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‘Cocina’, o efecto dominó

febrero 5, 2016

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Resulta un acierto pleno que el Centro Dramático Nacional presente en la pequeña Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero una apuesta tan intensa, interesante y bien interpretada como es Cocina, texto original de María Fernández Ache que dirige su esposo Will Keen, que tiene todos los ingredientes del tipo de espectáculo por el que el CDN debe apostar: autora española contemporánea, texto rico, denso y dialéctico –de esos que permiten que el espectador se cuestione cosas- y un marcado equilibrio entre la revisión de los clásicos y el punto de vista más rabiosamente moderno. Teatro de primera.

Una cocina vacía en casa de Antonio y Emma, un matrimonio sin hijos de entre 45 y 50 años. Durante aproximadamente veinte minutos escuchamos las voces de una cena que está teniendo lugar en la habitación contigua –que no vemos-: es una cena de una empresa de pequeñoburgueses de medio pelo, en la que los anfitriones intentan sin demasiado éxito agasajar al jefe de Antonio –Cristóbal, un editor-, en medio de una conversación en la que todos los presentes intentan demostrar quién la tiene más grande. En esos veinte minutos, el espectador se satura de un festival de comentarios snobs, culturetas y de neopijos, solo interrumpidos por contadas irrupciones a la cocina de Emma y Antonio, que vienen a buscar comida y bebida… y a despejarse del insoportable ambiente que se vive en esa cena de la que en el fondo están hasta las narices, pero en la que deben poner su mejor sonrisa. Y así, durante casi 20 minutos, el espectador asiste expectante a esta aburrida secuencia -que cobrará pleno sentido más adelante- casi descolocado ante la falta de acción. Hasta que, efectivamente, pasa algo: a Antonio se le hinchan las narices y decide gastarle una broma pesada –pesadísima…- a su jefe, desencadenando involuntariamente un efecto dominó que culmina en un hecho inesperado que da un giro a los acontecimientos. Es entonces cuando la función te agarra y ya no te suelta; porque el matrimonio protagonista deberá medir su moral y su ética, para decidir si la ética está por encima de la ambición o todo vale en un puesto de trabajo y, sobre todo, para poner a prueba un matrimonio que esconde mucha más mierda en el cajón de la que parece en un primer momento. Todo esto a través de una serie de desayunos y comidas que tienen lugar en la intimidad de la cocina del matrimonio durante varios días mientras la intriga transcurre imparable.

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Uno de los grandes problemas para hablar de Cocina como se merece es que no se puede desvelar el meollo de la cuestión para no arruinar una función que mantiene la tensión desde que estalla de forma inesperada hasta el final –¡vaya sorpresa nos llevamos, y cómo murmura el público cuando empieza el verdadero conflicto!-. Pero digamos que la función –que es en esencia una serie de largas conversaciones entre Emma y Antonio- tiene su mejor baza en un texto que sabe combinar el thriller psicológico de dos personajes sometidos a una situación de presión moral y social máxima con la intimidad del hogar de pareja en la que todo es posible; todo convertido en un duelo dialéctico de altos vuelos que revisa la frontera que hay entre lo que realmente somos y la imagen que pretendemos proyectar al exterior, hasta dónde estamos dispuestos a llegar para que esa imagen no se embarre y qué importancia damos al factor social. Y, sobre todo, Cocina explora el concepto de responsabilidad: ¿hasta dónde somos responsables de nuestros actos, o de los hechos que desencadenan nuestros actos involuntarios?

María Fernández Ache construye una historia que mete en una coctelera la ambición desmedida de una tragedia de William Shakespeare con el hermetismo dialéctico de una función de Harold Pinter situando ambos planos en perfecto equilibrio para crear un ejercicio teatral fascinante, que engancha tanto por el conflicto moral que plantea la trama como por la riqueza del lenguaje. Emma y Antonio resultan dos personajes poliédricos, que se comportan de distinta forma cuando intentan comunicarse como pareja que cuando han de salir al mundo de los tiburones de la empresa; y su ambición empresarial desmedida les ha impedido establecer una comunicación como pareja en la intimidad: quizá sea por eso por lo que Emma –la gran mujer que hay detrás de todo gran hombre, y en definitiva una suerte de Lady Macbeth contemporánea dispuesta a sacar provecho de cualquier situación- se vuelca con el conflicto moral de Antonio, para evitar tener que mirar a la cara a un matrimonio que no funciona, y de paso para medrar todo lo que pueda, porque parece que su ambición no tiene límites…

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Rara vez asiste uno a la representación de un texto capaz de equilibrar perfectamente la tensión de un thriller con la riqueza textual de una propuesta que esconde muchas capas de lectura bajo su aparente densidad. Un textazo, sin duda; que aún mejoraría si Fernández Ache –que ha diseñado un final prácticamente cerrado- dejase algunos cabos sueltos a la imaginación, e incluso si prescindiese de un par de simbolismos de psicología en los que se incide reiteradamente –cuyo significado por supuesto se explica- y que no aportan gran cosa; como tampoco veo excesivamente importante puntualizar tanto la secuencia temporal. Minucias pese a todo para un texto de gran altura, que puede ser de lo mejor que hay en la cartelera madrileña actualmente: es denso, sin duda, pero a veces se agradece este teatro inteligente.

En la pequeña Sala de la Princesa, con el público dispuesto a dos bandas, Will Keen lleva la puesta en escena hasta sus últimas consecuencias, en una escenografía hiperrealista de Esmeralda Díaz –tanto que el público accede a la sala por una de las puertas de la cocina…- y remarca el ambiente de pesadilla psicológica que es fundamental en la historia –espléndido en este aspecto el machacón espacio sonoro de Luis Miguel Cobo, como si algo en la cabeza de Antonio fuera a estallar en cualquier momento…-. Pero, a la vez, Keen –hombre de teatro, indudablemente- realiza una dirección de actores verdaderamente minuciosa, dejando a los intérpretes en un verdadero cuerpo a cuerpo en los momentos de mayor tensión textual: hay, en este sentido, duelos antológicos. Pero lo importante es que la puesta en escena sabe ser atractiva sin resultar nunca pretenciosa, y da al texto toda la importancia que se requiere.

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Ante todo, si hay que ver este espectáculo es por el intensísimo duelo actoral que se marcan a apenas unos centímetros de distancia del espectador Manolo Solo y Sonia Almarcha en el matrimonio protagonista: ¡qué actorazos, qué bestias de la escena y qué regalo para los amantes del teatro poder disfrutarlos tan de cerca! Manolo Solo sabe dibujar perfectamente todo el arco que va desde el cabroncete del comienzo hasta el hombre que, dado el inesperado curso de los acontecimientos, está al borde de la paranoia; aunque no pueda estallar porque su deber es seguir adelante. Sus expresiones faciales son un auténtico poema a lo largo de toda la función -¡bravo!-, siempre jugando con las dos caras del personaje; tiene momentos verdaderamente explosivos, y hay un enfrentamiento puntual con Almarcha donde hay un cortocircuito energético, en el buen sentido.

Si lo de Manolo Solo es de nota, lo de Sonia Almarcha –una de esas actrices que merecerían mayor reconocimiento, porque nunca falla le des lo que le des- es de matrícula de honor. Torea como quiere un papel que es un verdadero caramelo envenenado: porque Emma ha de permanecer gran parte del tiempo en un registro más o menos impostado, el de la perfecta burguesa de voz cantarina y sonrisa falsa, que ha de ser pura fachada ante todo y todos para mantener las apariencias, gélida, estratega, calculadora, capaz de todo para lograr aquello que quiere, por difícil que sea; pero sin que se note el veneno que lleva dentro, claro…. Pero ojo, esa impostación la marca el personaje –no es obra de la actriz-, como veremos cuando saque las garras –la Emma verdadera- en los momentos de intimidad. Y ahí está la grandeza de lo que hace Almarcha: fíjense en cómo su cuerpo se descompone progresivamente ante un ataque inesperado de su marido que ella encuentra inmerecido –tiembla el mentón, tiemblan las piernas y aprieta los puños mientras hace un esfuerzo sobrehumano por no llorar- y entonces entenderán el doble juego dificilísimo al que juega esta actriz, porque es solo en ese momento cuando vemos la verdadera cara de Emma –la persona por encima de la estratega-: aunque no lo parezca, algún sentimiento sí tiene; pero pocos, porque pronto vuelve a ser la Lady Macbeth contemporánea. Da miedo de lo monstruosa que es: lo clava y es sin duda el mejor trabajo que haya visto de Almarcha. En definitiva, el trabajo de ambos actores es de altos vuelos, a un palmo del espectador, y completa un espectáculo ciertamente sobresaliente.

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Tanto Bruno Lastra como Luis Martínez-Arasa cumplen sin problema alguno en sus puntuales intervenciones -en papeles de menor compromiso por duración pero de capital importancia en el desarrollo de la trama- y las voces de Mamen Camacho, Mercedes Castro, Pilar Castro, Cristóbal Suárez y la propia María Fernández Ache como los invitados a la cena que está transcurriendo al comienzo –con lo cual tienen un gran peso- son un lujo asiático para ese prólogo invisible.

Pero Cocina es un espectáculo imprescindible, tanto por la riqueza del texto –dramaturgia española contemporánea de primer nivel- como por el soberbio nivel de las interpretaciones, que demuestra una vez más que a veces no se requieren grandes nombres, sino grandes profesionales para que algo brille en todo su esplendor. Y este espectáculo –que tal vez pueda tener en su amplia densidad un cierto enemigo, y desde luego se ofrece en un horario francamente incómodo- es brillante, ciertamente.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

 

“Cocina”, de María Fernández Ache. Con: Manolo Solo, Sonia Almarcha, Bruno Lastra y Luis Martínez-Arasa. Voces: Mamen Camacho, Mercedes Castro, Pilar Castro, María Fernández Ache y Cristóbal Suárez. Dirección: Will Keen. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 30 de Enero de 2016

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2 comentarios leave one →
  1. maria hernandez permalink
    febrero 8, 2016 17:03

    SOBERBIO

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  1. Mi 2016 en 12 funciones memorables | BUTACA EN ANFITEATRO

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