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‘Que Nadie se Mueva’, o sentir los colores de la(s) bandera(s)

enero 22, 2020

que nadie se mueva

Se ha reestrenado este mismo mes en los Teatros Luchana Que Nadie se Mueva, una comedia coescrita por Jon Plazaola y Esteban Roel que unos años atrás –concretamente en 2013- se había presentado en el Teatro Galileo – quédense con este dato, porque la cosa tiene su miga- y que ahora vuelve convenientemente revisada e interpretada por el propio Jon Plazaola junto a Agustín Jiménez, Elena Lombao y Sara Gómez. De algún modo, se podría decir que estamos ante una comedia de gags –muy en la línea del humor televisivo-, que parte de una trama policial negra para convertirse pronto no sólo en una guerra interesestatal sino en una puesta a punto de la situación de un país cada vez más corrupto y fragmentado. En apariencia, podríamos pensar que venimos a ver una comedia blanca de risotadas aquí y allá; y, sin embargo, la actualidad misma convierte Que Nadie se Mueva en un título más corrosivo que nunca, que conviene recuperar ahora precisamente porque la realidad empieza a superar peligrosamente a esta ficción delirante y esa es una de sus virtudes. Y es que, no lo olviden, si Que Nadie se Mueva se estrenó en 2013 quiere decir que lleva escrita ya unos cuantos años; por más que la trama parezca sugerir que estamos ante una pieza nacida de la actualidad política actual: ¿cómo es esto posible? Pues porque, efectivamente, pareciera que la realidad se ha convertido en algo más delirante que la propia ficción. Desde luego que Que Nadie se Mueva –manejada por un elenco que controla bien el tipo de producto que tiene entre manos- cumple sobradamente con la función de entretener, conectar con el público y provocar las carcajadas por medio de unos diálogos pensados para ello; pero lo que hace unos años podría parecer una comedia surrealista de corte berlanguiano amenaza con convertirse en una comedia de corte cada vez más realista, como si los autores se hubiesen anticipado a ciertas cosas que están ocurriendo.

La obra que se iba a representar en los Teatros Luchana –Miedo y Asco en Las Ventas- se cancela por la aparición de un cadáver en la sala. Nadie puede salir del teatro, todos somos sospechosos. A investigar el crimen acude, claro, una agente de la Policía Nacional, que comienza las pesquisas… pero, al poco tiempo, irrumpen –también convocados- un agente de la Ertzaina y un Mosso d’Escuadra, que quieren solucionar el asunto a su manera. Incapaces de ponerse de acuerdo con la Policía Nacional, surge del patio de butacas una agente de la Guardia Civil, dispuesta a tomar el mando abochornada por la incompetencia de lo que está viendo. Pero ¿a quién le corresponde el muerto? ¿De cuál de los cuatro cuerpos es competencia? ¿Por qué todos quieren colgarse la medalla de resolver el caso torpedeando el trabajo de sus compañeros? Será el inicio de una investigación delirante en la que todos querrán imponer su ley; y de la que, por supuesto, cualquiera de ellos podría ser culpable. Y, a la hora de resolver el caso… ¿Cuántos métodos son posibles? ¿Cuántos países son posibles? ¿En qué se está convirtiendo verdaderamente España?

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El texto que escriben Jon Plazaola y Esteban Roel viene a ser, en primera instancia, una comedia que se agarra a una sucesión de gags basados en ciertos estereotipos de personajes antagónicos –la lucha entre el nacionalista vasco, el nacionalista catalán y la patriota da muchos momentos de risa asegurada; como aquel en que cada uno acota los perímetros como si fueran pequeñas ‘naciones’ de las que deben ocuparse- que harán las delicias de un cierto tipo de público. Además, efectivamente, los distintos tópicos de cada tipo de nacionalismo –ese sentir los colores- se usarán como recursos cómicos. Sumemos a esto intrigas, equívocos y pistolas que se disparan para terminar de complicar más las cosas y enrevesar la comedia para deleite del respetable; y sazonémoslo con una complicidad buscada con las butacas de interactuación constante y tendrán el éxito de público que está siendo. No debería extrañar a nadie. En este sentido, su estructura tiene mucho de sitcom televisiva, con ritmo trepidante y diálogos picados que buscan la carcajada inmediata y la consiguen. Hasta aquí habría que decir que estamos ante un producto que sabe lo que está ofreciendo y sabe a qué público busca; y que es normal que el público –al que además se le regala un reconocido reparto televisivo-. Y con esto ya estaría, ya tendríamos un producto lo suficientemente honesto como para entretener al respetable honestamente interpretado por un equipo que sabe cómo bregar con este tipo de comedias para hacer que los chistes de textos rápidos fluyan en todo su esplendor.

Digo que, efectivamente, Que Nadie se Mueva ya habría cumplido su función de haber sido una comedia blanca de gags de corte televisivo – que es a lo que se asemeja-. Sin embargo, hay que tener muy en cuenta una serie de factores. El primero: puede que leyendo la sinopsis uno piense en que esto es algún tipo de refrito de Cuerpo de Élite –exitosa película de 2016, de la que también se hizo una serie en 2018-; pero, de acuerdo a las fechas, Que Nadie se Mueva adelanta la anécdota siendo anterior a ambas. Hay que tenerlo en cuenta y valorarlo positivamente, porque Roel y Plazaola anticipan de algún modo aquí un formato que años más tarde ha demostrado ser un taquillazo, cuando el país ya estaba más convulso. Además, el paso del tiempo ha jugado a favor de que esta trama ya no resulte tan blanca –no sé hasta qué punto esto se podrá montar en todos los territorios del Estado sin levantar ampollas aquí o allá… y es bueno levantar ampollas en teatro- precisamente porque la pieza tiene la osadía –¿o deberíamos decir mejor el acierto?- de reírse de ciertos temas candentes en las políticas nacionalistas y territoriales –más ahora que en el momento de escribirse: qué feliz coincidencia-. Así, lo que en apariencia nació como un conjunto de chistes blancos – entonces más alejados de la realidad de nuestro país- ahora, en muchos momentos, es una verdadera bomba de relojería; que provoca la carcajada no por el chiste en sí mismo, sino por esa sensación – irónica, extraña, también divertida…- de que esa ficción delirante pronto estará sobrepasada por la realidad; porque la realidad no está tan alejada de algunas de las cosas que plantea la función. Inconscientemente, Que Nadie se Mueva –que, a buen seguro, no pretendía ser otra cosa que lo que es- se ha convertido en antecesora de una saga y de comedia blanca ha evolucionado a sátira con momentos de material inflamable: razones más que de peso para recuperarla ahora; sin perder de vista que, además, tiene todos los ingredientes para encantar a un público de corte más comercial.

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En escena, Jon Plazaola, Agustín Jiménez, Elena Lombao y Sara Gómez trabajan en equipo en un espectáculo fundamentalmente coral y se mueven a placer en un tipo de género que dominan perfectamente, aprovechando el ritmo y los tiempos de cada gag para sacarle el mayor rendimiento posible; y creciéndose en los progresivos enfrentamientos que contiene la función, moviéndose además con agilidad en la interacción con el público. Desde luego que este tipo de comedias piden un estilo muy concreto, y tienen el peligro de que los actores puedan o quedarse cortos o pasarse de rosca: en ambos extremos el efecto se perdería; y, sin embargo, aquí el efecto se mantiene siempre. Hay momentos –de esos políticamente incorrectos que comentaba antes- expuestos con una pachorra envidiable, y el público no solamente ríe a mandíbula batiente, sino que aplaude a escena abierta varios de los gags. Con todo lo denostado que está para cierto público este género, hay que decir que cuando la sala está llena y el risómetro funciona, poco más se le puede pedir. En otro orden de cosas, puesto que vimos el estreno oficial, a buen seguro los actores todavía crecerán con el rodaje que aporten las funciones.

Podemos ver Que Nadie se Mueva como una comedia de gags de espíritu televisivo –sin olvidar que es anterior a aquellos ejemplos que, de inmediato, se nos vengan a la mente-, o como una farsa corrosiva que ha sido capaz de anticiparse a ciertos acontecimientos que han tenido lugar en España últimamente y que podrían verse como una comedia en sí mismos: cada uno decidirá hasta dónde llegar con la pieza; pero de ambas vertientes bebe. Y lo que no se puede negar es que la sala está llena y el público se lo pasa en grande; que, a fin de cuentas, es a lo que ha ido al teatro al escoger esta función. Ni más ni menos.

H. A.

Nota: 3/5

Que Nadie se Mueva”, de Jon Plazaola y Esteban Roel. Con: Jon Plazaola, Agustín Jiménez, Elena Lombao y Sara Gómez. Dirección: Jon Plazaola y Esteban Roel. PROMOTORA 600’NS / LA MANDANGA.

Teatros Luchana, 10 de enero de 2020

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