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‘Pequenas Certezas’, o un asunto de familia

noviembre 28, 2015

Espectáculo en lengua gallega

Ocurre rara vez ver dos espectáculos de la misma compañía en apenas tres semanas, y me ha pasado recientemente con Sarabela Teatro. Después de la decepción relativa que me supuso su reciente estreno de Ensaio sobre a Cegueira, he tenido oportunidad de ver su espectáculo inmediatamente anterior, Pequenas Certezas –Premio Internacional María Teresa de León para autoras dramáticas 2004- un texto de la autora mexicana Bárbara Colio –de la que ya he hablado en estas páginas con motivo de un montaje de Cuerdas-, con el que la compañía gallega consigue su más honesto –y mejor acabado- espectáculo últimamente. Y, no les engaño: después de lo grande que en mi opinión les había quedado A Idade da Pavía, de Arístides Vargas, tenía cierto temor por el resultado ante la elección de este texto.

Dos familias separadas en el espacio pero unidas sin saberlo por un personaje ausente. Mario –el hermano de Xoán y Sofía- desaparece misteriosamente. El tiempo pasa y no saben si darle por muerto, o si pueden esperar una llamada suya en cualquier momento, mientras los dos hermanos viven en un clima de tensión. Por otro lado, Natalia –la actual pareja de Mario-, viaja con su madre a otra ciudad, a casa de su novio; para saber qué ocurre con él y contarle que espera un hijo suyo. Como es de esperar, las dos familias no se conocen entre sí, porque ni Mario había hablado jamás a sus hermanos de Natalia ni ellos sabían que tuviese una pareja. Para rematar el conflicto, el desaparecido Mario parece haber dejado un regalito envenenado en forma de escritura que podría dar a Natalia –que desconoce que es la máxima beneficiaria- más de lo que los hermanos creen que le corresponde… En medio de este conflicto –en el que los cuatro personajes deberán no solo convivir, sino aclarar dónde está Mario y buscar una solución digamos amistosa al problema económico- tenemos también a Olga, la mejor amiga de Natalia –o eso dice ella…-, que busca claramente llenar un vacío existencial a través de las vidas de los demás.

Bárbara Colio escribe una función en dos planos, a medio camino entre la comedia de enredo y el drama que surge de situar en un mismo espacio a personajes inseguros, tensos, con necesidad de recibir cariño pero obligados a luchar ante una situación que no saben bien cómo dominar. Todo ello, claro, salpicado de trazos auténticamente mexicanos, puesto que la presencia de los muertos, el culto al recuerdo, o aquello que podríamos llamar atracción emocional irresistible movida por células interiores de nuestro cuerpo acaba cobrando especial relevancia en una trama que tiene también rasgos claros de realismo mágico –con esa Madre de Natalia, que siente presencias y es capaz de anticiparse a los actos de su hija adoptiva, como guiada por una fuerza superior-.

Más que el conflicto en sí, lo interesante en el texto de Colio son las relaciones que se establecen entre los personajes, la necesidad que tienen de querer, de ser queridos, de recordar… en un entorno en el que en principio no lo vayan a tener demasiado fácil. Personajes que trabajan con sentimientos normales, aunque tengan en sus características cierto toque digamos almodovariano –ese hermano neurótico y medicado carcomido por la culpa, que lo mismo nos da lástima que representa una amenaza, esa madre canalizadora, esa amiga perdida en la vida bebiendo sola en la barra de un bar…- que conviene mucho al conjunto. Hay además en la función de Colio algo de cinematográfico en la forma de disponer los espacios y las escenas, que hace que subirla a escena sea un reto –por la imposibilidad de plantear todos esos espacios de una manera digamos ‘realista’-. En fin, no podemos negar que estamos ante un notable texto de doble filo, con una carpintería teatral muy bien planteada y que tiene más capas de las que parece a primera vista; por más que plantee una serie de cuestiones que están muy radicadas en la sociedad mexicana de la que proviene la autora, porque desde luego la función del mundo de los muertos y su influencia son fundamentales para captar lo que Colio quiere contarnos, por más que se trate de un enredo familiar.

Como he comentado, la disposición espacial de las escenas –se pasa de la casa a la calle, de la calle a la consulta del ginecólogo, de la consulta a un bar, se vuelve a la casa en varias habitaciones, un tanatorio…- hace casi imposible ambientar esta función en un entorno realista. Y Ánxeles Cuña Bóveda plantea esta vez un montaje sencillo, que juega con proyecciones al fondo y un inteligente cambio constante en la disposición de pocos elementos, para sugerir unos espacios que el espectador deberá ir completando en su cabeza. Es una opción perfectamente válida –más que por la escenografía de Suso Montero, por lo mucho que ayudan las inteligentísimas soluciones de iluminación de Baltasar Patiño-; si bien no me llega a convencer la manera de modificar los espacios, con una solución que pretende ser un fundido a negro, pero que no impide sin embargo ver a los actores cambiando los elementos de lugar: retarda la trama en exceso y, para las pocas cosas que hay que mover, seguro que se podría haber encontrado alguna otra solución. Con todo, ese carácter de sencillez que respira la puesta en escena en una función que es ante todo de texto, de historia y de actores –y más aún después de las malas pasadas que precisamente las puestas en escena les habían jugado en producciones anteriores- es un acierto que va a favor del espectáculo: esencial y sencilla, pero funcional y al servicio del texto.

Honestidad general en un elenco en el que destaca por arriba por derecho propio la Madre de Elena Seijo, alzándose como verdadero elemento principal de la trama. Muy en su sitio tanto la sutil Natalia de Nate Borrajo como la sufridora y resignada Sofía de Sabela Gago –un personaje al que en el fondo le cae todo el marrón sin comerlo ni beberlo-; algo impostado Fernando Dacosta en un personaje peligroso que es un bombón –y que el actor mueve en un código mucho más lírico de lo decididamente realista que pide esta función-; y con momentos y en su sitio la Olga de Fina Calleja –por más que la actriz parezca estar bastante alejada de la edad que se le supone al personaje, y la dicción sea a veces un poco confusa-.

Pero el interés del espectáculo radica sobre todo en haber presentado un texto ciertamente interesante y nunca antes representado en España –según dice la autora en las escuetas notas al programa-, y comprobar que una compañía que siempre era solvente vuelve a enderezar su camino con este montaje, después de algunos pasos atrás. A veces la clave está en saber qué se puede montar con los medios reales de que se dispone, más que en la espectacularidad misma del montaje: y ahora sí, por aquí sí. Acierto.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“Pequenas Certezas”, de Bárbara Colio. Con: Fernando Dacosta, Elena Seijo, Nate Borrajo, Sabela Gago y Fina Calleja. Dirección: Ánxeles Cuña Bóveda. SARABELA TEATRO.

Teatro Rosalía Castro, 21 de Noviembre de 2015

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