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‘Yogur| Piano’, o vaciarse

septiembre 23, 2016

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Y  aunque tú te olvides de mi, aunque no le des importancia a esto que ves, yo te voy a

seguir recordando, porque yo ya te he soñado. Yo ya te había visto realmente. Y tú, ahora

que me has visto, ¿qué imagen tienes de mi?”

***

Desde su estreno en Marzo del presente año en el pequeño Espacio Labruc, Yogur|Piano se ha convertido en una de las sensaciones del año en el Off madrileño, con constantes prórrogas y entradas agotadas cada semana. Muchos la definen como una experiencia más que como una obra teatral en sí misma; pero creo que sencillamente una cosa no está reñida con la otra: en Yogur|Piano encontramos una interesante propuesta que aúna diversos lenguajes y que tiene ese algo especial para poder llegar a convertirse en una experiencia personal, que confrontará y removerá individualmente a cada espectador. Y, sobre todo, un espectáculo realizado desde la honestidad, que tiene la virtud -tan infrecuente como importante- de lograr que cada uno de los espectadores salgamos sintiéndonos más especiales y más individuales que cuando entramos. Fortalecidos después de ser invitados por los personajes/actores a vaciarnos de nuestras cargas, tal y como ellos se vacían de las suyas.

Yogur|Piano es una propuesta de corte decididamente experimental, que nace a partir de una dramaturgia del también actor Gon Ramos generada durante el proceso de ensayos. Entiendo por tanto que todos los actores habrán intervenido decisivamente en su creación. Y ahí radica una de las claves del éxito de esta obra: sin renunciar a contenido filosófico más o menos encubierto, Yogur|Piano pone sobre la mesa de una manera poética problemáticas de lo cotidiano, problemáticas del día a día, de lo cercano; nos hace enfrentarnos con sensaciones y situaciones en las que nos hemos visto, hemos vivido o vamos a vivir. Yogur|Piano emplea un lenguaje narrativo circular, fragmentario, onírico y lisérgico como única salida para enfrentar lo normal. Habla de ellos pero también de todos nosotros, de la necesidad de pertenencia a un grupo, de la necesidad de aceptación, de la búsqueda desesperada de una identidad que nos defina como seres humanos. Y de esa sensación de vacío a la que todos nos enfrentamos alguna que otra vez en la vida. Yogur|Piano propone al espectador una fiesta de los sentidos y las sensaciones en la que dejar nuestras cargas en el teatro, y salir de él vaciados, renovados para enfrentar un nuevo ciclo de vida; como si se tratase de hurgar en nuestra oscuridad para viajar hacia nuestra luz.

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Una fiesta de cumpleaños en una discoteca. Diversos invitados van llegando -algunos no saben muy bien por qué están allí ni recuerdan bien de qué conocen al homenajeado- mientras que el anfitrión no termina de aparecer. En la oscuridad de la discoteca y ante el ruido del musicón, los invitados intentan fingirse felices, desinhibirse, integrarse en la masa. Parecer normales, sentir que pertenecen a algo. Entre conversaciones entrecortadas y aparentemente -solo aparentemente- banales, nuestros personajes intentan a duras penas socializar, sin llegar verdaderamente a conseguirlo, porque hay algo -casi como una fuerza superior- que impide no sólo la comunicación entre ellos, sino también el entendimiento; pero algo nos recuerda que la imagen que proyectan al exterior poco tiene que ver con lo que ocurre dentro de ellos realmente: sus voces interiores nos demuestran que cada uno de ellos tiene su propio drama, y que todos están realmente muy lejos de ese ambiente festivo y desinhibido que quieren aparentar. Aunque todos se esfuerzan por esconder esa ansiedad interna, esta acaba por salir sin remedio -esa chica que grita desesperada como si no pudiese más pidiendo silencio en medio de la discoteca…-; y, de alguna manera, recordamos que todo lo que sube baja, que la coraza no nos protege por mucho tiempo. Y mientras esto sucede, mientras la comunicación útil no se producen, mientras los personajes luchan por ganar en el mundo de la apariencia, y mientras el público observa sin ser visto en la grada, el anfitrión que los personajes esperan sigue sin aparecer…

Sucede entonces un salto en la esfera narrativa: los acordes del Dido’s Lament dan paso a un nuevo mundo, un universo decididamente poético y con mucho de onírico en el que el público ve, ellos nos ven; y en el que por un momento cada personaje va vaciando ante nosotros sus verdaderos miedos, sus verdaderos huecos emocionales, sus vacíos… en una suerte de sesión terapéutica donde cada uno de ellos nos entrega lo más íntimo de su ser; invitándonos a implicarnos, a reflexionar con ellos, y a extrapolar su experiencia con las nuestras propias, desde nuestra esfera de intimidad silente. Es ahí cuando estalla la catarsis. Como todo es circular en esta obra, la función termina con una escena circular en el que el grado de intimidad público-actor se estrecha de manera individual, como si cada uno de nosotros fuésemos invitados a vaciarnos con ellos después de haber escuchado sus miedos, sus sueños y sus anhelos. Y, después, la nada… O tal vez un nuevo comienzo. Quizás la oportunidad de empezar de cero sin todo lo que nos hemos dejado ahí dentro, desprendidos de la carga que nos sobraba.

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Tiene Yogur|Piano algo mágico, algo de sensorial, algo de experiencia individual que -sin que el público tenga que participar activamente- seguramente moverá esferas muy íntimas de cada espectador. Y esa es sin duda una virtud; puede que su gran virtud. La dramaturgia de Gon Ramos seguramente no habrá descubierto la pólvora -vamos, que esto no es novedoso ni seguramente lo pretende-; pero sin embargo sí ha sido capaz de hablar de temas densos desde lo cercano, sin caer nunca en la pedantería ni en lo pretencioso -es difícil integrar lo filosófico y lo teórico en lo cotidiano, y aquí está plenamente conseguido-; y sobre todo encontrar un hermoso equilibrio entre lo poético y lo cotidiano. Hay además imágenes y mensajes muy potentes -esa madre intentando aligerar mediante el boxeo la tensión por la enfermedad de su bebé, que de alguna manera llama directamente al recuerdo de Liberto, de Gemma Brió; esa chica desesperada porque la miremos, por significar algo para alguien, y por encontrar la razón de su existencia; o la secuencia final, tour de force de intensidad para actores y público que culmina con la interpretación por parte de todos los actores en un único piano del tema “Yogur Piano”, de Sigur Ros, mientras nos recuperamos de la intensa escena anterior -créanme que se necesita-.

Entre todas esas virtudes -que no son pocas-, también encuentro no obstante algún aspecto susceptible de mejora. La inclusión del “When I am laid in Earth”, de Dido&Aeneas como paso de un mundo al otro, no termina de funcionarme: primero porque es un tema recurrente que ha sonado en tantas y tantas obras de teatro; y después porque si contamos con un contratenor para interpretarla -Jos Ronda- la elección es musicológicamente incorrecta -no olvidemos que Purcell escribe esta ópera para un colegio de señoritas…-. Dado el mensaje que se quiere transmitir, me atrevería a sugerir cambiar este momento musical por alguno de los ayres de John Dowland –”In darkness let me dwell”, por ejemplo: el mensaje es en mismo, pero se gana en originalidad y rigor musicológico-. En otro orden de cosas, creo que la escena de la confrontación con el público comienza como una experiencia intensísima, pero -en este caso concreto- siento que la repetición le resta intensidad: a riesgo de perder la circularidad de la escena -y aún siendo lo circular algo tan importante en esta obra- encuentro que la escena ganaría si el ‘tú a tú’ sólo se produjese una vez con cada espectador.

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La puesta en escena que firma Gon Ramos ha sabido sacar partido a un espacio como el de Labruc que puede resultar ingrato a primera vista, y convertir la cercanía casi impúdica con el público en algo fundamental para la propuesta: integrar al público sin resultar invasivo también me parece un gancho fundamental en el éxito incuestionable de la propuesta. No quiero pasar por alto un detalle: podríamos tachar erróneamente a esta obra de ‘teatro moderno’. Que lo sea o no es casi lo de menos; lo que honra a esta puesta en escena es que navega y mantiene la esencia misma del teatro. Podrá ser compleja en lo formal y lo narrativo y tiene un exigente y amplio componente físico; pero rehuye decididamente algunos lugares comunes que aparecen hasta la saciedad en este tipo de propuestas: aquí no hay ni micrófonos -cada vez más frecuentes en el teatro- ni desnudos que no significan nada, ni bucles de relleno para hacer ‘bonito’ ni otras cosas trillada que uno podría esperar encontrar en este tipo de teatro. Se nota -y se agradece- la voluntad clara de hacer teatro de hoy y para hoy, pero escapando del artificio; y esta es una de las grandes bazas de la puesta en escena. 

Nada que objetar a la entrega absoluta del elenco artístico. Se revelan como artistas multidisciplinares, y realizan un trabajo sincero; sin miedo como digo a trabajar con todos y cada uno de los asistentes. Son Itziar Cabello -muy logrado su estallido en la discoteca- Marta Matute -que se encarga de uno de los momentos más escalofriantes del montaje con los guantes de boxeo- Nora Gehring -que me arañó hasta el dolor con su monólogo; y fue la primera en encargarse de mí en esa secuencia final individual, regalándome una larga mirada en silencio casi terapéutico que me ayudó sin saberlo a crecer como persona- Daniel Jumillas -magnético en uno de los momentos de mayor pulsión poética del montaje- Gon Ramos -que además de escribir y dirigir ha tenido la capacidad de integrarse- y Jos Ronda -que se encarga de la parte musical- todos absolutamente volcados en la tarea de arrastrarnos con ellos a este mundo de onirismo, de liberación y de sanación a través de un viaje que nos haga desprendernos de la mochila del dolor. Rara vez se ve a una compañía tan entregada y tan compenetrada para transmitir un mensaje.

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Decir que es algo novedoso o nunca visto antes por el formato del espectáculo seguramente sería mentir; pero, sin embargo, se comprende que Yogur|Piano esté llamando la atención. Porque ataca desde la cercanía temática, rezuma honestidad y resulta una experiencia íntima, intensa y curativa. Porque difícilmente saldrá uno indiferente de esta experiencia -les va a tocar alguna fibra, por un lado o por otro-, y porque seguramente -a nada que nos entreguemos un poco- todos saldremos un poco más limpios y más liberados de lo que entramos. Y, sobre todo, está presente esa voluntad de hacer buen teatro.

H. A.

Nota: 4/5

Yogur|Piano”. Dramaturgia y dirección: Gon Ramos. Con: Itziar Cabello, Marta Matute, Nora Gehrig, Daniel Jumillas, Jos Ronda y Gon Ramos. COMPAÑÍA YOGUR|PIANO / ESPACIO LABRUC

Espacio Labruc, 17 de Septiembre (21.30 horas)

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