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‘Hablando (Último Aliento)’, o no hay salida

abril 18, 2017

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Está siendo un mes plagado de textos comprometidos con la temática social, y que abordan cuestiones espinosas desde lugares espinosos. Si en el Pavón Teatro Kamikaze se ha estrenado hace unos días una nueva producción de Blackbird, de David Harrower -un texto no exento de polémica, en una propuesta igualmente polémica: se lo cuento en unos días…- en la pequeña Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero se presenta Hablando (Último Aliento), una obra de Irma Correa que revisa una lacra como es la violencia de género desde un punto de vista que aúna al mismo tiempo poética y crudeza. Un texto arriesgado y valiente, que ha optado por contar de manera más o menos poética una cuestión completamente realista; y sobre todo un texto que rehuye las moralejas o los finales de cuento de hadas para enseñarnos la realidad tal y como es: ahí radica buena parte de su valentía; pero quizá también buena parte de su poética.

Una mujer mantiene a otra amordazada y secuestrada a punta de pistola en un zulo, donde lleva ya un buen rato retenida sin que sepamos el motivo. “Dame una razón para matarte” le dice la secuestradora a su víctima al poco de empezar. Sorprendida ante tal pregunta, la secuestrada afirma que no quiere morir y le suplica que hablen, que se relaje y tengan una conversación. Este es el punto de inicio de un pulso en el que la rehén tendrá que luchar por convencer a su secuestradora de que la deje salir con vida de ahí, algo a lo que la mujer se niega en rotundo. Pero algo raro pasa: la secuestradora parece verse desbordada por la situación, se ve súbitamente atacada por el pánico y recibe continuas llamadas telefónicas que ponen sus nervios a prueba, y que a menudo no consigue coger. La cautiva tendrá que aprovechar esta circunstancia para intentar tomar el control de la situación, salvarse, y convencer a la mujer que la retiene de que lo mejor es que las dos se vayan de ahí. Parece, además, que la secuestradora aguarda la llegada de un hombre -el hombre que no cesa de llamar- que podría ser el auténtico instigador del plan de secuestro: a pesar de todo, la víctima insiste en que ambas deben salir del zulo antes de que él llegue, en un tenso diálogo en el que acabaremos por comprobar que las fronteras entre ambas no son tan amplias como parecían en un primer momento, y que tal vez las dos mujeres -víctima y verdugo- no sean tan distintas como pudiéramos pensar. Tal vez haya lugar para un acercamiento, tal vez efectivamente haya un hombre que sea el verdadero instigador de todo… pero, ante un hipotético acercamiento, ante una unión de ambas mujeres, puede que el resultado sea mucho más terrible que la propia realidad que imaginamos, en una historia en la que -después de todo- no hay salida.

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Es complejo hablar del texto de Irma Correa sin desvelar del todo la verdadera naturaleza de lo que se nos está contando. Podríamos decir que estamos ante algo que comienza con una estructura de thriller clásica -dos personajes en un espacio cerrado, con uno de ellos en situación de supremacía sobre el otro-, pero que enseguida hace subyacer una historia subterránea que se va desvelando poco a poco y que esconde un fondo mucho más negro que el de la propia situación de partida. Un texto que se vale de ciertos recursos poéticos -no se puede desvelar mucho más- para plasmar un discurso realista; y un texto crudo en el sentido de que, efectivamente, no ofrece a estas mujeres otra salida que la de luchar por salvar su propia dignidad -¿lo único que les queda?- puede que a cualquier precio. Un thriller con el ritmo y el tono bien medidos; y con una sorpresa final de libro -¿y qué thriller no la tiene?-, que seguramente captará el espectador más atento a ciertos detalles; pero que sin embargo no chirría, no aparece forzado y es bien asumible si tenemos en cuenta los presupuestos de lo que podríamos dar en llamar ‘realismo poético’ -que no realismo mágico- en los que parece moverse esta historia. Un texto de mujeres sometidas a un hombre, donde no caben finales felices: algo así como un crudo cuento para adultos.

El enfoque de la historia -que, como digo, no se puede desarrollar sin destripar la sorpresa final, perfectamente coherente con lo que se ha visto hasta el momento- levantará seguramente ampollas entre el público, generará debate por lo que cuenta y el punto de vista nada amable que ofrece -como ocurría con El Plan, como ocurre con Blackbird…-; y es especialmente interesante resaltar aquí el hecho de que estamos ante una obra escrita por una mujer, sobre mujeres en una dura encrucijada y que prefiere el enfoque realista, y escapa de la autocomplacencia. Esto automáticamente hace que surjan una serie de interrogantes a debate: buena parte de la polémica que generará este texto seguramente venga dada por el hecho de estar escrita por puño y letra de una mujer, que sin embargo toma partido por sus personajes femeninos de una forma muy particular -todos pagan un precio, ellas aquí también…-. Intuyo que, seguramente, lo que se esperaría de una voz femenina abordando esta temática sería que ofreciese a sus personajes otro tipo de salida, que moviese al espectador a la reflexión desde un lugar más cómodo, más pasivo. Ese era el camino fácil: Irma Correa, sin embargo, ha optado por la opción más difícil -en este caso es también la opción más valiente- enfocando su trama desde el único sitio posible: el del realismo, un realismo que también increpa directamente al espectador; pero que no le deja suponer nada, limitándose a exponerle los acontecimientos en toda su crudeza. Es una opción francamente valiente, y hay que felicitar a Correa por ello. Me atrevo a suponer que si esta misma historia la hubiese escrito un hombre buena parte del público se le habría echado encima; e incluso que habrá parte del público levantará ampollas contra la propia Correa por preferir una lectura realista antes que una lectura feminista… pero, sin embargo, tengo la sensación de que la historia está contada como debe, con todas las de la ley.

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La puesta en escena de Ainhoa Amestoy se enfrenta al siempre complicado espacio de la Sala de la Princesa -aunque fíjense que esas columnas que son casi siempre un incordio aquí me habrían dado juego dado que se trata de un secuestro, y en ese sentido creo que no están explotadas como se podría-. Se vale de una escenografía -Elisa Sanz- a medio camino entre lo poético y lo realista, iluminada de forma muy expresiva por Marta Graña. Ha tenido el acierto de colocar a ambas intérpretes en perfiles y tonos convincentes -cosa nada sencilla si se tiene en cuenta que la acción transcurre en una situación límite en la que podría tenderse al desparrame-, y ha calibrado bien los tiempos del trhiller, controlando el incuestionable crescendo dramático. Ahora bien, creo que en su puesta en escena da demasiadas pistas acerca de lo que verdaderamente pasa antes de tiempo sin demasiada necesidad real: es, sin duda, una opción; pero tal vez habría que dejar estallar la sorpresa sin sembrar tantas pistas previas -hay, particularmente un detalle de vestuario revelador en el que me fijé pronto y que seguramente habría que ocultar para no permitir al público elucubraciones tan claras (sin contar mucho: convendría que no se vea con esa claridad lo que una de las actrices lleva bajo la chaqueta porque entonces el que se fije estará a un milímetro de descubrir el pastel). Hay, eso sí, una concesión hacia lo poético -el baile, que parece congelar por un momento el tiempo (curiosamente en Blackbird hay una escena similar)- que detiene por un momento la tensión dramática, y que seguramente ganaría si se enfocase desde un lugar más realista – más si se tiene en cuenta que ambos personajes están en ese momento, en mayor o menor medida, bajo los efectos del alcohol-. Incluso el final -con un apéndice musical que inclina la balanza a lo poético- tendría mayor impacto de servirse de forma más contundente, cerrando la trama sin añadidos. Estas sugerencias no invalidan sin embargo una puesta en escena que cumple con su cometido, tiende a manejar bien los códigos del thriller y salva con nota las dificultades de espacio.

En el mano a mano entre ambas actrices, hay que destacar que Lidia Navarro está verdaderamente formidable en un personaje -el de la secuestradora- que tiene todas las complejidades que uno se pueda imaginar, tanto por el complejo arco que atraviesa -contar más sería destripar la trama…- como por el grado de intensidad en el que está servido: ha de estar desquiciada, en distinta medida, a lo largo de toda la función; y Navarro ha conseguido encontrar el punto justo para resultar convincente sin ser histriónica ni cargante y dejar traslucir un halo de extraña vulnerabilidad que acabará cobrando mucho peso. El asunto no estaba fácil, estaba lleno de escollos; y Navarro los salva uno a uno con sobresaliente. Le sirve de contrapunto Muriel Sánchez -una secuestrada que, por cuestiones de trama que no puedo desarrollar aquí, podría haberse tomado alguna licencia poética alejada del realismo, cosa que afortunadamente no ocurre- en un trabajo generoso que ha tenido el acierto de saber mantenerse en un adecuado segundo plano, quedando en el punto exacto y necesario para ayudar a engrandecer el trabajo de su compañera, sirviéndole en bandeja los puntos de tensión: por la escritura del texto, esa es la opción más indicada. Interpreta la banda sonora en directo David Velasco.

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Buen espectáculo, con un texto valiente y arriesgado, nada condescendiente; que con toda probabilidad levantará alguna ampolla -¿acaso no está para eso el teatro?- y servido con interpretaciones de notable nivel, en un montaje que en general maneja la técnica del thrilller, pero que aún podría redondearse de apostar por un enfoque más oscuro, que esconda la verdadera naturaleza del texto hasta sus últimas consecuencias. Pero, con todo, siempre es una buena noticia encontrar textos valientes que aborden estos temas con esta contundencia. Una última cosa que no quisiera pasar por alto: la idea del diseño del cartel -la firma Isidro Ferrer- no podría ser más desafortunada, banalizando alegremente una cuestión que -afortunadamente- el texto está lejos de tratar con esa banalidad.

H. A.

Nota: 3.5/5

Hablando (Último Aliento)”, de Irma Correa. Con: Lidia Navarro y Muriel Sánchez. Voz: Daniel Albadalejo. Músico en vivo: David Velasco. Dirección: Ainhoa Amestoy. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 13 de Abril de 2017

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