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‘Luciérnagas’, o cuando lo cotidiano coquetea con el melodrama

julio 16, 2015

Sucede pocas veces que coincidan en la cartelera dos historias tan semejantes en su punto de partida como son Como si Pasara un Tren y Luciérnagas. Dos historias escitas por mujeres, autoras argentinas, con tres personajes en un pueblo rural y un personaje discapacitado que es de alguna manera el motor central de la aque acción. Hasta aquí las semejanzas porque –partiendo de esquemas similares-, una y otra toman caminos dispares que las convierten en dos maneras de abordar una misma temática.

Un pueblo del interior a mediados de los 80 o a primeros de los 90. Julio y Álex son dos hermanos huérfanos que viven en un clima de pobreza. Además, Álex tiene un retraso mental y Julio se ha dedicado a cuidarle. Un día llega al pueblo Lucía, una joven que dice guiarse por señales y que viene movida por un impulso que no acierta a explicarse… A la vez que Lucía comienza a trabajar en un hostal –a la espera de un novio que no llega…-, se integra en la rutina de los dos hermanos, insuflando un soplo de aire fresco en una rutina que empieza a ahogar a Julio. Pero tanto Julio como Lucía tienen cargas del pasado de las que no pueden desprenderse, y a las que tendrán que enfrentarse con el devenir de los acontecimientos: ella una huida constante y él una vida no realizada que no deja de perseguirle desde la distancia; al tiempo que Álex no sabrá bien si ver en Lucía a una amiga o a un elemento externo y desconocido que le obliga a que afloren instintos que hasta ahora habían permanecido dormidos. Pero ahora los tres personajes tienen por fin una excusa -seres solitarios con muchas ganas de amar y ser amados, pero con una dificultad para manifestarlos- para cambiar y para labrarse la vida que se merecen… Si es que consiguen desprenderse de sus cargas ¿se puede cambiar?

Carolina Román –que había acertado de pleno al escribir En Construcción y Adentro– empieza esta vez escribiendo una comedia dramática cotidiana, pero enseguida decide instalarse en un universo en que lo poético, las metáforas y las imágenes cobran capital importancia. Es esta una de las razones por las que creo que la función empieza mejor de lo que termina: porque como historia de lucha, de superación y de retroalimentación entre personajes que necesitan de apoyos –y encuentran esos apoyos a vidas difíciles en su alrededor- hubiese podido funcionar –y funciona al principio, generándose un cierto feeling hacia los personajes- mucho mejor de lo que lo hace cuando Román decide progresivamente introducir toda una serie de giros argumentales que se alejan de lo costumbrista para situar la historia más en la línea de lo decididamente dramático: cuando el público parece tener claro por dónde va a tirar la historia, de pronto todo da un giro de 180 grados: ni la carga de Julio es la que el espectador piensa –y esto convierte a un luchador nato en un personaje por momentos antipático, porque duda y no siempre se enfrenta a los problemas…- ni Álex es el ser entrañable del inicio desde el momento en que la autora decide que –aunque sea solo por un momento- el personaje tenga que sacar a la superficie sus más bajos instintos primarios, generando un conflicto entre los dos hermanos que no termino de ver claro… En fin, que a la larga uno solo se siente cercano al personaje de Lucía, después de todo la más viva y la más humana del terceto….

Y todo esto tras una primera mitad interesante; pero que termina derivando peligrosamente hacia el melodrama… Hay además escenas que creo que directamente sobran –las pesadillas reiteradas que explican algo que el público debe sobreentender sin problemas, o ese epílogo ¿qué fue de…? que por momentos roza el telefilm de sobremesa y parece una excusa para que el público pingue el moco, con la inestimable ayuda del personaje discapacitado, con el que la autora decide de pronto cebarse de forma un tanto gratuita: un final que creo que debería revisarse…-. También ocurre que personajes evocados que cuando nacen parece que van a tener una importancia capital en el desarrollo acaban desapareciendo sin dejar rastro –los señores Levi-. En cualquier caso, pienso que hubiese sido preferible centrar el metraje en lo verdaderamente importante –las relaciones entre los personajes-…. Pero lo que diferencia Luciérnagas de otros textos de Román es que aquí todo termina teniendo respuestas -por más que a veces no sean las esperadas…-, mientras en otras funciones suyas había incógnitas que hacían volar la imaginación: aquí no hay dudas posibles… y en teatro la duda siempre es interesante.

Román asume también la dirección del montaje, y hay que reconocer que alcanza momentos de gran belleza expresiva en la disposición de los planos escenográficos y en la habilidad para separar tiempos y espacios sobre todo –la escena final o el buen uso que y fuertemente apoyadas en lo simbólico y lo coreográfico- me siguen sobrando las escenas oníricas, por una mera cuestión de sobrecarga… Así y todo, hay que reconocer que la función sí es visualmente hermosa –aunque le falta ese punto de naturalismo cotidiano que sí tienen los textos de Román cuando caen en manos de otros directores-. Quitaría, eso sí, la selección musical –instalada en tiempos e idearios ya muy pretéritos…-.

Puede que Aixa Villagrán sea en su Lucía la mejor del trío: porque detrás de esa poligonera que irrumpe enseguida vemos que hay algo que no funciona bien, una gran inseguridad latente detrás de esa seguridad apabullante que quiere aparentar: Villagrán clava el registro y el personaje es para llevárselo a casa. Tengo la impresión de que el Álex de Kike Guaza –que sustituye al actor que estrenó este personaje- aún le faltan pulir algunas cuestiones que hagan que veamos a un discapacitado y no a un actor haciendo de discapacitado: hay algunos tics –esa lengua…-  que resultan algo impostados; si bien hay que reconocer que tiene una mirada expresiva que cautiva: hay momentos en que uno no puede más que mirarle a él aunque no sea el centro de la acción. Es seguro que crecerá conforme avancen las funciones. En fin, Jaime Reynolds responde bien a la angustia que encierra un personaje que está tan lleno de giros –digamos giros no siempre coherentes- que no se lo dejan fácil a cualquier actor: Reynolds cumple sobradamente y sabe entrar bien en el universo poético que Román nos propone.

En un año en el que se han visto varias propuestas interesantes centradas en personajes con discapacidad –Como si Pasara un Tren, o incluso la durísima Las Neurosis Sexuales de Nuestros Padres-, lo cierto es que la impresión que deja Luciérnagas es la de un drama que se instala en lo cotidiano, pero que cojea y pierde redondez cuando toma la resolución de avanzar con paso firme hacia un tono melodramático que de alguna manera llega a servir de barrera entre el público y la historia. Empieza -en cualquier caso- mejor de lo que termina, porque lo tierno siempre es más interesante que lo melodramático, y la frontera entre ambas cosas es complicada de flanquear.

* El actor que aparece en las fotografías es Fede Rey, que ha sido recientemente sustituido -también en la función a la que hace referencia esta crítica- por Kike Guaza en el papel de Álex.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Luciérnagas”, de Carolina Román. Con: Kiike Guaza, Jaime Reynolds y Aixa Villagrán. Dirección: Carolina Román. TEATRO DEL ARTE.

Teatro del Arte, 4 de Julio de 2015

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