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‘Tres Hermanas’, o ¿representar la realidad o filtrarla?

febrero 7, 2016

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No cabe la menor duda de que Guindalera se ha ganado a pulso un lugar en la escena madrileña, produciendo en una sala pequeña y con criterios rigurosos textos de máximo interés. Ahí está, en mi opinión, el mayor atractivo de la compañía: en esa capacidad de aportar textos tan brillantes como rara vez representados en España, con lo que su programación se convierte casi automáticamente en un must. Desde el angloirlandés Brian Friel hasta piezas de cámara de Chéjov, pasando por potentes propuestas de la dramaturgia contemporánea como Duet for One, de Tom Kempinski –que les ha valido merecidamente el Max a la Mejor Producción Privada-, La Bella de Amherst, de William Luce; o incluso Voto de Silencio, de Verónica McLoughlin –recientemente Premio del Público en los Premios Godoff-. No cabe duda de que Guindalera sabe escoger, sabe aportar y hasta diría que sabe de sus limitaciones y cómo suplirlas –y esto es, claro, un elogio-. Ahora, sin embargo, se han embarcado en un ambicioso proceso de creación y micromecenazgo para levantar nada menos que Tres Hermanas, de Chéjov, en la Sala Verde de los Teatros del Canal, con un elenco de once actores: todo bajo unos parámetros, en definitiva, bastante distintos a los que han marcado las señas de producción de la casa hasta ahora. Y, el resultado, esta vez, no es todo lo satisfactorio que debería, teniendo en cuenta la excelencia a la que nos tienen acostumbrados.

Tres Hermanas es una de las funciones más representadas de repertorio. Todos la hemos visto varias veces, incluso en algunas versiones francamente brillantes –las dos últimas que presencié estaban a cargo nada menos que de Daniel Veronese y Declan Donnellan- y tenemos en la cabeza una idea de por dónde deberían ir los tiros cuando de representar esta obra se trata. Y esto, claro, es un problema a la hora de montarla; porque se debe procurar que el montaje aporte algo nuevo, algo que no se haya visto ya antes, algo que justifique haber apostado –otra vez- por este texto. Quiero decir, no es lo mismo presentar una rareza que un clásico de la literatura universal.

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La versión que presenta Guindalera cuenta con muchas de las señas de identidad de la compañía, ese tipo de teatro artesano y minucioso que funciona a las mil maravillas en la pequeña sala de la calle Martínez Izquierdo, pero que se queda pequeño en el enorme escenario de la Sala Verde de Canal: primer problema. Pero lo que sorprende es el nivel de lectura en el que se ofrece la obra: Juan Pastor –que en esta ocasión dirige la función e interpreta uno de los roles- quiere leer Tres Hermanas casi como una tragicomedia, casi como un vodevil en el que los personajes –esos seres fracasados, perdidos, que buscan todo aquello a lo que no pueden aspirar, sueñan imposibles y sufren por soñar esos imposibles…- están enfocados en una esfera que intenta buscar la hilaridad del espectador, como destacando esos rasgos de fracaso para hacer parodia de ellos. Todo el montaje está leído en esa tónica y los actores obran en consecuencia –unos más y otros menos, pero está claro que se lo han marcado así-: creo que es un error de lectura. A los personajes de esta obra –y casi diría que a los personajes de Chéjov en general- hay que tratar de comprenderlos más que de compadecerlos, y nunca se debe caer ni en la caricatura ni en la parodia a través de esa caricatura: Chéjov quiere representar la realidad tal cual es, y esta versión está filtrando esa realidad a través de una óptica –en este caso, la de la caricatura en busca de la sonrisa-, que creo que traiciona el espíritu de la obra y pone en la cuerda floja algo tan fundamental en Chéjov como es la dignidad de los personajes; porque por mucho que sean perdedores –lo son-, los personajes de Chéjov creen realmente en que hay un futuro mejor que está por llegar y se agarran con sinceridad a ese futuro, ignorantes de que están condenados al bucle que hará de sus vidas un infierno. Pero ellos creen, y así debería resaltarse, desde la verdad, desde lo sincero. Además, la sucinta puesta en escena obliga a asumir toda una serie de convenciones que alejan el discurso de lo ‘realista’ –de esa realidad que quería plasmar el autor ruso- y que parecen bastante contrarias al espíritu chéjoviano: son, nuevamente, meras decisiones de lectura.

Hay una segunda cuestión confusa en el montaje de Pastor: se sugiere en las notas al programa que asistimos a una función de corte metateatral, en la que una compañía está montando Tres Hermanas, de acuerdo. Pero salvo por un par de detalles aquí y allá –alguna acotación que se lee desde un atril, alguna frase en la que se hace especial hincapié, ciertas soluciones más propias del espíritu de un Brecht que del de un Chéjov para los cambios de escena-, esta idea no termina de quedar clara, no termina de desarrollarse y acaba llevando a confusión: rara vez llega a verse realmente el doble juego metateatral que se propone, y creo que Pastor debería haber optado por eliminar esta opción de raíz o desarrollarla convenientemente. Quedarse a medias no aporta nada.

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El elenco es en líneas generales muy válido, si bien todos están moviéndose en la línea vodevilesca que ha decidido la dirección –así se explica cierta tendencia al aspaviento que es más o menos generalizada-. Los mejores –los más comedidos, los más conscientes de que están haciendo Chéjov a pesar de todo- son la estupenda Irina de Ariana Martínez –curiosamente me gustó más aquí que en Doña Inés el año pasado-, con momentos de verdadera luz propia que demuestran que aquí hay actriz destacable cuando dé con un montaje en el que pueda sacar todo lo que tiene, que parece bastante; el Andrei de Raúl Fernández de Pablo –elegante, contenido y de fuerte poso chéjoviano: cuando uno ve lo que hace con Andrei piensa que todos deberían haber estado en esa lìnea- e incluso la Natacha de Susana Hernáiz –también bastante contenida para lo que es la propuesta, y dado el personaje, se agradece-. El resto –hasta once actores, con personajes muy principales- aparecen contagiados por la línea de la dirección, pero no creo que sea tanto culpa del actor como de la idea del montaje. Veamos algunos ejemplos: la Masha de María Pastor en algunos momentos está crecidísima casi bordeando la sátira; la Olga de Victoria dal Vera tiene altibajos; el Tusenbach de José Bustos va inexplicablemente enfocado a la parodia; y el médico de Juan Pastor ha de verse como una declaración de intenciones sobre el nivel de lectura de la obra: el personaje ha de ser un pobre hombre, no un bufón. El resto del elenco se mueve más o menos en la misma línea. Hay que resaltar, pese a todo, que la validez del reparto está fuera de toda duda, y que la gran mayoría parecen estupendos actores que simplemente caminan en la senda de lo que la dirección les marca.

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A fin de cuentas, a este montaje se le hacen cuesta arriba la duración –dos horas y veinte sin pausa- y, sobre todo, un nivel de lectura muy personal, que se puede compartir o no; pero que para mí se estrella hasta cierto punto contra el espíritu del autor y de la obra. He de insistir: la factura de la puesta en escena y la calidad del elenco son perfectamente válidas; pero cuando algo se topa con lo que yo considero humildemente un error de lectura –y créanme que he visto unas cuantas versiones de Tres Hermanas y ninguna estaba tan encaminada a este tono-, es difícil que el resto se enderece. Es una lástima, porque la honestidad de Guindalera está fuera de toda duda, pero esta vez no han acertado.

H. A.

Nota: 2/5

 

“Tres Hermanas”, de Anton Chéjov. Con: Victoria dal Vera, María Pastor, Ariana Martínez, Raúl Fernández de Pablo, Susana Hernáiz, Juan Pastor, José Bustos, José Troncoso, José Maya, Carles Moreu y Aurora Herrero. Dirección y dramaturgia: Juan Pastor. GUINDALERA / PRODUCIR EN COMPAÑÍA

Teatros del Canal (Sala Verde), 31 de Enero de 2016 (12.00 h).

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