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‘Como si Pasara un Tren’, o saluda a los que se quedan

noviembre 21, 2014

“Algunas nos pasamos la vida queriendo creer…” (Como si Pasara un Tren, Lorena Romanín)

¿A qué van ustedes al teatro? Hay funciones y funciones. Hay funciones que le dejan a uno frío, funciones cuya mera función es entretener, e incluso funciones que llegan a emocionar. Pero luego hay un cuarto grupo, mucho más reducido y selecto: las funciones que, por encima de la sensación que te produzcan durante la representación, te acompañan por la calle a la salida del teatro, te acompañan en casa y se niegan a archivarse en el recuerdo; las funciones que no te sueltan aún días después de haberlas visto, y en las que el pensamiento sigue permitiendo descubrir capas y capas de lectura, aún al margen de la emoción inmediata que te producen. En definitiva, las funciones que te remueven, supongo. Es ahí, en ese reducidísimo grupo de experiencias donde hay que situar Como si Pasase un Tren, un texto tan sencillo como contundente de Lorena Romanín que se ha estado representando desde Febrero en la pequeña sala La Trastienda y que ahora ha saltado con gran acierto al Off del Teatro Lara en un curioso horario de domingo a mediodía que no deja competencia posible.

Susana vive en algún pequeño pueblo con su hijo Juan Ignacio, un adolescente con un retraso mental. Madre coraje ha conseguido encontrar el equilibrio que le permite mantener una existencia tranquila y más o menos feliz en esa especie de microcosmos que es el pueblo, tras haber tenido que sacar adelante sola a su hijo. A pesar de que le quiere, mantiene a su hijo sobreprotegido hasta puntos que no le dejan evolucionar como persona. Un día llega a la casa Valeria, la sobrina adolescente de Susana, a la que su madre manda una temporada castigada al pueblo después de encontrarle un porro entre sus cosas. La llegada de Valeria supondrá un primer choque de trenes entre las costumbres de campo y las costumbres de ciudad; pero también romperá los esquemas armónicos de Susana cuando la joven se haga consciente de que Juan Ignacio tiene –desde su inteligencia- los anhelos incumplidos de cualquier persona normal, y decida ayudarle a despertar a ese mundo real, del que su madre le ha mantenido protegido, según ella por su propio bien. Será entonces cuando Susana tenga que enfrentar una serie de cuestiones que hasta entonces han permanecido en silencio, a la vez que Valeria descubre el concepto de núcleo familiar a través de sus anfitriones. Y así pasarán unas semanas en las que los tres personajes se retroalimentarán y habrán de tomar toda una serie de decisiones que cambiarán sus vidas para siempre. Porque hay trenes que en la vida pasan solamente una vez, y estos personajes en esta función van a ver, de alguna manera, pasar los suyos; y han de decidir si los cogen y saludan a los que se quedan –como sugiere Valeria a Juan Ignacio en un momento de la función- o, por el contrario, deciden quedarse anclados en la existencia que llevan ahora.

Como si Pasara un Tren –expresión que en Argentina equivale al español “como el que oye llover”, pero que aquí también tiene que ver con la especial querencia de Juan Ignacio por los trenes- no es más que un retazo de vida. Unas vidas que el espectador es invitado a observar cual voyeur a unos centímetros de distancia. Y, como en la vida, en un suspiro se pasa de la carcajada –la carcajada que a priori produce esa madre costumbrista que parece sacada de un sainete, la carcajada que producen las espontáneas reacciones de Juan Ignacio- al pellizco de emoción –porque enseguida vemos que aquí todos tienen sentimientos intensos-, el nudo en la garganta e incluso la lágrima –cuando los personajes han de enfrentarse a sus fantasmas-. La vida. Una comedia dramática cotidiana en el más amplio sentido de la expresión. Vista la trama, hubiera podido optarse por un dramón del copón; y, sin embargo, nada más lejos: la escritura de Lorena Romanín tiene esa capacidad del teatro argentino de crear unos personajes tremendamente humanos y tremendamente dignos –pocos personajes de discapacitado se han escrito que tengan la dignidad que se le confiere a Juan Ignacio-, que miran a la vida al frente e intentan seguir con una sonrisa. Hay, de hecho, mucho espacio para el sentido del humor; un sentido del humor que tal vez haga que algunas bofetadas acaben siendo más dolorosas. Una escritura que respira un clima de cotidianeidad –precisamente a base de manejar la temperatura de las escenas para que las emociones sucedan en cuestión de segundos- de manera que hace que lleguemos a olvidar que estamos viendo una ficción, y que genera una conexión inmediata entre público y escena: reconocemos lo que vemos, nos es cercano, podrían ser nuestros vecinos… y por eso reímos, lloramos y sentimos ternura ante lo que vemos. Empatizamos con los personajes, queremos que se liberen de sus cadenas y salgan adelante… Puede que lo único que se le pueda reprochar al texto de Romanín es esa sensación egoísta de que si todas las personas fueran como estos personajes, tal vez todos seríamos un poquito más felices en la vida.

Claro que la cercanía ayuda a implicarse, pero también hubiese podido ser un arma de doble filo para los actores, que manejan personajes psicológicamente complejísimos a un palmo de distancia, y si se hubiesen pasado de rosca, se caerían con todo el equipo. No sucede. Hay mucho y muy bueno que decir. Permítaseme empezar por Carlos Guerrero, primero porque nunca antes le había visto trabajar ni tenía ninguna referencia suya. Y me quito el sombrero: desde la composición física hasta el hecho de haber sabido encontrar el punto exacto para sugerir un retraso que, sin embargo, no haga perder de vista que el joven comprende y procesa cuanto pasa a su alrededor –y, por lo tanto, se le puede dañar como a cualquier persona-, Guerrero clava a Juan Ignacio, huyendo de tópicos y clichés y demostrando que tener ingenuidad no está reñido con tener carácter. Ignoro de dónde sale toda esa verdad en un actor tan joven; pero aquí hay un trabajo impactante, verdaderamente admirable. Si sigue por ese camino podemos estar hablando de un intérprete muy importante en el futuro. Lo de María Morales –que espero que a estas alturas ya no necesite presentación para nadie- es de impresión. No hay más. Primero porque trabaja desde un costumbrismo que hace olvidar en un segundo cualquier posibilidad de ficción: esa señora que vemos ahí existe y es de verdad, no queda otra. Y después, porque consigue convertir un personaje aparentemente plano –la madre castradora y un punto cateta- en un juego de muñecas rusas: conforme avanza la trama, vamos viendo más y más caras de Susana, y esa señora que al principio causaba risa por su exceso llega a desmontar con la mirada para convertirse en una verdadera madre coraje, una superviviente a la que en el fondo el mundo se le cae encima aunque quiera disimularlo. Y cuando por fin vemos todo lo que lleva detrás conmueve, ¡y de qué forma! Sus últimas escenas son antológicas, y a uno le dan ganas de levantarse a darle un abrazo y decirle que no se preocupe, que todo va a estar bien. De su personaje es la frase que tomo para abrir esta crítica, y que creo que resume muy bien no solo el espíritu del personaje, sino también el espíritu de la historia misma. En fin, Marina Salas, sin tener que enfrentarse a un personaje psicológicamente tan complejo como los de sus compañeros, pone al servicio de Valeria toda esa energía tan orgánica que tiene a la hora de trabajar: creo que este tipo de personajes le convienen particularmente, porque necesita transmitir esa energía que se vuelve tan contagiosa y que conecta tan bien con el público; y de eso se trata, porque al fin y al cabo los ojos de Valeria, como recién llegada que es, son también los nuestros a la hora de examinar qué pasa en esa casa. Hay una química evidente con Guerrero, y regalan entre los dos escenas llenas de ternura; y su enfrentamiento con Susana es la joya de la pieza: la sala enmudece.

En el espacio intimísimo de la sala Off del Lara y con un sofá, una mesa, una alfombra y algunos juguetes como únicos elementos escénicos, la puesta en escena de Adriana Roffi aprovecha cada recoveco con el que cuenta, y es de esas direcciones que son tan buenas no se ven: realmente parece que son tres personas dejadas en la intimidad de su casa, inconscientes de que estamos observándoles y viviendo a su manera. Evidentemente, para llegar a esta sensación tan difícil de conseguir –y que aquí está tan lograda- tiene que haber un duro trabajo de dirección detrás: de otro modo, no se llegaría a las cotas de emoción que aquí se alcanzan. Brava.

Un servidor salió profundamente noqueado por este retazo de verdad, que se cuenta sin duda entre lo mejor que he visto en bastante tiempo en teatro. Y, lo más difícil: han pasado días desde que vi la función; pero el recuerdo, la impresión y la emoción aún no me han abandonado. De esas cosas que no se olvidan tan fácilmente… De momento quedan funciones, así que ustedes todavía pueden coger este tren: no lo dejen pasar. TEATRO, con mayúsculas.

H. A.

Nota: 4.75/5

 

“Como si Pasara un Tren”, de Lorena Romanín. Con: María Morales, Carlos Guerrero y Marina Salas. Dirección: Adriana Roffi.

Teatro Lara (Sala Off), 16 de Noviembre de 2014 (13.20 h).

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