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‘The Flick’, o una amistad de película (o no tanto)

noviembre 3, 2015

Que sea una sala de lo que podríamos denominar el off-off madrileño la encargada de presentar en España un texto de tanto interés como es The Flick, pieza galardonada con el Pulitzer 2014 de teatro, escrita por la americana Annie Baker (1981-) da una idea de que algo está sucediendo en la realidad teatral de la capital. También el hecho de que –fundamentalmente a base del boca a boca- el público esté acudiendo en masa a un local en el que solo caben 30 espectadores por función, provocando que la propuesta se prorrogue constantemente. O algo está funcionando especialmente bien en la escena alternativa, o alguien en el circuito grande no se está enterando de por dónde va la cosa. Porque si algo tienen ya de partida estas funciones que se están llevando a cabo en Theatre for the People es el valor de traer a nuestro país un texto destinado a marcar tendencia en el teatro americano contemporáneo con la inmediatez del aquí y el ahora; metiendo de alguna manera un gol por la escuadra a otras salas que estarán más capacitadas técnicamente y contarán con más recursos económicos; pero sin embargo parece que no siempre tienen esa visión de estar a la última: en esta ocasión, Theatre for the People y su director Adán Black se vuelven a apuntar otro tanto, poniéndose en el centro de todas las miradas como ya hicieran hace un tiempo cuando estrenaron Los Últimos Días de Judas Iscariote.

Sam, Avery y Rose trabajan en uno de los últimos cines de barrio que quedan en la ciudad, haciendo de todo –desde controlar el proyector hasta limpiar la sala y echar a los borrachos dormidos al final de las películas- por unos sueldos basura. En vista de que a ese cine cada vez va menos gente, a causa del estallido del 3D y las nuevas tecnologías, todo indica que su dueño podría venderlo y cerrar en cualquier momento, con lo cual los tres empleados se verían de patitas en la calle. En este entorno decadente y falto de expectativas de crecimiento personal –que paradójicamente tan bien encaja ahora en la España de la crisis-, los tres compañeros de trabajo irán trazando vínculos de amistad que comienzan en su fijación con el mundo del cine, pero que enseguida derivan en cuestiones mucho más estrechas, mientras los días transcurren sin que ocurran grandes acontecimientos… Pero, sin embargo, las pequeñas cosas del día a día irán haciendo que lo que empieza como una mera amistad laboral se acabe convirtiendo en algo mucho más delicado, en una amistad que parece derivar en una suerte de improbable e imposible triángulo amoroso –porque los personajes están llenos de aristas y sorpresas que es mejor no desvelar…-; y que pone en juego conceptos como el peligro de esa friendzone como una suerte de burbuja que siempre acaba estallando por algún lugar, las fisuras emocionales irreparables que puede dejar la traición de una persona a la que creías tu amigo, o esa sensación de que tres personajes que no encajan en su entorno solo se tienen a ellos entre sí para conseguir encajar en un microcosmos que es como su isla desierta particular… hasta que un terremoto hace que la isla se resquebraje.

Annie Baker, a partir de lo que ella considera el triángulo de grandes perdedores del mundo del cine –un afroamericano, un judío y una mujer- ha escrito una historia de lo cotidiano, un teatro auténticamente social, directo y cercano en el tono; que con el telón de fondo de lo cinematográfico –porque el gusto de los tres personajes por el mundo del cine hace que se acaben llevando todo antes o después a la esfera de los clásicos de la gran pantalla, con lo cual las referencias directas al mundo del cine son constantes- acaba por realizar un análisis ciertamente lúcido no solamente de las relaciones humanas, sino de lo peligroso –y hasta inestable- que puede llegar a ser el mundo de la amistad para siempre, sobre todo cuando toca de lleno a tres personajes como los que se manejan aquí, heridos y frustrados bien por secretos que les impiden ser aceptados por la sociedad, o bien por la tristeza de no haber alcanzado una vida como la que querían. Tres seres humanos perdidos en la vida obligados fingir para gustar, para sentirse integrados y para sentirse aceptados; pero que aún así acaban sintiéndose profundamente defraudados por aquellos para los que actuaban, teniendo que asumir cómo se puede seguir con la decepción.

Además del hecho de saber construir un trío de una complejidad psicológica importantísima –porque casi nadie es lo que parece y todos tienen capas y capas que se van mostrando a lo largo de la función- seguramente una de las mayores virtudes del texto radique en bregar con conflictos normales y cercanos, por los que todos hemos pasado o vamos a pasar; salpicados con habilidad con todas esas referencias cinematográficas que hacen que las problemáticas que se abordan resulten más clavadas a nuestro día a día. Y todo escrito desde un estilo directo, que huye de lirismos y sentimentalismos baratos para limitarse a exponer los hechos, desde el humor y la ironía más ácida –nos reímos de lo que para los personajes es una tragedia por la ingeniosa manera en la que están presentadas algunas situaciones-, pero también desde la lucidez que aportan esos dolorosos momentos en los que uno sabe que, sencillamente, no hay vuelta atrás: podríamos ser nosotros. Se ha criticado mucho la excesiva duración de la función –en su estreno en el off Broadway duraba más de tres horas, y la presente versión, convenientemente recortada, dura aproximadamente 2 horas y 15 minutos sin pausa-; pero creo que el carácter lento y repetitivo de algunas escenas –esa cierta sensación de vacío en la que no ocurre nada- ayuda a entender que todos los conflictos que tienen lugar lo hacen aupados por la rutina, con lo cual personalmente sí encuentro un valor en la longitud del metraje.

En un espacio diminuto pero bien aprovechado para lo que es, el montaje que presenta Adán Black –que emplea no solo el espacio disponible en la sala, rompiendo constantemente la cuarta pared e integrando al público en la acción, sino también la propia calle- saca todo el partido posible con el espacio que tiene –y siento que el hecho de que la función transcurra en una sala de cine ayuda a que sea especialmente adecuada para presentar en este espacio-; pero evidentemente creo que no puede –ni pretende- hacer todo lo que parece sugerir un texto tan rico en referencias cinematográficas como este, en el que quién sabe si las proyecciones o incluso la banda sonora podrían haber jugado un papel determinante para engrandecer la atmósfera del espectáculo, algo que evidentemente no se puede hacer aquí. Pero bastante ha conseguido Black construyendo un espectáculo ágil, honesto y cercano; que mantiene la atención del espectador –volcadísimo con los personajes, entrando al trapo en cada gag– durante más de dos horas, en lo que ha de considerarse sin duda como una proeza. ¿Que en otras condiciones  y con más medios se podrá jugar mucho más con la puesta en escena? También es cierto; pero insisto en esa idea de que Black ha sido el primero en atreverse a montar esta obra en España, y que lo hace con toda dignidad dentro de los medios con los que cuenta.

Honestidad general y trabajo de equipo en el reparto que dirige Black, que desprende una sensación de química, camaradería y confianza en el compañero bastante evidente, que es la que hace que este trabajo llegue a buen puerto y que palpite verdad y realismo. Dentro de la idea de que todo el elenco funciona bien en los parámetros que marca la dirección, puede que en el hecho de que Avery –que en este montaje no es afroamericano- tenga los mejores momentos de la función haga que parezca que Mikel Bustamante esté un escalón por encima del Sam de Rodrigo Ramírez –al que puede que le falte un puntito de cinismo para dibujar su aire de superioridad en según qué escenas; pero que se desquita a gusto en un gran momento en su última escena con Rose, donde da de lleno en la diana de la intensidad dramática-; y desde luego creo que convendría extremar más el carácter de la Rose de Teresa Mencía: dado que Rose es un personaje con un conflicto emocional e identitario importante y que está toda la función queriendo gustar desesperadamente, a veces incluso a través de su sexualidad; creo que el personaje debería resultar más agresivo, un punto más antipático y sobre todo de una sexualidad más explícita para acercarse a las intenciones de la autora –pero sospecho que suavizar la manera de presentar a Rose es una decisión de dirección que una cuestión de la actriz-. José Ángel Trigo cumple sin problemas en los dos roles episódicos que le tocan en suerte.

Gran éxito de un público cálido y receptivo para una propuesta sincera y entregada, que podría ir más allá en el caso de contar con más medios; pero que tiene el valor innegable de traer a la cartelera española un texto de total interés. Alguien debería apostar por ellos para hacer que este espectáculo pueda crecer en cuestión de medios y obtenga la visibilidad que merece, por el riesgo y la valentía que supone haber levantado la propuesta desde un principio; pero, sobre todo, por el interés máximo del texto.

H. A.

Nota: 3.25/5

 

“The Flick”, de Annie Baker. Con: Rodrigo Ramirez, Mikel Bustamante, Teresa Mencía y José Ángel Trigo. Versión y dirección: Adán Black. THEATRE FOR THE PEOPLE.

Theatre for the People, 25 de Octubre de 2015 (20.00 horas)

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