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‘Adolescer: 2055’, u os estamos vigilando

noviembre 2, 2015

La compañía Primera Toma –escuela de jóvenes actores impulsada por Inés Enciso y Alicia Álvarez- presenta actualmente en el Teatro Maravillas su primer espectáculo teatral de gran formato, Adolescer: 2055, escrito y dirigido por Roberto Santiago –un profesional curtido en varios campos, que espero que a estas alturas ya no necesite presentación para nadie-.

Año 2055. Primavera. En una sociedad cercada por revueltas que intenta aplacar con violencia la policía, seis adolescentes salen del centro de acogida de menores en el que estaban recluidos para pasar 48 horas en una casa de alta sociedad. Es la casa de Paco y Marimar, un matrimonio burgués que, al no haber tenido tiempo, ganas u oportunidades de tener un hijo, ha decidido comprarse uno: porque en la sociedad que recrea esta pieza, los hijos –como casi todo- ya pueden comprarse. Así, Paco y Marimar –que mandan grabaciones a los seis jóvenes, advirtiéndoles de que les están vigilando- someten al grupo a un tiempo de observación de sus conductas, para decidir quién debe quedarse: los otros cinco volverán al centro de menores una vez transcurrido el fin de semana. Desde otro tiempo, una séptima adolescente con cara de pocos amigos ejerce de maestra de ceremonias con el público: parece saberlo todo sobre lo que ocurre en esa casa y sobre los personajes; pero ya desde el inicio nos advierte de que habla desde otra dimensión paralela a la historia. Desde este momento, los seis adolescentes –vigilados por los futuros padres y guiados por la mano de Teresa, que ejerce no solo de narradora, sino también casi de regista, dramaturga y motor pasivo de los acontecimientos- iniciarán una carrera por la supervivencia: en un entorno hostil ¿hasta dónde están dispuestos a llegar para conseguir una vida cómoda? ¿Dónde están los límites? ¿Uno nace monstruo o es la sociedad la que crea esos monstruos? ¿Qué ocurre en esa casa? Pero sobre todo ¿Quién es verdaderamente Teresa y qué hace ahí?

Roberto Santiago ha escrito una especie de epopeya apocalíptica con tintes del Gran Hermano del 1984 de Orwell, que consigue ir más allá de la etiqueta de ‘teatro para adolescentes’ y sabe tomar el conflicto adolescente como punto de partida para narrar una historia que enseguida adquiere tintes más turbios, más cercanos al thriller psicológico. Porque las relaciones entre los personajes –roles que representan, claro, arquetipos del adolescente para que ciertas situaciones personales sucedan- son solo una parte de una historia que consigue ir más allá, indagando en los recovecos más profundos del alma humana. Porque en esta carrera por la victoria, todo vale; y la manipulación y las estrategias de eliminación del rival están a la orden del día: lo único que importa es ganar. Además, Santiago ha sabido incluir en su dramaturgia –que no es ni completamente lineal ni necesariamente realista en el planteamiento de los hechos- un elemento rabiosamente contemporáneo a partir del personaje de Teresa; que sirve no solo de nexo entre la escena y el espectador, sino que lee las acotaciones –evidentemente no es nada que no hayamos visto antes, pero hay que decir que en esta ocasión las acotaciones son de gran valor expresivo para entender qué está pasando en la cabeza de los personajes- y por el papel en apariencia casi metateatral que adquiere: ¿es personaje? ¿es parte externa a la acción? Solo se descubrirá a lo largo de la trama.

Como digo, la escritura de Roberto Santiago logra ir un paso más allá de los tópicos, y construye un relato con interés y cierta temperatura en el que uno está esperando no solo la hecatombe que se ve venir desde el minuto dos –uno piensa: “verás la que se va a armar aquí, verás…-, sino el factor sorpresa que genera lo desconocido. Y, sobre una estructura bien planteada y un relato no exento de cierta audacia, he de reconocer que siento que el final se precipita –supongo que la escritura irá muy sujeta a una duración muy concreta, de una hora clavada- y no termina de explorar todo lo que pudiese la degradación de esos pequeños monstruitos en busca de un futuro mejor: siento que una vez planteado el meollo de la cuestión –y una vez que sabemos quién es Teresa- la cosa quizás daba para más; y el epílogo –una suerte de “qué pasó con ellos después de…”, que indica que el tiempo apremia- sabe a poco. Media hora más para desarrollar como es debido un final que se sigue apoyando decididamente en lo turbio hubiera venido bien. Y, personalmente, me hubiese gustado un final más gore –que era lo que yo me estaba viendo venir-.

Con muy pocos elementos escénicos –sillas que hacen las veces de escaleras, en una idea de Felipe de Lima, semejante hasta cierto punto a la que había planteado en su día para Our Town, pero igualmente funcional aquí- el propio Roberto Santiago consigue una puesta en escena no solo con ritmo, sino también con una firme apuesta por una poética dramatúrgica que va siempre al servicio de ayudar a generar esa temperatura que tiene el texto y que termina adueñándose de todo el espectáculo en sí mismo a través de la inteligente puesta en escena. Muy en su lugar también la iluminación de Paco Ariza.

De los siete jovencísimos intérpretes –de entre 13 y 19 años- que conforman el reparto de la función que presencié –hay dos elencos que se alternan, correspondiendo esta crítica al denominado “elenco rojo”- lo primero que hay que destacar es el aplomo y la profesionalidad que muestran todos y cada uno de ellos, que se merecen y se ganan por derecho propio el ser considerados como lo que con toda seguridad ya son: actores profesionales como la copa de un pino. Olvídense de las funciones de fin de curso o similares, porque aquí hay un trabajo a conciencia y eso está fuera de toda duda. De entre todos ellos, sin que nadie desentone y haciendo una formidable labor de equipo, sí quiero destacar el desparpajo que imprimen tanto Ana Caso (Ana María) como Beatriz Sánchez (Ester) a sus personajes, con una naturalidad que se mete al público en el bolsillo de manera instantánea, la dureza punzante con la que Andrea Montero (Cecilia) y María González (Daniela) saben exponer algunas de las frases que integran esa ambigua relación de dependencia entre ambos personajes, la presencia ciertamente inquietante de Estrella Alonso en Teresa –cuya dicción quizá aún pueda mejorar-, y la forma en que tanto Gonzalo Lumbreras (Francisco) como Alberto Pradillos (Basilio) completan un elenco sin fisuras, en una función en la que siento que los personajes femeninos tienen claramente más peso que los masculinos. Completan el reparto desde las grabaciones videográficas, esos futuros padres que inician el proceso de selección, clavados por Javier Gutiérrez y Silvia Marsó, con unas apariciones que tienen –como casi todo- un peso en la historia.

Hay que recibir muy positivamente este proyecto, sobre todo por el rigor con el que se han hecho las cosas: podrá gustar más o menos, se le podrán poner pegas; pero nadie podrá dudar de que aquí hay un trabajo riguroso y hecho a conciencia, por el cual hay que felicitar a todo el equipo. Solo una última sugerencia: el slogan “teatro hecho por y para adolescentes” acota hasta cierto punto un target que puede llegar a ser más amplio de lo que parece, y aleja a un público que seguramente podría encontrar a la propuesta cierto interés; después de todo, les aseguro que he visto espectáculos mucho más dirigidos específicamente a adolescentes que este, que no usaban ningún slogan sobre el público al que iban dirigidos y han acabado por convertirse en fenómenos de masas. Enhorabuena a Primera Toma por el trabajo bien hecho.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Adolescer: 2055”, de Roberto Santiago. Con: Estrella Alonso, Ana Caso, Beatriz Sánchez, Andrea Montero, María González, Gonzalo Lumbreras y Alberto Pradillos. Actores en vídeo: Javier Gutiérrez y Silvia Marsó. PRIMERA TOMA.

Teatro Maravillas, 25 de Octubre de 2015 (17:00h)

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