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‘The Island’, o el teatro como arma de resistencia

marzo 30, 2019

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Espectáculo en francés

Dentro del marco del Festival Harmatán –Festival Nómada de Cultura Africana que acercó a A Coruña, Móstoles y Murcia diversas manifestaciones artísticas procedentes de África- se presentó la versión que la compañía Deux Temps Trois Mouvements – procedente de Burkina Faso- realiza de The Island, un drama carcelario escrito en 1973 por Athol Fuggard junto a los actores Jonh Kani y Winston Nstona y basado en la experiencia real de su autor, cuya compañía Serpent Players sufrió detenciones y encarcelamientos en plena época del Apartheid en el penal de Robber Island mientras preparaban una versión de Antígona de Sófocles. Convertida en una obra de culto de la literatura dramática africana contemporánea –e interpretada durante varios años por sus propios coautores-, llega ahora en una versión renovada a cargo de esta compañía de Burkina Faso, lo que demuestra una vez más que la autoficción –de algún modo la versión original de The Island– tiene algo de ello- puede ir más allá cuando el texto tiene interés.

The Island nos presenta a John y Winston, dos presos que llevan años presos por delitos contra el Régimen y sometidos a trabajos forzados en una prisión de alta seguridad, en lo que parece una cadena perpetua. Después de pasarse todo el día picando piedra, dedican las noches a preparar una versión abreviada de la Antígona de Sófocles para un espectáculo con el resto de presos que se realizará próximamente. Mientras los días pasan, los ensayos avanzan y los trabajos forzados continúan, ambos aprenden de algún modo el valor simbólico de hacer teatro a través de la historia de Antígona –que, por supuesto, guarda no pocas similitudes con la situación de ambos encarcelados, sometidos a prisión por intentar rebelarse por derecho ante un régimen opresor, tal y como hace Antígona cuando trata de enterrar a su hermano el traidor Polinices ante la negativa de Creonte-. Winston – que se encargará de la parte de Antígona- consigue que John comience a concienciarse del papel del teatro y buceando más y más en la verdadera universalidad del mensaje de la tragedia griega. Lo que empieza siendo un mero trabajo artístico acaba yendo mucho más allá conforme ambos comprenden la verdadera dimensión de lo que están representando, del mismo modo que los vínculos emocionales y personales entre los dos se refuerzan cuanto más bucean en la pieza. Será el anuncio de que a John le conmutarán la cadena perpetua en apenas tres meses –tras años de encierro- lo que abra una brecha puede que insalvable entre ambos amigos. ¿Es lícito alegrarse por la suerte del que parece que por fin va a vencer la adversidad aunque implique que otro puede perder toda oportunidad de salvación? ¿Dónde quedan los límites de la amistad ante una situación límite? Y, como telón de fondo, la Antígona de Sófocles, un grito de rebelión contra los totalitarismos a punto de estallar, como única forma de expresión universal para Winston y John de cara al mañana. Así, la trama socio-política, la trama teatral y la trama personal se entrelazan en la pieza de Fuggard, que –además de mover a la reflexión política acerca de los derechos fundamentales de libertad de los individuos- busca dibujar la situación opresiva a la que han de enfrentarse los presos políticos.

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Teniendo en cuenta que la pieza original data de 1973, no deja de ser curioso cómo – salvando las distancias- tanto la situación como el desarrollo de The Island nos llevan de inmediato a pensar en la película Cesare debe Morire (Paolo y Vittorio Taviani, 2012), en la que se recrea una docuficción sobre un taller de presos de alta seguridad que ensayan el Julius Caesar de Shakespeare, llegando a entender la verdadera dimensión política del texto. Hay algo de todo esto en The Island – no hay que perder de vista que Athol Fuggard basa su pieza en una experiencia real-; que sin embargo queda por encima de aquella al situarla en un conflicto mucho más complejo –la sombra del Apartheid y Nelson Mandela, la segregación racial, la defensa de la propia identidad o la necesidad de hacer piña y apoyarse ante la adversidad planean toda la obra- que, desde luego, crece más allá de los ecos de Antígona en cuanto se plantea la duda razonable de cómo afecta la futura libertad de uno de los presos al otro… Es en ese punto –más incluso que en la recreación ambiental, en las divagaciones personales o en el valor del teatro como herramienta simbólica y combativa; porque de todo hay en la función- donde radica lo más interesante de lo que nos plantea Fuggard. Una vez que somos conscientes de la situación, el autor hace estallar este verdadero conflicto; y nos invade la sensación de que algo va a hacer que todo salte por los aires, tal vez más allá del poder mismo de Antígona. Hay en The Island –que es una función más de sentimientos, atmósferas y sensaciones que de acción propiamente dicha- algo que, como conflicto, va más allá que el mero simbolismo metateatral. La duda razonable –y la brecha- que se establece entre ambos presos cuando John clama su futura libertad es seguramente lo más interesante de la función –y la relación de enseñanza en la que Winston hace crecer personal y mentalmente a John cobra importancia cuando está a punto de desmoronarse-. Ahí hay momentos, frases y escenas de marcada fuerza dramática que nos hacen plantearnos un conflicto mucho más grande que el principal… y esperar un desenlace explosivo. Sin embargo, Fuggard vuelve a centrarse enseguida en Antígona, dejando este conflicto más o menos en el aire –el futuro dirá qué les sucede, pero nosotros ya no lo veremos…- y haciendo que el anhelo de un final más explosivo se quede de algún modo en un deseo incumplido; por más que la pieza tenga potencia e interés suficiente –las tiene, e incluso predice con casi 40 años de antelación el mensaje de un clásico de la cinematografía reciente-. Y, lo que es más importante: casi medio siglo después de su estreno, el mensaje que plantea The Island mantiene plena vigencia. Tal vez no hayamos avanzado tanto…

El montaje que presenta Hassane Kassi Kouyaté –que se encarga a su vez de uno de los roles principales- se apoya en un minimalismo en la línea del teatro de Peter Brook que encierra literalmente a ambos personajes en un minúsculo rectángulo acotado del que no pueden salir, sugiriendo así el encierro de una forma que potencia lo poético y dejando el peso al texto y a la expresividad actoral. Es, desde luego, una opción inteligente; y en este sentido el trabajo de Kouyaté y Habib Deumbélé es encomiable, en términos de que consiguen esa sensación de cotidianeidad que ha de transmitir el encierro –en ese sentido de que transcurren las horas y los días y no pasa nada; pero al tiempo pasa todo- y el crecimiento de tono en aquellas escenas que evocan fragmentos de Sófocles, adornadas aquí con elementos tribales que se unen a lo que será la representación teatral propiamente dicha. Por sencillez, por el tono y por la atmósfera que se consigue, la representación – que seguramente ganará en las distancias cortas, en espacios más recogidos- es del todo interesante. También la riqueza lingüística que ofrece esta representación –en un francés que, lejos de resultar depurado, incluye variedades dialectales que ayudan a dibujar mejor esa sensación de ‘no-pertenencia’ a la comunidad que arrastran los personajes- es un factor a tener en cuenta muy positivamente. Ni siquiera unos subtítulos no del todo bien tirados – que causaron varias descoordinaciones a lo largo de la representación, con todo lo que eso significa- menguaron el interés de la propuesta.

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Más allá de destacar la importancia y el crecimiento que supone para una ciudad pequeña que este tipo de manifestaciones teatrales lleguen a la programación teatral –algo tan habitual en otros lares como es ver teatro en otras lenguas todavía se miraba aquí antes del comienzo como una verdadera extravagancia…-, hay que señalar que The Island tiene valores intrínsecos casi medio siglo después de su estreno –aunque se pueda rascar más sobre el conflicto personal- y que la versión que aquí se presenta tiene valores suficientes como para comprobar que una función de autoficción como es esta resiste al concepto mismo de autoficción. Por encima de todo eso queda el teatro.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

 

“The Island”, de Athol Fuggard, John Kani y Winston Nstona. Con: Hassane Kassi Kouyaté y Habib Deumbélé. Dirección: Hassane Kassi Kouyaté. DEUX TEMPS TROIS MOUVEMENTS.

Teatro Rosalía Castro, 27 de Marzo de 2019

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