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‘Las Crónicas de Peter Sanchidrián’, o sonrían, que el mundo se acaba

julio 11, 2017

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Que el dramaturgo Jose Padilla es uno de los más prolíficos del panorama actual español es algo indiscutible. Pero más allá de su frenesí creativo, es también muy de aplaudir su capacidad imaginativa para armar textos y espectáculos de temáticas siempre diferentes entre sí, apoyadas siempre en unos diálogos que suenan frescos y naturales. Después de Sagrado Corazón 45 -terror-, Haz Clic Aquí -thriller de tintes sociales-, Los Cuatro de Düsseldorf -comedia de actualidad-, La Isla Púrpura -revisión de Bulgakov- Perra Vida -revisión de Cervantes- o Papel -drama social-, Padilla aborda ahora en Las Crónicas de Peter Sanchidrián una comedia apocalíptica de pequeñas historias, que toma todo el universo de los grandes hitos de la ciencia ficción de los 80 y los 90 para armar una original función llena de referencias directas en la que se ríe sin miedo de todos los iconos de una generación; sin renunciar tampoco a reírse de algunos de los tópicos de la comedia romántica americana -otro género tan en boga en los 80 y 90-. El resultado podría definirse como una serie de tiras cómicas independientes a la manera de aquellas antiguas series diarias de dibujos animados, en las que Padilla homenajea a esa ciencia ficción con la que gran parte del público que vea la obra habrá crecido.

PASO

Después de un rifirrafe con un estrafalario personaje, Peter Sanchidrián nos da la bienvenida y nos anuncia que el fin del mundo es esta misma noche. Pero, afortunadamente, estamos a salvo a bordo de su transbordador intergaláctico de última generación. Tras explicarnos las reglas, se dispone a la partida; pero un incidente con C.R.I.S.T.I.N.A. -su inteligencia artificial- lo impide el despegue. Tras este prólogo, vemos ante nosotros toda una serie de escenas inconexas entre sí, que muestran personajes afrontando diversos problemas de lo cotidiano trufados de ecos de ciencia ficción: una científica que lleva tiempo intentado estudiar la manera de resucitar a los muertos discute acaloradamente con su novio minutos antes de recibir un importante premio, sin sospechar las terribles consecuencias que tendrán sus estudios en su propia vida de pareja; una profesora de interpretación visita a una antigua alumna, hoy convertida en una diva del teatro, para pedirle un favor personal, y acabará viéndose envuelta en un delirio de replicantes que ni ella consigue comprender; una fiesta de cumpleaños que pondrá en tela de juicio la amistad de los invitados y el futuro mismo del cosmos cuando puedan cambiar el devenir de los hechos gracias a un peculiar regalo; y, finalmente, una insólita historia de amor -¿imposible?- entre dos hombres condenados a ser rivales por la tradición del Marvel, se van dando cita en esta miscelánea de pequeñas historias que, con la excusa apocalíptica, revisan toda la mejor tradición de la ciencia ficción -por estas historias desfilan ecos más o menos claros de El Jovencito Frankenstein, Blade Runner, Jumaji, Spiderman, Los Gremlins, Star Trek y hasta un guiño al Coche Fantásticoa medio camino entre la parodia consciente y la comedia romántica de sketches. Personajes que se enfrentan no sólo a situaciones que escapan a su lógica, sino también al mero hecho del fin del mundo… Historias inconclusas, apuntes, pequeños dramas humanos de cada día que tal vez no lleguen a tener resolución si, como Peter Sanchidrián nos anuncia, el mundo se acabase en apenas un rato… aunque todos estos personajes tal vez no lo sepan.

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Puede que esto les parezca una escenografía, pero es la barra del bar del ambigú del teatro.

Resulta complejo hablar del espectáculo personalísimo que ha levantado aquí Jose Padilla sin caer en spoilers que revienten una sorpresa constante absolutamente necesaria para el completo disfrute de la función. Digamos, en pocas palabras, que ha cogido un género muy infrecuente en teatro -la ciencia ficción- y le ha dado una vuelta de tuerca, homenajeando a toda una serie de referentes, prolongándolos en el espacio y en el tiempo, jugando con ellos como si quisiera crear sus propias historias a partir de sus símbolos de infancia, tal y como hacíamos cuando éramos niños. Este juego gamberro acaba enseguida siendo algo divertidísimo, por sorprendente, infrecuente e inesperado: reconocemos las referencias, nos lanzamos a jugar y, pasados apenas cinco minutos, compramos tan felices cualquiera de las alocadas ocurrencias que Padilla nos planta en escena. Creo que es en ese momento cuando uno alcanza a comprender la genialidad de la idea: esto parece una frikada a primera vista; pero al mismo tiempo está meditada al dedillo para integrar historias normales en universos paranormales; en ese equilibrio tan bien calibrado radica gran parte de la sorpresa que hace que nos entreguemos a la causa.

El mejunje que plantea el autor canario se apoya, sobre todo, en esos diálogos tan frescos y marca de la casa que ayudan de forma decisiva no sólo a la hilaridad del respetable: son ingeniosos, rápidos, realistas en el tono y sirven a la comedia porque no cargan las tintas más de la cuenta en unas situaciones que ya de por sí son rocambolescas. Jose Padilla lo entiende así, y emplea esos diálogos para salpimentar esta comedia de misterio, de romanticismo o incluso de realismo, dejando que sea el factor sorpresa -porque las situaciones son imprevisibles- el que conduzca al espectador a través de la propuesta. El público, ante tal festival de referencias en manos de personajes que perfectamente podrían ser como nosotros, no puede sino dejarse arrastrar -¿quién no ha querido tener en Gremlin de pequeño?- por toda esta locura, celebrando con caracajadas cada nuevo giro: no es un reto fácil; y sin embargo el éxito queda probado ante el entusiasmo del respetable.

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Puede que en un principio la estructura abierta y, hasta cierto punto, inconclusa de las historias cree algo de confusión; pero personalmente he querido ligarlo a todo ese universo de los capítulos de series en píldoras tan propio de aquel imaginario de la época. En otro orden de cosas, fiel al mundo de la parodia, el canario crea hacia el final un momento de emoción genuina, un alegato existencialista con aires de comedia musical que quizá va en contra de todo lo anterior y que hubiese sido un desenlace original; pero prefiere dar el último golpe en la mesa y encadenar la última escena –”Aracno”, un delirio que enfrenta a Spiderman y el Doctor Octupus que ya se había presentado como pieza corta dos años atrás en Entusiasmo, aquel bar de Teatro de la Ciudad- para volver al tono de comedia delirante y desternillante que domina la pieza. Seguramente sea el final más coherente con el tono de la propuesta; pero tal vez me hubiese interesado ese cierre más enfocado a lo sentimentaloide -que tampoco pierde de vista cierto tono de parodia hacia esas películas de catástrofes patrióticas que hemos visto tantas veces-.

Un acierto es la puesta en escena, sencilla y apoyada en el buen hacer de los actores; pero que aprovecha cada recoveco del ambigú del teatro Kamikaze -la barra del bar, cada posibilidad de entrada e incluso el exterior de la sala- para armar una propuesta que destaca por su dinamismo, y que apenas necesita de otra escenografía que la que aporta el propio recinto. El resultado es una de las puestas más dinámicas que se hayan visto en este particular espacio; los efectos sonoros de Sandra Vicente -algunos llegan desde el exterior de la sala…- contribuyen decisivamente a crear ambiente y el vestuario de Sandra Espinosa puede resultar un punto hortera a primera vista en algún caso; pero no hay que perder de vista que encaja maravillosamente en ese ambiente ochentero en el que se mueve la función.

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Y en esta miscelánea cómica, fresca y delirante, cuenta el autor y director con un elenco muy entonado, que parece disfrutar tanto como el propio Padilla dando cuerpo y vida a estos personajes que afrontan asuntos paranormales como si fuesen el pan nuestro de cada día. Desdoblados en varios personajes en cada pequeña historia, lo cierto es que todos encuentran su momento y todos están en su punto. Desde el desternillante Juan Vinuesa -un maestro de ceremonias que impone su comicidad natural para abrir y cerrar el espectáculo en uno de los más divertidos momentos del montaje, con la complicidad de un Cristóbal Suárez muy desenvuelto en comedia, un género en el que quizá sea más infrecuente encontrarle- hasta la sainetesca discusión de pareja que mantienen María Hervás -que acierta hasta cuando exagera de forma consciente la rabia de esa mujer primero ambiciosa, después burlada y finalmente perpleja ante el giro de los acontecimientos…: después de encadenar tres montajes tan diferentes como Los Gondra, Ifigenia en Vallecas y este en apenas 6 meses con la misma soltura y el mismo acierto, hay que afirmar que es la actriz más versátil de su generación- y José Juan Rodríguez, que evoluciona en apenas 10 minutos desde el hombre común y corriente hasta el científico loco de manual, en un crescendo de altos vuelos. Antonia Paso resulta divertidísima primero sumisa y temerosa; pero que esconde esa necesidad de humillar a esa pupila aventajada que firma una Laura Galán que acaba resultando tierna en su viaje de la superioridad a la sumisión de la alumna que, para superar la presión, se ha dejado su propia cordura por el camino: ¡qué bien poder decir que aquí vuelve a aparecer la estupenda actriz que es! Los seis se encuentran en una larga escena que homenajea el universo de Jumanji con la velocidad de un vodevil; y que contiene algunos de los momentos más divertidos de la función. Suyo -y de lo bien dirigidos que están, en su punto justo- es gran parte del éxito; porque consiguen interpretar este delirio desde la más absoluta seriedad, sin cargar las tintas más de lo estrictamente necesario -la cosa funciona, como digo, incluso cuando optan por caricaturizar conscientemente-: el resultado es una comedia de primer nivel que transcurre a un metro escaso de un espectador con el que los actores no dudan en encararse de pleno, para terminar de provocar las carcajadas.

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Las Crónicas de Peter Sanchidrián es, sin duda, una comedia distinta. Es original por su género y su enfoque, fresca y gamberra por sus ideas y sus diálogos, se llevará al huerto a varias generaciones de espectadores por su universo referencial y alcanza un nivel actoral verdaderamente formidable. Que algunas decisiones estructurales todavía se puedan redondear, en absoluto le quita ni un ápice de la originalidad a esta propuesta. Si esto es el fin del mundo, desde luego nos va a pillar con una larga sonrisa en la cara. Hay que ser muy bueno para que una miscelánea de este calibre cuaje bien, como aquí sucede.

H. A.

Nota: 4/5

Las Crónicas de Peter Sanchidrián”, de Jose Padilla. Con: Juan Vinuesa, María Hervás, Cristóbal Suárez, José Juan Rodríguez, Antonia Paso y Laura Galán. Dirección: Jose Padilla.

El Pavón Teatro Kamikaze (Ambigú), 3 de Julio de 2017


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