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‘Buena Gente’, o sobreviviré

marzo 11, 2015

David Serrano no para. En menos de un año ha estrenado en la cartelera madrileña nada menos que tres montajes teatrales que han tenido una repercusión importantísima. Primero La Venus de las Pieles, después Lluvia Constante y ahora Buena Gente, una comedia dramática del ganador del Pulitzer David Lindsay-Abaire, que pegó fuerte en Broadway –la protagonizó nada menos que Frances McDormand- y que llega ahora a la Gran Vía con el regreso a los escenarios de Verónica Forqué en una función de ficción -intervino brevemente en el docuteatro Así es, así fue… cuya gira quedó parada al fallecer repentinamente su productor Andrea D’Odorico- tras su extraordinario trabajo hace 3 años en el monólogo Shirley Valentine.

Una historia sobre supervivientes que caminan sin perder la sonrisa. Margarita es una mujer de 60 años que vive en algún barrio del extrarradio, y que ha de cuidar sola de una hija discapacitada de 40 años. Como arranque, pierde su empleo en un Todo a 1 Euro porque el hacerse cargo de su hija hace que llegue reiteradamente tarde al trabajo, y lo único que tiene son sus amigas de la vecindad, con las que mata el tiempo jugando al bingo para ver si su vida cambia; porque, a pesar de todo, mira su vida con optimismo… Hasta que un día se reencuentra con Raúl, un antiguo novio de juventud que abandonó el barrio y hoy es un importante médico que vive felizmente casado en un barrio pijo: en este punto, lo que en principio es para Margarita una oportunidad clara para conseguir trabajo se acabará convirtiendo en una odisea mucho más compleja en la que nuestra protagonista tendrá que defender que es, ante todo, “buena gente” como reza el título…. Una función universal que la versión de David Serrano se ha traído de la actualidad de Boston a la actualidad de Madrid con acierto, sin que nada chirríe: es lo que tienen las historias de gente corriente.

El texto de David Lindsay-Abaire tiene a priori todos los mimbres necesarios para ser un pelotazo: una protagonista a la que le llueven los palos por todas partes pero que nunca pierde la sonrisa –identificación inmediata con el público-, y un dramón social de agárrate y no te menees disfrazado de comedia de situación: porque aunque nos estemos riendo, hay algo en el texto que hace que nunca perdamos de vista que esta historia es una tragedia. Tres partes bien diferenciadas: una primera con mucho de sainete neo-costrumbrista destinada a que ubiquemos la realidad social en la que vive la protagonista –su entorno, su gente, sus circunstancias…-, una segunda a modo de enredo-comedia de salón y un breve desenlace que conecta, de alguna manera, las dos partes anteriores. ¿Qué falla entonces? En mi opinión, hay errores y aciertos casi a partes iguales en la concepción del texto en sí mismo: todo el primer acto –al margen de risotadas aquí y allá- podría haber dado mucho más juego del que da, porque siento que Linday-Abaire sugiere más que profundiza en esa recreación de la miseria de la gente de clase media-baja que retrata; quiero decir, es entretenido, pero da la impresión de que se le habría podido sacar más jugo, profundizando por ejemplo en la caracterización de las dos amigas de Margarita –de las que no sabemos más que lo justo…-, algo que, puestos a elaborar un retrato socio-costumbrista, considero que hubiese sido un detalle de gran valor. Pero, sin embargo, en la larga segunda parte –una visita de Margarita a la casa de su amigo Raúl y su mujer- la cosa toma un fuelle inesperado, porque lo que empieza siendo una comedia de salón se acaba tornando como algo con mucho más empaque de lo que parecía y solo ahí llegamos a ver la vida de miseria de la mujer de la eterna sonrisa y a transitar por la emoción. Por otro lado, el desenlace, aunque ingenioso a la hora de reservar un giro argumental que dé sentido al todo, no deja de parecerme un poco precipitado, y también hubiese necesitado un mayor desarrollo. Creo que –la sección central es brillante en ese juego entre lo que parece y lo que acaba siendo-, Lindsay-Abaire podría haber pulido su comedia recortando de algunos sitios y alargando en otros; y haciendo que todos los personajes tengan un peso claro en la trama. Con todo, lo que sí ha conseguido -aunque aquí es seguro que el extraordinario trabajo de Verónica Forqué tendrá algo que ver…- es que el público tenga un alto grado de empatía indudable con esa superviviente nata que es la protagonista que pasa por distintos estados, formando un todo tan ambiguo como interesante.

La puesta en escena de David Serrano parece contagiarse un poco de esta estructura del texto que hace de la parte central su sector más sólido. Al comienzo, la escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda resulta básica en exceso y la idea de los cambios a la vista entorpece más que aporta –desde luego uno espera algo más ambicioso en lo visual de una producción de la Gran Vía…-; pero todo cambia en el segundo acto, cuando la escenografía se vuelve más sólida y la cosa toma de pronto un pulso que, de alguna manera, vuelve a decaer en la escena final. Creo que es la primera vez que siento que un director que viene del cine como es Serrano –que ha dejado excelentes trabajos en teatro en funciones mucho más íntimas que esta- no ha sabido resolver algunas cuestiones teatrales básicas –la más evidente cómo resolver las transiciones a escenas muy breves que transcurren en espacios diferentes, lo que ocasiona algún momento visualmente caótico al buscar a toda costa no perder el ritmo narrativo…-. Lo curioso es que el ritmo y el pulso que falta en las partes inicial y final se recupera, sin embargo, en ese sector central en el que la trama se relaja, se vuelve más íntima y el espacio no plantea problemas: ahí, en escena de más de media hora que se reparten Forqué, Pilar Castro y Juan Fernández, Serrano sí sabe centrarse en los actores para dar vida a una escena larga y brillante en la que el espectador empieza riendo y acaba con un poso de amargura indudable. Es una lástima que siendo esta escena central tan lograda el resto del espectáculo no esté igual de conseguido: parece que Serrano es, ante todo, un director de actores.

Pero en teatro, cuando hay actores y un buen texto, todas las demás barreras pueden salvarse. Y lo que hace Verónica Forqué con el personaje protagonista me parece excepcional, bajo todos los puntos de vista. Tiene –ya lo dije cuando me fascinó en Shirley Valentine en su día- una capacidad extraordinaria para manejar las emociones y para construir desde la emoción un personaje que en sus manos es poliédrico, porque muestra su amplia sonrisa, hace que sonriamos con ella, pero también saca a flote su enorme dignidad, y hace enmudecer a la sala cuando cuenta su miseria sin perder ni su sonrisa ni su dignidad… Por momentos dan ganas de abrazarla. Lo fácil hubiese sido enfocar el personaje desde el cinismo, desde la acidez o desde el histrionismo; pero Forqué sin embargo sale al ruedo con el costumbrismo realista que permite que veamos todas las capas de un personaje que es mucho más de lo que parece a través de la actriz, que deja que leamos entre líneas todo y más en la cara sonriente de esa digna sufridora cuyo único error en la vida ha sido anteponer siempre a los demás antes que a sí misma: enfocar el personaje así es muchísimo más difícil, y es justo lo que ella hace, lo que ha escogido; y lo hace maravillosamente. Decía otra reseña que esta es una de esas funciones en las que cada uno decide la capa de lectura hasta la que quiere llegar; pero yo tengo la sensación de que una actriz como Forqué en este papel obliga al espectador a escarbar en lo más profundo de la miseria de Margarita, quiera o no: Pura emoción. Junto a ella, también se sale Pilar Castro en un estupendo doblete –es una de las amigas de Margarita y la esposa pija de Raúl-; primero porque sabe dotar de entidad propia a dos personajes que son completamente dispares y que sirve con total solvencia; y después porque está enorme como esa mujer clasista y pija que, enfrentada a una inculta de extrarradio, cree que domina la situación… aunque podría perder los papeles si le cambiasen lo que para ella es el orden prefijado: el “duelo” que se marca con Forqué es de los de antología, y la forma en la que dibuja el arco del personaje hace que –unida al estado de gracia de Forqué, pero nunca amilanada por ella- dejen una sección central memorable que justifica por sí sola la visión del espectáculo…. Porque ¡vaya dos!

Juan Fernández, por su parte, sirve sin problemas y con la solidez acostumbrada un personaje más tópico en el planteamiento –el galán en problemas de la comedia de salón- y tener a dos actores como Susi Sánchez –cuyas breves apariciones muestran oficio y dominio, pero saben a poco después de su descomunal trabajo en Cuando Deje de Llover hace solo unos meses- y Diego Paris –que no deja pasar ni una de las pocas oportunidades que le ofrece el texto- en dos personajes episódicos es un lujo asiático… algo que quizá influya en la sensación de que los roles que interpretan deberían haber estado mejor definidos.

Una función con elementos que justifican su visión en casi todas sus vertientes: tal vez el texto –interesante pero algo descompensado- y la puesta en escena –solo suficiente- debieran haber sido más redondos; pero el sobresaliente trabajo de Forqué y sus notables compañeros garantizan que el público que la vea va a ser capaz de llegar a profundidades del texto que hay que completar con la imaginación.

H. A.

Nota: 3.25/5

 

“Buena Gente”, de David Lindsay-Abaire. Con: Verónica Forqué, Juan Fernández, Pilar Castro, Susi Sánchez y Diego Paris. Versión y dirección: David Serrano. CARLOS LORENZO / SOM PRODUCE / MILONGA PRODUCCIONES / VACA ESTUDIO

Teatro Rialto, 6 de Marzo de 2015

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