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‘La Strada’, o Fellini suavizado

diciembre 12, 2018

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No parece Mario Gas un hombre conformista, ni mucho menos. En una temporada de actividad especialmente fecunda –si no he olvidado ninguna, este año ha dirigido, además del montaje que nos ocupa, El Concierto de San Ovidio, La Tabernera del Puerto, Humans y Calígula– se lanza con un reto especialmente complejo, como es encarar la versión teatral de La Strada, icónica cinta del neorrealismo italiano con la que Federico Fellini ganaría el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 1956, en versión de Gerard Vázquez. Poca broma si tenemos en cuenta que se trata de un filme que permanece en la memoria de todos y que es no sólo uno de los más célebres del cine italiano sino de toda la historia del género. Así las cosas, además de la lógica curiosidad que suscita conocer el proyecto, surgirá enseguida una pregunta: ¿qué puede aportar al original realmente el llevar a las tablas algo tan brillante? La respuesta ciertamente se antoja ambigua: porque si bien es cierto que Mario Gas y su compañía han conseguido levantar un espectáculo de teatro que se ve con agrado –y el resultado podría haber sido un desastre…- con no pocas soluciones inteligentes, creo que algo de la esencia de la miserable pobreza, el desarraigo y el desasosiego que imperan en la cinta se quedan por el camino de manera inevitable. En otras palabras, el resultado es un acercamiento excesivamente amable a la película; que, sin embargo, funciona como pieza de teatro –casi diría que independiente a la cinta- cuanto más encuentra recursos para alejarse de esta.

Espacio prácticamente diáfano, en el que reinan tres estructuras metálicas móviles que bastarán para crear los diferentes espacios en que transcurre la acción. Tres figuras con gabardina y bombín –esto inmediatamente nos lleva al Beckett de Esperado a Godot; y todo en esta versión está salpicado por ciertos tintes de absurdo que no vienen del todo mal- ejercen de acomodadores y nos invitan a mirar la historia que está a punto de empezar a desarrollarse. Son Zampanó, Gelsomina y el Loco; y es el punto de arranque de la historia, que aquí parte del momento en que la joven se acaba de incorporar a la troupe circense… Vemos progresivamente el trabajo de Zampanó y Gelsomina en el circo, la relación dupla – tóxica y de necesidad al tiempo- que establecen, y la llegada del Loco equilibrista como amenaza –para Zampanó- y ventana a la luz del mundo –para Gelsomina- al mismo tiempo. Así, entre funciones de circo ambulante y noches de dormir al raso se va desarrollando la historia, que toma la esencia de la trama de Fellini, reduciéndola eso sí a estos tres personajes.

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Hay que reconocer que narrativamente la versión tiene, en general, buena continuidad narrativa. El aroma está ahí y el resultado se ve con agrado: no es poco lo que ha conseguido en este sentido Gerard Vázquez. Sin embargo, la poda de personajes se ha dejado por el camino un episodio importante que es la venta de Gelsomina a Zampanó por parte de su propia madre tras la muerte de su otra hija, Rosa. La explicación de esta ‘venta’ – fundamental en la trama, capital para entender el tipo de relación tan ambigua e indivisible que mantienen Gelsomina y Zampano- llega mediante un largo monólogo de Gelsomina ante el loco, bien avanzada la representación; con lo que la naturaleza de la relación entre Zampanó y Gelsomina resulta confusa durante buena parte de la función para el que no conozca la película, e incluso –si conociéndola nos limitamos a pensar en este material como una obra de teatro independiente de la cinta- nos lleva a preguntarnos cuál es la fuerza superior que ata a estos dos personajes –quizá de una forma más evidente en el caso de ella, que en apariencia puede y tiene motivos suficientes para huir…-. Cierto es que el definir esta compraventa es un motor fundamental de la historia –y dejar la duda en el aire durante más de la mitad de la función le quita, bajo mi punto de vista, gran parte de la fuerza dramática al conflicto-; pero, asumiendo esto –asunto central- la historia mantiene la esencia y queda bastante clara. En otras palabras: la versión del texto ha sabido condensar la trama; pero ha preferido no hacer especial hincapié en uno de los motores del drama, siendo esta la primera razón por la que acabamos teniendo la sensación de que la esencia del original se dulcifica sobremanera.

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La puesta en escena de Mario Gas acierta en su concisión. Le bastan el carromato de Zampanó y las tres estructuras metálicas que los actores –y un reducido grupo de servidores de escena- van girando para marcar las transiciones espacio-temporales –se encadenan las escenas con fragmentos musicales o de danza, deteniendo sin demasiada necesidad la acción. En este conciso espacio escénico, la videoescena de Álvaro Luna – ya sean fragmentos de paisaje, primerísimos planos de los actores o un fragmento final muy bien resuelto, grabado, que cuenta con la aparición en vídeo de Gloria Muñoz para ambientar la escena de la taberna- aparece bien integrada en el conjunto, todo bien iluminado por Felipe Ramos; demostrando que Gas es un director con ideas como para levantar con pocos elementos un espectáculo que no aburre y tiene alguna solución interesante. No ha querido, desde luego, calcar la película ni mucho menos –y esto es un acierto- e impregna su lectura de ciertos tintes de absurdo que van bien tanto al espíritu circense de la historia, como a esa especie de distanciamiento del neorrealismo –y, hasta cierto punto, de Fellini- que la propuesta parece buscar. Exceptuando que hay ciertos segmentos que se repiten en demasía –las escenas entre Gelsomina y el Loco son demasiadas-, el espectáculo está, en general, bien pensado a nivel estético y visual, siempre teniendo en cuenta que se aleja deliberadamente de Fellini. Llama la atención que la banda sonora la firme exclusivamente Orestes Gas cuando, entre otras cosas, también suena el carismático tema central que para la cinta compusiera Nino Rota… y no es la única melodía de previa composición que aparece en el espectáculo: pude identificar la introducción de “Kalashnikov” y “Ederlezy”, ambas piezas de Goran Bregovic, pero ni uno ni otro apareen en los créditos.

 Otro asunto sobre el que conviene detenerse un poco es el dibujo de los personajes –y, por extensión, el acercamiento a la historia-. En este aspecto, Gas se ha quedado corto a la hora de retratar la miseria, la falta de expectativas, el no tener dónde caerse muertos que respiran los personajes. Zampanó no parece tan seco ni tan salvaje –desde un principio se vislumbran brochazos de humanidad en su poso de amargura-, ni Gelsomina tan echada para delante – en este sentido el personaje, casi dibujado aquí como si tuviera un ligero retraso, es el más perjudicado- ni el Loco tan embaucador como resultan en Fellini. Es cierto que todo en la propuesta parece querer apartarse del original; pero la atmósfera opresiva e irrespirable que encierra esta historia de perdedores sin horizonte de expectativas real se queda muy corta, casi como si en la visión de Gas hubiese resquicios por los que pudiera entrar una luz de esperanza que, lo sabemos, no existe ni debe existir para estos personajes. La historia se entiende –y se acerca a un público más amplio-; pero esta cierta descontextualización de su entorno puede provocar que uno salga del teatro sin comprender la verdadera magnitud de la tragedia que se nos presenta. Así, podríamos decir que estamos ante un Fellini poco felliniano; que por momentos se ampara en ecos de absurdo para dejar que lo trágico asome solamente al final, cuando, sin embargo, creo que el conjunto ha de ser irrespirable –como lo es en la película-. Algo esencial del original se pierde por el camino.

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Gas apuesta fuerte por su opción, y esto determina las actuaciones. Puede que al Zampanó de Alfonso Lara le falte un punto de crudeza –siempre sin perder de vista la acostumbrada solvencia del actor-, de esa rabia e ira contenidas que estallan al final – sus alucinaciones están muy conseguidas-; pero que en esta versión no siempre palpitan dentro de un personaje que tiene más puntos –o ráfagas- de luz de los acostumbrados. El enfoque aniñado de Gelsomina –que me resulta difícil de compartir- puede hacernos pensar que el acercamiento de Verónica Echegui pierde parte del encanto del personaje; pero es una cuestión de enfoque, porque en el monólogo en el que explica su vida pasada al Loco – uno de los pocos momentos en los que el montaje permite a actriz y personaje hablar desde el corazón, la actriz transmite una luminosidad muy orgánica que se agradece mucho y demuestra las posibilidades teatrales de la intérprete: tres cuartas partes de lo mismo sucede en su enajenado desenlace, repleto de verdad. Haber cambiado el enfoque del personaje –acercándolo a la esencia de Fellini- seguramente hubiese ayudado a que la actriz –con destellos de brillantez fuera de toda duda- brillase a lo largo de toda la representación. Puede que el Loco de Alberto Iglesias –con un rol reducido más o menos a la mitad de la función- sea el más redondo del conjunto, por tono y enfoque: el rol es breve, pero el actor encuentra grandes momentos –y los mejores momentos de sus compañeros, a menudo están en escenas que comparten con él-.

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La empresa era muy compleja de acometer, sin duda alguna; pero hay que reconocer que el resultado es, como mínimo, estimable. Cierto es que el tono excesivamente condescendiente se aleja de la esencia de lo que planteaba Fellini en su película –con todo lo que ello implica-, pero el espectáculo es agradable de ver. Seguramente lo disfruten más aquellos que no conozcan el original; aunque la distancia existente entre función y película –fuera de toda duda- también podrá verse como la excusa perfecta para revisitar o conocer por primera vez un gran clásico como es este. Por el momento, sobre las tablas una versión de La Strada dulcificada, cercana a todos los públicos: un Fellini suavizado.

H. A.

Nota: 3/5

 

“La Strada”, de Federico Fellini. Versión: Gerard Vázquez. Con: Alfonso Lara, Verónica Echegui y Alberto Iglesias. Dirección: Mario Gas. MUCHORUIDO RECORDS / LA ESTRADA AIE.

Teatro de la Abadía, 1 de Diciembre de 2018

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