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‘Haz Clic Aquí’, o presunción de inocencia

noviembre 18, 2014

Después de su exitoso pero fugaz estreno durante la pasada temporada –estuvo en cartel apenas dos semanas a sala completa-, el Centro Dramático Nacional ha decido recuperar por una temporada más larga Haz Clic Aquí, texto de Jose Padilla –uno de los dramaturgos españoles más punteros de la actualidad, en un momento dulcísimo de su carrera: Premio Ojo Crítico, dos estrenos durante la pasada temporada en Madrid, y el próximo estreno de este texto en Rusia, para el que ultima los ensayos actualmente- nacido al calor del proyecto Escritos en la Escena –una especie de residencias en las que el texto va surgiendo durante el proceso de ensayos a raíz de improvisaciones, documentación y conversaciones entre autor y actores: de todo esto resulta un texto final prefijado que es este Haz Clic Aquí-.

Una noche, Diego ve desde su casa la paliza que un grupo de jóvenes propina a Javier a la salida de una discoteca y la graba en vídeo con su móvil. Después de aconsejar denunciar, Diego se toma el tema como algo personal, y cuelga su vídeo en Internet. Aunque se trata de un vídeo poco nítido, se intuye que hay una chica que golpea brutalmente a Javier con sus tacones de aguja. Todo parece indicar que la susodicha es Ruth, una menor que tuvo un rollo con Pablo en el pasado, pero lo cierto es que la cara no se distingue con claridad… Enseguida el vídeo se convierte en viral en Internet e inunda las redes sociales con miles de comparticiones, visionados, retweets y favoritos; a la vez que Diego y Javier pasan a ser héroes de masas y las redes sociales buscan desesperadamente a la chica del tacón de aguja en un frenesí acusador. Para rematar, Teresa, la pareja de Diego, es una ambiciosa periodista que ve en este caso una ocasión para catapultar su carrera –tiene en su casa al hombre del momento…- y mantiene a la familia de Ruth en el punto de mira. La joven se ve de pronto sumergida en una espiral de dedos acusadores que la colocan contra las cuerdas, y que su madre, Olga –una adicta al chat- intentará frenar a toda costa. Pero ¿y si Ruth no fuese culpable? ¿Dónde queda la presunción de inocencia cuando un bulo se expande en Internet? ¿Qué sucede cuando pasas de moda en la red: A alguien le importan las consecuencias, o mejor buscar más carnaza?

Con este texto, Padilla parece haber querido reflexionar sobre el impacto de Internet y las redes sociales en nuestra sociedad. Sobre cómo las redes sociales pueden ser un elemento peligroso a la hora de difundir información, y sobre cómo cualquiera tiene voz y voto en la red para opinar sobre lo que quiera sin que importen las consecuencias. Es un tema actual del que todos sabemos porque, de una forma u otra, todos participamos de él. Precisamente eso hace interesante este relato que invita a la reflexión y que nos toca de cerca a todos. Para la comunidad de Internet que presenta Padilla, lo importante no es tener las pruebas; sino tener la carnaza para poder alimentar el número de retweets o los mensajes de los foros. En este caso es una denuncia por agresión –un caso real, por cierto- pero podría ser cualquier otro. Quien más quien menos habrá prejuzgado a la ligera sin medir las consecuencias en Internet.

Siendo un material fascinante y de plena actualidad, hay que decir que el relato –lleno de diálogos con esa naturalidad marca de la casa del dramaturgo canario, que sabe encontrar siempre el registro lingüístico idóneo para sus personajes- tiene el acierto de narrar con ambigüedad y permitir que sea el público quien juzgue: Javier parte como víctima, porque le han pegado una paliza, pero por momentos el público se puede plantear si realmente se merecía un buen par de hostias por toca-pelotas; de la misma manera que Ruth pasa de menor pobrecita e indefensa a zorrón calientapollas en cuestión de segundos, y Teresa de periodista sensible e implicada a profesional ambiciosa e implacable dispuesta a darles a sus lectores lo que quieren leer, incluso aunque sea mentira. Aquí todos tienen doble cara, y eso permite que el espectador se forme su propio juicio a partir de una suma de lo que ve –una mezcla entre lo que se cree que pasó y lo que pasó realmente-, en un ejercicio francamente interesante. Padilla aporta muchísima información –no solo del caso central mediante flashbacks, sino también de las relaciones sociales entre personajes- y tiene el suficiente pulso como para enganchar, pero todo en apenas 65 minutos; y eso a veces juega en contra: algunas situaciones avanzan con excesiva rapidez; mientras que otras parecen relleno superfluo que no tiene cabida si el metraje es tan breve. Para contar todo lo que se quiere contar, bien habría hecho falta media hora larga más; ahí sí hubiesen cabido perfectamente esas escenas de perreo de las amigas en la discoteca –divertidísimas precisamente por ese toque surrealista que tienen, pero algo reiterativas si la cosa dura solo 65 minutos-, o incluso información  que yo considero relevante pero en la que no se llega a profundizar –me quedo con ganas de saber más de la relación entre Javier y Ruth, por ejemplo-. Nada que no se pueda solucionar añadiendo media hora al material –que es, como digo, breve-. Solo hay una cuestión estructural que me parece más discutible: si durante toda la función se invita al público a ser jueces de lo que ocurre, personalmente creo que sobra mostrar qué ocurrió realmente en la paliza; contamos con suficiente información imparcial como para sacar nuestras propias conclusiones –yo, personalmente, ya tenía las mías- y creo que un final más abierto podría haber sido más redondo.

Montar un espectáculo en un espacio tan particular como la Sala de la Princesa nunca es fácil; y menos si implica todo lo que pide el texto de Padilla, escrito casi con la forma de un guión cinematográfico: parece que no ha renunciado a contar su historia como la tenía en mente, a pesar de las dificultades que entraña el espacio. El montaje, que dirige el propio autor, utiliza toda la sala; y sabe narrar con comodidad una historia que, contada así y en un lugar tan pequeño podría haber sido un caos absoluto. La puesta en escena, sin embargo, supera el reto y tiene la inteligencia de saber dirigir muy bien al espectador por todos los espacios y tiempos por los que transita. Cierto es que el todo resulta muy bien, pero pienso que todo fluiría más cómodamente en un escenario un poco –solo un poco- más grande que este –incluso sin renunciar a utilizar la platea como lugar de acción-.

Notable e implicado el reparto –todos desdoblados en varios personajes secundarios, aunque mantengan a su vez uno principal-. Lo mejor del conjunto quizá sea la rotunda agresividad con que Nerea Moreno nos sirve a Olga, esa madre superada por los acontecimientos, dispuesta a lo que sea, pero a la vez mostrando su punto débil en esa relación de dependencia que mantiene vía chat: un personaje con aristas que la actriz sirve muy acertadamente. Todos vamos a reconocer a los personajes que interpretan Pablo Béjar –Javier, la víctima- y Ana Vayón –Ruth, la supuesta culpable-, porque todos hemos visto adolescentes como ellos en nuestras vidas, de esos que son una cosa u otra según el contexto en que se encuentren y que pasan de cero a cien en cuestión de segundos; esa credibilidad resulta fundamental a la hora de examinar a sus personajes: creo que es el mejor piropo que se les puede hacer como actores. A Gustavo Galindo quizás le sobre a veces algo de énfasis como Diego –pero lo clava cuando se desdobla en su otro personaje-; e Inma Cuevas sabe huir del lucimiento personal y colocar a Teresa en ese punto de anodina cotidianeidad que corresponde al personaje que a primera vista parece tener menos chicha. No quisiera pasar por alto lo bien interpretada que están las escenas de las tres amigas perreando en la discoteca, con las tres actrices descacharrantes.

Propuesta notable, interesante y entretenida, por la temática que aborda, por lo audaz de la estructura, por el buen uso de los registros lingüísticos para caracterizar a sus personajes y por haberse sacado adelante en un espacio que en principio no parecía el más propicio; pero con un material que intuyo que da para crear una función bastante más larga, y que profundizase más en algunas cuestiones. Pero, sobre todo, creo que el asunto pide a gritos dejar todos –pero todos, todos…- los caminos abiertos, y dejar que sea el espectador quien decida.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Haz Clic Aquí”, de Jose Padilla. Con: Gustavo Galindo, Ana Vayón, Pablo Béjar, Inma Cuevas y Nerea Moreno. Dirección: Jose Padilla. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 13 de Noviembre de 2014 (19.00h).

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5 comentarios leave one →
  1. eugenia permalink
    noviembre 18, 2014 15:14

    Es particularmente grato poder leer ts críticas teatrales. Francamente inteligentes y muy bien escritas.Doy gracias a Tito por haberme remitido a tu blog. Eugenia

    • noviembre 18, 2014 15:26

      Muchas gracias Eugenia! Me alegro de que las encuentres interesantes! Mantente atenta, porque hay muchas por venir! Un abrazo. Hugo.

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