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‘El Zoo de Cristal’, o individualismos y superficies

noviembre 20, 2014

La sola idea de poner en escena un texto como El Zoo de Cristal es un triple riesgo: por lo conocido de un texto que forma ya parte de los grandes clásicos de la literatura teatral, por lo puntilloso y claro que fue Tennesse Williams al describir minuciosamente tanto la psicología de sus personajes como la compleja disposición escenográfica que tenía en mente y a la vez –y quizá diría sobre todo- por la libertad que concede a los directores a la hora de escenificar su obra. Dice el propio Tennesse Williams en el prefacio de mi edición del texto que “como es una obra de recuerdos (…) puede representarse con una insólita libertad de convencionalismos”. A pesar de esto, presenta en su texto una minuciosa descripción –él prefiere llamarlas “sugerencias”-  para la puesta en escena y sostiene también que “el expresionismo y todas las demás técnicas no convencionales del teatro no pueden tener sino un solo objetivo válido: aproximarse más a la verdad”. Considerando todo esto, hay que reconocer que es difícil para un director saber encontrar el equilibrio entre su propia idea de este espectáculo –esa “libertad de convencionalismos” a la que hace referencia Williams- y el ajustarse a la descripción minuciosa y pormenorizada de la puesta en escena, tal y como la plantea el autor norteamericano en el texto –para que se hagan una idea, la primera acotación de escena se prolonga durante dos páginas completas, antes de que comience el diálogo en sí mismo…-. ¿Cómo lograr el equilibrio entre un montaje con identidad propia y un montaje que no traicione las clarísimas ideas del autor? Tarea difícil en este texto, como en pocos.

Puesto que es, ante todo, un drama familiar, siempre me ha gustado leer El Zoo de Cristal como una obra coral: por encima de individualismos, es la estructura familiar la que salta por los aires. Al menos los tres personajes de la familia Wingfield deberían tener el mismo peso, cada uno desde su óptica, cada uno de ellos cargando con su drama, exponiendo su problemática y luchando contra sus propios conflictos. Pero siempre con el mismo peso. La presente propuesta, sin embargo, está encabezada por una primerísima actriz como es Silvia Marsó en el personaje de Amanda, la matriarca. Todo en este montaje parece concebido por y para Marsó, como si el texto se enfocase de alguna manera como un pretexto de lucimiento para la actriz. Aquí todo gira en torno a la figura de Amanda, siendo los demás personajes mero acompañamiento a su alrededor. Para ello en la adaptación de Eduardo Galán la poda ha sido implacable: se ha aligerado muy considerablemente el texto de manera que parezca que la obra trata, sobre todo, de Amanda. Así, Tom –cuyo peso es indiscutible puesto que es el narrador de los hechos, y deberíamos verlo todo desde “su” punto de vista, ha perdido gran parte de su diálogo, con lo que nos quedamos sin recibir información que para mí es importante para juzgar al personaje: ¿qué ha pasado con su monólogo previo a la llegada del invitado, por ejemplo?- y Laura –la hija coja que para mí es, después de todo, el personaje central porque es ella quien provoca indirectamente los hechos y acaba recibiendo de alguna manera las consecuencias de la manera más dura- parece casi una figura decorativa reducida a la mínima expresión. El motivo de esta versión parece claro: multiplicar la presencia de Amanda todo lo posible, como así acaba siendo, y convertir el relato más en una historia sobre la problemática de la madre que sobre la problemática de la hija o de la familia. Evidentemente, es una opción, pero no parece la que abarca el significado del texto de forma más amplia. Quien no conozca el original puede que no note la poda –y reciba una posible lectura de la obra-, pero quienes la conocemos en profundidad tendremos la sensación de que este acercamiento se queda en la superficie de un texto que es mucho más rico en matices y capas de lo que aquí aparece.

La puesta en escena de Francisco Vidal –hombre de teatro que ha dejado muchos trabajos de máxima honestidad- aún siendo honesta y ordenada en líneas generales dentro de los elementos con los que cuenta peca, de entrada, de una sobriedad excesiva que no ayuda al resultado final y que acaba volviéndose en su contra. La escenografía de Andrea D’Odorico es demasiado esquemática –hubiese sido válida en una sala pequeña, pero en un escenario del tamaño del Fernán Gómez acaba provocando cierta sensación de desnudez…-; y, en este sentido, en la distribución de planos a veces se han tomado algunas soluciones muy discutibles: no se entiende por qué colocar la escalera de incendios en un lateral –tal y como pide Williams en el texto- si luego apenas se usa en un par de momentos; y Tom se va a dirigir al público en sus monólogos desde el salón de su casa -y no desde la escalera de incendios, que sería más propio, ya que narra desde otro tiempo y desde otro lugar distinto a la casa…-. Hay además algunas soluciones que van directamente en contra del texto: sugiere Tennesse Williams que Laura “lleva la pierna embutida en un aparato ortopédico (…) un defecto que sobre el escenario solo hay que sugerir”. En el presente montaje, Laura no lleva aparato alguno, y su cojera es muy leve –es una opción perfectamente válida-; pero sin embargo en un momento de la función Laura se refiere al “ ruido que hacía el aparato cuando bajaba las escaleras de pequeña”: evidentemente, si se toma la decisión –insisto, perfectamente asumible- de no colocar ortopedia a Laura, se debería modificar este pasaje a favor de la coherencia. A la iluminación de Nicolas Frischtel –también en exceso esquemática- se le podría pedir un uso que apuntase más a crear atmósferas simbólicas –para separar tiempos narrativos, por ejemplo y darle un aire de irrealidad al todo-.

Ante este minimalismo –que juega en contra-, una solución hubiese sido profundizar a conciencia en la psicología de los personajes, cosa que aquí lamentablemente solo sucede en el caso de Amanda, puesto que parece la razón de ser de este montaje. Silvia Marsó encarna a Amanda con la rotundidad y dignidad requeridas, sin cargar demasiado las tintas; aún cuando el montaje apueste más por una Amanda con tintes de comedia y retazos de patetismo que por una mujer por la que haya que sentir más compasión que risa -así entiendo yo el personaje-. Marsó parece rebelarse un poco, y al menos consigue dotar a su personaje de una cierta temperatura dramática que en los casos de sus compañeros, no siempre aparece. En ella sí: podrá gustar más o menos el enfoque, pero sabe que es la protagonista absoluta de esta versión y lo aprovecha. Pisa el escenario segura, firme y sobrada de tablas –en la función que presencié solventó un despiste con el texto con una naturalidad con la que solo las grandes pueden hacerlo-, y hace lo que se le pide con carácter y convencimiento, con momentos notables como su desgarrada explosión final. Pero el enfoque del personaje podría dejar entrever más la humanidad de esta gran perdedora que en el fondo es un ser sufriente, aún viviendo en su propia realidad.

Sus tres compañeros pecan, de entrada, de la falta de definición de sus personajes a partir de la poda del texto para que todo gire alrededor de Amanda. La caracterización psicológica de los demás parece haberse quedado un poco por el camino, o a medio construir, lo que provoca que a todo lo que no sea la matriarca le falte temperatura -llamémosle verdad, emoción, o como ustedes quieran-. Por más que tenga ciertos momentos con algo de sencillo encanto –los tiene, sobre todo en el uso de la mirada que tiene algo de fantasmagórico- poco puede hacer Pilar Gil por colocar a Laura en el lugar protagonista que le corresponde: el montaje la ha dejado reducida casi a una figura decorativa como las de su zoo de cristal. La actriz aporta sugerente presencia, pero el papel debería tener mucha más chicha. A Alejandro Arestegui en Tom le falta implicarse en lo que está contando: parece ausente del conjunto, y sus monólogos –capitales- pasan casi sin darse cuenta. No debería pasar esto con un personaje que es importantísimo, y aquí no pasa de adorno, porque pareciera que el actor hubiese colocado una barrera emocional que le impide crear un personaje creíble. Puede que el pretendiente de Carlos García sea el más equilibrado en términos de composición del personaje y su correspondencia con el ideario de la obra de Williams: su enfoque es como corresponde a Jim, sencillo, convincente y sin cargar las tintas; en su capital escena con Laura -también muy recortada- la cosa parece recuperar por unos momentos el vuelo y el interés –es ahí donde uno lamenta que Laura no haya sido central durante toda la función…-.

En fin, es una propuesta que gira como digo alrededor de una sola intérprete. Un acercamiento que creo que no saca todo el jugo que posee este texto y que, por su carácter intimista, pienso que funcionaría mejor en una sala pequeña que en la inmensidad del Fernán Gómez –y, en este sentido, sería una función encomiable si estuviésemos hablando de una producción de una pequeña sala alternativa…-. Hay que conceder que por momentos provoca la carcajada del público, que conecta con el montaje y que tiende a reírse de Amanda en momentos en que la matriarca bordea el patetismo y en mi opinión debería dar más lástima que risa; pero mi sensación final es que –dados los mimbres disponibles para esta producción- el enfoque y el resultado deberían haber sido bastante más ambiciosos. El mero hecho de apostar por este magno texto así lo merece, pero este acercamiento se queda en la superficie de una obra que es profunda como el océano.

HA.

Nota: 2/5

 

“El Zoo de Cristal”, de Tennesse Williams. Con: Silvia Marsó, Alejandro Arestegui, Pilar Gil y Carlos García. Dirección: Francisco Vidal. Versión: Eduardo Galán. SECUENCIA 3 / TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Fernán Gómez, 15 de Noviembre de 2014

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2 comentarios leave one →
  1. Lucía permalink
    noviembre 20, 2014 11:19

    Estoy totalmente de acuerdo contigo, pero creo que te has quedado corto…
    Más allá de que se pueda estar o no de acuerdo con la visión que se haya querido dar de los personajes, donde no me meto, el montaje hace aguas por todas partes. Personalmente, me pareció algo que, como tú dices, habría quedado correcto (tampoco digamos ‘bien’) en una pequeña sala en la que se ofertase dentro de una programación amateur, pero pensar que esto se venda como teatro profesional me parce un insulto y hace que pierda la fe (si es que aún me quedaba algo) en la profesión.
    No me convenció absolutamente NADA: ni la dirección, ni la interpretación, ni la escenografía, ni el vestuario, ni la iluminación… Ningún tipo de atmósfera, decisiones (a mi juicio) muy mal tomadas, prácticamente nada de verdad en la palabra, cuerpos que no se sentían en escena, actores que se pisaban en sus diálogos porque parece que no tenían claro el texto… Y voy a ahorrarme otro largo etcétera que achacaré a que ‘era el día del estreno’ más que al no saber hacer de los integrantes del montaje.
    El público se rió a mi alrededor, yo salí indignada.

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