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‘Sueños y Visiones de Rodrigo Rato’, o Rato, auge y caída

septiembre 19, 2019

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En su temporada más prolífica – estrena al menos dos textos propios y prepara una versión libre de Doña Rosita la Soltera– el ya consolidado dramaturgo español Pablo Remón comienza con Sueños y Visiones de Rodrigo Rato, una suerte de ficción de teatro documento, escrita al alimón con Roberto Martín Maiztegui y merecedora del XXVI Premio Sgae de Teatro Jardiel Poncela en 2017, que revisa en clave de farsa –y desde una narrativa de corte fundamentalmente cinematográfico- la icónica figura del famoso político y banquero caído en desgracia. Se trata de una función de cámara – lejos de trabajos más complejos de Remón- en la que bastan dos portentosos actores y unas pocas sillas para revisar, a un palmo del espectador, los motivos que llevaron a este hombre de éxito a la desgracia, la cárcel y el desprecio casi generalizado.

La historia comienza en 2017, cuando Rato sube a un taxi tras declarar en el juicio por las tarjetas black. El taxista reconoce obviamente al político, que se encuentra en su momento más bajo, y se inicia así una conversación en la que retrocedemos en la historia de un hombre que estaba llamado al éxito y terminó por enfangarse hasta el cuello. Por el relato –un relato que transcurre no solo en la memoria de Rato, sino también en las palabras de un narrador omnisciente- pululan toda una serie de personajes de sobra conocidos del mundillo político español –Fraga, Aznar, la familia de Rato desde sus mismísimos antepasados-  y se juega a unir la verdad real con la verdad inventada. Desde un principio el narrador omnisciente reconoce que no todo lo que se cuenta pasó –ya se sabe: en teatro hay agujeros que en teatro hay que rellenar para que la historia mantenga el pulso necesario- ni todo pasó necesariamente como se cuenta. La propia función alude a “esto es verdad”, “esto no es verdad-verdad” –verdades de ficción- y “esto es mentira; pero podría haber pasado así”. Y, sin embargo, efectivamente hay mucho de verdad y mucho de real en la narración, que se nos ofrece filtrada y tamizada por una versión crítica, farsística e incisiva; que no pierde de vista ni el poder de la comedia ácida ni la necesidad de mantener un pulso teatral que fomente un formato teatral de corte rabiosamente contemporáneo.

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Desde luego que en la mirada a la realidad política reciente que Remón y Martín Maiztegui lanzan a través de esta pieza –que no se amilana a la hora de disparar a dierstro y siniestro, no salva prácticamente a nadie y no deja títere con cabeza- hay algo del espíritu de esas producciones que con tanto éxito han presentado Alberto San Juan y su troupe en Teatro del Barrio – El Rey, Ruz-Bárcenas etc-, si bien ésta mantiene un pulso teatral claramente superior al de aquellas. A los autores les interesa no sólo criticar sino también entretener al espectador; y tal vez por ello la peculiaridad narrativa –con esa voz externa y omnisciente que completa el relato, y esos cortes abruptos que impregnan la narración de un aire eminentemente teatral que convierte la propuesta en atractiva. Es cierto que quizá abuse por momentos de ciertos recursos cómicos –que funcionan, pero podrían relajarse- y, sin embargo, es comprensible que la propuesta de Remón y Maiztegui parece anteponer el teatro como espectáculo a la narración política en sí misma. Es seguramente por eso que la propuesta no hace especial sangre en algunos episodios – como podría ser, por ejemplo, un retrato más personalizado del antihéroe- y se queda simplemente en señalar desde una ironía ácida aquellos aspectos que todos conocemos de Rato. En Sueños y Visiones… el protagonista parece un hombre condenado a repetir los errores de los suyos –y, por lo tanto, entrenado para ello, por ejemplo, por su propio padre-; pero nunca bajamos del todo a la esfera más personal y hasta familiar del protagonista. Sin embargo, hay que reconocer que la propuesta crece en fuste e intensidad cuanto más se vale de la parodia –no solo de situaciones verídicas estiradas hasta la deformación, como el memorable episodio de Fraga explicando a Rato cómo no resbalar en la ducha; sino, efectivamente, también de alocadas ‘colaboraciones especiales’ que introduce y que sientan las bases del tono de la propuesta. Por otro lado, tampoco podemos perder de vista que Sueños y Visiones de Rodrigo Rato es un texto más o menos menor –por extensión, formato e intenciones- dentro de la producción de Remón –que viene de El Tratamiento y Los Mariachis– y que tal vez nuestra costumbre de ver teatro de farsa política haga que el estilo no nos pille desprevenidos; por más que el estilo de narrativa cinematográfica que escogen aquí los autores juegue convenientemente a favor del resultado final.

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Tanto la puesta en escena –minimalista, simbólica e inmediata; pero llena de ritmo y pulso- que firma Raquel Alarcón –tal vez un poco pasada de rosca en algunos momentos lumínicos, sin mucha necesidad- como las interpretaciones de Javier Lara –que encarna a Rodrigo Rato- y Juan Ceacero –que se encarga de todos los demás personajes que pueblan la obra- sirven decisivamente al buen desarrollo de la función; concebida para que ambos actores se luzcan. Cierto es que Raquel Alarcón le tiene el ritmo bien cogido a la función –sin miedo a encadenar escenas, pisar planos y armar todo el relato (que no deja de ser una road-play) con apenas unos sillones- y que ambos actores echan el resto, dando muy buen resultado: siempre en una clave de cierta farsa, Javier Lara –Rodrigo Rato- transita desde el desconcierto hasta la prepotencia del poderoso, dibujando bien la caída del personaje y poniendo énfasis en lo grotesco de algunos aspectos del antihéroe; mientras que Juan Ceacero aprovecha bien toda esa pléyade de personajes episódicos que le cae en suerte para demostrar sus múltiples registros actorales, descollando como Fraga o en esas hilarantes escenas finales en las que el misterioso taxista descubre su – imprevista- identidad. Por formato, proximidad y exigencia rítmica, ha de ser una función muy compleja para ambos actores; y la sacan con nota, del mismo modo que Alarcón sabe armar una propuesta pequeña pero atractiva, que haría bien si relajase el ritmo en algunos momentos.

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Podemos ver pues Sueños y Visiones de Rodrigo Rato como una propuesta de cámara que tiene algunos de los elementos que han colocado a su autor en el merecido pedestal donde está; pero que prefiere hacer comedia antes que ficción histórica –camino perfectamente válido-. Hay además un buen ejercicio actoral y una puesta en escena bastante inteligente; pero no deja de ser un trabajo menor acostumbrados como estamos a la excelencia de Remón.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

 

“Sueños y Visiones de Rodrigo Rato”, de Pablo Remón y Roberto Martín Maiztegui. Con: Javier Lara y Juan Ceacero. Dirección: Raquel Alarcon. BUXMAN PRODUCCIONES / EL PAVÓN TEATRO KAMIKAZE

El Pavón Teatro Kamikaze, 13 de septiembre de 2019

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