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‘Yo Feuerbach’, o esperando a Lettau

abril 18, 2017

CARTEL-EN-BAJA-

A pesar de su cortísima estancia de apenas tres semanas en la capital -las entradas volaron y lo lógico sería que regresase por una temporada más larga-, Yo, Feuerbach -la función escrita a mediados de los años 80 por Tankred Dorst protagonizada en esta ocasión por Pedro Casablanc- enseguida se convirtió en uno de los éxitos más sonados de la cartelera del pasado año. Emprende ahora larga gira, para que todos aquellos que no pudimos verla en su momento podamos recuperarla.

Feuerbach, actor de renombre que ha llegado a lo más alto pero lleva siete años sin trabajar por causas que en principio se desconocen, acude a una audición con el señor Lettau, prestigiosísimo director con el que ha colaborado en numerosas ocasiones y que ahora podría suponer el gran espaldarazo en su vuelta a los escenarios si le ofrece el gran papel con el que retomar su carrera. Pero al llegar al teatro, Feuerbach se topa con el ayudante de Lettau: un joven que lleva apenas cinco años en el mundo del espectáculo -y que, por tanto, no sabe nada de la existencia ni de la gloriosa carrera pasada de Feuerbach-. En esta situación, Feuerbach tendrá que enfrentar una espera que nunca termina en un cara a cara con un tipo que termina siendo un botarate más preocupado por sus whatsapps que por la creación dramática misma. Durante este tiempo de espera -que para Feuerbach podría suponer la antesala de su regreso a las tablas… o tal vez un reencuentro, un cara a cara sin vuelta atrás con su propia problemática vital- el espectador asiste a una especie de combate dialéctico -en una pieza de ese género que doy en llamar con frecuencia monólogo interruptus: porque, aunque es el asistente el encargado de soportar los envites de Feuerbach, y avivar la llama en ciertos momentos; es Feuerbach quien lleva a todas luces el peso de la acción meramente textual- en el que se pasa revista al amor casi místico de Feuerbach por el teatro, a sus formas de técnica y a su manera de entender el arte del teatro y del actor como algo casi sacro -en contraposición con la visión más ‘sistematizada’ del asistente de dirección-; pero también al desmoronamiento de un divo que se ve las caras con una vida que quizá haya bloqueado, de la que tal vez prefiera huir. Un hombre desesperado por obtener una oportunidad que le permita salir adelante; una oportunidad de un sistema que le ha dado la espalda. Así, del mismo modo que Feuerbach es petulante y perdedor al mismo tiempo; el asistente de Lettau -ese Lettau que es la última esperanza del protagonista; y que, como Godot en la obra de Beckett, no termina de llegar…- es a un tiempo punto de ataque y tabla de salvación para nuestro hombre. A fin de cuentas, en Yo Feuerbach se habla -y mucho- de teatro; pero también de la vida, de la dignidad del individuo y de cómo una cruz social tal vez pueda tirar por tierra el trabajo de aquel que hasta ayer esa misma sociedad admiraba: una problemática que, a fin de cuentas, va más allá de lo mero efímero de la fama.

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Parece claro que en esta función de Tankred Dorst hay, ante todo, una función de actor; un vehículo de lucimiento para que un primerísimo actor muestre todos sus registros, todo aquello que es capaz de hacer. Porque el dibujo de Feuerbach -un personaje que transita a menudo por una prosa elaborada, instructiva, y a un centímetro de lo puramente dialéctico; pero que a su vez dibuja la caída al abismo de un hombre enfrentado a su propia realidad- permite que el actor escogido se luzca en doble vertiente: mostrando diversos registros de códigos interpretativos a la hora de afrontar un texto -cuando Feuerbach acomete, por ejemplo, el soliloquio de Torquatto Tasso, de Goethe, u otros fragmentos- pero también -y sobre todo- a la hora de trazar el perfil psicológico del personaje real -el Feuerbach hombre, más allá del Feuerbach actor-, que es casi lo más interesante del montaje y ofrece un sinfín de posibilidades para viajar desde la prepotencia hasta la más absoluta indefensión. Porque, después de todo, este Feuerbach, es un personaje con mucho de quijotesco. Hay, además, en el texto de Dorst, lugar para la acidez, para la ironía, para la acidez; pero también para lo melancólico e incluso para el pellizco de compasión. Tal vez adolezca el texto de un carácter excesivamente instructivo -digamos que se habla demasiado de ‘teatro’; con lo cual veo imprescindible un especial interés por el mundo del teatro, su técnica y su mecánica para que el contenido de lo que se narra resulte del todo interesante al oyente: de otro modo, se puede caer en la sensación de tedio o repetición-. Con todo, es un texto de indudable interés, que dará sin duda un buen espectáculo en manos de un actor que sepa darle el brío necesario.

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Se ofrece el texto de Dorst en una pulcra versión de Jordi Casanovas, que ha podado el original prescindiendo de lo accesorio -ha eliminado un personaje, y reducido una situación complementaria a lo anecdótico- y ha acercado de alguna manera a este Feuerbach español al actor que aquí lo interpreta: junto al monólogo de Torquatto Tasso, de Goethe, hay también muchas referencias directas a algunos de los últimos personajes que ha interpretado Pedro Casablanc sobre los escenarios en la última década; justo el tiempo que Feuerbach lleva en el dique seco, en un acertado guiño que no sugiere de ningún modo un paralelismo directo entre actor y personaje; pero que dibujará sin duda una sonrisa en quienes capten este detalle-.

Por su parte, Antonio Simón ha entendido que estamos ante un espectáculo de texto y de actor; y deja todo el lucimiento de su puesta en escena a los actores. Sobre una sucinta escenografía, Simón se vale de una expresiva iluminación de Pau Fullana -tal vez por momentos excesivamente tenue para un teatro de estas dimensiones: no olvidemos que esta función parece originalmente concebida para salas de pequeño y mediano formato, más que para espacios a la italiana- para subrayar la caída de Feuerbach. En la propuesta escénica de Simón -como corresponde a un texto de estas características- no hay añadidos, ni artificios, ni elementos que puedan distraer la atención del texto mismo -salvo un puntual añadido musical que no por simpático deja de parecerme prescindible-: aquí hay simplemente trabajo actoral, y pequeñas pinceladas más estéticas que poéticas para completar el conjunto. A veces menos es más, y aquí Antonio Simón ha hecho lo que tenía que hacer: dirigir remando a favor del texto y de los actores, sin dejarse llevar por obtener un lucimiento personal.

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Decía algo más arriba que este texto requiere indudablemente de un actor capaz de mostrar una amplia gama de registros y recursos; que estamos ante un texto que es casi un pretexto para el lucimiento personal de un gran actor. No cabe duda de que Pedro Casablanc lo es, y pone al servicio del personaje todo un recital interpretativo en el que navega desde lo exacerbado hacia el detalle y la esfera de lo más íntimo: funciona igual de bien en el plano de lo personal que en el plano de trabajar con maneras de recitación casi de otros tiempos cuando ha de enfrentar pasajes que Feuerbach aborda en el casting. En Casablanc obtenemos un trabajo minucioso, detallista, extenuante; pero que además muestra a un actor entregado y comprometido con la causa. Puede que tal vez me resulte demasiado joven para este papel -teniendo en cuenta que sabemos que Feuerbach lleva siete años retirado; y antes le dio tiempo a llegar a lo más alto en materia de interpretación no sé si me salen del todo las cuentas-; pero es una minucia ante un gran trabajo que, a fin de cuentas, casi sostiene el espectáculo por sí solo. Como el asistente de Lettau, Samuel Viyuela González, por su parte, tiene un papel menos agradecido -muy basado en la escucha, en la mirada, en el arte de la recepción, que tampoco es tarea fácil- y tiene a un monstruo de la interpretación enfrente: baste decir que le mantiene el pulso sin titubear -con lo que hay enfrente esto no es poca broma…- y que aunque se trate de un personaje secundario, nunca deja de estar presente; conseguir esa presencia, lograr que el personaje no se difumine, es ya todo un triunfo.

Buen espectáculo, por la densidad y el calado del texto -puede que demasiado por momentos; pero no por ello menos interesante-, por lo acertado de contar con una puesta en escena que está más al servicio del texto y de los actores que al servicio del lucimiento personal del director -y esto, que parece una obviedad, no siempre ocurre- y, sobre todo, por el recital interpretativo que se marca Casablanc, bien secundado por Samuel Viyuela. Seguramente lucirá mejor en salas que permitan una mayor cercanía y una mayor inmediatez público-escena; pero no se puede tener todo.

H. A.

Nota: 4/5

Yo Feuerbach”, de Tankred Dorst. Con: Pedro Casablanc y Samuel Viyuela González. Dirección: Antoniio Simón. GREC FESTIVAL 2016 / VELVET EVENTS / BUXMAN PRODUCCIONES.

Teatro Rosalía Castro, 7 de Abril de 2017

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