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‘Hacia la Alegría’, o tiempo de antihéroes

noviembre 26, 2014

Fruto de una importante coproducción entre varios teatros y festivales internacionales dentro del Programa Cultura de la Unión Europea Ciudades en Escena llega al Teatro de la Abadía Hacia la Alegría, la nueva creación teatral del reputado artista francés Olivier Py, que mantiene en muchos aspectos ese sello de personalidad tan frecuente en sus trabajos: compejidad de contenido, rigor y apuesta en firme por la estética.

Un conocido arquitecto se despierta sobresaltado en mitad de la noche y, movido por una fuerza superior que no acierta a explicarse, sale a correr por la ciudad. La obra transcurre en forma de monólogo interior, desgranándose los pensamientos de este hombre mientras corre frenéticamente enfrentado a la magnitud de la ciudad, desde los barrios residenciales en que vive hasta los lugares más bajos. Esta anécdota sirve a Py para trazar una profunda reflexión política, artística y social por medio de la figura de este hombre, que verá cómo esos principios que él creía válidos se tambalean peligrosamente: mientras va adentrándose en las profundidades de la ciudad, también va adentrándose en los abismos de su subconsciente, sometiéndose a una suerte de degradación física y personal que él encuentra como la única salida liberadora: es el hombre despojado de responsabilidades, el hombre enfrentado a una sociedad de consumo que niega, es el hombre enfrentado al arte como mera herramienta política… Es, en fin, un hombre, que necesita despojarse de los pesos de su vida, y que encuentra como digo la liberación en una suerte de macabro exorcismo que le llevará hasta las últimas consecuencias. Exhausto y desprovisto de cualquier comodidad, desnudo y enfrentado a la mugre de los suburbios, este hombre que había vivido sometido a reglas sociales se sumerge en una suerte de macabro éxtasis místico consigo mismo. Así, el héroe moderno que debería ser la figura del empresario triunfador se convierte aquí en un antihéroe contemporáneo –tiempo de crisis, tiempo de antihéroes-, que sale de su comodidad para enfrentarse a su verdad, y dejar de vivir en esa gran mentira que es la sociedad ordenada. Pero, después de la degradación ¿qué hay? ¿qué queda? ¿dónde están los límites de la degradación personal y moral de un individuo? ¿hay vuelta atrás?

Este texto, profundamente difícil para público y actor –e  incluso posiblemente difícil de subir a las tablas manteniendo el interés del espectador durante los 80 minutos que dura- es en esencia una adaptación teatral de un capítulo de la novela Excelsior, y este hecho se nota y juega en contra. Con espacio para hablar de filosofía, sociedad, política, valor y concepciones del arte, corrupción y otros temas con espacio y sociedad como pilares fundamentales para la reflexión, el texto presenta reflexiones interesantes –sobre todo durante la primera media hora-, pero a la escritura le falta, digamos, teatralidad: el registro lingüístico es siempre altísimo, como una suerte de prosa poética que provoca un distanciamiento inevitable entre el personaje y la audiencia, que ignoro hasta qué punto pueda ser accidental o, directamente, buscado. Resulta complejo, en cualquier caso, pensar que un hombre –y más un hombre que está descendiendo a sus infiernos más profundos- pueda “pensar” con esa prosa de índole tan poético y rebuscado, que cae en ocasiones en la pedantería: pueden resultar interesante el mensaje y la reflexión, pero el lenguaje acerca más el material a un ensayo sobre ética, estética y sociedad en primera persona –donde, de algún modo, pareciera que el propio Olivier Py se está expresando por boca de su personaje- que a un monólogo teatral. Por lo intrincadísimo del texto, resulta muy complejo mantener la atención durante todo el espectáculo, sobre todo por esa distancia que se crea debido a la complicada manera de contar las cosas. Son solo 80 minutos, pero la propuesta se hace larga y hasta un punto farragosa debido al lenguaje, por más que arroje ideas de interés que invitan a la reflexión. Se ofrece el texto bajo una traducción al castellano de Fernando González Grande, que supongo que habrá optado por ceñirse lo más posible al complicado registro en que está escrito el original.

Una vez asumido esto, hay que decir que Olivier Py –que además de ser autor del texto dirige la función- ha convertido su propuesta en un espectáculo estéticamente fascinante en lo visual, que es un deleite para los sentidos. Pide un complejo entramado escénico –que incluye un cuarteto de cuerda en escena interpretando en directo una sugerente y atmosférica partitura de Fernando Velázquez, en un estilo mucho más complejo que los de sus bandas sonoras para cine- y la friolera cinco técnicos de escena que ayudan a crear ambientes y espacios en tiempo record. La escenografía es un edificio, una imponente estructura giratoria que muestra la fachada y el interior del espacio, apoyada en una iluminación convenientemente fría de Bernard Killy. En este sentido, la propuesta es un despliegue de medios que merece por sí solo la visión del espectáculo.

Y luego está Pedro Casablanc, entregado hasta más allá de cualquier límite y descomunal como actor en un trabajo dificilísimo: ya no solo por la velocidad frenética a la que debe decir un texto larguísimo y complicadísimo –lo hace sin titubear en ningún momento-, sino por la espectacular forma física que demuestra en un montaje agotador, en el que el actor debe correr casi sin descanso sobre el escenario –e incluso saltar a correr frenéticamente a la platea en un momento determinado- durante la hora y cuarto que dura el espectáculo, al tiempo que debe desnudarse, vestirse e incluso rociarse con una suerte de pintura negra que simula el fango en el que se sumerge el personaje. Es por todos sabido que Casablanc es siempre un excelente actor que ha encarado con acierto montajes complejos y exigentes –pienso en Jose K. Torturado, Últimas Palabras de Copito de Nieve o Marat-Sade, por poner tres ejemplos- pero creo que en este trabajo se lleva la palma por todo lo que implica. No todos estarían dispuestos a enfrentar una propuesta de esta exigencia –en lo físico, en lo escénico, en el texto e incluso en la complejidad que entraña todo el espectáculo en sí mismo-, y muy pocos podrían hacerlo saliendo airosos. Pedro Casablanc se entrega, salta sin red, y parece terminar sin signos de excesiva fatiga un espectáculo que debe resultarle, sin embargo, agotador a todos los niveles. Un grande de nuestro teatro actual, sin duda.

Aplausos entusiastas –y bravos merecidísimos al equipo- para un espectáculo que tiene mucha magia en lo visual y una interpretación soberbia; pero que podría haber subido muchos enteros si el texto se alejase de las sesudas sendas filosóficas por las que transita y se dejase llevar: por supuesto que el teatro es un arma para despertar conciencias, pero hay formas más directas de lograrlo; y aquí, por encima del texto en sí  mismo, hay un estupendo espectáculo estético de teatro: lástima que el mensaje se reciba desde un distanciamiento que resulta inevitable –sea buscado o no-.

H. A.

Nota: 3.25/5

 

“Hacia la Alegría”, de Olivier Py. Con: Pedro Casablanc. Músicos en escena: Desislava Karamfilova, Pertya Kavalova, Stamen Nikolov y Albert Skuratov. Traducción: Fernando Gómez Grande. Música Original: Fernando Velázquez. Dirección: Olivier Py. TEATRO DE LA ABADÍA / THÉÂTRE NATIONAL DE LA COMMUNUATÉ FRANÇAISE /FESTIVAL D’AVIGNON / TEATRUL NATIONAL RADU STANCA / CITIES ON STAGE.

Teatro de la Abadía, 16 de Noviembre de 2014 (19.00h)

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