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‘Blackbird’, o lo mediático desde la esfera de lo íntimo

abril 21, 2017

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Les decía hace unos días con motivo de mi reseña acerca de Hablando (Último Aliento) que la cartelera madrileña está plagada estos días de textos contundentes que provocan debate y controversia sobre ciertos temas de índole social. Ahora, El Pavón Teatro Kamikaze presenta la que es la primera producción española en castellano -se ha montado en catalán en otra versión hace algún tiempo- de Blackbird, un texto que David Harrower estrenó en 2005 y que pone sobre la mesa un potente dilema sin respuesta sobre temas como los límites de la legalidad, las fronteras del amor y cómo un tema tabú para la opinión pública puede ser contemplado como ‘normal’ para los personajes que habitan esta obra. Un texto que plantea una situación, plantea una problemática y la expone; pero sin embargo nunca da respuestas tajantes y evita el posicionamiento, potenciando el debate y dejando que sea el propio espectador quien haya de llevarse el debate a casa.

Recién cumplidos los 30 años, la joven Una visita por sorpresa a Ray, un hombre de 55, en su puesto de trabajo. Hace años que no se ven y está claro que a él le incomoda la visita de ella, procurando que se marche lo antes posible. Pero ella se resiste a irse, viene a volver a mirar a la cara al hombre que ha marcado su vida. Y es que, cuando Una tenía 12 años mantuvo una controvertida relación que llegó hasta la cama con Ray, que por aquel entonces tenía apenas 40. Una relación que comenzó como un juego marcado por una extraña e incontrolable fascinación mutua; y que supuso la primera experiencia sexual -consentida- de Una; e incluso su primer desengaño. Una experiencia que, por supuesto, marcó la existencia de la joven, sometida a la presión de un juicio, a los dedos inquisidores de todo un pueblo y al intento de sus padres de reconvertir a la joven en un ser que superase el trauma a cualquier precio y volviese a convertirse en un ser presentable para la sociedad. Algo que parece que Ray -que se ha cambiado el nombre y ha rehecho su vida junto a una nueva pareja- ya ha dejado en el pasado, pero que Una no ha conseguido olvidar. Y ahora, en este último cara a cara, Ray y Una han de encontrar la forma de cerrar este capítulo para poder seguir con sus vidas. Una tiene preguntas sin respuesta, quiere comprender lo que ella interpreta como un abandono donde ella veía algo puro; mientras que Ray sostiene que lo que sentía por ella era algo más sincero que meramente morboso. Esta situación, esta noche en soledad, removerá sentimientos en ambos; los dos en nuevos momentos de sus vidas, en un viaje sin vuelta atrás en el que deberán resolver sus cuentas pendientes para poder seguir viviendo.

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Conocí Blackbird leyendo su versión original hace ya alguno años, y ya entonces me pareció un gran texto. Ahora que ha llegado a España, debo señalar no sin sorpresa que muchos han señalado que Blackbird es una historia de amor. Afirmar algo así me parece, como mínimo, complejo de sostener. Creo que Blackbird -más allá de la controversia central que afronta, como es la frontera entre lo que es abuso a menores y el amor: una cuestión que, al fin y al cabo se ha tratado en muchas otras obras literarias, desde Death in Venice, de Thomas Mann hasta Lolita, de Nabokov, por citar sólo algunos ejemplos claros- no pone sobre la mesa algo que no se haya visto antes; y, es más, creo que la verdadera temática que importa en esta obra es la de la capacidad de perdón, la de la redención; y la de la capacidad -o no- de los personajes de soltar lastre, de cerrar una página para poder seguir con sus vidas. Todo ello enmarcado en una polémica que seguramente convierta un asunto personal en un escándalo social. Y ahí está otra de las claves de la obra: estamos ante una relación consentida -por polémico que este concepto pueda parecer-; y, sin embargo, ambos personajes han visto sus vidas golpeadas y zarandeadas por la opinión pública. David Harrower, sin embargo, acierta al alejar a esa opinión pública de su relato, y poner el foco en los personajes: cuenta un escándalo social desde la esfera de lo íntimo, ofreciendo la oportunidad de que puedan expresarse y desnudarse ante nosotros, con sus motivaciones, sus miedos y sus errores sin que nadie más que el espectador pueda juzgarles. Creo que estas dos particularidades -la de escribir desde la esfera de lo íntimo y la de no juzgar en ningún momento a sus personajes- son las dos grandes razones que hacen especialmente interesante este texto, que pone una cuestión espinosa -pero no nos engañemos, no es nueva y por tanto ya no debería escandalizar a nadie- abordando lo mediático desde la esfera de lo íntimo. Una función que elude dar respuestas o posicionarse; porque es, ante todo, una obra de personajes. Y no olvidemos que parte del dolor, parte de la carga que arrastran Una y Ray la ha provocado la sociedad misma.

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Recalco varias veces que creo que Blackbird es y ha de ser una función de texto y de personajes; una función en la que me parece importante el factor intimidad; e incluso una función que no requiere de grandes adornos -más allá de dos excelentes actores-, porque el texto en sí mismo ya es lo suficientemente potente. La presente producción se presenta en una traducción de José Manuel Mora -que diría que ha extremado el sentido de algunas partes del texto- y dirigida por Carlota Ferrer: un dúo que ha dado al teatro español contemporáneo algunos de sus éxitos recientes más sonados; pero que tal vez no responda a ese carácter íntimo que creo que este texto demanda a gritos.

Todos sabemos que Carlota Ferrer es una directora con una personalidad y unas señas de identidad arrolladoras. Señas de identidad que han funcionado a las mil maravillas cuando dirige textos del propio Mora -más allá del exitazo de Los Nadadores Nocturnos, me gustaría recordar el gran impacto que me produjo en su momento Fortune Cookie, un montaje interesantísimo a todos los niveles que, sin embargo, pasó de tapadillo por la cartelera-. Aquí, sin embargo, creo que los presupuestos estéticos tan personales de Ferrer no terminan de encajar en la naturaleza de Blackbird como sí lo hacían en otros textos que la madrileña ha dirigido con anterioridad.

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Sobre una escenografía visualmente espectacular de Mónica Boromello -que sitúa a los personajes encerrados en una habitación en lo alto, mientras que reproduce una ciudad en miniatura en primer término-, Ferrer comienza dirigiendo la función como lo que parece ser: una obra de texto y de personajes. Es hermoso el efecto de tener a Una y Ray recluidos -encerrados- en una mínima parte del escenario; y esto potencia aún más el carácter íntimo del que hablo algo más arriba. Sin embargo, hacia la mitad de la función, parece que Ferrer no puede resistirse a desplegar todo su imaginario sobradamente conocido -se usan micrófonos sin una función dramatúrgica especialmente clara (…pero esto pasa cada vez en más funciones), hay baile para romper la tensión dramática en favor de la poesía, hay canciones por el mismo motivo y hay escenas proyectadas en vídeo que no forman parte del texto original…-, rompiendo de alguna manera el carácter íntimo de la propuesta en favor de una poética que va mucho más allá. Nadie que vea este montaje podrá negar el sello personalísimo de Carlota Ferrer; pero mi sensación -siendo un espectáculo interesante en lo estético- es que esta obra requiere de una tensión íntima entre los dos personajes que de alguna manera se rompe si permitimos ciertas licencias poéticas que son marca de la casa -y que, como tal, podrán gustar a los seguidores del trabajo de Ferrer-; pero que aquí se quedan en un mero adorno del que yo personalmente hubiese prescindido. Es atractivo, pero no sé si Blackbird pide algo así… Otro tema: creo que la espectacular escenografía de Boromello no está del todo bien aprovechada -el plano ‘bajo’, el de la ciudad, apenas se usa en un par de momentos-.

En cuanto al tratamiento del texto, no sé si por la traducción de Mora, por el enfoque de Ferrer o por ambas cosas; lo cierto es que se ha extremado el carácter de los personajes -especialmente el de Una- para conducir a un resultado que se me antoja bien diferente. Más allá de que se haya reconvertido algunas escenas en algo bastante más explícito de lo escrito en el original -hablo, claro, de esa escena de Ray y Una al borde del coito en el sofá, en lo que debería ser un breve momento de debilidad entre ellos…-, la curva del personaje de Una -que entra demasiado relajada y acaba rebajándose hasta los límites de la humillación…- acaba provocando que tal vez el espectador tome partido por el personaje de Ray -porque ella parece estar tan desquiciada y fuera de sí, que creo que todos acabamos deseando que la mujer entre en razón y se vaya, dejando a su ex amante en paz-: curiosamente no tuve esta sensación leyendo el texto -en el que nada más que las diferentes posibilidades a la hora de leer un texto parece indicar que Una llegue a estos extremos de degradación-. Así, de alguna manera creo que Ferrer ha hecho una particularísima lectura del original -y no sólo hablo de los añadidos, sino del tono en el que aparece leída la función- que lleva a conclusiones que seguramente puedan sorprender a quienes conozcan el texto previamente. La secuencia nueva proyectada al final, a todas luces sobra. Es una opción, por supuesto -y hasta diría que una opción coherente y consecuente con el estilo de la directora-; pero creo que esta obra pide algo más íntimo, donde la fuerza del texto actúe por sí misma.

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Están bien ambos actores en una función nada fácil, pero creo que hubiesen podido brillar todavía más en un montaje más centrado en la palabra y en la dirección de actores que en este, en el que el envoltorio tiene un peso casi tan importante como el texto. Como Una, Irene Escolar aborda un personaje que le da grandes posibilidades de lucimiento; incluso si el enfoque del personaje -extremo en exceso- es, como mínimo, complejo de defender. Hay que aplaudir el ejercicio de contención general de la intérprete -sólo muy, pero que muy pasada de revoluciones en la escena final, pero intuyo que esto se lo han marcado así-. Tal vez ganaría enteros si calibrase aún más el arco del personaje -la encuentro demasiado relajada al principio, por ejemplo-, pero es un trabajo desde la sinceridad, que huye de trucos baratos en los que bien podría haber caído. A su lado, sin embargo, es el Ray de José Luis Torrijo el que se roba la atención, en uno de sus mejores trabajos teatrales: porque ha construido un hombre real, potenciando la cara más humana y más amable de ese hombre que podría parecer el malo de la película si simplificamos la historia -cosa que aquí, gracias a Torrijo, nunca sucede- que se encuentra ante un fantasma del pasado ante el que debe expiar sus culpas. Hay en él una tensión natural, bien calibrada, en un personaje que podría parecer complicado de defender; pero que Torrijo lleva adelante de forma sobresaliente. Puede que eche en falta una mayor tensión latente entre ambos en algunos momentos para redondear la propuesta; pero esto también va en consonancia con una propuesta que ha preferido enfocar la obra desde otro prisma. Junto a ellos interviene en un papel breve que defiende sin problema alguno la joven Alba de la Fuente, que por cierto, inexplicablemente no aparece acreditada por ninguna parte -ni en la cartelería, ni en el programa de mano, ni en la web del teatro… me ha costado lo suyo dar con su nombre-.

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Con todo lo importante que es que esta obra tenga por fin su versión española; creo que esta vez Carlota Ferrer ha impuesto su estilo personalísimo -que tan bien le va a otras propuestas- a un texto que seguramente no necesitase de añadidos: sin desmerecer a esta versión, de gran factura visual, creo que un enfoque más íntimo y más concentrado en la verdadera naturaleza del texto, seguramente haría subir enteros al resultado final: puede que el espectáculo resultase más pobre en lo visual; pero el poder del texto daría -aún- más de sí sin añadidos ni licencias que son lícitas pero no necesarias.

H. A.

Nota: 3/5

Blackbird”, de David Harrower. Con: Irene Escolar, José Luis Torrijo y Alba de la Fuente. Dirección: Carlota Ferrer. EL PAVÓN TEATRO KAMIKAZE / XXXIV FESTIVAL DE OTOÑO A PRIMAVERA DE LA COMUNIDAD DE MADRID / CALLE CRUZADA.

El Pavón Teatro Kamikaze, 14 de Abril de 2017

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