagia el inicio de la pieza-: es cuando el hombre saca a la luz toda su entereza cuando valoramos por completo el tremendo trabajo de composición que realiza en un personaje que podría parecer –erróneamente- secundario, pero que es muy principal. Lo clava. Como la joven Candela Salguero, en el papel de Rosie, que debe conectar de inmediato con el espectador –porque, de algún modo, entramos en esa casa de su mano- y está imponente en el viaje de la que en un principio parece una viva la Virgen, pero quizá termine resultando la más sensata de la casa: tiene mucha luz en un personaje largo y complicado. Pilar Gómez encuentra en Pip un buen vehículo de lucimiento: saltan chispas en el tenso enfrentamiento con su madre; y tal vez por eso su carta –que lee en voz alta mientras Verónica Forqué la sostiene en sus manos- resulte tan emocionante y dolorosa: porque pone sobre la mesa la problemática básica de comunicación de esa familia y es un momento de gran teatro. Puede que los dos hijos varones tengan menor desarrollo del deseado; y tal vez por eso cuando llega el momento de Jorge Muriel –un Mark del que poco o nada sabemos hasta entonces, pero que grita el que seguramente sea el mayor conflicto de la pieza- nos hubiese gustado mayor desarrollo en su problemática: el caso lo merece; y, así y todo, el actor llena de dignidad las diversas caras de su personaje. En fin, el Ben de Borja Maestre ha de esperar casi al final de la función para afrontar una escena llena de tensión –tal vez un poco excesiva-; de manera que me quedo con la snesación de que los dos hijos están peor desarrollados por la escritura que las dos hijas. Pero este reparto es de altos vuelos, y así lo demuestra cuando, al final de la función, deben reunirse para asimilar la tragedia anunciada: el desenlace genera una congoja inmediata, y deja una imagen –relacionada con vestir y desvestir: no se puede contar más…- que es una verdadera bofetada.

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La universalidad de esta familia –que son todas- emociona profundamente, y eso es lo principal que hay que destacar de esta función. Poco importa que sea demasiado larga, que algunas tramas sean susceptibles de mayor desarrollo y hasta que Bovell maneje una emocionalidad a veces demasiado obvia: porque nos emocionamos con ellos y por nosotros; porque pareciera que ellos somos nosotros. Presiento que ganará más cuando se replantee a la italiana, e incluso cuando el elenco tenga el texto más seguro; pero resulta complicado no emocionarse profundamente cuando se ve está función, por la capacidad de lograr que cualquier espectador conecte con alguna de las –muchas- problemáticas que aparecen. Y cuando aflora la emoción como sucede aquí, el resto casi podríamos decir que deja de tener importancia. Las Cosas que Sé que Son Verdad emociona: no hay mucho más que decir.

H. A.

Nota: 4/5

Las Cosas Que Sé Que Son Verdad”, de Andrew Bovell. Con: Verónica Forqué, Julio Vélez, Candela Salguero, Pilar Gómez, Jorge Muriel y Borja Maestre. Dirección: Julián Fuentes Reta. OCTUBRE PRODUCCIONES / TEATROS DEL CANAL / FLOWER POWER PRODUCCIONES / XXXVII FESTIVAL DE OTOÑO

Teatros del Canal (Sala Verde), 3 de diciembre de 2019

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