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‘Jane Eyre. Una Autobiografía’, o fiel transposición teatral de un clásico

febrero 18, 2019

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No cabe duda de que a Carme Portaceli le gustan los retos. Trasladar al teatro y en apenas dos horas nada menos que Jane Eyre – icónica novela de la literatura inglesa que Charlotte Brontë escribiese bajo el seudónimo de Currer Bell en 1847- parece una tarea ardua y complicada; y, sin embargo, hay que señalar que, en líneas generales, el reto se ha superado con nota. El resultado, de hecho, es una versión teatral producida por el Teatre Lliure y que Portacelli dirige con mano firme, que –con todas las licencias que se pueda tomar y en las que entraré en su momento- consigue plasmar con suficiente claridad el espíritu de una trama, en un principio, inabarcable.

Precursora de tantas obras posteriores, Charlotte Brontë revisa en Jane Eyre no sólo la lucha de una mujer adelantada a su tiempo, constante en la certeza de alcanzar sus propósitos en un mundo de hombres y virtuosa ante el cúmulo de adversidades a las que debe hacer frente en el devenir de la trama, a pesar de arrancar poco menos que con una mano delante y otra detrás… Una heroína en el sentido más estricto de la palabra que, por ese carácter de virtuosa, acaba ganándose el respeto y hasta el amor de gran parte de los personajes que pueblan la obra; incluso a pesar de desafiar abiertamente gran parte de las convenciones sociales de la época. Además, Brontë dibuja a lo largo de la novela todas las claves del género romántico, por medio de la relación –en un principio imposible por la diferencia de clases; pero también dificultada por todos los golpes dramáticos que se suceden durante el argumento- entre la protagonista y el acaudalado viudo Rochester. Un amor que supera todo obstáculo –a veces incluso por mera intervención divina- cumpliendo así con las premisas esperables de este género romántico –trufado además de líneas de novela de aventuras y hasta de novela gótica-. Desde luego, el peso indiscutible de Jane Eyre en el canon literario ha de verse en un momento, en un tiempo y en un contexto determinados para entender su valor real; que mirado desde el presente podría llegar a causar cierta perplejidad. Pero lo cierto es que, casi doscientos años después de su publicación – y más allá de que esta novela en concreto se haya convertido en un clásico indiscutible- el género se ha consolidado con fuerza y no sólo a través de la literatura; y más aún si consideramos el carácter pionero de Brontë a la hora de arriesgarlo todo para poder sacar la novela a la luz en su tiempo, por más que tuviera que ser en la sombra.

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Desde luego que abarcar la diversidad de espacios y tramas que pueblan la novela no ha de ser fácil, y menos si han de estar sujetas a la convención teatral. En este sentido, hay que aplaudir que Anna María Ricart ha escrito una versión clara, que no pasa por alto los hechos más destacables de la novela, dando su lugar a la mayoría de los personajes que tienen peso en las diferentes tramas –desde el orfanato inicial hasta los empleados y familiares de la mansión Rochester, las tramas que suceden una vez que Jane se ve forzada a huir de la casa y un desenlace tal vez algo precipitado en exceso aquí- y es capaz de encadenarlos haciendo que el resultado tenga el ritmo necesario y la historia se entienda con suficiente claridad. Todo ello, en poco más de dos horas de duración –y sin dejarse en el tintero cosas especialmente importantes-. No son pocos aciertos, habida cuenta de la dificultad que entraña el material original. Es cierto que la versión se toma ciertas licencias, unas más discutibles que otras –veamos algunas muy claras: se dulcifica el carácter de algunos personajes, entre ellos Rochester, que bien podría tener algo más de autoridad; se precipita el desenlace, como si todos fueran conscientes de que han llegado al límite de tiempo esperable cuando aún quedan cosas por contar, quedando además una sensación más o menos excesiva del …fueron felices y comieron perdices…- pero también es cierto que esta versión abarca bastante más del original que muchas de las adaptaciones que hayamos visto anteriormente sobre esta obra –no llegué a ver la producción teatral londinense que protagonizase hace unos años Andrea Corr; pero todas las transposiciones fílmicas que conozco renuncian a más cosas que esta. Ricart incluso se permite dar voz y voto a Bertha –la primera esposa de Rochester- a la que se le añade un largo monólogo que, de algún modo, justifica el ambiguo comportamiento del desquiciado personaje, como si se quisiese dar un enfoque en exceso feminista que quisiese dejar bien a todas las mujeres de la obra. Es una licencia que ni se justifica – porque no afecta a una reescritura de las tramas- ni se necesita; y quizá hubiera sido más útil emplear ese tiempo en desarrollar más y mejor el desenlace. Así y todo, la versión que del texto ha preparado Ricart tiene no pocas virtudes que, como digo, superan con creces varios acercamientos anteriores. Dado que el material no era fácil de adaptar, el trabajo de adaptación me parece más que digno de aplauso.

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La puesta en escena de Carme Portaceli se vale de una escenografía más bien diáfana en tonos blancos –con muchas puertas practicables- en las que transcurre toda la trama y que firma Anna Alcubierre. Esta opción beneficia mucho el ritmo de la narración, si bien –como ya ocurriese en la versión de La Rosa Tatuada que Portaceli firmase hace algunos años- los espacios están claramente delimitados en la escenografía; por más que los actores no siempre respeten debidamente esas delimitaciones. El espacio aparece flanqueado por dos grandes espejos laterales que amplifican la sensación espacial y ayudan a integrar toda una serie de proyecciones –de Eugenio Szwarcer- sencillas pero que funcionan bien en el juego del reflejo… aunque se requiere una cierta distancia para apreciar el efecto en toda su dimensión. Además, la versión incluye toda una partitura – violoncello y piano- compuesta por Clara Peya y ejecutada en directo, con los instrumentos colocados en primer término de la platea; más interesante cuando se emplea con fines meramente expresivos que puramente musicales. A veces, la amplificación de los instrumentos obliga a los actores a elevar la voz en exceso, pero el conjunto del espectáculo es tan práctico como atractivo y permite que no haya ni un minuto de respiro en la trama. Desde luego, la puesta en escena está ben planteada en cuanto a fines prácticos se refiere.

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Siete actores se reparten casi una treintena de personajes. La dirección de actores no escapa de ciertos tópicos más o menos discutibles. Las escenas de infancia, por ejemplo, se han forzado sin necesidad alguna – por convención teatral bastaría indicar que los personajes son niñas, sin forzar que actrices adultas tengan que comportarse como tal: nos ahorraríamos un par de momentos sonrojantes-. También en el tono narrativo se cae ocasionalmente en dejes tal vez propios de este tipo de género, nuevamente encuentro que sin necesidad. Sólo así se justifica que a la Jane Eyre de Ariadna Gil –a quien hemos visto salir triunfadora de retos teatrales más complejos que este-, bien plantada en escena con la esencia heroica que requiere el personaje, se le haya marcado un constante soniquete cantarín –digamos de índole narrativa- que se prolonga por toda la función y no comparte el resto del elenco. No se explica –y es una pena, porque Gil aparece muy bien por presencia- y quienes hayan visto actuar a Ariadna Gil con anterioridad sabrán que en este caso, ese parece ser el enfoque que le ha pedido la dirección. Al rotundo Rochester de Abel Folk no le sobraría un punto extra de mala leche –el personaje acaba cayendo simpático demasiado pronto-, aunque forma una pareja curiosa con su partenaire femenina, por más que se aleje de la imagen del personaje que el lector pueda tener en la cabeza. El resto del elenco –todos más o menos en su lugar- se reparte varios roles de peso en la trama. Gabriela Flores seguramente esté mejor en sus escenas en el orfanato que como Bertha –un poco pasada de revoluciones- mientras que Pepa López aporta solidez a todos los roles que le tocan en suerte –los más destacables, la tía Reed y la Sra. Fairfax-. Joan Neigré sabe equilibrar la ambigüedad de St. John al mismo tiempo que Jordi Collet asume sus intervenciones con firmeza y Magda Puig aparece particularmente acertada en los muchos pequeños roles que tiene que afrontar a lo largo de la representación.

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Así pues, esta Jane Eyre se ofrece en una versión que ha sabido organizar el largo material del que parte para levantar un buen espectáculo de dos horas, servido en una rítmica y útil propuesta escénica. Ni siquiera las licencias innecesarias de la versión o los altibajos por decisiones interpretativas –de ambos hay- le restan valor a este espectáculo, sin duda interesante y que salva muchos más escollos de los que se deja en el camino. Sobre todo porque el espíritu del original está bien trasladado al escenario.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“Jane Eyre. Una Autobiografía”, de Charlote Brontë. Versión: Anna María Ricart Con: Ariadna Gil, Abel Folk, Gabriela Flores, Pepa López, Jordi Collet, Joan Negrié, Magda Puig, Alba Haro y Clara Peya / Laia Vallès / Clara Lai. Música original: Clara Peya. Dirección: Carme Portaceli. TEATRE LLIURE.

Teatro Rosalía de Castro, 8 de Febrero de 2019

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