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‘La Jaula de las Locas’, o el derecho a vivir el momento

enero 21, 2020

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Después de una temporada de gran éxito en Barcelona, se está representando desde el pasado mes de octubre en Madrid –puede que con menos bombo del merecido- la más que notable versión de La Jaula de las Locas que dirigen Àngel Llácer y Manu Guix. Quienes lean este blog sabrán que, en lo que al género musical se refiere, casi siempre frunzo el ceño a la hora de equiparar la producción de musical en España con aquellas de Londres o Nueva York… La sensación generalizada es que, salvo en casos concretos, queda camino por andar… Ahí están algunas grandes producciones recientes que habrán tenido éxito de público; pero cuyo nivel artístico dejaba que desear en más de un caso. Es por eso que hay que celebrar ahora la llegada de esta Jaula de las Locas, una producción de nivel muy serio; en el que todos los elementos están a gran altura y que poco tendría que envidiar a otros grandes montajes internacionales de esta obra emblemática de Jerry Herman y Harvey Firstein, que lleva cautivando al público desde 1983 y que se ha convertido en todo un símbolo –no habrá nadie que no conozca el “I Am What I Am”, de esas piezas que han conseguido tener vida propia más allá de la propia obra. Lo cierto es que, efectivamente, lo que se ve en el teatro Rialto es un espectáculo vistoso, de estética cuidada y ritmo chispeante; que trae a España la verdadera esencia de una obra que no es nada fácil de subir a las tablas y que termina erigiéndose como una gran fiesta. De las propuestas más sólidas de la cartelera madrileña ahora mismo.

La trama de La Jaula de las Locas es más o menos conocida por todos. Georges regenta un cabaret de transformismo en Saint-Tropez, del que su pareja Albin es la estrella del lugar, la gran Zaza, la drag más esperada por el respetable. Cuando Jean-Michel, el hijo de Georges –y al que Albin/Zaza ha criado como si fuera un segundo padre desde el abandono de la madre, siendo el chico muy pequeño- anuncie su inminente compromiso con la hija de un político ultraconservador, surgirá el conflicto: porque, efectivamente, todos saben que la familia de la chica de ningún modo aceptará la homosexualidad de Georges, ni su convivencia en pareja ¡ con otro hombre!… ni mucho menos la cuanto menos particular profesión de Zaza. ¿Cómo podrán entonces conseguir aparentar ser una familia conservadora durante la noche de presentación en sociedad de las dos familias? ¿Cuál puede ser el lugar de Albin en una reunión en la que se espera recato? ¿Está en peligro la boda de Jean-Michel y Anne a causa de las costumbres relajadas de la familia del chico? El enredo está servido.

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Más allá de haberse convertido por derecho propio en un musical icónico, puede que la mayor virtud de La Cage aux Folles sea la forma en la que sus autores consiguen unir el auténtico espíritu del vodevil francés de puertas con más auténtica esencia del cabaret francés; armando además una pieza que es un verdadero canto a la libertad, al amor y al derecho a elegir. Sin olvidarnos, claro, de que estamos ante una obra concebida hace hace más de 35 años –cuando podría considerarse una trama escandalosa: no en vano la crítica le vaticinó un fiasco que al final no fue tal- que no solo no ha perdido su vigencia, sino que está ahora más vigente que nunca. A lo largo de casi tres horas, los autores nos pasean por el negocio de Georges y Albin, con todo el descaro de sus números y enseñándonos su funcionamiento tanto en el escenario como entre camerinos, con la camaradería de todos los trabajadores del lugar y lo queridos y valorados que son por el público; pero también tienen tiempo para construir un enredo vodevilesco que acaba implicando no solo a las dos familias, sino también a todos los que les rodean, aprovechando así para dibujar el círculo social de Albin y Georges. Tal vez por eso se pueda notar que los dos actos en que se divide la pieza quedan algo descompensados a nivel argumental: el primero se ocupa más de mostrar el ambiente y funcionamiento del local –más lucido en números musicales, donde Herman aprovecha para sacar la esencia del musical americano más clásico; pero algo moroso por trama-, mientras que para el segundo se reserva el enredo propiamente dicho; el estallido vodevilesco –con unos números musicales tal vez menos interesantes, excepción hecha del celebérrimo “La Vida Empieza Hoy”– En cualquier caso, uno de los asuntos más complejos a la hora de montar el musical seguramente sea encontrar el equilibrio entre ese ambiente festivo, colorista e irreverente del cabaret de drag-queens y el aire más burgués y afrancesado del vodevil en que se sustenta el argumento de la pieza. Uno y otro están bien logrados en esta adaptación.

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El montaje que se presenta ahora, a decir verdad, no escatima en lujos. La escenografía de Enric Planas se basa, fundamentalmente, en una serie de grandes paneles corredizos en tonos chillones –una técnica tan propia del mundo del cabaret, por lo tanto tan adecuada a lo que se presenta aquí- para cubrir las escenas en la jaula de las locas –que, por iluminación, aglutina todo el teatro tal y como ocurría por ejemplo en la producción de Cabaret que SOM Produce presentase hace unos años en esta misma sala- y dos grandes espacios fundamentales –el salón de la casa de Albin y Georges, convenientemente decorado con detalles barroquistas (esa escultura fálica es para no olvidar en mucho tiempo…) y el restaurante de Jacqueline-, añadiendo a su vez un giratorio que ayuda a dar fluidez espacial al espectáculo. Sin ser excesivamente grandilocuente –ni falta que le hace-, sí que es verdad que la escenografía es lucida y práctica a partes iguales, y cumple perfectamente con la función colorista que se le supone. El nutrido –nutridísimo- vestuario de Miriam Compte es vistoso, variado y elegante, con buenas dosis de plumas y purpurina; y las múltiples coregrafías –de Miriam Benedicted- se ven naturales, sin caer ni en el exceso ni en la zafiedad – pero sí en la picaresca picantona, claro- en las escenas de cabaret; y sin resultar forzadas en las escenas en las casas. En conjunto, se puede decir que estamos ante un espectáculo visualmente cuidado, atractivo, que cuida la esencia del original y que tiene un acabado formal impecable.

Dirige la función Àngel Llácer y tiene el acierto de haber encontrado un buen término medio en el que ni se esconda la naturaleza juguetona y pícara de los personajes ni se caiga en la parodia más obvia. Hay, de hecho, gran mimo y respeto por la técnica del drag-queen en todos los números que así lo requieren –se muestra y queda claro que estamos ante un arte-; del mismo modo que, a la hora de afrontar las escenas de corte vodevilesco, se prefiere el humor fino que la caricatura. En la difícil construcción de Albin/Zaza –toda una divona de musical, papel del que se encarga habitualmente el propio director; aunque en la función a la que hace referencia esta reseña vimos a su alternante- se ha cuidado particularmente vertiente más humana del personaje; del mismo modo que en otro personaje complejo como es Jacob se ha buscado que la comicidad surja por sí misma y no por guiños hacia lo facilón. Además, por ejemplo, parece haberse buscado neutralizar gestualmente a Georges, expuesto con una contención que contrasta vivamente con el carácter más desenfadado de Albin. Hay además, buen dominio de las escenas de masas, en una dirección cuidada y meditada a conciencia.

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Tengo la sensación de que la parte musical –con la orquesta en directo en lo alto del escenario –de nuevo como ocurría en aquella producción de Cabaret– bajo la dirección de Andreu Gallén se ha suavizado considerablemente respecto al original, alejándose tal vez de un sabor sinfónico para acercarse más a la ligereza de un swing que no deja de ir acorde con la esencia misma de la partitura. El conjunto suena afinado y empastado; aunque hay que señalar que en algunos momentos se produce alguna descompensación entre la orquesta y las voces –el conjunto tapa ocasionalmente a alguna voz solista- que todavía debe equilibrarse debidamente.

Dada la cantidad de funciones que se realizan, es difícil ver a todo el primer elenco en una misma representación. En la que corresponde a esta reseña, el papel principal de Albin/Zaza estuvo a cargo de Oriol Burés, que se turna con Àngel Llácer. Sabemos que muchas de las personas que asistan a ver el espectáculo lo harán probablemente con ansias de ver al reconocido artista televisivo y no a su alternante; pero, sin embargo, es de ley reconocer que Burés hace un trabajo verdaderamente impecable echándose el show sobre sus espaldas: su Zaza –como diva de cabaret drag– se maneja con la soltura de las grandes divas del género, hace arte de la técnica del transformismo y deja momentos para el recuerdo –¡esa bajada de escaleras para hacer su gran número, justo cuando Albin acaba de sufrir la mayor decepción de su vida está para recordar!- y, además, posee una voz de cierto peso y oscuridad –dentro de un timbre más tenoril que baritonal- que da mucho juego al personaje y permite escuchar la partitura –difícil, y mucho más exigente de cantar de lo que parece- con las garantías de una voz redonda y compacta. Merecida ovación tras el siempre esperado “Soy Lo que Soy”, expuesto como una verdadera diva, en todos los aspectos; además, sabe cómo pasar de Zaza a Albin, cuidando siempre la dignidad del personaje por encima de clichés que podrían haber ayudado a meterse al público en el bolsillo – no lo necesita, ya lo ha hecho como Zaza en el desopilante número de participación en un casting para ser una de las pajaritas de La Jaula…-. En cualquier caso, es un protagonista absolutamente sólido y que encabeza un reparto de gran nivel: quienes vayan a ver un nombre famoso sin más podrán sentirse defraudados ante su ausencia; pero quienes vayan por el espectáculo no tendrán nada que objetar a su estupendo trabajo. Aquí somos, ya lo imaginan, de los segundos.

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Como Georges –un personaje que, por motivos evidentes, no permite tanto lucimiento personal como el de Albin/Zaza- Iván Labanda ofrece una composición sobria, lejos de sobrecargas, con la elegancia de lo que, efectivamente, sería un galán más o menos maduro de vodevil. Es en estas escenas vodevilescas donde saca el mayor rendimiento a su composición. En lo vocal, presenta una adecuada línea de canto –y se complementa bien en sus dúos con Burés-, si bien en algunos casos la orquesta amenaza con llegar a cubrirlo. Con todo, es un gusto ver bien servido un personaje que – erróneamente- podría quedar reducido a segundo plano, cosa que aquí, gracias a Labanda, no ocurrre.

De entre el resto del elenco, el Jean-Michel de Bittor Fernández resulta demasiado blandito y poco definido tanto en lo actoral como en lo vocal, en un papel que aun no tiene bien sujeto y a día de hoy queda por encima de sus posibilidades. Memorable Jacob de Ricky Mata, que hace una enorme creación personal como el criado travestido del matrimonio: se lleva los mejores gags –el momento bollywoodiense es irresistible- y se pone en el foco del espectador en cada aparición, llamando a la mente la más pura esencia de los inolvidables Los Quintana –no en vano ha colaborado con ellos-. No hay papel pequeño, y en esta Jaula de las Locas Mata se convierte en un secundario erigido casi en protagonista gracias a su impecable trabajo: su Jacob es de esos personajes que se recuerdan durante días. Muy bien –en lo escénico y en lo vocal- la Jacqueline de rompe y rasga que se marca Anna Lagares, mientras que Lucía Madrigal firma una correcta Anne y Ana Cerdeiriña y José Luis Mosquera se desdoblan acertadamente como los Dindon –el matrimonio de políticos ultraconservadores- y los Renaud – dueños del café Promenade, que frecuentan los protagonistas-: el trabajo de Cerdeiriña como Mme. Renaud es particularmente lucido, resultando la actriz irreconocible. El resto del elenco principal – formado en mi función por Antonio del Valle, Xabier Nogales, Joan Salas, Claudia Bravo, Empar Esteve, Sergi Terns, Ana Micó, Jordi García, Enric Marimón, Jordi Díaz, Keko Marcos, Chema Zamora y Sara Martín– cumple más que sobradamente con sus cometidos, ya sea asumiendo papeles de menor envergadura o encargándose del conjunto de pajaritas –que así se llama aquí el cuerpo de baile de drags que exige la pieza- que completan con acierto el conjunto.

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El teatro –que no estaba lleno en función de sábado por la tarde- es una verdadera fiesta, la gente sale feliz y, en líneas generales, se ve un espectáculo de gran nivel. Hasta diría que de un nivel superior a la media de lo que se hace en musical en España hoy por hoy. Además, esta función tiene el acierto de recuperar para la cartelera madrileña un clásico indiscutible del género musical –qué importante es revisar los clásicos del musical y qué poco se hace en España en favor de taquillazos recientes más comerciales pero menos interesantes…- con grandes garantías. Desde luego, merece más público del que había en mi función. Un gozoso espectáculo.

H. A.

Nota: 4/5

La Jaula de las Locas”, de Jerry Herman y Harvey Fierstein. Con: Oriol Burés, Iván Labanda, Bittor Fernández, José Luis Mosquera, Ana Cerdeiriña, Ricky Mata, Lucía Madrigal, Anna Lagares, Antonio del Valle, Xabier Nogales, Joan Salas, Claudia Bravo, Empar Esteve, Sergi Terns, Ana Micó, Jordi García, Enric Marimón, Jordi Díaz, Keko Marcos, Chema Zamora y Sara Martín. Dirección musical: Andreu Gallén. Dirección: Àngel Llácer. NOSTROMO LIVE.

Teatro Rialto, 10 de enero de 2020

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