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‘Katana’, o abducido por su ficción (más allá del documento)

enero 16, 2020

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Con el éxito de Inquilino (Numancia 9, 2ºA) aun latente, Paco Gámez estrenó en el ambigú del Pavón Teatro Kamikaze por una temporada limitada Katana, texto ganador del VII Certamen Jesús Canpos para Textos Teatrales y que ahora es el resultado de la III Residencia Artística en El Pavón Teatro Kamikaze. Con una temporada limitada de 5 funciones –y las entradas agotadas antes de estrenar- Katana debe verse no solo como un texto interesante que demuestra la versatilidad estilística de su autor; sino también como un espectáculo teatral ya muy sólido que ya vuela bastante más allá de lo que se esperaría del resultado de una mera residencia artística. Por eso –y por el indudable éxito obtenido- no cabe duda de que debería volver a exhibirse en otras condiciones, para llegar como merece al público.

Katana toma como punto de partida el recordado caso del asesino de la katana, un joven de apenas 17 años aficionado a los juegos de rol que en 2000 asesinó a sus padres y a su hermana discapacitada con una katana, para descuartizarlos posteriormente. Sin embargo, el enfoque que Gámez ofrece se aleja conscientemente del teatro documento para armar una pieza que toma el hecho real para crear un ente de ficción que podríamos decir que bebe de la llamada estructura del abismo, un juego de muñecas rusas. De esta forma, el espectador asiste, ante todo al pacto de que, efectivamente, la historia que están viendo se escribe en tiempo real, ante sus propios ojos; hecho que el autor jugará con la suficiente habilidad para abrir no solo distintos planos ficcionales sino una construcción de thriller en sí misma. Así, con apenas tres actores en escena –que se reparten diversos personajes- asistimos al proceso de creación y documentación por el que un autor que, efectivamente, está escribiendo una pieza teatral sobre el asesino de la katana, intenta ponerse en contacto con él en la actualidad –20 años después de los hechos, cuando el asesino aparentemente ha logrado reconstruir su vida- para documentarse mejor acerca de lo que está creando. Así, ficción y realidad se entrecruzan; y los roles aparecen más o menos duplicados como si de espejos en los que mirarse se tratase: en escena dos –y hasta tres- familias –la familia del autor, la familia asesinada y la actual familia del parricida-, fragmentos de ficción, fragmentos de realidad y un estrecho hilo de identificación entre el autor y el asesino que podrá poner en peligro no solo la cordura de los personajes sino su propia integridad física y vital. Porque, tal vez, algunas historias estén condenadas a repetirse; por obra y gracia de lo enganchado que pueda estar alguien a su propia ficción.

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Puede que la mayor habilidad de Paco Gámez a la hora de plantear esta función sea la de ofrecer algo que, efectivamente, se aleja del mero teatro documento – más de uno entrará a ver Katana pensando que sabe lo que va a encontrar; pero apenas conocen la premisa- para preocuparse por armar una ficción laberíntica en la que cada nuevo detalle cuenta, y en la que el espectador debe ir uniendo piezas –que pueden llegar mediante imágenes, texto hablado o texto escrito- para armar un puzzle que lleva a un lugar inospechado, al menos de partida. Esa estructura –rota, poliédrica, misteriosa, juguetona…- podrá descolocar en algunos momentos; pero al mismo tiempo ayuda a mantener el interés, tanto por la peculiar forma de hacer avanzar la trama como por la capacidad que tiene el autor de mezclar técnicas y géneros para dar lugar a un conjunto atractivo que, ante todo, va más allá del mero hecho criminal para – siempre desde el universo ficcional- adentrarse en el ámbito de lo familiar. Es, desde luego, en el retrato de las relaciones entre las diferentes familias donde Katana encuentra su punto más novedoso e interesante. Y es que ¿puede la familia de un asesino ser más o menos igual que la de un hombre aparentemente normal? Es una de las grandes preguntas que surgen cuando se ve el espectáculo. Seguramente otra sea si, efectivamente, los hombres normales están tan alejados como podríamos pensar a primera vista de los asesinos sentenciados por la sociedad, o pueden llegar a contaminarse por obra y gracia de la ficción. ¿Tiene el autor – el autor de ficción, claro, nuestro protagonista- bajo control a sus propios personajes, a su propia ficción? La respuesta debería ser un sí más o menos claro; y, sin embargo, Paco Gámez nos conduce de forma progresiva hacia un abismo –y nunca mejor dicho- donde las fronteras resultan cada vez más difusas. En Katana hay juego, hay ironía, resquicios de humor; pero, ante todo, una narración que sabe tener vida más allá del aspecto documental que podría esperarse a primera vista para convertirse en un thriller teatral inquietante que atrapa al espectador más allá de exponer un crimen por todos conocido. Conocer el final del caso de antemano no implica aquí bajo ningún concepto conocer el final de la trama de la pieza; y esa es otra de las grandes bazas que juega Gámez. Además, habría que señalar lo oportuno de que dos piezas del mismo autor –Katana e Inquilino (Numancia 9, 2ºA)- hayan convivido en cartelera al menos por unos días. Porque, desde luego, son dos piezas interesantes; pero que poco tienen que ver entre sí, prueba de la habilidad de Gámez para escribir mundos diversos con estilos diversos pero de incuestionable interés.

La puesta en escena de Pedro Casas saca buen provecho del pequeño espacio que le deja el ambigú del Pavón , planteando una escenografía corpórea –de Mónica Florensa, lástima que ninguna de las fotos localizadas, me imagino que de ensayos, da una idea real del aspecto escenográfico- que separa con habilidad los diversos espacios en los que transcurre la trama y se vale de recursos audiovisuales de diversas índoles –vídeo grabado, proyección en directo, material procedente de videojuegos…- para unir aquellos aspectos que podrían quedar algo más deslavazado por las carencias de reparto –hay una conversación capital por Skype que fluye con claridad por obra y gracia de la inteligencia a la hora de usar según qué recursos-. Además, Casas ha sabido jugar con todo el material que posee, aun en un espacio pequeño; sin que la propuesta llegue a resultar nunca especialmente invasiva pese a la proximidad inmediata del espectador. A buen seguro que esta propuesta escénica –algo más compleja en lo escénico de lo acostumbrado en el ambigú- lucirá mejor en espacios algo más grandes; pero aquí ha se ha solucionado la papeleta con la suficiente destreza. Adecuada también la luz, casi siempre entre tenue y tétrica, que ayuda decisivamente a crear atmósfera.

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Tres actores se reparten diversos personajes, con un notable nivel medio. En este sentido, teniendo en cuenta el asunto de los desdoblamientos, podríamos destacar cómo Mario Sánchez impregna de humanidad a un personaje que bien podría haber caído en la caricatura exagerada, pero que por fortuna aquí nunca lo hace siendo un perfil de marcada dignidad incluso en sus escenas más extremas. De Alba Loureiro hay que señalar tanto la clarísima diferencia de composición entre sus personajes en apenas unas frases como el estupendo trabajo corporal que realiza en aquellos roles que así lo exigen –la hermana discapacitada está para enmarcar- y Jorge Monje dibuja el progresivo crescendo emocional de su personaje principal casi sin que el espectador se pueda dar cuenta de hasta qué punto el peligro acecha: es, efectivamente, el modo justo de armar un personaje de estas características.

Desde luego, no cabe duda alguna de que Katana tiene elementos más que suficientes como para tener una segunda vida, dado lo breve de su temporada y la velocidad a la que volaron las entradas, sin dar margen a que el factor sorpresa hiciese su trabajo. El resultado, desde luego, es algo ya muy sólido de por sí como para ser un trabajo en residencia, tanto por el potencial de un texto que nunca olvida que está jugando a la ficción como por la envergadura de un espectáculo que, seguramente, respirará aun mejor en espacios un poco menos abigarrados que el ambigú del Kamikaze. En cualquier caso, alguien debería recuperarlo ahora que está armado y ha echado a andar.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

Katana”, de Paco Gámez. Con: Jorge Monje, Alba Loureiro y Mario Sánchez. Dirección: Pedro Casas. VIEJAS PROMESAS.

El Pavón Teatro Kamikaze, 8 de enero de 2020

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