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‘Sueños’, o el encanto de lo críptico

abril 20, 2017

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El de Sueños -la teatralización de Sueños y Discursos de Quevedo en versión de José Luis Collado y dirección de Gerardo Vera- seguramente será uno de los estrenos más esperados de la temporada. Una temporada en la que la Compañía Nacional de Teatro Clásico -coproductora del montaje- está atinando bastante, dicho sea de paso. Y no defraudó: con un amplio elenco actoral, Gerardo Vera ha salido airoso del reto de levantar esta complejísima obra dialéctica, alegórica y casi críptica -un texto muy alejada de los versos satíricos que ensalzaron al autor- como un espectáculo total y global, que toma los Sueños; pero también algunos de los versos más reseñables de la poesía amorosa quevediana e incluso momentos de la vida del autor; en una propuesta tan compleja -y por momentos hasta indescifrable- como incuestionablemente atractiva, tanto a nivel de interpretación -con Echanove en el que puede ser uno de sus mejores trabajos en teatro desde aquellas intensas interpretaciones al mando de Calixto Bieito en Plataforma y Desaparecer– como a nivel estético, en una propuesta que puede que por momentos resulte algo sobrecargada -barroca, al fin y al cabo-, pero tiene un atractivo visual fuera de toda duda.

Físicamente ya muy afectado, y recluido en algún tipo de sanatorio -nunca llegamos a saber si mental, de reposo o de qué clase- Quevedo -que ejerce una incontrolable fascinación en el médico y la enfermera que se encargan de de sus cuidados- se ve abordado por sus fantasmas y sus obsesiones. Es el inicio de un viaje a tres bandas, en el que efectivamente el autor español aborda tanto su reclusión en la clínica, como un recorrido por el mundo alegórico de sus Sueños -un infierno blanco habitado por seres simbólicos a medio camino entre la locura y el más puro desenfreno- y un repaso por algunos episodios de la historia de España, que marcan irremediablemente la vida del escritor. Así, Quevedo se perderá en el recuerdo de Aminta como su ideal amoroso, caminará por ese purgatorio en el que unos y otros expían sus culpas y al que quieren arrastrarle o se enfrentará a la censura de la Santa Inquisición, que prohíbe algunos de sus escritos por considerarlos blasfemos o poco decorosos; mientras apura sus últimos momentos en la clínica, aupado por esa suerte de estandartes que son el Médico y la Enfermera, puede que a la vez representación del pueblo que otorga a Quevedo esa grandeza que la censura le niega.

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Por su complejidad, y su capacidad críptica y alegórica, no estaba fácil como digo convertir los Sueños de Quevedo en un espectáculo teatral que reuniese el ritmo y la entidad suficientes como para mantener la atención del público. En otras palabras: al hecho de tratarse de uno de los textos más complejos de Quevedo -quien espere al Quevedo más ligero, que se quede en su casa…- hay que sumar la escasa teatralidad de este texto, al menos sobre el papel. Y, sin embargo resultado de la versión de José Luis Collado -apoyada en una intensa dramaturgia de Gerardo Vera, que ha ampliado mucho contenido, de manera que caben alegoría, poesía, crónica vital y crítica social en un mismo espectáculo, sin chirriar- acaba resultando un viaje denso, pero verdaderamente fascinante para el espectador. Puede que el ritmo narrativo se torne en ocasiones confuso -tanto ir y venir de planos, realidades, referencias y fechas tal vez haga que el espectador no sepa de dónde viene y adónde va; y sin embargo resulta casi imposible no dejarse arrastrar por la belleza estética de lo que se ve, por la intensidad de lo que se escucha y por un espectáculo que ha logrado no sólo tener una teatralidad poderosísima -la tiene-, sino también -y sobre todo- un sentido del ritmo implacable; muchas veces con acciones paralelas en escenario y platea. ¿Es un espectáculo complejo, por momentos críptico y hasta indescifrable? Seguramente. Pero aquí hay algo que termina por alzarse por encima de eso y que convierte estos Sueños en una experiencia inolvidable.

De pocos elementos escénicos precisa Gerardo Vera -un espacio blanco diáfano con varios paneles y pantallas que suben y bajan y algunos pocos elementos escénicos para separar tiempos y espacios, en un montaje apoyado en una potente caracterización de personajes y una iluminación que potencia muy bien las diferentes atmósferas, siempre subrayando esta idea de limbo o infierno blanco en el que transcurre tdo. Un espectáculo de marcado carácter estético, al que seguramente le sobren unas videoproyecciones de los actores que son casi constantes y no siempre aportan algo verdaderamente interesante: es más, con la cantidad de cosas que pasan en escena, a veces uno ni repara en que están ahí. Un montaje en el que constantemente ocurren cosas que ver en escena -y no sólo en escena-; pero que sin embargo Vera ha sabido dirigir con pulso firme, de forma que nunca hay sensación de descontrol, o de exceso: muchas situaciones acaban conduciendo a cuadros de hermosa plasticidad. Y una propuesta que ha tenido sumo cuidado tanto por la selección musical -que incluye desde Monteverdi hasta Bach en las transcripciones para orquesta de Leopold Stokowski, que por cierto les sientan como un guante a los versos de Quevedo- como por la administración de planos visuales. La interacción con el público está bastante bien integrada, y sólo algunos momentos pecan de cierta sobrecarga estética -las primeras apariciones de la Muerte, por ejemplo-; aunque esto en una obra insertada en los cánones barrocos quizá hasta puede volverse más una virtud que un defecto. A fin de cuentas, un espectáculo de cuidada factura y de belleza estética incuestionable.

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No es fácil tampoco encontrar un reparto de diez actores en el que todos estén entonados, cada uno tenga su momento y la labor de grupo e individual ofrezca una propuesta que funciona como un mecanismo de relojería. Y aquí lo hay. Todo gira alrededor de ese astro que es el Quevedo de Juan Echanove -que regresa al rol que ya interpretase en Alatriste, de Agustín Díaz Yanes, hace más de una década; pero abordándolo ahora desde un prisma bien distinto-. Un Echanove verdaderamente enorme en una interpretación que justificaría por sí sola la visión del espectáculo; y que nos recuerda el inmenso actor que es: rara vez se encuentra uno a un intérprete de esta categoría entregado a la causa con estos niveles de implicación tanto a nivel físico como a nivel de texto. En este trabajo de Echanove -que personifica al Quevedo acabado, tocado, hundido; lejos de la imagen jocosa de tiempos mejores, potenciando un componente melancólico en el que Echanove se mueve con inusitada comodidad y gran aliento poético- el espectador va a escuchar -y lo digo sin exagerar un ápice- algunos de los versos mejor dichos en varias temporadas de la Compañía Nacional de Teatro Clásico: es un goce escuchar la poesía de Quevedo con esa claridad de dicción y con esa intensidad en la que prima siempre el sentido del texto sobre el ritmo de la métrica. Todo es de admirar en lo que hace Echanove en este espectáculo, pero si sólo fuese por escucharle decir algunos de los sonetos de amor como lo hace aquí -y fíjense que es una parte mínima del espectáculo- ya habría que ir a verlo de cabeza. Un grande.

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Sin que nadie del resto del elenco desmerezca, todos están un peldaño por debajo del titánico actor, en un espectáculo que además parece creado a mayor gloria de Echanove. Todos se desdoblan en varios papeles de diversas índoles -con lo que esto les deja menos margen para crear roles con entidad propia- y todos encuentran algún momento de lucimiento personal por unas cosas o por otras. A Lucía Quintana (Aminta y la Enfermera) le conviene especialmente este tipo de teatro -el verso- y su rendimiento aquí da buena muestra de ello: tener que acabar algunos de los más conocidos versos de Quevedo cuando ha empezado a decirlos Echanove en la manera en que los dice es una tarea ardua, y Quintana sale bastante airosa. Óscar de la Fuente se maneja bien en papeles de marcado perfil histriónico, a los que es difícil pillarles el punto justo: no me pregunten cómo, pero de la Fuente se lo encuentra, disfruta de la caricatura y sabe frenarla en el momento exacto en el que podría bordear una astracanada que -por fortuna- nunca llega. También Abel Vitón aparece cómodo en una caracterización que se presta al exceso, pero que sin embargo él maneja con una dignidad que no cualquiera alcanzaría. Markos Marín y Chema Ruiz -grandes actores aquí en cometidos más breves- no dejan pasar ni una oportunidad de brillar; del mismo modo que Eugenio Villota saca oro de su momento como el Desengaño. Nunca he visto mal a Marta Ribera -seguramente la intérprete más completa del momento en el musical español- y tampoco está mal aquí -en una función puramente de texto-; pero acaso me quede la sensación de que esto sólo le deja mostrar una mínima parte de sus amplísimas capacidades. Antonia Paso impone su ya conocida vis cómica marca de familia; y se mueve con soltura y descaro en la que quizá sea la escena que implica al público de manera más directa -y ya saben que manejarse bien en estas lides nunca es cosa sencilla-. Ferrán Vilajosana, por su parte, mantiene el tipo en un rol extenso pero que se presta menos al lucimiento personal, porque se centra más en servir escenas a otros compañeros.

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Lo que encontrará el espectador que asista a ver estos Sueños es un espectáculo complejo y ambicioso; en el que puede que no siempre sea fácil seguir el hilo argumental -y al que algunas decisiones de dramaturgia excesivamente complejas tal vez perjudiquen: a veces menos es más-; pero que cautiva tanto por lo potente de su componente estético -incluso en su exceso-, y por lo cuadrado que resulta todo el espectáculo. Pese a todo, hay que aplaudir la valentía de haber convertido en un espectáculo de teatro de primera clase un texto que no ponía las cosas fáciles a primera vista: será críptico; pero está lleno del encanto de lo indescifrable. Y, por encima de todo, se eleva el mayúsculo trabajo de Juan Echanove, que incluye algunos de los más gloriosos momentos de verso que se hayan escuchado en la Compañía Nacional de Teatro Clásico en tiempos recientes: un trabajo que nadie que aprecie el teatro de primer nivel debería perderse.

H. A.

Nota: 4/5

Sueños”, versión libre de José Luis Collado a partir de “Los Sueños”, de Francisco de Quevedo. Con: Juan Echanove, Óscar de la Fuente, Markos Marín, Antonia Paso, Marta Ribera, Lucía Quintana, Chema Ruiz, Ferrán Vilajosana, Eugenio Villota y Abel Vitón. Dirección: Gerdado Vera. COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO CLÁSICO / LA LLAVE MAESTRA / TRASPASOS KULTUR.

Teatro de la Comedia, 13 de Abril de 2017

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