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‘Cuerdas’, o en el nombre del padre

noviembre 10, 2013

Ya lo he dicho muchas veces en este blog: en tiempos de crisis, a menudo saltan las sorpresas en las salas pequeñas. Si hace un par de semanas hablaba de un hermoso espectáculo en la Sala Guindalera, ahora es el turno de una propuesta que ha destacado en la cartelera madrileña en El Sol de York, sala joven y en imparable ascenso que en algo menos de un año ha conseguido hacerse un hueco en la cartelera madrileña con todo derecho. Estas últimas semanas ha presentado una producción de Cuerdas, de la dramaturga mexicana Bárbara Colio, que corre a cargo de la compañía Los Lunes.

Tres hermanos en la primera madurez y con sus vidas más o menos encaminadas que llevan ni se sabe cuántos años sin verse son citados por su padre –el mejor funambulista actual, y al que por cierto hace otro porrón de años que no ven- para presenciar su última actuación paseándose por la cuerda floja a muchos metros de altura. Y allá que se van, incluso aunque la madre abandonada lo desaconseje. Para llegar al destino, deberán viajar juntos durante largo tiempo. Y así tenemos ante nosotros otra historia con ese filón teatral sin límites que son las familias desestructuradas como punto de partida.

Un viaje lleno de dardos envenenados, de cosas que se callan, de cosas no dichas y cosas por decir, en el que los tres hermanos no solo son incapaces de tener una comunicación fluida, sino que además demuestran haber caído en unas existencias mediocres y miserables irremediablemente marcadas por la presencia –o ausencia- del padre en el pasado  o en el presente. El padre, el auténtico protagonista invisible. Ese padre que buscó criar a sus hijos a su imagen y semejanza, y de niños les obligó a intentar ser aquello que no querían ser; hasta el punto de dejar traumas que se quedaron prendidos en los hermanos hasta la actualidad. Ahora, siempre bajo la influencia del padre ausente; Paul, Prince y Peter -¿por qué todos con P?- son absolutamente incapaces de gestionar sus propias vidas ni juntos ni por separado; y eso es lo verdaderamente devastador del asunto: cada uno esconde su propio trauma personal, normalmente ligado a experiencias de la infancia y en relación más o menos directa con el padre…

Bárbara Colio tiene el acierto de saber medir el crescendo dramático, y hacer entrar al público en la gran tragedia de la familia desestructurada desde la comedia de situación: empieza escribiendo desde la ironía, desde los diálogos que mueven a la sonrisa, desde lo acidez distendida; pero va generando progresivamente todo un poso de basura que se hace más y más grande, y que determina que pasemos de la comedia pura a la comedia dramática poniendo mayúsculas en el drama; aún cuando todo esté narrado desde la ironía ácida más que desde la comicidad. Lo importante en esta historia es lo que los personajes esconden; y solo al final uno empieza a tomar conciencia de hasta qué punto las vidas de estos tres personajes están hechas trizas, porque todo parece indicar que ninguno de los tres podrá liberarse de ese lastre que supone para ellos la herencia familiar. De hecho, puede que el núcleo del desenlace –esperado y esperable desde el minuto dos: no estaba de más algún golpe de efecto sorpresa- no sea lo más importante de esta historia: lo verdaderamente devastador es pensar qué va a pasar con esos personajes después de lo que acabamos de ver. ¿A dónde van ahora? ¿Van a poder seguir adelante? Colio sabe dejar estas preguntas en el aire –y nunca mejor dicho- al terminar una función llena de ironía dolorosa; y lo mejor que tiene este texto es que deja que el espectador reflexione al terminar sobre aquello que acaba de ver, y complete las cosas que la autora no nos cuenta, porque quizá serían demasiado dramáticas como para incluirlas en una comedia. Personalmente, me hubiese gustado una mayor profundización directa en el drama; pero esto no resta méritos a la estructura del texto, notable.

Otra road-play que plantea importantes desafíos a la hora de subirla a escena, porque la acción transcurre en lugares tan diferentes como salas de embarque, interiores de avión, interiores de taxi o estados repletos hasta la bandera, sin que haya tiempo para hacer cambios escenográficos. Curiosamente, ya destaqué en su momento la capacidad de imaginación de Fefa Noia para levantar con muy pocos elementos pero fuerte sentido de la estética una propuesta de estructura hasta cierto punto similar salvando las distancias –porque también contaba con dos personajes en ruta- como era Días Sen Gloria, de Roberto Vidal Bolaño; que acaba de dirigir para el CDG. Ahora vuelve a reafirmarse como una directora con ideas y pulso firme. Le bastan apenas unos pivotes y tres butacas de avión –o asientos de taxi, o gradas, o lo que les toque ser…- para evocar miles de espacios en un escenario pequeño; y, sin embargo, consigue que el ritmo no decaiga a pesar de la desnudez escénica. Como el texto en sí mismo, Noia apela constantemente a la imaginación del espectador; pero hace muy fácil imaginar, porque todo sucede con mucha naturalidad. Hay otra virtud: sabe ponerse seria para contar una historia que en otras manos podría haber caído –erróneamente- en el registro de la telecomedia. Quizá habría que abreviar –o incluso a veces directamente suprimir- algún fundido entre escenas para redondear el conjunto y ganar un punto extra de agilidad.

Es sin duda una función fundamentalmente coral, donde los tres actores deben luchar por retroalimentarse entre sí más que por destacar sobre el compañero; y en este sentido los tres intérpretes –citados en estricto orden alfabético son Óscar de la Fuente, Quique Fernández y David Luque– trabajan de manera homogénea, perfilando bien las diferencias y semejanzas -que de ambas hay- entre los tres hermanos, y sabiendo cómo utilizar las pausas dramáticas por medio de miradas y silencios que cobran mucha importancia, porque representan muchas veces todo lo que hay por debajo de estos personajes. Se mueven en una línea notable general – en los tres casos brillan especialmente en los monólogos, porque son lo mejor de la obra incluso a nivel de texto-, demostrando que hay la suficiente química entre ellos y que tienen la función rodada, segura y bien atada. La proyección es la justa para una sala de estas características. Y, sobre todo, creen firmemente en el proyecto que tienen entre manos.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Cuerdas”, de Bárbara Colio. Con: Óscar de la Fuente, Quique Fernández y David Luque. Dirección: Fefa Noia. LOS LUNES.

El Sol de York, 2 de Noviembre de 2013

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