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‘Río Bravo’, o los clásicos no envejecen

julio 16, 2017

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Espectáculo en lengua gallega

Como punto de arranque de los festejos por su 30 aniversario, la compañía gallega Chévere -Premio Nacional de Teatro 2014- ha recuperado el que seguramente sea su espectáculo más emblemático: Río Bravo, una suerte de spaghetti-western musical estrenado en 1990 y repuesto durante la temporada 2002-2003 que ha escrito por derecho propio una página en la historia del teatro gallego reciente; y que se ha quedado grabado a fuego en la memoria de las varias generaciones que lo vieron alguna vez. Una propuesta que posiblemente muchas compañías -gallegas y del resto de España- hayan intentado igualar -ahí están, por ejemplo, Far West, de Yllana o Pam Pam!, de A Panadería, dos espectáculos que también revisan el lejano Oeste en clave de comedia; aunque muy posteriores a este- pero que tiene, ante todo, la virtud de haber llegado antes que cualquier otra de corte más o menos similar. Un espectáculo que se apoya en la fórmula del menos es más para hacer comedia desde la esencia misma del teatro: el vacío, el gesto y la imaginación. Pero, sobre todo, un espectáculo que -sin apenas retoques desde su propuesta original- resiste, 27 años después de su estreno, como una propuesta plenamente vigente; que conserva todo su encanto como instrumento de ingenio y herramienta cómica, para los que ya lo hemos visto en el pasado y para los que lo vean por primera vez. Y ahora, por una ronda limitada de funciones -que pusieron el Teatro Principal de Santiago de Compostela hasta los topes, como pocas veces se había visto- Río Bravo galopa de nuevo.

Un lugar perdido en el salvaje (nor)Oeste. Un lugar donde los hombres son hombres, y las mujeres… también. Un sheriff cubierto de telarañas -quién sabe si vivo o en forma de espíritu- rememora Río Bravo, y anuncia que va a contar la historia que hizo que el cementerio del lugar se quedara pequeño. Un largo flashback da paso al inicio de un western con todas las de la ley, donde hay un sheriff heroico que pierde la cabeza por una cabaretera nueva en la plaza, su ayudante más bien patoso, un forajido en la cárcel, su hermano sediento de venganza, indios -sí, también hay indios-, vaqueros y todos los elementos que un buen western debe tener. Acción, tiros, romance y aventuras. El conflicto está servido… con la particularidad de que todo se desarrolla con apenas una mesa, algunas sillas y un barril -que igual sirve de barra del saloon que de locomotora-. En este spaghetti western no hay puertas, no hay armas, no hay caballos… pero, sin embargo, todo está presente, y todo lo vemos.

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Con una banda en directo que lo mismo acompaña las canciones que crea un potente espacio sonoro, la compañía se sirve de imaginación, una gestualidad a veces cercana al mundo del clown y unos diálogos que beben del más puro absurdo para poner patas arriba cada uno de los tópicos del género del western y darles la vuelta; hacia la comedia pero nunca hacia el ridículo. Chévere cuenta su propuesta desde un lenguaje muy particular, tremendamente ingenioso, que no esconde su voluntad de juego y que hace virtud de la escasez para crear una propuesta ágil, repleta de ideas en lo formal. Un espectáculo que es, ante todo, un festival de teatro verdadero y puro; porque suple con mímica y con inventiva todos los elementos que podrían haber estado ahí de haberse planteado la función como una súper-producción. Y, sin embargo, ni están, ni se les espera, ni se necesitan: porque creo que la esencia misma de la propuesta es esa simplicidad aparente que esconde una creación calculada al milímetro. Como en todo buen western, en Río Bravo resuenan las balas, se aplastan moscas, se asaltan caravanas y asistimos a las míticas peleas de saloon; pero siempre por medio de una gestualidad casi coreográfica -muy propia, por ejemplo, del cine mudo- y una sonoridad casi onomatopéyica –”XUM-FLACA-FLACA”, el sonido que marca las entradas y salidas al saloon, se ha convertido casi en un grito de guerra de todos los que hemos visto este espectáculo- puesta al servicio de la comedia.

En el texto -colectivo- de Río Bravo puede que se note en primera instancia que hay una menor influencia de la crítica social que en ciertas propuestas recientes de la compañía, en favor de escribir una hilarante comedia de aventuras; pero no por ello hay que considerar que se pierde ese factor socio-político: por el universo de Río Bravo desfilan personajes como Steve McCuiña o el Juez Calzón -anticipándose así el espíritu beligerante que la compañía mostraría en obras posteriores como Citizen y Eurozone-; y uno de los tópicos del western que se tiran abajo es el de la mujer-florero a la sombra del sheriff, porque esta cabaretera acaba erigida en poderosa pistolera capaz de sacar las castañas del fuego a cualquiera -sin quererlo hay algo también aquí de la esencia de Testosterona y As Fillas Bravas-. Además, la propuesta se sustenta en unos diálogos que juegan no sólo con el humor más puramente absurdo, sino con la mera sonoridad del lenguaje y los juegos de palabras como armas para generar comedia. Puede que algunas canciones de la amplia partitura del fallecido Fran Pérez “Narf” encajen mejor que otras en la esencia de la historia -el canto funerario reconvertido en corrido mexicano es un hallazgo de la partitura, de la misma manera que el número musical del tabernero me parece algo cogido por pinzas-; pero el conjunto es un pastiche que destaca por su originalidad y por su voluntad de teatro como juego -todo, absolutamente todo, sucede a la vista del público; sin pretender que nunca perdamos la perspectiva de que esto es un gran juego teatral-, que funciona con la misma precisión hoy que en 1990; acaso hoy resulte incluso más sorprendente al comprobar que ha sobrevivido al paso de los años con la misma eficacia que en el momento de su estreno, y que su vigencia es tal que apenas ha habido que incluir alguna referencia al whatsapp como nueva forma de comunicación para que todo lo que ya funcionaba entonces como un tiro -y nunca mejor dicho- siga funcionando ahora. Todo esto sólo se consigue con una dirección de esas que, aunque parezcan inexistentes, tengan que ser por fuerza tremendamente minuciosas y cuidadosas con el detalle.

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Como ya es un espectáculo de culto, cuenta Río Bravo con no pocas escenas memorables tanto de diálogo -esas repeticiones en bucle hasta la locura- como de concepto -nadie que lo haya visto habrá podido olvidar la escena del juicio, que sigue funcionando con el mismo ingenio-; y el ritmo con el que transcurre la propuesta es implacable. Repite el elenco de la reposición de 2002 -el carismático sheriff de Miguel de Lira, los villanos de Xesús Ron y Manolo Cortés, el patoso segundo de a bordo de Marcos Pitt, la inolvidable cabaretera indomable de Patricia de Lorenzo- junto a la la banda en escena que forman Xacobe Martínez Antelo, Max Gómez y Manuel Cebrián; y la sensación es no sólo de control absoluto de lo que hacen, sino también de que ellos se lo están pasando tan bien como ese público que celebra cada nueva ocurrencia con carcajadas sonoras y ovaciones a escena abierta, y que no duda en participar del jolgorio cuando así se le pide; incluso los que ya conocemos cuál es el gag que sigue no podemos evitar celebrar el éxito de esta propuesta.

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En 27 años -y tras dos reposiciones- son ya muchas generaciones las que han visto Río Bravo. Dicen que estas funciones fueron las últimas de este icónico espectáculo. No lo creo. Río Bravo es un espectáculo que brilla como el primer día; un clásico del teatro gallego y un espectáculo que ya anticipa muchas de las señas de identidad que han hecho de Chévere lo que es hoy. Por Río Bravo no pasan los años; y siempre es una necesidad retomarlo: para que los que ya lo conocíamos podamos volver a gozar de su calidad; y para cada vez haya más y más público que se rinda a la evidencia. Río Bravo ya era un clásico, y sigue siendo un clásico hoy, casi tres décadas después de su estreno. Y, como los buenos clásicos, conserva toda su vigencia y toda su genialidad. Porque los buenos clásicos no envejecen; y Río Bravo tampoco: parece haber nacido ayer.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

Río Bravo”, creación colectiva de Chévere. Con: Miguel de Lira, Patricia de Lorenzo, Marcos Ptt, Xesús Ron, Manolo Cortés, Xacobe Martínez Antelo, Max Gómez y Manuel Cebrián. Música original: Fran Pérez “Narf”. Dirección colectiva. CHÉVERE.

Teatro Principal (Santiago de Compostela), 9 de Julio de 2017

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