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‘Ante la Jubilación’, o farsa de la podredumbre humana

diciembre 20, 2018

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Después de su exitoso estreno en catalán en 2016 dentro del Festival Temporada Alta, llegó al Festival de Otoño –por primera vez en castellano- la versión que el mítico director polaco Krystian Lupa dirigiese de Ante la Jubilación: Comedia del Alma Alemana, icónico texto de Thomas Bernhard que parte de un hecho real para trazar casi una farsa negra que revisa la degradación ética y moral de una serie de individuos que, tras la caída del régimen Nazi, han tenido que renunciar a sus propios ideales para sobrevivir, al tiempo que han convertido la casa familiar en una especie de búnker secreto donde aún pueden mantener su moral enferma, caduca y trasnochada, temerosos de que el mundo pueda descubrir su verdadero rostro.

Una casa con tres hermanos, años después de la caída del nazismo. El tiempo parece haberse congelado en esa casa. Rudolf, ahora respetable Presidente de Audiencia, esconde un pasado como jefe de un campo de concentración y sigue celebrando cada 7 de Octubre el cumpleaños de Himmler. Vera, servil y entusiasta de las ideas de su hermano, con el que además tiene una relación incestuosa más o menos soterrada, recuerda tiempos mejores: aquellos en los que podían asistir uniformados a los estrenos de ópera… Por último, Clara, antigua de ideales socialistas que quedó postrada en una silla de ruedas dos días antes del final de la guerra por culpa de una bomba, en el fondo es una carga para los dos hermanos, y actúa como una suerte de conciencia silente: apenas les dirige ya la palabra y les mira con una mezcla entre incredulidad y compasión, como si en su amargura hubiese terminado por entender que sus dos hermanos han perdido la cabeza por completo. Hoy es 7 de Octubre y Vera espera la llegada de Rudolf para celebrar, como cada año, la patriótica cena de cumpleaños de Himmler. Sin embargo, la inminente jubilación de Rudolf plantea un problema: ¿serán capaces los dos hermanos-amantes de seguir con su vida y dedicarla a ese mundo ocioso del que tanto disfrutan –siempre a pesar de la carga que les supone la lisiada Clara- o, por el contrario, será la jubilación la excusa para que Rudolf tenga demasiado tiempo para pensar y termine por atormentarse? Seguramente jamás sabremos la respuesta a ese miedo que planea en la mente de Vera. De momento, durante casi 4 horas, asistimos al devenir cotidiano de un 7 de Octubre más en el seno de esta familia enferma, trasnochada y que vive al margen de la realidad, añorando un pasado en el que ellos vivían mejor… Un pasado que, por suerte para el resto del mundo y por desgracia para ellos, no va a volver.

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Thomas Berhard nos sumerge con su texto en algo que –consciente o inconscientemente- se convierte, al menos desde hoy en día, en una especie de sátira del horror. Porque por medio de la disección concienzuda de estas almas podridas, ajenas a la realidad y que creen que su verdad es la única válida vemos el horror en primer término; pero al mismo tiempo nos resulta tan lejano y tan ajeno que acaba moviendo a la risa por lo extremo del comportamiento de los personajes que se nos presentan. Una risa que tiene a la vez algo de lastimoso patetismo; porque en el fondo sabemos que esa familia recluida en un falso microcosmos y agarrada al autoengaño de un futuro que no llegará está condenada a ahogarse en su propio veneno, a autodestruirse y perder la cabeza por completo. Ahí radica la ambigüedad que presenta Ante la Jubilación, y que es uno de sus rasgos más poderosos como texto. Ante nosotros tenemos personajes monstruosos, los vencidos amargados, la vieja guardia; pero, de algún modo, Berhard –por medio de unos diálogos punzantes, de acidez corrosiva y a menudo muy políticamente incorrectos: desde las memorables frases que le dedican a la hermana paralítica o su menosprecio de la vida cultural hasta su ácido desprecio por los pobres o esa escalofriante escena en la que son capaces de referirse a una naturaleza bucólica en medio de los campos de concentración, el texto no deja títere con cabeza- nos lleva hacia lo que podríamos llamar una suerte de caricatura del horror, que convierte a los personajes en seres mucho más terribles, porque siguen siendo peligrosos en su intelecto sin que sean si quiera conscientes de ello. No en vano, Vera y Rudolf menosprecian a menudo los intereses culturales de Clara, al tiempo que la figura paterna sigue muy presente en el ambiente familiar –una y otra vez repite Vera “eso decía nuestro padre” después de espetar alguna perlita, como símbolo de que tal vez Rudolf y Vera no sean más que la continuación de lo que vieron en casa…-.

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En el primer acto asistimos a una larga conversación entre Vera y Clara mientras esperan la llegada de Rudolf, que nos sirve para contextualizar la situación familiar y comprobar el resentimiento que Vera tiene hacia Clara, a la que siente inequívocamente como una carga; pero también para calibrar a Clara, desde su silla de ruedas, como una especie de Gran Hermano, un ojo inquisidor que podría esconder mucho en su silencio… El segundo acto nos presenta por fin a Rudolf y –mediante una conversación con Vera en la que a Clara sólo se le permite musitar alguna frase- entendemos hasta qué punto llega la degradación ética y moral de los dos hermanos, e incluso hasta qué punto es un infierno para Clara vivir en esa casa que le es tan ajena. Por último, el tercer acto transcurre durante la esperpéntica celebración del cumpleaños de Himmler, donde el patriotismo exacerbado se mezcla con una fuerte ingesta alcohólica para dar pie a observar esa realidad ya de por sí deforme desde un espejo todavía más cóncavo. Parece que nada relevante ocurre en Ante la Jubilación y, sin embargo, Bernhard nos deja a solas con esa familia durante un buen rato, dándonos casi sin querer un punto de vista crítico de la degradación social desde un lugar atractivo por lo políticamente incorrecto que resulta.

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Consciente de la complejidad que entraña el texto Krystian Lupa no se anda con pequeñeces y le da una vuelta más de tuerca, planteando un montaje frío, casi gélido. En una espectacular escenografía decadente de corte hiperrealista que él mismo diseña, encierra a los personajes obligándoles a expresarse en un tono extremadamente pausado las más de las veces –esto hace que la función se prolongue durante 4 horas que pasan en un suspiro-, utilizando el silencio con maestría y convirtiendo este festival del sarcasmo casi en un ambiente misterioso en el que sabemos que todo saltará por los aires antes o después. El primer acto –Clara y Vera- está expuesto con una frialdad que enseguida nos lleva a pensar, por ejemplo, en el cine de Michael Haneke: las dos hermanas parecen haberse congelado como el tiempo, quién sabe si ahogadas por esa insoportable rutina, y las frases punzantes que se dedican llegan a resultar dolorosas para el espectador, en un ejercicio interpretativo que es igual de exigente para actrices y para público; porque hay algo en ese primer acto tan premioso que desconcierta y fascina al mismo tiempo. La irrupción de Rudolf en el segundo mueve la función más decididamente a la sátira; y aquí Lupa provoca un triple choque de trenes: el tono farsesco de Rudolf contrasta con el tono dramático de Vera, mientras Clara parece una sombra –siempre de alguna cinta de Haneke- abandonada a su suerte. El tercer acto, sin embargo, es puro exceso, puro derroche: cualquier cosa puede ocurrir. La irrupción de Rudolf completamente borracho con el uniforme nazi provoca la primera carcajada del público –porque la imagen es ciertamente grotesca- y de ahí nos encaminamos a ese momento que esperamos desde el comienzo: cuando todo salte por los aires… Por el camino nos deja un instante de gran teatro: los hermanos comentando las fotos del exterminio nazi que vemos proyectadas casi como si de un veraneo se tratase, en un ejercicio de distanciamiento que sin embargo nos muestra el horror –ese horror del que habla a fin de cuentas la función- en primer término.

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Hay muchos matices en la dirección de Lupa; y desde luego esa apuesta generalizada por montarla como si se tratase de un drama intimista y decadente, sin forzar lo farsístico más de la cuenta salvo en momentos muy concretos para que el espectador reciba a partes iguales el horror y el humor, me parece una decisión tan arriesgada como encomiable. Porque así Lupa encuentra algo –mucho- detrás de la farsa; y convierte la función en un trabajo de reflexión constante para el espectador –¿por qué nos reímos, de qué nos reímos si sabemos que esto no es gracioso?- intelectualmente mucho más interesante. Además, pide y obtiene de su elenco una doble vertiente muy compleja, porque se ven obligados a decir unas frases de dureza extrema desde un lugar cotidiano, casi como dejándolas caer sin peso alguno que permita que sea el espectador quien evalúe todo lo que hay detrás. Optar por la farsa decidida o por un tono especialmente dramático hubiesen sido extremos más sencillos de abordar, pero menos ricos que lo que presenta Lupa aquí. Así y todo, hay que decir que las cuatro horas de función –creo que este texto a velocidad normal podría hacerse en la mitad de este tiempo- pasan en un suspiro, el espectáculo mantiene la atención; y precisamente resulta fascinante en su carácter extraño y desconcertante entre comedia y drama. Muy cuidado resulta el aspecto estético, tanto la grandiosa escenografía, como la capital iluminación –siempre de Lupa- que resalta la decadencia; e incluso gran parte de los audiovisuales con los que Lukasz Twarkowski congela imágenes de los personajes, o amplifica aquello que vemos. En este aspecto, sólo una pequeña salida de pata de banco al final del segundo acto –que nos recuerda al exceso gratuito al que Twarkowski se subía sin temor en Lokis– empaña por un momento un montaje excelente. Por fortuna, cuando nos han saltado todas las alarmas, comprobamos que la cosa no va más allá.

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Soberbio el trío actoral en este difícil ejercicio interpretativo. Un puñado de frases le bastan a Marta Angelat para armar con su Clara un personaje absolutamente fascinante, que es pura escucha, pura mirada y pura amenaza silente; y del que no podemos apartar la vista incluso cuando son sus dos hermanos quienes llevan el peso de la acción. Angelat parece salida de una película de Haneke, y hay algo en su rostro que resulta fascinante: es francamente difícil robarse la función sin compasión alguna como ella lo hace aquí, con esta creación digna de premiar. El Rudof de Pep Cruz aparece entregado en lo físico y sabe bien cómo equilibrar el peso entre un bufón grotesco y decadente y un hombre que, en su férrea moral, todavía puede suponer una amenaza, jugando bien la doble cara que tienen todos aquí. También Mercè Aránega en Vera se encuentra relativamente cómoda en una marcación nada sencilla, que le pide expresamente colocar sus frases en un registro consciente y algo distante de primera actriz: tal vez el enfoque funcione mejor en el primer acto –donde, por contraste con Angelat, saltan chispas- que en los dos siguientes. En cualquier caso, está fuera de toda duda la calidad y la entrega de estos tres actores para mantener la atención y el interés de esta función tan extensa, exigente tanto para ellos como para nosotros. La fortísima ovación que reciben al final es totalmente merecida.

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Excelente función pues, en la que Lupa ha sabido extraer toda la complejidad del texto de Bernhard y ponerla en primer término; pidiendo un esfuerzo de público e intérpretes que, a juzgar por la calidad de las interpretaciones y la cálida respuesta final, obtiene por completo. El ritmo es todo un reto, y puede que el asunto no mantenga siempre el mismo interés; pero el resultado final es sin duda una muestra inteligente de teatro. Sólo un inciso: si en el Festival de Otoño –que enmarca estas funciones- hemos podido ver funciones en lituano o neerlandés, no veo por qué no presentar Ante la Jubilación en el catalán original en el que fue concebida esta propuesta; sería lo suyo.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Ante la Jubilación”, de Thomas Bernhard. Con: Pep Cruz, Mercè Aránega y Marta Angelat. Dirección: Krystian Lupa. TEMPORADA ALTA / TEATRE LLIURE.

Teatro de la Abadía, 14 de Diciembre de 2018

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