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‘Latente’, o la fábula de la existencia

septiembre 30, 2016

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Después de cosechar un buen número de premios y éxitos, se presentó en La Coruña Latente, un espectáculo unipersonal de Paula Quintana que trasciende la mera etiqueta del ‘teatro-danza’ para convertirse en un hecho decididamente teatral; que se vale de la danza para completar una narración que pretende ser una fábula sobre la existencia del ser humano, sobre los destinos escritos y nuestra (in)capacidad de rebelarnos contra esos destinos. Un tipo de teatro que se preocupa por contar y por narrar, y que prefiere integrar la danza como un elemento más del conjunto antes que colocar el texto como una mera excusa en un espectáculo de danza.

Nuestra protagonista se presenta en escena buscando a Paula Quintana, y se asegura de que no está entre el público. Ha de entregarle un paquete desde hace días y es incapaz de dar con ella; así que en vista del éxito, se sienta a esperar. Durante esa espera, la protagonista se confiesa con nosotros y repite una idea que será fundamental para el desarrollo de la trama: “ella no quiere ser astronauta, eso no está para ella”. En su tiempo de confesión, sin embargo, hay algo que denota que el personaje está marcado por la ansiedad, tanto a la hora de repetir mensajes como si quisiera convencerse de algo como en el grado de ansiedad que refleja su cuerpo. Una ansiedad oculta siempre por una sonrisa, por una necesidad de seguir viviendo con la sonrisa puesta y la cabeza alta que tal vez oculte una voluntad de huida, de escapada, que solo conoceremos al final… ¿Rebelarse o resignarse con lo que nos ha tocado? Es una de las preguntas que plantea este espectáculo.

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Se apoya Quintana para este espectáculo en un texto de Carlos Pedrós, que plantea una reflexión pequeña y sencilla pero sin embargo cercana; que no renuncia sin embargo a recursos auténticamente teatrales, tales como el absurdo -porque, empezando por esa espera casi beckettiana que emprende el personaje, en el discurso hay elementos claros de absurdo- o el uso de la repetición como signo inequívoco de la ansiedad que provoca en el personaje ese algo que conoceremos sólo al final. En este sentido, Pedrós sabe perfectamente lo que está manejando, y nunca es pretencioso a la hora de plasmar la pequeña fábula -casi un cuento- que plantea la historia. Esta sencillez juega como un arma de doble filo: por una parte da a la historia un aire naif, y por otro puede entenderse como algo que fomente el factor de cercanía entre el público y el personaje, precisamente por esa voluntad de sencillo y casi de infantil que desprende el discurso. En cualquier caso, creo que Pedrós sabe bien el tipo de texto que maneja; y desde lo pequeño, se mueve al público a una reflexión interesante sobre nuestras vidas. Se apoya además el espectáculo en una partitura de Juan Antonio Simarro, que tiene dos partes bien diferenciadas que se alternan: la onírica -cuando el personaje se abandona al sueño de la espera-; y la que acompaña a los momentos de corte más absurdo. Seguramente funcione mejor la primera que la segunda; que, aunque cumple su función, acaba resultando un punto cargante.

En este aire de sencillez que impregna toda la propuesta; puede que la puesta en escena -que firma Pedrós y que sitúa a la intérprete rodeada de diversos objetos- peque de icónica en exceso. Creo que no se necesita ver todo lo que se evoca en el texto; y pienso particularmente en un elemento que se evoca en el texto y aparece en escena -la carpa de circo- provocando que tenga que entrar un técnico en escena para introducirlo, en un efecto bastante feo… Este momento concreto es el que me ha hecho preguntarme sobre la verdadera necesidad de que todos los objetos que están en escena aparezcan realmente: creo que el texto -y más desde su carácter de onírico y absurdo- se basta por sí solo para que el público complete lo que falta.

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En Paula Quintana hay que valorar doblemente, tanto a la bailarina -de la que se puede decir, más allá de la impecable técnica; que tiene además una capacidad inusitada para dejar que toda la energía se contagie a su cuerpo empezando por una simple célula- como a la actriz -perfectamente válida- que se esfuerza por resultar cercana y entrañable para con el público. En cualquier caso, lo que hay que señalar es esa capacidad multidisciplinar en la que hay un equilibrio entre la faceta actoral y la faceta de danza: esto es, no resulta Quintana ni una actriz que danza ni una bailarina que actúa; sino meramente un cúmulo de ambas cosas. Para este tipo de espectáculo -que tiene, como digo, un componente teatral importante y en el que el texto no es ni un añadido ni una excusa- es un valor muy a tener en cuenta.

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Muy, muy poco público -menos de 50 personas- en el Teatro Rosalía Castro para la primera sesión de un ciclo de danza-teatro. No se sabe a qué achacarlo -era jornada electoral…-, pero en cualquier caso creo que es fundamental trabajar para fidelizar la existencia de un público que justifique el ciclo -que es amplio-. En cualquier caso, en Latente encontramos un espectáculo honesto y sencillo, que tiene la virtud de un formato capaz de atraer por igual tanto a público de teatro como a público de danza. Un espectáculo que creo que podría ganar todavía más si se simplificase -más- la ya sencilla puesta en escena.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

Latente”, de Carlos Pedrós. Con: Paula Quintana. Coreografía: Paula Quintana. Dirección: Carlos Pedrós.

Teatro Rosalía Castro, 25 de Septiembre de 2016

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