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‘¿Quién es el Señor Schmitt?’, o lo que somos en esencia

marzo 28, 2019

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De un tiempo a esta parte, Sergio Peris-Mencheta se ha convertido en uno de los directores más imaginativos, resolutivos y buscados de nuestro país. Acierta en todo lo que hace: la intimidad de Un Trozo Invisible de Este Mundo, los ejercicios de creatividad desbordantes de medios y a prueba de relojería suiza que fueron La Cocina o Lehman Trilogy, engrandecer textos más bien pequeños como La Puerta de al Lado son algunos de sus triunfos más recientes. Un nuevo montaje suyo siempre genera expectación, y ahora apuesta por ¿Quién es el Señor Schmitt?, un texto del francés Sebástien Thiéry (1970-), estrenado hace diez años y que llega por primera vez a nuestro país en un montaje que protagonizan los gallegos Javier Gutiérrez y Cristina Castaño. En plena gira, el Teatro Rosalía Castro coruñés se desbordó hasta los topes para asistir a la representación de esta pieza, a medio camino entre la comedia absurda y el drama existencialista. Un texto interesante pero que tal vez no será nada nuevo bajo el sol, que recuerda a grandes clásicos del teatro y arroja algunas preguntas interesantes; montado por Peris-Mencheta y su equipo con un mimo que tal vez quede por encima del texto mismo.

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Un matrimonio de clase media, los Carnero, se sienta a comer dispuesto a enfrentar otra acción de rutina. No parece que haya mucha conversación, y sólo el constante tic-tac de un reloj corta el silencio. Suena un teléfono, pero ellos no tienen teléfono en casa… A base de buscar, sin embargo, acaba apareciendo un teléfono que nunca estuvo ahí pero ahora está. Al otro lado de la línea, preguntan por un tal señor Schmitt al que el matrimonio no parece conocer. La cosa se pondrá peor cuando la esposa descubra que los libros de la estantería no son sus libros, ni los cuadros son sus cuadros, ni la ropa que hay en su armario es su ropa… y que están encerrados por dentro: no pueden salir porque la llave no funciona. La llegada de la policía en su auxilio sólo servirá para empeorar las cosas: sin saber bien cómo, parece que los Carnero ahora habitan en el domicilio de los Schmitt, y que incluso poseen su documentación. Ante esta inexplicable situación, Juan Andrés y Margarita Carnero deberán decidir si insisten en ser los Carnero, o asumen ser los Schmitt, ahorrándose así un montón de problemas. Mientras el matrimonio se desespera por saber qué ocurre y cómo les pueden atribuir unas identidades que no son las suyas, por la casa irán apareciendo un psiquiatra empeñado en analizar al Señor Schmitt o un supuesto hijo del matrimonio Schmitt cuya existencia los Carnero desconocen. Así las cosas ¿qué es real y qué es imaginación en esta pesadilla? ¿dónde están los límites entre cordura y locura? ¿Podrán los Carnero recuperar su identidad? ¿Son acaso los Schmitt? ¿Se han apropiado otros de su vida o ellos de la vida de otros? ¿Por qué no pueden salir de esa casa? El matrimonio deberá luchar a brazo partido por poner las cosas en su sitio, y mientras la mujer parece resignarse a asimilar su nueva vida, Juan Andrés Carnero –¿o es acaso el Señor Schmitt?- se empeña en descubrir la verdad de lo que pasa. Una verdad absurda que, sin embargo, podría explotarle en la cara.

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Como digo, tal vez ¿Quién es el Señor Schmitt? no sea estrictamente una novedad. De entrada, parece comedia de salón; pero el planteamiento nos hace pensar de inmediato en algo a medio camino entre La Cantante Calva de Ionesco –el absurdo- y A Puerta Cerrada de Sartre –el drama existencialista-. En esencia, lo que Thiéry construye con esta pieza es algo a medio camino entre ambas: una falsa comedia absurda que crece y crece en su sucesión de diálogos y situaciones delirantes; pero que nos mantiene alerta porque, de tanto crecer, claramente puede estallar en cualquier momento… y nos invade la certeza de que el drama se apoderará de la situación cuando el asunto estalle. En el fondo, la trama encierra una gran metáfora sobre si somos aquello que realmente somos o lo que aparentamos ser, y hasta qué punto puede ser peligroso olvidar nuestra verdadera esencia, esa que siempre está ahí. La mayor habilidad del texto seguramente sea la de encontrar el equilibrio entre absurdo y drama, sin que nunca sepamos con certeza hacia qué lado terminará por inclinarse la balanza. Entre el cúmulo de situaciones aparentemente absurdas aparecen aquí y allá temas de mayor enjundia –el psicoanálisis, Freud, el racismo…- que aparecen siempre tamizadas por ese absurdo que lucha por imponerse. Y, al final, un golpe –no puede ser de otro modo- que, dentro de que puede caer en cualquier dirección –y eso es lo más atractivo del texto- tal vez caiga del lado más esperado… aunque, sí, deja regusto de amargura y abre debate sobre toda la simbología que encierra la pieza. Seguramente esas sean las mayores virtudes de un texto que no busca estrictamente la sorpresa –y que llama directamente a la puerta de dos clásicos- pero, sin embargo, está bien desarrollado y tiene la inteligencia suficiente como para dar sólo algunas respuestas, dejando que otras las asuma el público.

¿Comedia de salón de corte realista o comedia absurda disparatada? De ambas cosas tiene influencias, y posiblemente sea esta una de las mayores dificultades a la hora de inclinarse por una cosa u otra a la hora de decidir cómo dirigirla. La puesta en escena de Sergio Peris-Mencheta –apoyada en una escenografía hiperrealista de Curt Allen Wilmer, que incluye un par de guiños de corte mágico muy marca de la casa Barco Pirata- parece inclinarse a toda costa –incluso a la hora de la elección del reparto- por un tipo de comedia más clásica, burguesa, de esas que buscan la carcajada y la encuentran. Sin embargo, parece que el texto pide acercarse más al absurdo, aún a costa de alejarse de ese gran público que aquí entra como un tiro al juego. De algún modo – a través del absurdo-, hay que potenciar esa cierta sensación de extrañamiento, de que algo oscuro ocurre, para que las últimas escenas –capitales- resulten cortantes como un cuchillo. Y algo de eso falta en la puesta en escena de Peris-Mencheta, que apuesta con fuerza por la comedia, en la que estamos tan metidos que tal vez una escena reveladora –el monólogo final del hijo- se diluya bañada en comedia, cuando debería provocar un ambiente irrespirable… El ambiente irrespirable que nos conducirá al final. Entiendo la apuesta de Peris-Mencheta por la comedia, entiendo que ha querido potenciar esos aspectos del texto que más le convienen – y es un triunfo, a juzgar por las carcajadas del público-; pero siento que algo de la fuerza del final se queda por el camino en favor de todo ese viaje cómico. Funciona con el grueso del público, pero creo que el texto tiene más chicha de la que parece y daba para más. Así y todo, asumido el tono escogido, hay que reconocer que por ritmo y pulso, el trabajo de Peris-Mencheta y sus actores es impecable.

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La pieza gira en torno a su protagonista, que realiza un viaje complicadísimo desde el absurdo cómico hasta lo más oscuro de su ser, sin que ni él ni el espectador se den cuenta. Javier Gutiérrez lo clava. Nos reímos con él –nunca de él- y nos divierte verle superado por una situación que se afana en controlar; tal vez precisamente por la caída sea mucho más dura y la reflexión a la que nos incita mucho más interesante. Desde luego, dibuja la caída con una sutilidad pasmosa y convierte a un bufón de Ionesco en un antihéroe trágico de Arthur Miller sin que nos demos ni cuenta: hay que tener mucha habilidad para eso. Cristina Castaño –básicamente en un registro cómico que ha explorado mucho y le conviene especialmente, tamizado aquí por un extraño pero oportuno poso de amargura de ama de casa ahogada por el tedio- es un sólido complemento de apoyo para Gutiérrez en el rol de su esposa, personaje tal vez susceptible de mayor desarrollo. Quique Fernández se desenvuelve bien en su doble cometido –brilla especialmente como psicoanalista-, Armando Buika, en un personaje breve pero difícil e importante, triunfa más en el impacto puramente absurdo de su aparición que en sacar todo lo que tiene ese monólogo final tan importante –y al que creo que la dirección no ha dado el peso que merece: ese monólogo ya no es en absoluto comedia, y debe decirse desde el desprecio más absoluto…- y Xabier Murua completa el conjunto con sus puntuales apariciones.

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¿Quién es el Señor Schmitt? es desde luego un espectáculo interesante, que funciona como un tiro con el público – por más que para ello parezca que el director ha optado por la vía más fácil de abordarlo- y que sin duda tendrá larga vida en la cartelera. Parece una comedia fácil, pero deja un poso de reflexión que sorprenderá a los espectadores más neófitos e interesará a los habituales; por más que la sombra de las obras en las que claramente se apoya sea más o menos alargada, y pueda dar inoportunas pistas sobre lo que va a ir sucediendo. Pero el pelotazo está garantizado.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

“¿Quién es el Señor Schmitt?”, de Sebástien Thiérry. Con: Javier Gutiérrez, Cristina Castaño, Quique Fernández, Armando Buika y Xabier Murua. Dirección: Sergio Peris-Mencheta. BARCO PIRATA.

Teatro Rosalía Castro, 23 de Marzo de 2019

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