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‘La Fiesta del Chivo’, o el peso de unas buenas interpretaciones

enero 23, 2020

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Nada menos que veinte años han pasado desde que Mario Vargas Llosa publicase su novela La Fiesta del Chivo, mezcla de ficción histórica y ficción pura para dibujar un retrato del auge y caída del dictador Rafael Trujillo (1891-1961) durante sus años de toma del poder en República Dominicana. En ella, el autor parte de un complejo entramado en el que se vale de un personaje puramente ficcional –la abogada Urania Cabral, hija de Cerebrito Cabral, que regresa a su país de origen tras años de ausencia para asistir de algún modo a la definitiva caída del tirano que marcó su vida y la de su padre- para abordar al menos dos grandes vertientes: una sociopolítica –dibujando un retrato de la corrupción que impuso Trujillo y las consecuencias en la población- y otra de ficción, planteando una serie de conflictos entre el dictador y su entorno –esa necesidad de bailarle el agua al tirano o pagar las consecuencias…- y de la propia Urania con su padre –al que, de algún modo, culpa de su desgracia-, consigo misma –por la contradicción que le supone volver a un lugar más podrido de lo que estaba cuando lo dejó- y con el propio Trujillo. Vargas Llosa se vale para ello de toda una serie de “libros” entrelazados que aportan desde diferentes puntos de vista hasta distinto peso a las diversas historias que habitan el relato. Ahora –después de probar suerte nada menos que con El Coronel No Tiene Quien Le Escriba, de García Márquez, que se representó la pasada temporada (y que no alcancé a ver)-, Natalio Grueso asume la ardua tarea de adaptar al teatro la inabarcable novela de Vargas Llosa en una puesta en escena que firma –de nuevo- el cineasta Carlos Saura que, a su avanzada edad, cada vez coquetea más con el mundo teatral y operístico. Para llevar el proyecto a buen puerto, Grueso y Saura cuentan con un sólido elenco encabezado por Juan Echanove; elenco que acaba siendo el punto más atractivo de un montaje que no esconde algunos atibajos.

Si siempre es complejo adaptar una novela al teatro, cuánto más ha de ser hacerlo con una novela tan extensa y compleja –por la cantidad de puntos de vista, la cantidad de material y la extensión en sí misma- como esta. No hay que olvida que, en su tiempo al frente del Teatro Español, Natalio Grueso apostó con decisión –y con resultados dispares- por sacar a la luz la producción teatral de Vargas Llosa –a todas luces inferior, en cantidad y calidad, a su obra narrativa-, por lo que no resulta extraño que ahora se anime a adaptar al teatro una de sus novelas. De entrada, la única forma de condensar todo el material de La Fiesta del Chivo en una duración más o menos normal –la función ronda los 100 minutos- es decidir qué contar y de qué prescindir; y, de algún modo, la versión de Grueso parece optar por considerar que todo el público sabe más o menos bien qué significó Trujillo para República Dominicana, prefiriendo por lo tanto centrarse en las psicologías y relaciones entre los personajes que en mostrar un trasfondo histórico y social que, aun estando, aquí es más una sugerencia. Grueso no se anda por las ramas y se centra en los dos protagonistas – Trujillo y Urania-, haciendo que el resto de los personajes sean satélites que pululan a su alrededor complementando la acción. Si bien es cierto que todo lo fundamental de la historia está presente –y quien no conozca la novela entenderá la base del conflicto sin problema alguno-, tal vez podríamos pedir un poco más de profundización en algunas tramas; pero, sobre todo, una caracterización más oscura de las consecuencias sociales que supuso la Dictadura de Trujillo: que ese miedo, ese terror que aquí solo se sugieren estuviesen más a la vista, tal vez mostrando algunos episodios más violentos con mayor claridad. Si hay fragmentos del relato que faltan, sin embargo, entiendo que es porque Grueso trabaja buscando una duración estándar –recordemos que otras adaptaciones de novelas al teatro, y pienso en Los Hermanos Karamazov, superaban ampliamente las tres horas (dejándose aun así mucho material en el tintero) predeterminada. Así pues, la adaptación de Grueso resulta solvente en tanto que cuenta con claridad lo esencial, colocando en diálogo una estructura esencialmente narrativa sin que chirríe.

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Asunto bien distinto y sobre el que conviene detenerse es la puesta en escena, máxime si viene firmada por un nombre del peso y el prestigio que posee uno de los cineastas vivos más importantes del país. De los anteriores acercamientos al teatro de Carlos Saura no pude ver en su momento ni El Gran Teatro del Mundo ni El Coronel No Tiene Quien Le Escriba; pero sí vi sin embargo el pobre – muy pobre- montaje de Don Giovanni que estrenó el pasado año en A Coruña, con resultados muy por debajo de lo esperado. En aquel, dos pantallas –de tamaño mucho menor al indicado y con nulo uso de la perspectiva- proyectaban bocetos –ojo, bocetos- diseñados por el propio Saura, con problemas para llenar el escenario y mover a las masas en las escenas de conjunto. Desde luego que la ópera maneja códigos diferentes a los del teatro; y lo que en aquel Don Giovanni de infausto recuerdo se hundía sin remedio aquí peca de cierto estatismo, pero resulta más aceptable. Nuevamente recurre Saura a mantener las proyecciones en pantalla como base de su puesta en escena, jugando como únicos elementos escénicos con una suerte de trono, alguna mesa y una silla. También –como ocurría en Don Giovanni– un espejo cuya funcionalidad real no acabé de entender. Si algo ha mejorado aquí con respecto a la ópera, seguramente sea la relación entre el tamaño de la pantalla y el tamaño del escenario – aquí la proporción es más adecuada-, e incluso la posición de la pantalla que, de algún modo, cae sobre los actores, dando una cierta sensación de amplitud, aspectos que en la ópera no ocurrían. Además, Saura intercala esta vez sus bocetos –a los que hay que acostumbrarse…- con momentos de material real –periódicos, fotografías, vídeos…-, dando algo más de agilidad a la propuesta. Desde luego que el concepto de videoescena –como reza el programa de mano- a día de hoy implica algo mucho más complejo que lo que se muestra aquí; pero de algún modo, lo que en una ópera no tenía ni un pase, aquí funciona por momentos, por más que el cineasta siga teniendo algún problema a la hora de ejecutar entradas, salidas y cambios de tiempo. Elegante el vestuario que firma también el propio director.

¿Estamos ante una puesta en escena excesivamente esquemática –nunca mejor dicho- que por momentos favorece el estatismo y que puede resultar algo anticuada en las formas? No cabe duda. Del mismo modo, podríamos justificar que esa sencillez escénica queda suplida por el más que notable trabajo actoral – sobre el que profundizaremos como se merece más adelante-, y aceptar que no se ha optado por una puesta en escena ni compleja ni lujosa. El problema aquí –como sucedía en aquel Don Giovanni– seguramente sea que esto lleva la firma de todo un Carlos Saura, cuya carrera gloriosa en el cine no vamos a entrar a valorar ahora –porque es evidente que la tiene-; pero que no terminamos de ver claro hasta qué punto se adapta bien al lenguaje teatral. ¿Qué aporta en este caso la mano de un cineasta a este montaje teatral con respecto a lo que podría haber aportado un director de teatro experimentado? `Hay que decir que poca cosa, francamente y quizá por eso no podamos esconder cierta decepción ante una propuesta convencional si se apuesta por ofrecérselo a un cineasta: queda claro que el terreno natural de Saura es –sigue siendo- el cine, y que el teatro –de texto o musical- exige ciertas técnicas que Saura no siempre consigue dominar. Desde luego que aquí la puesta en escena es el elemento más discutible de un montaje que contiene notable nivel actoral y más que digna adaptación.

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Desde luego que el nivel actoral es más que notable, y las construcciones de personajes –creíbles incluso en ese páramo escénico- ayudan a mantener la atención y el interés. No vamos a descubrir ahora la versatilidad y el compromiso del que siempre hace gala Juan Echanove, que aporta a su General Trujillo rotundidad, babosería y repulsividad a partes iguales. El actor dibuja con mimo esa figura que sabe que tiene la sartén por el mango constantemente pero rehúsa emplear de manera activa la violencia sencillamente porque sabe que le basta con chiscar los dedos para que se cumplan sus órdenes y se encuentra demasiado ocupado atendiendo empresas de dudosa calaña: en ese aire de pachorra constante – en el que hay que reír sus babosadas para evitar sorpresas- está la verdadera peligrosidad del personaje, y Echanove lo sabe bien y lo juega con comodidad. No en vano, llega a resultar repulsivo –que de eso se trata- cuando en las escenas finales se revela como una verdadera bestia ante la pequeña Urania. En este sentido, es un acierto haber construido un villano no tan evidente; y por ello más peligroso si cabe: porque nunca se sabe por dónde puede estallar, a pesar de ser plenamente consciente del dominio de su poder. Arrestos le echa Lucía Quintana a su Urania Cabral, en un papel largo y expuesto que, además, tiene el peligro de tener que transitar en dos edades muy determinadas –los 14 del pasado y los primeros 40 del presente-, siendo la decisión de dirección no obligar a la actriz a actuar una niña, sino dejar que sea el espectador quien visualice a la niña por contexto en los momentos en los que la trama así lo exija. Es una decisión de riesgo, sin duda, sobre todo porque por esa niña pasa una de las escenas más complejas del espectáculo: si ver a Trujillo/Echanove devorando literalmente a Urania/Quintana puede resultar contradictorio –porque ante nuestros ojos hay dos adultos que podrían enfrentarse-, sí que hay que reconocer que Quintana –que hasta este momento se maneja en un buen tour de force de contención en los monólogos frente su padre: se agradece ver cómo la procesión va por dentro- echa el resto y da todo lo que tiene para dar cuerpo y alma a la emoción aterrada de la pequeña Urania. No sé si no hubiera sido conveniente desdoblar el personaje en según qué momentos para hacer la situación más creíble; pero lo que no se puede negar es que Quinatana le pone las suficientes agallas al asunto para que la convención teatral sea lo más creíble posible.

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Como digo algo más arriba, el peso de la adaptación transita sobre todo en Urania y Trujillo –en este orden- y el resto del reparto ha de verse como satélites que complementan estos dos mundos antagónicos. Sin embargo, sería injusto no destacar la solidez del equipo de secundarios: desde el Jonnhy Abbes de Manuel Morón –un matón con todas las de la ley que también hace gala de contención pese a su deseo de aplicar sus drásticos méritos- hasta el Cabral de Gabriel Garbisu – que deja claro la clase de pelele marioneta que fue el cerebrito en tiempos mejores-, el Manuel Alfonso de Eduardo Velasco –el mítico perfil que se arrima al sol que más calienta- y el Balaguer de David Pinilla –que brilla adecuadamente en su discurso de loa al Generalísimo-. Desde luego que es un equipo de secundarios muy sólido –de esos que cualquiera firmaría gustoso- y ayuda a que las interpretaciones brillen a gran altura.

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Con el teatro lleno hasta la bandera y el público aplaudiendo en pie, no cabe duda de que La Fiesta del Chivo está siendo un éxito de taquilla. Desde luego, asistimos a un montaje capaz de reducir una novela compleja y extensa a lo esencial –no había otra opción- y en el que las interpretaciones, todas, brillan a gran altura. Con una puesta en escena mejor acabada, estaríamos hablando de un montaje muy interesante; pero con el esquemático montaje de Carlos Saura hay que agarrarse con fuerza a todo lo demás: este estupendo equipo hubiera merecido una mejor puesta en escena.

H. A.

Nota: 3/5

La Fiesta del Chivo”, de Mario Vargas Llosa. Versión libre: Natalio Grueso. Con: Juan Echanove, Lucía Quintana, Manuel Morón, Eduardo Velasco, Gabriel Garbisu y David Pinilla. Dirección: Carlos Saura. OKAPI.

Teatro Infanta Isabel, 11 de enero de 2020

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