Saltar al contenido

‘Las Canciones’, o cuando la música pasa a través de los cuerpos

septiembre 20, 2019

lascancionescartel

Si cualquier estreno de una nueva propuesta del dramaturgo argentino Pablo Messiez es siempre un acontecimiento teatral relevante, su último montaje, Las Canciones es, de alguna manera, un doble salto mortal con tirabuzón; porque, a partir de personajes y situaciones de obras de Anton Chéjov, Messiez propone un espectáculo total en el que su prosa se une a una extensa y variada selección musical para abordar una cuestión como mínimo curiosa: ¿Qué sucede en nuestros cuerpos cuando escuchamos música? ¿Cómo reaccionan los cuerpos a la música? ¿Cómo modifica la música nuestras emociones? ¿Amansa la música a las fieras o genera nuevos fantasmas? Sobre todo esto reflexiona Messiez en la que quizá sea una de sus piezas más complejas; pero al mismo tiempo es una experiencia –porque tiene mucho de experiencia personal- intensa y fascinante.

Un grupo de personas –los hermanos Olga, Irina, e Iván, más Miguel, integrado en el conjunto o abducido por él- se reúne para escuchar música juntos. En un prólogo tan arriesgado como audaz, asistimos a una larga secuencia en la que suenan cuatro canciones completas, entendemos que seleccionadas por cada personaje, para ver, efectivamente, lo que les sucede físicamente: lo que pasa en sus cuerpos al convocar esas músicas. Ese ritual inicial –exigente para el público, pero toda una declaración de intenciones de la pieza- se interrumpe con la llegada de Natalia, la esposa canaria de Miguel, que rompe el ritual para que su marido se ocupe del bebé que tienen en común. Especialmente Iván –de algún modo el sacerdote de esa especie de secta musical que se ha formado en la casa- y Olga – la que parece la hermana mayor, la más consciente de que el ritual debe continuar- les molesta esa primera llegada imprevista de la que tratan de deshacerse de inmediato. Pero no será este el único inconveniente: esa tarde se presentarán por sorpresa en la casa dos músicos que dicen admirar al padre de los hermanos –el padre, muerto ahora hace un año; y con un estigma personal nunca desvelado pero que ha marcado a todos- y que, al conocer musical, deciden quedarse. No hay vuelta atrás, el ritual, de algún modo, se ha roto en pedazos; y los siete personajes están condenados a pasar ese tiempo juntos. Mientras Olga e Iván intentan por todos los medios que se respete la escucha de la música, asistimos a la construcción de antiguas y nuevas relaciones entre todos los personajes: (des)engaños amorosos, nuevas relaciones nunca exploradas y tensiones a flor de piel, en un escenario –una gran caja que se abre y se cierra- amenazado por el poder de la música, que saca lo mejor y lo peor de cada uno de ellos. Porque, como dice Olga en un momento de la función, hay que saber si se es más de cantar y de escuchar.

lascanciones1

Messiez se toma su tiempo en construir una función en dos actos claramente diferenciados: en el primero – de corte más performativo, pero interesante porque es donde más se explota el recurso de escucha fundamental en esta obra- se encarga de establecer las relaciones entre los personajes –y dejar claro al espectador cuáles son las grietas de estas relaciones- y en el segundo –más intenso en lo textual- hace estallar el conflicto. Entre ambos, un largo intermedio en el que se invita al público a bailar con frenesí; porque, a fin de cuentas, el cuerpo no deja de ser el canal de escucha de la música, y el baile la forma de expresión de esa escucha. Es un instante de catarsis, sí; pero no termino de ver clara su necesidad en una función esencialmente de escucha: ¿por qué no hacer al público escuchar algo sentados, proyectando incluso sus reacciones, proponiendo un ejercicio igual de complejo que la propia función? Lo dejo como idea.

lascanciones3

Hay en Las Canciones muestras evidentes de la hermosa poética que acostumbra a desplegar el dramaturgo argentino, hay conflicto claro entre personajes y hay una trama que avanza –que le debe mucho a Chéjov (tres hermanos, un padre muerto, un supuesto crimen soterrado, una pistola que pulula por la casa, vodka…), pero que acaba siendo puro Messiez en la construcción de personajes y relaciones; y se llega a una suerte de realismo mágico simbólico que deja imágenes para el recuerdo (esa Olga que envejece o rejuvenece con la música es un momento para no olvidar; como lo es una escena de seducción en la que el cuerpo de Irina es recorrido por una aguja de tocadiscos y ‘suena’ diferente según donde se detenga o ese poderoso desenlace que dibuja de forma musicalmente contundente el futuro incierto: “The Long Day Closes”)-. Sin embargo, creo que lo más peculiar –lo más difícil y lo más interesante- es el concepto de escucha –y de escucha con el cuerpo- al que el autor somete a público, personajes y actores. La manera en que, efectivamente, las más de 20 canciones que suenan –aquí tienen cabida desde Jacques Brel hasta Antonio Vivaldi, desde Los Xey hasta Richard Strauss, de Barbara a Liza Minelli, de Tom Waits al folclore popular vasco, de Dalida a Vinicius de Morais… la lista es larga y variada- tienen un sentido dramático, hacen avanzar la trama e influyen activamente en los cuerpos y las emociones de los personajes. Más allá de eso hay, claro, un conflicto teatral – y un extenso texto dramático-; pero rara vez hemos visto una f unción en la que la música tenga un peso tan consciente y pida a los intérpretes manejar emociones explosivas y catárticas.

lascanciones2

Al margen de que, lógicamente, ver Las Canciones nos obligue a pensar cuáles serían nuestras canciones –y aquellas que nos activan, que nos hacen avanzar o retroceder a puntos concretos de nosotros mismos; resulta interesante por el ejercicio físico, mental y emocional que nos propone: ver pasar esas canciones, esa música, a través de los cuerpos de los personajes. Ahí está probablemente tanto la mayor virtud como la mayor dificultad que plantea la función al espectador: como experiencia es verdaderamente singular y, en lo actoral, todo un reto. Habrá quien se entregue al reto –que tiene algo de experiencia personal, íntima, en la que ver y decidir cómo recibir lo que se ve y se escucha- y quien no –y entiendo ambos puntos de vista-; pero que el argentino –en un momento en el que podría acomodarse- se saque de la chistera su texto más arriesgado y personal creo que es muy de agradecer y ha de valorarse como merece.

En la puesta en escena –con esa caja abierta en la que es tan importante la sonorización del espacio, por motivos obvios- se trabaja con concisión visual, arrebato actoral y atención al detalle. Del mismo modo que hay mucha escucha musical, hay fragmentos de texto que se leen proyectados – para citar a otros autores, para aclarar las letras de las canciones que suenan, o incluso para censurar falsamente una escena de sexo en la que Messuez se ríe de los tópicos que parecen haberse extendido por el teatro: ya saben, esos carteles que deciden qué hiere la emoción del espectador-. Hay además una clara intención física y estética –coreografías de Lucas Condro-, pero en el fondo todo descansa en el trabajo actoral. Un trabajo tan particular como arriesgado, porque –más allá de las emociones a flor de piel que entraña el texto mismo- exige a los actores no solo un nivel de escucha absoluto –si la escucha siempre es lo más complejo en el mundo del teatro y siempre es importante, cuánto más lo es aquí, en este montaje concreto- y la dificultad de expresar cómo les pasa la música por el cuerpo: hay que verlo para entender la dificultad técnica que tiene la cosa y lo emocionante que puede llegar a ser para el espectador más curioso asistir a esas catarsis que se suceden. Todos, los siete, ofrecen unos niveles de escucha excepcionales; y un trabajo corporal admirable. Unos personajes están más y mejor desarrollados que otros, pero todos los actores dan todo cuanto tienen. Rebeca Hernando hace una formidable creación de Olga, la hermana al mismo tiempo frágil y autoritaria, que sabe crecerse sobre los demás; del mismo modo que Iñigo Rodríguez-Claro y José Juan Rodríguez son en sus personajes dos personajes amarrados a dos neurosis tan notorias como incontrolables: la del hombre apocado que se refugia en el alcohol y la del líder a la que el asunto podría escapársele de las manos en cualquier momento. En la Irina de Mikele Urroz hay una explosión progresiva expresada en sus pulsiones sexuales, y la actriz tiene unos niveles de escucha impresionantes. También crece progresivamente la Natalia de Carlota Gaviño, desde una mujer de aparentes pocas luces –en una construcción aparentemente cómica- hasta uno de los pilares que, en sus ansias de rebelión, hace estallar el conflicto. Un conflicto cuyas teclas van pulsando los dos visitantes, los dos músicos a los que interpretan Joan Solé y Javier Ballesteros que puede que algo busquen; pero puede que sean la única manera de salir de esa especie de secta – a la vez sanadora y enfermiza- en la que parece haberse convertido esa casa: también ellos interpretan sin problemas. Hay que decirlo nuevamente: el nivel de escucha y reacción corporal que muestra todo este elenco en esta función es algo que rara vez se ve en un teatro, por lo que ya habría que ir a ver la función.

lascanciones4

Tal vez Las Canciones no sea una experiencia para cualquier público, por las dificultades que entraña; pero a la vez hay que aplaudir el riesgo formal y experiencial que ha emprendido Messiez afrontando este texto y reconocer el atractivo que tiene el juego si se entra en él. De la misma manera, hay muchos más motivos; pero, aunque solo fuese por asistir a esa escucha ritual a la que se entrega el elenco ya merecería la pena ver la función: hay mucho que admirar y mucho que aprender de ello, tanto desde un punto de vista más técnico como desde el patio de butacas.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Las Canciones”, de Pablo Messiez. Con: Javier Ballesteros, Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, José Juan Rodríguez, Joan Solé, y Mikele Urroz. Dirección: Pablo Messiez. EL PAVÓN TEATRO KAMIKAZE

El Pavón Teatro Kamikaze, 13 de septiembre de 2019

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: