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‘Our Town’, o aprender a valorar las pequeñas cosas

mayo 24, 2015

El teatro a veces nos da sorpresas estimulantes donde menos lo esperamos. La presente producción de Our Town –el clásico Pulitzer de Thornton Wilder-, nacida en el seno de un Laboratorio teatral, empezó sin hacer demasiado ruido; pero el boca a boca provocó que las últimas semanas la sala pequeña del Fernán Gómez se llenase repetidamente, colgando el cartel de No Hay Localidades. Y lo merece, porque el resultado de este montaje es un espectáculo pequeño en el formato pero inteligente y estimulante en las formas, lleno de ideas y concentrado en el trabajo del actor. Prueba de que las cosas bien hechas, las  pequeñas cosas son valoradas por el público: esta Our Town puede que sea uno de los éxitos inesperados de la temporada, merecidamente.

La vida en Grover’s Corner, un pequeño pueblito al este de los Estados Unidos, contada en tres momentos concretos que abarcan dos décadas en la vida del pueblo. Un pequeño pueblo en el que no pasa nada fuera de lo común: sus habitantes –familias que se conocen de toda la vida y conviven en camaradería- aman, odian, dudan, sufren, trabajan en la rutina, beben, enfrentan pequeños problemas cotidianos y la vida discurre sin más incidencias que las que provoca la propia vida. Pequeñas cosas, cosas cercanas; y personajes humanos y de hoy a pesar de haber sido escritos hace 80 años. La metáfora que plantea Wilder –que aborda su texto desde un ejercicio metateatral, advirtiendo que lo que vemos no es más que una ficción que plantea una radiografía de un pueblo real- invita a que el público empatice con las pequeñas cosas –y así lo hacemos, porque los personajes son tremendamente entrañables en su sencillez- y la gran metáfora final –cuando vivos y muertos conviven por un momento- invita a aprender a valorar las pequeñas cosas de la vida: aquellas cosas en las que no reparamos pero que pueden tener un tremendo valor si nos paramos a pensarlas. Desde un tono en el que conviven el naturalismo, el realismo, la comedia romántica y el drama de caricia –ese drama que pellizca el corazoncito-, resulta imposible no dejarse arrastrar por la cotidianeidad de este relato, y emocionarse con las conclusiones que arroja su desenlace. Un clásico.

Resulta sorprendente no solamente que un director como Gabriel Olivares –artífice de las puestas en escena de algunas de las comedias comerciales de mayor éxito reciente en España, como Burundanga, La Caja, Más Apellidos Vascos o Una Semana… Nada más– se haya decidido a montar esta función tan alejada estilísticamente de aquellas, sino también que haya confeccionado un espectáculo tan lleno de aliento teatral, vibrante, lleno de ritmo y de ideas. En una pequeña sala con el público a cuatro bandas y sin apenas elementos escénicos –Felype de Lima ha decido usar tan solo cajas multiusos para crear todos los espacios, con una única concesión a la entrada de la escenografía propiamente dicha en un momento de ensoñación-, Olivares plantea un espectáculo cargado de imaginación, que tiene en el actor su mayor arma: las soluciones son variadas, sabe cómo crear espacios con muy pocos elementos y confía en la imaginación del espectador para completar e imaginar animales, elementos o espacios que aunque el espectador consigue ver sin problema, solo están presentes en la poética de la imaginación. Hay escenas verdaderamente memorables en la ejecución estética –la del coro de iglesia con el organista borracho, toda la larga escena de la boda entre los jóvenes Emilia y Jorge, que repasa en tres minutos todas las fiestas de boda posibles a lo largo de la historia; la escena del cementerio, con la reflexión de Emilia tras enfrentarse al mundo de los vivos desde el mundo de los muertos- y todo transcurre con muy pocos medios, pero mucha imaginación, intuyendo el talento de un hombre de teatro y dando forma a uno de los montajes más estimulantes que haya visto últimamente, aunque alguna opción de la traducción –que no firma nadie en el programa de mano- resulte algo discutible – la más obvia: ¿por qué traducir algunos nombres al castellano y mantener otros en inglés si el emplazamiento sigue siendo Estados Unidos?-. Minucias en cualquier caso para una propuesta que ayuda a creer en la magia del teatro desde lo sencillo.

Amplísimo el elenco, todos entregados y situados en una media de notable, para hacer de este montaje camerístico una pequeña maravilla. Partiendo de que todos contribuyen, todos suman y todos aportan, hay que destacar la enorme creación que se marca Raúl Peña del organista borracho de iglesia, grandioso en sus peroratas al órgano mientras mantiene encima una cogorza de impresión: un personaje breve con el que este versátil actor se roba la función. También las dos comadres de Mónica Vic y Chupi Llorente dejan momentos memorables en su manera de afrontar a esas dos amas de casa que ven la vida desde su propia experiencia. Y entre la pareja de jóvenes sobre la que pivota a fin de cuentas toda la trama –Emilia y Jorge- encontré muy destacables tanto la mojigatería perfectamente identificable con la que afrontan sus primeros encuentros Paco Mora y Elena de Frutos como el gran crecimiento poético que aporta De Frutos –para mí, en su mejor trabajo hasta la fecha en cualquier soporte- a una Emilia que es toda sensibilidad en el último tramo de la función. También Efraín Rodríguez –que arranca la función narrando- realiza un trabajo reseñable en un reparto que completan Alejandro Pantany, Ángel Perabá, David García Palencia, Eduard Alejandre, Eva Higueras, Javier Martín, Roser Pujol y Mariam Torres. Aunque sospecho que en algunos casos todo este elenco se alterna sin que se especifique quién interpreta cada rol cada día –porque hay más actores en el programa de mano que sobre el escenario…-, es de ley citarlos a todos puesto que todos forman parte del proyecto, porque todos aportan y todos suman. Sala llena, público entregado y la sensación de haber asistido a una función inteligente, estimulante y llena de pulso teatral. Una función que ayuda a valorar las pequeñas cosas tanto dentro de la función –como sugiere el texto- como a la hora de valorar un espectáculo que demuestra que para hacer buen teatro solo se necesitan una buena historia que contar, un puñado de buenas ideas y un grupo de actores entregados a la causa: las tres cosas aparecen en este montaje, sin duda una de las sorpresas inesperadas de la temporada. Ojalá tenga la visibilidad que merece.

H. A.

Nota: 4.25 / 5   “Our Town”, de Thornton Wilder. Con: Raúl Peña, Efraín Rodríguez, Paco Mora, Elena de Frutos, Chupi Lorente, Mónica Vic, Alejandro Pantany, Ángel Perabá, David García Palencia, Eduard Alejandre, Eva Higueras, Javier Martín, Roser Pujol y Mariam Torres. Dirección: Gabriel Olivares. EL RELÓ / TEATROLAB / HILATO COMPANY. Teatro Fernán Gómez (Sala Jardiel Poncela), 13 de Mayo de 2015

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