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‘Los Cuatro de Düsseldorf’, o sincerismo, verdad o atrevimiento

marzo 1, 2014

Pocos autores pueden presumir de haber estrenado dos textos en la cartelera madrileña en la misma temporada. El canario Jose Padilla –flamante ganador del Premio Ojo Crítico-, sin embargo, ha dado dos pelotazos en apenas tres meses: primero con un thriller como Haz Clic Aquí –función estrenada con éxito en el CDN el pasado Diciembre- y ahora con Los Cuatro de Düsseldorf, una comedia de actualidad descacharrante y gamberra que es el resultado de una residencia en la sala El Sol de York, y que tiene toda la pinta de comenzar ahora algo que huele a andadura muy larga.

Lo primero que hay que aplaudirle a Padilla es su versatilidad a la hora de crear: debo confesar que no esperaba del autor de aquella maravilla que era Sagrado Corazón 45 una comedia como ésta; tan directa, de digestión tan fácil, hasta podemos decir que tan comercial… pero a la vez tan bien medida. No hay respiro en los apenas 65 minutos que dura la función, y los gags se sirven uno tras otro, a velocidad de crucero. Vuelve a demostrarse que hacer teatro comercial –teatro accesible a cualquier público- no está reñido con hacer buen teatro: esta divertidísima comedia garantiza la carcajada de todo aquel que la vea.

Sucursal española de una gran empresa alemana. Carlos, el último mono, consciente de que no tiene nada que perder; decide un buen día dar un golpe en la mesa: crea la doctrina del sincerismo como una nueva forma de enfrentar la vida. Amador, el ejecutivo agresivo, ve un filón clarísimo en esta doctrina como técnica de motivación para la empresa… así que contrata a Carlos para conferencias sobre sincerismo. Pero la cosa se complica cuando al bueno de Carlos se le da por ponerse a escribir un librito sobre el sincerismo… que, según insinúa, podría no dejar en demasiado buen lugar a la empresa. Entonces, Amador tendrá que sentarse a negociar con él para evitar que estalle un escándalo que podría salpicarles a todos… y pronto cree tener la situación controlada. Para rematar la jugada, ni a Carlos ni a Amador les va bien con sus respectivas parejas: María –una marimacho que trabaja en mantenimiento- y Rocío, que empieza a ver como la chispa de la pasión se le escapa los dedos, porque su chico está más pendiente de solucionar el marronazo que se le viene encima que de ella. Por avatares de la trama los cuatro terminarán en Düsseldorf, donde la cosa terminará de desmadrarse cuando Carlos se convierta en un agitador de masas de primer nivel.

Sobre esta trama, Padilla teje un enredo alocado, una farsa que reflexiona sobre la manipulación de los individuos mediante el lenguaje, sobre los agitadores de masas con argumentos que son decididamente falsos,  y sobre qué ocurre cuando subestimamos al enemigo; y cuando no es el pez gordo el que se come al pequeño. La baza está, como digo más arriba, en la brillantez de los diálogos: todo fluye, todo suena natural, y a la vez es imposible no reírse. El texto podrá ser comercial en su planteamiento y no renuncia ocasionalmente a los chascarrillos de risa fácil –las más de las veces muy bien traídos, todo hay que decirlo-; pero también hay réplicas repletas de ironía y humor inteligente. Los personajes están convenientemente estereotipados a favor de la hilaridad, todo tiene un punto freak irresistible – ¡qué bien escogidas están las músicas, por ejemplo!-; y el duelo antagónico entre Carlos y Amador termina siendo algo antológico, porque en el fondo estamos ante un grupo de cabronazos que juegan con distintas cartas a ver quién es más listo y consigue llevarse finalmente la partida. El dramaturgo canario se reserva para el final un giro argumental que podrá ser previsible si se sigue la historia con atención –un servidor se lo estaba viendo venir…-, pero lo cierto es que el resultado funciona como lo que es: un divertimento ante el público cae rendido, porque las carcajadas constantes invaden el teatro. No es fácil, pero le sale. E insisto, desconocía el potencial de Padilla para este tipo de comedias –tan necesarias y tan apetecibles de vez en cuando para desengrasar un poco-.

Para hacer este tipo de comedia, tan loca y tan gamberra, hay que tener un reparto que sepa hacer el payaso con total seriedad –qué difícil es…-, y aquí lo hay: los cuatro responden perfectamente al planteamiento de Padilla, y se meten al público en el bolsillo. Lo grande de esta función es el enfrentamiento entre los dos hombres, y los dos se salen: Mon Ceballos dibuja la caída de su personaje –de tiburón déspota a hombre puteado y superado por la situación…- de forma descacharrante; en un registro muy distinto a otros papeles en que le había visto: también desconocía su potencial cómico. El Carlos de Juan Vinuesa está perfecto desde el principio, como un corderito que esconde en la mirada a un cabronazo del que es mejor no fiarse un pelo; un listillo capaz de acabar por hincharle las pelotas al más pacífico de los hombres: tremendo cuando ofrece su conferencia sobre el sincerismo a toda la sala como si se tratase de un profeta –imposible no recordar aquella escena memorable de Luis Zahera en El Año de la Garrapata, por ejemplo-: esta es una escena que aún puede dar mucho de sí conforme el actor se vaya sintiendo más libre para crear sobre ella.  Las dos mujeres funcionan más bien como instrumentos para el enfrentamiento de los dos hombres; pero Helena Lanza se encarga de recordarnos lo que a ellos se les olvida: que María tiene un corazoncito detrás de ese mono de trabajo; al tiempo que Delia Vime, elegantísima en escena quizá el papel más desagradecido de los cuatro -porque lleva el peso de la parte más seria-, pero hace que nos mantengamos ojo avizor con ella, porque algo nos dice que en el fondo es Rocío la que lleva los pantalones en esa relación contra cualquier pronóstico y que como le toquen las narices, se puede liar parda… En fin, los cuatro desbordan química –y crecerán, porque era función de estreno-; y se manejan a placer en estos registros sin caer nunca en el histrionismo, a pesar de lo premeditadamente exagerado de algunas situaciones: ahí está la clave de que el público se parta de risa.

El minimalismo escénico absoluto –apenas unas taquillas y un sofá- no impide que la comedia –que dirige el propio autor- tenga ritmo frenético, y facilita que se pueda ver en cualquier tipo de espacio. Mejorable por momentos –la idea de dejar la sala a media luz no termina de convencerme del todo…- la iluminación de Roberto Rojas.

Función de estreno absoluto que demostró que el producto está ya maduro, comedia fácil de montar, fácil de recibir y muy bien interpretada… y buen efecto boca a boca. Será comercial, pero se van a reír… y todo apunta que Los Cuatro de Düsseldorf vienen para quedarse: ojo, que podemos estar ante el nacimiento de un futuro clásico cómico de la cartelera madrileña. Ah, la función se está publicitando en twitter bajo el hanstag #Düssel4: si quieren saber por qué, tendrán que ir a verla…

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Los Cuatro de Düsseldorf”, de Jose Padilla. Con: Mon Ceballos, Juan Vinuesa, Delia Vime y Helena Lanza. Dirección: José Padilla y Fran Guinot.

El Sol de York, 27 de Febrero de 2014

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