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‘La Estupidez’, o la avaricia rompe el saco

febrero 4, 2016

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Tenía mucha curiosidad por ver La Estupidez, del argentino Rafael Spregelburd, sobre todo después del fortísimo impacto que me había causado otra función suya –Lúcido, que disfrazaba de manera audaz de comedia una historia que acababa siendo el Rosario de la Aurora-. En esta ocasión, se trata de una obra estrenada en el 2000, que nació como un encargo del Deutsches Schauspielhaus de Hamburgo y que ha causado sensación en varios países, incluyendo España donde ahora se estrena –en versión de Feelgood Teatro– tras alzarse con el Premio Tirso de Molina en 2003. En cualquier caso, Spregelburd da aquí rienda suelta a una escritura decididamente experimental, mucho más compleja en estructura que la que presentaba en Lúcido, pero seguramente de menor calado en mensaje y contenido que aquella.

Varias historias que transcurren paralelamente en Las Vegas. Historias sobre gente que intenta enriquecerse a toda costa con métodos tan ridículos como directamente poco aconsejables; gente dispuesta a todo con tal de ganarse la vida o ganar dinero, y que se ve envuelta en una serie de estúpidas e hilarantes situaciones que no les llevan a ninguna parte… o al menos no hacia esa suerte de triunfo ‘por la cara’ al que pretendían llegar. Porque a veces la avaricia rompe el saco y esa es la clave de esta obra: estos personajes, a base de querer más, a base de no saber conformarse, acaban por perderlo todo y quedarse sin nada… A saber, por el escenario desfilan desde una pareja de delincuentes que deben vender a toda costa un cuadro robado que se está borrando progresivamente y del que ya solo se distingue una mancha hasta un par de mafiosos sicilianos dispuestos a lanzar la carrera de una supuesta futura estrella del pop, pasando por un par de policías capaces de meterse en todo cuanto ‘fregao’ se les cruza en el camino, o un tipo con un método que según dice él es infalible, pero que tiene una macabra relación con el secreto del Apocalipsis… Todos ellos van pasando por un motel, una casa en el campo o una carretera perdida en la nada, en una especie de road-movie teatral, que guarda cierto parentesco con ese humor acidísimo del cine de los hermanos Coen; pero que no llega sin embargo al humor violento de Tarantino –aunque a veces resultase deseable que así fuese-.

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Tiene la propuesta de Spregelburd pros y contras. A favor, esa capacidad para encadenar situaciones de un surrealismo ciertamente hilarante e hilvanarlas en una crítica social tan ácida como certera: hay momentos verdaderamente descacharrantes; también esa capacidad del autor de alejarse de manera bastante tajante de lo que podríamos llamar la etiqueta del ‘teatro argentino’, para situarse en una escritura mucho más norteamericana en contenido y experimental en la forma: hasta cierto punto, me pilló por sorpresa. En el centro de la balanza, esa cierta sensación de que a veces no ha sido capaz de ir un paso más allá en su parodia –ciertas situaciones podrían haber caído en el saco de lo más macabro, e incluso de lo más violento para causar la hilaridad a mandíbula batiente- máxime cuando esta historia es, a fin de cuentas, una suerte de esperpento contemporáneo. Y, en contra, la sensación de que todo cuanto se ve es un poco demasiado: la duración es decididamente excesiva –el espectáculo, pausa incluida, dura 3 horas y 20 minutos-, las historias siento que son demasiadas –ni todas están igual de bien desarrolladas ni todas funcionan igual de bien a nivel de comedia- y a veces cuesta encajar en qué punto se había quedado una historia, de dónde venía y hacia dónde va: y es una pena, porque siento que con una buena dosis de tijera –al texto le sobra, fácilmente, una hora; y aún así nos quedaríamos en dos horas diez o dos horas quince…- y dosificando la cantidad de historias, la cosa ganaría mucho. Porque, insisto, hay momentos verdaderamente desternillantes, pero junto a ellos también otros de menos interés en los que cuesta mantener la atención y el hilo argumental… A pesar de todo, hay que decir que la cosa va, en general, cuesta arriba: la primera hora me costó bastante, pero después el interés va in crescendo.

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Hablaba más arriba de la peculiaridad estructural de la escritura de Spregelburd en esta obra. Esto no se debe tanto a la disposición de las escenas –las cinco historias se van alternando progresivamente y rara vez llegan a solaparse-, sino a la decisión del autor de que sean solo cinco actores los que se repartan la friolera de veinticuatro personajes, que entran, salen, se van y vuelven conforme la trama se mueve de una historia a otra: esta particularidad obliga a los actores a un ejercicio psicológico que es casi una locura –porque cambian de registro en apenas unos segundos durante tres horas y media- y al director a ser capaz de solucionar el hecho de que los actores se tengan que cambiar de ropa durante toda la función en tiempo record –porque con suerte cada actor tiene una escena en la que no aparece antes de entrar con otro personaje en la siguiente; pero la mayoría de las veces, ni eso…-: el resultado es una carambola que como no esté perfectamente pensada, medida y milimetrada puede dar al traste con el resultado de la función; y en este sentido el montaje de Feelgood Teatro y la puesta en escena de Fernando Soto son impecables: la escenografía de Elisa Sanz –en tres espacios- cuenta con un pasillo invisible que empieza y termina en puertas; que debe ser el lugar en el que –en tiempo record- los actores consiguen ponerse y quitarse todo el amplísimo –pero amplísimo, de verdad- y pintoresco vestuario de Arantxa Ezquerro. Y sucede el milagro: la función es trepidante de ritmo, y a veces casi resulta surrealista que los actores aparezcan a tiempo completamente cambiados de vestimenta: pero ahí están. Soto ha sabido orquestar perfectamente esta locura de factura impecable; si bien quizá algunas situaciones podrían estar planteadas de forma más agresiva, incluso más gore, para crear una comedia –aún- más ácida: es cierto que el texto tampoco va más allá; pero viendo esto, a mí el cuerpo me estaba pidiendo el gore de Tarantino a gritos –ya saben: sexo, pistolas, tiros, sangre, suciedad… pero aquí ni rastro de eso (ni en el texto, ni en el montaje)-. Ahora bien, hay que destacar que la puesta en escena es casi circense y está ejecutada de forma impecable: el reto no era fácil.

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Los cinco actores cumplen de forma notable con el reto que plantea la función y crean un conjunto perfectamente ordenado, en un formidable trabajo de equipo que no deja nada al azar. Casi todos se quedan con algún momento memorable –los hilarantes mafiosos de Javi Coll y Javier Márquez, el policía patoso al que parece que todo le pasa de un Fran Perea que ha mejorado notablemente desde la última vez que le vi en teatro, el deje costumbrista que da a sus personajes Toni Acosta, que de este tipo de comedia se sabe todos los trucos y alguno más-. Pero la que se lleva la palma es esa enorme y versátil cómica que es Ainhoa Santamaría: sin desmerecer a nadie, no exagero si digo que el espectáculo podría perfectamente dividirse en escenas en las que está ella y escenas en las que no está ella, porque no deja pasar una oportunidad de descollar. Las da todas, todo lo hace bien, en todo destaca y con todo se parte uno de la risa: lo mismo da que haga de borracha desesperada –la suya es una de las mejores cogorzas que haya visto en un escenario en años, y me atrevo a decir que el espectáculo levanta el vuelo desde esa escena- que de maruja choni, que de merchante de arte pija que de discapacitada; uno sabe que en cuanto salga ella la va a liar bien parda, y efectivamente así es. Ya he dicho que todos están bien, pero creo que la función es suya por derecho propio.

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En resumen, en La Estupidez uno encuentra una comedia trepidante que adolece claramente de exceso de duración –y puede que también de cierta falta de profundidad en lo que nos cuenta-, ingeniosamente montada e inteligentemente interpretada. Digamos, para terminar, que La Estupidez tiene, al menos como texto, la de cal y la de arena: que me reí es tan cierto como que esperaba más del texto de Spregelburd –sobre todo después de haber visto aquella propuesta brillante que era Lúcido, texto en mi opinión infinitamente superior a este-. La versión, pese a todo, es impecable.

H. A.

Nota: 3.5/5

 

“La Estupidez”, de Rafael Spregelburd. Con: Toni Acosta, Javi Coll, Javier Márquez, Fran Perea y Ainhoa Santamaría. Dirección: Fernando Soto. FEELGOOD TEATRO.

Naves del Teatro Español (Sala 2), 29 de Enero de 2016

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