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‘Catástrofe’, o elige tu propia aventura… si puedes

febrero 14, 2019

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El nombre de Antonio Rojano –una de las voces teatrales españolas más personales de la actualidad- está ligado a algunas de las propuestas teatrales más interesantes de los últimos tiempos, por poseer un lenguaje estructuralmente complejo, lleno de posibilidades, sin miedo a jugar con las formas y con personalidad propia; que siempre plantea retos al espectador, nos hace preguntas y nos obliga a cuestionarnos lo que estamos viendo. Un teatro inteligente, de hoy y para hoy. Después de cautivarnos en títulos como La Ciudad Oscura o la inolvidable Furiosa Escandinavia –¡que alguien la reponga de una vez!- presenta ahora Catástrofe, una dramaturgia colectiva escrita al alimón con el cuarteto actoral –Ion Iraizoz, Mikele Urroz, Irene Ruiz y José Juan Rodríguez- que dirige Íñigo Rodríguez-Claro. Catástrofe se vale del recurso de las estructuras abismadas –técnica de intrincar unas historias en otras, casi a modo de rizomas inacabables- para adentrarse en momentos clave de los cuatro protagonistas, tal vez deseos incumplidos, tal vez traumas, tal vez metas inalcanzables… agujeros vitales personales, en definitiva, reformulados a través de nuevos caminos –posibles, probables, improbables- que tal vez la ficción –conjurada siempre por la figura del autor como demiurgo amenazante- pueda ayudar a reelaborar. ¿Puede la ficción ayudarnos a alcanzar aquello que quisimos ser y no fuimos? ¿es la ficción propiedad intrínseca del autor? ¿dónde acaba lo ficticio y empieza lo real en Catástrofe? Son algunas de las preguntas que surgen a lo largo de la visión del espectáculo.

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Podemos ver Catástrofe –que en el programa de mano se define como una “polisemia escénica”- como una especie de exorcismo en el que los cuatro intérpretes se ponen frente a frente con sus bagajes vitales, con las decisiones que tomaron y las que no tomaron; con lo que son y lo que querrían haber sido para, por un momento, permitirse imaginar que otros caminos son posibles a través del teatro. Caminos que se expanden como círculos concéntricos, unas veces surrealistas, otras veces cómicos y otras veces dolorosos como una pesadilla de la que no se puede despertar. La ficción como único método de intentar alcanzar los deseos que no son y ya no serán. Una forma de conjurarse contra sus propios destinos, que Rojano toma para dar forma y vida a algo mucho más complejo, un gran juego de creación con un universo referencial muy amplio –pero siempre con algo de generacional muy concreto, ligado quizá a esos atentados del 11S que pillaron a los intérpretes en sus adolescencias-. La estructura polisémica, fragmentaria y troceada de Catástrofe puede parecer compleja a primera vista; pero una vez que se entra en las reglas del juego entendemos que nos quiere llevar a lugares tan concretos y tan personales –por lo tanto tan íntimos y tan sencillos- como agujeros del yo de cada uno de los intérpretes que forman la pieza. A fin de cuentas, Catástrofe es, además de un gran juguete metaficcional, el eco de recuerdos que retumban en las cabezas de los actores y la manera de lograr que esos recuerdos no se pierdan… Una posibilidad de materializar recuerdos.

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Al comienzo de la función, los cuatro actores responden a las siguientes preguntas: ¿qué ficciones te acompañaban en la habitación de tu infancia? ¿qué ficciones te acompañarán en la habitación de tu muerte? ¿con qué sueñas recurrentemente? ¿quién serías ahora si pudieras cambiar algo de tu pasado? y ¿dónde estabas el 11 de Septiembre de 2001? Las respuestas de todos a estas preguntas – que, en un principio, pueden parecer datos sin importancia- ayudarán a construir un relato múltiple, complejo, polisémico, que pondrá a los actores –reconvertidos en personajes- ante algunos de sus recuerdos, miedos o deseos incumplidos. Un beso no dado en una discoteca que pudo cambiar el curso de los acontecimientos, una carrera frustrada como bióloga, un sueño futbolístico como delantero del Osasuna, o el anhelo inalcanzado de la maternidad son algunos de los hilos conductores de historias por las que también pululan los X-Men, Doraemon, el recuerdo de un peluche o el fantasma del terrorismo islámico en el 11S para crear toda una serie de pequeños relatos entrelazados que transitan desde las anécdotas reales de los actores –que, por supuesto, pueden ser ficción- hasta ficciones basadas en esas realidades, pero convertidas en ensoñaciones delirantes y surrealistas habitadas por espacios y personajes de lo más variopinto –con lo cual, se abre ante nosotros una nueva posibilidad de ficción-. Lo real –que podría ser ficticio- se confronta con lo imaginario –que es ficticio sin duda- y los actores –que son actores y personajes a un tiempo- entran y salen de las ficciones de los demás a placer. Este juego de muñecas rusas permite que la función abarque una gran cantidad de tramas que transitan entre lo emocional y lo delirante en perfecta armonía; siempre controladas por esa presencia superior, la del autor, que va diseñando el texto en una hoja de Word, en muchos momentos en tiempo real; y que, por tanto –como sucedía, por ejemplo, en Pirandello- no deja de ser el único capaz de regir los destinos de esos actores que ahora son también personajes… Hasta los intentos de rebelión de los personajes contra sus destinos serán vanos. Así las cosas, los límites entre realidad, ficción, actores y personajes se disipan con frecuencia, convirtiendo Catástrofe en un juego plural que cada espectador podrá reordenar y completar.

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Tiene Catástrofe muchos de los elementos que hacen de la escritura juguetona de Antonio Rojano algo con personalidad perfectamente reconocible. En las múltiples capas que contiene, seguramente la mayor virtud del texto sea la de hermanar momentos de un surrealismo delirante que mueven a la hilaridad al mismo tiempo que nos dejan perplejos en el mejor de los sentidos –el improbable encuentro entre Jota y Mística de los X- Men, ese baile islámico liderado por Doraemon, el inesperado giro en la escena entre el doctor y el futbolista…- con punzadas de honda emoción –toda la sección final en el banco de recuerdos- e imágenes de arriesgado atractivo estético –la pesadilla maternal de Irene, la evocación del Jardín de las Delicias…-:así, de la misma manera que pasamos de unas historias a otras casi sin pestañear; la función plantea también un viaje emocional y sensorial muy intenso y variado que es otra de las claves del éxito. La suma del todo –que, no nos engañemos, podría haberse quedado en un batiburrillo inabarcable- nos deja sin embargo la sensación de algo que obedece a una lógica interna muy marcada; y vuelve a demostrar el amplísimo imaginario de Rojano para jugar al mundo de la metaficción, tensando los límites y haciendo que el espectador se cuestione constantemente la realidad de lo que está viendo. El viaje, una vez que se arman las piezas, es sencillo de seguir – más sencillo, desde luego, de lo que era la tan fascinante como insondable Furiosa Escandinavia– pero nos vuelve a mostrar en Rojano a un dramaturgo con las ideas claras y sin miedo a desafiar al espectador.

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No es fácil levantar un montaje de este texto, y sin embargo el resultado de la propuesta escénica de Íñigo Rodríguez-Claro sirve perfectamente a la filosofía del teatro del autor: es una puesta en escena de hoy y para hoy, en la que dialogan diversas disciplinas artísticas en perfecta armonía para demostrarnos que la tecnología suma si está bien empleada, como es en este caso. En el montaje de Catástrofe, sobre una escenografía diáfana, dialogan la tradición del regietheater alemán, los audiovisuales, las grabaciones, el micrófono como elemento narrativo-expresivo, el vídeo en directo, lo coreográfico, lo pictórico y hasta el teatro de objetos –en un rincón de primer término del escenario se ha levantado un pequeño teatro a modo de guiñol, en el que los propios actores manipulan objetos que se proyectan grabados en una pantalla grande y complementan la narración: ¿cómo no pensar en el teatro de Agrupación Señor Serrano?-. Como ocurre con el texto –y en perfecta sintonía con él- se puede decir que la acumulación de técnicas y elementos que emplea la puesta en escena juega en este caso a favor de dar un resultado que es puro juego; porque además deja –conscientemente- la mayor parte del truco a la vista, para que el espectador pueda ver en todo momento cómo se crea la ilusión. Dialoga además con el juego de la escritura a través del propio montaje: no en vano, del mismo modo en que uno de los personajes exige al autor que le escriba un futuro que merezca la pena; uno de los actores intenta reventar la representación y rebelarse contra el director al sentirse incómodo con lo que hace –o, mejor dicho, con lo que el director le obliga a hacer-. Así, de la misma forma que los personajes están inevitablemente sujetos a los designios del autor, los actores están inevitablemente sujetos a los designios del director, traspasándose así el juego del texto a las tablas. Desde luego, cada uno de los elementos empleados ayudan a aumentar la narrativa, todo rema a favor del texto; y es una muestra de teatro rabiosamente contemporáneo, con cosas que contar. De hoy y para hoy.

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Los cuatro intérpretes – Ion Iraizoz, Mikele Urroz, José Juan Rodríguez e Irene Ruiz– se enfrentan a una función expuesta y difícil, no sólo por la cantidad de historias, personajes y emociones por las que deben transitar; sino porque además deben dialogar en sintonía con la pluralidad de lenguajes que habitan la representación e integrarse en ellos. En este sentido, el elenco se entrega a la causa de una función de realización intuyo que mucho más compleja de lo que pueda parecer a primera vista; porque requiere precisión milimétrica. Además, cada uno de ellos encuentra momentos de lucimiento personal; ya sea en términos de comicidad –destaquemos los niveles de absurdo que se alcanzan en los diálogos de Rodríguez y Urroz en la escena donde Jota conoce a Mística; o nuevamente Rodríguez, esta vez con Iraizoz en el delirante diálogo entre Doctor y futbolista; así como la delirante coreografía islámica- o de pulsión dramática –todo el deseo contenido de Irene Ruiz conmueve sinceramente; como conmueve una de las últimas escenas, de fuerte impacto emocional, que implica a los cuatro actores- y, en definitiva, se entregan con generosidad como piezas de este juguete que fallaría si no cualquier elemento no estuviese en su lugar.

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Catástrofe podrá no ser el texto más complejo de Antonio Rojano – que dejó el listón en todo lo alto con Furiosa Escandinavia-; pero tiene todos los elementos fundamentales para acercarse a la dramaturgia de un autor con un imaginario que nunca defrauda y no teme reinventar constantemente los límites de las estructuras narrativas, un teatro vivo, juguetón y que permite la participación intelectual activa del espectador sin dejar de lado el divertimento. Además, se ofrece en un montaje que dialoga directamente con el riesgo del texto y los nuevos lenguajes teatrales en perfecta armonía. Un teatro de y para el presente. Desgraciadamente, pocas fechas en cartel: debería retomarse –del mismo modo que alguien debería repescar Furiosa Escandinavia de una vez-.

H. A.

Nota: 4/5

“Catástrofe”, de Antonio Rojano. Con: Ion Iraizoz, Mikele Urroz, Irene Ruiz y José Juan Rodríguez. Dirección: Íñigo Rodríguez-Claro. LA CAJA FLOTANTE.

Sala Cuarta Pared, 7 de Febrero de 2019

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