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‘La Patética Historia del Niño Piña’, o el estigma de la no belleza (y las fronteras de la monstruosidad)

enero 18, 2020

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El joven creador José Andrés López ya se nos había revelado anteriormente – cuando vimos su propuesta 4,2 hace exactamente dos años- como un creador con las ideas suficientemente claras, con algo que decir y un lugar muy particular desde el que decirlo. Sus obras –siempre a medio camino entre el teatro de texto, la performance y el teatro danza- suelen tener siempre un profundo componente de crítica social desde un lugar que es al mismo tiempo crítico, poético y con una plasticidad muy marcada, que de algún modo abre posibilidades para que sea el propio espectador quien complete las experiencias con los estímulos que recibe. Queda más o menos claro que el autor gusta de revisar en sus obras ciertos estigmas generales –en los que, por lo tanto, todos podemos reconocernos- aplicados a personas concretas Si en 4,2 López se apoyaba en tintes autobiográficos ponía el foco sobre los estigmas de la educación –particularmente la educación dentro del seno de la familia, y cómo esa educación podía marcar nuestras conductas- con La Patética Historia del Niño Piña –no se dejen llevar por el título…- se encarga, esta vez a modo de fábula poética, de revisar cómo la propia sociedad puede estigmatizar lo diferente y poner la etiqueta de monstruo por una supuesta fealdad externa; cuando tal vez los verdaderos monstruos estén donde menos lo esperamos. ¿Quién y por qué decide qué es un monstruo en la sociedad que vivimos? ¿Son válidas las etiquetas?

Ya en el prólogo se nos advierte de lo innecesaria que puede resultar esta obra. La historia de niño piña es la historia de un niño que nace con una malformación craneal, algo que –se nos insiste en este prólogo- por supuesto es ajeno a todos nosotros. Así, la pieza nos invita a “habitar el dolor ajeno” desde un lugar de distanciamiento. Desde este punto, asistimos a toda una serie de pequeñas viñetas en las que la palabra, lo corporal y la imagen se entrelazan para crear un todo. Viñetas en las que aparecen desde las voces de esa sociedad que se empeña en apartar y condenar sistemáticamente lo diferente –dejando por lo tanto sin opciones a nuestro protagonista- hasta el dolor que puede producir en los propios y en los extraños esa supuesta deformidad; esa fealdad que se convierte en un estigma social de manera progresiva. Por el universo de niño piña transitan personajes castigados, dispuestos a dar incluso más amor del que realmente pueden ofrecer, pero que reciben golpes de esa sociedad a la que se enfrentan. En La Patética Historia de Niño Piña hay, a fin de cuentas, algo que va más allá de una mera reflexión sobre qué es la fealdad –externa e interna- o qué no lo es; para sumergirse en un universo de dolor: dolor provocado, dolor mental, dolor físico, dolor real y dolor metafórico. Los personajes que se confiesan –por medio de monólogos cortos- con el espectador en esta obra tienen el denominador común del sufrimiento: por el castigo, por el rechazo; o por la imposibilidad para gestionar golpes injustos que les ha lanzado la vida. Personajes que, en su conjunto, han perdido la capacidad de amar; o son incapaces de demostrar ese amor de una manera lógica o sana. Puede que la pieza no posea una continuidad propiamente dicha, pero el autor nos enfrenta mediante estos monólogos de alto voltaje poético a toda una profunda crítica social que se encarga de poner ante nuestras narices la podredumbre en la que vivimos… Y, ante una sociedad podrida ¿qué salida le queda al amor, a lo hermoso, a la belleza? Tal vez ninguna, o tal vez la necesidad de nadar con todas sus fuerzas a contracorriente para conseguir salir a la superficie.

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A primera vista estamos ante un espectáculo performativo salpicado de monólogos poéticos. Un collage en el que José Andrés López aúna la danza y las imágenes corporales con textos que, tras su alto voltaje poético esconden, en efecto, una profunda crítica social a diversos temas de actualidad, sin miedo a ser incómodo ni a llamar a ciertas cosas por su nombre. Una crítica que se va metiendo en los subconscientes del que escucha, casi sin que podamos apreciarlo a primera vista; pero que deja un poso que abre muchos caminos a la reflexión: más allá de la fealdad – física pero también moral- como marca de identidad, Niño Piña es también un canto al cuerpo: el cuerpo como elemento definitorio, el cuerpo como elemento de defensa, el cuerpo como campo de batalla. Tal vez por eso en la puesta en escena –que firma el propio autor- no haya pudor alguno a mostrar los cuerpos como elemento expresivo; e incluso ataques al cuerpo como elemento dramático. En lo físico y lo verbal, La Patética Historia de Niño Piña contiene mensajes, frases e imágenes fuertes, a veces desasosegantes; pero su(s) mensajes(s) –a menudo ocultos en forma de poesía- arañan a quien los escucha, acompañan después de la representación y nos obligan a repensar la función que acabamos de ver. Así, López y su equipo logran que lo que aparentemente es una fábula sobre la corrupción moral y la fealdad, se convierta en toda una declaración de intenciones sobre la decadencia del mundo en que vivimos: es ahí, a la hora de descodificar sus palabras, cuando descubrimos el verdadero potencial de esta pieza breve pero que es comprometida y compromete –a partes iguales-. Hay dos monólogos –el del intento de posesión por la fuerza y el subsiguiente de la madre- que difícilmente dejarán indiferente por su estructura, mensaje y puesta en escena.

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Por más que el aspecto estético –la parte plástica, incluso en ese escenario vacío en que se presenta- esté muy cuidado y haya cuadros de bello valor expresivo; tal vez sienta que la parte más corporal –bien sostenida por las partituras de Carlos Gorbe- a veces –en particular al comienzo, cuando se nos genera una larga expectativa- tienda a ralentizar el conjunto en exceso, demorando algunos puntos de una pieza que, aunque es breve, no siempre mantiene el ritmo; por más que esté llena de momentos de interés. Tal vez encadenar las partes puramente textuales con mayor fluidez ayudaría a mantener el ritmo del discurso narrativo, aun a riesgo de acortar la duración de una pieza que ahora mismo ronda los 70 minutos. A pesar de todo, hay que valorar positivamente tanto el cuidado plástico de la propuesta como el uso de los cuerpos como elemento expresivo y el compromiso actoral y corporal de todo el equipo que capitanea el propio autor. Sobre el escenario, adecuadamente entregados, Román Méndez de Hevia, Elena Esparcia, María Pizarro, Mikel Arostegui y el propio José Andrés López. El resultado es, efectivamente, una suerte de collage de disciplinas que, en su apariencia abstracta, acaba llevando al espectador a lugares que obligan a replantearse la función en profundidad una vez que se ha visto: esto que es sin duda una exigencia –porque pide un espectador activo desde la butaca- es también un valor que indica que, efectivamente, López tiene las ideas muy claras y consigue remover conciencias con lo que hace. No es poco.

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Desde luego que La Patética Historia de Niño Piña es una función exigente, y tal vez no apta para cualquier público –intuyo que tampoco es eso lo que pretende-. Sin embargo, tiene personalidad propia, capacidad crítica y obliga al espectador activo a hacerse preguntas y plantearse cosas. Son virtudes más que suficientes para insistir en que José Andrés López es un dramaturgo emergente con el suficiente interés como para observar con la debida atención lo que presente.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

La Patética Historia del Niño Piña (en cinco actos)”, de José Andrés López. Con: Román Méndez de Hevia, Elena Esparcia, María Pizarro, José Andrés López y Mikel Arostegui. Dirección: José Andrés López. VIVISECCIONADOS.

Nave 73, 8 de enero de 2020

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