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‘La Pilarcita’, o amarradas a su destino

julio 9, 2017

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El filón del teatro argentino en España es casi un seguro de vida. Ya no es la primera vez que una obra de autoría argentina se estrena con éxito con elenco español en nuestro país -y aquí podríamos citar desde las versiones de Daniel Veronese (Los Hijos se Han Dormido, Mujeres Soñaron Caballos, Espía a una Mujer que se Mata…), hasta Como si Pasara un Tren de Lorena Romanín -que se estrenó en España antes incluso que en Argentina- o Emilia, de Claudio Tolcachir, por poner algunos ejemplos recientes claros-. Hay sin duda algo que hace que el público español conecte con estas historias que retratan diferentes problemáticas de lo cotidiano. Llega ahora a la Sala Lola Membrives del Teatro Lara La Pilarcita, una obra escrita por la argentina María Marull -estrenada en Argentina en El Camarín de las Musas, curiosamente la misma sala que acogió el estreno de la producción argentina de Como si Pasara un Tren, cuya versión española también hizo buena parte de su temporada madrileña en este Off del Teatro Lara: qué casualidades maravillosas…- que toma la fórmula de la comedia costumbrista para esconder un drama de personajes al más puro estilo del teatro argentino.

Un pueblo perdido en la meseta española. Un pequeño hostal de corte familiar, en el que trabajan Luisa -resignada a su vida en el pueblo, a su rutina y a que nunca va a salir de allí- y Lucía -una joven que cuida de su abuela, pero ansía un cambio en su vida que le permita ver el mundo más allá de ese microcosmos-. La obra comienza en vísperas del día de la romería de La Pilarcita, una santa milagrosa creada a imagen y semejanza de una niña que murió años atrás en dramáticas circunstancias; y una santa a la que personas de todo el país acuden a pedirle milagros de las más diversas índoles. Con la llegada de la romería, el pequeño pueblo se llena de vida por un par de días, entre las fiestas y los forasteros que llegan a honrar a la virgen, y dan algo más de vida al negocio. Este año llega entre otros Selva, una mujer procedente de Madrid que viaja con Horacio, un acompañante invisible que permanece en la habitación del hotel. La curiosidad de Lucía por saber más de Selva, de quién es su acompañante y qué razón les ha llevado hasta allí será el punto de partida para que se establezca una conexión entre ambas mujeres mientras la joven teje con esmero la muñeca que Selva deberá aportar como ofrenda a la virgen; una conexión en la que -pasado el clásico choque pueblo/ciudad- ambas se nutren de la energía de la otra para crecer como personas. Al mismo tiempo, la resignada Luisa afronta en las fiestas una de sus últimas oportunidades de emparejarse y evitar quedarse para vestir santos; al mismo tiempo que Joaquín, el hermano de Luisa, aspira guitarra en mano a ganar un concurso musical que tendrá lugar durante los festejos. En apenas un par de días, y sin que nadie lo pueda esperar, las vidas de estos personajes darán un vuelco, quién sabe si por un milagro de la virgen o por el peso de la vida misma: giros que harán que unos y otros tengan ocasión de liberarse de ciertas cargas a las que estaban amarrados desde hace tiempo, y de las que quizá ya vaya siendo hora de liberarse.

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La escritura de María Marull parte como digo de ese esquema de falsa comedia que esconde, por supuesto, un fondo muy dramático. Durante buena parte de la representación, Marull se limita -es un decir…- a perfilar el día a día en este pequeño pueblo, mediante pequeños detalles cercanos al costumbrismo que permiten ir adivinando los perfiles de los personajes. Entre carcajadas provocadas por lo espontáneo de los diálogos vamos viendo que Luisa ya está hundida en ese asfixiante lugar del que seguramente nunca vaya a poder salir; al tiempo que Lucía se ahoga sin remedio: el drama de ambas, su condena, no es sino el pueblo en sí mismo, la rutina, el día a día, esa sensación de que nunca pasa nada. Y la llegada de Selva, a primera vista una señorona de la capital fascinada por lo pintoresco del entorno en el que se encuentra -algo tan rural que no le entra ni en la cabeza…- nos hace vislumbrar que también carga con alguna condena: tardamos en saber qué le sucede, pero intuimos algo que acabará estallando en su poso de amargura de mujer que se ve superada por los acontecimientos. Lejos de cualquier hipótesis que nos queramos formar, la gran tragedia de Selva seguramente sea que, para asegurar lo que ella cree que es su felicidad, ha tenido que poner en riesgo su propia dignidad; y, por su esa dignidad, también Selva necesita urgentemente un punto de fuga, casi más que un milagro.

María Marull domina, en la primera parte de la obra, ese tono costumbrista que mueve a la comedia, mediante unos diálogos que fluyen con naturalidad y que dejan entrever personajes bien perfilados. Es una historia concebida para Argentina; pero, efectivamente, se puede situar en muchos puntos de España sin tocar una sola coma -aquí, dice el programa de mano que es Extremadura; pero bien podría ser la parroquia coruñesa de San Andrés de Teixido, por poner un ejemplo-. De algún modo, parece como si no le interesase meter el dedo en la llaga del drama -lo hay-, y trata de suavizarlo -o poetizarlo- mediante la figura de Joaquín, el hermano de Luisa, que es un elemento auténticamente argentino: el del payador -una figura argentina semejante a la del trovador, que improvisa versos cantados (payadas) sobre los sucesos del lugar-, para el que no encuentro una figura equivalente en España -reducirlo al concepto de cantautor, que es lo que parece aquí, es perder una parte de su simbología. Al final de cada acto, este personaje irrumpe en escena y canta, bien sea para comentar lo sucedido, para comentar lo que está por venir o -al final- para relatar el poético desenlace, que nos llega aquí en forma de versos.

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Se podría decir que María Marull prefiere mostrar la supuesta monotonía de la rutina, mostrar ante nuestros ojos los momentos en los que ‘no pasa nada’ y perfilar el ambiente; y sin embargo hace avanzar la historia mediante el recurso de las payadas, que son las que acaban aportando mayor información relevante a la trama. De esta manera, Marull elude incidir en la tragedia de Selva, precipita el desenlace y pierde oportunidad para insuflarle a la pieza su aliento más dramático. En otras palabras, siento que, aunque cocina el ambiente a buen fuego lento, no aprovecha del todo una explosión final que -aún pareciéndome la solución de las payadas audaz para hacer avanzar la trama- debería llegar en forma de gran monólogo de Selva, porque siento que esa es la escena que me falta. Creo que no renunciar de forma tan decidida a esconder el drama a través de la poesía hubiese contribuido a redondear un material que, de esta forma, se queda sólo en interesante; por más que el toque de realismo mágico que surge en la idea final sea de lo más sugerente.

La versión española del texto -no la firma nadie- ha conseguido un tono de comedia costumbrista que funciona muy bien con el público, y que el elenco tiene muy bien asimilado. Ahora bien, quedan abundantes argentinismos en el texto que todavía hay que pulir; y creo que el símbolo del payador queda expresado a medio gas -porque es algo imposible de trasladar a la cultura española sin que se pierda una parte del significante-. Estos dos detalles en absoluto empañan una función que el público sigue con gran interés, y que indudablemente funciona.

La puesta en escena es de las pocas que ha conseguido armar en la pequeña sala Lola Membrives una escenografía con todas las de la ley -aquí las funciones siempre se suelen hacer como lo que ahora se denomina “elementos escénicos”; pero esto es una escenografía completa y al detalle-; y Chema Tena saca lo mejor de su elenco, sabiendo dónde y cómo colocar cada gag para que funcione con el público, y jugando el elemento musical sin que chirríe demasiado. Tal vez las entradas y salidas de algunos personajes todavía se podrían jugar mejor -los ecos de La Llamada, que casi siempre llegan a esta sala, juegan aquí un papel integrador porque sugieren las fiestas del pueblo; y por tanto lo suyo sería que los personajes regresen de la fiesta desde arriba, por la escalera de acceso a la sala -que es desde donde viene la música…-. Hay el debido equilibrio entre la pizpireta cotidianidad de las dos autóctonas del lugar -acaso habría que subrayar un punto más la oscuridad escondida de Luisa frente a lo echada para delante que resulta Lucía- y el poso melancólico de la forastera, y los gags están -lo digo una vez más- en su justo sitio. Puede que a la propuesta le falte subrayar un punto más la amargura del desenlace; pero, como digo, la estructura misma del texto tampoco lo permite. Hay que revisar, eso sí, la cuestión de los acentos: allá donde Luisa habla con un acento muy marcado -que tiende más a andaluz que a extremeño-, el de Lucía, sin embargo, viene y va sin motivo aparente; mientras que Joaquín no presenta acento de ninguna clase: si estamos retratando un pueblo del interior, lo suyo es cuidad este tipo de cuestiones al dedillo.

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En el reparto, Anna Castillo impone su don natural para jugar este tipo de personajes con una soltura tal que por momentos da la sensación de que no estuviese actuando: esa frescura le deja gran parte del trabajo hecho -el público, por supuesto, está en el bolsillo desde el primer segundo-; pero debe cuidar especialmente la cuestión del acento en la caracterización del personaje -en la función que presencié comenzó marcando un acento de forma bastante convincente, pero ese acento de pronto desapareció…-. El contraste con la rotunda Selva de Mona Martínez es brutal, y ahí está una de las claves del éxito de la función: a Martínez -la que más se luce del elenco- le bastan los pocos datos que sabemos de Selva para dibujar un personaje de total enjundia, de esos que valen más por lo que callan que por lo que dicen; y se establece entre ambas algo muy hermoso, casi cercano a una falsa relación materno-filial, que ambas actrices dominan en su justa medida. Desde que la viese en TeatroSolo -vamos, que me hizo una función de tú a tú, lieralmente- en aquel apartamento tengo a Fabia Castro por una actriz muy a seguir; y aquí juega con acierto un perfil muy diferente -que, por cierto, recuerda en no pocos momentos al de la monja Milagros en La Llamada, y creo que este personaje debería ser bastante más apagado-: me hubiese gustado conocer la parte más oscura del personaje -es evidente que en Luisa hay una procesión descomunal por dentro…-; pero el texto no nos la cuenta, y la actriz sólo permite intuirla. Me sigue pareciendo, con todo, un nombre a seguir. Álex de Lucas, en fin, consigue defender un personaje que, planteado de otra manera, podría haberse vuelto muy cargante -máxime cuando en esta versión se pierde gran parte del aspecto simbólico de lo que representa-, y sale del reto bastante más que airoso: no lo tenía nada fácil.

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La Pilarcita es, en suma, un cuidado montaje de una obra que comienza con el más puro sabor del costumbrismo argentino, eficaz en su tarea de retratar lo más cotidiano de lo rural; pero que pierde algún entero al rehusar mostrar la parte más dramática de la trama. La adaptación del texto al español de España aún es bastante susceptible de mejora; pero acaba resultando una función entretenida, sobre todo por lo logrado de las interpretaciones y el mimo con el que está planteado un montaje que explota las posibilidades del espacio hasta sus últimas consecuencias.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

La Pilarcita”, de María Marull. Con: Anna Castillo, Mona Martínez, Fabia Castro y Álex de Lucas. Dirección: Chema Tena.

Teatro Lara (Sala Lola Membrives), 2 de Julio de 2017

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